RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
OCASO  EN  LA  JUVENTUD



  

Alfredo José ocupaba el amplio sofá de terciopelo rojo. Tendido cuan largo era, dejaba vagar su mente sobre pensamientos nada moralizantes, Su estado de ánimo se encontraba alterado desde ya hacía días, quizá meses sin él saberlo o tener conciencia de ello. En muchas ocasiones, la doncella que le atendía durante el día, le encontraba en esa misma posición, desmadejado, en una duermevela alucinante que le provocaba estados espasmódicos de cuando en cuando.

Serían las siete de la tarde y comenzaba a sentir cierto pánico ante una noche de insomnio como solía ocurrirle en los últimos tiempos. Se esforzó en pensar, deseando con todas sus fuerzas salir de aquella espiral que le envolvía en una agobiante soledad. Fue levantándose con una lentitud exasperante pero que a él, le pareció una velocidad de vértigo. La botella de whisky la tenía al alcance de la mano. Tomó un vaso, utilizado una serie de veces sin conocer la más mínima limpieza, y se escanció una cantidad de la que no tuvo la menor conciencia pero que si apuró con diligencia.


Después, dejó vagar la mirada a través de la amplia puerta acristalada que conducía a la terraza del ático situado en una acogedora plaza de la capital. La vista desde allí era perfecta, con la altura suficiente como para poder contemplar sin interferencia alguna, las miles y miles de antenas de televisión, de telefonía fija, de telefonía móvil, y donde por las noches, las luces de neón de los impresionantes anuncios comerciales situados en lo más alto de los edificios cercanos, impedían que la oscuridad se adueñara del entorno.

Miró varias veces su reloj de pulsera dudando de la veracidad de la hora marcada. Y como le solía ocurrir en determinadas ocasiones, sus pensamientos se volvieron retrospectivos para poder recrearse en las épocas en las que se sintió feliz. Preferentemente, recordaba su paso por aquel internado, tan sólo asequible para hijos de la gente pudiente, con dinero y con muy buenas relaciones. Allí, se sintió como pez en el agua. Era el líder de su curso, que a duras penas conseguía superar, pero era algo que nunca le interesó lo suficiente.

Todavía en su mente, se mantenían y con extraña fidelidad, todas las extravagancias de las que fue capaz. Se reía aún, cuando rememoraba la creación de su obra que creyó perfecta; “Mil y una maneras de suicidio de Albertito Figueroa Pérez-Lamoado”, de la que apenas ya no se acordaba de casi nada, por pura simpleza o imbecilidad, o ambas a la vez. Tan sólo le venía a la memoria cuando le reprochaba al muchacho, varios años más joven que él; “Albertito, suicídate y líbrame de tu presencia, pégate un tiro o salta desde el balcón, pero hazlo de una puta vez”, y se reía de forma bobalicona.

Albertito, don Alberto hoy en día hasta para él, era ya un renombrado abogado con uno de los bufetes más importantes del país. Él, Alfredo José, casi nunca conseguía pasar de curso, pero sí se le dio muy bien cambiar de facultades sin llegar a enraizar en ninguna de ellas. Generalmente, no llegaba a superar un trimestre, pero era el tiempo suficiente para incorporar nuevas amistades a su elenco particular. Los cursos le importaban bien poco. “Papa —solía decir— es lo suficientemente rico para que yo viva sin dar golpe”. Y así era, realmente. No daba golpe. El dinero de “Papa” le permitía comprar todo lo que se le ocurriera, aunque, se podría decir que carecía de imaginación y sus mayores gastos se producían en juergas invitando a todo aquel que se le acercara. Era la forma de comprar antídotos a su soledad.

