RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


EL NACIMIENTO DE LÍA ©







El reloj de pared, situado en uno de los extremos del comedor, anunció las cinco de la tarde con sus suaves campanadas. Fernando se movió muy inquieto sobre el amplio sofá. Se encontraba en una duermevela después de una comida corta y desangelada. Lo hacía así muchas veces, sobretodo, cuando se encontraba en situaciones de tensión. Ésta, era una de ellas.

Hacía tiempo que tenía previsto realizar la exposición de una parte de su obra pictórica, pero no se sentía completamente satisfecho. Necesitaba, o así lo creía, un cuadro de gran impacto, su buque insignia, la obra que le confirmara como un excelente pintor, que ya lo era y de reconocido prestigio a pesar de su corta edad.

Eligió Londres, como ciudad para exponer su obra. Tenía concertada una conocida galería a la que tan sólo tenían acceso los pintores actuales más renombrados del mundo, pero sin determinar todavía la fecha, básicamente, por su culpa. El gerente de la galería le apremiaba para fijarlas, pero Fernando no se decidía. Daba mil excusas, aunque temía llegar a cansar a la dirección de la galería. Sabía que estaba muy solicitada, por eso, las fechas eran muy importantes, para ellos.

Su mente se encontraba presa de una idea no definida, y durante las horas donde su subconsciente tomaba las riendas de su vida, una vorágine de imágenes se sucedían sin orden alguno que le impedía conseguir retener cual era el motivo de su agitación.

Unas veces se veía ante un gran cuadro, deslizando sus pinceles sobre él, con vehemencia, con espiritualidad, viendo como la vida fluía a través de cada una de sus pinceladas. En otras, la oscuridad absoluta sólo violada por flashes de luz que le impedían ver ni sentir donde se encontraba, acongojaba su espíritu para sumirle en una no deseada depresión.

Y así, iban pasando los días, lentamente según su percepción, ya que ansiaba salir de la situación en la que se encontraba, a la que no estaba acostumbrado y que su extraña indecisión, le obligaba a actuar de una forma no habitual en él.

El insistente timbre de su teléfono móvil le produjo un sobresalto que casi le hace caer del sofá. Alargó la mano y lo cogió de la mesita de cristal situada al lado del sofá. Los rayos de sol, a esas horas de la tarde entran con fuerza en la habitación obligándole a entrecerrar los ojos. Sin prestar atención para ver quien le llamaba, contestó  temiendo que se cortara la llamada.

—¡Diga!  —respondió lacónico.

Al otro lado del teléfono sonó la agradable voz de su íntimo amigo Alfredo.

—¿Qué te pasa, Fer, por qué no cogías el teléfono? —le preguntó, incisivo.

—Estaba medio dormido en el sofá —le respondió—. Lo siento, disculpa.

—Acabo de hablar con Fielding, quiere una fecha ya. No puede esperar más. Se acerca el final de año y quiere hacer la programación del 2008 —Alfredo era uno de los mejores críticos de arte pictórico y un excelente marchante, íntimo amigo de Fernando desde muy pequeños—. Como es incapaz de llegar a nada concreto contigo, me ha pedido que haga de intermediario entre los dos y que te convenza de una vez para que actúes como una persona normal y con sentido, que tiene la sensación de que últimamente lo has perdido.

De un salto, Fernando se levantó del sofá y comenzó a dar pasos inquietos por el amplio salón. Su cerebro se negaba a pensar, quiere continuar abotargado y salir de la realidad. ¡Nunca se había sentido así y comenzó a preocuparse!

—Dentro de un mes y medio. En Navidades —respondió sin saber muy bien que decía—. Sí, indudablemente, en Navidades.

—¿Qué dices de las Navidades, Fer? —trató de atajar cualquier intento humorístico de su amigo— ¡Qué no está el horno para bollos!

Fernando dio un tremendo suspiro y pensó que le habrían oído en la calle. Sin saber muy bien a que se debía, su cuerpo y mente se encontraron repentinamente relajados, muy relajados. Incluso creyó que una especie de euforia le esta inundando y le transportaba hacia el edén.

—¡Fer...! —gritó Alfredo al otro lado del móvil— ¡Fer…!, ¿Qué has dicho?

—Que el momento ideal para la exposición será en estas Navidades —le respondió, con voz tranquila y relajada—. Falta un mes y medio y tendremos tiempo suficiente para realizar los envíos de todos los cuadros.

—¡Fer, eso es casi imposible! —le espectó Alfredo de mal talante— No habrá tiempo suficiente, incluso contando con la aprobación de Fielding, cosa que dudo.

Sin saber muy bien el por que de las prisas que ahora parecían acosarle, Fernando se sentía seguro, tranquilo y además, esperanzado con el éxito de la exposición.

—No te preocupes, Alfredo. Yo hablaré con Fielding y trataré de convencerle.

Se despidieron. Alfredo se sentía satisfecho, pero aún con dudas en su mente, quedó con el para cenar un par de días más tarde y aclarar bien la situación.

De madrugada, Fernando se despertó sobresaltado. En medio de la oscuridad y sentado sobre la cama se quedó mirando a la nada, sin tener conciencia de lo que hacía. Después de un largo rato en esa posición, se levantó manteniéndose en ese estado indefinido. Salió de la habitación, totalmente a oscuras pero moviéndose con pasos seguros para dirigirse hacia su estudio.

