RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
EL MENDIGO SIN NOMBRE ©




Paco ejercía la mendicidad desde hacía ya muchos años. Su lugar de trabajo, reconocido por todos sus colegas, estaba situado en los alrededores de la Catedral, aunque, habitualmente, se situaba ante la puerta mayor. Un día se encontró con otro mendigo, mucho más joven que él a pesar de la enmarañada barba que afeaba su rostro y un ensortijado pelo que apenas dejaba vislumbrar unos ojos muy vivarachos. Pensó que el vagabundo trataba de apoderarse del lugar que tanto le había costado defender a lo largo del tiempo, haciendo frente, en muchas ocasiones, a cuantos trataron de arrebatárselo.

Se acercó a él, furioso y con ánimos de increparle con crudeza e incluso defender su puesto por la fuerza si ello fuera necesario. A pesar de encontrarse ya en una edad avanzada, aún creía conservar sus fuerzas de juventud. Cuando llegó a su lado, le asió el brazo con determinada violencia.

—¿Qué haces por aquí? —le increpó con violencia verbal— ¿No sabes que ésta es mi zona?

El joven giró la cabeza para ver quien le estaba hablando. Le miró directamente a los ojos, negros como el azabache, y mantuvo la mirada sin comprender lo que le estaban diciendo.

Paco volvió a insistir, demostrando con su voz y con su mirada, la ira que sentía.

—Tan sólo paseo —contestó el joven con un tono de voz apacible—. No hago otra cosa. No tengo nada que hacer.

Su rostro estaba en absoluta calma.

—¿No estás pidiendo limosna?

—No. Claro que no. Yo no pido —respondió taimado, como si pensara las palabras que iba a pronunciar—. En alguna ocasión me paran y me dan algo de dinero, pero yo no lo pido. En otras, me preguntan si deseo comer algo y me invitan a un bocadillo. Por las noches suelo pasar por la parte trasera del hotel que está al lado del parque. Allí suelen darme cosas, ropa, comida, bebidas…

El anciano mendigo le miró de arriba abajo y a pesar de su andrajosa y holgada vestimenta, pudo vislumbrar un cuerpo joven y fornido.

—¿Cómo te llamas?

—No lo sé —respondió, flemático—. No tengo nombre, que yo sepa.

—¿Cómo que no tienes nombre? ¿Quién eres? —inquirió Paco un poco molesto, pensando que el joven trataba de burlarse de él.

—Te repito que no lo sé.

Mientras le contestaba, su mirada recorría la amplia explanada situada ante el frontispicio de la Catedral. Su rostro denotaba agrado ente lo que contemplaba.

—Hermosa Catedral. Parece que la haya construido la mano de Dios.

El rostro de Paco denotaba la sorpresa que sentía y llegó a pensar que el muchacho era un retrasado mental, antes de pronunciar esas palabras. Su forma de hablar le pareció agradable e incluso, elegante, por lo que descartó esa idea.

—Ven. Acompáñame. Vamos a sentarnos en la escalinata y allí me cuentas cosas de ti mientras recaudamos algo de dinero.

Recorrieron en silencio los escasos metros que les separaban de la amplia escalinata y se sentaron al lado mismo del pórtico, en el último peldaño. Paco sacó de su mugrienta bolsa una pequeña caja de cartón muy manoseada, en la que fue introduciendo unas monedas y la colocó en el suelo, al lado de su pierna extendida.

—Pon algo a tu lado —le dijo con premura al joven— ¿No llevas una caja en tu bolsa?

Le miró sorprendido, pero al instante cayó en la cuenta de lo que le decía su extraño camarada y sonrió, negando con la cabeza,

—No pido, ya te lo dije —contestó sonriente.

—Pues todos los mendigos pedimos. ¿No eres acaso un mendigo?

Paco esperó la respuesta mientras le miraba con curiosidad.

De cuando en cuando, se les acercaban algunas señoras que se dirigían a la Catedral para asistir a algún oficio y dejaban unas monedas en la desvencijada caja de Paco. Le saludaban con el cariño creado a lo largo de algunos años de ritual diario, y en esta ocasión, se interesaron por su compañero, al que también dejaban algunas monedas en el suelo.

Doña Patricia, quizá la más anciana de las feligresas habituales y siempre muy cariñosa con Paco, se atrevió a preguntarle, con una ligera sorna pero sin mala intención, si ya estaba preparando la sucesión de su puesto. Paco y el muchacho sonrieron con agrado y le dieron las gracias por su generosa dádiva.

—Bueno, ahora que estamos cómodamente sentados y realizando el trabajo habitual —dijo Paco, medio en broma, medio en serio—, cuéntame quien eres y que haces. No quiero importunarte, pero nos encontramos en mi zona y ¡quién sabe con quién me estoy jugando los cuartos!

El joven le escuchaba en silencio y por su expresión, daba a entender que no comprendía muy bien las palabras de su nuevo amigo.

—Vamos. Tú, tranquilo —recordaba las palabras de doña Patricia y pensó que podría estar en lo cierto.

El joven le gustaba y él, ya comenzaba a sentirse cansado, físicamente, de estar sólo durante todo el día y compartir la noche con otros dos mendigos, de mal carácter y ladrones por excelencia, que al mínimo descuido le desvalijaban cualquier cosa de valor, ¡cómo si tuvieran cosas de valor!

—¿De dónde eres? —continuó preguntando, haciendo caso omiso de su silencio— No soy capaz de identificar tu acento, incluso creo que careces de él. Yo me llamo Francisco —señalando sobre su pecho con el dedo índice y soltando una pequeña carcajada—, pero todo el mundo me llama Paco, incluso los de la poli. Soy de un pueblecito de Aragón al que hace ya muchos años que ni me acerco —giró su cabeza para mirarle a los ojos, unos ojos de color claro y limpios que incluso, denotaban inocencia—. Ahora te toca a ti.

El joven se frotó las manos como si tratara de desprenderse de algo pegado en ellas, aunque como bien pudo comprobar Paco, las mantenía bastante limpias.

—No sé como me llamo. Antes de hablar contigo creía que nadie tenía nombre, como yo. Te dije la verdad. Tampoco sé de donde soy. Me imagino que de aquí, pero no estoy seguro. Llevo muchos días vagando por la ciudad buscando algún lugar que me resulte conocido, pero parece que no tengo suerte.

—Está claro que no eres de aquí o tendrías que reconocer este lugar. Por tus ademanes y por tu forma de hablar, pareces más bien un señorito que un mendigo —Paco se da un golpe en la frente con la palma de la mano completamente extendida— ¡Ya está, te llamaré Señorito!, hasta que recuerdes tu nombre, claro —añadió sonriente.

Paco le miraba a hurtadillas. Hacía mucho tiempo que no se encontraba tan a gusto y deseó que se estableciese una buena relación de amistad, a la vez que podría participar en el “negocio”.

