RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


"EL HOMBRE DE LA CASA"


"EL HOMBRE DE LA CASA"



 

En un pueblecito del norte de Galicia, en el mar Cantábrico, vivía Carmen con su hijo de apenas ocho años. Su marido estaba ausente desde hacía varios años trabajando en un barco pesquero en las costas de Sudáfrica y Nueva Zelanda. Desde que partió a navegar, le había sido imposible regresar a su hogar. Los tiempos no eran demasiado buenos en España y necesitaba ganar dinero para mantener a su familia y ahorrar para poder dejar definitivamente ese tipo de infernal trabajo y poder crear algún pequeño negocio. A pesar de su juventud, era un buen patrón de pesca y esa cualidad le reportaba buenos beneficios.

Con el dinero que les enviaba su marido, Carmen podía vivir desahogadamente y ayudar a sus suegros económicamente. Su hijo la colmaba de satisfacciones y su pesar tan sólo se refería a la larga ausencia de Edelmiro. Deseaba tener más hijos y le inquietaba el paso del tiempo y una edad, quizá, ya no conveniente para tenerlos.

José Antonio, Toño como lo llamaba casi todo el mundo, era un muchachito vivaracho e inquieto. En el colegio se defendía muy bien, era simpático y querido por sus compañeros. En casa, su madre se desvivía por atenderle y mantenerlo contento, al igual que sus abuelos, sobre todo los paternos, que veían en él la imagen de su hijo. El parecido con su padre era notable.

Mamá, ¿cuándo regresa papá de faenar? —le preguntaba con frecuencia.

Toño ya no recordaba a su padre. Tan sólo algunas fotografías enmarcadas sobre los muebles del comedor le proporcionaban una idea de como era, pero muy vaga.

Quizá venga a vernos el año que viene.

Eso está muy lejos, ¿no?

Un poco, sí —respondió Carmen con una expresión nostálgica en su rostro—. Mientras tanto, tú eres “el hombre de la casa”, tienes que ser muy responsable y cuidar de mi para que no me ocurra nada hasta que papá vuelva —solía decirle para que el niño se sintiera mayor y necesario.

Toño, siempre que escuchaba estas palabras en boca de su madre, henchía el pecho y forzaba la voz para aparentar ser mayor.

Ya sé que soy “el hombre de la casa”, también me lo dicen los abuelos y yo les respondo que no tienen que preocuparse, yo cuidaré de ti y no permitiré que nadie te haga daño.

Y así iban transcurriendo los días. Carmen sentía que su hijo crecía más deprisa que sus compañeros. Para su edad, estaba desarrollando y potenciando unas actitudes que le hacían parecer mayor. Era muy rápido interpretando lo que le decían, era muy intuitivo y actuaba con premura y decisión. No sentía la necesidad de pensarse mucho las cosas y no por ello dejaba de actuar correctamente. No era caprichoso y entendía fácilmente las negativas de su madre ante determinadas situaciones que pronto desechaba. Su madre se sentía muy satisfecha por la forma en la que desarrollaba su personalidad.

Fueron transcurriendo los meses y pasado el estío, el pueblo fue decreciendo en actividad. Los días se acortaban y pronto a las siete de la tarde era de noche cerrada. Era entonces cuando Carmen disfrutaba más de la presencia de su hijo. Estaba constantemente pendiente de él.

En las cercanías de la Navidad, la actividad volvió a crecer. La gente se sentía ilusionada con los preparativos para celebrarla. Toño disfrutaba con todas las actividades festivas que se estaban realizando en el colegio. Le gustaban los deportes y habían creado un equipo de béisbol para competir con otro equipo de un pueblo vecino. Era muy hábil y lo demostró llegando a ser el líder del equipo. También participaba en otras actividades, pero para él, ya no tenían tanta importancia.

Una mañana, apenas una semana antes de la Navidad, Carmen escuchó el timbre de la puerta de su casa. Pensó que sería su madre y la abrió. Plantado delante de ella se encontraba su marido con una amplia sonrisa en su rostro.

