RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


"E L   F I S C A L"


 
moisés rompiendo las tablas de la ley - rembrandt (1659)
L

OMBRA MAI FU - CECILIA BARTOLI



EL  FISCAL

Durante los últimos meses, don Julián permanecía acostado las veinticuatro horas del día. Apenas unos pasos por la amplia habitación le obligaban a rendirse a la evidencia. Su cuerpo ya se negaba a obedecerle y él, tampoco se esforzaba demasiado en cumplir tal propósito.

Hacía unos años que había abandonado su cargo como Fiscal de la Audiencia Nacional. Su edad y su hastío le condujeron a una postración casi total. Su mujer, había fallecido hacía unos años tras una larga enfermedad que la mantuvo apartada de toda actividad social. El vacío que le causó el fatal desenlace apenas lo llenaba con el ejercicio de su profesión. Nunca se atrevería a decir que la amó locamente, pero doña Isabel era una mujer muy culta, de fácil palabra y una conversadora nata siendo muy querida por la gente que la conocía y trataba.

Como fruto de su matrimonio, tuvieron tres hijos; dos varones y una mujer, la pequeña de la familia. Fue su hija Isabel quién se trasladó a vivir a la casa de su padre un tiempo después de haber fallecido su madre. Estaba casada pero sin descendencia y don Julián vivía en un amplio apartamento en una de las zonas lujosas de Madrid.

En un principio, cuando su hija se lo propuso, se negó de forma rotunda. Ni ir a vivir a casa de ella ni que le cuidaran en la suya. Tras la constante insistencia de toda la familia, no tuvo más remedio que su hija y su marido se trasladaran a vivir con él. No se sentía capaz ni con fuerzas para comenzar una nueva vida en un lugar que no le era conocido.

Cuando decidió abandonar la profesión, a la que había dedicado toda su vida y en la que había conseguido grandes reconocimientos, comenzó a aislarse de casi todo. Al principio recibía visitas de sus muchos compañeros de profesión y otras gentes del mundo de la política pero, poco a poco, éstas fueron reduciéndose, forzadas en parte por su aislamiento, que iba en aumento a medida que transcurría el tiempo.

Nunca fue presumido pero mantenía todavía un cuerpo excelente. Alto, de complexión atlética a pesar de hacer muchos años que no practicaba deporte, de rasgos agradables aunque casi siempre mantenía una extremada dureza en sus gestos. En sus años mozos, según su esposa, arrastraba las miradas de las mujeres. Al principio, eso le halagaba, pero más tarde llegaba a hastiarle y nadie comprendía tal actitud. Solamente su trabajo diario, al que se entregaba totalmente, le mantenía en un determinado estado de euforia. Isabel, su mujer, le decía a veces y de forma muy cariñosa, que tenía el carácter “avinagrado”.

Los tres hermanos se reunían con frecuencia para comentar la situación en la que se encontraba, de sus mejorías, pocas, y de sus recaídas. Jorge, el mayor de sus hijos, no dudaba que su padre estaba padeciendo alguna enfermedad mental, quizá Alzhéimer. Isabel consideraba que el mal que aquejaba a su padre era la terrible pena y soledad que sentía desde el fallecimiento de su esposa. Miguel, el mediano, pensaba que a su padre no le ocurría nada que no fuese propio de su edad y no sentía preocupación alguna, aunque siempre estaba dispuesto a colaborar con lo que sus hermanos propusiesen.

Creo que lo mejor para él, sería internarlo en algún centro especializado en tratamientos de enfermedades mentales —solía proponer Jorge siempre que se reunían—. Allí estaría controlado y con unos cuidados adecuados que nosotros no sabemos proporcionarle.

A lo que Isabel, irrefutablemente alegaba:

Sabes que papá no sufre Alzhéimer —aunque a veces tenía sus dudas, pero se le hacía muy difícil de asimilar que su padre pudiese estar en esa situación—. Las pocas pruebas médicas que se deja hacer no corroboran nada. También es cierto que su actitud es totalmente pasiva y si contesta algo, lo hace con un sí o un no de circunstancias. No colabora en nada y estoy segura que lo entiende todo, pero se niega a ser observado.

¿Tú qué dices, Miguel? —le preguntaban, aunque adivinaban sus respuestas.

Nada. Yo no me preocuparía.

