RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


"MÁS ALLÁ DE LAS NUBES"


"MÁS ALLÁ DE LAS NUBES"

Sus risas sonaban alegres y contagiosas en la pequeña cafetería. En una mesa del rincón, Eloísa dialogaba desenfadadamente con su compañera de trabajo. Era un viernes por la tarde y a la salida de la oficina decidieron tomar una cerveza juntas.

¡Solamente una! —Respondió jovialmente Eloísa cuando su compañera se lo propuso—. Todavía tengo que recorrer veinte kilómetros para llegar a mi casa y la carretera es infernal, lo sabes bien, y de mi coche, ni te cuento…

Hablaron, como casi siempre, de sus vivencias. Eloísa era una muchacha alegre y dicharachera, tenía una gran facilidad de ensimismamiento y en su mente se recreaban historias y escenas de lo más variopinto que, en muchas ocasiones, se reproducían en sus sueños con especial viveza. A veces, al levantarse se sentía cansada por tal actividad onírica y tenía la sensación de haberlos vivido realmente.

Eloísa vivía en un pueblo en la falda de una montaña y tenía que recorrer todos los días laborables la distancia que le separaba de su trabajo por una carretera comarcal muy estrecha, sin apenas señalizaciones y que discurría, la mayor parte de su trazado, a través de un extenso arbolado. En horas nocturnas era necesario estar muy pendiente para no equivocarse en los frecuentes cruces que conducían a otros lugares.

Tras despedirse en la puerta de la cafetería, Eloísa se arrepintió de haberse quedado. Era un atardecer de finales de noviembre y con el cambio de hora, era prácticamente de noche, hacía frío y bastante humedad. Se subió a su pequeño y anciano coche al que tenía un especial cariño a pesar de causarle algún que otro problema. Últimamente estaba considerando la posibilidad de cambiarlo aprovechando el plan Renove.

Dejó el bolso en el asiento del copiloto, se ajustó el cinturón de seguridad y arrancó. Poco después abandonaba el pueblo rodando por la oscura carretera por la que, a esas horas, apenas había tráfico alguno. Conectó el vetusto aparato de radio y giró lentamente el dial hasta conectar con una emisora que estaba emitiendo música. Una canción de Nina Simone comenzó a sonar después de unas breves palabras del locutor. Eloísa tarareaba la canción a la vez que movía ligeramente su cuerpo y su cabeza al son de la música. Fueron sucediéndose más canciones, todas muy conocidas y ella continuó con el mismo ritual.

Las luces largas de su vehículo apenas alumbraban con claridad una franja de la carretera y de cuando en cuando, le parecía que bajaba de intensidad para volver a recuperarse instantes después. En un momento determinado y en una zona en la que la carretera ascendía en medio de unos impresionantes árboles, el motor comenzó a emitir unos ruidos extraños que de inmediato la alarmaron.

Cambió de marchas en un acto reflejo y le pareció que los ruidos se reducían y poco después cesaron. Su corazón se aceleró ostensiblemente. Fijó su atención en la carretera para descubrir que le era desconocida. En alguno de los cruces debió de despistarse y tomar un camino equivocado.

¡Sólo me faltaba esto! —expresó profundamente irritada, emoción que fue cambiando para transformase en miedo, por no decir pánico.

Miraba hacia ambos lados de la carretera tratando de situarse.

¡¿Dónde coño estoy?! —gritó con violencia agarrándose fuertemente al volante.

En esos momentos, el motor emitió los últimos estertores y dejó de funcionar. Eloísa pisó el embrague a la vez trataba de acelerar y poder recuperarlo, pero éste, se mantuvo en silencio. Paró al borde de la estrecha carretera, colocó el freno de mano, la palanca del cambio de marchas en punto muerto, apagó las luces para que no consumieran batería (al menos eso había oído decir) y disponer de toda su energía para arrancar de nuevo el motor y esperó.

Tan sólo escuchó un pequeño “clack” al girar la llave de arranque. Probó reiteradamente pero el resultado era siempre el mismo. Pronto comenzó a escuchar el tremendo palpitar de su corazón.

Miró hacia el exterior, escudriñándolo en busca de alguna luz. Comprobó que la oscuridad era absoluta. Ni un ligero rayo de luna que le permitiera reconocer el espacio que la circundaba. Desesperada, volvió a intentar arrancar el motor. Tras el ligero “clack”, el silencio era total.

