RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


¿MUJER CONTRA MUJER? ©


MCM





 

Quien detiene palomas al vuelo

volando a ras de suelo

mujer contra mujer.

 

Su reloj de pulsera estaba marcando las doce de la mañana. Todavía disponía de treinta minutos aproximadamente antes de salir de casa para encontrase con Verónica. El enorme espejo del salón le devolvía una imagen, que arrancó una amplia sonrisa en su rostro. Se encontró bien, arreglada de forma exquisita cuando las circunstancias lo exigían. Su larga melena rubia se deslizaba por sus hombros y espalda a cada movimiento de su cuerpo, creándole un aura de voluptuosidad, que difícilmente pasaba desapercibida.

Era coqueta, incluso inconscientemente, de forma natural y espontánea. A sus veinticinco años estaba terminando la carrera de Arqueología, disciplina que le había obsesionado desde muy pequeña. Había consagrado todo su empeño en obtener las máximas calificaciones y conseguir el puesto número uno de su promoción. Era consciente que en esa profesión, si no se alcanzaban notas excelentes, era muy difícil conseguir puestos de trabajo que realmente valieran la pena para desarrollarla, y ella, era lo suficientemente ambiciosa como para conformarse con migajas.

Por circunstancias familiares, se vio en la tesitura de sacrificar dos años de estudios. Pudo realizarlos, pero a sabiendas de que sus calificaciones serían bajas por la escasa dedicación para preparar las complicadas materias de que se componía y prefirió posponerlos. Cuando finalmente pudo reanudarlos, los logros fueron espectaculares. Ahora, tan sólo quedaba un curso para licenciarse como número uno de su promoción.

Mayte era una mujer encantadora, extrovertida, dinámica, incansable en cualquier actividad y era capaz de agotar a cualquiera. De ello, daba fe su pareja sentimental, Javier, joven y prometedor arquitecto, con el que convivía desde hacía un año. De carácter mucho más conservador, Javier estaba empeñado en llevarla al altar, cuestión a la que se negaba sistemáticamente su pareja, aduciendo la juventud de ambos y la necesidad de sentirse realizada con un buen trabajo, antes de tomar tal decisión.

Durante el último trimestre del curso anterior,  conoció a Verónica, como profesora que impartía una de las asignaturas más interesantes de la carrera. Un poco mayor que ella, pero con un expediente académico que causaba escalofríos y una corta pero impresionante experiencia en diversas excavaciones, participando con los más prestigiosos arqueólogos del momento. Una de sus últimas actuaciones la realizó en una zona de Irak, pero dado la peligrosidad reinante, tuvieron que suspenderla, momentáneamente por su propia integridad física. Sin embargo, y a pesar del pequeño periodo de excavaciones, pudieron determinar que se encontraban ante descubrimientos muy importantes, por lo que trataron de mantener un silencio absoluto, tanto con respecto a los hallazgos como a la situación geográfica de los mismos.

Congeniaron desde el primer momento, primero, como profesora y alumna y poco después, como amigas. Mayte, con el desparpajo que la caracterizaba, no dudó en ningún momento tratar de utilizar a Verónica como fuente fidedigna de información, incluso, en materias impartidas por otros profesores y que, en teoría, no eran de su competencia. Muchas tardes, cuando el trabajo de Verónica se lo permitía, era acaparada por su fiel discípula, y ya en cualquier cafetería, en la facultad, o en casa de cualquiera de las dos, se reunían para hablar de arqueología. Cuando esto ocurría, la satisfacción que les producía se reflejaba constantemente en sus rostros.

Javier y Ernesto eran muy conscientes de la buena relación entre ambas, relación que les condujo a formar un cuarteto muy bien avenido. Los varones apenas se reunían entre ellos, casi siempre lo hacían con sus mujeres, pero la frecuencia era grande y una buena amistad se fraguó bien pronto entre las dos parejas.

Recordó aquella tarde de mediados de primavera con un sol radiante y una temperatura muy agradable cuando terminaron la última clase del día, impartida por Verónica. La joven discípula se encontraba extasiada, al igual que la mayoría de sus compañeros, por la forma tan clara y amena con la que desarrollaba cada una de ellas. Pero ésta, le pareció especial, y a medida que transcurría el tiempo, más emocionada se sentía. Verónica logró transportarla hacia el antiguo Egipto, que se desenvolvía bajo los auspicios de su gran faraón Ramsés II, tercer faraón de la Dinastía XIX y su bellísima esposa, Nefertari en los años 1279 a 1213 a.c.

Parecía sentir que flotaba en medio de un tiempo y un espacio prodigioso y la emoción que sentía casi no la dejaba respirar. Pensó que era capaz de sentir el amor de una reina hacia su esposo el Faraón, la reencarnación de Ra en la Tierra, y hacia su pueblo. Toda el aula se mantenía en un impresionante silencio, algo que agradaba a la bella profesora y que le permitía seguir con facilidad el hilo de sus pensamientos, expresarlos con facilidad y de forma prodigiosa hacia sus alumnos.

Antes de abandonar el aula,  se acercó rauda a la mesa de su profesora, con una amplia sonrisa de satisfacción en su rostro.

—¡Genial, has estado genial! –no pudo reprimir su grito de euforia.

 

Verónica elevó su mirada para encontrarse con los preciosos ojos abiertos como platos de su querida alumna, unos ojos que eran capaces de expresar múltiples sensaciones y estar siempre hermosos.

—No es necesario que me hagas la pelota, Mayte —le respondió tratando de imponer a su rostro, una seriedad que no sentía, y segundos después, explotaba con una generosa carcajada.

 

Siempre le ocurría lo mismo con Mayte, siempre terminaba riéndose, siempre se sentía muy bien en compañía de la muchacha.­ Muchas veces pensó que veía en ella a la hermana que perdió siendo muy jovencita y que nunca dejó de añorar. Desde que la conoció en el curso anterior, su vida parecía haber cambiado a mejor.

—Mañana tengo un examen —le dijo rápidamente, cambiando de tema— ¿Podrías ayudarme un poco?

—Claro, mujer —respondió Verónica, acostumbrada a estas peticiones de su amiga, y en las que disfrutaba plenamente. Eran una continuación de sus clases, pero con un público soberbio, que asimilaba con extraordinaria rapidez— ¿Cómo podría negarme ante esa carita de ángel apenado? —y volvió a reírse.

Segundos después, su mesa se encontraba rodeada de otros alumnos, que también sentían una gran debilidad por ella. Decían que, en su asignatura, hasta los más vagos estudiaban para obtener nota. Fue atendiéndolos a todos con la simpatía que le caracterizaba. Mientras, Mayte la miraba arrobada, esperando el momento de tenerla para ella sola.