Estuvieron hablando toda la mañana. Realmente, era Paco quien hablaba. Estuvo contándole prácticamente, toda su vida, que había transcurrido de una forma bastante normal hasta que descubrió que su mujer le engañaba con el cacique del pueblo y que con malas artes, consiguieron dejarle en la calle con lo puesto. Tuvo que abandonar su trabajo por las muchas presiones que recibió el empresario y se vio obligado a dejar el pueblo so pena de ingresar en la cárcel. Su reputación quedó tan mermada que ni en los pueblos de los alrededores consiguió establecerse. El rufián del cacique y su malvada esposa hicieron las cosas a conciencia y el se sintió impotente para realizar una lucha en tal situación de precariedad.

Fue recorriendo diferentes lugares pero en ninguno consiguió echar raíces y poco a poco, se acostumbró a vivir de la mendicidad, que, aunque parezca ilógico, le estaba resultando bastante rentable. No dependía de nadie y a nadie tenía que rendir cuentas. Se sentía libre como no lo había sido nunca.

Hacia la hora de la comida, abandonaron la Catedral para dirigirse al parque situado en sus inmediaciones. Era el lugar favorito de Paco, donde solía comer muchas veces sentado bajo un árbol y dar una cabezadita antes de regresar al puesto de “trabajo”. El Señorito también parecía conocer el lugar.

—Aquí me “desperté” hace unos cuantos días —comentó el joven, con la mirada perdida en las arboledas—. Allá, al lado del templete cercano al estanque y en medio de unos matorrales. Estaba oculto a la vista de la gente, y ahora, a veces, duermo allí. Me siento seguro, además, no suelo alejarme mucho de aquí.

El mendigo le observaba con curiosidad. “¿Será un poli camuflado?”, se preguntó, pero enseguida descartó tal idea. Él, se ufanaba de conocer a la “pasma” con sólo verlos en la distancia. Eran muchos años ejerciendo mendicidad y acosado por ellos en innumerables ocasiones.

Lo estuvo meditando y al final se decidió. Tomar decisiones era algo que no le costaba mucho y casi nunca pensaba las cosas con demasiada profundidad. Creyó que sería buena idea llevarle con él a su cobijo, al menos, serían dos contra dos. Se lo propuso.

—Mira, Señorito, yo vivo en una granja, medio derruida y abandonada, relativamente cerca de la ciudad, a unas cuantas estaciones de metro. Hace mucho tiempo que la ocupo y me acompañan otros dos colegas, de los que no me fío en absoluto, pero al menos, hacen compañía —se detuvo unos instantes y al comprobar que el joven no decía nada, continuó—: Puedes venir conmigo si quieres. Esos dos no lo tomarán muy bien, pero me respetan un poco y transigirán. Allí, les llevé yo. Y por espacio, no hay problema, tenemos mucho.

Entre bocado y bocado al enorme bocadillo, que rezumaba aceite  por todos los lados, Paco continuó dándole explicaciones a su nuevo compañero. Finalmente, éste accedió. Pensó que por probar no se comprometía a nada y tampoco tenía cosa mejor que hacer.

Pasaron la tarde en la puerta de la Catedral. Tuvieron suerte, ya que fue visitada por varios grupos de turistas que se sintieron generosos con ellos,

—No suele ocurrir esto, no creas —le dijo Paco—. Los grupos de turistas suelen ser “agarrados” y apenas de tejan unas monedas, eso sí, hacen fotografías para pasear nuestras miserias por sus lugares de origen.

Cuando ya comenzaba a declinar el día, se levantaron para dirigirse a la boca del metro a escasa distancia de allí. Paco sacó de un expendedor automático un billete de ida y vuelta para su amigo y bajaron hacia los profundos andenes. El mendigo sabía muy bien que a esa hora, los vagones del metro iban casi vacíos y no se sentía importunado por mucha gente que le reprochaba su suciedad.

Al alcanzar la granja abandonada ya era completamente de noche. Entraron, comprobando que los otros dos vagabundos no habían llegado. Paco sintió una agradable tranquilidad, al menos, tendría tiempo para enseñarle al Señorito su pequeño palacio. La granja tenía bastantes habitaciones. A pesar de que el techo está semiderrumbado en algunos sitios, les permitía tener cobijo con comodidad. Le enseñó las dependencias y le señaló el lugar donde podía dormir y dejar sus cosas. Era una habitación cuya entrada estaba situada en la que ocupaba Paco, así pensó que lo tendría más protegido de los otros dos.

Al poco rato de quedarse dormidos, llegaron los vagabundos y bastante borrachos, por lo que apenas se tumbaron se quedaron profundamente dormidos. Al día siguiente continuaban dormidos cuando abandonaron la granja para ir a la ciudad. Al atardecer, cuando regresaron, estos, estaban cenando y bebiendo vino a grandes tragos. Paco les explicó la presencia del Señorito allí. Gruñeron de cuando en cuando pero no pusieron objeción alguna ni hicieron comentarios.

Fueron pasando los días y el Señorito comenzaba a mostrarse inquieto. Se hacía demasiadas preguntas para las que no tenía respuesta. Le caía bien Paco, pero no le gustaba en absoluto la forma de vida que disfrutaba. Sin embargo, no se lamentaba, tan sólo se limitaba a acompañarle unas horas en la puerta de la Catedral para marcharse luego a recorrer la ciudad. Paco siempre le pregunta donde había estado y que había hecho, pero sus respuestas eran muy parcas.

En ocasiones, Paco no se encontraba bien, sobre todo, hacia el atardecer, padeciendo un estado febril que solía remitir en un par de días. El Señorito comenzó a preocuparse por él y trató de indagar que le ocurría, pero éste, siempre le restaba importancia.

Una mañana pasó delante de una farmacia situada en una de las calles que accedían a la plaza de la Catedral. Al comprobar que estaba vacía se decidió a entrar. Una chica joven, muy guapa, con una sonrisa perenne en su rostro, le miró ligeramente desconfiada y estuvo tentada por avisar al farmacéutico que se encontraba en la rebotica, pero lo pensó mejor. Se fijó en el rostro del joven y no le pareció mala persona. La belleza de sus ojos le conturbó momentáneamente.

Le preguntó si disponía de algún fármaco que no fuera muy caro para combatir la fiebre. Ella afirmó con presteza. Quiso saber que es lo que le provocaba la fiebre, a lo que respondió que no lo sabía, le dijo que era para su compañero, el mendigo de la catedral.

—Le conozco de vista —respondió la muchacha—. Probablemente será algún proceso gripal.

Le mostró un antipirético de los que se suministran sin receta médica y le aconsejo que le llevara a algún centro de salud. Antes de entregarle el medicamento le dijo su precio. El Señorito rebuscó en sus bolsillos y depositó una cantidad sobre la mesa.

—Faltan un euro con cincuenta céntimos —le dijo la dependienta.

—No tengo más —le respondió el Señorito—. Pero dentro de un rato puedo traerle ese dinero.

Le gustó la limpieza de su mirada y sin saber muy bien porqué, le entregó el medicamento. Ella pondría el resto de su bolsillo.

Un día, al regresar a la granja, se vieron rodeados por una patrulla de la Policía nacional. Al frente, D. Julián, muy conocido de Paco por la cantidad de veces que le habían dado el alto. Buscaban a los otros dos mendigos porque, probablemente, habrían cometido un robo con violencia y por las características de los ladrones que aportaron los agredidos, dedujeron que serían ellos.

