RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A



SOSIEGO  EN  EL  ALMA

 Sentado en un cómodo taburete, justo en el recodo de la barra de la cafetería, Andrés miraba con detenimiento las fotografías enmarcadas en elegantes marcos, en las que posaban los jugadores de un equipo de fútbol, el que fue su equipo de fútbol. En varias de ellas se le podía ver de cuclillas y en el centro de la imagen. Databan de hacía unos cuantos años, ahora ya no jugaba profesionalmente. Ejercía su profesión de periodista que le absorbía casi todo el tiempo de que disponía. En ocasiones, y era bastante habitual, tenía que viajar por la inmensa mayoría de las naciones que cubren este planeta y generalmente, hacia lugares donde los gobiernos ejercían el poder dictatorial, o había guerras, desastres naturales, epidemias, hambrunas y otros muchos y nefastos acontecimientos que le provocan un cansancio a su temprana edad.

 Desde el lugar donde se encontraba podía divisar toda la cafetería y su puerta de entrada al fondo. Quizá habituado a estar constantemente vigilante, no le gustaban los lugares donde había espacios muertos que escapaban de su control.

En la barra de la cafetería se encontraba una pareja de jóvenes muy acaramelados, ajenos a todo lo que pudiera ocurrir allí dentro que no fueran ellos mismos y sus juegos. Muy cerca de la entrada, una máquina tragaperras giraba sus ruedas voluptuosamente cada vez que la mujer que la controlaba la ponía en movimiento a base de golpes secos y nerviosos. Probablemente se estaría dejando allí el dinero de la compra del día.

 Observó como se abría la amplia puerta acristalada de la cafetería dando paso a una muchacha que entró con decisión. Por el contraluz no pudo observar su rostro.

 Andrés volvió a fijar su atención en las fotografías mientras que bebía un largo trago de cerveza. Le gustaba rememorar aquella época de su vida. Todavía se reunían con una determinada frecuencia, una serie de compañeros de equipo y otros de la universidad. Formaban un grupo muy alegre y bastante homogéneo.

 Se sobresaltó un poco cuando escucho la voz de la muchacha.

 —¿Me das fuego, por favor?

 La miró embelesado durante unos segundos mientras a su rostro afloró una tímida y bobalicona sonrisa. Se sobrepuso y respondió con rapidez.

 —Lo siento, no fumo. Espera, se lo pediré al camarero.

 La muchacha sonrió a su vez.

 —Lo sabía —respondió ella con rotundidad.

 —¿El qué sabías…? —preguntó intrigado.

 —Que no fumabas —Andrés hizo además de llamar al camarero alzando la mano, pero ella le asió con la suya— Déjalo, puedo pasar sin fumar, no soy adicta.

 Una corriente de simpatía se estableció muy rápidamente entre los dos. Andrés tiene una conversación fluida y amena y conoce demasiadas cosas para que también sea interesante. La muchacha, con su voz sensual y acariciante, es una conversadora nata. Parecía conocer muchos aspectos profesionales sobre las actividades de Andrés.

 La perfección de sus rasgos hizo que Andrés se sintiera incapaz de retirar su mirada de la de ella. Su sonrisa le hacía estremecerse. De cuando en cuando, retiraba con gracia unos pelos de su negra cabellera que, revoltosos, caían sobre sus ojos de color verde marino.

 El camarero se acercó diligente hacia ellos y Andrés, tras consultar con la preciosa muchacha, le pide una cerveza. De cuando en cuando deslizaba uno de sus dedos por la fría copa pero no hizo ademán alguno para llevársela a los labios. 

En un momento dado, la muchacha se puso seria, sin restar belleza alguna a su rostro.

 —Lo siento, debo irme —le dice en un tono de voz aterciopelado—. Tengo todavía muchas por hacer.

 Andrés la mira unos instantes, dubitativo. No siente deseo alguno de que se marche.

 —Tengo el coche aparcado aquí cerca. Puedo llevarte a donde me digas. En estos momentos, no tengo nada importante que hacer.

 —Siempre hay cosas importantes que hacer y lo sabes bien, pero acepto encantada, ¿vamos?

 Andrés hace un gesto al camarero indicándole que allí le dejaba el importe de la consumición. La copa de la muchacha estaba intacta, pero no se dio cuenta.

 Al lado de la cafetería, nada más girar la esquina había una Administración de Loterías. Un enorme cartel en la misma puerta anunciaba un impresionante bote en el juego del Euromillón. Andrés nunca fue jugador por lo que ni se fijó. Pero la muchacha sí. Se detuvo unos instantes.

