RELATOS AL CAER LA TARDE ©
 
M A I T R E Y A


EL RESPLANDOR DEL SUEÑO



EL RESPLANDOR DEL SUEÑO

 

Shaleen observó a su marido con detenimiento, mientras éste, devoraba el desayuno con la mirada puesta sobre un periódico matutino. A veces creía que su trabajo le estaba agobiando. La gran responsabilidad a pesar de su juventud le obligaba a una dedicación completa casi todas las horas del día. Shaleen nunca le reprochó nada, muy al contrario, se sentía profundamente satisfecha por el desarrollo de su carrera profesional y era envidiada entre sus compañeras de bufete. Su gran cordialidad y la merecida trayectoria de su marido constituían un excelente pasaporte.

Tenían un hijo de corta edad y ya se planteaba la posibilidad de quedarse embarazada de nuevo. Ahora, sabía que no tendría problema alguno en el despacho por este motivo. Sin embargo, no acababa de decidirse. Por supuesto, pensaba planteárselo a su marido a sabiendas de que no pondría objeción, ya lo había insinuado él en algunas ocasiones. Pero deseaba concebir un nuevo hijo en un periodo de estabilidad psíquica por parte de los dos, sin preocupaciones que nublaran la belleza del momento, y Wesley no se encontraba precisamente así. Sabía que era algo pasajero y no le importaba esperar.

Wesley llevaba varios años trabajando como ingeniero aeronáutico fichado por la NASA por su brillante expediente académico y hasta el momento no había defraudado a sus superiores inmediatos. Era el responsable del nuevo prototipo de aeronave que sustituiría a las actuales  para lograr un tráfico mucho más fluido entre la Tierra y la base espacial internacional, así como los posibles viajes a la Luna y a Marte.

Sus ideas, originales y muy adelantadas a las tecnologías actuales, decidieron a los responsables de la NASA a ponerlas en práctica en este novedoso proyecto.

—Wesley, cariño —le dijo su esposa, mirando el reloj de pulsera—. Hoy tienes que llevar tú al niño y recoger a Ruddy también.

—¿Cómo dices? —se sorprendió— ¡Ah, sí, claro! Ya voy —y comenzó a recoger el periódico— Ya vuelven a meterse con nosotros. Dicen que dilapidamos los presupuestos del Estado.

—Deberías estar habituado a eso —se acercó a él y le besó en el cuello— ¿Has dormido bien esta noche?

—Creo que si. Al menos, de momento, no recuerdo nada.

Poco después abandonaba su domicilio con su hijo para recoger a la hija de sus vecinos y llevarles al colegio. Apenas tenía que desviarse de su itinerario habitual. Esto solía hacerlo una o dos veces por semana, dependiendo del horario de su mujer, y no le suponía molestia alguna. Al contrario, se divertía charlando con su hijo y su amiga Ruddy.

Nada más dejarles en la puerta del colegio, se dirigió hacia las instalaciones de la NASA. Su mente comenzó a pensar en las posibles soluciones de los atascos en los que se encontraban con referencia al combustible. Las últimas pruebas no habían sido muy satisfactorias. Se preguntaba si realmente, las emisiones magnetizadas de plasma permitirían obtener las velocidades que él se planteaba. Quizá el diseño no fuera el adecuado, o ambas cosas a la vez. Esto le llevaba a buscar otras alternativas a proponer al consejo, a sabiendas que a estas alturas del programa no iban a ser aceptadas a menos que presentara algo realmente genial y con probabilidades de éxito, de lo que no estaba muy convencido.

Antes de alcanzar la amplia explanada del aparcamiento en la parte posterior del edificio, que albergaba las oficinas de su departamento, sintió como si flotara en el éter y su consciencia se diluía en él. El choque contra el vehículo aparcado delante, le liberó de su ensimismamiento, a la vez que gritaba un taco por la fuerte impresión recibida.

—¿Qué me pasa, joder? —gritó mientras golpeaba el volante con violencia y de forma reiterada.

Se sintió angustiado por sus reacciones y trató de calmarse iniciando los ejercicios de respiración que tantas veces le habían obligado a realizar. Respiró profundamente, una, dos… varias veces, hasta que sintió dolor en el pecho al tratar de inspirar más aire del que sus pulmones podían soportar.

Percibió, como muy lejanos, unos golpes realizados sobre la ventanilla de su coche y el rostro de Richard mirándole con un gesto de preocupación al observar su extraña conducta.

¿Ocurre algo, Wesley? —le dijo, forzando la voz tratando de que le oyera.

Wesley le miró totalmente desconcertado y sin saber que responder. Con un ademán trató de restar importancia. Balbució un “no pasa nada” apenas audible, pero consiguió que Richard elevara la mano en señal de despedida y se alejara. Él, sin embargo, continuó mirándole de soslayo.

La imagen de la etérea, pero hermosísima mujer, volvió a formarse en su mente. Como siempre, le miraba con expresión dulce, y a pesar de no decir palabra alguna, éstas, resonaban con claridad en su mente. Su larga melena, negra como el azabache esta vez, se movía meciéndose por el efecto de una brisa inexistente pero real.

No fue capaz de discernir cuanto tiempo estuvo agarrado al volante de cuero, temiendo ser absorbido por alguna fuerza irreal pero eficaz que le separara de su esencia. De nuevo, unos golpes en el cristal de la ventanilla izquierda le hicieron girar su cabeza con celeridad. Su gesto denotaba angustia, pánico, irritación, malhumor e incluso odio.

Pudo observar como una de sus colaboradoras le miraba angustiada tratando de abrir la portezuela del coche. Wesley bajó el cristal y la miró fijamente.

—¿Qué ocurre, Débora? —le inquirió con gesto malhumorado.

—¡Santo Cielo, Wesley! —le dijo angustiada, mientras su mano agarraba con fuerza la de él — Richard dice que a las nueve de la mañana estabas aquí, aparcado, son ya las doce, y todavía no te has movido del coche.

Wesley la miró sorprendido.