Al ver al joven, enseguida le rodearon y le cachearon en busca de armas. Le pidieron su documentación, a lo que respondió que no tenía. Lo interrogaron, aunque la mayoría de las veces, Paco trataba de contestar por él. Le explicaron lo que sabían.

—Yo a ti te conozco de algo —le dijo don Julián con un gesto de mala leche en su rostro—, no recuerdo de dónde, pero ya caeré en la cuenta. Paco, tú me respondes de él, ¿entendido?

—¿No sería mejor llevarles a comisaría?, señor —le inquirió uno de los policías, que por su aspecto se las daba de duro.

Don Julián respondió negativamente. “En otro momento, quizá”, le respondió.

Una vez se fueron, Paco le mostró su tesoro, creyó que era el momento oportuno y confiaba en el joven. En un rincón de difícil acceso en el pequeño sótano de la granja había una entrada, muy disimulada, a una estancia que parecía un refugio de la guerra. Era un pasillo largo con varias habitaciones, y al final, otra salida que daba al exterior, al lado de unas rocas y perfectamente disimulada por abundante vegetación. Allí guardaba muchas cosas, ropa de buena apariencia, elementos de cocina, nevera, etc. En una de las habitaciones y disimulada en la pared tenía una caja fuerte en cuyo interior almacenaba una buena cantidad de dinero. Era su vía de escape y podía salir de la granja sin ser visto o permanecer en su interior todo el tiempo que desease, cosa que ya había realizado en varias ocasiones cuando se sintió en peligro, fundamentalmente, cuando la zona era visitada por camellos y drogatas.

Por las fiebres de Paco, tuvo que volver varias veces a la Farmacia. Siempre procuraba entrar cuando no había gente. Se creó una corriente de simpatía entre ambos, que a la muchacha le parecía inconcebible, ¡ella dialogando con un mendigo! Un día vio como se acercaba y salió a la puerta. Le preguntó si quería la misma medicación y al responderle afirmativamente, se ofreció ella a llevársela a la puerta de la catedral, cuando cerrara la farmacia. El señorito, a pesar de usar ropa andrajosa y llevar una barba muy cerrada y pelo muy largo, trataba de salir limpio y sin olores corporales, aunque Paco le decía que un mendigo sin oler a mendigo, no era un mendigo, y se reía descaradamente.

Una tarde, apareció D. Julián vestido de paisano por la puerta de la catedral. Se acercó a Paco, que se encontraba solo. Le estuvo haciendo muchas preguntas sobre el Señorito, y éste contestó lo que sabía. Le enseño un pasaporte abierto con muchas hojas rotas. En una de las tapas se podía ver una foto, también rota y algo borrosa, pero que evidenciaba pertenecer a un joven agraciado. Le preguntó si le conocía, a lo que respondió que no.

—Diría que es tu amigo.

—No creo, éste es extranjero. Mi amigo es español, seguro.

—Esta documentación fue robada hace ya bastantes días. Iba en una cartera con varias tarjetas de crédito y dinero. Los ladrones, maleantes novatos, fueron detenidos unas horas después con todo el botín. Nadie ha presentado denuncia alguna del robo hasta ahora, y no hemos podido localizar al dueño ni sabemos que ha sido de él. Hemos contactado con su entorno en la ciudad donde reside, en París, y tampoco nos dan noticia alguna. Es más, no sabían que pudiera estar en España. Había salido de vacaciones sin rumbo fijo.

A medida que transcurría el tiempo, el Señorito se mostraba más inquieto. No progresaba nada en sus recuerdos y tenía la sensación de haber vivido tan sólo unos meses. Cada día se esforzaba más en recordar, pero era un esfuerzo inútil. Paco estaba también preocupado y se ofreció a pagarle la visita a un médico para que pudiera tratarle. El joven se negaba. Por una parte se sentía a gusto con una vida sin preocupación alguna, sin obligaciones, disfrutaba de una libertad que pensó que nunca había conseguido. Pero por otra parte, se negaba a prescindir de su pasado, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Le preocupaba que su familia, en algún lugar del planeta estuviera angustiada con su desaparición.

Comenzó a usar ropa no tan harapienta que su amigo le proporcionaba y se esmeraba en conservarla siempre limpia. Sus conversaciones con Paco eran cada vez más habituales y comenzaba a sentir curiosidad por las circunstancias de este mundo. Preguntaba insistentemente y paradójicamente, Paco poseía una intuición especial para contestarle. Tenía la sensación de que el mendigo era muy diferente al resto de los colegas. También adquirió el hábito de pasar varias veces al día por delante de la farmacia. En ocasiones, cuando la muchacha lo veía y si no estaba ocupada, se acercaba a la puerta para saludarle y charlar unos minutos, escasos para no levantar habladurías. Entre ellos anidó una especial corriente de simpatía. Le contó que estaba haciendo prácticas en la farmacia, ya que había terminado la carrera hacía muy poco tiempo, y que se sentía muy ilusionada, aunque tampoco le importaría trabajar en algún laboratorio de análisis o de productos farmacéuticos.

—Estoy seguro que con perseverancia, conseguirás lo que deseas.

—¿Y cómo puedes saberlo tú, que apenas recuerdas nada? —le respondió medio en broma y con una amplia sonrisa en su rostro, algo que emocionaba al Señorito por la belleza de la muchacha.

Su mirada se tornó inquieta. Tenía razón Isabel, así se llamaba la muchacha, no recordaba nada y eso, en determinados momentos le abatía profundamente. Apretó con fuerza las mandíbulas como consecuencia de la impotencia que le embargaba y un gesto de rabia afloró en su rostro, algo que no pasó desapercibido a la muchacha.

—¿Te ocurre algo? —quiso saber.

Él la miro dubitativo y su gesto fue tornándose tranquilo.

—Lo siento, discúlpame. Creo que fue un acto reflejo motivado por las extrañas circunstancias que me rodean —guardó silencio durante unos segundos—. A veces siento miedo de lo que pude haber sido mi vida anterior,  en otros, rabia por este desconocimiento total.

Se dio cuenta de que algunos transeúntes les miraban curiosos y su aspecto no era el adecuado para estar hablando con la muchacha, por lo que se disculpó con premura alegando que tenía que hacer un encargo de Paco.

Caminó con paso rápido dirigiéndose directamente hacia el parque. Deseaba llegar a su pequeño y discreto refugio, fuera de las miradas curiosas de los transeúntes y quedarse allí todo el día. Al alcanzar la enorme verja de acceso al parque, sintió un fuerte pinchazo en la nuca que le hizo trastabillar. Sintió una especie de fogonazo en sus ojos que le obligó a cerrarlos fuertemente. Fueron unos escasos pero dolorosos segundos., en los que tuvo la sensación de vislumbrar entre brumas, una magnífica e impresionante catedral en la ribera de un caudaloso río. A pesar de la desagradable sensación, deseó volver a sentirlo de nuevo pensando que quizá, era una visión de su ciudad.

