RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


SEGUNDOS DESPUÉS...



SEGUNDOS DESPUÉS...



Levantó lentamente el brazo derecho hacia la altura de su cabeza. Su mano asía, fuertemente agarrada, una pistola “parabellum” y la fue acercando hacia su sien. Sintió el ligero temblor que recorría todo su cuerpo, acentuándose cuando el frío acero del cañón rozó su piel.


Su mirada descendió, hasta que dentro del campo de visión, pudo vislumbrar aquellos folios que desde hacía días llevaba redactando con especial cuidado. La letra, firmemente delineada, ahora se tornó bailarina y le costó encuadrar su visión para poder leerla, aunque no era necesario, conocía el contenido palabra a palabra, sin embargo, sintió un extraño placer cuando sus labios fueron murmurando las primeras frases.


Juanjo, como le llamaban cariñosamente sus allegados y amigos, había nacido cincuenta y seis años atrás en un pueblecito perdido entre las montañas de la provincia de Ávila. Corría el año cincuenta y dos y la vida en aquella época no era nada fácil, sobre todo, en determinados lugares de una nación que se encontraba bajo los dominios de un dictador y casi inmersos todavía en una larga postguerra.


Su infancia fue tan dura como la de innumerables muchachos en aquellas circunstancias. El pueblo tenía una pequeña escuela y muy pocos alumnos, todos ellos mezclados en la misma aula, niños y niñas de diferentes edades. Una profesora ya entrada en años, delgada y con un rostro avinagrado, les impartía, como buenamente podía, los conocimientos básicos para que, al menos, pudieran saber leer, escribir y contar.


Los chiquillos tomaban la escuela como el lugar de divertimento, ya que fuera de allí, tenían que trabajar duramente en las faenas que les encomendaban sus padres a lo largo de todos los días del año. La mayoría, cuando alcanzaban una edad en la que pensaban que ya podían valerse por si mismos, se trasladaban a otros pueblos más importantes o a la capital en busca de trabajos no tan duros y algo remunerados. Las ilusiones las ponían en Madrid o Barcelona y algunos llegaron a realizarlas, incluso con determinado éxito. Éste, fue el caso de Juanjo.


Llegó a Sabadell con apenas lo puesto pero con grandes ánimos. Un amigo, unos años mayor que él, había probado fortuna allí y trabajaba en una empresa de calderería como soldador. Le habló al encargado de Juanjo, de lo prometedor que parecía el muchacho, dotado de un gran afán de superación y que con muy poco salario se conformaría. Y allí comenzó como aprendiz mientras en una escuela nocturna seguía formándose.


El encargado comprobó muy rápidamente el carácter voluntarioso del joven y su innato deseo de superación constante. Pudo conseguirle, a cargo de la empresa, realizar cursillos de perfeccionamiento en todo lo relacionado con la calderería, y en poco tiempo comenzó a interpretar los planos. En algunas ocasiones se permitía hacer sugerencias a los clientes, que estos, inmediatamente aceptaban. Muy pronto consiguió hacerse un sitio en la empresa y sus aptitudes no fueron desconocidas para el empresario.


Unos años más tarde conoció a Montse, y desde los primeros momentos quedó impactado por la dulce belleza de la muchacha. Bastante más joven que él, procedía de una familia de clase media que se desenvolvía con los beneficios que les proporcionaba la agricultura en sus campos muy bien cuidados. A pesar de disfrutar de una educación y cultura superior a la de Juanjo, desde le conoció, se sintió inclinada hacia él, aunque supo mantenerlo en secreto el tiempo necesario y hasta que el joven perdiera la cabeza por ella. Además, dudaba de una buena acogida por parte de su familia y no iba muy desencaminada en su apreciación.


Trataron de oponerse por todos los medios que consideraron, pero no consiguieron mermar su voluntad y ella seguía determinada a casarse con aquel joven del que se había enamorado y que por mucho que pudieran alegar, su decisión no admitía duda alguna. Se casaron, fue una boda discreta, pero para Montse y Juanjo fue lo más maravilloso que pudo ocurrirles.


Fueron transcurriendo los años y seguían formando una pareja perfecta, a pesar de no tener la dicha que les hubiera proporcionado el nacimiento de algún hijo. Montse, por solicitud de su marido, dejó el trabajo que tenía en el Ayuntamiento de la ciudad. Él alegó que no necesitaban ese dinero, pero en su interior reconocía que los celos le habían condicionado. Ella, por su carácter afable y cordial, mantenía muy buenas relaciones con todos los compañeros y compañeras y esto era algo que le daba miedo. Se sentía muy enamorado de ella y sólo pensar en su posible pérdida, se horrorizaba.