Recordó a Lourdes María, una preciosa rubia de larga melena, ojos verdes como el de una esmeralda perfecta, labios carnosos y sensuales, unos pechos en consonancia con su 1.74 de altura y piernas largas maravillosamente torneadas. Siempre jovial, animadora imprescindible en cualquier festejo y muy conocida en los ámbitos en los que se movía Alfredo José. Economista y financiera de una mediana empresa cuya cuenta de resultados era muy saneada desde su incorporación. Seria y responsable en el trabajo, genial y desenfadada en el ocio. Causaba admiración allí por donde pasaba. Alfredo José siempre sintió una determinada pasión por ella, creyéndose su eterno enamorado quizá más por la sensación que eso le producía que por ella misma.

Hubo un tiempo en el que deseó fervientemente llevársela a la cama como su trofeo absoluto, pero hoy en día ya se sentía incapaz de conseguirlo, no llevársela a la cama, ejercer en ella.

Sintió deseos de compartir la velada con la impresionante muchacha y después de escanciarse otro whisky y dar buena cuenta de él, tomó el inalámbrico, busco su nombre y apretó el botón de llamada sin grandes complicaciones. Estuvo sonando un buen rato mientras su sistema depresivo se iba desarrollando al igual que un huracán, que se autoalimenta. Cuando ya pensaba en colgar para buscar otro nombre y hacer una nueva llamada, escuchó al otro lado del teléfono un lacónico “¿sí?

—Lourdes María, guapa, ¿cómo estás?

Transcurrieron unos segundos que le parecieron una eternidad. En su frente comenzaban a perlarse gotitas de sudor.

—¿Quién eres? —contestó la muchacha, aunque la voz le parecía conocida.

—¿No me conoces? —le preguntó él, componiendo un mohín de disgusto del que Lourdes no se enteró, por supuesto— ¿No aparece mi nombre en tu pantalla? —y sin dejarla responder, continuó—: Soy Alfredo José, ¡guapísima! —y trató de sonreír de forma encantadora.

—¡Vaya, vaya, Alfredo José! —respondió ella, próxima a soltar una carcajada— Pues mira, chico, hace unos días me atacó un virus dejándome sin memoria el fijo, el móvil, el iPod, el ordenador, el Blutuff, la tarjeta gráfica, el USB, la agenda y la sonrisa.

—Sigues tan genial como siempre —le dijo, aunque no muy convencido.

—Y, ¿a qué se debe tu llamada, corazón? —le inquirió con un tono no exento de cierta burla pero con determinada curiosidad. Conocía muy bien sus excentricidades, ¿y quién no?, y la capacidad de su progenitor, ¿y quién no?

Al joven comenzaron a temblarle las piernas. Necesitaba imperiosamente compañía que le liberara de aquella aterradora soledad que le mantenía unido al sofá sin saber muy bien donde terminaba éste y comenzaba él. Creyó estar viviendo en un mundo y en un espacio temporal que no era el suyo.

—Mira, Alfredo —trató de ser lacónica pero su voz un tanto divertida, y es que el muchacho le podía—, me coges en muy mal momento. Estoy ocupadísima, tengo sesión de ducha, después trataré de pintarme las uñas de los pies y más tarde pasaré por la peluquería y la manicura. Tengo que estar muy guapa, ¿sabes?

—¿Para mí? —preguntó torpemente.

—¡Mi niño…! —trató de ser dulce, pero no pudo— Más tarde tengo una videoconferencia. Ya sabes que asesoro a muchos personajes de la vida pública —las lágrimas trataban de salir por sus lacrimales por el esfuerzo realizado para no soltar una tremenda carcajada.

—¿También asesoras a Papá? —preguntó inocentemente.

Dudó unos instantes pensando la fórmula más educada para mandarle a paseo.

—No querido, tu padre ya está muy bien asesorado, quizá tú estés participando en ello —contestó, ahogando una carcajada.

—Sí, claro, por supuesto —volvió a sonreír bobaliconamente— ¿Y no podemos vernos mientras realizas la videoconferencia? Luego nos iríamos a cenar.

—¡Imposible! —respondió ya de no muy buena gana, los tacos luchaban frenéticamente por salir disparados de sus perfectos labios— Estoy asesorando al futuro ex-presidente de los Estados Unidos que está librando una verdadera batalla contra la sensación de soledad oval que está sufriendo a medida que se acerca el fin de año. ¿Me comprendes, verdad?