He tratado, en ocasiones —decía Isabel—, de contratar a una enfermera especializada que le atendiese durante el día, pero siempre se niega con rotundidad. Al sentir su expresión tengo que desistir. La doncella apenas se atreve a preguntarle nada. Hace su trabajo en la habitación lo más rápido posible y cuando termina, si no está dormido, advierte en su mirada que puede marcharse.

Bueno, él siempre ha sido así —solía decir Miguel—. Fue un hombre huraño y en la vejez no iba a cambiar.

Nunca llegaban a una conclusión clara sobre como debían cuidar a su padre. Sabían que internarle a la fuerza era acabar con su vida. Se negaría a comer, se negaría a hablar, se negaría a colaborar, se negaría a todo y si lo entubaban, lo convertirían en un vegetal.

Lo mejor que podemos hacer por él —sentenciaba Miguel—, es dejarle tranquilo y que haga lo que realmente quiera, que es lo que siempre ha hecho. Ni cuando vivía mamá se doblegaba.

Sí, eso es cierto —respondía Isabel, pero no dejaba de sentir una gran pesadumbre en su corazón.

Con frecuencia, y sobre todo en las tardes soleadas, don Julián recibía la visita de su buen amigo el párroco de la Iglesia del sagrado Corazón, amistad que provenía de los años de cuando estudiaban el Bachillerato. Al entrar don Emilio en la habitación, los ojos de don Julián brillaban con intensidad.

Nunca fue un hombre de gran religiosidad. Las iglesias las frecuentaba bien poco y cuando lo hacía era por motivos ineludibles, incluso en la que dirigía su amigo. Su amistad estaba al margen de sus respectivas actividades, la de su amigo como salvador de almas, la suya, como hostigador de descarriados.

Isabel, y a veces con Jorge, hablaban con don Emilio, al que tenían una gran estima, sobre su padre. Pensaban que quizá con él, fuera más abierto y comunicativo y pudieran comprender algo de sus actitudes. Podría haberse confesado en alguna ocasión. Al sacerdote le hubiera gustado poder calmado las inquietudes de ambos, pero para él, su buen amigo estaba sufriendo un deterioro mental propio de un Alzhéimer y quizá en fases preocupantes, ya que a medida que pasaba el tiempo lo encontraba más ausente e incluso, en ocasiones, divagaba insistentemente.

Ellos, preocupados, quisieron saber todo lo que don Emilio pudiera decirles y conocer en que consistían esas divagaciones. Isabel, más creyente que sus hermanos, imaginaba que su padre, al sentirse enfermo, quizá en alguna ocasión se hubiera confesado con don Emilio y por eso intuía que el sacerdote se negaba a contarles lo que había escuchado bajo secreto de confesión. Cuando así se lo hizo ver al sacerdote, éste no pudo impedir que una tenue carcajada asomase en su boca pero de inmediato se reprimió.

Nunca se ha confesado —les dijo, y de su rostro ya había desaparecido cualquier señal de relajación—, al menos conmigo y dudo mucho que lo haya hecho con cualquier otro sacerdote. ¡Menudo carácter el suyo!

Si no hay secreto de confesión de por medio —le decían—, entonces si podrá contarnos las inquietudes que le haya podido transmitir y que últimamente parecen atenazarle.

Don Emilio les miraba con ternura; los había bautizado, les había dado la primera comunión, la confirmación y los había casado. Por todo ello, sentía enormemente no poder ayudarles aportándoles las informaciones que pudieran tranquilizarlos.

Si me lo permitís —les dijo con aire de profunda preocupación—, Julián se encuentra en un estado mental muy deteriorado. Son apreciaciones mías, por supuesto. A veces tengo la sensación de que se encuentra cuerdo y conversa con bastante facilidad y claridad. En ocasiones divaga y repite una y otra vez la misma cantinela.

Será con usted, don Emilio —le decía Isabel entristecida—. A nosotros apenas nos dirige la palabra. Aunque se muestra tranquilo y ajeno a lo que le rodea, en ocasiones parece un ser extraño y se irrita con suma facilidad. ¿Qué le dice a usted?

El párroco la miró inquieto. Sentía una profunda tristeza al recordar las insistentes palabras de su buen amigo que de cuando en cuando le repetía:

Emilio…, sé que en ti puedo descargar lo que me duele en el alma y no me permite morir con tranquilidad —sus gestos denunciaban la tensión a la que estaba sometido—. ¡Soy un asesino, Emilio…, soy un asesino…!