Inmerso el país y el mundo entero, en una profunda crisis económica, las empresas comenzaron a sentirla y a sufrir las consecuencias con pérdidas económicas considerables. El número de empresas en quiebra, las que cerraron sus puertas y las que estaban pasando malos momentos, era demasiado alto para la normal subsistencia de la nación. Las cifras de personas despedidas de sus empresas fue alcanzando valores escalofriantes, superándose largamente los cuatro millones de parados.


Juanjo no fue la excepción. Fue despedido a una edad lo suficientemente alta como para saber que ya no volvería a trabajar. Sin embargo, quiso demostrar tranquilidad ante su mujer, que nada más conocer su nueva situación, le dijo que se reincorporaría a su trabajo. Se negó rotundamente, alegando que su situación era pasajera, que pronto se solucionarían todos los problemas. ¡Sabía que estaba mintiendo!


El ruido que produjo la puerta del comedor al abrirse le hizo dar un respingo. Entraba su mujer. Montse se quedó paralizada al verle en aquella situación. Su dedo índice, que ya había comenzado a presionar ligeramente el gatillo de la “parabellum” dejo de recibir las órdenes cerebrales y se contrajo descontrolado provocando que el percutor golpeara el fulminante de la bala en la recámara y un fuerte fogonazo seguido de terrorífico ruido quemó la piel de la sien y su tímpano le pareció que se desgarraba en mil partículas.


El intenso dolor le obligó a llevar su mano izquierda a la frente, sintiendo como el líquido viscoso y caliente de su sangre comenzaba a manar de la herida producida, descendiendo por su ceja y nublándole la visión de su ojo derecho. Todavía pudo ver como su mujer caía desmadejada al suelo. Su mano derecha asía la pistola, tan fuertemente, que sintió que sus dedos iban a destrozarse. Lentamente la fue bajando hasta dejarla sobre la mesa. Por el cañón del arma todavía salía el humo producido durante la explosión. Pensó que no había logrado su propósito, quizá por la impresión causada por la entrada de su mujer, que le hizo sentir una infinita vergüenza y pudo desviar en el último instante la dirección de la trayectoria de la bala, o simplemente fue un movimiento involuntario. Pero estaba seguro, completamente seguro que jamás volvería a intentarlo, que su cobardía sería superada y que saldrían adelante, ya no le importaba la forma de como hacerlo.


Trató de acercarse al lado de su mujer para levantarla. Todavía se encontraba inconsciente. Tuvo la impresión de moverse a cámara lenta. Quiso acariciar su rostro, pero comenzó a advertir como su visión se nublaba y una sensación de debilidad se iba apoderando de su cuerpo.


Juanjo comenzó a notar como las formas se iban desdibujando de su retina. Pensó que todo a su alrededor se encogía y a la vez se dilataba en un continuo vaivén, hasta que sus fuerzas le abandonaron. Supo que se acercaba hacia el suelo con una lentitud que le pareció interminable. Quiso contraer todos sus músculos para paliar el golpe, pero ya nada le obedecía. Trató de respirar con fuerza, llenar sus pulmones con el oxígeno suficiente para que todas las células de su cuerpo le obedecieran. Fue en vano, estos, tampoco le obedecían. Deseó gritar con todas sus fuerzas, mientras que la luz iba desapareciendo a su alrededor, tornándose en oscuridad total.


Su cuerpo se estrelló contra el suelo, sin embargo, no llegó a sentir dolor alguno. Fue consciente de que su vida había alcanzado su fin y ahora se encontraba muerto o en el tránsito hacia la muerte. Quizá su cuerpo se estuviera negando a apagarse totalmente.


Pocos segundos después, se encontraba inconsciente al lado del cuerpo de su mujer, que ya empezaba a recuperar la consciencia.


Un grito desgarrador salió de su garganta, después comenzó a llamarle repitiendo incesantemente su nombre, mientras le sujetaba la cabeza con ambas manos.


¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué has hecho Juanjo? —repetía monótonamente— ¡Dime algo, por favor!


Aturdida y sin apenas fuerzas, salió al pasillo y comenzó a golpear las puertas de sus vecinos solicitando su ayuda. Poco después, varios de ellos se encontraban en su comedor moviéndose nerviosos.