Los alumnos no cejaban de hacerle preguntas sobre su exposición anterior. Parecían ávidos de conocimientos, pero también influía el encanto especial de la profesora, su voz, su mirada y la especial sonrisa que de cuando en cuando afloraba en su rostro. Finalmente, fueron desapareciendo para alivio de Mayte. Verónica recogió todos los documentos que aún tenía esparcidos sobre la mesa y abandonaron el aula, dialogando animadamente.

—Vamos a mi casa —dijo Verónica—, allí podremos trabajar mejor.

Disponía de una amplia y luminosa habitación que había habilitado como despacho y sala de trabajo. Las paredes estaban cubiertas por múltiples estanterías que albergaban una de las colecciones más importantes de tratados de arqueología. Una gran variedad de objetos antiguos se encontraban esparcidos por muchos rincones de la habitación. Un extraño observaría un verdadero caos en el interior, pero nada más lejos de la realidad. El orden era meticuloso. Nada se encontraba allí por azar, ni ocupando un lugar que no le correspondiera. Aunque aquel espacio, a mucha gente le hubiera parecido tétrico, era su Santa Santorum, y ni su marido, familia o la muchacha de la limpieza se atrevían a alterar lo establecido.

Algunas fotografías colgadas en cualquier resquicio libre, proporcionaban la inmensa  magnitud de tesoros arqueológicos esparcidos por el mundo entero. Su mesa de trabajo, situada muy cerca de la ventana, gozaba de una visibilidad adecuada para el estudio. Siempre la mantenía perfectamente organizada, era su forma de no tener que perder el tiempo tratando de localizar cualquier elemento que necesitara. Al lado, un escritorio de escasas dimensiones sobre el que tenía un ordenador portátil y un pequeño equipo de música.

Nada más llegar, Verónica comenzó a preparar la documentación que pensó necesaria para preparar adecuadamente el temario que la joven le había comentado durante el viaje a casa.

Estuvieron trabajando toda la tarde de forma ininterrumpida. Mayte absorbía con rapidez asombrosa todo lo que su amiga le explicaba. La concentración de las dos mujeres era total. Cuando Verónica le explicaba algo, la muchacha la escuchaba atentamente y en silencio. Tan sólo los pequeños comentarios a sus palabras o las preguntas aclaratorias a lo que necesitaba, lo rompía.

Mientras repasaba un texto, su cuerpo apenas se movía por la concentración a la que se sometía, solamente sus ojos parecían seguir los párrafos con avidez. Era entonces cuando Verónica la contemplaba extasiada. Todavía le asombraba la capacidad y la inteligencia de su alumna. No tenía la menor duda, si hubieran estudiado juntas la carrera, difícilmente ella hubiera obtenido la licenciatura con el número uno de la promoción, y probablemente, su discípula superará los resultados conseguidos por ella. Sentía una gran satisfacción al poder colaborar en la obtención de las extraordinarias calificaciones, que sin duda alguna iba a conseguir.

De cuando en cuando, Mayte parecía recobrar vida y comenzaba a preguntar las dudas que le iban apareciendo a medida que trataba de asimilar la materia en cuestión, y allí estaba Verónica atenta a cualquier necesidad de su querida alumna y pupila.

—¡Oye, corazón! —gritó Mayte, sin apenas darse cuenta y tratando de atraer su atención.

—Dime, exagerada, dime —respondió divertida.

—No tengo muy claro los posibles movimientos migratorios de los primitivos africanos hacia el continente euroasiático.

—Vamos al ordenador —respondió, Verónica, levantándose del asiento—. Tengo unos gráficos muy representativos, verás con que facilidad los comprendes.

Se situaron enfrente del ordenador. Verónica se sentó y comenzó a manipularlo. Mayte se inclinó ligeramente para apoyarse sobre su hombro. Cargó los archivos y fueron visualizándolos en la pantalla a la vez que la joven profesora le iba explicando cada detalle de lo que representaban. Sus rostros se rozaron en varias ocasiones. En un instante dado, Verónica se giró y su rostro y el de  Mayte quedaron a escasa distancia el uno del otro. Las fragancias de sus perfumes se mezclaron y pudieron percibirlas en profundidad.

Sus miradas se mantuvieron fijas, ellas, en silencio, mientras Mayte fue acercando sus labios y los situó sobre los de Verónica, besándolos con dulzura durante unos instantes. Verónica entreabrió los suyos y la dejó hacer.

De forma brusca, Mayte se separó de ella, llevándose las manos a la boca, dibujó sobre su rostro un gesto de profundo estupor y sorpresa y unos segundos después, rompía a llorar desconsoladamente. Entre hipos, Verónica pudo escuchar que decía:

—¿Dios mío, que he hecho? —exclamaba en medio del asombro que la embargaba— ¡Lo siento, lo siento, lo siento…! —repetía a medida que movía el rostro de un lado a otro.

Verónica se levantó de la silla y se acercó a ella con ademanes pausados. Le quitó las manos del rostro y la obligó a mirarla a los ojos. Pudo comprobar como un torrente de lágrimas recorría la piel de su rostro.

—No quiero que llores, cariño —le dijo con infinita ternura—. No tienes nada de que preocuparte.

—¡Pero…, Dios mío, te he besado…! —respondió terriblemente enfadada consigo misma y sintiendo pánico por la reacción de su profesora— ¡Te lo juro…, no me gustan las mujeres! —y su rostro expresó un sentimiento de asco al pensar tal posibilidad.

—¡No quiero que llores!—volvió a repetir con la misma ternura, tratando de consolarla— ¡Nunca, si es de tristeza, cuando quieras si es de felicidad!

—¿Qué estarás pensando de mi…, Dios mío?

Trató de separarse, pero Verónica cogió su rostro con las dos manos acariciando sus mejillas, después, la fue acercando lentamente hasta alcanzar con sus labios los de ella, y los beso con ternura infinita. Tras los primeros segundos de sorpresa, Mayte se dejó besar para participar, instantes después, activamente en la caricia. Sus manos rodearon la cintura de Verónica y se apretó fuertemente contra ella. Ambas se sintieron en el cielo aquí en la tierra.

No podían determinar cuanto tiempo transcurrió durante el cariñoso juego, pero les pareció excesivamente pequeño. Finalmente, Verónica se separó lentamente de ella y la miró tiernamente a los ojos. No pudo reprimirse y volvieron a besarse, con ansias, con deseos, pero nuevamente volvió a separarse.

—¡Por hoy, esto se terminó! —exclamó con voz potente, tratando de imponer una seriedad que no sentía y ocultar la emoción que la embargaba— Lo primero, y ahora, principal y único, es tu examen de mañana, y no puedes jugártela tontamente. Tienes mucho que perder en ello.

Mayte, sin comprender aún muy bien que les había ocurrido, la miró sonriente, con un gesto que expresaba claramente el cariño y la devoción que sentía por ella

—¿Para siempre? —preguntó de forma tímida pero no exenta de coquetería, aunque no había sido esa su pretensión.

