RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


E V O L U C I Ó N ©






 E V O L U C I Ó N


Como cada mañana, al despertar, Miguel sentía sobre su cuerpo y su mente las transformaciones a las que se encontraba sometido. Esto, sería lo normal en cualquier ser vivo, sin embargo, él era consciente de que lo que le ocurría iba contra todo lo establecido y a pesar de su corta edad, sabía que algo muy diferente le estaba sucediendo diariamente.

 

Cuando cumplió los ocho años ya no le cabía la menor duda de que no era como los demás niños. Sabía que los superaba en cualquier actividad, ya fuera física o mental. Fue aprendiendo  a recatarse para no dar una imagen muy diferente a la normalidad, y aunque se le consideraba un niño aventajado, no proporcionaba la idea de hasta donde podían alcanzar sus facultades. Jugaba con sus compañeros tratando de aparentar unas características propias de su edad, pero pronto comenzó a cansarse de ello. Siempre tenía que reprimirse para no ser el mejor cualificado, el constante ganador y lo que podría ser un juego, llegó a transformarse en un aburrimiento.

 

Era el hijo único de unos padres algo despistados pero adorables. Quizá por ello, podía desenvolverse perfectamente en su entorno sin tener que dar explicaciones o que pudieran percatarse de lo sorprendente que podía llegar a ser. Su padre, Ingeniero de Telecomunicaciones y Físico, era un pequeño genio que adoraba su profesión. Disponía en su amplia casa de tres alturas situadas en la periferia de la ciudad, de una estancia de trabajo amplia y con una biblioteca técnica compuesta por numerosísimos volúmenes que abarcaban una gran parte del saber del momento. Una mesa de despacho de madera de cedro y una enorme mesa central de trabajo a juego, unas sillas y la amplia librería, componían todo el espacio. Su madre, en el ático, atesoraba innumerables obras de historia del arte, disciplina en la que estaba en posesión del doctorado. Su carácter más abierto, le permitía compaginar en su biblioteca una buena colección de libros de carácter lúdico.

 

Desde muy jovencito, Miguel obtuvo el permiso de sus padres para disfrutar de ambas estancias a su gusto, sin limitación alguna, sin libros prohibidos o cualquier tipo de obra a la que pudiera acceder. Y en ellas pasaba la mayor parte de su tiempo libre asimilando una serie de disciplinas que al azar le iban surgiendo. Tan sólo su madre se sentía algo inquieta por el proceder de su niño, consciente de que no era como los demás pero tampoco daba muestras de ello, sin embargo, trataba de seguir su evolución con mayor sentido crítico que su marido, el cual, no dejaba de ver normalidad en todo lo que le rodeaba.

 

Manejaba su ordenador personal con gran soltura y si alguien pudiera comprobar cual era el contenido del disco duro, se llevaría una gran sorpresa, con el agravante de que comprendería bien poco de lo que allí se almacenaba. Sus padres nunca trataron de acceder a él, pero a pesar de todo, había diseñado una serie de trucos que hacían impracticable el acceso a lo que a él no le interesaba que viera la luz.

 

Su mente nunca se encontraba ociosa y comenzó a preguntarse la razón de la marcada diferencia que existía con los demás niños, jóvenes y en una gran mayoría de los adultos. Trató de encontrar información en todos los medios a los que tenía acceso, Internet uno de ellos, aunque bien pronto se dio cuenta de que existía demasiada información y generalmente mala y no cualificada. Por supuesto, los volúmenes de su casa, pero sabía que no abarcaban todas las ciencias y sobre todo, carecían de muchas revistas técnicas y de ciencia donde podrían encontrar la evolución diaria de cualquier sector.

 

En la biblioteca de su colegio, apenas pudo encontrar nada, dedicada como estaba a los estudiantes que por allí iban pasando, difícilmente podría verse complacido. En las públicas no le permitían la entrada por su corta edad, al igual que en la universidad, donde le increpaban por sus absurdas pretensiones.