Al principio, hacía ya un tiempo, cuando comenzó con esa letanía, le preguntaba que quería decir con esas palabras, pero don Julián lo ignoraba y seguía repitiendo lo mismo, como si hablara consigo mismo. Don Emilio comprendió que en esas ocasiones, su amigo desvariaba y no era consciente de sus palabras. Tantos juicios celebrados a lo largo de su vida, tantos culpables condenados, que al final se estaba juzgando a si mismo como un vulgar asesino.

¡… Asesiné a mi hijo, asesiné a su madre y llevé la maldición a la familia…!

¡Julián, tus hijos está vivos! Por desgracia, tu amada esposa no, pero falleció de muerte natural, y de eso ya hace bastantes años.

Don Julián hacía caso omiso a las respuestas y consideraciones del sacerdote y seguía repitiendo lo mismo. Cuando se cansaba, se encerraba en un mutismo total y tan sólo el brillo de sus ojos daba fe de su existencia. En otras ocasiones, su silencio iba acompañado de un fruncido de sus párpados y sus mandíbulas fuertemente apretadas que hacía incrementar la congoja que sentía el sacerdote. Tímidamente, le cogía una mano apretándola con las suyas y observaba como la tensión iba despareciendo del rostro de don Julián. Ligeros movimientos de sus labios le hacían intuir que le daba las gracias por su acción.

Una mañana radiante de principios de primavera, la doncella entró en la habitación y levantó la persiana a media altura inundándola de luz. Sabía que a don Julián le gustaba. Recogió algunas cosas de la habitación y al salir le miró al rostro. Lo encontró con una expresión relajada pero con una gran palidez. Ni el menor atisbo de movimiento, algo inhabitual en él, que siempre mantenía un gesto o una palabra inoportuna para la bondadosa mujer. Sintió algo extraño en su estómago y se retiró de la habitación. Buscó a Isabel para decirle su impresión nada agradable.

Poco después, comprobaron que don Julián había abandonado su existencia terrenal.

Los tres hermanos se ocuparon con diligencia de dar sepultura a los restos mortales de su padre y pacientemente, soportaron la avalancha de condolencias que se repetían sin cesar a lo largo de los días siguientes. Se sorprendieron del elevado número de personas que acudieron a presentarles sus respetos, dado que su padre nunca se distinguió por la afabilidad de su carácter, por lo que no dudaron en pensar que muchos de los asistentes estaban allí de cara a la galería.

La presencia de don Emilio, considerado como uno más de la familia, les reconfortó en aquellos desagradables momentos. El sacerdote se reprochaba no haber sabido hacerle más soportable los últimos meses de su existencia.

Fueron llamados por el notario que atendía los aspectos legales de la familia y ante el cual, don Julián había depositado su testamento.

El notario, con un ceremonial un tanto desfasado, les leyó el largo documento, similar al que ya había otorgado también su madre. No observaron novedad alguna en el mismo. Una vez finalizada la parafernalia de la lectura, el notario les hizo entrega de un sobre, no muy abultado y cuidadosamente lacrado. Les informó que él desconocía el contenido y que la voluntad de su padre fue que se lo entregara personalmente y a los tres juntos, que no fuese leído en presencia de nadie ajeno a ellos tres. Se sorprendieron un poco, aunque de su padre cabía esperar cualquier tipo de extravagancia.

Jorge se hizo cargo del sobre y lo introdujo en su portafolios. Después abandonaron la notaría. Decidieron comer juntos y comentar las acciones que tendrían que realizar y los pasos a seguir para cumplimentar la legalidad de la nueva situación, aunque sabían que no era urgente.

Durante la comida hablaron poco, pero ya se encontraban más relajados después de la fuerte tensión sufrida durante las semanas anteriores. Deseaban retornar a la vida normal lo antes posible. El legado de sus padres era muy importante, pero los tres hermanos se encontraban en una situación económica muy confortable por lo que no tenían prisa alguna para resolver y adjudicar las correspondientes particiones testamentarias.

Al despedirse, Jorge se dio un pequeño golpe en la frente con su mano.