Las luces de neón de la ciudad violaban la oscuridad a través de los enormes ventanales de la espaciosa habitación. No tuvo necesidad de encender luz alguna. Fue directamente hacia el rincón donde se acumulaban marcos con telas de diversos tamaños. Tomó uno, el más grande, con unas dimensiones de 195 x 130 y un inmejorable lienzo de lino. Lo colocó al pie del caballete y comenzó el ritual de la imprimación. No sabría decir cuanto tiempo le dedicó, pero empleo toda la delicadeza que fue capaz, para que la base fuese excelente y pudiera recibir el óleo en las mejores condiciones posibles, imitando a Miguel Ángel, Leonardo, El Greco, Bottichelli y otros muchos divos de la pintura a lo largo de la historia.

Cuando finalizó la operación preparatoria del cuadro se sintió cansado, los músculos de su cuerpo se negaban a obedecerle y del mismo modo con el que había llegado al estudio, lo abandonó para dirigirse hacia el dormitorio. Una vez allí se dejó caer sobre la espaciosa cama, y antes de entrar en contacto con ella ya se encontraba profundamente dormido, o quizá en ningún momento había dejado de estarlo.

Insistentes timbrazos en la puerta de su piso consiguieron despertarle, no sin antes removerse de forma inquieta sobre la cama. Cubrió con una bata su cuerpo desnudo y se dispuso a abrir a la puerta. Su mente todavía no estaba totalmente despierta y se frotaba los ojos con fuerza tratando de despejarse. Cuando giró la llave en la cerradura, la puerta se abrió casi con violencia. Enfrente, Alfredo le miraba con un gesto violento en su rostro.

—¿Qué diablos te ocurre, anormal? —gritó fuera de sí.

Fernando le miró con cara de circunstancias. Casi le cuesta reconocer a su amigo.

—¿Qué….?

—¡Llevo dos días llamándote insistentemente! ¿Dónde te has metido?

Las palabras de Alfredo suenan como un disparo en su mente. ¡Dos días!

—¿Qué ocurre? ¿Qué dices de dos días? ¿De qué hablas? —preguntó disparando las palabras, reflejando inquietud en su rostro.

Alfredo entró en la casa cerrando de un sonoro portazo.

—Tu móvil está encendido, sin embargo, no has contestado a mis llamadas. La última hace un par de horas. Por eso pensé que te ocurría algo y me vine disparado —se lleva la mano a las sienes y suspira profundamente— ¡Pedazo de subnormal!

—¡Cálmate hombre, y explícate! —respondió Fernando, ahora ya totalmente despejado— Acabas de despertarme, ya no sé nada más.

Alfredo le miró fijamente. No sabe bien si su amigo habla en serio o está inmerso en una de sus fases emocionales en las que se burla de todo, incluido de si mismo.

—¡Claro, llevas dos días durmiendo! —le respondió tratando de ser jocoso, pero estaba demasiado preocupado para conseguirlo— Tú no estás bien. Creo que estás mal. Debería llevarte al médico. No. Mejor no, a un manicomio.

Una descarga de adrenalina recorrió su cuerpo tensándolo como si fuese una ballesta.

—Hoy es lunes, ¿no? —dijo en voz queda.

—¡No! Hoy es miércoles y son las diez de la noche —le gritó Alfredo sin poder contener su ira—. A estas horas tendríamos que estar cenando tú y yo. ¿No lo recuerdas?

Se dirigieron hacia el estudio y allí se sentaron para continuar la conversación. Trataron de explicarse mutuamente, aunque Fernando apenas lo consiguió. No tenía ni idea del tiempo transcurrido. Tan sólo pudo llegar a la conclusión de que había pasado muchas, muchas horas durmiendo. Se quedó pensativo y preocupado, y fue entonces cuando se dio cuenta del enorme cuadro colocado en el caballete, mirando hacia el amplio ventanal y de espaldas a ellos. Se levantó despacio, con la mirada fija en él y se acercó, mientras, su amigo le observaba sorprendido. Una vez delante, su rostro adquirió una lividez difícil de disimular.

No recordaba en que momento instaló allí el lienzo y tampoco que hubiese iniciado su preparación. Además, creía percibir unos ligeros trazos a carboncillo difíciles de definir. Quizá Alfredo estaba tratando de gastarle una broma pesada, aunque por su comportamiento, no lo parecía.

“¿Qué está pasando aquí?”, se preguntó inquieto. “Según Alfredo, llevo durmiendo más de cuarenta y ocho horas seguidas, según el cuadro, he estado trabajando en él durante muchas horas, y todo esto, sin enterarme de nada. ¡Debo estar volviéndome loco!”

—Menos mal que esta mañana conseguí hablar con Fielding —continuó Alfredo, pero con un tono de voz mucho más sosegado. Comprobar que su amigo se encontraba bien, le había restado importancia a su malhumor—. Le parece una buena idea comenzar la exposición hacia mediados de diciembre siempre y cuando, a partir del veinte de enero pueda disponer de los salones para otra exposición concertada hace ya tiempo.

Alfredo le miró fijamente a los ojos para ver si le estaba atendiendo. Una amplia sonrisa cruzó el rostro de Fernando.

—¿Has cenado? —preguntó— Podrías preparar algo para los dos, en la cocina creo que hay de todo. Mientras, yo me doy una reconfortante ducha. ¿Te parece? ¡Gracias! —añadió sonriendo a la vez que se levantaba y abandonaba el comedor.