 

Comprendió que sin la ayuda de los mayores, la sociedad en la que se encontraba inmerso no le proporcionaría muchas facilidades ante la incomprensión de mentes cerriles y nada abiertas. Suponía una frustración, aunque no un inconveniente. Empezaba a tener claro la gran dificultad que suponía ir en contra de lo establecido. No era difícil entenderlo, ya que mentes preclaras en el pasado tuvieron que sufrir el desprecio de sus coetáneos, cuando no la hoguera por ser considerado brujo, o sencillamente, más inteligente que los que tenían que definir la brujería.

 

Cada día, suponía un esfuerzo para reprimir sus deseos y dar rienda suelta a sus facultades que se iban incrementando considerablemente. Cuando cumplió los once años llegó a proponer a sus padres la necesidad de acceder a las bibliotecas universitarias y si esto suponía realizar los correspondientes exámenes para demostrar sus capacidades, no tenía inconveniente alguno. Estaba dispuesto, tras el conocimiento de los programas actuales, a realizar las pruebas oportunas para obtener la licenciatura de las disciplinas que realmente le interesaban.

 

Su madre se mostró reticente a sus proposiciones, pero más bien por la formalidad que supondría apoyar a un niño de once años ante tan descabellada propuesta. Sin embargo, no dudó en realizar todas las consultas posibles para facilitar y cumplir los deseos de su hijo, apoyo que también recibió por parte de su padre.

 

Consiguió, por medio de un estudiante de ingeniería, con buenas facultades pero con escasos medios económicos, que su padre le pagara una cantidad atractiva para que le acompañara a los lugares que a él solo le impedirían, básicamente, las bibliotecas especializadas. Allí fueron estudiando juntos, aunque el joven comprendió bien pronto que el crío estaba maravillosamente dotado y ya le superaba en cualquier disciplina. Tampoco dudó en mantener un silencio absoluto sobre ello, por la insistencia de Miguel y por el temor a perder ese dinero que le estaba permitiendo estudiar la carrera sin tener que pensar donde obtenerlo.

 

Y así fue transcurriendo el tiempo, descubriendo ambos como se desarrollaba la inteligencia de Miguel. Sus padres se sentían orgullosos aunque no comprendían muy bien las negativas de su hijo en pasar totalmente desapercibido. Pensaban que un centro de enseñanza especializado le ayudaría a potenciar su educación y conocimientos. Lo achacaban a su carácter tímido, auque no sabían bien lo equivocados que estaban.

 

A medida que iba creciendo empezó a hacerse muchas preguntas, y no precisamente con respecto a su coeficiente intelectual ni a su facilidad para absorber conocimientos. Sus sentidos se habían desarrollado portentosamente. Su vista era superior a la de un águila, su olfato superaba al de cualquier ser vivo que percibiera olores a muchísima distancia, su oído tenía la sensibilidad de un compositor y abarcaba un mayor campo de longitudes de ondas sonoras, percibía lo que ningún ser humano podía si no era con ayuda de sofisticados aparatos medidores de sonidos y al tacto era capaz de determinar muchas de las cualidades sobre el elemento que tocaba. Mediante el sentido del gusto podía percibir múltiples sensaciones apenas imaginables para otro ser humano.

 

Pero no eran los sentidos lo que atraía su atención. Analizaba constantemente sus reacciones personales y las grandes diferencias que podía apreciar con el resto de la gente con la que se relacionaba o tenía conocimiento a través de los medios de audición y visión. Le asombraba la constante ausencia de temor, no sentía preocupaciones por las cuestiones normales y que a muchas personas parecía desquiciar. Carecía de miedo, aunque era capaz de valorar perfectamente las consecuencias de cualquier acto que le obligaba a no ser imprudente. No era irritable ni provocador. Ante cualquier discusión, nunca alteró el ritmo de sus constantes vitales ni su voz adquirió atisbos de rencor o ira. Muchas cuestiones de la vida cotidiana de la gente le parecían banalidades e incluso comprometedoras con la propia salud, como la ira o la irritabilidad persistente.

 

Comenzó a intuir que la sintomatología que estaba descubriendo tendría, con toda seguridad, un origen genético, por lo que centró una gran parte de su atención hacia el estudio de esa ciencia. A los dieciocho años ya poseía los conocimientos suficientes como para hacerse con el título de varias carreras y de diferentes actividades.