—Por hoy, cariño, por hoy —respondió dulcemente Verónica y sintiendo como unas lágrimas rebeldes trataban de asomar en sus ojos, pero fue capaz de ocultar la emoción que sentía— No quiero que te preocupes. Tienes y debes dedicarte en cuerpo y alma a preparar el examen. No me lo perdonaría nunca si el resultado no fuera el adecuado.

Mayte dio unos saltitos de alegría.

—¡Será fabuloso, ya verás, te lo prometo! —se acercó a ella, volvió a besarla fugazmente y añadió:

—¿Tendremos que analizar esto, verdad? —preguntó tímidamente.

—¡Tendremos, cariño, tendremos! —respondió Verónica con rotundidad.

Y de nuevo se situaron delante del ordenador como si nada hubiera sucedido, aunque ambas estaban sintiendo en sus cuerpos y almas unas intensas vibraciones que las colmaban de felicidad. ¡Todo había ocurrido tan rápido…!

Pocos días después, recibía alborozada el resultado del examen. Había obtenido la máxima nota posible y sin pensarlo un segundo, tomó su teléfono móvil para comunicárselo a Verónica. Poco después, se abrazaban exultantes en el despacho de la profesora en la Facultad. Ambas sabían lo reticente que era el profesor de la asignatura en cuanto a dar buenas calificaciones, pero supo conquistarlo con sus conocimientos y su desbordante alegría. Para celebrarlo, se fueron a comer juntas a un pequeño restaurante cercano a la facultad y que prácticamente, era una continuidad de la misma. Producía la sensación de estar en la propia sala de profesores.

No eran clientes habituales, pero tampoco la primera vez. Por su mesa pasaron algunos de los compañeros de Verónica para saludarlas. Sentían un gran afecto por ella, además de la alegría que suponía la visión de las dos hermosas mujeres.

Generalmente, Mayte vestía atuendos deportivos, holgados y cómodos entre los que trataba de ocultar sus atributos, pero su belleza era atractivo suficiente. Verónica se arreglaba un poco más, con ropas elegantes y de excelente corte, produciendo, a veces, la sensación de encontrarse en una pasarela de moda.

Fueron transcurriendo las semanas y la actividad de ambas era frenética. Mayte, con la proximidad de final de curso y de carrera, Verónica con la preparación y corrección de exámenes y posteriores evaluaciones, además de estar preparando un amplio dossier para entregar al director de las excavaciones que pretendía realizar a lo largo de un mes y medio durante el periodo de vacaciones de curso.

Verónica estaba empeñada en llevar consigo a Mayte y trataba de convencer al director y al promotor de dichas excavaciones. Estos, se amparaban en las reducciones presupuestarias y en la dificultad de integrar un nuevo componente con el inconveniente de su inexperiencia. Se le presentaba una dificultad añadida; el promotor era de nacionalidad americana y el director, inglés y ambos se encontraban habitualmente en sus países de origen.

Sin embargo, Verónica no cejaba en su empeño, siempre se crecía ante las dificultades, en las que se sentía moverse muy bien gracias a su especial energía, por lo que no dudaba que su pupila tendría su bautizo en pleno desierto sirio. Estaba muy ilusionada con el proyecto y con poder disfrutar de Mayte a su lado, enseñarle todo lo que ella sabía por experiencia y llegar a formar un equipo envidiable y único. Tan sólo con evocar su rostro, sonreía con plenitud.

Como el final del curso ya estaba relativamente cerca, Verónica no deseaba crear situación alguna que pudiera afectar el estado anímico de Mayte y redundara en una baja efectividad en los exámenes. Deseaba analizar lo sucedido entre ellas, lo necesitaba con todas sus fuerzas, pero sus bien templados nervios no dejaron aflorar sentimiento de ningún tipo y estuvo comportándose de la forma más natural posible.

A veces, Mayte quería saber, deseaba saber que extraña conducta les había conducido a aquella situación.

—No tienes nada de que preocuparte, cielo —le solía responder cuando ella intentaba aclararla—-. En su momento lo resolveremos todo y espero que a total satisfacción de las dos.

Mayte sonreía y se daba por complacida. Sabía que podía confiar plenamente en Verónica, al igual que Verónica confiaba en ella. Le producía la sensación de conocerla de toda la vida, y su cariño hacia ella estaba fuera de lo normal, inmenso sin paliativos; algo que nunca imaginó y de lo que se sentía plenamente feliz. Cuando Verónica le comentó la posibilidad de viajar juntas a Siria para participar en unas excavaciones arqueológicas, creyó que se iba a volver loca de alegría.

Sólo tenía una pequeña duda que la inquietaba un poco, pero estaba convencida de que se resolvería a su satisfacción. No sabía muy bien como podría reaccionar Javier, quizá se disgustara al no poder disfrutar juntos el periodo de vacaciones, precisamente, las del final de carrera, pero ella estaba tan decidida a participar en las excavaciones junto a Verónica que nada ni nadie iban a impedírselo.

Las relaciones con Javier discurrían perfectamente. Casi podría decir que habían mejorado al sentirse tan bien con Verónica. Desde hacía un tiempo, ambos habían conocido a su pareja, un hombre encantador, dinámico, alegre, gran conversador y que adoraba a su esposa. Era algo para él, muy difícil de ocultar. Javier era más taimado y menos expresivo, quizá por su seriedad, aunque su carácter también era alegre. Habían congeniado muy bien, tenían la misma edad y muchas aficiones comunes, el deporte, una de ellas. Les gustaba jugar al tenis y hacer footing de cuando en cuando por el amplio parque central de la ciudad, aunque no con la asiduidad que hubieran deseado. En algunas ocasiones habían acudido juntos a disfrutar de algún partido de fútbol cuando el equipo visitante se encontraba en los primeros puestos de la clasificación o sencillamente, se trataba de un derby tradicional..

De común acuerdo, eligieron un restaurante de fama reconocida por su buena gastronomía, su exquisita decoración y la simpatía de su personal. Disponía de algunos pequeños reservados que proporcionaban un agradable y discreto ambiente. Era indispensable contar con la reserva previa para poder acceder a sus salones ya que la demanda era, generalmente, alta a lo largo de todo el año.

A las doce y media en punto, Mayte estaba en el portal de su casa esperando la llegada de su amiga, que llegó unos instantes después en su coche.

--¡Estás preciosa, querida! –sonrió Verónica mientras Mayte tomó asiento a su lado retirando el bolso de su amiga hacia el asiento trasero.

Vestía un conjunto de chaqueta y falda de color crema claro y debajo una blusa de seda de color rojo. Realmente, estaba muy elegante, al igual que Verónica, aunque ella vestía pantalones en vez de falda, que realzaban su esbelta figura.

--Gracias, cielo. ¡Tú estás como siempre, radiante!

Y las dos comenzaron a reírse de si mismas. Se hubieran besado en los labios y de muy buena gana, pero las dos consideraban que tampoco era necesario escandalizar a la gente. Lo hicieron en ambas mejillas y se dieron por satisfechas.