Estuvieron hablando de muchas cosas a lo largo del par de horas que Alfredo pasó con él. Concretaron aspectos sobre la exposición, del número de obras más conveniente y cuales de ellas estaba dispuesto a vender en el caso de compradores interesados. Alfredo sabía perfectamente que las obras dispuestas a este fin, desaparecerían de sus manos casi en las primeras horas de abrir las puertas.

Una vez solo, Fernando se sirvió una buena dosis de whisky y tomó asiento en el sillón desde donde solía contemplar las obras situadas sobre el caballete y evaluarlas a medida que las pintaba. Con la copa entre sus manos, se quedó mirando absorto, el enorme lienzo en el que no se apreciaba prácticamente nada.

Se preguntó muchas veces que es lo que quiso hacer cuando tomó el marco y lo preparó, además, de una forma meticulosa y concienzuda. Nunca había realizado una preparación de ese estilo en ninguna de sus obras. A pesar de que estaba forzando su mente para aclarar la situación, los resultados fueron nulos.  Empezaba a sentirse cansado y decidió abandonar el estudio. Pensó entretenerse un rato viendo la televisión, pero finalmente se dirigió a su dormitorio y una vez en la cama apenas tardó unos segundos en quedarse dormido.

Los días siguientes fueron de una actividad frenética. Con la colaboración de un entusiasta Alfredo, hicieron una excelente selección de cuadros. Por insinuación de su amigo, decidieron pedir la colaboración de algunas de las personas que habían comprado algunos de sus cuadros y que por su calidad, merecían ser expuestos.

Cuando se encontraba en el estudio apenas prestaba atención al cuadro situado sobre el caballete. Una de las tardes pensó que lo había retirado dejándolo en el lugar donde almacenaba las telas sin usar, pero al día siguiente volvió a encontrarlo en el caballete, por lo que dudó de su actitud. Pensó en volver a retirarlo, pero una especie de temor se apoderó de él y decidió que no valía la pena molestarse.

Cada mañana hablaba con el gerente de la sala y se sentía satisfecho por como se iban desarrollando las cosas. “Sobre ruedas”, se decía de cuando en cuando, y decidió tomarse un pequeño respiro. Hacía tiempo, más de lo conveniente, que no veía a Isabel y decidió llamarla para pasar la tarde juntos.

Despejó su mente y se dedicó plenamente a la preciosa mujer, que con su sola presencia le hacía sentir un hormigueo especial por todo el cuerpo y sus sentidos disfrutaban plenamente. Cenaron  en un acogedor restaurante muy cercano a su vivienda y allí le explicó en que estaba entretenido últimamente que apenas le dejaba un instante de libertad. Isabel disfrutaba mucho con su amena conversación. Era una mujer muy ocupada, pero sabía, en su fuero interno, que sería capaz de dejarlo todo si Fernando se atreviera a pedírselo.

Más tarde abandonaron el local y tomaron unas copas en una discoteca, pero se cansaron pronto. El ambiente estaba cargado y excesivamente ruidoso que apenas les permitía hablar. Fernando, al igual que en otras ocasiones, le propuso finalizar la velada en su casa.

—Sabes que allí, tienes todo lo que puedas necesitar —le susurró al oído, picarescamente, mientras le abría la puerta del coche.  Isabel se sentía encantada.

Cuando llegaron al apartamento, ella se dirigió directamente al estudio. Era algo que solía hacer siempre que iba a casa de Fernando. Se interesaba por todas las novedades de su obra.

—¿Estás pintando algo nuevo, cariño? —le preguntó interesada.

—En estos momentos no, pero creo que tengo algún cuadro que todavía no has visto.

—¿Y a qué esperas para mostrármelos? — le dice con voz cariñosa y sensual.

Una vez dentro, estuvo mirando algunas de las obras que Fernando apoyaba sobre la pared del estudio sin mucho miramiento. Se dio cuenta del gran lienzo apoyado sobre el caballete, que se encontraba de espaldas y cara hacia el amplio ventanal.

—¿No decías que no estabas pintando nada nuevo? —le preguntó rodeando el caballete para mirar el lienzo de frente.

Antes de que Fernando contestara, se dio cuenta de que el cuadro estaba en blanco. Casi en blanco, ya que se apreciaban unas ligeras líneas que apenas definían la composición del mismo.

—Algo sí estás preparando. Insinúa un cuerpo de mujer —le dice un tanto socarrona— ¿Me estás pintando a mí, acaso?

—No estoy tratando de pintar nada. No ahora en una temporada. El cuadro lo preparé para más adelante —responde a sabiendas de que está mintiendo—. Y sabes que te insinué muchas veces que me gustaría pintarte, pero nunca has consentido. Será que no deseas que te inmortalice —añade burlón.

Isabel quedó encantada con las nuevas obras y le prometió que iría a Londres unos días para estar con él en la exposición.

A medida que pasaban los días, Fernando parecía sentirse un tanto nervioso. En un principio lo achacó a la tensión que le producía toda la preparación de la exposición, pero era algo a lo que ya estaba habituado y eso no le convenció. Trató de restarle importancia. Se sentaba delante del cuadro en blanco y con la mirada perdida en él, dejaba que las horas fueran pasando. Nunca se había sentido tan en blanco, nunca se había sentido tan inquieto y no saber las causas, le agobiaba todavía mucho más.

