RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


SUEÑO  Y  DANZA  CELESTIAL ©



SUEÑO Y DANZA CELESTIAL

Esta noche he vuelto a soñar. No ha sido un sueño como los habituales, podría decir que fue excepcional y probablemente único y difícilmente repetible. 

Así como casi todas las noches necesito leer un buen rato antes de tener la sensación de que voy a dormirme, ésta fue diferente, como si el sueño me estuviera esperando y no me hice de rogar. Nada más apoyar mi cabeza sobre la blanca almohada, apreté el interruptor de la lamparita de la mesilla de noche y cerré los ojos. Mi rostro distendido se permitió esbozar una placentera sonrisa. Con ella, me quedé dormido de inmediato.

No puedo decir cuanto tiempo permanecí en cada una de las fases preliminares a la del sueño profundo, donde la mente se libera, se desinhibe y actúa por su cuenta sin tener que obedecer orden ni sistemática alguna. Sin embargo, me parecieron muy cortas, ya que enseguida, en mi mente empezaron a sucederse una serie de imágenes, borrosas e inconexas al principio, para luego ir definiéndose y presentarse como si mí vista ya estuviera perfectamente enfocada.

Me vi en el jardín de una amplia casa situada al borde de un acantilado. Abajo, el mar rompiendo contra las rocas del paredón con furia incontenible escuchándose un ensordecedor ruido que al rato pareció amainar. Estaba solo y miraba encantado la belleza de las gran variedad de plantas, flores y algún que otro árbol que parecía perderse en el oscuro cielo. Preciosas estatuas de un blanco inmaculado me miraban con una curiosidad indiferente.

Comencé a escuchar una música muy suave de algún compositor clásico que no podría definir. Lo hice atentamente. Mi estado de ánimo era perfecto y deseaba que los acordes de la música me envolvieran y me hicieran girar en el aire. Y la música pareció escucharme, pero no era a mí a quién envolvía. De un lado del jardín apareció una bailarina danzando y me produjo la sensación de que en ella el tiempo se ralentizaba y sus movimientos me parecieron inverosímiles pero maravillosamente ejecutados.

La miré alucinado. Su forma etérea parecía surgir del centro de una amplia fuente como el maravilloso nacimiento de Venus. Su cuerpo, tan sólo cubierto por una gasa transparente anudada al cuello a modo de capa, se movía al son de la música de forma celestial. Sus formas se iban haciendo cada vez más precisas hasta que se mostró en su total esplendor.

Su rostro sonreía, mientras sus ojos vagaban por todo el jardín. Tuve la sensación de que no se había fijado en mí. Sus movimientos eran constantes y se deslizaba de un lado a otro rodeando las plantas sin apenas rozarlas, pero éstas parecían inclinarse a su paso.

Traté de mover mis pies para acercarme a ella. Me fue imposible. Las raíces de un enorme y precioso rosal las habían sujetado y a pesar de que no notaba presión alguna, no pude moverme. Los tallos, salpicados de grandes y duras espinas rozaban mi cuerpo sin llegar a penetrar en él. El olor de sus preciosas rosas rojas impregnaba mi cuerpo y mis sentidos.

La joven bailarina, ajena a mis cuitas, continuaba danzando con dulzura, acariciando las flores, rozando las espinas, atravesando el agua de la fuente. Sus pies parecían no rozar el suelo y la plasticidad de sus movimientos me mantenían impresionado.

De pronto, la música fue cambiando y los acordes se hicieron más actuales donde había cabida para la percusión sostenida. ¡Dios mío, que forma de moverse y cimbrear su cuerpo adoptando posturas increíbles! Con sus brazos extendidos hacia el cielo, descendía su cuerpo con voluptuosos movimientos hasta quedar de cuclillas, para luego ir elevándose con la misma cadencia musical. Después de una serie de movimientos se detuvo totalmente por primera vez, me miró directamente a los ojos y quedé fascinado por su color y por la limpieza de su mirada. Extendió sus brazos hacia mí. Quise avanzar hacia ella, pero las raíces del rosal continuaron impidiéndomelo.

Se acercó muy lentamente y su cuerpo atravesó el rosal. Las agudas espinas hicieron brotar pequeñas gotitas de sangre que comenzaron a deslizarse suavemente a lo largo de él. Su rostro irradiaba una serena belleza y sonreía feliz. Rodeó mi cuello con sus brazos y yo la sujeté por la cintura. Mis dedos acogieron todas las sensaciones que transmitía su sedosa piel y mis labios buscaron los suyos para unirse a ellos en un ardiente beso. Sentí que se abría la puerta del cielo para los dos mientras me transmitía pensamientos dulces y maravillosos.

Con nuestros cuerpos unidos, ella comenzó de nuevo a mover el suyo, ondulante, acariciador, sensual, voluptuoso, ardiente, mientras que mis manos acariciaban su desnuda espalda plagada de gotitas de sangre que permitían deslizar mis dedos con mayor delicadeza, si ello fuera posible.

Sin palabras, nuestras mentes se entendían. Algo muy bello estaba naciendo en mí y no quería perderlo, y ella lo supo. No podría decir cuanto tiempo pudo haber transcurrido, pero me pareció toda una eternidad. A pesar de todo, despacio, muy despacio, fue separando su cuerpo del mío al ritmo de la música, que comenzaba a transformase de nuevo. Se iba acercando al acantilado produciendo una sensación de peligro. Cuando llegó al mismo borde se detuvo, giró su cuerpo para situarse enfrente de mí. Volvió a extender sus brazos y tuve imperiosos deseos de acudir a su lado, pero las raíces del rosal continuaron impidiéndomelo.

La miraba angustiado pensando que podría caerse al precipicio. Sin embargo, no fue así. Flotaba en el aire y seguía llamándome, pero su rostro se fue transformando lentamente y a pesar de no perder un ápice de su belleza, sus rasgos fueron endureciéndose al sentirse contrariada. Comencé a tener la sensación de que quería absorber mi identidad, mis sentidos, mis sensaciones, mis deseos, mis ansias, mi sangre, anularme y convertirme en un zombi a su completa disposición. A pesar de los esfuerzos que hacía para ir a su encuentro, las recias raíces del rosal me lo impedían y comprendí que trataban de salvaguardarme del peligro.

Al igual que como apareció, su cuerpo fue difuminándose a la vez que las raíces del rosal iban soltando su presa. Ya no quise acercarme. Sabía que la próxima noche ya no se repetiría el sueño y a pesar de la congoja que se apoderó de mí, creía que la liberación estaba cercana y ya no volvería a estar con ella, mi sueño ya no se convertiría en realidad. Miré mis manos, todavía podía apreciar gotitas de sangre de la maravillosa pero absorbente bailarina. Las llevé a mis labios y así las mantuve hasta que me desperté. Todavía quedaban señales.

Sabía que volvería a intentarlo de nuevo y conseguir atraparme en su sutil red de posesión y yo lo deseaba con fuerza, pero también era cierto que el rosal se había convertido en el talismán que me mantendría a salvo de su ambición por hechizarme. A veces pienso que, quizá, no me hubiera gustado despertar de ese sueño.

 


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