—¿Qué dices? —y de inmediato miró su reloj de pulsera mientras decía—: Si son… son… ¡joder, no es posible! —gritó al comprobar que las agujas del reloj marcaban la hora indicada por Débora.

—¿Te encuentras mal?

En su rostro, algo más distendido ya, todavía se apreciaba la preocupación que sentía. Wesley era para ella, un ídolo, que representaba los valores que deseaba llevar a buen término. Su preocupación estaba exenta de banalidad.

Wesley descendió del coche. Sus ademanes fueron pausados y comedidos, pero su agitación era, todavía, muy grande y le impedía realizar cualquier movimiento con normalidad.

Una vez fuera del vehículo, cerró la puerta con fuerza no exenta de ira. De repente, elevó su rostro hacia el cielo y golpeó su frente con la palma de la mano.

—¡Estaba equivocado! —exclamó con pasión— Ahora lo veo claro.

—¡Wesley…! —le cogió del brazo cariñosamente, atrayéndole hacia ella— Tranquilízate, vamos a tu despacho. No es conveniente que nadie nos vea en este estado.

—¡No estoy bebido, Débora! —replicó, arrastrando las palabras con lentitud. Me equivoqué en el diseño del motor-propulsor. Nunca podría alcanzar velocidades adecuadas para viajar, ni en nuestro sistema solar.

Débora consiguió calmarle un poco. Atravesaron los sistemas de seguridad sin complicaciones, para alcanzar, finalmente, el despacho de Wesley.

Nada más cruzar la puerta, se sentó delante del ordenador y tras pasar los tres controles que él mismo se había impuesto, buscó el archivo que contenía el desarrollo del motor de la aeronave y del combustible a emplear.

Le pareció infantil, aunque no supo definir como llegó a esa conclusión. Obligó a Débora a ocupar el ordenador secundario para que siguiera, ordenara y guardara todas las modificaciones e informaciones nuevas que iría introduciendo en el proyecto. Ella sería su prolongación informática.

No se levantaron ni para comer. Por la tarde el personal del departamento fue abandonando el edificio. Los que pasaban por las cercanías del despacho de Wesley dirigían miradas inquisitivas hacia la puerta, preguntándose unos a otros para encontrar alguna aclaración. A partir de las seis de la tarde eran pocas las personas que continuaban trabajando, a excepción del grupo técnico de guardia que variaba de semana en semana.

A las siete de la tarde sonó con insistencia el móvil de Wesley, contestando cuando Débora se lo indicó reiteradamente.

—¡Wesley! —gritó Shaleen al otro lado del teléfono— ¿Qué coño te ocurre?

Wesley fue incapaz de comprender porqué su mujer le estaba gritando totalmente irritada.

—¡Tenías que haber recogido a los niños hace una hora!

Abrió los ojos desmesuradamente, incapaz de comprender la razón de tal olvido.

—Lo siento —tan sólo acertó a decir, mientras sentía como la mano de Débora se apoyaba en su hombro.

Le pidió disculpas, aunque un tanto ajeno a lo que decía, se estaba pronunciando lo más coherente que era capaz. En su mente tan sólo veía una larga y hermosa melena negra ondulando bajo el efecto de una tenue e irreal brisa. Los sueños comenzaban a producirse en periodos de vigilia y no entendía que le estaba ocurriendo, pero pensó que no podía ser nada bueno. Se preocupó por lo que podría ser un trastorno mental perecedero.

Era consciente de que en los últimos tiempos, algunos de los problemas cruciales en el desarrollo del proyecto fue capaz de resolverlos tras una noche agitada y oníricamente completa. Llegó a pensar que el dicho “consultar con la almohada” no se podía tomar como una banalidad.

Desde hacía algún tiempo y con una determinada habitualidad, aparecía en sus sueños una joven hermosa, de larga cabellera, unas veces negra, otras rubia como el oro, pero siempre con las mismas facciones y la misma sonrisa encantadora y mirada sugestiva. Lo que le parecía más sorprende del sueño era la conversación que ambos mantenía sobre los aspectos técnicos de los sistemas de propulsión más eficaces para naves espaciales con unos mínimos de garantías.

Le parecía descabellado pero comprobaba que sus sueños no estaban exentos de una cierta realidad y que los contenidos, llevados a la práctica, proporcionaban resultados sorprendentes. Incluso en alguna ocasión llegó a proponer una solución para un determinado problema sin tener la más mínima idea de los efectos a conseguir, pero obteniendo unos resultados sorprendentes, lo que le predeterminó a que sus superiores le consideraran un superdotado, y realmente, no se alejaban mucho de la realidad.

Llegó a diferenciar a los dos personajes de sus sueños, aunque aparentemente parecían el mismo, excepto por el color del pelo, cuestión que adujo a la simpleza de su memoria. Las diferencias las percibía en cuanto a los diversos temas que se planteaban en sus sueños. Si se trataba de combustibles, era la melena dorada la que se mecía con la suave e irreal brisa. Si hablaban de maquinaria, entonces ocupaba el lugar correspondiente la negra melena, aunque no menos bella.

—¿Estaré volviéndome loco? —gritó salvajemente en su mente, pero las voces retornaron a su cerebro.

“No, no estás volviéndote loco, pero lo que diseñas, alguien trata de que no se realice. Hay resultados negativos donde tendrían que ser totalmente positivos. ¡Vigila!”

Una luz roja se encendió en su cerebro.

—¡Débora! —gritó en medio de un silencio espeluznante.

La mujer dio un brinco en el asiento y casi provoca que el teclado del ordenador volara por los aires.

—¿Qué ocurre, Wesley? —exclamó totalmente asustada y sintiendo como su corazón galopaba desenfrenado deseando huir de su pecho.

La miró desconcertado.

—¡Perdona! ¡Discúlpame! Ha sido algo irreflexivo.

Se miraron fijamente y Wesley tuvo la sensación de que Débora le estaba enviando al infierno. Recordó un viejo “adagio o proverbio” español; “tanto va el cántaro al la fuente que termina rompiéndose”. Fue consciente de que trataba a Débora como a una máquina a la que había que ordenar y no pedir y sintió vergüenza, pero, a sabiendas de todo ello, necesitaba sus cualidades y no podía permitirse el lujo de prescindir de ellas.

