RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


ALMA  DE  MARINERO ©



Amador tenía asidas las manos de su todavía joven esposa. La miraba tiernamente a sus ojos de un profundo verde mar,  ojos que vio en un cálido atardecer en la festividad de la patrona, la Virgen del Carmen, y se sintió enamorado de ellos.

—Tienes razón, Maruxiña —le dijo cariñoso, mientras veía como asomaban unas pequeñas lágrimas en sus ojos—, la mar está fuerte, pero tenemos que hacernos a ella. Necesitamos ese dinero que el mal tiempo nos está privando de él desde hace ya bastantes días. Sabes que corren malos vientos para los pescadores.

Sentía devoción por su mujer, y los años transcurridos a su lado le habían parecido un soplo en el devenir del tiempo.

—Pero es muy peligroso salir así —le increpó ella, sintiendo que se le iba el alma con sus palabras—. ¡Lo sabes muy bien!

Apretó sus manos con fuerza. Le dolía mirarla a los ojos, esos tiernos ojos que cuando se detenían en los suyos le producían siempre las mismas sensaciones de amor y ternura a pesar de ser un hombre rudo, hecho a la mar.

—Nuestro hijo necesita un buen tratamiento —le dijo con voz entrecortada—. Su debilidad se hace cada vez más patente y a sus dieciocho años, su vitalidad deja mucho que desear. Sabes muy bien que lo que más le gusta es salir a pescar con nosotros y cada vez que lo hace, regresa agotado. Ahora, está postrado con las continuas gripes que le acechan y eso no es normal a pesar de lo que digan los médicos de la Seguridad Social.

Maruxa sabía que su marido tenía razón, siempre la tenía, por eso, en el pueblo decían que él y su familia eran un poco meigos, aunque muy queridos por la mayoría de la gente, sobre todo, por los pescadores.

Las campanas de la antigua iglesia daban las cinco de la tarde, cuando Amador se reunió con su joven tripulación en el único muelle de la villa marinera. A pesar de ser domingo, todos los muchachos estaban ansiosos por ganar un poco de dinero, un dinero que exigía demasiados esfuerzos y cuya peligrosidad era sobradamente conocida, pero las circunstancias les obligaban a correr con ella.

El muelle se encontraba totalmente solitario, situación que acongojó un poco a la tripulación, era como un mal presagio. El aire racheado y húmedo golpeaba sus rostros como miríadas de puntiagudos alfileres. En el cielo, los oscuros nubarrones no presagiaban nada bueno. Casi comenzaba a anochecer cuando el motor de su barco se puso en marcha. La embarcación, de bajura, era de escasas dimensiones, aparte del puente y una cámara frigorífica en la bodega, el resto del espacio estaba destinado a las artes de pesca y a la pesca en si.

El cielo encapotado, el viento racheado y la ligera lluvia no propiciaban buenos augurios, pero el coraje de Amador y de su tripulación era grande y no se sintieron amedrentados. Enfilaron la proa hacia la boca de la ría y mientras el segundo de abordo manejaba la caña, Amador y el resto de la tripulación charlaban o dormitaban en la bodega esperando la hora del inicio de la pesca una vez sobrepasadas las islas guardianas de la ría.

La mar, aunque no en calma, no evidenciaba serio peligro, pero había que tener en cuenta que aún se encontraban en las apacibles aguas del interior sin alcanzar todavía la mar abierta. El viento del oeste les obligaba a navegar en contra del oleaje, haciendo que la proa de la embarcación golpeara con estruendo las fuertes olas que les alcanzaban sin cesar.

Cuando se encontraron unas cuantas millas mar adentro, se dispusieron a iniciar la jornada de pesca. El barco, a pesar de sus pequeñas dimensiones, tenía capacidad para realizar una pesca continua durante varios días, aunque sus comodidades eran bien escasas. En esta ocasión, pensaban regresar al amanecer y así poder vender en mejores condiciones su deseada pesca.

