RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


NIEBLA, CON IRONÍA, SIN IRA 



VITTORIO CORCOS (ITALIA 1859 - 1933)



NIEBLA, CON IRONÍA, SIN IRA

¡Cómo puedo sentir los latidos de tu corazón cuando tu alma está seca, tu cerebro vacío de pensamientos y tus sentimientos no alcanzan a vislumbrar esa pequeña lucecita que todo ser humano lleva en su interior! Es verdad amor, no puedo escuchar los latidos de tu corazón, que nunca quisieron ir al unísono con los pasos que emitía el mío, sereno a veces, desbocado en la mayoría de las ocasiones con tan sólo tu presencia, llamándote a gritos hasta sentir una gran afonía que le sumía en la más inmensa de las depresiones, para volver a resurgir instantes después, con bríos renovados, sin ánimo de desfallecer, pero al alcanzar el parapeto de tu sordera sentimental, me eran devueltos como lanzas de afiladas puntas que penetraban en todo mi ser profiriéndome miles y miles de heridas con un continuo reguero de sangre tratando de abandonar un cuerpo que sentían mortalmente destrozado. Agudizo mi oído tratando de vislumbrar aunque tan sólo sea el más mínimo resquicio de movimiento en él, de que sigue vivo, de que todavía existe la esperanza de que poco a poco, latido a latido, pueda recuperar la esencia para la que fue creado. No, no me digas nada, no puedo escuchar nada, tus palabras se volverían dardos con esa misma habitualidad que le fue propia, con la ironía mordaz y seca con la que las envolvías, desgranándolas con lentitud, subrayando cada una de ellas; nombre, verbo, adverbio, preposiciones..., enfatizando incluso sin haber lugar. Mi llanto de ayer, se ha convertido en indiferencia hoy, por eso amor, no escucho los latidos de tu corazón, no me llegan sus vibraciones ya que no existen, quizás nunca existieron pero yo, en mis anhelos de sentirlas, hasta el mismo suspiro de tu aliento era esencia de vida para mí. Porqué te lo digo ahora y así, sin querer escuchar los tímidos lamentos que nunca sabrás emitir, pensarás desasosegado, incluso cabreado y furioso, estado habitual en tu vida cotidiana. No, no es un sentimiento de venganza a pesar de todo el daño inferido, pero de lo que no exime mi culpabilidad. Ahora no, quizás antaño mi visceralidad se hubiera agarrado a esa vileza tratando de culpabilizarte totalmente. Hoy ya no amor, hoy ya no. No siento odio por ti, creo que nunca lo sentí a pesar de mi obnubilación pasajera mientras creía vivir secuestrada por ese sentimiento. Ya  puedo mirarte frente a frente sin sentir las palpitaciones de mi corazón o esa sensación de inestabilidad que me encogía el estómago produciéndome estados de vértigo. Hoy ya lo hago serenamente, mirando atrás con pena pero sin ira. Dicen que el tiempo todo lo borra y no es verdad amor, no es verdad. Quizás el tiempo transforma, hace que unos sentimientos puros, ingenuos, casi infantiles, se vayan convirtiendo en algo muchas veces no deseado; pánico, terror, odio... Yo no siento nada de eso amor y puedo dar gracias al cielo por ello. Te miro frente a frente y sé con seguridad total de que no. Pero para ello, mis ojos enrojecidos por el llanto  permanecían abiertos en la oscuridad de la noche, fijos en ella, introduciendo en mi ser ese vacío de la negra nada que a lo largo del tiempo fue templando mi alma, y hoy, ya puedo ver en ella. Cuantas noches amor, cuantas noches... inmersa en esa oscuridad, sobrecogida por el temor, amargada por el llanto, dibujaba tu rostro con las yemas de mis dedos, con dulzura, suavemente como queriendo inmortalizar el instante, detener el tiempo y poseerte con plenitud, hasta que mis miembros ya insensibles caían abatidos sobre la impoluta blancura de la almohada, humedecida por el salobre líquido que no dejaba de manar de mis irritados ojos, que a pesar de todo, continuaban viéndote con toda la dulzura de la que es capaz el amor. ¡Ay amor!, quisiera continuar escuchando esos latidos que durante tantos años me han tenido prisionera, sentir que la vida en ti todavía pudiera tener un sentido, pero mi mente se ha cerrado a cualquier percepción que pueda emitir tu cuerpo. La terrible conclusión fue abriendo camino en mi espíritu de manera gradual al principio, después se tornó en terrible certeza. Estaba perdida por completo, sin esperanza en el amplio y laberíntico recinto de mi mente. Dirigiese a donde dirigiese mi esforzado pensamiento, no podía encontrar ninguna cualidad que me sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No podía mi razón albergar la más ligera esperanza de volver jamás a contemplar la bendita expresión que dominó mi espíritu desde el instante en que te vi, ni de pasear mis pensamientos por la espiritualidad que intuí en tu ser. ¡Ay amor!, la esperanza se había desvanecido. A pesar de todo, educada como estaba por una vida entera de profundos estudios filosóficos, no obtuve ni una pequeña satisfacción de mi conducta que trató de ser desapasionada; porque, aunque había leído con frecuencia sobre el salvaje frenesí en el que caían las víctimas de situaciones similares, no por ello dejó de hacerme daño de una forma cruel, hasta que experimenté esta sosegada quietud y permanecí tranquila tan pronto como comprendí que estaba perdida. Perdida amor, perdida. Hoy para mi, el tiempo es algo cerrado, que por muchas horas, días, meses o años que transcurran, siempre vuelve al mismo lugar. He tratado de horadarlo, de encontrar un pequeño resquicio que me permita huir sin mirar atrás, pero reboto entre sus paredes circulares para volver al mismo instante del que pretendo escapar. Todavía recuerdo el instante en el que arrobada, sentí tu percepción, que me envolvió en la más tupida telaraña que un ser humano pueda imaginar. Perdía el corazón cada vez que el fuego de tu mirada prendía ardiente en todo los espacios de mi ser, y me creía morir. Eras una niña, me dirás. Sí amor, quizás, pero la niña que sintió en todas las fibras de su ser esa pasión que sólo proporciona el ser amado. Ahora, como mujer, te tengo entre mis brazos, desmadejado, inerte, con la mirada vidriosa, incrédula por lo que ve, horrorizada por lo que siente. Éste es el destino que con tanto afán te has buscado. Hoy ya no te quiero amor, ya no te quiero. Hoy ya no siento nada por ti, nada. Tampoco me das pena. Has labrado este destino con todas las fuerzas de tu ser, las que ahora te abandonan y nunca podrás recuperar. Para mí ya no tienes sentido amor, y a partir de hoy, serás una leve sensación de lo que no fue pero quizás pudo ser. Una ligera niebla que ya no impide seguir mi camino. Duerme tranquilo amor, duerme para siempre. Una eternidad te contempla. Besos amor.

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