Tras unos instantes de vacilación se sintió mejor, mucho mejor. Vio algo que no estaba en sus vivencias actuales, lo que le predispuso a creer que podría estar recobrando, al menos, parte de su memoria. Decidió pasear por la ciudad hasta cansarse pensando que le sentaría muy bien, y así lo hizo, pendiente siempre de los lugares que recorría para que su regreso no se volviese complicado.

En una amplia acera vio un escaparate en el que se exponían productos alimenticios. Era uno de los mejores restaurantes de la ciudad, aunque él lo ignoraba. La llamó la atención los productos excelentemente presentados y le parecieron familiares, sin recordar sus nombres, en su paladar pudo sentir la sensación de sus sabores y supo que ya los había probado con anterioridad, sobre todo, algunos de ellos, que eran realmente exquisitos. Pudo ver la carta sobre un pequeño atril y comprobó horrorizado los precios expuestos. “¿Quién podrá pagar estos precios por una comida?”, pensó, y de inmediato se dijo, “quizá yo he podido”.

Cuando regresó a la Catedral, se encontró a Paco muy preocupado por él.

—¡Podías haber avisado, joder! —le increpó adustamente nada más verle.

Le pidió disculpas y después le contó lo que le había sucedido. El buenazo de Paco pensó que nunca había estado tan locuaz e incluso contento. Se alegró por él pero con la preocupación reflejada en su rostro. Intuía que cuando recobrara la memoria, indudablemente lo perdería como colega, como socio y como amigo.

Una mañana, el Señorito observó como dos jóvenes con aspecto de drogaditos merodeaban por las cercanías de la farmacia. Entraban y salían escasos clientes. En un momento dado, el boticario también abandonó el local, quedando Isabel sola en el interior. Los dos jóvenes, bastante nerviosos, accedieron al interior con prisas. Se dio cuenta de que trataban de robar y probablemente podrían  provocarle algún daño si ofrecía resistencia. Se acercó con premura y ya en la puerta pudo ver como los individuos amenazaban a Isabel con unas jeringuillas de agujas muy largas. Le pareció ridículo que las utilizaran como armas, pero el gesto de pánico de Isabel le obligó a entrar. Cogió a los jóvenes por el cuello de sus cazadoras y les dio un fuerte tirón. Estos cayeron al suelo con brusquedad, ya que sus fortalezas eran más bien escasas. Isabel, al verse libre, accionó el sistema de alarma, mientras que el Señorito los vigilaba. En un instante de despiste, el drogadicto más corpulento asió una pierna del Señorito haciéndole caer de espaldas. Estos, trataron de salir corriendo, pero en la puerta ya se había formado un grupo de gente que se lo impidió.

El Señorito, al caer, se golpeó en la nuca contra una de las estanterías y perdió el conocimiento, quedando tirado en el suelo totalmente deslavazado.

Poco después llegó la policía y al verle inconsciente, llamaron a una ambulancia para trasladarlo al hospital más cercano, donde permaneció, durante unos días, totalmente inconsciente. Los médicos que le atendieron dijeron que no había peligro inminente, aunque podría tener algunas secuelas cerebrales. Uno de los policías avisó a D. Julián para informarle de lo que ocurría con el joven por el que tenía un determinado interés.

Allí, habló con el médico que le atendía y le pidió que le cortaran el pelo y lo afeitaran. El doctor le dijo que era todavía era prematuro hacer eso en las condiciones que estaba, pero que en uno o dos días se cumplirían sus deseos.   

Fueron transcurriendo las horas, y a pesar de que no recobraba la consciencia, el equipo médico pudo comprobar que sus constantes vitales se acercaban a la normalidad. Su ritmo cardíaco estaba estabilizado y su respiración mucho más sosegada. Parecía que su mente se había disociado de su cuerpo. Su actividad cerebral era muy baja, quizá la suficiente para controlar su organismo y no entrara en colapso funcional. Cuando Paco fue a visitarlo y le permitieron verlo a través de una cristalera, creyó que se habían equivocado de paciente.

Un monótono sonido le sobresaltó ligeramente. Una imperceptible sacudida recorrió el cuerpo del mendigo y en su mente vislumbró unas imágenes. Se veía caer en un profundo precipicio bajo la asustada mirada de Isabel y unas risas burlescas de dos andrajosos drogatas. Trató de abrir los ojos pero los párpados parecían losas de piedra. Apenas pudo vislumbrar una habitación muy blanca, repleta de diversos aparatos con luces que parpadeaban sin cesar. Tras la cristalera de una de las paredes pudo ver, entre brumas, como se movían personas vestidas con uniformes verdes y blancos. Aunque se negaba a aceptarlo, intuyó que se encontraba en un hospital, y que su estado tenía que ser muy grave cuando no sentía nada de su cuerpo.

El ritmo cardíaco se aceleró momentáneamente, lo que atrajo la atención de una enfermera. Se quedó unos instantes a su lado comprobando la evolución de los aparatos a los que estaba conectado. Sin saber muy bien porque, decidió ocultar que se había despertado y trató de tranquilizarse, cosa que consiguió casi de inmediato. La enfermera, tras las comprobaciones rutinarias, abandonó la habitación.

El Señorito comenzó a pensar en el motivo por el cual se encontraba allí. Recordó el incidente con los drogatas, y se preguntó con enfado qué diablos estaba haciendo en aquella farmacia. Vislumbró la imagen de Isabel, lo que le hizo sonreír con dulzura. No tenía idea de donde estaba, ni que hacía allí, pero de lo que estaba seguro era de no encontrarse en París.

Comenzó a sentirse muy cansado y en unos segundos se quedó profundamente dormido. Cuando se despertó, hizo esfuerzos para recordar y a su mente llegaban retazos de su vida aunque no con mucha claridad. Sin embargo, sabía que estaba en el buen camino, y que quizá era cuestión de un poco de tiempo para recobrar la normalidad.

Los médicos que le atendían estaban satisfechos por la rápida evolución física del joven, a pesar de que todavía era incapaz de recordar su pasado, al menos, así trató de que lo interpretaran.

Varios días después de su ingreso, observó un movimiento de gente a través de la cristalera de la habitación y creyó ver, entre otros, al jefe de la policía que, con anterioridad, le había preguntado por su vida, cuando se encontraba con Paco en la escalinata de la Catedral. Poco después entró en la habitación.

 

—¿Cómo se encuentra, muchacho? —le preguntó con un tono jovial en su voz—. Ya veo que su aspecto ha mejorado mucho con el corte de pelo y el afeitado. Parece otra persona, un cambio muy notable, indudablemente.

El joven no comprendió muy bien, aunque se llevó la mano derecha al rostro y a la cabellera. Siempre iba afeitado y su pelo, generalmente corto. Recordó súbitamente, que después del asalto que sufrió en los jardines, había vivido como un vagabundo.

—Creo que bien, gracias. Usted no es médico, ¿verdad? —trató de fingir que no le conocía, aunque sin saber muy bien porqué.