Lanzaron y recogieron las redes, y en cada operación se vieron compensados por un buen número de capturas. La tripulación, a pesar del esfuerzo que suponía faenar en tan duras condiciones, se sentía satisfecha al observar como se desarrollaba la jornada. Enfundados en sus trajes impermeables, apenas se les podía distinguir el rostro, pero, indudablemente, sus expresiones denotaban alivio y temor alternativamente. Cuando soltaban las redes al mar, sus miradas estaban pendientes del cielo y del oleaje del mar, cuando las recogían, sonreían por la cantidad y calidad de la pesca obtenida. De cualquier forma, sus cuerpos estaban tensos y no veían la hora de regreso al puerto.

Amador, agarrando con fuerza la caña de la embarcación, no separaba su vista de las violentas olas. Intuía que lo peor, todavía estaba por llegar. De cuando en cuando, se comunicaba con el maquinista para conocer como estaban las cosas allí abajo. Las palabras de éste, le tranquilizaban momentáneamente, pero el nudo en su estómago continuaba atenazándolo.

Quería no pensar, pero sin embargo, su mente le recordaba casi constantemente que hubiera sido mejor quedarse en tierra. Entonces, el coraje se apoderaba de él pensando en la necesidad de cuidar de su hijo y procurarle los mejores médicos posibles para curarle completamente. La dulce mirada de su esposa le renovaba las fuerzas. Por las claraboyas del puente observaba como sus marineros se afanaban en lanzar y recoger las redes. Se sentía satisfecho de ellos. Había conseguido formar una excelente tripulación, jóvenes, recios y con ansias de ganar dinero. Esto se lo debía, en gran parte, a su hijo, que se relacionaba muy bien con todos los del pueblo y eran muchos los que querían salir a pescar con él.

Fueron transcurriendo los minutos con lentitud exasperante, el cansancio iba haciendo mella en cada uno de ellos y tan sólo tenían ya un pensamiento, regresar cuanto antes a puerto. La pesca era abundante, y en condiciones normales, hubieran llenado la bodega, pero no se sentían ya con demasiadas fuerzas y se conformaban con lo conseguido, que no era poco en el tiempo que llevaban faenando.

Un tremendo golpe de mar casi hace zozobrar la embarcación. Amador sintió un vuelco en el corazón y asomando la cabeza por el puente gritó desaforadamente a la tripulación.

—¿Estáis todos bien?

Tras unos segundos angustiosos, la voz del segundo de abordo alivió momentáneamente su tensión. Gracias a Dios, sus hombres se mantuvieron bien agarrados a los cabos de la embarcación, pero su corazón parecía un caballo desbocado. Lo sentía como si fuera a explotar.

Se abrió la pequeña puerta del puente y Amador dirigió allí su mirada. Su rostro se quedó lívido. La puerta estaba siendo cruzada por su hijo.

—¡Pero, ¿qué haces aquí, rapaz?! —gritó trémulo— ¿Con la fiebre que tienes cómo se te ha ocurrido venir a pescar? ¿Cuándo llegaste al barco?

Las preguntas se le atragantaban por la sorpresa y el miedo de que su hijo se pusiese peor.

—No te preocupes, padre —le contestó Xoan con un tono de voz alto para que su padre le escuchara bien—, estoy bien, de veras.

—¿Cómo no voy a preocuparme, hijo? —le respondió Amador sintiendo que el alma se escapaba de su pecho— Tu madre estará asustada, me imagino que no sabe que estás aquí. Dios mío, ¿cómo se te ha ocurrido?

Su hijo le miró con gesto tranquilo mientras le abrazaba.

Tornó su gesto, adquiriendo una profunda seriedad.

—¡Tenemos cosas más importantes de que preocuparnos! —le dijo Xoan, mientras le asía fuertemente el brazo— La mar se está encrespando demasiado. Dentro de muy poco seremos un papel de fumar en su seno. Hay que volver a puerto de inmediato, padre, y me temo que vamos a tener grandes dificultades para conseguirlo.

Amador miró a su hijo. Casi no le reconocía, su voz era la de un hombre maduro y recio y sus palabras eran muy sensatas. Decidió hacer lo que le proponía, aunque ya lo estaba pensando segundos antes, pero ahora, tenía la necesidad añadida, de llevarle a puerto, sano y salvo, esperando que no se le complicara su enfermedad.