Arrancó el coche, introduciéndose en el caos circulatorio propio del lugar y de la hora, algo a lo que ya estaban habituadas y se lo tomaron con la debida calma. Tenían tiempo suficiente, y lo que deseaban era estar juntas y hablar. Y así ocurrió. A pesar de la escasa distancia que les separaba del restaurante, tuvieron tiempo para contarse sus cosas y en las que no tenía cabida nada desagradable.

Una vez en el restaurante, liberadas ya de los problemas de tráfico y de las tensiones que ello conllevaba, se sintieron ansiosas de disfrutar de cada instante, de su conversación y de la comida. Mayte, al acercarse el camarero, le pidió un vino andaluz, un fino en su jerga, mientras que Verónica prefirió tomar un vermouth con una pizca de vodka.

Cuando les sirvieron las bebidas, alzaron sus copas y tras mirarse de forma intensa, probaron sus contenidos. Las dos mujeres sentían las sensaciones que les embargaban y deseaban darles salida.

Poco rato después, se les acercó el maitre para tomar nota de sus deseos culinarios. En sus manos portaba dos carpetas con los menús del restaurante, pero antes de entregárselos, les comentó las variedades que podían degustar y que se encontraban fuera de la carta por ser cocina del día. Las sugerencias que les estaban proporcionando fueron suficientes como para no tener que pensar, y a medida que las nombraba, o bien Mayte o bien Verónica, las iban aceptando. La comida, básicamente, se componía de mariscos y pescado y a las dos, les pareció sumamente sugestivo tomar un poco de carpaccio de ciervo exquisitamente aderezado. Fue el remate final, pensando en degustar un buen vino de reserva de la Rioja.

La mesa del reservado permitía la presencia de cuatro comensales. Se sentaron las dos juntas, en la cabecera de la mesa y en el asiento de al lado.  Los colores de las paredes producían sensaciones cálidas y la decoración era exquisita. Un enorme cuadro ocupaba una de las paredes, quizá de un autor desconocido, pero muy agradable a la vista. Una fragata de siglos pasados luchaba contra las olas de un mar embravecido. Por supuesto, que los atractivos del restaurante no se definían por las obras de arte que allí pudiera albergar.

Mientras degustaban sus aperitivos y esperaban el inicio de la comida, Verónica le comentó las últimas novedades sobre las posibles excavaciones en Siria. Tenía la sensación de que por cuestiones burocráticas, podrían producirse demoras e incluso, la posibilidad de suspensión de las mismas. Sin embargo, ella demostraba una tranquilidad absoluta y una seguridad plena de que las negociaciones llegarían a buen puerto.

El rostro de Mayte se iluminaba con las palabras de su amiga. Su devoción por ella se incrementaba en los momentos en que se encontraban juntas y que difícilmente podía ni quería ocultar.

Continuaron departiendo sobre este tema, que a las dos apasionaba extraordinariamente, sobre todo, a Mayte, que sería su bautizo como profesional, a lo largo de toda la comida. Verónica fue explicándole como se desarrollaba la vida a lo largo del periodo de excavaciones. Vida llena de precariedades, de padecimientos, de carecer de lo más fundamental, incluso, perder totalmente la intimidad y tener que compartir en todo momento cada minuto con el resto de los compañeros.

Mayte no demostró sensación de frustración o posible hastío, muy al contrario, su ilusión parecía desbordarse por todos lo poros de su piel. Sus ojos demostraban las sensaciones que  estaba experimentando a medida que escuchaba las palabras de Verónica.

Y finalmente, llegó la hora del café. La hora importante, la hora confidencial, la hora bruja.

—¿Qué nos ha ocurrido, Verónica? —preguntó Mayte en un momento dado, aunque tuvo dudas sobre si sería el oportuno para tratar el tema y si Verónica estaría dispuesta a ello. Sus manos, inquietas jugaban con la servilleta.

Verónica la miró directamente a los ojos, quizá como nunca lo había hecho. No le sorprendió la pregunta de Mayte, ella misma llevaba muchos días haciéndosela, y siempre llegaba a la misma conclusión sin saber a ciencia cierta las consecuencias. Algo había ocurrido en su ser ante la presencia de Mayte en su vida. Sabía que la adoraba, era consciente de que ya la necesitaría para el resto de su vida y que sería incapaz de prescindir de ella. Se preguntó en múltiples ocasiones si lo que sentía por Mayte era amor, al igual que lo sentía por su marido. No sabía que contestarse, quizá tampoco deseara contestarse, pero si había algo muy claro dentro de sus sentimientos; ¡nunca iba a prescindir de su presencia, nunca!

Un silencio profundo se apoderó del pequeño entorno, pero los vivarachos ojos de Mayte fueron el prolegómeno de su locuacidad.

—Yo sé lo que me ha ocurrido —continuó, reforzando sus palabras con su amplia sonrisa en el rostro mientras alargaba la mano para rozar la de ella—. ¡Eres una mujer única, inteligente, atractiva, preciosa, agradable… qué te quiero!

Y a continuación una discreta carcajada iluminó su rostro, y sin vacilación alguna, lo acerco al de Verónica para besarla fugaz pero cálidamente.

—¡Por favor, por favor, por favor… no soy lesbiana, te lo juro! —agregó balbuceante, tratando de convencerse a sí misma.

—No te preocupes, cielo, estos sentimientos son comunes. Creo que ya no podría vivir sin tu presencia a mi lado. Te aseguro que tampoco soy lesbiana —enmudeció durante unos segundos, respiró profundamente y continuó—: puede que contigo sí lo sea, por definición, pero te prometo que no me gustan las mujeres. Quiero a mi marido, estoy segura de estar enamorada de él, quiero tener familia con él, lo deseo con todas mis fuerzas, al igual que te deseo a ti. ¡Dios mío, me estaré volviendo loca!

La mano de Mayte se posó ahora sobre la suya y la apretó con fuerza.

—Probablemente nos estamos volviendo locas las dos, pero a m¡ no me importa siempre que te tenga a mi lado. Eso que dices es cierto. Mis relaciones con Javier son satisfactorias, le quiero y llegado el momento, no tendré duda alguna en plantearme tener hijos. Pero tú, eres diferente, creo que mi locura por ti se basa en otras circunstancias, igualmente bellas y a las que no estoy dispuesta a renunciar.

Abandonaron el restaurante satisfechas, tanto por la exquisita comida por la agradable y deseada conversación. Verónica le propuso pasar el resto de la tarde en su casa para terminar de aclarar todas las situaciones en las que se encontraban inmersas. Su marido estaba fuera, por lo que no tenían posibilidad alguna de ser molestadas, aunque con su presencia, tampoco hubiera ocurrido. Su sala de trabajo era sagrada dentro de la convivencia en común.