Don Julián volvió a contarle lo que ya en una ocasión le dijo a Paco. El señorito optó por no reconocer ni negar nada. Quiso mantener su anterior estado de amnesia por algún tiempo, el necesario para aclarar bien sus ideas y hacerse cargo de la situación. El policía le dijo que creía que era él la persona a la que correspondía la documentación requisada a unos ladronzuelos, pero estaba tan deteriorada que era difícil saberlo. Le rogó que no saliera de la ciudad sin hablar con él. En la comisaría tenían una cartera con tarjetas de crédito y dinero, que si constataban que le pertenecían, le serían devueltas.

La conversación fue, prácticamente, un monólogo por parte del policía, que estuvo muy amable y agradable en todo momento, incluso le contó anécdotas sobre la vida de Paco, al que le tenía una determinada estima y que sabía que era un vagabundo muy especial.

Cuando se despidió, el joven respiró aliviado y trató de retomar el hilo de sus meditaciones. Fue recordando que era ciudadano francés, aunque disponía también de la nacionalidad española por parte de su padre, fallecido hacía unos cuantos años en un accidente estúpido en una carretera en mal estado. Desde entonces, tuvo que hacerse cargo de la empresa familiar, fabricante de componentes informáticos de última generación, empresa que dirigió con mano dura en la que se ganó una reputación entre su personal de gerente excesivamente exigente, al que admiraban pero a la vez odiaban por sus sistemas de trabajo.

Recordó el instante en el que decidió tomarse unas vacaciones y tras una escueta llamada a su director financiero, desapareció de la empresa y en la actualidad no tenían ni idea de su paradero. Su madre estaba habituada a su forma de ser y no se preocupaba, pero en la empresa, y después de la llamada de un policía español interesándose por su persona, sí comenzaron a preocuparse. La excusa le había parecido una buena idea, pero ahora ya no lo creía así. Realmente, su viaje lo había programado para mantener unas entrevistas con dos fabricantes españoles de componentes informáticos y que pretendía realizar en el más absoluto secreto.

Desde hacía un tiempo, en sus laboratorios se estaban desarrollando unos componentes que iban a revolucionar el mundo de la informática, cuestión que el Ministerio de Defensa no veía con buenos ojos, ya que según las filtraciones habidas, todo el sistema informático del mismo sería totalmente vulnerable hasta en manos de niños.

Las palabras de don Julián todavía danzaban en su mente, ahora las recordaba bien. Tan sólo encontraron un pasaporte medio destruido y tarjetas bancarias. No hizo ninguna referencia al hotel en el que se encontraba hospedado ni a las llaves de la habitación y de su coche. Tampoco aludió a documentos, que él sí sabía que llevaba consigo, que a pesar de no ser muy reveladores, eran importantes y que ahora le obligaría a cambiar de estrategia. Sin embargo, el policía sí mencionó una llamada de la policía desde París interesándose por su paradero. ¿Cómo podría saber la policía que se encontraba desaparecido si no hubiera tenido parte alguna en los acontecimientos?

No dudó en pensar que había sido agredido por mandato de algún alto miembro de algún ministerio, robarle su documentación, registrar su habitación en el hotel y aparentar que había sido asaltado por un par de parias españoles. Todo ello, con el ánimo de descubrir cuales eran sus intenciones y en que situación se encontraba el programa de fabricación de dichos elementos informáticos.

Decidió que tenía que abandonar el hospital sin que se enterara nadie. Bueno, tendría que contar con la ayuda de Paco, pero sabía que podía confiar en él. Por eso, cuando a última hora de la tarde le permitieron que entrara en su habitación unos instantes, le pidió que le proporcionara ropa discreta y que procurara llevársela al día siguiente a la misma hora, ya que sería más fácil pasar desapercibido. También le pidió que le comprara un teléfono móvil con tarjeta prepago, no harían preguntas.

Al día siguiente todo salió como lo tenía planeado. Paco quiso llevarle de nuevo al su refugio, pero el Señorito se negó.

—Don Julián conoce el lugar y en cuanto le comuniquen mi marcha, irá corriendo a ese lugar —trató de aclararle—. ¿Puedes prestarme algo de dinero?

Paco ya lo había previsto y sacó un buen montón de billetes doblados y sujetos con un clip.

—Por cierto, Paco —le dijo, mientras le asía del brazo—, me llamo Jean Paul. Gracias por el dinero, pero sobre todo, gracias por tu compañía, y no te preocupes, te lo devolveré todo.

—Para mí, siempre serás Señorito —y sonriendo, añadió—; si no te importa, claro. También he comprado un móvil para mí. En tu tarjeta tienes mi número para cualquier cosa que necesites. ¿No vas a despedirte de Isabel? Ella fue a verte mientras estabas inconsciente. Al instante no te reconoció, pero se quedó gratamente sorprendida por tu cambio. Te está muy agradecida y apesadumbrada por el riesgo que corriste por ayudarla. Además, creo que le gustas mucho. Sus ojos fulguran cuando te miran.

El joven le explico que no era conveniente, ya que la policía también podría estar vigilando el lugar por si aparecía allí. Le dijo que le pidiera su teléfono móvil, que él la llamaría.

Paco se dio un golpe con la mano derecha en la frente.

—Claro, tenía razón don Julián —le dijo con gesto de sorpresa—. Tu eres el joven a quien robaron los ladronzuelos.

Jean Paul desapareció de la vida del mendigo de forma fulminante. Fueron pasando los días sin tener noticias de él. Estaba muy preocupado por la forma en la que lo hizo, presintiendo que era una huída en toda regla y sin deseo alguno de esclarecer su situación ante la policía.

Durante el día, Paco se encontraba entretenido, como siempre, ejerciendo la mendicidad sin complicación alguna. A veces, introducía su mano en el bolsillo del pantalón para sentir el contacto con el teléfono móvil, y si no había mirones por los alrededores, lo sacaba para comprobar si había recibido alguna llamada. Con decepción, volvía a guardarlo. Sintió la tentación, en varias ocasiones, de llamar él, al Señorito, pero desistía de inmediato. “Sus razones tendrá cuando no llama, y no seré yo quien le importune”, se decía con convencimiento.

Por las noches era cuando le echaba de menos. “!Diablos, ¿cómo puedo tenerle tanto cariño si ya no quiere saber nada de mi?”, se decía en el transcurso de algún ataque de rabia, pero en el fondo de su corazón le estaba muy agradecido. Con él a su lado, se había sentido otra persona, había despertado sensaciones que creía muertas en su corazón y añoró tenerle y disfrutar de él como el hijo al que hay que cuidar.

Sin apenas darse cuenta, fue cambiando su forma de ser. Comenzó a cuidar de su persona, y a pesar de continuar usando un ropaje casi andrajoso, su aseo personal se estaba convirtiendo en esmerado. Recortó su pelo y su barba y en muchas ocasiones, sobre media tarde, regresaba al refugio para cambiarse de ropa, adecentarse y regresar a la ciudad para deleitarse con una buena cena, incluso se permitía ver algún espectáculo que considerara atrayente, fundamentalmente, el cine, donde comenzó a sentir verdadera satisfacción. ¡Le hubiera gustado tanto poder compartir todo eso con el Señorito!

