RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


SOLEDAD EN LAS HORAS  MUERTAS ©






 SOLEDAD EN LAS HORAS  MUERTAS 

 

El fastuoso salón del Aula Magna de la Universidad se encontraba totalmente abarrotado, algo que el propio Rector no llegaba a asimilar. Se estaba acercando el mediodía, hora para la que estaba anunciada la última lección magistral del año académico. El acto se consideraba como el final de curso y allí se encontraban la mayoría de alumnos que culminarían sus estudios de licenciatura en diversas disciplinas y especialidades.

 

El conferenciante había sido anunciado con bastante antelación por decisión del rectorado, ya que se habían visto un tanto presionados por los responsables de varios ministerios para que el último conferenciante del curso fuera el Dr. Frank Weathower, conocido investigador en las últimas tecnologías espaciales, y candidato al Premio Nóbel en varias ocasiones.

 

A las doce en punto, toman asiento en la mesa presidencial los componentes del rectorado engalanados con sus togas y bonetes, propiciando un ambiente de seriedad al acto. Segundos después, cuando los asistentes asumieron que era la hora de silenciar sus voces, el Rector Magnífico se levantó de su asiento para acercarse al pupitre del conferenciante. Ajusto el micrófono a la altura de su boca para comunicar el inicio del acto. A continuación, por el lateral derecho, accede a la sala un personaje de elevada estatura, desgarbado y luciendo una seriedad en el rostro, quizá propia del momento. Se acercó al Rector Magnífico y estrechó ostensiblemente su mano.

 

—Señoras y señores, me complazco en presentarles al Dr. Weathower, quien pronunciará la última lección de este último curso para la mayoría de ustedes, ocasión que aprovecho para expresarles mi más sincera enhorabuena por la licenciatura obtenida. Con ustedes, el Dr. Weathower.

 

Y diciendo esto, estrechó de nuevo la mano del Dr., y se dirigió hacia su asiento.

 

El conferenciante paseo su mirada a lo largo y ancho de la monumental sala pretendiendo esbozar una ligera sonrisa en su rostro, que para la mayoría de la concurrencia les pareció una simple y habitual mueca.

 

—Magnífico Rector, miembros del Rectorado, señoras, caballeros, es para mi un verdadero placer poder encontrarme ante su presencia en una celebración tan especial como ésta.

 

Guardó unos segundos de silencio como esperando a que los últimos carraspeos finalizaran.

 

—Imagino que, además de tratar de satisfacer sus ansias de ampliar sus conocimientos, también les gustará conocer algo sobre la persona que les dirige la palabra.

 

Unos ligeros murmullos procedentes del final de la sala presagiaban que el desarrollo de la sesión podría ser tormentoso.

 

—Hace muchos años que vi por primera vez la luz. No hace falta ser un lince para darse cuenta de ello. También puedo decir que la naturaleza no tuvo un comportamiento digno conmigo, ejem…, en algunos aspecto, muy visibles por cierto. Desde muy pequeño fui creciendo con normalidad, ni más rápidamente ni más lentamente que el resto de los niños de mi edad. Dadas las escasas facultades físicas con las que fui dotado, mientras mis compañeros de clase se dedicaban a los divertimentos propios de los niños, es decir, haciendo el bestia, yo, más recatado, había sido encargado, por unanimidad, a realizar todos los deberes de los demás, y sin posibilidad de apelación bajo el temor a las represalias, que a pesar de todo, no dudaban en aplicar como otro modo de juego.

 

Respiró profundamente, produciendo la sensación de que hablar era algo sumamente cansado para él a pesar de que todos pensaban y sabían que era todo lo contrario.

 

—En alguna ocasión, algún periodista despistado me preguntó si había tenido una infancia feliz, a lo que respondía; yo no he tenido infancia, era el esclavo del resto de los infantes. Esto me llevó a encerrarme en mi geto mental y pronto comencé a darme cuenta de la gran superioridad que tenía sobre la media de la gente de mi edad e incluso, de gente de edades más avanzadas. Empezaba a sentir que disfrutaba absorbiendo todo tipo de disciplinas y poco a poco me convertí en una rata de biblioteca y en un conejillo de laboratorio. Pueden darse cuenta ustedes, que con mi simple presencia, esto no fue nada difícil. Mis padres siempre se despreocuparon de mi, bastante desengaño tuvieron a medida que me agarraba a la vida. Mucho tiempo más tarde pude enterarme del motivo por el cual no habían tenido más hijos, creían imposible de superar otra decepción como yo. Bueno, no es un lamento por mi parte.