Débora trató de restar importancia al hecho, aunque a sus ojos asomaron unas lágrimas rebeldes.

—No te preocupes, Wesley —respondió en un hálito de voz—. Dime, ¿qué ocurre?

Dudó unos instantes, resopló, golpeó la mesa con ambas manos, se sintió miserable, pero no tenía opción y no pudo dudar.

—Quiero que entres en los ordenadores de las personas que te iré indicando y busques una información que necesito.

Débora le miró con ojos desorbitados y un gesto desencajado, sintiéndose incapaz de comprender lo que Wesley le estaba pidiendo. Sintió unos enormes deseos de coger un cigarrillo y apurarlo compulsivamente tras varios años sin probarlo.

—¿Estás loco? —le dijo entrecortadamente— Eso es imposible, bueno, casi, pero es ilegal.

—Sí, imposible para mí —le sonrió con afecto—, pero para ti, no. Creo que es pan comido.

—¿Qué insinúas? —le preguntó, sintiendo como los colores se apoderaban de su rostro.

—Tu dominio de la informática es excepcional. Lo sé. Eres capaz de realizar cualquier cosa por inverosímil que parezca. No dudaría ni un segundo en aceptar como cierto si me dices que has entrado en el ordenador del Presidente —y sonriente, añadió:— y si tiene ordenador, claro.

—¡Estás loco de remate, Wesley!

—Débora, no me subestimes, por favor. Te conozco demasiado como para ignorar tus cualidades. Tengo la completa certeza de que mi disco duro, para ti, no requiere el más mínimo abrelatas. ¡Lo sé! ¡No me importa! Pero ahora tienes que ayudarme y hacer lo que te pido. Pienso que es fundamental para el desarrollo eficaz del proyecto. Creo que los resultados están siendo alterados o al menos, no informados de la manera conveniente, lo que nos está obligando a considerar otras variantes que no conducen a ningún lugar, al menos, al que deseamos.

—Wesley, ¡te quiero! —le dice jocosa.

—Lo sé, pero tengo la obligación de comunicárselo a tu marido, me cae bien —y se ríe distendido.

—¡También lo sabe! ¿Qué tengo que hacer?

—¿Cómo…? —la miró expectante.

—Con los ordenadores… ¡idiota!

Wesley la miró, desconcertado. Le costó retomar el hilo, pero finalmente pudo explicarle que deseaba conocer los informes que se enviaban desde el centro de experimentación hacia la dirección del programa y corroborar que se correspondían con los informes emitidos desde sus ordenadores. Incluso, cabría la posibilidad de que estos, fueran alterados en el camino.

—¿Cómo se te ocurre pensar eso? Creía que no eras desconfiado, por naturaleza.

Wesley la miró fijamente. Su rostro reflejaba un cansancio inusual en él. Débora sintió como se lo transmitía con la mirada.

—Por hoy es suficiente. Debo ir a casa y tranquilizar a Shaleen. Está muy enfadada conmigo. Mañana será otro día y esperemos que no sea tan lamentable. Por cierto, no se te ocurra utilizar el sistema informático nuestro para realizar tu investigación.

—¿Tengo qué ofenderme? ¿Es un cumplido? ¿Eres tonto? ¡Vete a la mierda!

—Ja, ja, ja… Tu jovialidad enerva mis instintos más bajos. Nunca pensé que podría sentir algo determinado por el disco duro de un ordenador. Es como hurgar en una casa por barrer.

Débora se dedicó, durante varios días, a investigar los canales que seguía la información en cualquier sentido. Las órdenes de trabajo partían del departamento de Wesley, así como cualquier variación que pudiera surgir en el desarrollo diario de los programas. Los resultados obtenidos seguían unos circuitos similares. Todo parecía en orden y según lo establecido, es decir, constituyendo un circuito cerrado en el que tan sólo se generaban algunas aperturas cuando los resultados eran concluyentes en cualquier sentido; positivo o negativo. Estas aperturas estaban perfectamente definidas y controladas.

Sin embargo, Débora detectó determinados rastros, que en condiciones normales ni se hubiera fijado, pero estaban ahí y debía seguirlos y dejarlos visibles para determinar su importancia.

Era consciente de que no podría rastrear determinadas líneas de información dentro de los equipos de la base. Tenía que actuar desde fuera y con diligencia. De cuando en cuando, Wesley le dirigía una mirada inquisidora reclamando cualquier tipo de novedad, a lo que Bárbara respondía con un simple movimiento de manos negativo.

La mente de Wesley actuaba de forma frenética. Comenzaba ya a dudar de todo el personal que se movía a su alrededor. También pasó por su cabeza la posibilidad de tener algún sistema de escucha en las diversas salas del departamento. Estuvo tentado en pedir una verificación, pero Débora le hizo ver lo incongruente que hubiera resultado.

Una mañana, Wesley se percató de un estado de tensión en Débora fuera de lo normal, cuestión que le dejó sumamente preocupado. Cuando dispusieron de unos minutos, le preguntó, intrigado, por su estado emocional. Ella sonrió nerviosa.

—No te preocupes, aunque es verdad, ¡estoy que me muerdo las uñas! —respondió un tanto agitada.

—¿Tienes noticias para mí?

—¡Claro, y son sorprendentes! Tenemos que hablar y cuanto antes, pero aquí, es imposible. Tenemos que vernos en tu casa o en la mía.

—¿Podéis venir esta noche a cenar a mi casa?

—Sí. Sería muy conveniente, además, mi marido nunca se niega ante una salida —dudó unos instantes—. Aunque pensándolo bien, quizá sea mejor en la mía. Yo, en el departamento, no represento casi nada, pero tú sí y pueden tener tu casa bajo control.

Wesley la miró sorprendido y un gesto de estupor recorrió su rostro. Miró la punta de sus zapatos, algo que solía hacer en los momentos de tensión, y respondió que sería lo conveniente.

