RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A



SITUACIÓN  LÍMITE

Caminaba por la Gran Vía, relajado, con pensamientos muy positivos. En mi Cartier, las agujas del reloj marcaban las cercanías de la media sobre las ocho de la tarde, hora en la que, en los prolegómenos de un cambiante otoño, el sol alcanzaba su cenit y el frío comenzaba a sentirse en la alocada ciudad. Me gusta el otoño por su especial colorido, por el recogimiento que proporciona tras los alucinantes meses de verano y sus vacaciones, porque la vida se ralentiza, se hace breve y deseamos que sea efímera a pesar de sentirnos bien ella.

Al alcanzar la primera esquina y antes de introducirme en ella, un gélido soplo de aire acarició con fuerza mi rostro despertando en mi cerebro todas las alarmas. Sentí presencias extrañas, fuertes, con ansias de dominio y que su deseo era atacarme y poseerme con plenitud. Dentro de él, en el lugar más recóndito donde se guarda la capacidad de visualización, comenzaron a formarse rápidas imágenes de unos seres apocalípticos, carentes de sentimientos y con un sentido de la propagación desmesurado.

Mis constantes vitales recibieron las pertinentes descargas de adrenalina para situarlas en defensa plena, sin fisuras, prestas a unificarse para un posterior ataque.

Mi cuerpo se estremeció convirtiéndose en un arma preparada para defenderse y contraatacar de forma inmediata. Otro golpe de aire abofeteó mi rostro sin piedad alguna, presagiando instantes de peligrosidad infinita. Al frente vislumbré una cafetería y de inmediato pensé que podría guarecerme en ella mientras esperaba ese ataque inminente.

El camarero, nada más verme, intuyó que me encontraba en una situación anormal. Me preguntó en que podía ayudarme en vez de decir, “¿qué desea tomar el señor?” Mis ojos, desorbitados por momentos, le miraron con temor, pensando que podría formar parte de una avanzadilla del temeroso enemigo. Le grité a mi cerebro “¡Calma, todo está bien!”, pero no tenía gran confianza en mi mismo. Él comenzaba percibir la posesión de esos seres que cuando definían su presa, difícilmente la iban a soltar.

Acaricié con mimo la pistola enfundada bajo mi asila izquierda esperando que me infundiera ánimos, como siempre. Ella y yo formábamos un único ser y nuestro cerebro nos dominaba a los dos. Pero, en esta ocasión, no pude percibir ese calor placentero que transmite la seguridad de protección. Quizá el enemigo era demasiado potente, demasiado numeroso y además, casi imperceptible. Sí, habían alcanzado ese estatus inimaginable, contra el que la lucha era prácticamente imposible con esperanzas positivas. Y yo, me encontraba completamente sólo, sin apoyo logístico alguno como en otras tantas misiones especiales.

Abandoné la cafetería tal como había entrado, aunque la opresión cerebral iba increscendo a cada milisegundo con el que el devenir del tiempo nos castigaba. Me sentí irritado conmigo mismo por no tomar las medidas de precaución que determinaban las más elementales normas del servicio y permitir una firme ventaja al enemigo siempre en acecho.

Mi cerebro se había activado a pesar de la laxitud que comenzaba a embargarle. Temía que el enemigo le hubiera invadido con sus terroríficas toxinas, capaces de anular las voluntades más férreas. La luz de peligro, parpadeando incesantemente en su interior me determinaba una clara huida tratando de alcanzar la seguridad de mi refugio en el cual, todavía podría tomar las medidas necesarias para evitar tal posesión.

Quise mirarles frente a frente para descubrir sus vulnerabilidades, pero su inteligencia era mínima, habían sido creados para depredar, para matar y nada ni nadie les impediría conseguir su meta. Y se sentían orgullosos dentro de su precariedad mental y de su marginación vital. Cada ser caído era repuesto por un número indefinido de otros seres que ocupaban el lugar con mayor capacidad de destrucción.

Y mi cerebro, quizá consciente de la situación tan terrible y difícil de superar, comenzaba a dar síntomas de decaimiento, de abandono, de frustración, aunque todo ello supusiera una vejación total.

Alcanzada la santidad del refugio y sin apenas hacer el ritual de comprobaciones, caigo exhausto sobre el amplio sofá rojo del comedor y mi mirada se pasea por las bellas obras de Picasso, Dalí y una magistral marina del maestro Benlliure, esperando una reconciliación cerebral que me suma en un placentero éxtasis.

Mi cuerpo comienza a arder y una extraña voluptuosidad embarga todo mi ser. Es la decadencia, la dejadez, la sensación de impotencia al comprender que había sido vejado, poseído, violado por un enemigo que, por diminuto podía ser mortal. La raza de los Orthomyxoviridae influenzavirus había tomado posesión de todo mi ser y había capitulado, rendido, postrado a sus pies sin ánimo de mover un solo dedo en mi propia defensa. Se multiplicaban de forma espeluznante, se desarrollaban a costa de todos mis fluidos corporales, mancillaban mi cordura, explotaban mi esencia y se engrandecían con mi cobardía.

Volví a palpar mi axila izquierda comprobando lo ridículo y absurdo de tal acción. Mi preparación a lo largo de toda una juventud para hacer de mi un arma letal, era ahora una pequeña y ridícula marioneta de unos diminutos seres, invisibles al ojo humano, insensibles a la voz humana e inaudibles al oído humano, para que hablar del tacto, aunque sí del gusto, y este era muy, pero que muy desagradable.

¡Sí, me sentí vencido, ultrajado, depredado, tuneado, ninguneado, violado, mancillado y acojonado por estos cochambrosos seres que vulgarmente conocemos con el nombre de “virus griposos”, tan pequeños y míseros que si se caen desde una silla se matan, pero si no se caen y entran en ti, puedes darte por jodido!

Mi formación me exigía estar siempre en alerta máxima, con todos los sentidos agudizados y mira por donde, por un vulgar cambio climático, imprevisible hasta para los gobernantes porque no tenían ni puñetera idea de lo que era ni presuponía, los humores malignos hicieron acto de presencia antes de su época habitual y nos tomaron por sorpresa, ¡no nos hemos vacunado todavía y estamos a su merced!

Desde la tranquila paz de mi cama, quiero erigirme en dirigente espiritual de todos aquellos, que tras una comunión espiritual, deseen hacer frente a esta invasión, improcedente y procedente a saber de donde, pero al igual que ellos, que se defienden a través de la masificación, también nosotros podemos hacerlo y atacarles donde más puede dolerles. ¡Yo inicio mi ataque con un café fuerte y medio litro de whisky acarajillándolo! Lo que va por delante, ¡va por delante!

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