En alguna ocasión estuvo tentado de pedírselo a Isabel, pero temía que esa incipiente amistad que estaba surgiendo entre los dos, con el elemento común del Señorito, pudiera truncarse, y eso era algo que no deseaba que ocurriera nunca.

Isabel se acercaba a la Catedral hacia el mediodía y le preguntaba si sabía algo de su amigo. Le preguntó en varias ocasiones si estaba seguro de entregarle su número del móvil. Paco asentía, pero no le decía que él, estaba también sin noticia alguna. El joven, el mendigo, el Señorito, parecía haberse volatizado de sus vidas.

Un día, hacia media mañana, suena el teléfono en la farmacia. En ese instante, Isabel se encuentra sola y diligentemente entró en la rebotica para contestar.

—Buenos días, señorita —respondió una voz a su escueto “¿diga?”.

—Buenos días —contestó Isabel —, ¿en qué puedo servirle, señor?

La voz, al otro lado del teléfono, se presentó como el responsable del departamento de investigación y desarrollo de una empresa española, preguntándole si ella era licenciada en Farmacia y estaba en posesión del doctorado. Tras la respuesta afirmativa de Isabel, el personaje le explicó, someramente, que estaban captando titulados con un buen expediente académico y conocimientos en el campo de la nanociencia y que le gustaría tener una entrevista con ella para explicarle en que consistiría el trabajo y saber si estaría interesada en ocupar un puesto de investigadora en ese departamento.

El corazón de Isabel comenzó a latir aceleradamente, tanto, que creyó que su ritmo sería captado de inmediato por su interlocutor. Respondió afirmativamente tras hacerle unas cuantas preguntas para comprobar que la información la había obtenido a través de la Facultad de Farmacia.

Varios días después, su confianza era plena. Había visitado la empresa donde iría a trabajar, situada en un pueblecito cercano, industrialmente desapercibido y bien comunicado. El farmacéutico le había ayudado mucho en tomar la decisión, tras haberse tomado las molestias de hacer algunas indagaciones previas.

Su nuevo jefe era un hombre encantador, muy alto, con aspecto de sabio despistado y con una gran capacidad de trabajo. En ese aspecto, era incansable y demostraba el placer que sentía realizándolo.

Muy poco tiempo después, Isabel comenzaba una nueva vida. Su trabajo le iba a obligar a estar en constante preparación y evolución. Tenía mucho que aprender en aquel campo y se sentía muy ilusionada, aunque de cuando en cuando, pensaba que echaría de menos aquellas breves charlas con Paco, el eslabón al que trataba de aferrarse para saber algo del Señorito. A veces se decía; “¿Cómo es posible que dos mendigos hayan calado tan profundamente en mi?”, descartando la forma peyorativa en sus pensamientos.

Transcurrieron unos meses e Isabel progresaba con rapidez, adquiriendo elevados conocimientos en el campo de la nanotecnología, ciencia que la mantenía fascinada.

Alguna vez, en sábado o domingo, se acercaba por la Catedral para saludar a Paco. Aunque sin preguntar por el Señorito, sus miradas la denunciaban y Paco lamentaba no poder darle noticia alguna.

Mientras tanto, Jean Paul, se encontraba totalmente absorbido por su empresa. Sin embargo, su personal pudo apreciar en él, un extraordinario cambio a pesar de mantener su capacidad y ritmo de trabajo. Se había transformado en una persona mucho más asequible y afable, y su presencia ya no causa aquel temor e incluso odio de tiempos atrás.

Por sus extraordinarias relaciones con políticos y hombres de empresa, consiguió aclarar aquel suceso acaecido meses atrás en España. Tuvo un pequeño reconocimiento en el Ministerio de Defensa por la irregular actuación de determinado personaje que buscaba notoriedad, ascensos y, posiblemente, dinero. Obtuvo la promesa de que nadie iba a inmiscuirse en los desarrollos presentes o futuros que tuvieran lugar en su empresa, pero con el ruego de que cualquier novedad que les pudiera afectar, fuera puesta en su conocimiento con el tiempo suficiente y ser tratados como un cliente de excepción.

Jean Paul se dio por satisfecho con las garantías recibidas y trató de olvidar el incidente, que, a pesar de todo, resultó muy positivo en su vida.

Según el hombre del tiempo, el fin de semana se presentaba muy apacible, con altas presiones y temperaturas agradables. Isabel decidió salir de compras y desde bien temprano ya se encontraba recorriendo las principales calles de la ciudad y visitando los establecimientos de moda, cuyos escaparates exponían las novedades para la época estival como una explosión de formas y color.

Hacia última hora de la mañana decidió acercarse a la farmacia para saludar a don Jesús, su afable farmacéutico. Ya en los alrededores de la Catedral trató de localizar a Paco, pero su lugar habitual se encontraba vacío. Lo sintió, pensando que quizá estuviera postrado por aquellas fiebres tan frecuentes. “Volveré mañana”, pensó y se acercó a la farmacia. Estuvo un buen rato dialogando con su antiguo jefe, al que le hizo sentir una ligera envidia cuando le explicó el desarrollo de su trabajo. Poco después, se despidieron, no sin antes hacerle prometer que le visitaría con mayor frecuencia.

Al día siguiente tampoco pudo localizar al mendigo y se sintió preocupada a pesar de decirse que eso era absurdo y que seguramente se encontraría por cualquier lado haciendo lo de siempre, pedir limosna. Durante varios fines de semana consecutivos estuvo paseando por los alrededores de la Catedral, pero ni rastro de Paco, ni de ningún otro mendigo que ocupara su lugar. Los dos mendigos habían desaparecido de su vida sin dejar el más mínimo rastro, lo que le produjo una determinada tristeza. “¿Cómo habían podido calar tan hondo en ella?”, se preguntaba sorprendida con determinada frecuencia, aunque luego añadía; “quizá es lo mejor que podría pasar”.

Su trabajo era absorbente y muchas veces, en su laboratorio, la concentración era tal, que parecía que el mundo había dejado de existir para ella. El interfono sonaba muchas veces sin que le prestara atención alguna. Fue una de sus auxiliares quién llamó su atención a través de los cristales que separaban los departamentos. Entonces escucho la melodiosa voz de la secretaria de dirección requiriéndola en la sala de juntas. En su rostro afloró un gesto de malestar por la interrupción, pero al salir del laboratorio ya expresaba su habitual sonrisa.

Al entrar en la sala de juntas pudo ver a dos hombres y una mujer situados de espaldas a la entrada. Carraspeó para llamar la atención, ya que no veía de quienes se trataban. El primero en girarse fue su director, a continuación, una hermosa mujer de cabellos rubios recortados y unos ojos grandes y claros, de esbelta figura enfundada en un precioso traje de chaqueta color crema, que no aparentaba su edad real. Miró a Isabel con gesto complacido. El tercer personaje, vistiendo un impecable traje azul marino, camisa azul claro y una corbata a rayas rojas y blancas, también se giró con una amplia sonrisa en su rostro.

Isabel se acercó para saludarles. Estrecho la mano tendida de su director, después la alargó hacia el otro personaje, que permanecía en la misma actitud, y que a pesar de sus años, le pareció atractivo.