Llamó a su segundo asomándose por la puerta del puente, mientras su hijo mantenía firme la caña. Cuando éste llegó, también se reflejó en su rostro la sorpresa que le producía ver al muchacho del jefe en el puente. No quiso preguntar, tiempo habría.

—Recogerlo todo, ¡rápido!, y bajar a la bodega. De momento, mantener las escotillas cerradas. ¡Vamos, rápido!

Su segundo, sin decir palabra, abandonó el puente agarrándose fuertemente a la barandilla para impedir que un golpe de mar le arrebatara de la embarcación. Se dirigió hacia la tripulación, que, al escucharle sintieron un ligero alivio. Ellos también eran conscientes de que la situación estaba empeorando y mucho. La pesca ya era impracticable y sus cuerpos estaban agotados y ateridos por el frío a pesar de las gruesas ropas de pesca.

En el interior del puente sólo se escuchaba el ulular del viento, la lluvia arreciando contra los cristales y las olas zarandeando la pequeña embarcación. Padre e hijo se mantenían en silencio y con todos los sentidos puestos en el manejo del barco. Amador, de cuando en cuando, miraba de soslayo el serio rostro de su hijo y se preguntaba como era posible que estando con fiebre postrado en la cama, ahora se encontraba con él, en el puente y en medio de una aparatosa tormenta. Le había sorprendido enormemente ese cambio de jovencito a hombre hecho y derecho, con seguridad en si mismo. Sus gestos habían madurado. Se sintió incapaz de reprenderle por encontrarse en el barco y sin habérselo comunicado con anterioridad, aunque comprendió que si lo hubiera hecho, no se lo hubiera permitido.

—Padre, la tripulación ya se encuentra en la bodega. Creo que tú deberías bajar también.

—¿Estás loco, Xoan? ¿Dejar el barco a la deriva en medio de este oleaje? —le increpó con violencia.

—Yo llevaría la caña, padre. Sabes perfectamente que puedo hacerlo —le respondió el muchacho con voz serena, tratando de transmitirle tranquilidad.

Amador le miró fijamente. Tenía la sensación de estar hablando con otra persona y no con su hijo. De todos modos, su forma de hablar le infundió confianza.

—Claro que lo sé, rapaz, pero no en estas condiciones. Sería una locura. Se necesita una habilidad especial y muchos años de hacerse a la mar para poder capear este temporal y contarlo. No sé si yo mismo seré capaz de hacerlo, ¿cómo podrías tú, hijo? Todavía necesitas muchos años de aprendizaje.

El muchacho guardo silencio de nuevo y se dedicó a escudriñar el horizonte, aunque la visión ya se estaba reduciendo a unos cuantos metros. El potente foco situado sobre el puente apenas conseguía atravesar la cortina de agua. La proa del barco se hundía en las aguas para volver a surgir impetuosamente levantándose hasta dejar prácticamente la quilla al aire. El agua del mar entraba rauda por la proa cuando se deslizaba sobre una ola para desaparecer por la popa  cuando se elevaba de nuevo, dejando una enorme estela de espuma.

—Padre, deberías armar la radiobaliza automática y nuestra posición será localizada de inmediato a través de GPS. Es imposible que vengan en nuestra ayuda con este estado de la mar, pero al menos estarán alerta y sabrán donde nos encontramos y que nuestra situación es de peligro.

Amador asintió sin decir palabra. Manipuló una serie de botones en el pequeño panel de control del barco y automáticamente comenzaron a parpadear una serie de lucecillas rojas que indicaban las alertas que había armado. Xoan miró atentamente el cuadro.

—Ha hecho lo correcto, padre –le dijo después analizarlo convenientemente—. Ya estamos emitiendo la señal de SOS, nos localizarán de inmediato, aunque de momento, nos servirá de bien poco.

Pudo comprobar que no se encontraban muy lejos de la costa, pero el estado de la mar podría arrastrarlos hacia alguno de los acantilados y destrozar el barco contra ellos. Eso les conduciría a una muerte segura.

El viento se hacía más fuerte cada segundo que pasaba y las olas incrementaban su altura. No tardaría mucho en alcanzar el punto de mar arbolada y esto podría suponer el hundimiento del pequeño barco. El patrón se exprimía el cerebro pensando en la mejor solución a adoptar, pero el pánico ya comenzaba a hacer mella en su cerebro haciéndole sentir el caos ante la impotencia de no poder hacer nada que les proporcionase un mínimo de seguridad.