—Cuando hables con Shaleen, me dices sobre que hora vais a venir, ¿de acuerdo?

Él asintió con la cabeza dando por finalizada esta conversación.

 

La cena transcurrió en un ambiente distendido, al igual que en otras ocasiones, sin embargo, se percibía en el ambiente la tensión a la que estaban sometidos los dos matrimonios, pero fundamentalmente, Débora y Wesley.

Al final de los postres, John, el marido de Débora, abrió una botella de champagne, uno de los pequeños lujos que se permitía de cuando en cuando. Escanció una medida razonable en las cuatro copas, luego se levantó de su asiento y elevó la suya.

—Por estos dos tortolitos, que en escasos segundos desaparecerán para rendir culto a su amor. Pero no te preocupes, Shaleen, nuestra velada también será deliciosa. Hoy tenemos unos programas fantásticos en la TV.

Se rieron y aplaudieron la gracia, hecho lo cual, Débora y Wesley se dirigieron al pequeño despacho, sin desprenderse de sus copas inacabadas.

Nada más cerrar la puerta, Débora ya no pudo aguantar más.

—¡No te lo vas a creer! —dijo exaltada y mirándole fijamente a los ojos.

Wesley permaneció en silencio, pero expectante.

—La empresa Airline National Corporation, está construyendo una aeronave idéntica a la nuestra. Incluso, creo que se encuentra en fases más avanzadas.

Wesley la miró sorprendido.

—¡Eso es imposible, Débora! —afirmó con rotundidad.

—Bien. Siéntate y escucha.

Ambos tomaron asiento. Wesley apuró de un trago su copa y mostró un gesto de agrado.

—Tal como me dijiste —continuó Débora—, estuve haciendo una serie de comprobaciones en nuestros equipos informáticos, algo rutinario. Pude corroborar que, de forma sistemática, se estaban produciendo envíos de información al exterior, envíos no autorizados, ya que se tomaron la molestia de no dejar, aparentemente, rastro alguno. Bueno, eso piensan, supongo.

El rostro de Wesley comenzaba a mostrar la irritación que las palabras de Débora le producían.

—Para no levantar sospechas o pudieran localizar mis rastreos, estuve operando con mi ordenador personal, tal como insinuaste. Creo que es de los pocos seguros en este país. Pero, ¡no sabes bien cuántos discos duros he tenido que reventar! —esbozó una sonrisa picaresca elocuente—. En algunos de ellos, incluso he sentido rubor al ver determinados contenidos que, por lo bien guardados, despertaron mi interés. ¡Pura basura, impropia de gentes con puestos tan relevantes!

Unos golpecitos en la puerta, interrumpieron la conversación.

—¡Perdona, cariño! ¿Un poco más de champagne? —asomó el rostro sonriente de su marido. Entró y dejó la botella sobre la mesa, y llevándose el dedo índice a los labios, abandonó la salita.

—¡Qué pesado es el pobre! —dijo Débora socarronamente.

—Eso, demuestra lo mucho que te quiere.

—Pues mira, a veces, con un poquito menos también me conformaría.

Wesley sonrió complacido mientras llenaba las copas.

—¡Bien, continuemos! —prosiguió Débora— Comprobé que la información que salía al exterior era la misma que enviábamos desde aquí hacia los laboratorios de verificación o plantas de ensayos. Sin embargo, en muchas ocasiones, a los laboratorios llegaba la información con determinadas variantes, que, y ya lo comprobarás —le  fue acercando una serie de documentos—, aparentemente apenas había diferencias notables, pero que alteraban los resultados de los ensayos.

—Débora, eso que dices no soportaría la más inocua de las investigaciones.

Ella sonrió, a sabiendas de que Wesley trataría de minimizar estos tipos de argumentaciones. Era consciente de la poca credibilidad, aunque a veces, lo más sencillo parece lo más retorcido.

—Wesley, abre tu mente y no la predispongas en contra. La información que enviamos, y que generalmente parte de mi ordenador, es secuestrada en el camino de envío, manipulada para hacerla llegar al receptor final con el contenido deseado. Mientras tanto, la A.N.C., integraba esos datos en sus bases de procesos, y a veces, sin comprobación alguna, determinaban su idoneidad aplicable al proyecto. Todos los resultados debieron ser óptimos, mientras que en nuestros laboratorios, los avances eran escasos en la mayoría de las ocasiones.

—¿Cómo podemos demostrar eso? —inquirió Wesley.

—¿Y a ti, qué te importa? —respondió furibunda— Lo realmente importante es que tus investigaciones y desarrollos son los adecuados, incluso óptimos, y que vamos por el buen camino, ¿o no?

—Bueno, quizá sí. Pero tampoco sabemos que grado de eficiencia han conseguido. Sabes muy bien que aquí, cualquier modificación no comprobada, es de valor nulo.

—Wesley —replicó lacónica Débora—, hay demasiada gente y de alto nivel, implicada en todo esto. Te explico. Los primeros desvíos de información en el circuito de desarrollo y aplicación, se producen de inmediato. Cuando, desde nuestros ordenadores, se generan las órdenes de envío de información, estas son secuestradas siguiendo una línea directa al Caribe, pasa hacia otros paraísos fiscales y finalmente llega…—se detuvo unos instantes en los que miró fijamente a Wesley— a la Agencia de Inteligencia, pero a un ordenador privado, que no consta dentro de la relación oficial.

—¿Qué dices? —casi gritó Wesley.

—No te sorprendas. Saben muy bien como manejar todos los casos de espionaje, aunque esto se sale totalmente de toda normativa.

El rostro de Wesley expresaba claramente toda la sorpresa que sentía.

—Pues bien, todos estos datos eran transferidos a A.N.C., al mismo tiempo que a nuestros departamentos, pero con la salvedad de que en nuestro caso, llegaban a un receptor de la misma forma que habían sido transferidos y a otro, con las modificaciones pertinente para que los ensayos no dieran los resultados apetecidos. En casos de comprobación, siempre había constancia de que los errores se cometían durante los ensayos. Mientras tanto, A.N.C., experimentaba con la documentación real.