Una mañana se levantó más cansado de lo habitual. Tenía la sensación de que su cuerpo pesaba toneladas y era incapaz de sostenerlo. Dejó correr el agua de la ducha sobre su cuerpo y pareció despejarse un poco. Con la bata abierta y gotas de agua resbalando sobre su piel, se fue directamente a la cocina pensando que un buen desayuno le animaría. Cuando se fijó en el reloj de pared, éste, marcaba las doce de la mañana. Se sorprendió de que el teléfono todavía no sonara. Trató de pensar si tenía algo pendiente que hacer, pero su mente no le recordó nada. Hizo un café muy cargado y se dispuso a tomarlo en el estudio, frente al amplio ventanal que le permitía ver la actividad febril de los humanos en la calle.

Pegado a los cristales fue tomando sorbos del café, muy caliente todavía. En un momento dado se giró, quedándose frente a frente con el cuadro. La taza de café cayó de sus manos rompiéndose al chocar contra el suelo provocándole un fuerte grito de dolor cuando el líquido se vertió sobre sus pies. Tras unos segundos de estupor, se quedó mirando el cuadro con la boca abierta, incrédulo, y sin comprender nada.

Un desnudo de mujer comenzaba ya a esbozarse sobre el blanco lienzo. Una mujer de tamaño natural, alta, con abundante melena que le caía libremente sobre los hombros. Grandes ojos, sin definir todavía su color y una perfecta proporción de todas las partes de su cuerpo daba la idea de unos trazos muy bien estudiados.

Tuvo que sentarse para continuar mirando y tratar de comprender que estaba ocurriendo allí. No le cabía la menor duda, el cansancio se debía a las horas que tuvo que pasar delante del cuadro para realizar aquel esbozo. Trató de recordar, se esforzó pero su subconsciente se negaba a darle explicación ninguna. Creyó atisbar que había tenido unos extraños sueños pero que no era capaz de recordarlos y mucho menos relacionarlos con la pintura. Pero no tenía duda alguna, durante la noche, en un estado que no era capaz de definir, había estado esbozando aquel desnudo a tamaño natural que ahora estaba contemplando.

Hizo algún intento de tomar los pinceles y continuar pintando, pero se sintió incapaz. Tenía la sensación de mancillar una obra que no le pertenecía. Y sin pensarlo dos veces, abandonó el estudio dispuesto a perderse por las calles de Madrid. Su puso ropa de abrigo encima y abandonó el piso sin saber muy que es lo que haría.

Paseó a lo largo de calles conocidas hasta adentrarse en zonas que  en las que creyó no haber estado nunca. A veces se detenía delante de un escaparate, dejaba vagar unos instantes la mirada, sin apenas ver. Su mente parecía estar soportando un caos que le impedía pensar con claridad, aunque quizá, tampoco lo deseaba. Tan sólo quería caminar sin rumbo fijo y cansarse lo máximo posible. En una cafetería cualquiera pidió un bocadillo de jamón y una cerveza. Su estómago no le admitía nada más. Regresó a la calle y cuando las sombras de la noche comenzaron a adueñarse de la ciudad, decidió regresar. No se preguntó donde se encontraba. Paró un taxi y le dio su dirección.

Introdujo la llave en el enorme portar de acero y cristal. Sintió un ligero estremecimiento en todo cuerpo y tuvo la sensación de que su subconsciente se negaba a regresar al estudio. Resopló con fuerza y se dijo “Parezco un crío”. Instantes después se encontraba sentado delante del cuadro. Trató de tomar los pinceles y deslizarlos sobre el lienzo pero se sintió incapaz. Finalmente, se quedó dormido en el sillón.

Ya avanzada la madrugada su cuerpo empezó a convulsionarse ligeramente y con movimientos extremadamente lentos, se levantó y abrió los ojos. Su expresión denotaba estar completamente dormido pero no le impidió tomar la paleta y el pincel y a continuación acercarse al cuadro. Lo miró detenidamente sin expresar sentimiento alguno. Con su habitual pericia, preparó y mezcló colores que fue aplicando sobre el lienzo con gran seguridad y ausencia de duda alguna. El pincel se deslizaba suavemente sobre la tela comenzando a proporcionar color donde antes sólo existía el blanco. Fue perfilando los contornos con grandes contrastes de profundidad para proporcionar el adecuado volumen a la modelo. De cuando en cuando, dejaba la paleta y los pinceles y se dedicaba a observar su trabajo desde diferentes perspectivas sin que su expresión denotase sentimiento alguno.

Así fueron transcurriendo las horas y el cuadro adquirió formas y volúmenes. Se tomó un respiro sentándose en el sillón y antes de que su espalda se apoyara en él, estaba profundamente dormido.

Se despertó muy tarde, con frío y el cuerpo entumecido. Cada movimiento era un pequeño gemido de dolor, pero cuando abrió los ojos, todos los músculos de su cuerpo se tensaron al unísono y le obligaron a dar un salto hacia adelante para quedar plantado enfrente mismo del cuadro. Su frente comenzó a perlarse de gotitas de sudor, un sudor frío, de miedo, de pánico. Con una expresión de alucinado, movía con impresionante rapidez los ojos recorriendo de forma endiablada todos los rasgos de la pintura.

Cuando comenzó a calmarse, fue percatándose de la extraordinaria belleza de la obra, su composición y la modelo, y aunque el cuadro se encontraba casi en sus inicios, permitía vislumbrar las cualidades definitivas. Su estado de ánimo cambiaba aceleradamente, pasando del pánico a la euforia total. Sabía que él era el artífice de la obra, pero no sabía como y esto le anonadaba.

