RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


EL CALOR DE UNA MIRADA
 
CUENTO DE NAVIDAD




 

EL CALOR DE UNA MIRADA

CUENTO DE NAVIDAD


 

Se levantó lentamente de su asiento y dirigió la mirada por el amplio comedor del restaurante. El camarero se acercó llevando entre sus manos el abrigo de color azul de Tomás, ayudándole a ponérselo. Después abandonó la estancia mientras que en su rostro esbozaba una placentera sonrisa.

Durante la agradable cena, aunque en solitario, como era muy habitual en él, pudo planificar con detalle el rumbo que necesitaba darle a su empresa para incrementar, a lo largo del 2012, los magníficos beneficios obtenidos. “A río revuelto, ganancia de pescadores”, se decía con frecuencia durante el transcurso del año 2011.

Solamente una pequeña pega le mantenía inquieto. La entrega hacia finales de año de un importante pedido realizado por un jeque árabe con el que mantenía grandes negocios. Los enlaces sindicales le presionaban para conseguir un buen incremento salarial, dado que la plantilla de la fábrica trabajaba a pleno ritmo con poca retribución económica, y temía que pudieran plantearle algún conflicto en plenas fiestas navideñas.

¡No os quejéis, que no están las cosas para ello! —les decía, amenazante.

Llevaba cierto tiempo pensando en una posible reducción de personal, ahora que era algo habitual en un elevado número de empresas, y durante la cena llegó a la conclusión de que era el momento más oportuno para hacerlo. Una vez finalizado el pedido pendiente, llevaría a cabo esa reducción de plantilla.

Al salir a la calle, una ráfaga de aire frío azotó su rostro haciéndole estremecer. Fue una sensación desagradable que le irritó y se dispuso a caminar con paso fuerte. Miró su precioso Rolex de oro y comprobó que apenas pasaban unos minutos de las diez de la noche, pero en la calle apenas había gente. Una mujer protegiendo a una niña pequeña de las inclemencias del tiempo se acercaba por su misma acera y poco más atrás unos alocados jóvenes se alejaban cantando algo que parecía un villancico.

A la altura del diminuto portal de servicio de un enorme edificio irrumpió delante de sus narices un hombre totalmente encapuchado y con una enorme navaja entre sus manos. Sin apenas darle tiempo, le colocó la navaja a la altura del cuello, y le hizo sentir como la afilada punta le presionaba mientras una voz cavernosa le incitaba a que le diera todo lo que llevara encima de valor.

Tomás sintió una tremenda descarga de adrenalina por su cuerpo y creyó que iba a desmayarse. El pánico se apoderó de él, y no por el robo en sí, pero creyó que su vida peligraba al ver la vidriosidad de aquellos ojos que le miraban sin parpadear destilando el odio que debía sentir, o lo que sería peor, que se encontrase bajo los efectos de las drogas.

De soslayo, advirtió como la mujer que se acercaba, lo hacía ahora corriendo y al llegar a su altura, descargó, con potencia, su bolso contra la cabeza del agresor. El golpe pareció tremendo y el ladrón aún tuvo tiempo para girarse y clavarle la navaja a la altura del hombro derecho. Ambos cayeron bruscamente retorciéndose de dolor.

Tomás miró a la niña y vio unos ojos enormes, de un color verde esmeralda, desorbitados y que le miraban aterrorizados. Tuvo la sensación de que una miríada de finas agujas estaban penetrando en su piel impidiéndole reacción alguna. La niña se arrodilló al lado de su madre y comenzó a darle besos por sus mejillas, llorando pero sin emitir queja alguna.

Entre una gran algarabía, llegaron los jóvenes al darse cuenta de que algo extraño estaba ocurriendo. Del restaurante también comenzaron a salir camareros, alarmados por lo inusual de los ruidos, y en escasos segundos redujeron al malhechor.

Los camareros cogieron a la mujer, que apenas emitía unas ligeras quejas, y a la niña que no quería separarse de ella, mirando suplicante a Tomas para que la ayudara. Éste, parecía clavado en el suelo, sin reacción alguna, tan sólo miraba los ojos de aquella niña, mientras que el encargado del restaurante se esforzaba en llevárselo hacia el interior.

Ya dentro del local, tumbaron a la mujer en el sofá de recepción.

¡María, María…! —le decía el encargado mientras golpeaba suavemente su rostro para hacerla reaccionar.

¿La conoce, Lucas? —le preguntó al encargado.

Sí, don Tomás. Es una buena cocinera. Trabajaba en un restaurante cercano, pero hace ya unos meses que la han despedido. El problema es que su marido también está en el paro, trabajaba como taxista. Es una tragedia familiar que nos duele mucho a todos los que les conocemos.

¿Y la niña…?

Fabián le miró sorprendido ante la pregunta.

Es su hija —tan sólo pudo responder.

Poco después llegó la ambulancia que trasladaría a la mujer al hospital más cercano. Nadie se dio cuenta de la niña, allí estaba en un rincón asida a la mano de Tomás, mirándole suplicante, con los ojos anegados de lágrimas, pero sin decir nada. El empresario sintió, por primera vez en su vida, como un calorcillo se apoderaba de su cuerpo proporcionándole unas sensaciones extrañas, pero sumamente agradables. Después la cogió en brazos, besó su rostro y la apretó contra él. Sintió los cálidos y mojados labios de la niña sobre su rostro y en escasos segundos tomó las decisiones más importantes de su vida. Una de ellas, le concernía.

Después, salió a la calle para preguntar a que hospital la llevaban.

Lucas —le dijo al encargado—, me llevo a la niña a mi casa. Quiero que se quede con mi mujer. Después iré al hospital, ¿podrías acompañarme?

El encargado respondió afirmativamente. Don Tomás era un excelente cliente del restaurante.

Cuando ya se iba con la niña, que se asía fuertemente a su cuello, giró la cabeza y pregunto de nuevo:

Lucas, ¿sabes cómo se llama el padre de la niña?

José, señor.

Gracias, Lucas —y se giró para continuar caminando a la vez que pensaba; “no podía ser de otra forma”, mientras que la niña volvía a darle un fuerte beso. Le susurró al oído—: Tu mamá será nuestra cocinera y tu papá nuestro chofer, ¿quieres?

La niña le miró abriendo sus inmensos y preciosos ojos verde esmeralda, sonrió como si hubiese entendido algo y continuó aferrándose a su cuello. Tomás volvió a sentir ese algo que se produce en la boca del estómago y asciende para escaparse en cada bocanada de aire.

Pudo comprobar complacido que también se producen amaneceres al anochecer.

       
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