 

Conoció a un joven doctor que trabajaba en un hospital privado en la sección de radiología. Obtuvo mucha información en sus charlas con él, charlas que llegaron a ser muy habituales y en las que los dos sabían sacar buen provecho. Miguel llegó a la conclusión de que debería hacerse un escáner completo y básicamente, un profundo estudio de su cerebro. En la actualidad, los medios para conseguirlo eran excelentes, pero su pretensión era realizarlo en secreto y esto ya no era tan sencillo.

 

—Santiago, quiero pedirte un favor —le dijo al joven doctor—, y espero que puedas hacérmelo, no por ti, por los medios.

 

Y le explicó lo que deseaba, pero indicándole la absoluta confidencialidad de los resultados obtenidos, fueran los que fueran.

 

—¿Te encuentras mal? —preguntó intrigado y preocupado, ya que Miguel no le había declarado los motivos de su deseo.

 

Tras pensar unos segundos, Miguel le respondió que se encontraba perfectamente, pero que necesitaba corroborar —y aquí le mintió—, si un pequeño accidente en la niñez podría haberle dejado alguna secuela.

 

—A veces siento una especie de mareo que dura escasos segundos y hasta que no lo recordé, no me preocupaba, ni me preocupo ahora, pero vale más prevenir.

 

—¡Vamos, Miguel, eso no es como para llevarlo tan en secreto! —respondió con una amplia sonrisa. De cualquier forma, estoy dispuesto a ayudarte. Tengo la completa seguridad de que no actúas con trivialidad, pero respeto tus deseos. Ya me contarás lo que creas conveniente.

 

Una madrugada recibió la llamada de Santiago diciéndole que estuviera en el hospital a las cinco y media, en ayunas por supuesto.

 

Cuando llegó, Santiago le introdujo en la gélida sala provista de un enorme scanner. Estaban solos, aunque a través de un amplio ventanal al fondo pudo ver a una mujer manipulando una serie de aparatos.

 

—No quiero que nadie, absolutamente nadie vea los resultados, al menos, de momento.

 

—¿Tratas de inquietarme, Miguel? Produces la sensación de que te encuentras en una fase terminal —alargó su mano derecha y le dio un ligero tirón en la oreja a la vez que se reía—. Bien, dejémonos de trivialidades, cumpliré tus deseos y ahora, entra en aquella habitación y sal como tu madre te trajo al mundo.

 

—¿Desnudo total? —inquirió mientras dirigía la mirada hacia el ventanal.

 

Santiago siguió su mirada.

 

–Ja, ja, ja… —no pudo contenerse—. Ha visto más cuerpos desnudos de los que podrías ver tu en varias vidas. Además, ni se fijará en ti, seguro. Debe controlar sofisticados aparatos como para estar pendiente de un vulgar veinteañero.

 

Sin más preámbulos, Miguel obedeció y poco después era introducido en el pesado y frío scanner. Allí estuvo durante un tiempo que no se preocupó en determinar. Dejó que su pensamiento volase hacia otros asuntos, hasta que Santiago le advirtió de la finalización de la prueba. Se vistió tiritando un poco, y ambos se dirigieron hacia la sala en la que se encontraba la enfermera manipulando los aparatos. Al verles entrar, asintió con la cabeza y desapareció tras la puerta de salida.

 

Sobre la mesa comenzó a desplegar los análisis realizados. Santiago palideció cuando pudo observar el scanner realizado a su cerebro. Señaló con el dedo índice una mancha oscura situada en el parietal derecho, lo que no dudó en tomar como un tumor muy desarrollado.

 

Ambos lo miraron fijamente.

 

—¡No es un tumor, Santiago. Observa la definición de su contorno y la apariencia de la masa. No, no puede tratarse de un tumor.

 

—Sí, pero indudablemente, es algo extraño, sigo creyendo de que se trata de un tumor y que requiere una operación lo más rápida posible.