A pesar de no ser un creyente convencido, pensó que allí mismo, en el interior de aquella terrible oscuridad, se iniciaría el juicio severísimo que los sacerdotes se habían encargado de grabar a fuego en los cerebros de las gentes. Imaginó que su acto final no podría ser perdonado jamás por muy benevolente que fuera el juez que tendría que juzgarle.


Se sorprendió por no sentir temor alguno. En el interior de aquella oscuridad reinaba una tranquilizadora paz, ausencia total de dolor y remordimientos. Y así, permaneció un tiempo que le sería imposible determinar; décimas de segundo o una eternidad. Ausencia total de todo.


Lentamente, creyó que su cuerpo iba diluyéndose e integrándose en aquel medio oscuro, como la misma muerte. Supo que ya no se encontraba en su cuerpo y pudo ver como en la lejanía comenzaba a iluminarse una pequeña porción del espacio. Creyó que se acercaba a él, o él se dirigía hacia la luminosidad. Observó como su cuerpo desmadejado y tendido en el suelo y bañado en sangre se iba quedando atrás. Estaba seguro de que la paz interior iba aumentando a medida que la luz y él, se encontraban más próximos.


Por su mente comenzaron a fluir una serie de imágenes de forma inconexa. Pasajes nada agradables de su vida alternándolos con otros más felices. Tampoco se libró de visionar su infancia y todas las penurias sufridas en ella que tallaron su carácter.


Escuchó voces, recordándole las letanías de los monjes en sus conventos, que no entendía pero le resultaban gratificantes.


En la lejanía y como absorbido por la radiante luz, imaginó unos sonrientes rostros que se acercaban a él. Sintió como se detenía y buceó dentro de su cerebro, contemplando el profundo agujero provocado por la bala que el mismo había puesto en movimiento. De todo su contorno emergían un especie de rayos que lo iluminaban con claridad. Le produjo la sensación de estar contemplando una terrible tormenta eléctrica. Se iniciaban por toda la superficie del túnel, pero no encontraban ningún destino. Se diluían en ese espacio.


Finalmente, pudo comprobar como algunos de esos rayos consiguieron alcanzar su objetivo, haciéndole sentir unos dolorosos pinchazos que le obligaban a contraerse sobre sí mismo.


La fuerte luz, que ya comenzaba a iluminarle, detuvo también su avance. En algunos momentos, creía que se acercaba a ella, en otros, que se alejaba. Finalmente, y de forma muy lenta, ese distanciamiento se hizo mayor, mientras que extraños dolores comenzaban a ensañarse con su cuerpo y con su mente.


De repente, la nada otra vez. Dejó de tener consciencia de sí mismo.


A su lado, Montse, su mujer, lloraba desconsoladamente mientras era atendida por una vecina. Un equipo de urgencias trataba de reanimarle en el mismo lugar en el que se había desplomado. En algunos momentos le dieron por muerto, pero la rapidez y el tesón del equipo médico, consiguió que no se le escapara la vida.


Con celeridad fue transportado al hospital más cercano donde habían preparado un quirófano para una intervención inmediata. Fue una operación larga y muy complicada y finalmente dictaminaron que el estado de coma sería irreversible, certificando su muerte cerebral a pesar de que su organismo mantenía algunas constantes vitales, aunque a niveles mínimos.


Fueron pasando los días y su situación no variaba. Los médicos que le atendían advertían a Montse, cada vez que le facilitaban información sobre su estado, que era imposible esperar recuperación alguna en el paciente. Más bien bien al contrario, daban por seguro que no saldría del estado de coma hasta su muerte fisiológica.


Comprendió, cuando pudo leer el escrito que le había dirigido, lo mucho que la amaba y admiraba. Juanjo siempre fue un hombre parco en palabras. Su educación había sido muy precaria y ruda, y a pesar de que siempre se esforzó en mejorarla, no consiguió alcanzar el refinamiento y la delicadeza de su mujer. Él nunca comprendió muy bien porqué ella se fijó en él, pero no tenía la menor duda, fue lo mejor que le ocurrió en toda su existencia. Allí reflejó todo lo que sentía por ella, mostrando unos deseos enormes de que fuera feliz. Era consciente de que con él a su lado y en las actuales circunstancias, no iba a conseguirlo.


