RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


¿DESEADO  ENCUENTRO? ©
 



 
¿DESEADO ENCUENTRO?

 

Nada más abrir la puerta de mi apartamento un aroma embriagador comenzó a apoderarse de mis sentidos. Era una sensación conocida pero difícil de recordar. Me detuve unos instantes haciendo girar las llaves en mis manos mientras que mis pulmones inspiraban ansiosamente el aire que me rodeaba. El silencio era profundo, ni el más tenue sonido molestaba mis tímpanos.

Estaba claro, muy claro. Alguien se encontraba en el interior y no dudaba de que sería una mujer, pero ¿quién?, me preguntaba mientras mi corazón latía acelerado. ¿Estarían robándome? De inmediato descarté esta idea, la puerta no estaba forzada y por la azotea era imposible entrar.

La tibia luz del temprano atardecer en esta época de otoño, todavía iluminaba la estancia.

Comencé a moverme con lentitud tratando no hacer ruido, algo que se me daba muy bien. Mis vecinos nunca sabían cuando me encontraba en casa. Pensé en coger un cuchillo en la cocina por si tenía que defenderme, pero el sólo pensamiento en tener que utilizarlo me producía una gran congoja.

Me detuve de pronto. Unos ruidos provenían de mi dormitorio. Con todo el cuerpo en tensión esperé a ver quién aparecería en el umbral de la puerta. Unos segundos después una voz femenina comenzó a tararear una melodía muy conocida mientras traspasaba la puerta.

—¡Irene! ¿Qué haces aquí? —pregunté totalmente sorprendido, pero la angustia que me atenazaba desapareció de inmediato.

—¡Por fin has llegado! —respondió ella, mientras sonreía ampliamente y se apartaba su melena suelta de su cara.

Irene es una muchacha excepcional aunque muy extravagante, incapaz de mantener su cuerpo mucho tiempo seguido en el mismo lugar. Nuestra relación se ¿rompió? hace algún tiempo, si realmente se le podría llamar relación. Creo que siempre me trató como a un niño y su comportamiento era consecuente con ello.

—¿Ya no recuerdas que nunca llego antes de las cinco de la tarde? —respondí interrogante, para después preguntar intrigado—: ¿cómo has entrado?

—¡Uff, mala memoria! —contestó sonriente pero socarrona— Hace tiempo me diste una llave, y no recuerdo que me la pidieras.

Asentí, y al recordar ese momento, una pequeña descarga de adrenalina recorrió mi cuerpo. La miré directamente a los ojos, después a sus labios, entonces me di cuenta de que llevaba puesta mi inmaculada bata de baño dejando entrever parte de su armonioso cuerpo. Mi ojos la recorrieron toda y a ella pareció hacerle gracia, ya que con un ligero y lento movimiento alejo de mi aquella agradable visión.

—Ven —dijo susurrándome al oído.

Asió mi mano para dirigirse a la cocina. Antes de entrar apagó la luz de la sala y entonces pude ver sobre la mesa unas velas, unas copas y champagne.

—¿Qué celebramos?

—¿Un reencuentro, quizá? —respondió pícaramente.

Irene, antaño pasaba temporadas viviendo conmigo, aunque siempre encontraba alguna excusa para desaparecer de nuevo. Parecía un ave migratoria pero sin tener definido su tiempo de marcha y de regreso.

Con suavidad separé la bata por los hombros y se fue deslizando lentamente a lo largo del cuerpo. Bajo la tenue y palpitante luz de las velas pude observar su desnudez, tan sólo cubierta por unas diminutas bragas de color negro. No pude contenerme y me extasié recorriendo con mis manos sus ondulantes curvas. Parecían modeladas por las mágicas manos de Miguel Ángel.

Ella fue desabrochando los botones de mi camisa, con lentitud a la vez que movía ligeramente su cuerpo con sensualidad. Después abrió la hebilla del cinturón y comenzó a bajar lentamente la cremallera del pantalón. Su mirada estaba fija en la mía y parecía irradiar luz propia. La vidriosidad de sus ojos configuraba una expresión en su rostro a la que no pude sustraerme.