 

Distraídamente, se mesó su larga cabellera totalmente blanquecina con algunos mechones cayéndole sobre las enormes gafas de concha, en las que, paradójicamente, no había cristales “culo de vaso”. A continuación, con el dedo índice se las ajustó con un ademán totalmente inconsciente. Con la mirada perdida en el fondo de la sala, se atusó el bigote escasamente cuidado, de un color negro que resaltaba con el color canoso del resto de la barba y el de su cabellera. Su traje de color negro estilizaba muchísimo su desgarbada figura.

 

—Mi vida social fue nula. Apenas salía de mi laboratorio al que consideraba como mi verdadero hogar. Todo el personal del mismo me miraba como lo que soy, un bicho raro. Al principio de mi actividad profesional aún distinguía entre un rostro femenino bonito y uno peor dotado. Más tarde, apenas me daba cuenta. El personal estaba allí para cumplir su función y yo velaba para que las investigaciones siguieran el curso convenido y se obtuvieran los resultados deseados.

 

Los componentes del rectorado se miraban entre sí, con disimulo por supuesto, ya que estaban de cara a la concurrencia, pero no podían comprender hacia donde se dirigía el Dr. Eran conocedores de sus rarezas, pero cuando impartía conferencias, su seriedad era absoluta, su meticulosidad, impresionante, su forma de hablar, entretenida a pesar de que era muy conocido como el Fidel Castro de las Ciencias. Sus discursos tenían fama de interminables y agotadores para el público que le escuchaba a pesar del interés que suscitaba. Si además, iba a desgranar los aconteceres de su vida, bien podría darles, allí dentro, la hora de la cena. Sin embargo, no pudieron apreciar esos movimientos compulsivos de los estudiantes, reflejo de un malestar manifiesto, Seguían atentamente los pausados movimientos del conferenciante y escuchaban en silencio sus palabras.

 

—Hay pasajes de mi vida que no recuerdo muy bien, algo normal pensando en la escasa dedicación a ellos. Poco podría decir del noviazgo mantenido con la que hoy es mi mujer. Realmente, estoy seguro de que no llego ni a ser noviazgo. Mi compañera, otra rata de laboratorio al igual que yo, de escasos atributos físicos pero con un tesón y una inteligencia difícilmente igualable, se empeñó en ser mi esposa y lo consiguió, no le cabía la menor duda, pero no fue el amor lo que le indujo a tal fin. Siempre pensó que era la forma ideal para continuar trabajando conjuntamente fuera de los laboratorios. Pero nuestra vida de matrimonio fue escasa o nula, a pesar de trabajar todos los días codo con codo. No tuvimos hijos, quizá ni lo intentamos, quizá no sabíamos, pero es algo que nunca nos preocupó lo más mínimo, básicamente, pensando en las posibles joyas que hubiéramos podido engendrar. Recordaba mi niñez y me deprimía, aunque podría haber sentido la satisfacción de superar en mucho a todos y cada uno de mis compañeros, excepto en una cosa; crecí sin saber lo que era vivir una niñez, una pubertad y una juventud normal.

 

Su gesto se tornó adusto, haciendo sospechar a los más suspicaces que realmente se afectaba con el tema. Volvió a ajustar las gafas con su dedo índice mientras miraba al frente con decisión. Sin embargo, el tono de su voz no se había alterado lo más mínimo, produciendo la sensación de que se tenía la lección muy bien sabida.

 

—Puedo decir que he visitado la mayoría de los países civilizados del mundo, pero fueron viajes fugaces realizados para dar conferencias, asistir a congresos, asesorar universidades e incluso, algún gobierno no muy democrático me hizo proposiciones, a simple vista, muy deshonestas pero con la compensación económica suficiente como para perder cualquier atisbo honesto que merodeara la conciencia de un humano. Puedo decir que no fue precisamente el sentido de la honestidad lo que me motivó a rechazar tales ofertas, había otros, obvios, que las hacían inviables. 

 

“También tengo que reconocer que mi conocimiento sobre los países visitados es escaso. En eso llegué a parecerme a determinados deportistas cuya vida transcurre entre el hotel y el lugar de competición y no tienen tiempo ni ganas de recorrer las ciudades en el escaso margen de libertad que disponen. Al igual que ellos, yo creía disfrutar impartiendo conferencias al aportar mis conocimientos a todos aquellos que estaban dispuestos a asimilarlos. Craso error por mi parte. No me importaban los asistentes y creía que todo aquello le daba un sentido a mi vida por el placer de asombrar con mis conocimientos, todavía al alcance de muy pocos.”

 

El Rector Magnífico, al igual que los componentes del Rectorado, no salían de su asombro. Según conocían, el Dr. Weathower nunca había hablado de si mismo, ni en público ni en privado y muchísimo menos de la forma en que lo estaba haciendo. Pensaban que se trataba de una burla pero la seriedad del conferenciante parecía confirmar lo contrario.

