RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


CUENTO  PARA  ADULTOS ©

(Cuadro de Rosa Rolanda: 1943)




Miguel José se encontraba plácidamente sentado en el precioso sofá de cuero de un impoluto color fucsia. Su mirada estaba fija sobre el enorme televisor de plasma contemplando las evoluciones de los jugadores vestidos de blanco de su equipo favorito. Su gesto mostraba un agrio malestar por el desarrollo del encuentro. Reconocía que no estaban jugando bien y por eso, estaban siendo vapuleados por un equipo de muy inferior calidad. ¡Cosas del fútbol!

De cuando en cuando, giraba su cabeza hacia la derecha para visualizar los tres enormes cuadros donde un agraciado pintor inmortalizó a su bisabuelo, a su abuelo y a su padre, notables emprendedores financieros cuya fortunas, él se encargaba de dilapidar. Les sonreía tímidamente como si estuviera pidiendo disculpas ante la ordinariez deportiva que estaba contemplando.

Sobre el centro de cristal, una enorme copa, finamente tallada, contenía un aromático coñac francés, que, con ademanes regulares, acercaba a su boca y sorbía con placer. Entre los dedos de su mano derecha, un enorme puro que se quemaba muy lentamente. Aspiraba con fruición y exhalaba el humo blanco muy lentamente, deleitándose con tan exquisito placer.

Su placentera quietud, tan sólo perturbada por el mal espectáculo que el equipo de sus amores le estaba propiciando, se vio alterada con la algarabía que acompañaba siempre la presencia de su única hija.

Se volvió con prontitud para ver como la niña entraba rauda en el comedor, produciendo la sensación de ser perseguida por el mismísimo diablo. Al verle sentado frente al televisor, frenó en su carrera y se detuvo.

—¿Te molesto, papá? —preguntó jadeante mirándole con picardía.

—No. Por supuesto que no —respondió no muy convencido.

La niña se acercó, muy despacio, casi de puntillas. Se sentó a su lado y se quedó mirándole. Él, aprovechó ese instante para aspirar una intensa bocanada de humo, después dejó el puro sobre el cenicero situado sobre el centro de cristal.

Su hija desvió la mirada siguiendo sus movimientos. La detuvo sobre el enorme puro y pudo leer sin dificultad el nombre grabado en la vitola. Era un puro caro, muy caro. La niña lo sabía bien. Con su valor alguna familia podría comprar todos los regalos navideños para sus hijos.

Observó las evoluciones del humo recreándose con el genio saliendo de la lámpara o a una odalisca cimbreando su esculpido cuerpo sobre las ardientes arenas del inmenso desierto. Tenía una imaginación desbordante.

—¿Quieres alguna cosa, mi niña? —se acordó de la última charla en el colegio en la que les recomendaban que fueran muy comunicativos con sus hijos y que no dejaran respuestas en el aire. Tonterías de las monjas, que no tenían otras cosas importantes que hacer.

Ella le miro sonriente, sin extrañeza alguna. No, no quería nada de él. Le gustaba encontrarse sola en el enorme salón comedor, lleno de cuadros, libros y maravillosos objetos que le deleita contemplarlos, pero no precisamente en la compañía de su padre o de cualquier otra persona.

—Puedes contarme tus cosas, tus preocupaciones, lo que sea —se vio insistiendo sin interés alguno, pero era posible que las fiestas navideñas le animaran a ello.

—Quizá puedas despejar alguna duda que últimamente ronda en mi cabeza —respondió sin convicción alguna.

—Adelante —la animó con una especie de mueca que quería aparentar alegre.

—Son cosas del colegio. A lo peor te aburro.

—No. No, mi niña, no me aburres —añadió pidiendo al cielo que la niña terminara pronto.

—La cuestión es la siguiente. De entre los amigos, no hay forma de ponernos de acuerdo en una serie de cuestiones. Unos dicen que cuando un niño y una niña juegan, se hacen caricias y se dan besitos, ella puede quedarse embarazada y él, convertirse en papá —su padre la miró sorprendido e incapaz de articular palabra. No podría esperarse esto de su chiquitina—. Claro que hay quien cree que esto no es posible porque cuando juegan dos niños y hacen lo mismo, ninguno de los dos se queda embarazado, luego la razón podría ser excluyente. Otros dicen que no, que los niños nacen en el nido de la cigüeña en París y que luego los reparten a todas las madres del mundo. Otros hablan del polen en las plantas…

Miguel José comenzó a sentir como sobre su rostro se formaban pequeñas perlitas de sudor. Al fondo del salón comedor podía entrever a su mujer moviéndose dentro de su despacho tomando libros de una enorme estantería y ajena a la tormenta que estaba cayendo sobre él.

Su hija le miraba con ternura, probablemente con una pizca de malicia.

—Pero, quizá, la respuesta más real, y la que más aceptación tiene, es que sí existen esos juegos y que llegado el momento adecuado, ella emite unos sonidos guturales, rítmicos, muy potentes y profundos producidos en las cavidades más lejanas de su garganta invocando al espíritu engendrador, y si tiene suerte, éste llega y se queda embarazada —guardó unos segundos de profundo silencio, fijó la mirada en padre y añadió—. ¿Tú que opinas, papa?

Sus ojos no perdían detalle de cada uno de los gestos y expresiones de su padre. Casi sentía el ritmo de sus pensamientos.

Miguel José siente como el rubor colorea su rostro y pretende asfixiarlo.

—Bueno. Es igual. No te preocupes —se limitó a decir—. Ya sé que estas cuestiones son muy profundas y difíciles de contestar.

Y diciendo esto, se levantó de un salto y se dirigió con presteza hacia el despacho de su madre. Ésta se encontraba de puntillas frente a la alta estantería tratando de colocar unos libros en su lugar. La niña le dio un ligero tironcito en la falda para llamar su atención, mientras su padre la miraba estupefacto desde el cómodo sofá.

—¿Sí, Eva Luna?

—Mamá —le dijo la niña cuando ella adoptó la posición normal y la miró de frente— ¿Cómo es posible que te casaras con el jilipollas de tu marido?, y lo que es peor y demencial, ¿cómo has podido engendrarme a mí con él? ¿No había por aquel entonces nada mejor en el mercado? ¿En qué estarías pensando?

Su madre le dirigió una mirada cariñosa mientras en su mente se decía; “indudablemente, todavía no está bien preparada en macroeconomia familiar, pero todo se andará”.

La niña no esperó respuesta y girándose con toda la naturalidad que le era consustancial, dirigió sus pasos hacia su tabernáculo.

 

  

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