Ya comenzaba la estación veraniega y los calores propios de ella, comenzaban a dejarse notar. Verónica propuso encender el aire acondicionado, pero Mayte le rogó que no lo hiciera. No le gustaba a menos que las temperaturas fueran excesivas, y no era el caso.

—Si tienes una bata ligera, me cambio y será suficiente. Así estaré más cómoda —le dijo Mayte.

—Claro, cielo. Ven y elige la que más te guste.

Se dirigieron hacia la habitación. Verónica abrió las puertas de un enorme armario empotrado a la entrada del dormitorio y extendió su mano para indicarle que eligiera.

Mayte cogió una de color negro salpicada de múltiples estrellitas. Al tacto comprobó la sedosidad de la misma. Se quitó la chaqueta de su precioso traje y comenzó a desabrocharse los botones de su inmaculada blusa de seda. Poco después, la dejó caer sobre la amplia cama del dormitorio. La parte superior de su cuerpo quedó al desnudo, mostrando unos perfectos y tersos pechos.

Casi al unísono, Verónica hizo lo mismo, tan sólo que los suyos, estaban guarnecidos por un precioso sujetador de color rojo, transparente y del que aparentemente, deseaban liberarse.

Estaban las dos frente a frente, mujer contra mujer, en igualdad de condiciones, con igualdad de deseos. Sus ojos se miraron fijamente primero, después, recorrieron la parte visibles de sus cuerpos mientras unas sonrisas que difícilmente ocultaba la pasión que sentían se apoderaron de sus rostros. Las manos de Verónica se acercaron hacia la falda de Mayte y con un ligero movimiento, logró que ésta se fuera deslizando por su contorno hasta quedar tendida en el suelo.

Se alejó lentamente de ella para contemplar su escultural cuerpo, tan sólo oculto en el bello pubico por un ligero tanga de color rojo intenso. El perfecto cuerpo de Mayte la dejó alucinada. Su esbeltez, el contorno de sus caderas, la perfección de sus ingles, la sensualidad de su pubis, y sus increíbles pechos le hizo creer que se encontraba inmersa en un sueño irreal.

Mayte se acercó a ella con avidez. La rodeó con sus brazos por la cintura y la besó, primero, con ternura, después, con pasión inusitada. Sus manos fueron desabrochando los botones de los pantalones de Verónica, y al tratar de separarlos de su cintura, ambas se cayeron sobre la cama entre jadeos y risas. Pasó sus manos por la espalda de Verónica y desabrochó su sujetador para liberarla de él. Sus pechos se mostraron con todo su esplendor. Unos pechos grandes, turgentes, con unos preciosos y enervados pezones que Mayte no dudó en besar y recrearse en ellos.

Jugaron con sus cuerpos, entre jadeos, palabras de cariño, enervándose y sintiendo como afloraban sensaciones ocultas hasta entonces. Fueron descubriendo cada rincón de sus cuerpos memorizando todas las sensaciones sentidas en cada uno de ellos. Sus sexos quedaron al descubierto, se sintieron, se desearon y fueron uno en una explosión de placer única e irrepetible. Descubrieron que nadie ni nada podría separarlas.

Todo fue distinto después, todo fue diferente, pero para ellas dos, solamente para ellas dos. Para el resto del mundo, nada había cambiado, ni para sus parejas, por las que seguían sintiendo el mismo cariño.

Desmadejadas sobre la amplia cama, pero estrechamente unidas, sus miradas se perdían en el techo y sus rostros dibujaban unas dulces sonrisas. Transcurrió un tiempo que no pudieron definir, pero que supusieron largo, ya que a través del amplio ventanal de la habitación podían comprobar como el embrujo de la noche se iba apoderando del entorno. Se sentían felices y sus manos inquietas fueron buscándose en los lugares donde su sensibilidad se sublimaba. Se sintieron incapaces de detenerse hasta la deflagración final, donde sus sentidos volvieron a explotar en una orgía de placer inenarrable.

Jadeantes todavía, Verónica le preguntó:

—¿Esto es amor, Mayte?

—Esto es amor, Verónica.

—¿Y nuestras parejas?

—Seguirán siéndolo mientras ellos quieran. Yo no pienso renunciar a la mía

—Yo tampoco quiero renunciar a la mía. ¡Pero mucho menos, renunciar a ti!

Mayte se río complacida.

—Eso no ocurrirá nunca. ¡Te lo juro, cariño!

Y selló ese pacto con un prolongado beso, donde sus cuerpos volvieron a estremecerse de deseo.

—¿Crees que debemos decirles lo que nos ha ocurrido?

—Sí, y no —respondió Verónica con rapidez.

—No entiendo.

—Espero conseguir que la expedición a Siria cuente con tu presencia. Esto puede ser una buena oportunidad para plantearles nuestra situación, aunque no con toda la realidad de la misma. Ya pensaré algo, no te preocupes.

Cuando se despidieron, ambas creían estar flotando en un mundo de ensueño.

A lo largo de los días siguientes, Mayte se dedicó a solucionar todo el papeleo burocrático que la autentificaba como licenciada en Arqueología y su derecho a ejercer la profesión como estimara conveniente. Verónica le asesoró sobre los pasos a seguir y los documentos que debería obtener. Apenas tuvieron tiempo para estar juntas.

Unas semanas más tarde decidieron que tenían que hablar con sus parejas y dejan bien claro cual era la situación de ambas. No deseaban que algún rumor pudiera provocar sentimientos encontrados e interpretaciones no deseables. Preferían ser ellas las que aclarasen todas las preguntas que a ciencia cierta iban a producirse. También prefirieron hacerles esta comunicación las dos juntas, sin tapujos, sin ambigüedades, la realidad tal cual la sentían.

Esta situación las mantuvo en un estado de tensión durante bastantes días. Tenían muchas dudas sobre las reacciones de sus parejas. Sabían que iban a explotar con furia, con ira y quizá se platearan posibilidades de ruptura, algo que no deseaban en absoluto, pero que estaban dispuestas a aceptar, si las circunstancias les conducían a ello.

Ante toda esta problemática, Mayte quiso saber cual era la situación económica de su amiga y como sería en el caso de producirse una ruptura no amistosa. Ella no tenía el mismo problema. El piso donde vivía con Javier era de su propiedad, y ambos, tenían el control de sus propias economías. Tan sólo una cuenta bancaria a nombre de los dos que utilizaban para cubrir los gastos comunes e imprescindibles en su convivencia diaria. Disponía de una pequeña fortuna familiar a la que Javier no tenía acceso ninguno y que manejaban sus padres y ella.

Sentía flotar mariposas en su estómago ante la idea de hablar con Verónica de estos asuntos, pero creía que estaba obligada a hacerlo. No le hubiera gustado conducirla a una situación comprometida, aunque estaba dispuesta a compartir todo lo que le pertenecía con ella.

Cuando planteó estas dudas y le aclaró su situación, Verónica sonrió complacida.