Nos hemos olvidado de abrir el sobre —exclamó sorprendido— ¿Os parece bien que nos reunamos los tres este fin de semana y lo abrimos?

Pensaron, aunque no lo dijeron, que el contenido del sobre sería alguna extravagancia propia de su padre que, incluso, se atrevería a regañarles después de muerto.

Recuerda lo que dijo el notario —comentó Isabel— Nuestro padre dejó claro que lo leyésemos solamente los tres, sin nadie más presente. Debemos respetar sus últimos deseos, ¿no os parece?

Mientras no sean envenenados… Por mi, bien —respondió Miguel secamente—, aunque me imagino que nos transmitirá las instrucciones e indicaciones legales de como podremos dilapidar su fortuna —se rió burlonamente, consiguiendo que Isabel le mirara con seriedad, reprimiéndole.

¿Qué os parece reunirnos en mi despacho mañana o pasado? —preguntó Jorge— Así, nuestras parejas lo verán normal. Allí estaremos tranquilos y sin nadie que nos moleste.

Isabel y Miguel se miraron y aceptaron la propuesta.

Dos días después se encontraban sentados alrededor de la mesa de reuniones en el despacho de Jorge. Estaban relajados y con deseos de finalizr aquel pequeño calvario burocrático.

Jorge tomó el sobre y miró a sus hermanos. Con un gesto les pidió autorización para abrirlo. Sin decir palabra, asintieron con un ligero movimiento de cabeza. Utilizó un largo y estilizado abrecartas y a todos les pareció el inicio de la violación de los secretillos de su padre. Extrajo unos cuantos folios del interior y los desplegó. Estaban escritos de su puño y letra y pudieron comprobar la perfecta caligrafía que siempre caracterizó sus escritos y realizados con pluma estilográfica.

Se aclaró la voz y comenzó a leerlos en voz alta tratando de conseguir una entonación adecuada y acorde con la lectura. Isabel y Miguel le escucharon atentamente.

A medida que avanzaba en la lectura, sus palabras fueron ralentizándose y en su gesto, al igual que en los de sus hermanos, se iba apreciando el estupor que les producían. Sus rostros fueron adquiriendo una determinada lividez y sus corazones comenzaron a desbocarse angustiados. Jorge se detenía de cuando en cuando y miraba la angustia reflejada en sus expresiones.

Cuando finalizó la lectura, dejó caer los papeles sobre la mesa alejándolos de su lado con un gesto despectivo como queriendo desprenderse de ellos por el horror que le habían causado.

Se mantuvieron en silencio durante un tiempo que no sabrían cuantificar. Sus miradas, fijas en puntos imaginarios más allá del interior de la habitación, trataban de esconderse por no dar crédito al contenido del documento. Isabel, sofocada, se pasaba insistentemente un pañuelo por la frente y los labios. Jorge hizo además de coger de nuevo los documentos pero los soltó inmediatamente como si le hubieran quemado las manos.

Creo que deberíamos entregárselos al juez —indicó Jorge con cautela y sin atreverse a hacer comentario alguno sobre el contenido de aquellos escritos— Creo que es nuestra obligación ponerlo todo esto en su conocimiento.

Ninguno de los tres se encontraba en condiciones de valorar el escrito ni que actitud tomar, tampoco tenían idea de lo que el contenido podía significar para ellos ni cuales pudieran ser las consecuencias.

Estimaron la conveniencia de entregárselo al Juez y que el decidiera y les aconsejara. No dudaron que dada la buena relación de amistad indicaría lo correcto. Antes de separarse, Miguel les hizo saber su opinión y pensaba que dichos documentos deberían de hacerse públicos fuesen cuales fuesen las consecuencias que ello conllevaría.

Jorge se encargó de entregárselo al Juez y dos días más tarde, ambos charlaban en el despacho oficial del mismo. Jorge se sentía muy nervioso aunque trataba de ocultarlo, pero ante la sagacidad del Juez no pudo lograrlo.

Veamos, Jorge —le dijo el Juez en tono amable—, ¿qué es lo que te trae por aquí? Intuyo que tu nerviosismo debe estar producido por algo muy importante.

Jorge no sabía por dónde empezar e intuía que no era una buena idea compartir con el Juez los escritos de su padre. Las palabras no acudían a su mente, se sentía bloqueado y deseó volverse por donde había llegado. Tras titubear durante unos instantes optó por entregarle el sobre sin mediar palabra.