Encendió las luces del coche que iluminaron una pequeña franja de carretera delante de ella. Comprendió que la intensidad de la luz era ya muy débil, lo que le estaba indicando que la batería debía de estar próxima al colapso.

Salió al exterior en un acto irreflexivo. Pensó que fuera del coche podría comprobar mejor la presencia de alguna luz que le indicara la proximidad de otros seres.

¡Nada! Sólo un frío aterrador que se estaba aferrando a su cuerpo, obligándola a regresar al habitáculo del vehículo. Instintivamente, volvió a accionar la llave de contacto sin resultado alguno. Comprobó que cada vez que la accionaba, las luces disminuían ostensiblemente de intensidad.

¡No sigas, joder, qué te quedarás sin luces! —se reprendió a viva voz.

Pareció ser el preludio. Las luces exteriores se apagaron, el cuadro de mandos se quedó totalmente a oscuras y la radio dejó de sonar. Ahora, la oscuridad era total. Durante unos instantes se sintió colapsada, sin capacidad de reacción y con unos deseos enormes de llorar.

Recordó que en el interior de su bolso siempre llevaba una pequeña linterna de propaganda que iluminaba muy poco, pero al menos le serviría en el interior de vehículo. Al hurgar en el bolso sus dedos tropezaron con el teléfono móvil. Sintió una inmensa alegría al tenerlo entre sus manos.

¡Debo de estar idiota. Mira que no haberlo pensado antes…! — se dijo al retirarlo de su funda protectora.

Marcó el número de su casa para poder decirles lo que le había ocurrido y que enviaran lo más urgente posible a alguien a buscarla y sacarla de aquel atolladero. Comprobó que algo iba mal, no consiguió comunicar ni se escuchaban los tonos de llamada. Al fijarse nuevamente en la pantalla supo que se encontraba sin cobertura y su batería estaba también muy baja. Lo intentó con el número de protección civil con el mismo resultado. No pudo ver su rostro, pero su palidez era total. Sintió pánico a pesar de repetirse que no tenía porque preocuparse, alguien pasaría por allí y la ayudaría. Era cuestión de tiempo. Pero su corazón seguía latiendo desbocado, el frío se estaba adueñando del interior del vehículo y fuera se dejaba escuchar el ulular del viento cada vez con más fuerza.

¡Dios mío, Dios mío…, ¿por qué no habré cambiado de coche?!

Miraba insistentemente la pantalla del móvil con la esperanza de que recuperara la cobertura. Finalmente, se rindió ante la inutilidad de su acción. Sólo cabía esperar, quizá algún otro vehículo se hubiera aventurado por aquella carretera, que no tenía ni idea de adonde conducía, o se hiciese de día y, al menos, pudiese caminar sin peligro de romperse la crisma por aquellos lugares.

El viento arreciaba a cada instante con mayor furia, lo que la mantenía acongojada, acurrucándose sobre sí misma. Se sintió impotente, débil, minúscula. Unas lágrimas fueron rodando por sus mejillas sin que se apercibiera de ello. De repente, tuvo la sensación de que algo había cambiado. Tensó su cuerpo y permaneció atenta sin realizar movimiento alguno.

¡El viento! ¡Ha cesado el viento! —se dijo sin saber si debía alegrarse por ello o aterrorizarse más. No, no era algo normal, de eso estaba completamente segura. Todo a su alrededor era oscuridad y silencio total.

De pronto, vio unas pequeñas lucecitas que parecían oscilar en medio de la oscuridad. Apenas eran unos puntos visibles que aparecían y desaparecían detrás del arbolado.

¡¿Qué diablos es eso?! —exclamó llevándose las manos a la boca.

Permaneció atenta, con los ojos desorbitados. No tenía la más mínima idea de lo que podía ser aquello. Creyó que estaba sufriendo alucinaciones.

¿Serán luciérnagas? —se dijo débilmente, pero desestimó tal pensamiento al instante. Unos bichitos tan pequeños no podían causar aquel efecto óptico.

Comprobó que las lucecillas iban acercándose y sintió pavor. Aquello no era algo natural en medio de un bosque y en una noche tan desapacible. Cerró los ojos con fuerza, pensando que al abrirlos, aquella pesadilla habría desaparecido y la normalidad regresaría a su alrededor.

¡Esto es una pesadilla, no es real! —trató de tomar confianza en sí misma y alejar aquellos extraños miedos.