—¡Vaya, una pequeña fortunita! —le dijo jocosa y divertida— ¿Quiere decir eso que podrías cuidar de mi y para el resto de mi vida?

—¡Por supuesto! —se acaloró Mayte— ¿Acaso lo dudas?

—No, cariño, por supuesto que no —le aclaró en un tono afable, mientras su mano jugaba distraídamente con las llaves del coche—. Te cuento.

Y comenzó a relatarle la corta historia de su vida. Sus padres, español él y alemana ella, vivían en Berlín cuando ella nació. A muy corta edad, sus padres se separaron. Nunca supo el motivo ni tampoco volvió a ver a su madre. El hermetismo de su padre en esta cuestión siempre fue total.

Regresaron a España y cambió los apellidos de su hija. Su padre, al que quería con locura, era un ser muy extraño y quizá con experiencias muy negativas en sus años jóvenes. Le arruinaron una vez por su excesiva confianza y juró que nunca volvería a ocurrirle lo mismo. No trató de vengarse en forma alguna, tan sólo desapareció con su hija y nunca quiso saber nada de aquellas gentes.

Su mente era capaz de realizar extrañísimos entramados financieros, y sus negocios siempre los mantenía ajenos unos de otros, incluso, el mismo parecía no tener nada que ver con ellos. Sus cuentas bancarias en España y Francia realizaban operaciones en las que, finalmente, el capital era trasladado a Suiza. Pero, todavía no satisfecho con esas precauciones, las cuentas no eran nominales, las manejaba por medio de claves teniendo como destino final, unos bancos situados en Belice, que operaban de la misma forma y que el propietario de dicha cuenta, era una determinada contraseña que podía ir variando a su criterio. Su dinero lo tenía a buen recaudo en este paraíso fiscal, en el que tan sólo cobraban pequeñas cantidades por operación.

—Mi padre me enseñó como manejar todo ese entramado y todo nuestro dinero, se encuentra a buen recaudo y fuera del alcance de cualquier administración, ente jurídico o persona —miró a Mayte con un gesto risueño en su rostro, gesto que producía unas maravillosas sensaciones en Mayte y la miraba arrobada—. Como puedes observar, nuestra pequeña fortunita también está a salvo.

—Bueno, pero supongo que con tu marido tendrás bienes en común.

—Supones mal, cariño. El piso donde vivimos es de su propiedad, heredado de su familia. En alguna ocasión le propuse comprar otro en común para utilizarla como nuestra vivienda habitual, a nuestra medida, con nuestros deseos, pero siempre alegaba que los negocios requerían disponer de efectivo constantemente.

Mayte comenzó a sentirse más tranquila. Su miedo no era la cuestión económica, sino como podía llegar a sentirse Verónica al verse despojada de todo el patrimonio en común.

—Mejor que mejor. Así, en caso de ruptura te evitarías problemas nada agradables.

—Bueno, yo participo en su empresa como accionista en un determinado porcentaje, pero es un bien propio, no podría hacer nada para despojarme de él, por las malas claro. Además —continuó comentando—, es mucho suponer que esto puede ocurrir. Pero en cualquier caso, el aspecto económico no me causaría preocupación alguna, y veo que a ti tampoco, lo cual, es algo de lo que podemos olvidarnos y preocuparnos tan sólo de lo emocional…, y del fascinante trabajo que no espera en Siria.

A medida que se acercaba la fecha que había previsto para hacer partícipes a sus parejas, el estado emocional en el que se encontraban inmersas, de nervios y tensión se acrecentaban y temían que la situación no se resolviera tal como ellas deseaban, pero estaban dispuestas a asumir cualquier riesgo que se les pudiera plantear.

Se reunieron en el piso de Verónica para cenar. Había encargado una cena fría pero repleta de exquisitos manjares. La velada fue transcurriendo con tensa normalidad para ellas. Javier y Ernesto estaban disfrutando mucho de la cena, ajenos a los que sus respectivas parejas iban a comunicarles. Una amena conversación los mantenía distraídos.

Cuando Ernesto se ofreció para servirles unas copas de champagne, tanto Verónica como Mayte se opusieron con suma delicadeza. Les producía la sensación de brindar por algún motivo, y precisamente, no era nada halagüeño.

Verónica le pidió a su amiga que la acompañara a la cocina, a la vez que retiraban algunos cubiertos de la mesa. Una vez allí, se abrazaron con fuerza mientras que unas lágrimas revoltosas trataban de asomar a sus ojos.

—¿Estaremos haciendo lo correcto? —le susurró Mayte al oído.

La miró a los ojos, esos profundos ojos en los que deseaba perderse eternamente. Después, con delicadeza, posó sus labios sobre los de ella, para fundirse después en un largo y apasionado beso.

—¡Sea correcto o no, lo haremos! —respondió al separar sus labios de los de Mayte— ¡Y ahora mismo! —la miró dubitativa al ver su expresión— ¿No estarás pensando en volverte atrás? Si es así, estás en tu perfecto derecho.

—¡Nunca!, y lo sabes bien. ¡Nunca podría renunciar a ti! Si tengo que renunciar a Javier, lo haré, con dolor, con pena, con inmensa tristeza, pero lo haré. ¡No lo dudes nunca, por favor!

—Por supuesto que no, cariño —le dijo Verónica con infinita ternura. Volvieron a besarse— ¡Vamos, la guerra va a iniciarse, no la hagamos esperar! —trató de rebajar la tensión del momento.

Y entraron las dos en el comedor cogidas de la mano, muy juntas. Ellos, que estaban sentados en el amplio tresillo del comedor, las miraron complacidos, conocedores de poseer cada uno, una mujer impresionante, bellas las dos, hermosas, angelicales y muy inteligentes. Sus figuras eran fascinantes. Una al lado de la otra parecían dos diosas bajadas del Olimpo para recrear a los mortales.

Al principio no percibieron la seriedad de sus gestos, pero instantes después comenzó a surgir la curiosidad en sus mentes. No tenían idea de las intenciones ni pretensiones, si estas existían, pero consideraron que estaban tratando de escenificar algo y un sexto sentido les previno sobre ese algo y que quizá no tuviera el sentimiento agradable que esperaban.

—Tenemos dos cuestiones que plantearos —comenzó hablando Verónica, a la vez que apretaba con fuerza la mano de Mayte, sintiendo como una extraña congoja se estaba apoderando de su alma—, y deseamos que nos prestéis la atención debida para que no se produzcan extrañas interpretaciones.

Javier y Ernesto se miraron con un gesto de extrañeza en sus rostros y con seriedad. Ernesto nunca tomó en broma a su mujer y pensaba que a Javier le ocurría lo mismo. No eran dos personas vulgares o volubles o incluso estúpidas, socialmente hablando y según lo que ellos interpretaban. Javier trató de romper esa tensión del momento con una vulgar tontería, al menos, fue lo que pensó cuando dijo:

—La primera… —respiró con fuerza tratando de aparentar una jocosidad que realmente no sentía—, ¡nos abandonan! —terminó exclamando divertido mirando a su anfitrión, pero al comprobar que el gesto de las dos vestales se mantenía impoluto, truncó su acción con un silencio aplastante.