Su familia le aconsejó, pasado un tiempo después del luctuoso suceso, que tenía que organizar de nuevo su vida. “No puedes pasar horas y horas, días y días, pegada a una cama llena de aparatos que le están manteniendo la vida de una forma artificial”, le decían. “¿Con vida? ¿Acaso aquello era vida?”, pensaba a menudo, a pesar de lo cual, seguía aferrándose a una posible recuperación.


Consiguieron hacerla entrar en razón, casi la obligaron a cambiar de actitud y como primer paso, tuvo que solicitar la reincorporación en el departamento de contabilidad del Ayuntamiento, ya que la vida continuaba y los gastos corrientes se sucedían día a día.


Al finalizar su jornada laboral, sobre las dos y media de la tarde, dirigía sus acelerados pasos hacia el hospital para estar con su marido. Al principio, acudía de inmediato a la habitación de Juanjo y allí se quedaba hasta sentirse desfallecer, de hambre y cansancio.


El tiempo le fue obligando a ir variando sus hábitos. Al llegar al centro sanitario, se dirigía directamente a la cafetería y comía cualquier cosa para salir rápidamente hacia la quinta planta. Poco a poco, sin ser perceptible para ella, comenzó a tomarse su tiempo y degustar la comida. El ambiente en el interior, a pesar de encontrarse en el interior de un hospital, era agradable y solía tener mucho movimiento de gente; muchas batas blancas o verdes y muchos visitantes, algunos con gestos muy compungidos e incluso llorosos, otros más distendidos.


Casi siempre ocupaba la misma mesa, situada al lado de un amplio ventanal que le permitía distraerse con el movimiento acelerado de la ciudad. El joven camarero que le atendía procuraba mantenerla reservada para ella. Montse se lo agradecía, de cuando en cuando, con buenas propinas.


Un viernes, entretenida haciendo girar la cucharilla en el interior de la taza de café y la mirada perdida en la calle, no se dio cuenta que dos hombres, hablaban en la barra con sus miradas fijas en ella. Poco después, uno de ellos se acercó hasta su mesa. Le preguntó si podía sentarse. Montse no se había percatado de su presencia, pero al ver que llevaba puesta una bata blanca, asintió. Se puso rígida y tensa esperando una mala noticia a pesar de no conocer al médico y observar una ligera sonrisa en su rostro.


El doctor tomó asiento enfrente de ella y alargó su mano para saludarla mientras se presentaba, diciéndole su nombre y actividad en el centro. Ella se la estrechó y al contacto con aquella mano sintió un cierto agrado.


El doctor Catasus, que así dijo llamarse, comenzó la conversación diciéndole que estaba al corriente de lo sucedido a su marido. Montse sintió como su rostro se ruborizaba, y una cierta dosis de vergüenza se apoderó de ella al pensar en como ocurrió la desgracia. El pareció darse cuenta.


Le hizo saber que llevaba un tiempo observándola. Era extraño que, prácticamente, todos los días de la semana se sentara a comer en la cafetería del hospital, sola y a horas más bien tardías. Sabía que no trabajaba en el centro y que su presencia se debía solamente a la situación de su marido.


Hablaron mucho sobre su estado, y aunque él no había participado en su caso, fue enterándose de su evolución ya que entraba dentro de su especialidad, según le dijo. Montse se sintió un ligeramente contenta, como no lo había estado desde hacía mucho tiempo. Pudo hacerle muchas preguntas que la mantenían en constante preocupación y que el doctor fue contestando con una paciencia infinita. Ella se sintió muy agradecida, ya que en muy poco tiempo había llegado a comprender muchas cosas sobre la anómala situación de Juanjo, cuestiones que, quizá, los otros doctores no llegaron a aclarárselas, bien por considerarlas innecesarias, bien por su dificultad de comprensión o por no aumentar la tensión y estrés de la mujer.


Estas conversaciones fueron repitiéndose a lo largo del tiempo. El doctor hacía aparición sobre la hora en la que Montse degustaba un café. Algunas veces llegaba pronto y comían juntos, y la corriente de simpatía fue transformándose en amistad. Después se despedían hasta el día siguiente. Eran unos instantes que se estaban haciendo penosos para Montse, ella debía de subir a la quinta planta y pasar allí algunas horas, sentada al lado de Juanjo y mirando su rostro inexpresivo. Parte de ese tiempo lo dedicaba a solicitarle a Dios una evolución positiva, unas veces por medio de oraciones, otras, hablándole de sus temores e inquietudes, esperando que Él la escuchara, y con la mayor humildad le reclamaba una solución para sus problemas. A veces mantenía la mano fría de Juanjo entre las suyas, y en esos momentos de emoción, pensaba que él la estaba escuchando, que sentía su tristeza y que se estaba esforzando para recuperarse. Miraba sus ojos, perdidos en la distancia, sin movimiento alguno, pero se decía que, en ocasiones, despedían unas breves y ligeras vibraciones. Entonces la congoja se apoderaba de ella.