Xoan hizo ademán de abrir la puerta del puente pero su padre, al darse cuenta, le sujetó fuertemente por el brazo.

—¿Qué pensabas hacer, hijo? Es una temeridad salir ahí fuera —le replicó, gritando.

El muchacho quiso esbozar una ligera sonrisa para tranquilizar a su padre pero la tensión era tan fuerte que apenas compuso una mueca.

—Voy a coger un cabo, el más fuerte. Detrás del puente tenemos varios.

—¿Para qué quieres un cabo —le preguntó sorprendido— ¿Pretendes que nos atemos dentro del puente?

—No, padre, no es para eso —respondió a la vez que se desasía de su mano—. Espera.

Y salió raudo, agarrándose con fuerza a la barandilla. Segundos después regresó con un cabo enrollado y de un buen diámetro. Amador le miraba con un gesto de sorpresa. No tenía ni idea de lo que pretendía hacer su hijo.

—¡Escúcheme bien, padre, tenemos poco tiempo! Con este cabo vamos a fijar la caña para mantener el timón derecho y fijo. Así, el oleaje y el viento no le harán virar a babor o a estribor haciendo que vuelque. Si tenemos suerte, en esas condiciones, el oleaje nos llevará directamente a la costa.

Amador estuvo meditando sobre lo que acababa de decir su hijo y le pareció razonable dentro de la situación en la que se encontraban. La posibilidad de vuelco era la misma o quizá mayor, que si él estuviera manejando la caña. Al menos, al estar fija, no se movería y el esfuerzo que estaba realizando para mantenerla firme ya lo estaba acusando.

—Está bien, hijo —respondió, convencido—. Manos a la obra. Coge tú la caña, yo preparo el cabo.

Durante unos minutos estuvo fijando fuertemente el timón con el grueso cabo de cáñamo, atándolo a unos soportes laterales situados en los extremos del puente.

La operación les hizo sudar, pero habían conseguido inmovilizarlo.

—Ahora a esperar y que Dios nos acompañe y la Virgen del Carmen nos proteja.

—Sí, tendremos que esperar, pero no aquí, padre. Aquí ya no podemos hacer nada más. Nos vamos a la bodega con los marineros. Vaciaremos el frigorífico y trataremos de atarnos también en su interior para evitar dar bandazos a merced del oleaje y golpearnos contra las paredes o unos contra otros.

—¿Al frigorífico? Indudablemente, tú no estás bien. ¡Eso es una locura!

—Píenselo, padre, píenselo. El frigorífico es estanco y aunque no es muy grande, cabemos todos y holgadamente.

El patrón escuchaba atentamente mientras que sus manos se aferraban a la caña a pesar de que ya estaba inmovilizada. La idea de su hijo, ya no le parecía tan descabellada, y el mismo ya se la estaba imaginando.

—Usted y yo nos quedaremos al lado de la puerta y aguantaremos con ella abierta todo el tiempo que podamos sin ponernos en peligro —el gesto de seriedad y la serenidad de las palabras de su hijo le seguían sorprendiendo profundamente—. Si comprobamos que el barco se hunde, la cerraremos de inmediato, ¡pero no antes! —recalcó enfáticamente— Con ella cerrada, tan sólo dispondremos del aire que cabe allí dentro y no es mucho para el número de gente que somos. Sólo nos resta esperar que nos localicen pronto, si antes el barco no se parte en mil pedazos, cosa bastante improbable.

—Me sorprende tu imaginación… —iba a decirle, rapaz, pero consideró que estaba comportándose como un verdadero lobo de mar y sin perder la compostura—, Xoan. Sí, pienso como tú. Es la única alternativa viable que nos queda.

Se dieron un fuerte abrazo y abandonaron el puente, no sin antes comprobar que todos los sistemas de emergencia habían sido disparados. Con movimientos lentos y mucha precaución, consiguieron alcanzar la escotilla que les conducía a la bodega. Allí se encontraba toda la tripulación expresando sin rubor alguno la tensión a la que estaban sometidos. Sus gestos parecían estar suplicando la finalización de la agonía que estaban sintiendo. Saludaron sorprendidos a Xoan al verle dentro del barco, tampoco le habían visto hasta entonces.