—Tenemos ya alguna idea del aspecto económico sobre el costo de las excavaciones previstas para este año por algunos presupuestos que ya se nos han presentado —comenzó diciendo Verónica haciendo caso omiso de la impertinencia de Javier. Trató de imprimir seriedad a sus palabras y la que expresaba su rostro no le restaba belleza alguna. Mayte la miraba dulcemente—. En principio, estaban programadas para realizarlas en el desierto Sirio.

Javier pensó que esta preciosidad de mujer, no había encontrado todavía la razón de su existencia, sintiéndose satisfecho de la sensatez de su pareja, una mujer que, a pesar de estudiar una carrera que no conducía a ningún lugar, tenía sus pies bien asentados sobre la tierra. A pesar de todo, no dudó en preguntar con cierta ironía.

—¿Teníais…?

—Cariño —respondió Mayte con celeridad—, Verónica ha conseguido hacerme partícipe en las excavaciones que piensan realizar este año. ¿Te puedes imaginar lo que significa para mí?

Javier no supo que decir. Volvió nuevamente a enmudecer.

—¿Me permitís qué continúe? —irrumpió Verónica con voz fuerte y seca— Las excavaciones se realizarán en Irak, en una zona privilegiada para cualquier investigador y que el año pasado tuvimos que abandonar por su excesiva peligrosidad —Mayte giró su cabeza hacia ella expresando su sorpresa con contundencia y se abrazó a Verónica interrumpiéndola.

—¡Dios mío, Irak! —exclamó entusiasmada— ¿Eso es el cielo en la tierra!

—¡Estás loca! —estalló Ernesto muy contrariado— Irak es un país en guerra, todavía. Las mayores atrocidades del universo se están cometiendo allí en nombre de no se sabe quién. ¿Cómo pretendes pasarte un mes y medio en ese infierno?  ¿No recuerdas la experiencia del año pasado? Indudablemente, es una locura que no estoy dispuesto a consentir.

La tensión se iba recrudeciendo, los ánimos comenzaban a alterarse, sobre todo, en los dos varones que se estaban llevando una sorpresa mayúscula.

—¡Cariño, cielo! —le dijo Verónica con una voz terriblemente dulce, que estremeció a su marido cuando la escuchó— ¿Y quién eres tú para tener que consentirme algo que yo ya he decidido? Puedo permitirte que expreses tu opinión, pero de ahí a que necesite tu consentimiento, media un abismo.

Estuvieron discutiendo durante un buen rato, aunque la mayor parte de las frases procedían de las gargantas de los varones. ¿Estáis locas! ¡Es una irresponsabilidad! ¡Es una locura! ¡No sabéis lo que hacéis! ¡Sois unas niñatas por tratar de cometer esa locura! ¡Vuestra ineptitud colma nuestra paciencia!...

—¿Cómo creéis que vamos a sentirnos durante ese periodo de tiempo en Irak? —estallaron casi al unísono.

Verónica y Mayte aguantaron estoicamente la serie de improperios que fueron recibiendo, de pie, cogidas de la mano y muy juntas. Sus rostros denotaban la tristeza que les estaban produciendo las incongruentes palabras de sus parejas. Nunca llegaron a pensar que podrían comportarse de una forma tan burda. Y esto las preocupaba porque la segunda cuestión todavía no había sido planteada.

—¡Es una decisión irrevocable, podéis haceros a la idea! —comentó Mayte, con una tranquilidad que a ella misma sorprendió— No vamos a renunciar a esta magnífica oportunidad, fundamentalmente, para mí.

—Le segunda cuestión —comenzó a decir Verónica—, la segunda cuestión se refiere a nosotras dos.

Tanto Javier como Ernesto las miraron con gestos descompuestos. Sentían un profundo enfado y la ira afloraba en sus miradas.

Verónica trató de explicarles como se habían conocido en la facultad, cuando todavía no era profesora de Mayte y que su relación entonces era más bien escasa. Cuando comenzó a impartirle clases, se fueron conociendo más y muy pronto se estableció una buena sintonía entre las dos. Verónica pensaba en ella como la hermana menor que nunca había tenido y un sentimiento de gran simpatía se apoderó de las dos. A medida que transcurría el tiempo, se veían con más frecuencia, deseaban pasar el mayor tiempo posible juntas. Su comunicación era perfecta y además, como profesora le estaba prestando un buen servicio, haciéndola partícipe de su experiencia. Tanto una como la otra, eran dos personas ávidas de conocimientos, grandes conversadoras, intuitivas y poseedoras de una excepcional delicadeza.

—¡Sólo falta que nos digas que os amáis tiernamente! —estalló con crueldad Ernesto, mostrando un gesto de repugnancia.

Las dos mujeres se miraron.

—¡Pues sí…! —respondieron al unísono y con firmeza total.

—¿Cómo…? —exclamó Javier con sorpresa— ¿Estáis diciendo que os amáis? ¿Amor entre dos mujeres?

—¡Están locas! —no pudo reprimirse nuevamente, Ernesto.

Las dos mujeres trataron de explicarles una realidad tangible, algo que no habían buscado, que se había producido lentamente y que ellas mismas se sorprendieron al caer en la cuenta de sus sentimientos. También trataron de hacerles comprender que tal circunstancia no tenía por que alterar sus formas de vida, ya que por ellos también sentían el mismo afecto, pero necesitaban dejar claro cual era la nueva situación antes de que ellos mismos o través de otras personas pudieran intuir otra verdad diferente.

—¿Cuándo tienes pensado partir hacia Irak? —preguntó Ernesto, aparentemente calmado.

—Dentro de diez días —respondió Verónica, sin matiz alguno en sus palabras.

—¡Es el tiempo que dispones para abandonar esta casa! —le dijo Ernesto—. Ahora, si me disculpáis, me voy a un hotel. Mañana por la mañana pasaré a recoger algo de ropa. Espero que tengas la delicadeza de no estar presente.

Verónica le miró directamente a los ojos, comprobando que de ellos emanaba un odio difícil de ocultar.

—No te preocupes. No necesito diez días. Mañana por la tarde ya no estaré aquí, y podrás regresar. Antes de irme a Irak, pasaré a recoger mis pertenencias. Te avisaré con tiempo.

—¡Te vienes a mi casa ahora mismo! —le dijo Mayte, casi sin darle tiempo a terminar de hablar.

—Sí, por supuesto —exclamó Javier malhumorado y despectivo—, podéis hacer uso de vuestro nidito de amor. ¡Yo también me voy. No resistiría un minuto más a tu lado!

 

Cuando llegaron al campamento en Irak, apenas pensaban en el comportamiento de sus respectivas parejas. Se encontraban inmersas en la vorágine previa al inicio de las excavaciones y deseosas de iniciarlas cuanto antes.