 —¡Dios mío, cuánto dinero! —le miró directamente a los ojos y Andrés sintió como si lo atravesara con la mirada y entrara en su cerebro produciéndole oleadas de calor— ¡Se podrían hacer tantas cosas con él...! ¿No juegas?

 —No, bueno, casi nunca. Tengo muy poca fe en mi suerte.

 —Ven, entra conmigo. Yo sí voy a probarla, seguro que tú, me la vas a proporcionar. ¿Te compro uno?

 Andrés sonrió agradecido pero denegó con la cabeza.

 —Está bien —introdujo la mano en el monedero y sacó un billete de cinco euros y se lo dio—. Toma, cógemelo tú —y sonriendo pícaramente, añadió—: ¡corazonadas!

 Andrés se acerca a la ventanilla y pide el boleto de apuesta para ese mismo día. Se lo entrega a la muchacha junto con las monedas sobrantes. Ella coge las monedas y le dice que vea si los números son bonitos. Andrés vuelve a tomar el boleto entre sus manos y se acerca a la puerta de la administración. Sonríe sorprendido al verlos, contenían su fecha de nacimiento y su fecha de graduación. Se volvió decidido a contárselo a la muchacha. Su rostro expresó la sorpresa que estaba sintiendo. Detrás de él, tan sólo se encontraba la vendedora en su jaula de cristal leyendo una revista. No había puertas de acceso al interior. Se acercó.

 —¿Oiga, dónde está la señorita que venía conmigo? —le inquirió con voz alterada.

 —Ha entrado usted solo, señor. Me ha comprado un boleto y se iba a marchar.

 —¡Pero, si acabo de entrar con una preciosa muchacha!

La vendedora le miró con gesto impaciente denotando preocupación. Había sufrido muchos atracos como para sentirse tranquila en cualquier circunstancia extraña, como ésta.

Andrés se dio cuenta y prefirió abandonar el local. Estuvo un rato por los alrededores para sosegarse y ver si aparecía de nuevo la muchacha. Finalmente optó por recoger su coche y dirigirse hacia su casa. De repente se sintió cansado y su mente era un verdadero un caos.

Poco antes de acostarse pensó que al día siguiente volvería a la cafetería a preguntarle al camarero. ¡No podía entender que había ocurrido!

Durmió toda la noche de un tirón y de forma placentera. Cuando sonó el despertador sintió como si una fuerte energía le poseyera. Ni se acordaba ya del incidente del día anterior.

Pasó buena parte de la mañana, haciendo deporte. Los sábados solían reunirse varios amigos en un gimnasio, donde podían poner en forma todos los músculos del cuerpo. Las horas transcurrieron sin apenas darse cuenta. Cuando estaba de viaje, echaba en falta esos momentos relajantes y los gimnasios en muchos lugares, era un lujo que no podían permitirse.

Cuando ya se sintieron agotados lo abandonaron. Andrés se fue directamente a su casa que se encontraba a unos cien metros en línea recta. Una vez allí, decidió que comería fuera. Se acercaría a la cafetería cercana a la redacción, probablemente encontraría a más de un compañero cubriendo alguna noticia relevante. A partir de la próxima semana le tocaría a él trabajar en algún pequeño país perdido de la mano de Dios y aprisionado por la mano del hombre.

Ya sentado en el lugar habitual en la cafetería, ahora mucho más concurrida, pidió al camarero una cerveza. Éste, le sonrió como siempre y diligentemente, le sirvió la bebida. Andrés dio un largo sorbo disfrutando del paso de la cerveza por su boca y garganta. Paseó la mirada por toda la cafetería sin encontrar a nadie conocido. “Esperaré un ratito y si no viene nadie, comeré solo” se dijo mentalmente.

Introdujo la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta, de forma mecánica, sin buscar nada determinado, pero sus dedos tropezaron con el boleto de la lotería comprado el día anterior. De golpe le vino a la memoria todo lo acaecido, y de forma nerviosa llamó al camarero.

—Oye, Paco —le dijo con tono de voz confidencial, para que no le escuchara nadie—, ¿recuerdas a la chica que estuvo ayer aquí conmigo tomando una cerveza?

El camarero le miró unos segundos con un gesto de duda en su rostro.

—Don Andrés —le respondió en el mismo tono e inclinándose hacia a delante—, ayer estuvo usted aquí solo, no había nadie más—y sonriendo pícaramente, añadió—, si hubiera estado con una chica me habría fijado bien, seguro.