 

Miguel sonrió, aunque creyó que en su cerebro se estaba formando una especie de angustia, pero que desapareció de inmediato. No sentía temor alguno.

 

—Te voy a efectuar unas pruebas rápidas para saber si tiene alguna actividad.

 

Comenzó a colocarle una serie de cables en su cabeza. Se encontraba un poco tenso a pesar de estar habituado a estos tratamientos, pero ahora era su amigo el que estaba en sus manos y la cuestión era diferente.

 

Miguel espera pacientemente tumbado sobre una camilla.

 

—Tendré que llamar a Mónica —sonrió, ahora te verá vestido…

 

—¿No puedes manipular tú solo esos aparatos? —le preguntó—. No es difícil y será cuestión de unos minutos para comprobar la actividad cerebral.

 

Las imágenes que aparecían en los monitores le estaban indicando que el supuesto tumor tenía una fuerte actividad cerebral, casi parecía el centro neurálgico del cerebro. Tras una serie de comprobaciones, la actividad se iniciaba allí, para traspasarla posteriormente a cada una de las zonas del cerebro responsable de las mismas. Santiago se encontraba impresionado con lo que estaba comprobando.

 

—¡Con razón querías el más absoluto secreto! ¿Diablos, qué puede ser esto?

 

—No sabía nada, te lo juro. Sin embargo, empezaba a intuir que alguna causa diferente a la normalidad estaba provocando un determinado desarrollo en algunas de mis aptitudes.

 

—¿En algunas? ¡Santo cielo, ahora empiezo a comprender muchas cosas!

 

Miguel volvió a recordarle su promesa, ¡silencio absoluto! Ya habría tiempo para pregonarlo y que le convirtieran en la estrella de un circo, terminó riéndose alegremente.

 

—Lo que parece claro —enfatizó Santiago—, es que “esto” se formó al inicio de tu gestación. No puede ser de otra manera. Cualquier malformación posterior y con ese tamaño te hubiera provocado, probablemente, la muerte. ¡Estoy seguro, “esto” nació contigo!

 

—Por favor, Santiago, no sea cruel, no le llames “esto”, es una parte de mi cerebro, sea buena o mala, ahí está y hasta el momento no puedo decir que tenga queja de ella, muy al contrario.

 

Más tarde, Miguel abandonó el hospital sin la más mínima expresión en su rostro que pudiera denotar preocupación, malestar o cualquier otra sensación desagradable. Empezaba a vislumbrar cuales serían sus próximos pasos. Tenía que profundizar en el conocimiento del ADN en los genes y buscar si existía en los suyos alguna malformación determinante de su situación.

 

Nunca fue reservado con sus padres, pero este descubrimiento le obligaba a ser cauto y no dar pie a posibles preocupaciones.

 

Durante un fin de semana pudo observar una determinada inquietud en su padre, sin embargo, decidió no hacer preguntas si él no consideraba necesario hacerle partícipe de alguna preocupación. Fue a la hora de la cena cuando su madre trató de averiguar que le ocurría.

 

—Hemos tenido una seria incidencia en una de las centrales nucleares —respondió con gran seriedad en su gesto—. Lo grave aún puede estar por venir y eso es lo que me preocupa.

 

—Espero que no ocurra lo de Chernóbil —se movió inquieta en su sillón— ¡Dios mío, cuánta desolación!

 

—No seas exagerada, cariño. Lo de Chernóbil, como tú misma has podido comprobar, fue apocalíptico. Ahora estamos hablando de alguna pequeña fuga, lo que no deja de ser preocupante.

 

Miguel les miraba sorprendido.

 

—¿Estuvisteis en Chernóbil? ¿Los dos? —preguntó con apremio.

 

—Sí —respondieron al unísono—. Pero fue mucho después del accidente. Estuvimos en Rusia en una conferencia a la que invitaron a tu padre y nos llevaron allí para que comprendiéramos la gravedad de lo ocurrido.

 

—Tú, no habías nacido todavía y en aquella época nos permitíamos viajar juntos frecuentemente. Por cierto, creo que esa dicha se terminó al año siguiente, cuando tú llegaste a este paraíso terrenal —exclamó jocosa.