Wesley se golpeó la frente con crudeza. Comprendió al instante el porqué se habían malogrado muchos de los experimentos de vital importancia. Incluso, y estaba convencido, consiguieron engañar, sin proponérselo por supuesto, a sus dos ángeles oníricos que trataban de proporcionarle una información más que privilegiada. Probablemente, a muchas décadas del conocimiento actual terrestre.

—¡Tenemos que desenmascararlos! —gritó lleno de rabia, al pensar en el tiempo perdido por culpa de ellos.

Débora le miró con gesto amable pero cargado de ironía. En ocasiones se preguntaba cómo podría ser posible que, con el cerebro tan bien dotado de su jefe, no le impidiera comportarse como un niño.

—¿Sabes a quienes pretendes enfrentarte?

—¡No me importa, si pagan por infringir la ley! —respondió, enfatizando sus palabras.

—Eso, sería como meterse dentro de la boca del lobo y esperar a que te muerda. Sabes muy bien que últimamente, los ciudadanos, y de forma orquestada, están cuestionando todas las inversiones que la administración mantiene con la NASA.  El mismo congreso está muy dividido en estas cuestiones. ¿Pretendes hacer público que, cualquier maleante, puede tener acceso a la información considerada como la más secreta del planeta?

El gesto de Wesley hablaba por sí solo.

—No podemos hacer eso —continuó Débora —Debemos actuar de forma muy sibilina y hacer que traguen el anzuelo.

—¿Qué anzuelo?

—Información falsa. Así de sencillo.

—¿Pero, cómo?

—De momento no podemos romper el acceso que tienen a esta información. Seguro que cuentan con alguien aquí dentro, una o dos personas, como máximo. Eso les pondría sobre aviso y no tenemos ni idea de cómo podrían actuar. No te queda más remedio que agudizar el ingenio para conseguir que nuestras transmisiones lleguen, por una parte, a la red de espías y, además, alterada, y por otra, a nuestros centros de desarrollo de forma correcta. Así que, ya sabes, a poner tu cerebrito en marcha y a pensar.

—No seas mala —la miró suplicante—. Tu cerebro es mucho más lógico que el mío. Se mueve por series: 0, 1, 0, 0, 0, 1 , 1, 0, 0…, y es magnífico.

—Bueno, hagámoslo entre los dos.

Wesley se mostró pensativo. Parecía distraído. Pero su mente estaba revolucionada tratando de seleccionar información.

—¿Tienes previstas algunas verificaciones especiales los próximos días? —le preguntó Débora.

—No, creo que no. En estos momentos casi todo es rutinario. Pero dentro de pocas semanas, pienso iniciar las pruebas de un nuevo sistema de aceleración de partículas. Creo que la idea es revolucionaria, y si conseguimos que funcione medianamente, podría ser la alternativa para los motores de las aeronaves en los próximos años.

—¿Cuánta gente dispone de esa información?

—En estos momentos, tú y yo. Es algo a lo que le estoy dando muchas vueltas desde hace días y empiezo a ver muchas cosas con claridad.

—Pues mantén la boca cerrada. Por ahora no debemos tomar medida alguna. Tan sólo comprobar que tipo de información llega a los distintos equipos, y de eso, me encargaré yo. Husmearé cualquier rastro en todos ellos. Pero antes de presentar el nuevo prototipo, debemos de estar completamente seguros de que no existirá filtración alguna, y que la información que salga al exterior, sea la que nos conviene que utilicen.

—Débora, sabes muy bien que debo iniciar los preliminares para conseguir las autorizaciones oportunas. Esto lleva su tiempo. Ya conoces la lentitud burocrática de nuestros superiores.

—¿Y cómo puedes saber que no es ahí, dónde reside el foco de espionaje? Wesley, ¿no te has parado a pensar que yo misma podría ser parte del eslabón aquí en la base?

Wesley liberó la tensión del momento con una fuerte carcajada. Débora también esbozó una amplia sonrisa de felicidad, sabía la gran confianza que aquel niño grande y sumamente inteligente tenía depositada en ella, y ese era su mejor premio.

—¿Crees qué sería posible acceder a la información de A.N.C.? —le preguntó, tras unos segundos en los que hizo volar su imaginación— Sería fundamental conocer en que situación se encuentran.

—¿Wesley, pretendes que me metan en la cárcel? —casi gritó Débora.

—Los pies en la entrada, ya los tienes. No creo que se diferencie mucho de lo que has hecho hasta ahora —respondió jocoso.

Débora le miró con un gesto de estupefacción en su rostro. Segundos después comprendió que Wesley trataba de quitarle hierro al asunto.

—¡Eres un maldito cerdo, pero me has convencido! Creo que mi marido podría ayudarnos algo. Él, tiene buenas relaciones en el mundillo informático. Podría indagar un poco, ya que no forma parte de esta maldita trama.

Wesley sonrió complacido.

—¡Eres un encanto! ¿Por qué no me habré casado contigo?

—¡Porque no nos conocíamos, cretino!

—Por cierto, imagino que si alguien descubre que sus ordenadores están siendo vigilados, tratará de conocer quien o quienes lo están haciendo. Esto supone que fácilmente pueden localizar tu ordenador.

Débora comprendió que su jefe se preocupaba por ella.

—Imaginas mal. Nuestro ordenador personal es una joya. De eso se encargó mi marido. Tendría que ocuparse un hacker muy especializado para poder localizarlo primero y después, reventar su disco duro, y aún así, difícilmente conseguiría descubrir muchas cosas.

Wesley sintió como la tensión creciente a la que estaba sometido, iba disminuyendo. Desearía ser el único responsable si sucediesen cosas extrañas, y la aclaración de Débora ayudó a rebajarla.

—¿Podrías decirle a tu marido que venga un momento? Suponiendo que acepte, quiero dejarle claro que trataré de asumir toda la responsabilidad —dudó unos segundos, movió ligeramente la cabeza y continuó—: Shaleen no debe saber nada. Es abogado, y su cabeza difícilmente entendería ciertas cosas. No quiero causarle problemas contradictorios en su mente. ¿Lo entiendes, verdad?