Sin embargo, no iba muy desencaminada. Juanjo la percibía a su lado, sabía que estaba allí, sentía su cálida mano cuando le acariciaba o presionaba la suya. Trataba de hacerla saber que seguía queriéndola y que estaba pagando su terrible error al quedarse en ese estado. Él también rezaba, a su manera, rogándole a Dios que se lo llevara, unas veces, exigiéndoselo en otras. Se sentía inmerso en un terrible infierno del que era incapaz de salir. La presencia de Montse le tranquilizaba momentáneamente para después sentir una inmensa soledad. A veces, si la enfermera o ella le abrían los párpados, conseguía verla si se situaba en la línea fija de su mirada. Alrededor todo era borroso y por mucho que tratara de seguirla, la cruel realidad se encargaba de impedírselo, los músculos de sus ojos no le obedecían. En otras ocasiones, nadie se acordaba y sus párpados permanecían cerrados. Entonces sufría menos.


El doctor Catasus se ofreció en varias ocasiones para acompañarla a su casa. Al principio se negaba, pero se encargó el tiempo frío y lluvioso para terminar aceptando. Sus relaciones se fueron estrechando, a pesar de que ella se decía que era simple amistad, que el amor de su vida se encontraba postrado en una cama y su deber y obligación era cuidarle mientras estuviese vivo. Trataba de engañarse, pero sentía una gran atracción por el doctor, viudo desde hacía ya unos años y sin hijos. Su único estímulo era el trabajo, ahora ampliado al contemplar la posibilidad de una buena relación con Montse, mujer encantadora, con muy buena educación y trato muy afable. Sabía que ambos se necesitaban. Tan sólo una nube oscura en el horizonte; su marido. Tenía muy claro que ella nunca daría paso alguno mientras el viviese, pero era una persona paciente, nervios bien templados y conocedor de sus objetivos. Sabría esperar, además, era consciente de que esa espera no podía ser larga. Juanjo se escapaba de toda lógica médica, pero su estado era irreversible e indudablemente su deterioro físico sería muy rápido.


Juanjo consiguió entender, a través de conversaciones entre las enfermeras que le cuidaban, que otro hombre había entrado en la vida de Montse, un médico del centro, y su angustia fue haciéndose mayor. Por una parte le horrorizaba perderla, por otra, increpaba a Dios por no llevárselo y estar impidiendo que ella pudiera volver a ser feliz.


Cada vez que Montse le cogía sus manos, Juanjo hacía verdaderos esfuerzos, o al menos así lo creía, para romper esa tenue atadura a la vida e iniciar el tránsito hacia el fin. Supo que lo iba a conseguir y cada vez lo intentaba con más frecuencia. Una tarde, mientras su mujer le cogía de la mano y le acariciaba el demacrado rostro, entró un médico, que al situarse en la línea de su visión, supo que era el conocido de su mujer. Ella, al principio se sintió muy nerviosa, pero poco a poco fue calmándose y la sonrisa fue aflorando a su rostro.


¡Qué hermosa es!”, pensaba Juanjo, mientras varias enfermeras iban colocando unos aparatos alrededor de la cama y lo iban conectando a ellos. No entendía nada, ni sabía que Montse le insistía al doctor Catasus que su marido era capaz de reaccionar en algunas ocasiones. Éste, quiso eliminar toda duda, asegurándole que cualquier variación de su estado, quedaría registrada en aquellos aparatos de última generación.


Fueron transcurriendo los días y Montse aseguraba que en algunos de ellos, sintió como Juanjo reaccionaba ante sus palabras y caricias, sin embargo, los registros seguían intactos, sin alteración alguna motivada por el paciente.


