RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
RATOS DE RELAX 



Joaquín Sorolla (Ayamonte. Pesca del Atún)



RATOS DE RELAX

Esta mañana, nada más levantarme, me asomo a la ventana y compruebo que había amanecido un precioso día, sin una nube en el cielo y el aire totalmente en calma. Tuve deseos de ver el mar y aspirar todo el yodo que me pudiera proporcionar para regenerar mis constantes vitales, bastante devaluadas a lo largo de la semana. Siempre me ocurre lo mismo, cuando durante unos días está el cielo cubierto o no contemplo el mar, la irascibilidad alcanza cotas desmesuradas.

Pensé, mientras me desperezaba, que sería un formidable día para salir a pescar. Indudablemente, la vida nos proporciona una serie de placeres cotidianos o esporádicos, y pescar es uno de ellos. Ya sé que mucha gente lo duda, incluso no lo cree, pero también es cierto que nunca, ¡nunca! en su existencialidad lo han probado, en consecuencia, es actuar de forma programada.

Pero esto suele ocurrir en demasiadas circunstancias que nos depara la vida. Lo desconocido, no puede ser bueno, ya que en caso contrario sería conocido. ¡Vulgaridad plena! ¿Y cual es el disfrute?, puede pensar cualquier ser anodino y con imaginación para ver y escuchar solamente al oráculo televisivo. Pues mira, escucha y asimila lo percibido.

Si no tienes el mar a la puerta de tu casa, ya sabes, hay que acercarse a él. Puedes hacerlo andando, en bicicleta, en autobús o en coche (por supuesto que hay otros medios de transporte, pero con estos, ya es suficiente).

Cuando llegas al mar, te sientas sobre una silla, un banco, una piedra, donde más cómodo se pueda sentir el placer, o al menos, que tus posaderas puedan estar cómodas como para no rendirte a los primeros segundos del intento. Coges tu cesta de pesca y comienzas a sacar los utensilios correspondientes, con calor, con ánimo, con mimo. Tomas la caña, la montas, trozo a trozo (suelen ser dos o tres), eliges el anzuelo, lo acaricias, lo cebas y después, con un alarde de maestría, te levantas y lanzas el sedal lo más lejos posible, con garbo, con gallardía, con elegancia, como para que, quien pueda observarte piense que donaire desprende tu figura. Satisfecho ya con tal acción, tomas asiento, mimas suavemente la caña y dejas volar la imaginación, mientras el sol acaricia tu rostro y la suave brisa del mar llena tus pulmones.

Dejas perder la vista hacia el horizonte, donde parece que se funden el mar y el cielo, pero puedes tener la completa seguridad de que no lo hacen. Siempre están ahí, juntos, hermosos, pero separados, como el sol y la luna, como Eloisa y Abelardo, como don Juan y doña Inés. La paz comenzará a inundar tu espíritu mientras que tu imaginación se deslizará entre las líneas de lo real y lo imaginario, añorando tiempos hermosos ya vividos o ansiando nuevas aventuras que te deparará el futuro.

De cuando en cuando, darás un ligero tirón a la caña, así te sentirás más vivo. Luego, de nuevo la calma, un cerrar de ojos, un suspiro, una añoranza, la paz continúa asediándote. Incluso puedes quedarte dormido al calorcillo de esos cálidos rayos solares que están acariciando tu rostro, tu cuerpo, al igual que lo haría tu odalisca preferida y la sensualidad se va disparando.

Si además eres previsor y dentro de tus alforjas has tenido la precaución de agraciarte con un buen bocata de atún con anchoas (cualquier otro también es válido, siempre y cuando te guste), una botellita de Rioja (también es admisible de la Ribera del Duero, de Cariñena, de Requena o incluso de Tenerife), un gran termo cargado de café (y si va mezclado a partes iguales de un buen whisky o similar, incluso ese orujo de mi tierra que despierta a los muertos y los levanta, mejor que mejor), el placer de la pesca puede ser superior al de las orgía de los dioses del Olimpo en su época más dorada.

Quizá transcurra un minuto, varios minutos, una hora, varias horas, pero finalmente, sentirás como la caña se tensa con fuerza formando en su punta una semiparábola que vibra desbocada. Ese es el instante más placentero, es el clímax, es la culminación del placer, es el orgasmo deportivo. Comienzas a recoger el sedal delicadamente, aunque desearías hacerlo a velocidad lumínica para que tu presa no pudiera escaparse. Poco a poco la vas acercando, ya sientes el sensual placer del momento. Sabes muy bien que tu espera ha recogido su fruto, y éste, está a punto de presentarse ante ti con toda su potencialidad.

Puedes haber pescado una merluza, o un constipado, o un catarro, o una pulmonía, pero salir de pesca es placer de dioses, y si además pescas, eso ya es la…

Yo, siempre he sentido una curiosidad ante una cuestión que todavía nadie ha podido resolverme. Sí, sé que puede parecer estúpida, propia de seres con cortedad de miras, no preparado para entender la idiosincrasia propia.

¡¿Por qué las mujeres nunca ejercen este tipo de pesca?! Me imagino la respuesta más común y en forma inquisidora, “¿para qué queremos hacer ese tipo de pesca si con la otra disfrutamos más y plenamente?”, y yo me quitaría el sombrero y bajaría la cabeza aquiescentemente.

Bien, podría continuar desgranando las mil y una formas de ejercitar la pesca, pero no quiero ser pesado ni aburrido (no os riáis, por favor), pero si deseo dejaros aquí constancia de esa vital experiencia, os la recomiendo seguro de que no os arrepentiréis por haberlo intentado.

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