 

 

Dentro de la amplia sala en semipenumbra, las pantallas de los ordenadores parpadeaban incesantemente. Era la situación habitual del equipamiento controlador del movimiento marítimo de la Fuerzas Armadas. En esta ocasión, apenas media docena de marinos estaban ejerciendo la supervisión de todas ellas. El oficial de guardia sintió como su cuerpo se sacudía ante la luz intermitente en el panel central que determinaba el SOS de una embarcación situada en las cercanías de la costa. Llamó la atención del resto del grupo que estaba trabajando en la intempestiva madrugada del lunes y de inmediato saltaron todas las alarmas de socorro.

El oficial salió disparado hacia el despacho del comandante para darle cuenta de lo que estaba sucediendo. A pesar del mal tiempo, el sistema operativo de rescate se puso en marcha y en muy poco tiempo se encontraban en disposición de salida. Sólo faltaba que las condiciones atmosféricas mejoraran un poco, tal como preveían en función de los datos recibidos de los diferentes satélites meteorológicos para dar la orden de salida de los helicópteros de salvamento que tratarían de rastrear el lugar en el cual, la embarcación había naufragado y en que condiciones podría encontrarse.

No tuvieron que esperar mucho para recibir la orden de búsqueda. El tiempo ya había amainado en ese escaso espacio de tiempo y a pesar de la pertinaz lluvia, el viento y el estado de la mar se habían tranquilizado considerablemente, aunque sabían muy bien que era una circunstancia pasajera, ya que la predicción para el estado de la mar no era nada halagüeña.

La radiobaliza les dirigió de forma segura hacia el lugar donde la embarcación había naufragado. El punto exacto se encontraba en las cercanías de la isla situada más al norte en la entrada de la ría. El oleaje la había conducido hacia una zona agreste, con grandes peñascos que emergían o desaparecían en el valle o en la cresta de las fuertes olas. La embarcación se encontraba a merced de la mar, sin gobierno, e iba chocando contra esas rocas que le estaban impidiendo el paso hacia el interior y la bonanza de la ría. Finalmente se hundió tras partirse prácticamente por la mitad y fue descendiendo los pocos metros que le separaban del fondo, lo que permitió a dos buceadores bajar rápidamente, aprovechando que en los momentos del rescate, la mar se encontraba en una calma relativa, pero que, según las previsiones del tiempo, volvería a encresparse y hacer inviable el rescate si no se realizaba con la premura conveniente.

Comprobaron que la embarcación estaba destrozada por la amura de estribor y que el agua la inundaba completamente. Se movían nerviosos pero diligentes, con la lección bien aprendida y trataron de encontrar alguno de los previsibles cadáveres de la tripulación, pero fue inútil. No había vestigio alguno.

El más veterano de los dos se dio cuenta de que la embarcación disponía de un pequeño frigorífico y que la puerta estaba cerrada. Pensó que también estaría destrozado por la parte en contacto con el casco. Apoyó su mano en la palanca de apertura y cuando iba a manipularla, sintió un ligero estremecimiento pensando que podría cometer una locura. “Quizá”, pensó esperanzado, “dentro puede encontrarse algún marinero”. Tomó uno de los muchos utensilios metálicos que llevaba encima y golpeó con fuerza y de forma intermitente sobre el panel y esperó unos inquietantes segundos. Literalmente pegado al habitáculo pudo escuchar unos tenues golpes respondiendo a los suyos. Una fuerte descarga de adrenalina casi le deja paralizado, pero de inmediato llamó la atención de su compañero que se acercó con rapidez. Señaló insistentemente la puerta cerrada y volvió a golpearla, a continuación pudieron escuchar la respuesta.

No había duda, dentro del frigorífico había algún marinero con vida. Pensaron que quizá pudiera quedarles muy poco aire para respirar, por lo que uno de ellos ascendió a la superficie para dar la consiguiente alarma. Desde el helicóptero le informaron que en la Comandancia de Marina habían organizado el rescate enviando un barco grúa de gran potencia y estaría al llegar.