Trató de relajarse y optó por abandonar el estudio. Deambuló por las habitaciones de la casa sin llegar a realizar nada en concreto hasta que regresó nuevamente al estudio para contemplar su obra. Repitió la misma acción varias veces, hasta que el timbre de su teléfono móvil atrajo su atención. Al otro lado, Alfredo le reprendía por no contestar a sus numerosas llamadas. No se había presentado en su casa por encontrarse fuera de la ciudad, pero ahora que había llegado, se dirigía directamente allí, a buscarle.

Cuando Fernando abrió la puerta, comenzó a acosarle con numerosas preguntas, una detrás de otra, sin interrupción, consiguiendo que se relajara e incluso sintiera alegría por el dinamismo de su amigo. Sin contestar a ninguna, le asió cariñosamente por el codo y le dirigió hacia el estudio, mientras éste, continuaba disparando a bocajarro. Lo situó delante del cuadro y en ese mismo instante enmudeció y fue incapaz de moverse o articular palabra. Estuvo, al igual que le había ocurrido a Fernando, inmóvil, silencioso, tan sólo sus ojos se permitían realizar movimiento alguno.

Fernando sintió una oleada de placer al comprobar que sus sentidos no le engañaban y que realmente estaba pintando su “Mona Lisa”, aunque en su estómago seguían moviéndose inquietas las mariposas.

De repente, Alfredo rompió el silencia con una serie de gritos placenteros alabando lo que estaba viendo. No tuvo recato alguno en emplear expresiones barriobajeras que le permitieron descargar la tensión en la que se encontraba inmerso.

—¡Santo cielo, Fernando! —le dijo finalmente emocionado— Ahora entiendo tu abstracción. Para hacer este cuadro es necesario evadirse de este mundo y entrar en el espacio de la perfección. Esta obra será, indudablemente, el buque insignia de la exposición. ¡Oye, ¿y la modelo?, quiero conocerla de inmediato!

—No hay modelo —le dice dándole palmaditas en los hombros—. Quiero pedirte un favor. No le digas nada a nadie sobre esta obra. Quiero que vea la luz en Londres. Antes, solamente la veremos tú y yo, ¿de acuerdo?

Alfredo le mira con picardía, pero asiente complacido.

—¿Me lo vendes? —le preguntó sin pensárselo dos veces.

—¿Tú qué crees? —respondió, burlón, para añadir— Creo que nunca venderé este cuadro. No podría.

Pasaron los días y a pesar de querer continuar pintando, se sentía incapaz cuando se encontraba con los pinceles en la mano. Tenía la sensación de que iba a mancillar el cuadro. Pensó que tendría que estar muy convencido o “en trance” para que sus pinceles se deslizaran nuevamente sobre aquel cuerpo perfecto de mujer. Preferiría mantenerlo como obra inacabada.

Una tarde, después de haber comido con Isabel en un acogedor restaurante en las afueras de la ciudad, se sintió eufórico y con deseos de pintar. La dejó en su casa y de inmediato se dirigió a la suya, declinando las invitaciones para tomar una copa en su apartamento. Alegó un exceso de trabajo con la preparación de la exposición. Ya en su casa, se puso cómodo y entró en el estudio. A pesar de la excelente luz eléctrica, sintió como la oscuridad de la calle a través de los ventanales y los parpadeos de las luces de neón no creaban el clima propicio y sus deseos ardientes de pintar se esfumaron con rapidez. Creyó que, quizá, no se atrevía.

Una extraña ira fue apoderándose de él y contra si mismo por no conseguir aportar alguna pincelada en estado de plena conciencia, pero el esbozo de la tierna sonrisa de la mujer del cuadro dulcificó su estado de ánimo. Sin pensarlo mucho, se dirigió hacia el dormitorio y se acostó.

Cuando el alba comenzaba a romper la oscura noche y la quietud iba desmoronándose en la ciudad, se despertó sobresaltado sintiendo una extraña inquietud que le obligó a levantarse con rapidez y dirigirse al estudio. Los rayos solares comenzaban a introducirse tímidamente en la habitación.

Estuvo mirando el cuadro con sentido crítico, buscando defectos de composición, de color mientras en su interior comenzó a sentir como una presencia se estuviera moviendo dentro de él. Tuvo una extraña sensación, presintió que su mente estaba siendo dominada tratando de aflorar otra personalidad distinta de la suya, más agresiva, más dinámica, con una visión diferente y en ese momento ya no dudó, cogió la paleta y los pinceles y permitió que estos, fueran deslizándose por el cuadro impregnándolo de color. Se sentía eufórico y consciente, además, que un nuevo ser estaba emergiendo dentro de él y necesitaba la presencia de una compañera.

Trató de conseguir una expresión privilegiada del rostro de la bella mujer, aunque extendiéndolo a toda su anatomía. Trató de reflejar la escenografía por medio de un cromatismo caliente de los rojos sangre y azules marinos que contrastaban con el suave color ligeramente tostado de la piel creando un sutil equilibrio y proporcionándole un punto óptico, que, con una fotografía nunca se podría conseguir, La mirada de la modelo estaba dirigida hacia el espectador, dulce e inquisitiva a la vez, siguiéndole en cada movimiento, logrando que éste, se sintiera penetrado y desnudado por ella.

Estuvo trabajando varias horas sin tomarse el más ligero respiro. Temía que su vena creativa desapareciera ahora que lo sentía tan real. Bajo la luz del día, el bello desnudo fue adquiriendo forma y volumen a cada pincelada. La armonía natural de sus curvas proporcionaba la medida de perfección de las mismas, creando una áurea de voluptuosidad. Deseó resaltar más el contraste de su piel con el resto de colores y se imaginó un transparente velo que, sin ocultar nada, su color blanco le proporcionaría el efecto deseado.