 

El cerebro de Miguel parecía una caldera al máximo de presión, aunque la serenidad de su rostro no lo hacía predecible. Se estaba afianzando en la posibilidad de una alteración de sus genes. ¡Una mutación!

 

“¡Santo cielo —se dijo mentalmente—, parece que las piezas del rompecabezas van encajando”!

 

Gracias a las buenas relaciones de Santiago en muchos laboratorios de análisis, consiguió determinar que tipo de mutación tenía. Estaba localizada en su material genético, en los cromosomas X e Y, y evidentemente diferenciada de dichos cromosomas normales.

 

Sus siguientes pasos trataron de determinar si esta mutación, además de los efectos que él creía que se había producido, podrían aparecer otros, inclusos peligrosos para su propia existencia. Con los medios que tenía a su alcance, incluso con la generosa colaboración de Santiago, se veía impotente para determinarlo, teniendo en cuenta sus deseos de permanecer en el más absoluto anonimato. No tenía la menor duda de que si algún personaje con muchos medios económicos se enterara de sus facultades, trataría de tomarle como conejillo de indias en beneficio propio. Igualmente, pensó que eso también podría ocurrir en los medios científicos, y que no dudarían en utilizarle, incluso con codicia, dejando al margen el logro que podría suponer su estudio.

 

Fue absorbiendo disciplinas con una gran facilidad y en el transcurso de unos años llegó a doctorarse en algunas de ellas.

 

Su porte era elegante, sus facciones agradables, y su conversación muy amena, lo que le hacía ser un joven muy atractivo a las muchachas de su edad. Conocía a muchas, pero ninguna le había atraído lo suficiente como para convertirse en su pareja. Además, se planteaba la posibilidad de que su descendencia pudiera tener problemas por sus características genéticas y esto, aunque no lo consideraba muy factible, le preocupaba cada vez que pensaba en ello.

 

Cuando determinó que era una persona mutante y sin saber las consecuencias de ello así como su promedio de vida, hizo conservar su semen por medio de la técnica de criogenización. Dejó muy claro y por escrito ante la atractiva directora del centro, que su material genético no podía ser donado a nadie bajo ningún concepto, ya que pensaba utilizarlo en el futuro. Además, hizo un detallado informe sobre sus deseos, informe que depositó en una testamentaría con la condición de no ser abierto a menos que él decidiera rescatarlo o les comunicaran que había fallecido. Se sintió más tranquilo, ya que no dejaba nada al azar, y en el caso de una muerte prematura, entonces si había dispuesto la forma de hacer público su mutación para que ésta fuera estudiada concienzudamente.

 

Fue a partir de entonces cuando comenzó a vivir con normalidad, dedicándose, como cualquier joven de su edad, a realizar su trabajo en el mismo centro que su padre, lugar en el que controlaban la mayoría de las centrales nucleares del país, y a divertirse en los ratos de ocio, que aunque no eran demasiados, si los aprovechaba muy bien.

 

Un día, mientras se encontraba en el salón de su casa viendo la televisión, se acercó su madre desplegando un periódico entre sus manos.

 

—Mira, Miguel —le dijo jocosa—, porque te conozco no tengo duda alguna, pero juraría que este niño —y le mostró una fotografía que ocupaba media página— es tuyo —y se rió desenfadadamente—. ¡Ojalá!

 

Miguel miró la fotografía sin apenas curiosidad.

 

—¡Qué tonterías dices, mamá, los niños, de pequeños todos son igual de feos! No sé como se te ocurre eso.

 

—Porque es clavado a ti cuando eras pequeño.

 

Por simple curiosidad, cogió el periódico y leyó que una joven millonaria y un tanto excéntrica había dado a luz a un varón tras varios años tratando de conseguirlo. Sucedía en Argentina y parece ser que fue un gran acontecimiento en el seno de una adinerada familia.

 

—¿No me crees, verdad? —le preguntó divertida, y abandonó el salón para regresar unos instantes después —. Mira, ¿qué te parece?