—Por supuesto, Wesley. Eso mismo te iba a decir, pero temía que pudieras tomarlo de otra forma.

No fue necesario llamar a John. Irrumpió en la salita con otra botella de champagne en sus manos.

—Os estáis perdiendo uno de los mejores programas de la TV. Shaleen y yo estamos disfrutándolo como dos niños pequeños —y dejó escapar una fuerte risotada.

—Gracias, John —respondió Wesley—. Precisamente íbamos a llamarte. Tengo que pedirte un enorme favor.

Jhon le miró, arrugando el entrecejo.

—¿No pretenderás robarme a mi pequeña Débora, verdad?

Se rieron los tres.

—John, ese favor te lo explicará tu mujer. Ahora sería un poco largo y no quiero preocupar a Shaleen, y por supuesto, no deseo que se entere de que se trata. Cuando Débora te lo cuente, lo comprenderás. Sólo quiero que sepas que soy conocedor en su totalidad de lo que va a proponerte, y que si crees que no debes hacerlo, no tienes que preocuparte, lo entenderé perfectamente.

—¡Joder, Wesley, has conseguido inquietarme! —respondió sonriente, pero con un atisbo de preocupación en su rostro— De cualquier forma, si Débora está de acuerdo, cuenta conmigo, ¡y no se hable más! ¿Os falta mucho todavía?

Débora y su jefe se miraron.

—Ya hemos terminado —se levantaron y Wesley dio unas palmadas sobre el hombro de John—. Gracias por tu ayuda.

—En su momento, Wesley, en su momento. Todavía no he hecho nada por vosotros —y se rió abiertamente.

 

Fueron pasando los días y Wesley se ocupaba totalmente del desarrollo del acelerador de partículas. La resistencia de la carcasa le mantenía muy preocupado, pero a pesar de todo, estaba dispuesto a probar el prototipo.

La información que aportaba John era escasa y sin relevancia alguna. Mantenía la sospecha de que algo serio se estaba cociendo en uno de los hangares de A.N.C., pero no veía la forma de llegar al fondo de la cuestión. El hermetismo era total.

Por otra parte, Débora ideó un complicado sistema de vigilancia para toda la información que Wesley le indicaba como prioritaria, llegando, incluso, a verificarla personalmente en el punto de destino, cuestión que despertó determinadas crispaciones en algunas personas, pero no fueron óbice para detenerla.

La tensión en el departamento crecía exponencialmente a medida que transcurrían los días, sin embargo, Wesley se encontraba más relajado y pendiente de su trabajo al comprobar el despliegue de Débora, que parecía controlar cualquier mínimo movimiento que se produjera en el complejo.

Una mañana se asustó al verse zarandeado con fuerza. Al abrir los ojos, comprobó como su mujer golpeaba su rostro, aunque sin dureza.

—¡Shaleen! —gritó asustado.

—¡Despierta, condenado! —le espectó sin dejar de zarandearle— ¿Qué estás soñando?

Wesley temió otros acontecimientos y al escuchar la voz de su mujer, se sintió aliviado.

—¿Qué ocurre, Shaleen?

—¿Qué ocurre, dices? ¡Estás despertando a todo el vecindario!

Se disculpó, compungido y enseguida pudo comprobar como su cuerpo estaba totalmente empapado de sudor.

—¿Qué hora es? —preguntó de forma inconsciente.

—Las cuatro de la madrugada.

Se quedó pensativo e hizo ademán de volver a dormirse. Sin embargo, algo en su subconsciente le hizo saltar de la cama. De pie y con la mirada perdida, se agitaba de forma convulsiva, balbuciendo entrecortadamente:

—¡No puede ser, es imposible! —tras repetir la frase varias veces, se volvió hacia su mujer y le dijo—: Por favor, llama a Débora y dile que acuda de inmediato al centro de control.

Shaleen, conociendo a su marido, no dudó en realizar lo que le había pedido y Débora no se molestó en preguntar.

Débora acudió con mayor rapidez que Wesley ya que su vivienda estaba mejor comunicada con el centro que la de su jefe.  Pero éste, irrumpió en el despacho como una fiera recién liberada. Prácticamente sin saludarla comenzó a dar órdenes.

—¡Tenemos que detener las pruebas de las carcasas de los motores! —dejó caer unos documentos sobre la mesa del despacho— Hay errores en la composición de los materiales y si realizamos las pruebas se pueden producir explosiones no predecibles.

Ella le miró alucinada. Algo muy gordo preocupaba a su jefe.

—¡Emite las órdenes oportunas, para una detección inmediata!

Después de actuar sobre el ordenador central de Wesley y ordenar lo que le había indicado, salió disparada hacia el centro de control principal para comprobar que la emisión se había realizado y en las condiciones que había determinado. A continuación, estableció contacto con los responsables de los programas de pruebas y se cercioró de que las órdenes habían sido perfectamente recibidas y comprobadas.

Mientras tanto, si alguien hubiera entrado en el despacho de Wesley, se hubiera sorprendido de la actitud de éste. Sus manos volaban sobre el teclado del ordenador, algo que era incapaz de hacer en un estado normal, y mucho menos, con los ojos cerrados.

—“Las composiciones de la aleación han sido modificadas o mal interpretadas” —resonaba una voz en su cerebro.

Durante un tiempo indeterminado para él, se mantuvo totalmente ajeno a la actividad normal del complejo, Cuando sintió las manos de Débora sobre sus hombros pareció relajarse.

—Wesley, acaba de llamarme John para decirme que se ha producido una enorme explosión en las dependencias de A.N.C., en las instalaciones en las que presuntamente se construía el prototipo de nave aeroespacial. Parece ser que no queda piedra sobre piedra. ¿Es esto lo que hubiera ocurrido aquí si no detenemos las pruebas?

—¡Santo cielo! —pareció balbucir, mientras producía la sensación de que se desmoronaba. Mentalmente trató de hablar con sus dos confidentes para darles las gracias, pero cualquier vestigio de ellas se había evaporado—. Probablemente sí, aunque nunca lo sabremos. Espero que el nuevo diseño cumpla todos los requerimientos exigidos.

