RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
T E N A C I D A D ©




TENACIDAD

 

El sudor perlaba mi frente desde hacía ya unos cuantos segundos. Por todos los poros de mi piel comenzaba a emanar también, mojando todo mi cuerpo. Mi mente pensaba aceleradamente mientras que mi corazón bombeaba sangre a borbotones con verdadero frenesí, enviándola a aquellos lugares del cuerpo donde más la necesitaba. Los pulmones aspiraban todo el aire de que eran capaces, incluso, produciéndome tanto daño, que creía que iban a reventar. Tenía la imperiosa necesidad de atravesar este extraño desierto acompañado de la soledad más cruel y alcanzar el prometido oasis que me liberaría de todas las frustraciones momentáneas.

Mentalmente trataba de animarme, “¡Vamos, vamos, vamos...!”, me decía con rabia, pero sentía demasiado cerca las presencias que estaban provocándome este terrorífico estado. La suave brisa que me golpeaba de frente me parecía un vendaval huracanado que trataba de impedir mi marcha hacia adelante.

El fuerte eco provocado por los golpes de las presencias sobre el suelo, se multiplicaban en mi cerebro produciéndome una sensación de angustia y terror ocupando mi espacio de pensamiento. Quería aspirar más aire para que mis pulmones oxigenaran todas las células corporales y hacerlas trabajar al doble o al triple de sus posibilidades. Me iba el todo en ello. Las presencias eran cada vez más fuertes y estaba perdiendo la ventaja inicial conseguida tras un inhumano esfuerzo que, ahora, parecía estar pasándome factura. Una a una, me sentía muy superior, pero ahora las sentía dispuestas a unir sus esfuerzos para luchar contra mí, para atraparme, para aniquilarme, aunque después se despedazarían entre ellas. Esto parecía estimular todo mi ser potenciando al máximo todos mis mecanismos de defensa.

A ambos lados de mi dirección, otras presencias, que parecían resurgir del mismísimo infierno, gritaban desaforadamente, con movimientos de cuerpos y manos que me parecieron tétricos, obscenos y me provocaban pavor. El estruendo dominaba mi cerebro que ya se encontraba muy cercano al paroxismo y defenestración total. Deseaba ansiosamente desaparecer, diluirme en el tiempo y en el espacio.

Quería girar mi cabeza y analizar la situación, pero un sexto sentido me insinuaba que eso sería totalmente contraproducente, que mis energías tenían que dirigirse hacia delante y esperar el instante supremo de la liberación y no podía distraerlas en cualquier otra acción.

Las presencias laterales gritaban enardecidas impidiéndome pensar. La visión, ya borrosa, hacía que me sintiera aislado en el frío cosmos y que mis constantes vitales comenzaban a tender hacia el cero absoluto.

Con fuerza, con rabia, con furor, mi mente se resistía a ceder y obligaba a todo mi cuerpo a luchar desaforadamente, sin rendirse, sacando fuerza de la flaqueza, de la física y de la mental, con la esperanza de conseguir el fin por el que había luchado y preparado durante tanto tiempo y que tanto sacrificio había aportado. ¡¡Señor, Señor, no consientas que ahora ceda, dame fuerzas!!

Entre las gotas de sudor que ya nublaban mi vista, pude percibir el obstáculo final y que décimas de segundo después terminaría superando. Mi cuerpo y mis sentidos parecieron estallar en miríadas de energía pura, de satisfacción total. Pensé que estaba volando cuando la cinta de la meta se quebró y cayó a mis pies tal como había ansiado, entre los estertores de todo el público que frenéticamente me aclamaba.

Mi cuerpo cayó desmadejado sobre la fría pista de atletismo.




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