 

Y le mostró varias fotografías de la página de un álbum. Miguel las miró indolente, pero cuando su mirada se paseó por ellas tuvo un ligero sobresalto. Realmente el parecido era asombroso. Incluso, una fotografía podría pasar por la otra.

 

—¿No dices nada? —y continuó riéndose con desenfado.

 

—¡Casualidades, mamá, sólo eso!

 

—Claro, ya lo sé, hijo, pero no deja de ser curioso —le miró fijamente, conteniendo la risa—, pero ¿no tendrás tú algo que ver? La madre está de muy buen ver, una real hembra, aunque un poquito mayor que tú, claro.

 

Lo primero que se le ocurrió pensar, fue que, quizá no era el único hombre en la tierra con ese tipo de mutación. Posiblemente el padre o la madre lo fueran, aunque intuía que sería el padre al aportar un cromosoma Y, origen de la mutación y con capacidad para transmitirla. El cromosoma X adquirió esa cualidad posteriormente e inducido por el Y. Por lo que había estudiado, pensaba que para engendrar un ser femenino, ambos padres tendrían que ser portadores, mientras que un ser masculino se engendraría con la sola presencia en el cromosoma Y.

 

Durante unos días estuvo recibiendo las bromas de su madre. Su padre a penas hizo comentarios. Después, paso al olvido.

 

Pero unos meses después, otra noticia similar le dejó perplejo. Era difícil imaginar que el número de mutaciones pudiera ser considerable. Prácticamente imposible. Si esto había sucedido en dos familias de muy alta posición económica, también tendría que producirse entre la gente de un nivel medio, lo que implicaría que se estaba originando un buen número de mutantes en el mundo, o quizá, era algo que llevaba produciéndose desde hacía tiempo y que las cualidades que el tenía, no era algo común a todos. Probablemente, éstas, se desarrollarían  poco a poco.

 

Decidió hablar con Santiago para recabar su opinión. Su sorpresa fue enorme, apenas daba crédito a lo que su amigo le estaba contando. Indudablemente, podría estar produciéndose esa mutación en otros humanos, pero no de la forma en que afectaba a su amigo. Era muy difícil ocultar todo el potencial que ambos sabían. Incluso, en alguna ocasión, cometió ligeros deslices que, con fortuna, fueron tomados como bromas. Si el número de mutantes fuera elevado, sería de conocimiento público a ciencia cierta, lo que equivalía a pensar que este número, al menos de momento, sería muy escaso.

 

Miguel no estaba muy convencido, no creía en unas casualidades en las que el porcentaje de que se produjeran era ínfimo. ¡Tenían que existir otras razones que justificasen tales acontecimientos! Además de continuar con su trabajo habitual, disponía de tiempo suficiente para profundizar en los conocimientos de la genética, y así lo hizo durante un tiempo, aunque no era capaz de encontrar una solución satisfactoria. Intuía la posibilidad de transmisión por herencia, de cómo se podría producir, pero que no explicaba la realidad. Además, seguía pensando que su mutación se había producido como consecuencia de la estancia de sus padres en Chernóbil, y aunque esto podría darse en mucha gente, era muy difícil que tales mutaciones se originasen en la misma línea.

 

Tuvo conocimiento de un tercer caso, en análogas circunstancias, pero esta vez la prensa hablaba de un éxito de fecundación asistida en una conocida estrella de cine. Esta lectura disparó todas sus alarmas. Trató de ponerse en contacto con la actriz, algo que le resultó imposible, sin embargo, tomó la decisión de volver a la clínica, en cuyo banco de semen, almacenaban el suyo.

 

Preguntó por la directora del centro. Deseaba dialogar con ella antes de retirar su depósito. Le comunicaron que estaba de baja por embarazo. Su médico, según dijo en el centro, le obligaba a mantener un reposo absoluto. Entonces comentó a la persona que la sustituía los motivos de su visita. Su deseo de retirar el semen del banco de esperma. Aunque no les pareció muy razonable, ya que si no se utilizaba de inmediato una vez fuera de los tanques de frío, se perderían irremisiblemente, pero no se negaron a cumplir sus órdenes.