Durante unos días, sin apenas comer, sintiéndose en un estado febril difícil de mitigar, fue avanzando en su obra. Poco a poco, sin descanso, fue acercándose al final. Pudo comprobar como su estado de ánimo comenzaba a calmarse y hasta le pareció que la posesión que sentía se iba diluyendo, permitiéndole que su personalidad aflorara nuevamente en su totalidad.

Una tarde, antes de que los rayos del sol dejaran de iluminar su obra, decidió que estaba totalmente terminada, no necesitaba ni una pincelada más, y deseó, con fuerza, que su modelo cobrara vida, lo deseó fervientemente, porque comenzaba a sentir amor por su creación. La miraba arrobado y su cuerpo se inundaba de una calidez embriagadora.

Decidió que había llegado el momento de permitir que Alfredo contemplara el cuadro y le diera su opinión, aunque la conocía de antemano. También deseó que Isabel la viera, aunque no pudo saber a ciencia cierta cual era la razón.

Alfredo entró contento en el apartamento. Las palabras de su amigo le habían tranquilizado aunque no entendía muy bien el porqué de sus constantes negativas a sus visitas. Fernando le recibió con un gesto distendido, incluso denotaba una clara satisfacción. Estuvieron charlando un rato en el pequeño despacho mientras tomaban una copa. Matizaron los preparativos preliminares de acondicionamiento de las obras, así como el número de ellas que viajarían a Londres. Finalmente, estuvieron de acuerdo en como desarrollar toda la operación y Alfredo aceptó encantado encargarse de todo ello, ya que su experiencia en este tipo de eventos era dilatada.

—¿Y ahora, ya puedes decirme que te ocurría durante estos días pasados? —le preguntó intrigado en vista de que él no contaba nada, pero casi estaba convencido de que se trataba de algún asunto de faldas.

—Claro, por supuesto —le contestó mientras se levantaba del sillón—. Ven, acompáñame. Quiero enseñarte algo —y se dirigieron hacia el estudio.

Alfredo continuó preguntando a pesar del silencio de su amigo. Ya delante del cuadro, su amigo enmudeció manteniendo una postura estática. Se mantuvo en silencio mientras sus ojos devoraban toda la superficie de la perfecta composición que tenía delante. Finalmente explotó por medio de una serie de exabruptos que probablemente fueron escuchados en el exterior. Comenzó a moverse nervioso, miraba al cuadro, miraba a su amigo reflejando en su rostro el estupor que sentía, estupor que poco a poco se fue transformando en una expresión de éxtasis.

—¡Santo cielo! —exclamó cuando ya estaba algo más tranquilo— Es una obra excepcional, Fernando, única, genial, ¡tu obra! ¡Dime que es tuya! ¡causará sensación, vaya que sí!

—M alegro que tengas ese agradable criterio —respondió complacido y agasajado.

Alfredo continuó observando el cuadro, con minuciosidad, parecía no cansarse y Fernando comenzó a sentir unos ligeros celos. Era grande la atracción que sentía hacia la mujer del cuadro y le dio vergüenza que Alfredo la estuviera contemplando totalmente desnuda. Trató de erradicar esos pensamientos de su cabeza y no comportarse como un crío quinceañero.

Varios días después iniciaron la operación de embalaje de toda la obra que viajaría a Londres, dejando para el final su última obra, a la que denominó “El Nacimiento de Lía” en honor a uno de sus favoritos, el maestro Botticelli. Ordenó que pusieran especial esmero en su acondicionamiento y se mantuvo presente durante todo el tiempo que emplearon en su ejecución. Cuando se lo llevaron, sintió un profundo vacío en su interior. Se había acostumbrado a pasar muchos momentos contemplando a “Lía”. Aún recordaba el enfado de Isabel cuando la vio, auque delante de Alfredo tuvo que reconocer que era una obra magistral, pero sentía unos terribles celos a pesar de que el pintor aseguró, tanto a uno como al otro, que el personaje, “Lía”, era pura invención y que tal mujer no existía, ni en su cabeza, cuando empezó a pintarla.

Ya en Londres, Fernando era un puro manojo de nervios sin poder justificarlos. Los cuadros se fueron desembalando y colgando en las paredes de los amplios locales que le había asignado Fielding. En un lugar de privilegio decidieron colgar “El Nacimiento de Lía” y la combinación de luces fue tal, que el cuadro resultaba impresionante, por su tamaño y por la belleza tan proverbialmente conseguida en el mismo, produciendo la sensación de que la modelo iba, de un momento a otro, salir del cuadro y pasearse por todo el recinto.

Alfredo y Fielding estaban rebosantes de euforia. No dudaban del éxito de la exposición y de la venta de la totalidad de las obras a pesar de los elevados precios aplicados. La gran obra de Fernando no se encontraba a la venta, ofreciesen por ella lo ofrecieses. Había decidido conservarla de por vida y después cedida a un museo.

La tarde de la inauguración fue apoteósica. Poco después de abrir las puertas al público, las salas estaban llenas, pero donde había mayor afluencia correspondía a la sala que contenía “El Nacimiento de Lía”. Fernando no se separaba de su obra y tuvo que soportar estoicamente, las innumerables felicitaciones, apretones de mano, abrazos y delicados besos del público femenino. Todos se rindieron ante la obra y en opinión de Alfredo, quienes más la alabaron fueron las mujeres que la contemplaron.