¡Dios mío, Edelmiro…! —exclamó alborozada, lanzándose a sus brazos con tal ímpetu que le hizo trastabillar.

La cogió de la cintura y entraron en la casa.

Carmen, sollozando de emoción, le cubría el rostro a besos. Edelmiro respondía de la misma forma al tenerla entre sus brazos.

¡Gracias, Dios mío, por traérmelo a casa! —balbució Carmen, sin reponerse todavía de la impresión de ver de nuevo a su marido.

Ambos sintieron esas agradables sensaciones de pareja tanto tiempo aparcadas y la lívido se encendió espontáneamente sin proponérselo ninguno de los dos. Apenas había palabras, sus caricias eran mucho más elocuentes y sus mentes se doblegaron a sus deseos. Poco a poco recorrieron los escasos metros que les separaban de la habitación de matrimonio y al instante se dejaron caer sobre la amplia cama.

¿Y el niño? —preguntó Edelmiro entre suspiros.

Todavía está en el colegio —apenas pudo contestar ella. Su rostro encendido estaba ansioso de las caricias de su marido.

La realidad pareció disolverse en un mundo de amor y pasión y sus sentidos estaban dispuestos a recibirlos con plenitud. No llegaron a escuchar como una llave se introducía en la puerta de la casa y ésta se abría dando paso a un Toño sudoroso pero pletórico, con una amplia sonrisa de satisfacción en su rostro.

Sobre su hombro colgaba una la pequeña bolsa que todos los días llevaba al colegio con algún libro, libretas, lápices y un generoso bocadillo que pronto desaparecía de su interior. En su mano derecha, fuertemente agarrado, el pequeño bate de béisbol que le había proporcionado la victoria sobre los contrarios.

Dejó la bolsa sobre el sillón del comedor. Fue entonces cuando escuchó los tenues gritos de su madre. Se quedó paralizado pensando que podría estar ocurriéndole algo malo. “¡Soy el hombre de la casa, tengo que cuidar de mi madre!”, pensó y se movió lentamente, escuchando de dónde procedían los gemidos. Descubrió que se producían en el dormitorio de su madre y hacia allí dirigió sus pasos. La puerta, no cerrada del todo, le permitió ver una terrible escena. Un hombre estaba maltratando a su madre. Situado sobre ella se movía convulsivamente, mientras que su madre movía las manos desesperadamente y emitía gritos, que no sonaban fuertes porque él no se lo permitía.

Se fue acercando a la cama con el bate de béisbol en posición de golpear la pelota. En un instante dado, su madre abrió los ojos y componiendo una mueca de terror, gritó:

¡Nooooooooo…!

Edelmiro giró su cabeza, justo en el instante en el que Toño descargaba su bate de béisbol sobre ella. A pesar de su corta edad, su furia le imprimió la suficiente violencia al golpe para provocar la muerte súbita de su padre, que dejó caer su cabeza sobre la de su mujer mientras la sangre comenzaba a emanar de su boca.

Toño se quedó mudo, mirando la escena con los ojos desorbitados. De vez en cuando balbucía; “¡soy el hombre de la casa, tengo que cuidar de mi madre!” Su madre se desprendió del cuerpo de Edelmiro, mirando a su hijo despavorida. Su rostro estaba ensangrentado por la sangre de Edelmiro.

¡Toño…, Dios mío, ¿qué has hecho?! —gritó desesperada.

El niño se mantuvo en la misma posición, su mirada, ahora perdida, se elevaba hacia el techo y hacia el suelo alternativamente mientras repetía con voz monótona y reiterativa:

¡Soy el hombre de la casa…, tengo que cuidar de mi madre…!

Carmen comprendió de inmediato que, para ella, se había cerrado el cielo y se abría el infierno, perdiendo a la vez sus dos seres más queridos.


        
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