No se sentía muy seguro, pero comenzaba a tener fe en sus extraños estados de confidencialidad nocturna…, y últimamente, incluso durante el día.

 

La aeronave se encontraba acoplada a la enorme lanzadera que la situaría fuera de la atmósfera terrestre. El inicio de la cuenta atrás, estaba fijado para las 12:15, hora local. La actividad en base era frenética, al igual que acontecía en todos los lanzamientos.

Wesley se encontraba situado en un pequeño despacho en lo alto de la descomunal sala de operaciones. Desde allí, podía observar el trabajo febril de los diferentes componentes del equipo. En otro despacho, anexo al suyo y separado por una cristalera, estaba situada Débora, que según podía comprobar, hacía volar sus manos sobre los teclados de varios ordenadores. Era el brazo ejecutor de Wesley.

A su derecha, el jefe de operaciones vigilaba atento cualquier novedad que pudiera producirse en la sala de control. De cuando en cuando, miraba a Wesley con el temor clavado en su rostro y trataba de sonreír para infundirse confianza.

No estaban seguros de los resultados que trataban de conseguir y el poder de la duda planeaba sobre todo el complejo, temiendo que pudiera producirse una desgracia que pondría en peligro la subsistencia del proyecto, e incluso, el futuro de la NASA. Necesitaban por todos los medios, que la operación se desarrollara con normalidad. En el ambiente todavía flotaba el terrible accidente acaecido en la empresa A.N.C, y aunque se desconocían las causas, se había filtrado que había sucedido durante la construcción y pruebas de un prototipo de aeronave.

El adusto gesto de Wesley denotaba un estado de enfado, que pese a sus intentos de refrenarlo, era incapaz de ocultar. Débora se había dado cuenta, y seguía pensando que estaba motivado por la decisión adoptada por la dirección del programa de retirarle del grupo de tripulación de la nave, algo para lo que se había estado preparando a conciencia.

Constantemente entraban técnicos en su despacho, cogiendo o dejando documentos, pero sin apenas mediar palabra alguna. Era la rutina de los lanzamientos que no permitía malgastar segundos en algo intranscendente, limitándose a lo estrictamente necesario.

—“Wesley” —escuchó que le llamaban —. "Estás tenso, excesivamente tenso".

Giró la cabeza hacia la izquierda, después hacia la derecha y comprobó que se encontraba completamente solo en el interior del despacho. Su rostro palideció vertiginosamente.

—¿Ahisana? —se atrevió a susurrar.

—"Sí, Wesley. Soy yo —volvió a escuchar la voz, pero cayó en la cuenta que ésta, se producía en su mente—. Hoy estamos las dos contigo. Es el momento final, ya lo sabes".

—¡No, no lo sé! —gritó con rabia, pero pronto se dio cuenta de su insensatez. Tan sólo tenía que pensarlo— ¿Para quién es el momento final?

Instintivamente cerró los ojos apretando los párpados con fuerza. Casi de inmediato, vislumbró las dos figuras de mujer. Una rubia, Ahisana, la otra morena, Yashira. Nunca las contemplo juntas y ahora pudo apreciar ligeras diferencias que en sueños no percibía. “¿Estaré dormido y soñando de nuevo?”, se dijo en un murmullo. Volvió a escuchar la voz, pero ahora era Yashira quien ocupaba su mente.

—“A lo largo de este tiempo, has creído que se trataba de sueños que tu mismo inducías para resolver problemas que, en estado de vigilia pensabas que te superaban. Ahora sabes que no eran sueños. Nosotras hemos conseguido entrar en tu cerebro y el mejor momento era cuando reposabas. Al principio nuestras comunicaciones eran difíciles. En ellas, teníamos que comprobar tus conocimientos para poder transmitirte la información que deseábamos de la mejor forma posible, y que fuera totalmente asimilable por tu base científica. Pronto nos dimos cuenta que nuestra elección había sido la correcta”.

Wesley no salía de su asombro. Pensaba que de un momento a otro perdería la consciencia. No comprendía quienes podrían ser aquellas mujeres que se adentraban en su mente con tanta facilidad y a pesar de su oposición. Pero su mente, era ya un libro abierto para las dos.

—“¿Mujeres? —pensó inquisitivo— ¿Quiénes sois, y qué queréis de mi?"

Las dos mujeres fueron explicándole, de forma alternativa, todo lo que Wesley quería saber o preguntaba.

No eran terrestres, le dijeron. Habían llegado al planeta Tierra hacía ya muchos años y su nave tuvo un serio percance que les impidió el regreso a su planeta de origen, situado a una gran distancia del sistema solar. Su apariencia era bien diferente a como les veía mentalmente, pero era la forma de que las relaciones fueran más cordiales, aunque su aspecto no tenía nada que ver con los diferentes monstruos que las mentes terrestres fueron creando a lo largo del tiempo.

Tuvieron que esperar a que la tecnología espacial terrestre alcanzara unos mínimos para poder resolver y reparar su nave. Necesitaban cambiar, casi en su totalidad, el motor que les permitiría viajar a velocidades inimaginables para la tecnología terrestre. Y eso, es lo que había estado haciendo Wesley. Diseñar los equipos para ser construidos y utilizados en una nave para llegar con facilidad a los diferentes planetas del sistema solar.

Wesley quiso saber cómo pretendían realizar el inmenso recorrido para alcanzar su planeta.

—“Nuestra nave descansaba en una gruta situada en lo más profundo de vuestro océano Atlántico. Sus motores permiten viajar fácilmente entre vuestros planetas, pero no alcanzaríamos nunca nuestro sistema si no conseguimos reparar nuestro acelerador de partículas.”

—“El acelerador de partículas construido para nuestra nave apenas proporciona combustible para realizar cualquier viaje más allá del sistema solar. Incluso, pienso en su incapacidad para alcanzar Saturno y regresar sin que transcurra una eternidad”.