 

Su sorpresa fue mayúscula cuando le dijeron que allí no tenían constancia alguna sobre él ni sobre el esperma congelado. Miguel, pensando que se trataba de un error, enseñó la documentación que le avalaba. A pesar de todo, continuaron manteniendo la misma posición.

 

Sus dudas si iban disipando. Solicitó la dirección de la directora, pero muy amablemente le dijeron que no podían facilitarle esa información. No le importó demasiado, Santiago se encargaría de proporcionársela.

 

Solamente cabía una hipótesis, su semen había sido utilizado para realizar fecundaciones in vitro y en mujeres, aparentemente, de muy buena posición económica, lo que le indujo a pensar que quién lo hizo, fue debido a los sustanciosos beneficios que pudo obtener.

 

Unas ligeras indagaciones de Santiago les proporcionaron la dirección de la directora y además, le hicieron saber que profesionalmente era buena pero sin demasiados escrúpulos a la hora de buscar ascensos, poder y dinero. Y les sorprendió que estuviera embarazada, ya que estaba soltera y nunca se mostró partidaria de tener descendencia.

 

Tras varios intentos, finalmente pudo reunirse con la directora del centro. Le pareció mucho más guapa que la vez anterior. Probablemente no le habría dado mucha importancia. Fue directo en sus preguntas.

 

—¿Qué uso le ha dado al esperma que he depositado en su centro? Y por favor, no divague. Si estoy aquí, es porque mi convencimiento del hecho es total —dirigió una mirada crítica hacia su vientre en el que se comenzaba a vislumbrar su redondez.

 

Ella sonrió con delicadeza, cruzó ambas piernas dejando asomar unas perfectas pantorrillas.

 

—Por supuesto, no voy a negar nada, don Miguel —dijo un poco socarronamente—. Su forma de hacernos depositarios de su esperma me sorprendió bastante. Es usted todavía muy joven como para tener que recurrir a eso, y teniendo en cuenta que no está casado ni tiene pareja estable.

 

Miguel le miró inquisitivo, preguntándose si esta mujer no habría estado investigando su vida.

 

—Y no se equivoca si piensa que le he vigilado. ¡Pues claro que sí! Soy una persona de gran curiosidad de la que trato de sacar el máximo provecho posible. Espero que lo entienda. Conozco su gran amistad con el doctor Santiago Arenas y también que se ha estado haciendo alguna prueba en el centro donde él trabaja. No sé en que han consistido, pero me imagino que tratándose de scanner, buscarían alguna anormalidad, eso unido a su depósito de esperma, disparó mi curiosidad a límites insospechados.

 

—¿Con qué derecho? —preguntó sin enojo alguno en su voz ni en su expresión, produciendo la impresión que la charla era totalmente distendida.

 

—No es cuestión de derechos, amigo mío —dejó que su rostro transmitiera una sonrisa lo más dulce posible, no deseaba, en absoluto, provocar reacciones adversas en el muchacho—. Sencillamente, podría decir que la curiosidad profesional me llevó a realizar algunas investigaciones, entre ellas, comprobar la calidad de su semen. Puedo asegurarle que es inmejorable, portentosa, diría yo, tanto…, tanto… —llevó las manos sobre su vientre y lo acarició con delicadeza—, ¡que vas a ser el padre de mi hijo!

 

—Eso era algo que ya intuía. No pienses que me produce satisfacción alguna, al contrario, no sé muy bien que clase de hijo vas a engendrar.

 

—¿Lo dices por la mutación en el cromosoma Y?

 

—¿Lo sabias? —se sorprendió él, aunque no dio muestra alguna en su gesto.

 

—Por supuesto que lo sabía. Lo único que me preocupa es que la mutación tan sólo se manifestará en lo varones. Las hembras no tenemos ese cromosoma y eso puede dar lugar a un sometimiento peor que antaño.

 

—La mutación está situada en los dos cromosomas XY, aunque el Y es dominante. Pero se necesitan los dos para que ésta se manifieste. Las mujeres serían portadoras al recibir el cromosoma X del varón y en su descendencia ya podría aportar ese cromosoma X mutado que junto con el del varón, la hembra tendría sus dos cromosomas XX mutados, entonces sí se manifestaría en su totalidad.