 

—A lo largo de mi trayectoria profesional me han otorgado muchos premios y galardones. Puedo deciros que llegué a considerarlos como algo a lo que estaban obligados a proporcionarme, pero que no me producían satisfacciones personales añadidas, A veces, suponían un suplicio por el hecho de tener que abandonar mis trabajos por unos días, incluso por unas horas. Pienso que ni el premio Nóbel hubiera alterado mi ritmo cardiaco. Era algo que tan sólo demostraba mi superioridad sobre los demás.

 

Una lacónica sonrisa se dejó entrever en su espigado rostro. Atusó de nuevo su extraño bigote y con ambas manos, cogió una la carpeta con el contenido de su disertación. Todos pudieron comprobar el gran contenido de papel en su interior cuando la elevó a la altura de su rostro.

 

—Hasta hace escasamente unas horas—continuó con voz sonora y decidida—, mi intención, al igual que en numerosas actuaciones pasadas, era la de disertar sobre lo que todavía tiene de sorprendente las investigaciones actuales sobre el espacio-tiempo, su repercusión en la mente, en las comunicaciones y viajes espaciales. ¡No pueden imaginar todo lo pesado que puedo llegar a ser!, aunque sé muy bien que me precede la fama de ser el Fidel Castro de la ciencia. Ahora, en medio de esta charla me dije mentalmente ¡Dios mío, como he podido ser tan cruel conmigo mismo!

 

Dejó la carpeta sobre el atril y se quedó mirándola con expresión distraída. En la sala, apenas se escuchaba algún ligero balbuceo o el ruido causado por alguien al removerse en su asiento. Silencio casi sepulcral y todas las miradas fijas sobre el orador, como hipnotizadas, esperando de nuevo sus palabras.

 

—Desearía, y esta vez lo digo con el corazón entre mis manos, que no llegaseis a cometer los errores que yo cometí conmigo mismo. Nunca los extremismos fueron buenos y yo soy un extremista acérrimo, creo que incurable, aunque a partir de hoy y pensando en lo poco que ya me resta, trataré de corregirlo. ¡Qué esto no os ocurra! Pensad, y seriamente, que la vida es un movimiento acelerado, con un inicio y un fin. Tan sólo podréis disfrutar ese espacio tiempo desde el inicio al fin una sola vez. No hay posibilidad de repetición, no hay segundas partes, no hay tiempo de rectificaciones. ¡Sólo queda la nada! Lo consumido, consumido está, sin retorno, y esto nos acerca cada vez más hacia ese fin, y que ante su intuición y proximidad volvemos la mirada hacia el pasado. La congoja puede apoderarse de nosotros cuando nos percatamos de la vaguedad vivida, de la simpleza del recorrido, de la estupidez que nublaba nuestra vista y endurecía nuestro corazón, de la insensatez mundana y de la escasa satisfacción obtenida. ¡Es entonces, cuando se siente la terrible soledad en las horas muertas!

 

Retiró las gafas de su rostro para pasar su índice alrededor de sus ojos como tratando de retirar algo molesto situado en ellos. Volvió a colocárselas con premura, trató de aclarar la voz y añadió, ahora con desenfado:

 

—Siento haberles defraudado en sus expectativas de escuchar una lección magistral, aunque espero que mis palabras servirán de algo, al menos, egoístamente, para mi. Si desean conocer el contenido de la conferencia pueden solicitar una fotocopia de la misma en la Secretaría, o bien dejan allí sus correos electrónicos y estén seguros de que se la haré llegar. Y como recompensa, aunque esto no se me ha comunicado de una forma directa, el Magnífico Rector ha querido proporcionarles la compensación por soportar la larga y tediosa conferencia que de mi se esperaba, con un espléndido ágape del que no se sentirán decepcionados. Imagino que lo disfrutarán muy gustosos. El claustro, dignamente acondicionado para este evento, les espera. ¡Gracias por vuestra atención, ha sido un verdadero placer describirme a mi mismo delante de ustedes! Gracias….!

 

Una frenética salva de aplausos se dejó oír en la soberbia aula Magna. Todos en pie parecían descargar la adrenalina acumulada. Los componentes del rectorado, de forma tímida al principio y clara después, se unieron a los asistentes.

 

Tímidamente, el Dr. Weathower abandonó la amplia tarima de la sala seguido por el Rector que trataba de impedir su rauda salida, mientras en la sala continuaban arreciando los aplausos, que ya empezaban a sonar lejanos en los oídos de Frank Weathower.

 

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