—Buenos días, Isabel —le dijo este último con un gesto de complicidad en el rostro— ¿No me recuerdas?

Ella le miró fijamente, con curiosidad. Sus ojos le recordaban a alguien pero no era capaz de imaginar a quien.

—Quizá he cambiado un poco últimamente —aclaró el personaje— ¿Te dice algo el nombre de Paco?

Isabel se llevó ambas manos para tapar su boca que se había abierto por la sorpresa que sintió.

—¿Paco… —dudó unos instantes—… el mendigo?

Paco sonrió afablemente y muy complacido. Se acercó a ella, que no pudo contenerse y se abrazó a él con las lágrimas aflorando ya en sus ojos.

—¡Dios mío… Paco… qué alegría…!

De repente se le quedó mirando sorprendida, como preguntándose que podía estar haciendo allí, un mendigo, elegantemente vestido y acompañando, además de a su director, a una preciosa mujer, que pensó que podría ser su esposa, aunque de inmediato lo descartó.

—Me llamo Catherine —dijo la elegante mujer, adelantándose unos pasos hacia Isabel—. Soy la responsable de Relaciones Públicas —la besó cariñosamente en ambas mejillas, con cordialidad y añadió—;Eres preciosa, Isabel. Ya me lo había comentado, pero creía que era puro deslumbramiento masculino. Veo que estaban en lo cierto.

Una oleada de calor se apoderó de su cuerpo sin saber muy bien el motivo. Sintió que la presencia de aquella mujer, era especial.

El director le dijo que Catherine y él tenían que dejarles solos unos instantes. Luego volverían para mantener una charla de trabajo.

El rostro de Paco no había perdido la sonrisa y demostraba la satisfacción que sentía al estar con ella allí. Le explicó que le habían contratado como responsable de seguridad de una empresa situada en los alrededores de París y que no dudó en aceptar el puesto inmediatamente.

—¿Responsable de seguridad? —le preguntó muy sorprendida— ¿Cómo es posible, Paco? —añadió sin apenas creérselo.

—En mis años mozos fui policía. Luego, las circunstancias cambiaron demasiado mi vida. Quizá en alguna ocasión te las cuente.

—¡Me encantará, y te escucharé complacida!

Tras un rato de charla, Isabel no pudo contenerse y le preguntó por el Señorito y si sabía algo de él. Su expresión denotó claramente el efecto de las palabras de Paco al decirle que no sabía nada. Sin embargo, su sexto sentido le estaba insinuando que Paco mentía, o no decía toda la verdad.

Quiso saber que hacía él allí y que relación tenía con su empresa. Le contestó que su presencia allí se debía a su trabajo habitual. En aquellos momentos se ocupaba de la seguridad personal de la directora de Relaciones Públicas y que según tenía entendido, eran socios de la empresa española. Ya no sabía más.

Mas tarde, regresaron Catherine y su director. Entraron en la sala charlando desenfadadamente. Tomaron asiento. La elegante mujer tomó la palabra, dirigiéndose a Isabel y a su director. Les explicó la estrategia que habían determinado en la sede de París. El laboratorio de investigación y desarrollo volvía a asumir todas las funciones que le eran propias dentro del grupo y en consecuencia y dados los últimos acontecimientos en relaciones externas, los desarrollos de nuevos productos que se estaban llevando a cabo en España y en Italia, retornarían a la sede de París.

Isabel sintió una ligera decepción al comprender  que sería separada de su actual trabajo y quizá tendría que dejar la empresa. Catherine disipó sus dudas de inmediato.

—Este cambio —le dijo mirándola fijamente a los ojos—, te atañe muy directamente, Isabel.

Sintió una ligera opresión en el estómago pero no perdió la compostura ni tampoco hizo comentario alguno. Se limitó a esperar.

Tras unos instantes de silencio, para comprobar el efecto de sus palabras, Catherine continuó:

—Implica que tendrás que trasladarte a París para hacerte cargo de la misma sección que hasta ahora, pero con una mayor dimensión y mucho más trabajo, donde tendrás que tomar tus propias decisiones. No dudo que aceptarás el traslado. En cuanto a las condiciones del mismo, no tendrás que preocuparte, será recompensada a tu entera satisfacción.

La muchacha se quedó anonadada, sintiéndose incapaz de responder. Si estos laboratorios la tenían impresionada, ¿cómo serían los de París?

Catherine la miraba, risueña, mientras esperaba su respuesta.

—¿Te interesa la propuesta, querida? —le preguntó poco después y en un tono amabilísimo.

—¡Oh… Sí… claro respondió entre balbuceos —Es que todavía no me lo creo.

Su director sonrió complacido, aunque dijo que sentía profundamente perderla como colaboradora directa.

—Además —añadió—; es una experta catadora de vinos. En este sentido, su paladar es exquisito, y los vinos que me recomienda  siempre son un acierto.

Isabel se sonrojó, complacida. Era una de sus aficiones favoritas, combinar excelentes vinos con excelentes comidas. Se lo debía a sus padres, a partes iguales.

—¿Cuándo tendré que incorporarme? —quiso saber, pero estaba dispuesta para cualquier momento.

—Puedes tomarte unos días de vacaciones. Después, te incorporas. Tu trabajo aquí, puedes terminarlo a lo largo de la semana. Deja las instrucciones pertinentes para que preparen todo lo que precises y lo envíen a Paris. Yo estaré por aquí unos cuantos días. Me tienes a tu disposición para cualquier cosa.

Isabel creyó que comenzaba a flotar en el espacio. Nunca imaginó que su trabajo profesional pudiera desarrollarse de tal forma. En alguna ocasión se preguntaba extrañada, porqué solamente la habían contratado a ella, cuando al principio le dijeron que buscaban licenciados, en general. Pero al conocer poco a poco la empresa, esas dudas desaparecieron rápidamente, sobre todo al pensar que hacía tan solo unos meses se encontraba dispensando medicamentos en una pequeña farmacia, algo que no le disgustaba, pero sabía que con el tiempo, eso no sería de su satisfacción.

A lo largo de la semana Catherine fue informándole sobre su nuevo trabajo como prolongación del actual. En algunos ratos, departía alegremente con Paco, que demostró ser muy diferente a lo que representaba como mendigo. Fue comprendiéndolo a medida que le relataba retazos de su vida. A veces, sintió verdadera pena por las situaciones que le toco vivir, pero se sentía satisfecha por poder contar, ahora, con su amistad.

Tras unos días de vacaciones y después de despedirse de su familia y amigos, se trasladó a París para conocer las oficinas centrales de su nueva empresa. Se sintió impresionada a medida que recorría los diversos departamentos y se preguntó como serían los laboratorios, que se encontraban situados en la población de Meru. Según le comentó Catherine, allí, dispondría de un apartamento, propiedad de la empresa, desde el cual se podía llegar andando hasta su nuevo despacho. También tenía capacidad para que sus familiares pudieran visitarla sin tener que utilizar un hotel de la ciudad.