Me separé ligeramente de ella quitándome los zapatos, calcetines y finalmente dejé caer el pantalón al suelo sobre la bata de baño que hacía unos instantes la cubría.

Nos fundimos en un prolongado abrazo y nuestras bocas se buscaron con ansiedad. Nos besamos frenéticamente, parecíamos querer absorbernos el uno al otro.

Ahora comprendía la añoranza reprimida. ¡Cómo me hacía vibrar!

Comencé a respirar entrecortadamente y mis jadeos se hacían más rápidos. Sentí como sus manos recorrían lenta y suavemente mi cuerpo. Tuve que ejercer sobre él un fuerte control. Sus caricias se volvieron también más lentas, cargadas de gran sensualidad.

Irene, con un gracioso mohín, se separó de mí tomándome de la mano para dirigirse al pasillo del apartamento. Me dejé llevar. Al instante alcanzamos la alcoba y en ella, en la penumbra, nos liberamos del último vestigio y nuestra desnudez fue total. La tomé entre mis brazos y besándola con dulzura, la conduje a la cama para dejarla sobre ella con delicadeza. Irene alargó su mano y pulsó el conmutador de la luz, encendiendo unas pequeñas lámparas que proporcionaban una tenue claridad. 

Mis ojos, enfebrecidos por la pasión que me embargaba, recorrían cada parte su cuerpo, sintiéndome muy complacido con la visión mientras que las yemas de mis dedos se movían por la suave curva de sus caderas, continuando hasta los muslos, sensualmente suaves, aterciopelados, hasta rozar su sexo. Ella emitió un débil gemido lanzando instintivamente la pelvis hacia delante y arqueando su cuerpo en tensión. Se movió con energía, con necesidad contra mi mano mientras en su cuerpo se desataban todas las sensaciones contenidas y deseando un placer sin control, sin medida, inmenso, que abarcara y contuviera todo el espacio infinito.

Pensé por un momento que se sentía incapaz de contenerse más, sin embargo, necesitó prolongar aquellos instantes durante toda una eternidad. Su piel ardía y yo, a su contacto, quise disfrutar del placer que experimentaría al producirle a ella la explosión final y sentirla desmadejada entre mis brazos.

Volví a besar su boca, con suavidad y ternura, seguí besando su rostro, sus ojos, su frente para regresar de nuevo a su boca. Irene parecía perder los sentidos. Sus gemidos expresaban las sensaciones que impregnaban sus sentidos. Continué con la lengua húmeda recorriendo la tersa piel hasta alcanzar los bien proporcionados senos, sus pezones de inmediato alcanzaron una dureza inimaginable. La dejo resbalar nuevamente hasta llegar al ombligo y seguir hacia abajo, directamente a los muslos que parecían tener vida propia. Los separo ligeramente besándola con pasión. Se convulsionó una, dos, mil veces sin poder contenerse en la explosión final que había obnubilado sus sentidos.

Al sentir nuestra perfecta comunión volvió a gemir de placer. Nos movíamos rítmicamente, al unísono, con suavidad al principio para ir incrementándolo a medida que en nuestros sentidos desaparecía la realidad que nos rodeaba, fundiéndonos con el universo y sintiéndonos universo. Irene pensó que se estaba volviendo loca de placer cuando alcanzamos el orgasmo final, dulce y potente, cruzó los tobillos en mi espalda y sus convulsiones se prolongaron hasta la eternidad.

Desmadejados pero con los cuerpos unidos, permanecimos largo tiempo quietos y silenciosos, saboreando las mieles disfrutadas. Creo que llegué a dormirme profundamente.

Al despertar, estaba solo en la cama. Pensé que se encontraría en la cocina preparando una sabrosa cena. Recordé el champagne y me levanté raudo con el ánimo de servirme una enorme copa. De Irene ni rastro, como si no hubiera estado allí.

“¡Otra vez no!”. No tuve la menor duda, tardaría mucho tiempo en volver a verla. Me sentí como un vulgar clinex usado y arrojado al inodoro, esperando con pavor escuchar el ruido de la cadena que dejaría en libertad ese torrente de agua que me arrastraría hacia la más lúgubre profundidad de las cloacas. ¿Aprenderé alguna vez?

 
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