Una tarde cualquiera, como otras muchas, Montse entraba en la habitación de Juanjo, despidiéndose en la puerta del doctor Catasus. Juanjo lo sintió de inmediato cuando ella le arregló un poco el pelo y le acarició el rostro, poniéndose en tensión, Deseó, con todas sus fuerzas, liberarla de aquella pesadilla y liberarse él de aquel infierno. Hurgó en su cerebro y dejó que su mente se deslizara por el maldito conducto que había creado la bala a su paso. Quiso deshacer aquellas ligeras conexiones que le mantenían atado a la locura.


Su mujer se asustó mucho al observar que su marido sufría una ligera agitación o convulsión, llamando urgentemente a las enfermeras y al médico. Cuando estuvieron a su lado, trataron de comprobar los registros de los aparatos ya que era imposible que se desarrollara actividad cerebral alguna. Sin embargo, éstos, mostraban lo contrario. Allí había ocurrido algo.


El doctor Catasus fue el primer sorprendido al comprobar que, lo que en ocasiones le decía Montse, era cierto. Quizá todavía les quedaba mucho camino por recorrer en estos casos para determinar a ciencia cierta si este tipo de paciente pierde toda noción de la realidad por el mero hecho de no tener los elementos de medida más apropiados.


Indudablemente”, se dijo, “ si mantienen algún estado de consciencia, por pequeño que sea, tienen que estar sufriendo en esa cárcel de forma inimaginable”. Y no se equivocaba el doctor.


Su ritmo cardíaco se fue incrementando, no de una forma brusca, pero si perceptible. Su electroencefalograma, siempre plano, comenzó a presentar algún pico aislado, que en el transcurrir del tiempo, se hicieron más continuos. Mientras, Juanjo hacía esfuerzos mentales para terminar con su situación, rogando e imprecando al Hacedor para que le permitiera liberarse de cada conexión que se encontraba en su lento peregrinaje por el conducto mortal.


Comenzó a parpadear ante el asombro de todo el personal que le atendía. El doctor Catasus quiso que Montse abandonara la habitación pero ella se negaba insistentemente, mientras que sus ojos, desmesuradamente abiertos, seguían las evoluciones de su marido.


En un acto de extrema voluntad, Juanjo creyó romper todas las conexiones, su cuerpo tembló durante unos instantes, su mirada se dirigió hacia su mujer y trató de sonreír. Poco a poco, sus párpados se fueron cerrando y comenzó a sentir que su cuerpo y su mente se relajaban totalmente mientras que una oscuridad profunda y negra le engullía y se diluía en ella.


Volvió a sentir aquella paz y total ausencia de dolor. Creyó abandonar su cuerpo, lentamente, quizá negándose a una ruptura traumática y pudo comprobar como las enfermeras y médicos se movían nerviosamente a su alrededor. Montse, de pie y algo retirada de su cama, le miraba con los ojos inundados en lágrimas. A su lado, el doctor la cogía de las manos tratando de confortarla.


Pero se mantenía allí, en el interior de la habitación, viendo y escuchando lo que se hacía y decía y las órdenes que daban para tratar de recuperarlo. Quería irse, quería salir en busca de la luz, lo deseaba con todas sus fuerzas, aunque su mirada se recreaba en los dulces gestos de su mujer. Se le hacía doloroso, aunque no sentía dolor, pero no deseaba tener que seguir soportando el infierno que le había atenazado a una cama y a unos aparatos.


Finalmente, cuando la febril actividad en el interior de la habitación había descendido, cuando ya pensaron que no había posibilidad alguna, intuyó que comenzaba a moverse y la habitación y todo lo que contenía en su interior, se iba haciendo más pequeño, lentamente. Quiso despedirse de su mujer, pero a pesar de que sus ojos estaban fijos en él, él ya no estaba allí.


Deseó que esta vez no hubiera retorno posible y regresó al inmenso túnel de oscuridad absoluta con el ánimo de recorrerlo hasta el final, si había final. Percibió el punto de luz brillante, que explosionó para hacerse inmenso y alcanzarlo, cegándole al instante pero sin dolor alguno, sin temor, pleno de una profunda paz. Volvió a escuchar los cánticos que, una vez de pequeño, le impresionaron dentro de la fría iglesia del convento de un pueblo cercano. Después se hizo la luz, formó parte de ella, formó parte del todo.


Los aparatos de control de sus constantes vitales registraron, durante segundos, alteraciones, que en su caso, parecían inauditas, después, todo signo de actividad desapareció de las pantallas. En esta ocasión, al doctor Catasus no le cupo la menor duda, Juanjo había completado lo que mucho tiempo atrás había iniciado; su suicidio.



        
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