Poco antes de cerrar, Fernando sintió como le asían del brazo a sus espaldas. Se giró para encontrarse a un varón de mediana edad, elegante, muy alto y con unas melenas rubias cayéndole sobre la frente. Sus acerados ojos azules mostraban afecto y simpatía y un ligero matiz burlón que no paso desapercibido al pintor. A pesar de hablar un correcto español, Fernando no dudó en pensar sobre su origen germánico.

—¿Está en venta, señor? —le preguntó en tono taimado, arrastrando ligeramente las palabras mientras que en su rostro se mostraba una amplia y complacida sonrisa.

—No. Lo siento. No está en venta —le respondió amablemente, e iba a girarse de nuevo cuando el personaje volvió a preguntar.

—¿Hace mucho tiempo que lo ha pintado? Personalmente, diría que no.

—No se equivoca, es una pintura reciente.

Miró de arriba abajo el cuadro.

—Lo digo, porque me parece que conozco a su modelo, una mujer de extraordinaria belleza.

—Eso es imposible, caballero —respondió Fernando sonriente, aunque con una ligera duda en su fuero interno—. No he tenido modelo alguna para pintarlo. Es fruto, en su totalidad, de mi imaginación, aunque no dudo que pueda tener algún parecido con alguien. Somos muchos en este planeta.

El joven le miró sorprendido pero con una pizca de estoicismo en su expresión. Le explicó que era Alemán y de profesión crítico de arte. Hurgó en el bolsillo interior de la chaqueta y extrajo una tarjeta de visita que le entregó. Le expresó su disgusto por no poder comprar tan bella obra de arte. Poco después, se alejó con el teléfono móvil entre sus manos. Estaba llamando a su país.

El día siguiente fue una copia del anterior. Alfredo expresaba su alegría sin recato alguno, prácticamente, toda la obra puesta a la venta ya tenía propietario. Sin embargo, Fernando sólo le importaba su buque insignia. Le hicieron ofertas muy sustanciosas, al igual que el día anterior, que fue denegando amablemente. Llegaron a ofrecerle grandes sumas de dinero, que no consiguieron doblegar sus deseos.

Al cuarto día, sobre la media tarde, Fernando percibió un pequeño revuelo en las salas adyacentes. Era una hora en la que la afluencia de público no llenaba las salas todavía. Prestó atención para ver que ocurría. Tuvo la sensación que un personaje importante acababa de entrar en la sala de exposiciones. En la puerta se dispararon los flash de las cámaras. En el interior estaba totalmente prohibida su utilización. Pudo ver al joven alemán que precedía a una mujer alta, elegantemente vestida y con una impresionante melena rubia descolgándose por sus hombros. Cuando alcanzó a ver el rostro de la mujer sintió que su corazón se paralizaba. Delante de él, la mujer del cuadro se acercaba en carne y hueso. Bella, impresionantemente bella. Fernando pensó que superaba con creces su obra. Detrás, el joven alemán sonreía con picardía desenfadada, pero complacido.

La mujer se acercó sin apartar la vista del cuadro. A su alrededor se hizo un corro expectante y un silencio absoluto. Se quedó plantada delante del cuadro observándolo minuciosamente. Fernando estaba perplejo e incapaz de articular palabra. Se sintió como un ladrón cogido en plena faena.

—¿Es usted el pintor? — le preguntó sin dirigirle la mirada, y antes de que pudiera contestar, añade —. ¿Dónde ha conseguido fotografías mías? Hasta ese pequeño lunar situado sobre el ombligo es real y está en su sitio exacto.

—Tan sólo ha utilizado mi imaginación —consiguió balbucear—. No os había visto en mi vida.

Por detrás de ella asomó la cabeza un fornido caballero, de agradable presencia, pero en esos momentos, sus ojos parecían salirse de sus órbitas. Apartó casi con brusquedad a su compatriota y se situó delante de la mujer, entre ella y Fernando. Comenzó a mirar el cuadro y a Fernando, de forma alternativa a la vez que sus facciones se iban congestionando más y más. Fernando, que no comprendía nada, pudo escuchar en un susurro de alguien, que el caballero era el marido de la hermosa mujer, cuando el puño de éste, se dirigió velozmente hacia su mandíbula. Lo intuyó pero no tuvo tiempo de reaccionar. El golpe fue seco y se escuchó un pequeño crujido. Fernando, por el fuerte impacto, fue lanzado de espaldas chocando con su cabeza contra una columna antes de caer desmadejado e inconsciente al suelo.

El agresor le miró con un gesto cargado de ira. A su alrededor pensaron que iba a dispararle alguna patada, pero se equivocaron. Tomó a su mujer del brazo con determinada violencia y se dispuso a abandonar los locales, seguido de su compatriota, que en su rostro, ahora, se reflejaba un gesto de disgusto. Más tarde, declaró ante la policía que había sido él quien animó a sus amigos para que viajaran a Londres y visitasen la exposición por la alta calidad de las obras expuestas, sin llegar a mencionar el espléndido desnudo. La reacción de su amigo le dejó totalmente sorprendido y anonadado.

Fernando fue atendido en un hospital de Londres. Allí le diagnosticaron un traumatismo craneal que le mantenía en estado de coma. Sin embargo, no temían por su vida, aunque tampoco daban plazos para una posible recuperación, si esta llegaba a producirse. Recomendaron su traslado a una clínica en Madrid donde, al menos, podría tener la proximidad de sus familiares. Allí corroboraron los diagnósticos emitidos por sus colegas británicos.