Cuando éste se situó sobre la perpendicular de la embarcación hundida, los buzos se encargaron de efectuar la sujeción del mismo sobre puntos seguros para evitar posibles roturas por la mala situación del casco después del naufragio.

En un tiempo, que estimaron como record, consiguieron sacar la pequeña embarcación a la superficie. Antes de que el agua se deslizara a través de los múltiples agujeros, abrieron la puerta de la cámara frigorífica. Con el alma en un puño, pensando en la situación dantesca que se podrían encontrar, comprobaron que había una serie de cuerpos, desmadejados, pero atados a la estructura de la cámara. Les desprendieron de las ataduras y comprobaron que todos estaban con vida, algunos de ellos totalmente conscientes, aunque con el terror reflejado en sus rostros.

El médico del cuerpo de rescate apenas tuvo trabajo. En muy poco tiempo, la tripulación se había restablecido. Todos eran muy jóvenes y de gran fortaleza física, y aunque el oxígeno ya comenzaba a escasear en el momento del rescate, no se vieron afectados por ello.

Fueron trasladados a varias salas acondicionadas para este tipo de emergencias en el barco de rescate. Allí, Amador, preguntó como estaba su hijo y el resto de la tripulación. Le tranquilizaron diciéndole que todos los marineros que se encontraban en el interior de la cámara frigorífica se encontraban en perfectas condiciones. El médico estaba observando a cada uno y al llegar a tierra, estarían juntos de nuevo.

Se quedó algo más tranquilo y la tensión soportada y los tranquilizantes que le suministraron le sumieron en un profundo sopor, del que pudo evadirse varias horas después y ya se encontraban en tierra firme. Fue entonces cuando volvió a preguntar por su hijo y que quería verle de inmediato.

—Creo que eso no va a ser posible, Amador —le respondió el comandante al mando.

Amador pareció no comprenderle e insistió en su deseo de ver a su hijo y al resto de la tripulación. El comandante le pidió que le acompañase y le condujo a una sala en la que se encontraba la tripulación disfrutando de un copioso desayuno. Lo ocurrido no les había dejado sin apetito. Cuando vieron entrar al patrón se levantaron al unísono y comenzaron a aclamarlo, dándole las gracias por su comportamiento que supuso salvar a toda la tripulación.

—¿Dónde está Xoan? —pregunto después de recorrer una a una las caras de los marineros.

—Pensábamos que estaba con usted, patrón —le respondió su segundo.

Se giró hacia el comandante y le asió con fuerza por el brazo.

—¿Dónde diablos está mi hijo? —insistió con una determinada violencia.

—Venga conmigo, por favor —le pidió el comandante, y abandonaron la sala.

Una vez sentados alrededor de una pequeña mesa, el comandante le preguntó si deseaba tomar alguna cosa, pero Amador negó con la cabeza mientras su rostro expresaba un gesto de dolor, tenía la seguridad de que le iban a anunciar la desaparición o muerte de su hijo.

—Amador, hemos estado hablando con su tripulación —comenzó a decirle el comandante en un tono de voz tranquilo y sereno—, y efectivamente, nos confirman que su hijo apareció a bordo en un momento dado, pero que antes, no lo había visto nadie, ni en el muelle ni en la travesía y mucho menos durante la pesca. Su segundo se encontró con él cuando accedió al puente y el resto de la tripulación cuando entraron en el frigorífico —se detuvo un instante para observar el rostro del patrón, lo encontró lívido y desencajado—. Por cierto, fue una gran idea por su parte hacer lo que hizo, incluso, poner en marcha el frigorífico para bajar la temperatura y consumir menos aire.

—No fue idea mía, fue de mi hijo. Yo me encontraba desbordado ante la virulencia de la tempestad y mis ideas estaban atenazadas ante la culpabilidad por haber salido a pescar en esas condiciones.

—Continuo. Todos recuerdan la entrada en el frigorífico e incluso como su hijo les iba atando de tal forma que apenas tuvieran la posibilidad de movimiento alguno y evitar así golpearse contra las mamparas o entre ellos mismos.