Verónica había comentado la nueva situación con su padre y la separación, probablemente definitiva con su marido. La alentó y le dijo que no se preocupara de nada. Él se ocuparía de resolver todos sus asuntos. Verónica sabía muy bien la eficacia con que su padre solía resolver los problemas.

Vivieron días inolvidables a pesar de la dureza del trabajo y de la gran cantidad de horas que le dedicaban. Por las noches terminaban rendidas y caían dormidas nada más entrar en la tienda de campaña que compartían, pero antes de salir el sol, ya se encontraban dispuestas a reanudar los trabajos.

 

Formaban un grupo de unas cincuenta personas, entre arqueólogos, algunos estudiantes en prácticas, un pequeño grupo de logística y el personal autóctono que colaboraba en los trabajos más pesados de excavación.

La información previa que disponían, era muy acertada, ya que en escasos días comenzaron a encontrar restos de edificaciones que el año anterior habían tenido que abandonar nada más iniciarlas. La tarea de identificación y clasificación de los diversos objetos que iban encontrando era apasionante y las dos mujeres se sentían inmensamente felices por el desarrollo de la expedición.

Uno de los aparatos de mediciones se cayó en una pequeña grieta como consecuencia del corrimiento de arena en una de las zonas en las que habían alcanzado más profundidad. Era un aparato necesario para continuar los trabajos y requería una pequeña reparación. Decidieron viajar hasta Damasco, donde Verónica sabía que podía encontrar la solución. Lo hicieron las dos mujeres, acompañadas por dos sirios que conocían muy bien la región y eran expertos en burlar las vigilancias aduaneras, ya que viajando de forma legal, tardarían mucho tiempo y quizá no les permitieran regresar con el equipo.

Una vez allí, los dos sirios regresaron al campamento y volverían a recogerlas cuando fueran avisados. Mientras tanto, Verónica y Mayte se dedicaron a visitar la ciudad, tratando de pasar totalmente desapercibidas, cuestión que no les resulto nada difícil por la forma de vestir de las mujeres allí. Se acomodaron en un pequeño hotel al que no solían acudir extranjeros.

Cuando recibieron el aviso de que el equipo ya estaba completamente reparado, trataron de ponerse en contacto con el campamento para que pasaran a recogerlas. Antes de conseguirlo, se presentó en el hotel un hombre preguntando por ellas. Resultó ser un policía sirio vestido de paisano. Había sido enviado por el padre de Verónica para llevarles la noticia de que el campamento había sufrido un terrible atentado y habían terminado con la vida de toda la expedición. Incluso se daba el nombre de ellas como víctimas de las terribles explosiones producidas por coches bombas y rematados a punta de pistola toda persona que hubiera sobrevivido.

En agradecimiento por los muchos favores recibidos por parte de su padre, en un par de días les entregaría unos nuevos pasaportes enviados directamente desde España, con los cuales, podrían abandonar el país sin problema alguno y volar directamente a Chile. Su padre se pondría en contacto con ellas en el momento oportuno.

Sintieron como el mundo se abría a sus pies. Lloraron desconsoladamente por la estúpida muerte de sus compañeros y sintieron deseos de volver a Irak, pero finalmente, comprendieron que sería una temeridad y que su padre tendría razones suficientes para actuar como lo estaba haciendo. Pudieron comprobar a través de las pocas imágenes que la televisión oficial había emitido sobre el suceso, que el atentado había sido terrorífico y no habían respetado ni las magníficas ruinas que estaban tratando de dejar al descubierto.

También imaginaron que sus ex parejas se habrían enterado del acontecimiento y momentáneamente, no supieron que actitud tomar, por lo que decidieron obedecer las instrucciones recibidas.

Dos días después, se presentó de nuevo el policía con toda la documentación prometida y una carpeta que incluía todas las recomendaciones que su padre les indicaba a seguir. Mayte no podía disimular la sorpresa que le producía la inverosímil rapidez con la que le habían cambiado su identidad, y que, aparentemente, gozaba de toda la legalidad vigente. Sin embargo, Verónica se comportó de una forma muy normal, parecía habituada a estas circunstancias.

Partieron del aeropuerto de Damasco hacia Nicosia, en Chipre y desde allí, enlazaron con un vuelo directo hacia París, donde les estaba esperando su padre. Verónica volvió a sentirse feliz entre sus brazos. Pasaron unos días en la capital y las dos mujeres sintieron como sus ánimos y esperanzas volvían a renacer y los miedos pasados empezaban a desaparecer. Si todavía no se hubieran encontrado bajo los efectos de la terrible convulsión que les produjo el atentado, hubieran pensado que se encontraban en el paraíso.

El padre de Verónica les puso al corriente de las actividades de sus ex parejas. Concretamente, Ernesto parecía haber perdido el norte y tenía como única fijación, destrozar la vida de su esposa. Trató de descalificarla ante la facultad donde impartía clases, acusándola, incluso, de actividades de expoliación de obras de arte en países extranjeros y no dudó en acudir a la policía para denunciarla como traficante de objetos de arte y otras extrañas actividades en países extranjeros. También la denunció por manipulaciones contables en la empresa de ambos, que se encontraba desde hacía un tiempo en una situación muy precaria debido a su mala gestión. Javier también se encontraba desquiciado, aunque no tenía posibilidad alguna de actuar contra su ex pareja, ya que no había atadura legal alguna. Trató de desposeerla de su vivienda, pero pronto comprendió lo absurdo de sus pretensiones.

Ante la duda de que pudieran tomar algún tipo de represalia física sobre las dos mujeres, el padre de Verónica optó por dejar que se las consideraran víctimas del terrible atentado y crearles una nueva vida, algo a lo que él, estaba muy habituado. Con dinero y sus relaciones, todo fueron facilidades, y hoy, Mayte y Verónica son dos ciudadanas chilenas, licenciadas en arqueología en una universidad de California y que en el próximo curso iniciarían su actividad como profesoras en la universidad de Chile.

Una tarde, sentadas las dos en la amplia terraza de un chalet en las afueras de Chile, brindaban alegremente con sendas copas de champagne entre sus manos. Se miraban a los ojos, incapaces de disimular su felicidad, algo que no creyeron posible después de las terribles vivencias sufridas a lo largo de muchos meses. En la universidad las consideraban como excelentes profesoras a pesar de su juventud y ya tenían previsto realizar excavaciones dirigidas por la cátedra a la que pertenecían y en alguno de los lugares exóticos que encerraba en mundo andino.

—¡Verónica, te quiero! —exclamó Mayte con gran alegría en su rostro elevando su copa a la altura de sus ojos.

 —¡Gracias, mi vida, yo también te quiero y sabes que te querré siempre! —respondió Verónica, alzándose del sillón para acercar sus labios a los de Mayte y sellar su amor en un prolongado beso.

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