El Juez, con la parsimonia que le caracterizaba, extrajo los documentos, desdobló los folios e inició su lectura, en voz alta, como si estuviera leyendo una sentencia ante un público muy atento. A medida que leía, Jorge tuvo la sensación de que su tonalidad sufría cambios y su voz se tornaba más seca y menos cadenciosa.


“… Y todo comenzó en el quinto año de mi destino en Salamanca. El trabajo era abrumador y teníamos escasez de personal competente, por lo que teníamos que dedicar muchas horas al día para que saliera adecuadamente y con un mínimo de garantías. La presencia de Isabel y los dos niños me proporcionaban las fuerzas necesarias pensando que nos esperaba un porvenir muy halagüeño. Nuestra hija, Isabel, no había nacido todavía ni tampoco la esperábamos. Pensábamos que con los dos chicos formábamos la familia perfecta.

Me adjudicaron una nueva funcionaria que, a pesar de su inexperiencia, era bastante efectiva y con una intuición innata para captar con rapidez las áridas formalidades y entresijos judiciales. Susana, así se llamaba, era joven, nacida en Salamanca y de una buena familia aunque venida a menos. No eran buenos tiempos y la agricultura pasaba por malos momentos.

Congeniamos bien, demasiado bien. Era muy eficaz y me permitía dejar en sus manos trámites que antes tenía que realizar yo mismo por desconfianza en el otro personal. Su preparación teórica no dejaba nada que desear. Además, su atractivo físico ejercía sobre mi unas sensaciones difíciles de dominar. Esto me obligaba a actuar con mucha cautela. En Salamanca se conocía casi todo el mundo y la gente frecuentaba siempre los mismos lugares. Pronto supe que también se sentía fuertemente atraída hacia mi y pocos meses después iniciábamos unas relaciones muy diferentes.

Isabel y los niños pasaban temporadas en Madrid o en la finca de sus padres en un pueblecito de Toledo. Esto permitió que Susana y yo pudiéramos realizar escapadas hacia lugares donde nadie nos conocía, cercanos a la frontera con Portugal o cruzándola para dejarnos caer por Lisboa y sus alrededores, donde podíamos pasar completamente desapercibidos.

Durante las jornadas de trabajo debíamos de esforzarnos para no dejar traslucir esa atracción mutua que sentíamos. En mi caso, esa atracción era totalmente física, nunca sentí amor por ella, sin embargo, creo que Susana si estaba profundamente enamorada de mi. Eso satisfacía mi ego pero me hacía ser todavía mucho más prudente.

Vivía con su padre, viudo y algo mayor. Tenía un hermano un poco más joven que ella. Me propuso en varias ocasiones el irse a vivir a un apartamento para poder vernos con mayor tranquilidad y siempre me opuse rotundamente. Sabía que esa era una de las formas de pregonar nuestra relación ya que era muy difícil pasar desapercibido y tarde o temprano alguien podía verme. Se disgustó un poco pero no puedo decir que se enfadara, lo que supuso una determinada tranquilidad.

Un año y medio después de iniciar nuestra relación comencé a encontrarla un tanto rara. Nada concreto pero nuestras relaciones sexuales se dilataban en el tiempo y carecían de la intensidad y fogosidad anterior. Se excusaba diciendo que no se encontraba bien. Se mostraba más seca, huraña y fácilmente irritable. Poco después se puso enferma y le dieron la baja laboral. Me dijo que no me preocupara, tan sólo necesitaba unos días de descanso.

Una mañana me llamó pidiéndome que fuera a verla a su casa. En un principio me negué pero insistió alegando que tenía muchas ganas de verme. Su padre llegaba siempre tarde a casa y su hermano estaría ocupado hasta las ocho de la tarde y seguramente, después pasearía hasta las nueve de la noche.

Pensé que no pasaría nada si alguien me viese entrar o salir de su casa, al fin y al cabo, era una funcionaria de mi departamento. Mi abrigo, con las solapas levantadas, sombrero y gafas de sol me proporcionarían una discreción adecuada. A pesar de lucir un sol espléndido, el día era frío como es habitual en Salamanca y en pleno invierno.