—Sí, fue muy efectivo —responde el patrón entre balbuceos.

—No puedo explicar la presencia de hijo en el barco, realmente, nunca estuvo allí. Era materialmente imposible.

—¿Cómo que no estuvo en el barco? ¡Lo vieron todos!

El comandante hacía esfuerzos por encontrar las palabras adecuadas para hacerle comprender al marinero la realidad de lo sucedido, aunque el mismo no estaba muy seguro de entenderlo.

—Amador, nos hemos puesto en contacto con todas las fuerzas vivas del pueblo para explicarles la situación. Hemos hablado con su mujer. Todos, absolutamente todos, nos confirman que Xoan, su hijo, no se movió de la cama en la que se encontraba postrado por una terrible fiebre. Su madre no se movió ni un solo instante de su lado, pasó toda la noche con él.

El patrón se sujetaba las sienes con ambas manos mientras balanceaba la cabeza en un acto reflejo y consecuencia de su abatimiento.

—¡No puede ser, no puede ser. Xoan estaba allí, en aquel infierno con todos nosotros!

El comandante se mantuvo en silencio esperando que el hombre se fuera calmando. Cuando entendió que podía continuar, le dijo:

—Su mujer quiere hablar con usted. Se mantiene en contacto telefónico con nosotros. Ella no puede venir aquí y ustedes todavía tendrán que esperar algunas horas como nos determinan las normas en estos acontecimientos. Pero antes, quiero explicarle algo. Espero que lo entienda.

—¡Xoan ha muerto, ¿verdad?!

—Escuche, Amador —la voz del comandante sonó entrecortada—. Sobre las cuatro de la madrugada, la mar se fue encrespando notablemente y decidieron dar por terminada la pesca. Fue en ese momento cuando Xoan hizo su aparición en el barco, según ustedes. Su mujer nos explicó que a esa hora, su hijo empezó a sufrir una serie de convulsiones intermitentes y la fiebre comenzó a subirle. En su delirio, decía frases que ella no llegó a comprender, alguna que otra palabra suelta, pero nada más. A medida que pasaban los minutos parecía que su estado empeoraba. Tenía la sensación de estar haciendo un enorme esfuerzo. No lo dudó y llamó al médico del pueblo, el que habitualmente les atiende a ustedes. Éste, se veía impotente para calmar la excitación del muchacho y decidió llamar a la capital para que les enviaran una ambulancia, al fin de ingresarlo en un centro médico lo antes posible.

—¡No puede ser! —repetía, como si fuera una letanía— ¡Xoan estaba allí con nosotros, encerrado en el frigorífico!

—La hora de mayor excitación del muchacho se produjo exactamente cuando su barco naufragó. Después cayó en una calma tensa, con respiración violenta pero sin convulsiones. Estaba completamente empapado y su madre, con un paño mojado en agua fría, lo pasaba por todo su cuerpo tratando de reducir la fiebre.

Un tenso silencio se apoderó de la pequeña sala. Amador, con los codos apoyados sobre la mesa y sujetándose la cabeza parecía que iba a desplomarse de un momento a otro. El comandante pensó en llamar al médico para que le suministrase algún tranquilizante, pero antes, tenía que terminar su conversación con él.

—Amador, ¿me escucha? —le preguntó.

Respondió con un ligero movimiento de cabeza pero continuó en la misma posición.

—Cuando el equipo de rescate abrió la puerta del frigorífico, su hijo no estaba allí. De hecho, nunca lo estuvo. En ese mismo instante, tal como nos contó su mujer, Xoan, postrado en su cama, abrió los ojos, su cuerpo dejó de convulsionarse y su expresión se tornó tranquila, incluso le pareció que sonreía.

—¡Xoan, Xoan! —balbucía Amador.

El comandante se levantó de su asiento y se acercó al marinero por su espalda. Apoyó ambas manos sobre sus hombros y los presionó.

—¡Amador!, su hijo falleció en el mismo instante en el que abríamos la puerta del frigorífico, en su cama, atendido por su madre y por su médico. Y antes de abandonar su cuerpo y entregar su alma le dijo a su madre; “No te preocupes, padre ya está regresando a casa sano y salvo”.

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