Y el tiempo fue transcurriendo con inusitada rapidez, según sus palabras. Se adaptó perfectamente al ambiente de la población, y sin lugar a dudas, a su nuevo trabajo, que cada día le deparaba agradables sorpresas profesionales. Disponía de un equipo muy competente, y estaba segura de que muchos de ellos, tenían muchos más conocimientos que ella y más experiencia. Sin embargo, en ningún momento se produjeron situaciones que permitieran sospechar de la existencia de envidias o rencores. Congeniaron muy bien, y ella, fue desarrollando, sin apenas darse cuenta, una gran capacidad y habilidad de mando. Tomaba decisiones con gran naturalidad, incluso decisiones arriesgadas, que siempre contaron con el beneplácito de su dirección.

Una tarde, al contestar al teléfono, escuchó la voz amable de Paco al otro lado. Se alegró mucho por ello. Charlaron unos instantes, después, Paco le dijo:

—No quiero entretenerte. Sé lo ocupada que estás. Te llamaba para saber si no tendrías inconveniente en cenar hoy, o cualquier otro día con este mendigo exiliado de su país.

Isabel soltó una sonora carcajada.

—¡Por supuesto, mendigo mío, ¿acaso lo dudabas?!

Y esa misma noche cenaron juntos en un pequeño restaurante con una excelente cocina. Hacía mucho tiempo que Isabel no se divertía tanto y Paco, probablemente, era la primera vez que lo hacía. Solamente se formó un cierto aire de tristeza cuando hablaron del Señorito. Paco le contó como habían vivido aquellos meses que estuvo en España. Le habló de su refugio, del dinero que fue ahorrando y que ahora tenía invertido en valores seguros. Pero a pesar de esa ligera tristeza, Isabel estaba encantada por conocer facetas nuevas del Señorito. Aún recordaba la impresión que sufrió cuando le vio en la habitación del hospital temiendo por su muerte. También recordaba su agradable aspecto, con el pelo corto y la barba rasurada. Si le recordó con nostalgia sintiendo unos enormes deseos de volver a verle.

—La próxima cena —le dijo Isabel al despedirse—, ¿me permitirás que invite yo a mi querido mendigo exiliado?

Paco sonrió, pero una fuerte emoción ascendió por su cuerpo que casi le hace llorar. A duras penas pudo aguantarse.

En un viernes con una mañana luminosa, Isabel salió de su despacho y se introdujo en el laboratorio, al cual accedía desde el mismo. Su rostro denotaba el estado de ánimo en que se encontraba y se sentía muy contenta. Los resultados obtenidos en los ensayos que estaban realizando desde que se encontraba en Francia eran óptimos, superando sus propias expectativas. Tan sólo le restaba validarlos para presentarlos ante la dirección.

Estuvo un buen rato dialogando con el personal investigador, deseando contrastar las directrices de los ensayos y que seguían, en todos los aspectos, las normas que dictaban los protocolos establecidos. Más tarde abandonó la sala para dirigirse hacia el despacho del director y hacerle partícipe, con todas las reservas iniciales, de dichos resultados. Tenía que recorrer un largo pasillo acristalado que permitían gozar del encanto de los jardines de la fábrica, esmeradamente cuidados. Al fondo, le pareció ver a Catherine que caminaba en su dirección, acompañada de una persona que no pudo identificar en la distancia.

Cuando ya se encontraban a punto de cruzarse, pudo ver la agradable sonrisa de la mujer que la miraba fijamente y se disponía a besarla en la mejilla. Isabel miró a su acompañante y su rostro se quedó lívido, llevándose ambas manos a la boca para ocultarla.

Jean Paul sonreía complacido al ver de nuevo a su querida farmacéutica.

—Isabel —le dijo la mujer antes que ninguno de los dos articulara palabra alguna, aunque los ojos de Isabel le miraban completamente abiertos por la sorpresa—, te presento a mi hijo, también es mi jefe, y tu jefe, bueno, es nuestro jefe —terminó riéndose abiertamente.

El joven se acercó a ella, casi rozándola.

—¿No le vas a decir nada al Señorito mendigo? —le dijo en broma.

Acercó sus mejillas a las de ella y las presionó con sus labios sintiendo como una lágrima los mojaba.

Con tremendo esfuerzo, Isabel se repuso de su sorpresa y al mirarle directamente a los ojos se dio cuenta del gran amor que sentía por él. Sonrió tiernamente y le hizo saber la enorme alegría que sentía al verle en inmejorables condiciones. Le preguntó si ya se encontraba totalmente restablecido y suspiró liberada de la tensión cuando escuchó sus palabras.

—Entremos en tu despacho —les dijo Catherine—, aquí somos un perfecto blanco para todas las miradas del personal.

Ya una vez en el interior, tomaron asiento alrededor de la pequeña mesa de reuniones. Isabel le acosó a preguntas sobre lo ocurrido y comprobó como Jean Paul disfrutaba contándole, con determinado humor incluido, todas las peripecias sufridas. Hablaron de Paco, del que comentó que se había quedado llorando en el despacho de su madre cuando le descubrió después de tanto tiempo.

—Es un hombre muy especial, incluso habiendo ejercido de mendigo —le dijo Catherine—. Yo le estoy profundamente agradecida por el comportamiento que tuvo con Jean Paul y toda la ayuda que en su momento le prestó. A ti también te estoy muy agradecida, querida Isabel. Sé del maravilloso cambio sufrido por Jean Paul y que tú, eres la principal responsable.

Isabel sintió como enrojecía por esas palabras y por la mirada del joven sobre ella, pero se sentía maravillosamente feliz.

—Isabel —continuó Catherine—, quiero pedirte un importante favor. Deseo que viajes con nosotros este fin de semana a París. Tenemos muchas cosas de que hablar. Jean Paul también desea hablar contigo, así que tendremos que disputarte constantemente. ¿Vendrás?

Isabel se encontraba anonadada y pensó y deseó que Jean Paul también sintiera por ella ese mismo afecto. Ahora empezaba a intuirlo. Asintió con la cabeza, aunque finalmente pudo repetir varias veces el sí.

Cuando se encontraron solos, Jean Paul se levantó de su asiento, la cogió por la barbilla y depositó sobre sus labios un tierno beso, que fue correspondido.

—¡Te quiero, chiquilla! No sé que me has dado, pero cuando estoy lejos de ti me siento hambriento de tu visión.

Isabel se levantó llorando, pasó los brazos por su cuello y lo besó. Fue un beso prolongado, tratando de recuperar todos aquellos instantes en los que lo deseó. Segundos después se separó.

—¡Qué estamos trabajando! —le dijo, con rubor en las mejillas, y se sentó de nuevo.

—¿Cuándo te va a permitir tu trabajo volver a tu ciudad?

—¿Cómo dices? —le preguntó inquieta, sin atreverse a pensar nada.

Jean Paul sonrió alegremente.

—Mi madre, aunque la ves tan moderna, tiene sus manías de protocolo. Quiere, cuanto antes, conocer a tus padres y pedirles tu mano para su hijo y jefe favorito.

—¿Quieres casarte conmigo, Jean Paul? —le miró con gesto picaresco— ¿Si todavía no te he dicho que te quiero?

—¿Y? —la miro dubitativo.

—Pues, ¡qué te quiero, Señorito, mi mendigo favorito; te quiero!



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