 

—Ahora lo veo claro. Tendrán que pasar varias generaciones para que las mujeres estén en igualdad de condiciones que los varones. Ni tú, ni yo por supuesto, llegaremos a verlo.

 

Miguel la miró detenidamente, le gustaron sus hermosos ojos azules de penetrante mirada. Si no fuera por la advertencia de Santiago, pensaría que era un encanto de mujer.

 

—Estás en lo cierto. Sin embargo, además de no saber de que forma van a evolucionar estos recién nacidos, siempre existe la posibilidad que descubran sus facultades y traten de usarlas indebidamente y en beneficio propio —su sonrisa le dio a entender que el ejemplo lo tenía bien cercano, aunque con los nuevos seres podría ser infinitamente peor.

 

—No me subestimes, Miguel —respondió con un tono de voz muy natural, tratando de Imprimir una sinceridad que sí sentía—. En primer lugar, estudie concienzudamente todos los casos posibles de inseminación artificial. Como comprenderás, todos ellos en familias acaudaladas por motivos obvios. Tuvieron que firmar documentos en los que se determinaban muy claramente las posibles aptitudes a tomar con respecto a sus hijos, evitando siempre cualquier tipo de publicidad y, además, deberían mantenerme informada con una determinada frecuencia.

 

—¿Quieres decir que los niños están o estarán perfectamente controlados y en que en todo momento sabrás cual es su situación? —preguntó muy interesado—. Dentro de lo que cabe, eso sería magnífico.

 

Continuaron conversando con un alto grado de cordialidad. Miguel no sentía ira alguna hacia aquella mujer, que, no le cabía la menor duda, era muy inteligente y su capacidad de organización alta. Sólo su codicia, si realmente era cierto, disminuía sus valores.

 

La doctora le explicó cuales eran sus planes sin entrar en excesivos detalles. Dentro de las condiciones impuestas a las familias, una de ellas contemplaba la posibilidad de que estos recibieran una educación especializada en un centro al que asistirían otros niños en igualdad de condiciones. Probablemente y dado que tenían una paternidad común y una especial mutación, sus parecidos podrían llegar a ser asombrosos. No sería muy conveniente que fuera de dominio público. También le propuso continuar con más inseminaciones, a lo que Miguel se negó con rotundidad.

 

—Me imagino que habrás ganado mucho dinero. Ya no necesitas más, ni yo pienso colaborar a ello.

 

—Miguel, creo que no lo entiendes —le dijo casi en un susurro, con voz muy dulce—. Todo el dinero que dispongo y pueda disponer está destinado a crear toda la infraestructura para albergar a esos niños, y cuanto más pequeños, mejor. No va a ser nada fácil y sus padres, aunque tienen mucho dinero, habría que convencerles para que participasen con una colaboración desinteresada —se detuvo unos segundos para aspirar profundamente, y continuó—: Quiero darles una educación esmerada, unos conocimientos específicos, ya que, ahora lo veo claro, serán los orígenes de una nueva raza. Tenemos que preparar unos cimientos perfectos, Miguel, y tienes que ayudarme a conseguirlo, ya que tu eres el responsable de que estén ahí y sean diferentes. ¡Por favor —le dijo suplicante—, no me digas que no!

 

—Eres la avispa libando de flor en flor repartiendo el polen de creación de una nueva raza. Sin tu inteligencia, sin tu codicia y sin tu sensatez, no hubiera sido posible. Probablemente, la mutación que tuvo su inicio en mi persona se hubiera acabado también en ella. Sí. Entiendo que, necesariamente, tengo que ayudarte y tengo que ayudarme.

 

—No lo dudes, querido. La mujer nunca podría quedar al margen de una nueva raza y ser solamente una portadora. ¡Nunca…! Quizá nuestra descendencia sea la niña que inicie el proceso.

 

Se miraron sonrientes y esperanzados. Sus vidas, ahora, tenían una magnífica meta en común.

 

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