Me abrió la puerta y aunque me saludó cariñosa, pude percibir una gran inquietud en su rostro, cuestión que me preocupó pensando que su enfermedad podía ser algo serio. Me dijo que tenía muchos deseos de estar conmigo y que por eso me había llamado. Hablamos de asuntos de trabajo, más por su curiosidad que por necesidad. Después me contó que su hermano se encontraba muy irascible. Tenía una personalidad muy débil con tendencia a la bipolaridad. Esto le inducía a estados de violencia para después caer en depresión y llorar desesperadamente como un niño. Esto la estaba preocupando mucho, fundamentalmente por su padre, cuyo estado físico estaba muy deteriorado.

A pesar de estos problemas que me relataba y que ya conocía, intuía que la preocupación reflejada en su rostro tenía otros motivos. De forma sibilina fui tratando de arrancarle las verdaderas causas que motivaban su estado.

Se levantó de su asiento y comenzó a pasear nerviosa por el salón. Se retorcía constantemente las manos y su mirada permanecía fija en la punta de sus pies. La dejé hacer pensando que se calmaría. Poco después se detuvo delante de mí y me miró fijamente. Trató de hablar pero las palabras se atragantaban en su boca y comenzó a sollozar desconsoladamente. Me levanté para abrazarla pensando que le estaba ocurriendo algo muy serio. Se lo pregunté con delicadeza tratando de que se desahogara.

¡Estoy embarazada! Me dijo con voz tenue, apenas audible, atemorizada.

Una descarga de adrenalina recorrió todo mi cuerpo y pensé que mis piernas no serían capaces de sostenerme. Le pregunté, con gran temor, si estaba segura y respondió afirmativamente. Mi mente parecía una olla a presión en la que circulaban a la vez todas las consecuencias que podrían tener lugar.

En segundos pensé que no había otra solución que abortar, a pesar de todas las complicaciones que ello supondría. Lógicamente, tendría que hacerlo fuera de España, aquí, sería impensable. Cuando se lo dije, y no fue una propuesta, casi fue una orden, ella alegó que eso sería una monstruosidad, y que además, ya no era posible, su embarazo estaba ya en el sexto mes y juraba que hasta unos días atrás no se lo hubiera imaginado. Sus habituales desarreglos menstruales no la inquietaban y pensaba que tan sólo se trataba de eso, de desarreglos. Además, solían tomar las precauciones adecuadas casi siempre…, casi siempre.

En aquellos momentos el mundo pareció hundirse a mis pies. Mi palidez debió de ser exagerada cuando ella, al darse cuenta, se asustó. Mi mente buscaba una solución urgente, inmediata, algo que me permitiera salvar la situación. Veía como mi carrera se iba a hundir y que perdería el apoyo de mi mujer y el de su familia. Mis hijos aún no lo entenderían, pero al hacerse mayores no dejarían de reprochármelo. Precisamente ahora, cuando mi traslado a Madrid sería cuestión de un año como mucho.

Le pregunté si alguien más lo sabía. Respondió que solamente el médico de cabecera y su hermano, que se encontraba en casa cuando el medico la visitó. Y era precisamente su hermano quien más la preocupaba. Su fijación con ella y sus ideas sobre la honestidad de la familia no le dejaban ver más allá y se sentía rabioso al comprobar que su hermana había mancillado estos preceptos y no era digna de perdón. Quería saber a toda costa el nombre del padre y ella no sabía cuanto tiempo podía aguantar tal tensión. Le creía capaz de cualquier salvajada y le tenía miedo.

Tienes que abortar, Susana, abortar o callar para siempre la paternidad de tu futuro hijo. Yo no puedo hacer nada, y mucho menos poner en peligro mi estabilidad y la de mi familia”, le estuve repitiendo tratando de hacerla entender la complejidad del problema. Sin embargo, mis palabras en vez de hacerla entrar en razón, comenzaron a irritarla. En un momento dado profirió en insultos empleando un vocabulario procaz que nunca hubiera imaginado. Me golpeó en el pecho con ambas manos y trató de arañarme en la cara. Tuve que empujarla para apartarla de mi y evitar que me hiciera daño. Como calzaba zapatillas, al echar los pies hacia atrás la hicieron trastabillar perdiendo el equilibrio. Cayó de espaldas y trató de girar en el aire para apoyarse en el suelo con las manos. La caída fue rápida y no pudo girar a tiempo, golpeándose contra el suelo con el cuerpo un poco ladeado, lo suficiente para recibir el golpe en el costado y en la sien, quedando completamente desmadejada.