Cuando se atrevió a abrir los ojos emitió un grito, no podía creerse lo que estaba viendo. Unos seres diminutos se estaban acercando y rodeando el coche. En sus manos portaban unos pequeños candiles que apenas iluminaban el entorno. Creyó estar alucinando.

Al frente de aquel acompasado movimiento, caminaba un gigantesco enano con expresión sonriente y pasos recios y precisos. Su altura era muy superior a la de los enanos que le acompañaban. Su mano derecha sostenía un precioso farol, digno de estar expuesto en una estantería, irradiando una luz azul que lo envolvía en un halo majestuoso. Al alcanzar el coche, Eloísa comprobó que su rostro apenas alcanzaba el cristal de la ventanilla.

A pesar del asombro y del pánico que sentía, Eloísa accionó la manivela de la ventanilla para ir bajando el cristal muy lentamente. Aquellos pequeños seres no cesaban de moverse rítmicamente, produciéndole la sensación de encontrarse sentada en el patio de butacas de un enorme teatro en el que se representaba una extraña obra.

¿Qui…, quie… quienes sois? —balbució angustiada.

La serenidad del rostro del gigantesco diminuto fue aplacando esa sensación.

Somos los habitantes del bosque —contesto con un timbre de voz que la dejó subyugada—. No tienes nada que temer.

A su alrededor, todos los rostros de aquellos diminutos seres la miraban y sonreían afablemente. La congoja que la atenazaba comenzó a descender y creyó sentir un extraño relajamiento.

¿Podéis ayudarme? —preguntó ansiosa — ¿Sabéis arreglar coches? —y de inmediato se dio cuenta de lo estúpida que había sido la pregunta.

Veo que te has perdido y, además, tu carroza se ha averiado. Por supuesto que no sabemos arreglar esos trastos. Nosotros no los necesitamos, pero sí podemos ayudarte, al menos, hasta que se haga de día y puedas resolver tu problema.

Eloísa seguía mirándolos incrédula. Aquellos seres no cesaban en sus movimientos de vaivén, aunque no demostraban ansiedad ni preocupación alguna.

Y…, ¿cómo vais a ayudarme? —preguntó interesada y a la vez temerosa. Si no podían arreglar su coche, no intuía que ayuda podían proporcionarle.

Ven con nosotros. Somos los habitantes del bosque y siempre a acudimos en ayuda de aquellos que se la merecen. Te daremos comida y cobijo.

En ese momento, el estómago de Eloísa pareció entenderle y comenzó a tener sensaciones de hambre y sed y su cuerpo sintió el profundo frío que penetró por la ventanilla abierta, lo que la hizo tiritar. A pesar del fuerte temor que se había apoderado de ella, fue incapaz de resistirse a la invitación. La voz del gigantesco diminuto transmitía sensaciones de tranquilidad y sosiego y ella se encontraba demasiado cansada y deseaba reponer energías que le permitieran obtener respuestas a lo que le estaba ocurriendo y ver con claridad que actitud tomar para salir de aquella situación.

Ven, acompáñanos —dijo el gigantesco diminuto asiéndole la mano con la suya, lo que provocó en Eloísa la sensación de que era la de un niño —. No temas. ¿Ves aquel enorme árbol centenario? Allí nos dirigimos.

Pese al hambre y el cansancio, su instinto le decía que no, que no debía acompañarles, pero eran tan pequeños, simpáticos y afables, que creyó que no tenía nada que temer. Sin embargo, seguía sintiéndose incrédula. Veía el árbol en medio de una claridad irreal que difuminaba las formas a su alrededor, pero no localizaba construcción alguna.

Comenzaron a caminar y Eloísa seguía a su interlocutor con pasos muy cortitos, pensando en como podría entrar en una casa, si existía, con el diminuto tamaño que tenían. El gigantesco diminuto comenzó a emitir por su pequeña boca, una monótona letanía delante del árbol, acompañada por las voces de todos aquellos diminutos seres, cuyo sonido iba creciendo y pareció escucharse en todo el bosque. Eloísa, asombrada, pudo ver como el árbol se abría y ante sus ojos había una inmensa sala con extraños artilugios. De inmediato pensó que aquellas dimensiones sobrepasaban en mucho el perímetro del árbol

Varias parrillas estaban situadas sobre unas pequeñas hogueras. Se asombró de sus tamaños, lo que la inquieto profundamente. No veía comida por ninguna parte y una extraña sensación fue apoderándose de su cuerpo y mente. “¿Seré yo la comida?”, se preguntó aterrada.