—“Tienes razón, siempre y cuando sea utilizado en vuestra nave, no así en la nuestra. Es una pequeña parte de un complejo dispositivo que crea antimateria con facilidad, antiprotones y positrones, que al ponerlos en contacto con los protones y electrones desprenden una enorme cantidad de energía, utilizable para viajar a velocidades superlumínicas”.

Le hicieron comprender su forma de actuar. Condujeron su nave hasta la luna. Hacia allí, se dirigiría la terrestre para efectuar el traslado del equipo de una nave a otra. El resto, sería fácil.

Le estuvieron preparando durante largo tiempo para este momento. Ellas indujeron a sus superiores para que él no participara en la expedición. Era un elemento clave para el futuro desarrollo del planeta. Dispondría de una pequeña nave, situada en la cueva del océano y en la que encontraría la información adecuada para cada momento del estado de la ciencia. Le sería revelada toda la información necesaria para una evolución ordenada del planeta. En su mente, guardaba todo lo necesario para ir desarrollándola, y antes de alcanzar la vejez, tendría en su hijo el perfecto continuador de su obra. Su cerebro iría funcionado como si fuese un despertador, en el momento oportuno.

Wesley quiso saber el motivo por el cual, estimaron la no conveniencia de participar en la expedición.

—“Nos hubiera encantado tenerte con nosotras —respondió Ahisana—, pero es un viaje de ida. No hay regreso”.

—“¿Qué quieres decir? —preguntó inquieto— ¿Qué les va a ocurrir a mis compañeros?”

—“Al desmontar el acelerador de partículas, vuestra nave dejará de funcionar. Es una parte esencial de su motor, ya lo sabes. Se quedará en la Luna hasta que alguna día decidáis recuperarla, aunque no tiene sentido. Tus compañeros tendrán que viajar con nosotras a nuestro sistema. Pero no te preocupes, no lo sabrán hasta que lleguemos. Serán muy bien recibidos, no lo dudes. Podrán regresar algún día, si nuestras autoridades deciden volver a vuestro planeta.”

—“¡Santo cielo, eso es como asesinarlos!”

—“Tus compañeros estarán encantados. Casi podría asegurarte que nunca sentirán deseos de regresar. Pero si esto sucediera, de poco les serviría. La época en la que han vivido quedaría muy lejana en el pasado. Llegarían a un mundo demasiado extraño, incluso, podría haber desaparecido cualquier vestigio humano de la faz del planeta. Ese futuro depende en una parte importante de ti y de cómo quieran evolucionar tus coetáneos, aunque no nos extrañaría que terminarais destruyéndoos vosotros mismos”.

—“¿Por qué no os mostráis a nuestro mundo?” —preguntó con decepción.

—“Muy sencillo, Wesley. La raza dominante de vuestro planeta, vosotros, todavía no habéis alcanzado el desarrollo y la inteligencia suficiente para comprender otros sistemas de vida fuera del sistema solar. Sois, al menos de momento, una raza orgullosa, altiva, irascible, temerosa, encerrada en demasiados tabúes, con horripilantes diferencias de vida entre vosotros mismos. Sentís un afán desmesurado de conquista y unas ansias infinitas de poder, cuestiones que os pueden conducir a la destrucción total.”

—”¿Por qué no nos ayudáis a superar esas cuestiones? —quiso saber — Quizá si nuestro sistema de vida mejorara sustancialmente, esas diferencias serían cada vez menores.”

—“No creemos que eso pueda suceder así. Vuestra evolución debe ser paulatina y al alcance de todo el planeta. Si os hiciéramos partícipes de nuestra tecnología, sería usurpada por unos pocos en su propio beneficio y en detrimento del resto de la especie. Tu mismo has comprobado como todas tus ideas iban siendo robadas en beneficio de una compañía, que en último término, redundaría en sus poderosos dueños.”

Wesley sintió como comenzaba a marearse. Un sudor frío recorría todo su cuerpo y la tensión a la que estaba sometido era insufrible. Pensó en sus compañeros situados ya en el interior de la nave lista para despegar.

—¡Lo siento, pero tengo que abortar la cuenta atrás! —gritó, haciendo movimientos bruscos con sus brazos.

Débora le miraba desde el otro lado de la cristalera con el temor reflejado en su rostro.

—¿Ocurre algo, Wesley? —le preguntó a través de los altavoces.

—¡Tenemos que abortar la cuenta atrás! —volvió a gritar y comenzó a teclear con furia en su ordenador.

—“Wesley, conocíamos de antemano tu reacción —le dijo con voz amable, Yhasmina—. Es natural, pero no te preocupes por tus compañeros. Su misión será un éxito, aunque no puedan celebrarlo aquí. Para vosotros, también será un éxito, ya que el motor de la astronave funcionará con prestaciones infinitamente superiores a los actuales. Tu serás un héroe y la gente te idolatrará, serás el científico que revolucionó los transportes espaciales. Pero se muy comedido y no divulgues lo que dejamos en tus manos. Eso, podría ser tu perdición y hay gente que no dudaría lo más mínimo en conseguirlo como fuese. Sois una raza muy temperamental e inmadura. Haz que evolucione”.

Wesley continuaba pulsando teclas y gritando para detener la cuenta atrás. En breves instantes comenzaría la voz anunciando los segundos desde el diez al cero para que la nave despegara.

—“Wesley, no puedes detener la cuenta atrás. Es algo que está bajo nuestro control. Debes comprenderlo; llevamos muchos años esperando este momento y estamos ansiosas de llegar a casa, aún a sabiendas de que no sabemos lo que nos espera”.

Wesley se llevó ambas manos a la cabeza y gritó:

—¡Dios mío, noooooooo!

—“Adiós, querido Wesley” —sintió la voz de Ahisana en su cerebro.

—“Adiós, querido Wesley” —se le unió la voz de Yhasmina.

Sintió como unos brazos le rodeaban el cuello.

—¿Eran ellas, realmente? —preguntó tímidamente, justo cuando por los altavoces se dejó escuchar con sonoridad;…“Cero”.

 


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