Pensé que si se hubiera matado, se habrían solucionado mis problemas. Durante un buen rato estuve pensando que decisión tomar, pero el hecho de que saliera a la luz pública mi relación con ella y su embarazo, indudablemente arruinaría mi carrera y sin duda alguna, Isabel y su familia me repudiarían. En aquellos tiempos, todo eso supondría el fin.

Mi irritación se hacía mayor a medida que transcurría el tiempo y Susana no tardaría ya mucho en volver en sí. En mi mente se formó una idea que de inmediato rechacé, pero volvió y tomo forma, sintiéndome impotente para apartarla de mi cabeza. ¡Tenía que quitarle la vida!

Comencé a pensar serenamente y ya no me pareció tan descabellado. El honor de mi familia estaba por encima de cualquier circunstancia y tenía que salvaguárdalo sin importar los medios. Cogí los guantes de goma que siempre llevaba encima por si tenía que tocar objetos sin destruir pruebas y que en este caso me iban a servir, precisamente, para no dejar prueba alguna de mi presencia en aquel lugar.

Fui a la cocina y encontré un cuchillo lo suficientemente grande y afilado para llevar a cabo el asesinato que ya no dudaba en cometer. Después busqué la habitación de su hermano y cogí un pañuelo de su mesita de noche y un par de zapatos que usaría para pisar la sangre y luego caminar con ellos hasta el cuarto de baño y dejarlos allí.

Con todo esto, me acerqué al cuerpo de Susana que permanecía en la misma postura. Sin dudar, dirigí el cuchillo a la altura de su corazón y le asesté una certera puñalada, hundiéndolo profundamente con fuerza. Se convulsionó emitiendo unos ligeros quejidos, pero su muerte debió de ser instantánea.

Para que las sospechas se dirigieran de inmediato hacia su hermano, tendría que dejar evidencias del carácter pasional de su actuación, por lo que tuve que asestarle una serie de puñaladas más en diferentes lugares de su cuerpo, incluso sobre su vientre para asegurar la muerte del feto. Procuré que mis ropas no fueran alcanzadas por su sangre.

Después de asegurarme que Susana era ya cadáver, limpié, de una forma muy basta, el cuchillo con el pañuelo del hermano y caminé hacia el cuarto de baño dejando claros rastros de sangre en el suelo. Allí y sobre el lavabo, dejé el pañuelo y el cuchillo y goterones de sangre. Me quité los zapatos y los tiré con fuerza contra la bañera. Guardé mis guantes, una vez limpios y abandoné el cuarto de baño.

Regresé al salón y revisé la situación para detectar si había cometido algún error que pudiera implicarme. No había tocado nada con mis manos al descubierto y no había dejado huellas de mis pisadas al entrar. En el exterior ya era de noche. Me puse el abrigo, me coloqué el sombreo y los guantes de piel. Las gafas de sol permanecieron en el bolsillo de la chaqueta ya que no podía utilizarlas.

Abandoné el apartamento con precaución, ladeé el sombreo tratando de que me cubriera el rostro y bajé las escaleras con paso tranquilo. No me encontré con vecino alguno y al salir a la calle, apenas había transeúntes y la oscuridad era pronunciada. Entonces me sentí tranquilo. Paseé durante un buen rato y después me dirigí a casa.

A la mañana siguiente, a la entrada de los juzgados había un extraño ambiente, corrillos de personal hablando inquietos y muchas miradas que se dirigían hacia mi persona. Me inquietó momentáneamente, aunque pronto caí en la cuenta que se debía al conocimiento de lo ocurrido con Susana y que pertenecía a mi departamento. El personal ya comentaba el caso, con estupor y rabia. La tónica general era de asombro ante el luctuoso suceso.

Habían detenido al hermano de la víctima, decían, a pesar de insistir en su inocencia. A la policía, las pruebas les parecieron abrumadoras.

Me nombraron fiscal para celebrar el juicio, que fue tremendamente sencillo y corto. Se le hicieron las pruebas para comprobar su estado mental pero no dieron un resultado determinante. El juicio se basó en el desequilibrio de doble personalidad que sufría el joven y que al conocer el embarazo de su hermana, sufrió enajenación mental y la asesinó ensañándose con el cuerpo. No había otras circunstancias que hicieran pensar que el asesino podría ser otra persona y él mismo, con sus continuas contradicciones, afirmaba fehacientemente la autoría del mismo. Su propio abogado se veía con las manos atadas para realizar una adecuada defensa.