Los farolillos de los diminutos seres fueron apagándose a medida que se acercaban a la entrada de lo que, aparentemente, era su hogar. Las sonrisas ya no le parecieron tan afables ni agradables y se relamían los labios con demasiada frecuencia. De improviso, aparecieron en lo alto unas minúsculas lucecillas que parecían tener vida propia y comenzaron a moverse en el espacio en el que se encontraba ella y su diminuto anfitrión. Giraron a su alrededor, circularmente y a cada vuelta, la velocidad se hacía mayor, al igual que la estatura del gigantesco enano, que todavía la tenía cogida de la mano. Una música deliciosa comenzó a oírse abarcando todo el espacio que los circundaba. Los diminutos seres fueron desperdigándose por el bosque produciendo la sensación de que huían despavoridos. No así su diminuto anfitrión, que se mantuvo a su lado.

Miraba inquieta en todas las direcciones y fue percibiendo que sus pies habían dejado de tocar el suelo y se iba elevando muy lentamente dentro del cilindro formado por infinitas lucecillas y al girarse para mirar el rostro de su acompañante, ya no necesitó bajar su mirada. Su rostro estaba a su altura irradiando luz propia. La miraba fijamente a los ojos, anegados todavía por unas revoltosas lágrimas que le proporcionaban una gran luminosidad.

Unos instantes después ya se encontraban por encima de las copas de los árboles del frondoso bosque y continuaban ascendiendo. No sentía frío y a pesar de la negra oscuridad de la noche pudo distinguir el paisaje a su alrededor. En la lejanía, alcanzó a ver las luces de algunos pueblos.

Atravesaron las nubes, que impregnaron su cuerpo de una agradable humedad que la hizo sentirse muy bien. El miedo se diluyó en la nada y una sensación de euforia la fue embargando. Al alcanzar la parte superior de las nubes, ante su vista se materializó un magnífico castillo de cristal de enormes y puntiagudos torreones, todo ello, perfectamente iluminado.

El gigantesco diminuto había sufrido la transformación total. Un apuesto Lancelot la miraba sonriente cuando comenzaron a descender sobre el último escalón de acceso al castillo. Una enorme puerta les cerraba el paso hacia el interior. Al tocar el suelo, Eloísa observó como las dos hojas de la puerta comenzaban a abrirse lentamente. Cada hoja constaba de seis cuadrados con una representación magistral de las doce constelaciones con formas de mujer, haciendo alegoría a los doce signos del zodíaco. Eloísa las miró fascinada.

El apuesto Lancelot la tomó entre sus brazos y se dirigieron al interior. Pudo comprobar la dureza de sus músculos sobre su piel. Entraron en un salón totalmente iluminado. La luz, de una gran intensidad, surgía desde todos los rincones pero no era molesta y la visión era perfecta. En medio se situaba una mesa rectangular de grandes dimensiones y perfectamente dispuesta para celebrar una cena con dos comensales. Con delicadeza, el apuesto joven la descendió hasta el suelo, después, tomó una altísima copa de cristal repujada en oro y diamantes y se la ofreció. Su brillo la transportó al infinito obnubilando su existencia real. La acercó a sus labios y bebió lentamente el dorado líquido sin apartar la mirada del joven, después, la apuró con premura. Su sabor la transportó al cielo, si ya no estaba en él.

Comenzó a sentir un cálido sopor y un profundo relajamiento en su cuerpo. Con la mirada fija en los profundos ojos del apuesto caballero que, con una agradable sonrisa en su rostro, elevaba su copa hacia los labios y bebía el líquido que contenía.

Sin pensarlo, Eloísa se sentó en un lateral de la mesa y lentamente fue dejando que su cuerpo se tendiera sobre ella. El apuesto Lancelot se acercó a su lado mirando su cuerpo tendido. Después, fijó su mirada en los ojos de Eloísa y comenzó a mover sus manos a poco altura sobre su cuerpo y en sentido paralelo a él. Eloísa sintió como sus aditamentos corporales se diluían en el espacio mostrando su esplendoroso cuerpo a los ojos del agradable caballero. Cerró sus ojos y abrió su mente a la vez que sentía hermosas e intensas vibraciones en todo su ser que la hicieron jadear placenteramente.