—Pero, ¿no recuerdas?, tomó una cerveza conmigo.

—De verdad, don Andrés, que estaba usted solo. Me sorprendió que me pidiera una segunda cerveza, que luego no se tomó, la dejó intacta.

Andrés pensaba que le estaban gastando una pesada broma. Sus dedos volvieron a tropezarse con el boleto.

—Déjame el periódico, por favor.

Unos segundos después estaba mirando la última página tratando de encontrar los resultados de las loterías. Apoyaba el dedo debajo de cada número. Había acertado el primero, pasa al segundo y también, continúa con el tercero, el cuarto y su corazón comienza a acelerarse. Los latidos le retumban en su cerebro como una máquina perforadora. También había acertado el quinto. Respira profundamente y piensa que todo el mundo está pendiente de él.

Quiere sosegarse pero le es difícil, y sabe que no es precisamente por los aciertos conseguidos, sino como han sido conseguidos. Tan sólo le resta por comprobar los dos números complementarios, pero ya no tiene duda alguna. También estarían acertados. Y así fue. ¡Un solo acertante y había sido él, había sido ella!

“¡Qué locura es ésta!”, se dijo mentalmente. Sabía que en esos momentos le sería muy difícil articular palabra. Dobló el periódico y guardó el boleto en el bolsillo. “¡Cuántos millones, Señor!” se decía sin pronunciar palabra.

El camarero que pasaba por esa zona de la barra se le quedó mirando.

—¿Se encuentra mal, don Andrés? —le preguntó al comprobar la lividez de su rostro.

Negó reiteradamente con la cabeza, sacó unas monedas que no se molestó en mirar y abandonó la cafetería. Dirigió sus pasos hacia el parque situado al otro lado de la calle. No hacía mucho frío pero unos escalofríos se iban apoderando de él. Creyó sentir nauseas.

Acababa de conseguir una considerable fortuna, que ni despilfarrando, acabaría con ella en todos los días de su vida, pero era incapaz de sentir alegría. Sus sentimientos estaban más cercanos al pánico que a otra cosa. Y pensó en la muchacha. ¡No sabía ni su nombre! ¿Fue real o una simple alucinación? ¿Alucinación que le había entregado en bandeja millones de euros? Creyó que se volvería loco.

Se sentó al lado del pequeño estanque que parecía sacado de un cuento infantil. Se quedó mirando el ligero moviendo del agua. En su superficie se formaba una capa de una tenue niebla motivada por el contraste entre la temperatura del agua y la del aire, que había bajado ostensiblemente.

Su mente trataba de encontrar una explicación lógica a lo ocurrido, pero su racionalidad no era suficiente y le sumía en un estado de tensión depresiva que se sentía incapaz de superar.

Creyó escuchar voces que le llamaban, miró a su alrededor comprobando que se encontraba totalmente solo, hasta las tan habituales palomas parecían haber huido en el tiempo y en el espacio.

Fijó su mirada en el estanque y le pareció ver como al fondo comenzaban a surgir unas figuras que caminaban lentamente. Prestó atención. Ante sus ojos comenzaron a aparecer unos niños de diferentes razas y color. Tan sólo una cosa en común, sus harapientas vestimentas, pero sus miradas eran limpias y sus rostros iluminados reflejaban un estado alegre y desenfadado.

Al llegar al medio del estanque, comenzaron a separarse en el centro dejando paso a una muchacha, vestida también con harapos, pero con un rostro resplandeciente, hermoso, alegre. Era su muchacha, la que ayer le acompañó en la cafetería, luego le condujo a la administración de loterías y le proporcionó millones de euros. Sus manos abiertas señalaban a los niños que la rodeaban mientras que su rostro le sonreía con la cara más bella que uno pueda imaginar.

El corazón de Andrés dio un vuelvo y sintió la necesidad de ponerse de pie. Quiso ir al encuentro de la muchacha, quiso preguntar, quiso saber… Pero su rostro le fue dando todas las respuestas. Desapareció el miedo, la angustia y su cuerpo y su espíritu se inundaron de un placentero calor.

Ahora sabía cual sería futuro, ahora sabía para que iba a servir toda esa inmensa fortuna y mentalmente fue dándole las gracias a la angelical muchacha mientras su figura y la de los harapientos niños se iban disipando. Dejó de hacer frío, supo que ya nunca más sentiría frío…

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