Cuando Alfredo regresó unos días más tarde, tras acompañar a su amigo a una moderna clínica en Madrid, nada más entrar en la sala de exposiciones pudo percibir que el magistral cuadro del impresionante desnudo había desaparecido.

Buscó a Fielding por toda la sala. Finalmente lo encontró en su despacho, en el tercer piso del inmueble. Entró como un toro en la plaza. El inglés le pidió calma.

—¿Dónde está? —le espectó de muy mal humor.

Fielding respiró profundamente. Le invitó a sentarse, cosa que casi no consigue. Alfredo estaba inclinado sobre la mesa con ambas manos apoyadas sobre ella y su rostro casi rozaba el del inglés. Lentamente se erigió y tomó asiento en una de las sillas que rodeaban la mesa.

En primer lugar, Fielding se interesó por la salud de Fernando. Realmente estaba preocupado y las respuestas del joven no le complacieron en absoluto. Después le contó lo sucedido tras la salida de ambos hacia el hospital más cercano. Prácticamente, en muy poco tiempo se restableció la normalidad. La pareja alemana abandonó de inmediato la sala, no sin antes dejar su tarjeta de visita y su dirección del hotel en Londres.

La afluencia de gente fue la habitual y tan sólo se comentaba que el pintor estaba indispuesto y se encontraba ingresado en una clínica en observación.

—Dos días más tarde del luctuoso incidente y casi a la hora del cierre, se presentó la dama del cuadro y tras pasar unos instantes contemplándolo, pidió que quería verme —se removió inquieto en el sillón—. Es una preciosidad de mujer, tal cual se pudo apreciar en el cuadro. Me preguntó por el pintor, quería saberlo todo, pero cuando le dije que su evolución estaba estancada y permanecía en estado semiinconsciente, se desplomó y rompió a llorar. Su marido, me dijo, estaba compungido, no puede explicarse su actitud a pesar de que cree firmemente que su mujer posó para ese desnudo. Ella me juró que en su vida había visto a Fernando, que no tenía conciencia de su existencia y que no comprendía como podía haber sido pintada con una exactitud fuera de lo común, incluso, algunas marcas de su cuerpo estaban reflejadas en la pintura.

Alfredo le escuchaba sorprendido, aunque conocía muy bien que el cuadro había salido totalmente de la imaginación de su amigo.

—¿Dónde está el cuadro, Fielding? —le preguntó inquieto.

El inglés se tomó unos instantes de respiro. Sabía que la situación era comprometida, pero creyó que actuaba correctamente.

La mujer, me imploró para que le vendiera el cuadro, que dadas las circunstancias, esa obra no podía estar en ninguna otra mano que no fuera la suya, y que si la conseguía, no estaría expuesta al público hasta que ella fuera una anciana. Sólo entonces, la obra podría exponerse para gloria del pintor.

—Me extendió un cheque —dijo mientras abría el cajón de la mesa y cogía una carpeta de cuero—, míralo, aquí está. Es un cheque a nombre de Fernando pero en blanco. Dijo que podría poner la cantidad que creyera oportuna, no le importaba. Tan sólo quería llevarse el cuadro. Me convenció, y creo que estaba en su derecho, de verdad Alfredo, lo creo. Yo no deseo compensación ninguna por esto, y cuando Fernando se recupere, el decidirá.

Alfredo comprendió la lógica de la actitud y deseos de la mujer, así como la lógica de Fielding en la operación.

—Guarda el cheque, en su momento decidiremos que hacer con él. Por favor, pon todos los cuadros a la venta. No es necesario que regresen a España.

El inglés mostró su extrañeza y pesadumbre cuando Alfredo le explicó la gran dificultad que había para que Fernando se recuperara y alcanzara su estado habitual. Se despidieron con un fuerte abrazo.

—Por favor, Alfredo —le dijo con voz entrecortada Fielding—, mantenme informado ante cualquier novedad.

Alfredo abandonó el inmueble, cabizbajo, con el corazón en un puño. Paró un taxi y le indicó que le llevara al aeropuerto.

Intuyó en su mente “El Nacimiento de Lía”.

El tiempo fue pasando y las circunstancias de Fernando no mejoraron. Alfredo, de acuerdo con la familia, se encargó de todo lo concerniente a su permanencia en la clínica. Cuando se encontraba en Madrid le visitaba con frecuencia, pero permanecía largas temporadas fuera por razones de trabajo. Cuando regresaba, lo primero que hacía era acudir a visitarle.

Un día, el director le pidió que le acompañara a su despacho. Después de ponerle al corriente de todo lo concerniente a Fernando, le confesó que se encontraba muy sólo, aunque era algo que, quizá, no percibía.

—Sus padres ya son mayores y viven en un pequeño pueblo perdido entre las montañas de Asturias. Su única hermana vive desde hace muchos años en el extranjero, con su marido e hijos. Por aquí, apenas vienen a visitarle, ya lo sabe usted bien —permaneció unos instantes dubitativo—, aunque de cuando en cuando, dicen algunas enfermeras, que viene una hermosísima mujer a visitarle y pasa unas horas con él. Después se va, tan sigilosamente como ha venido pero con los ojos inundados en lágrimas. Dicen, que cuando ella está enfrente de él, no deja de mirarla, insistentemente y sus ojos parece que brillan de una forma inusual, tienen la sensación de que en esos instantes recupera algo de conciencia, pero cuando ella se va, vuelve al mismo estado de siempre.

Alfredo abandonó la clínica con el corazón en un puño y sus ojos enrojecidos. Mentalmente gritó al cielo.

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