Se trató de conocer la identidad del padre que, lógicamente, al no presentarse en el juicio fue imposible. Urdí toda la trama para que en ningún momento se pensara que el ministerio fiscal había actuado con negligencia y el Juez, con todas las pruebas en sus manos no dudó en certificar la autoría del asesinato en el hermano de Susana y aplicarle una condena de veinte años de cárcel. No había transcurrido un mes cuando se conoció la noticia del suicidio del joven, que no fue capaz de soportar la tensión a la que estaba sometido.

A partir de ese momento, mi tranquilidad fue total. Había conseguido preservar a los míos de malos momentos. Al poco tiempo nació Isabel lo que supuso para mí, la recuperación del niño perdido.

Nos trasladamos a Madrid y allí se inició una nueva etapa en nuestras vidas. Había comprendido que tenía capacidad para resolver problemas por complicados que parecieran y fue como una norma que apliqué a lo largo de mi vida y en el desarrollo de mis funciones.

El Juez golpeó con fuerza la mesa. Su rostro mostraba la indignación que sentía. Miró a Jorge con dureza, con rabia contenida y le preguntó:

¿Qué pretendes al hacerme partícipe de estos documentos del bastardo de tu padre?

Si pensó que iba a ofenderle, se equivocó totalmente. Jorge se retorció en el sillón mostrando rabia e indignación.

Lo que hizo y cuenta mi padre, fue un terrible asesinato, sin paliativos y que no puede quedar impune. Ahora, después de muerto, mancilla la memoria de nuestra madre, la de Isabel y nos horroriza a toda la familia —expresó airado, con la mirada cargada de incontenible ira—. A él, ya no podemos castigarle, aunque creo que los últimos años de su vida debieron de ser un infierno.

Le contó todo lo que sabía a través de las charlas mantenidas con su amigo el sacerdote. El Juez continuó mirándole en silencio pero pudo observar que su mirada contenía un odio irreprimible, no hacia él, pero si a lo que representaba.

Si de alguna forma podemos compensar a la familia de esa pobre mujer, cuyo único mal fue enamorarse de la mala persona que fue mi padre, queremos hacerlo.

El Juez volvió a coger los documentos. Fijó su mirada en ellos, luego miró el rostro alicaído de Jorge, y sin apartar la mirada, fue rompiendo las papeles en trozos muy pequeños ante la mirada atónita de éste.

Imagino que no tendrás copia alguna de esta salvajada, pero si es así, te ordeno que la destruyas y te olvides de su existencia, tú y tus hermanos.

Resopló fuertemente dando claras muestras de la repugnancia que le estaba produciendo todo el asunto.

¡Estos documentos ya no existen! ¿Comprendes? ¿Queda claro?

Jorge no sabía que decir ni que actitud tomar. No entendía que, a pesar de la rabia que demostraba el Juez, rompiera la confesión de su padre para que su horroroso delito quedara impune. Éste intuyó las dudas de Jorge y quiso dejar clara su posición.

¡No puedo permitir que la honorabilidad de la Audiencia Nacional y nuestro sistema jurídico haga aguas! A veces nos cuesta separar alguna corrupción dentro de nuestro seno, pero lo de tu padre sería algo inimaginable que pondría en entredicho muchas cosas. Incluso podríamos tener apelaciones de juicios donde tu padre actuó como fiscal y se produjeron condenas algo dudosas.

Respiró con fuerza y espiró el aire con rabia.

¡ Se acabó! Esta visita nunca ha tenido lugar. No hay documentos, no hay caso, en consecuencia; “caso cerrado”. Siento que esta historia de vuestro padre os perseguirá durante vuestras vidas sin tener culpabilidad alguna pero en vosotros está la capacidad de superarla.

Se miraron queriendo imprimir en esas miradas un deseo de superación del trauma por ambas partes. Era duro asimilarlo pero no les quedaba más remedio que asumirlo.

Fue un asesino en vida y quiso continuar siéndolo después de muerto. Lo siento profundamente, Jorge. ¡No hay caso!





        
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