Comenzó a girar sobre sí misma arrastrando las mantas de la cama con ella. Se despertó bruscamente sentándose sobre la cama. Su corazón desbocado y su respiración entrecortada la asustaron momentáneamente.

¡Joder, qué sueño tan real! —exclamó entre suspiros.

La luz se filtraba a través de la ventana mal cerrada y los rayos de sol dibujaban unas líneas muy definidas que se estrellaban contra la pared. Vio que el reloj despertador marcaba una hora cercana al mediodía.

Permaneció un buen rato en la misma postura haciendo desfilar las escenas que hacía escasos minutos había abandonado. Unos ruidos en el exterior le indicaron que su madre se movía por la casa. Poco después se abrió la puerta de la habitación asomando la cabeza de su madre.

Hija, es muy tarde —le dijo a modo de buenos días—. Hace un rato llamó la policía para decir que habían encontrado tu coche abandonado. Estaban preocupados por si te había ocurrido algo. Dentro de un rato estarán aquí, así que, comienza a arreglarte.

Se levantó aturdida. No recordaba donde había dejado el coche. Quizá, al no encontrar aparcamiento en las cercanías de su casa, lo habría dejado en doble fila. No sería la primera vez que lo hacía y en el pueblo se conocía casi todo el mundo.

Se estaba lavando la cara cuando de nuevo entró su madre para advertirle que dos guardias civiles estaban esperándola en la salita. Su madre, acostumbrada a las rarezas de su hija ya no se sorprendía de nada.

Eloísa sintió una sensación de vacío y un extraño malestar se apoderó de su cuerpo y mente.

Buenos días, señorita —dijeron los guardias civiles, que se levantaron de sus asientos nada más verla entrar.

Sobre el centro de cristal pudo ver su bolso y las llaves del coche. Pensó que las había dejado allí al regresar del trabajo.

Ustedes dirán —respondió tratando de aparentar una seguridad que no sentía.

Pues verá, señorita —comenzó diciendo el guardia civil que aparentaba más edad y llevaba unos galones en las hombreras—, esta madrugada una patrulla del cuerpo encontró su coche abandonado en una carretera que asciende al monte y discurre a través de un espeso bosque. Estaba abierto y con la llave de contacto puesta. En el asiento del copiloto se encontraba este bolso —y lo señaló—, con toda la documentación e incluso el dinero. Pensamos que no falta nada. Al lado, su teléfono móvil y una pequeña linterna de bolsillo. La guantera se encontraba abierta y con la documentación del coche en el interior.

Eloísa sintió como el color abandonaba su rostro y una extraña lividez se apoderaba de él. A pesar de todo, trató de explicarse, quizá pensando más en ella misma que en los guardias civiles y su madre.

Ayer al anochecer, regresaba del trabajo —comenzó su explicación—. Debí distraerme y tomé, en alguno de los cruces, una carretera equivocada. Después, el coche se estropeó y se detuvo. No funcionaba nada, incluso el móvil, que se encontraba fuera de cobertura. Cuando empezaba a angustiarme, apa…

Disculpe, señorita —le interrumpió el segundo guardia civil—, nuestros compañeros nos dijeron que todo estaba en orden, su vehículo funcionaba perfectamente y el móvil disponía de cobertura. Aquí tiene todos sus objetos, puede comprobar que no falta nada.

La palidez del rostro de Eloísa era cadavérico. Si la hubieran pinchado en la piel, no habría salido ni una gota de sangre. Con la velocidad de un rayo, las escenas vividas en su sueño regresaron a su mente. “¡Tuvo que ser un sueño!”, se dijo mientras las uñas se clavaban en las palmas de las manos. Levantó la mirada por encima de las cabezas de los guardias civiles y sobre la cómoda situada al lado de la pared pudo ver una preciosa copa de cristal repujada en oro y diamantes con restos de bebida en su interior.

Se levantó con la mirada fija en la copa no dando crédito a lo que veía. Lentamente se llevó ambas manos hacia su vientre y al igual que en el sueño, sintió que iba a ser madre.

¡No fue un sueño! —gritó desesperada ante la estupefacción de los guardias civiles y de su madre— ¡No fue un sueño, fue real! ¡Dios mío…!

Y lentamente fue desplomándose sin que los dos guardias civiles pudieran hacer nada para evitarlo.

¿Estaría realmente embarazada? La respuesta a esta pregunta ya es otra historia.





        
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