—Claro, claro, como no —gimió desesperado, aunque no quería rendirse—. ¿Y mañana?

—Peor, tío, peor. Mañana tengo otra videoconferencia con Fidel Castro. Ya sabes, quiere dejarlo todo atado y bien atado. Después está en la lista el presidente Chávez, necesita aclararle al mundo su situación con don Juan Carlos, y no está nada fácil después del famoso “¿por qué no te callas?”.

—¿Quién es Juan Carlos, guapa? ¿De la pandilla, tal vez? —preguntó mosqueado.

—¡No, cariño no, es el inquilino de la Zarzuela y en estos instantes, del palacio de Mariven! —respondió sintiendo que comenzaba a cabrearse— Bueno, Alfredito, con gran pesar de corazón, tengo que dejarte.

—Te llamaré muy pronto —gritó, pensando que era su última tabla de salvación.

—¡Ni lo intentes…! —lo supo mal la respuesta y añadió—: Estaré fuera un tiempo, ya sabes, Estados Unidos, el futuro ex-presidente. Besos y cuídate.

Y sin esperar respuesta, colgó resoplando.

Alfredo sintió como la tormenta comenzaba a tornarse en tempestad y en el interior del cerebro giraba como prolegómeno de la proximidad del habitual tifón. Sentía la necesidad de una raya de polvo puro. Tuvo fuerzas para acercarse al cuarto de baño y dejar unos restos de bilis en el inodoro. Después, como un sonámbulo, se introdujo en la ducha, sin saber muy bien que hacía, sin quitarse el pijama, sin quitarse las gafas, sin quitarse el Rolex que le regaló papá ni se acordaba cuando, y giró la manecilla del grifo de agua que fue liberándose a través de los mil agujeritos de que estaba compuesta la alcachofa y sin comprobar si salía fría o caliente.

Cuando el líquido empapó su cuerpo comenzó a sentirse mejor y su neurona pensante fue activándose, con lentitud, como le era consustancial en ese estado de su vida, lo que le permitió recordar a la encantadora Susana, la agraciada mujer que en sus años de estudiante siempre lleva pegados a su espalda un buen puñado de moscones.

Salió del aseo sin molestarse en coger una toalla y secarse, sólo dejó caer al suelo las prendas de su pijama, y tal cual llegó al mundo pero muchísimos años después, regresó al salón. Una agradable melodía llenaba todo el espacio pero apenas le prestó atención. Era como otro florero y no entraba en sus prioridades.

Tomó la agenda en sus trémulas manos y buscó el nombre de Susana después de comprobar que no se encontraba en la de su teléfono móvil. Encontró tres nombres de Susana, dos de ellos con apellidos que no le decían absolutamente nada. Trató de pensar y después de un rato descartó uno de ellos por su prefijo que no correspondía a la capital y entre los otros dos, se decidió por el primero, por aquello de que la antigüedad era un grado y a la Susana que trataba de llamar era conocida desde la infancia.

Marcó el número y esperó. A los pocos segundos pudo escuchar una encantadora voz femenina que decía:

—Has llamado a Susana. En estos momentos no puedo atender tu llamada, estoy en la peluquería. Dentro de dos horas estoy de regreso. Déjame tu nombre, corazón, y en cuanto llegue te llamo. ¡Ciao!

—¡Jooodeeer! —exclamó Alfredo, sin darse cuanta de que su expresión estaba siendo grabada— ¡Sigue tan loca como siempre!

Cada cinco minutos, minuto más, minuto menos, repetía la llamada esperando escuchar la voz en directo de la muchacha. Y tuvo suerte, aunque repitió hasta la saciedad los intentos. Al menos, consiguió mantener su atención ajena a sus debilidades.

—¡Hola, soy Susana, ¿y tú?!

El corazón de Alfredo se disparó hacia una clara taquicardia en proceso acelerativo. Trató de visualizar a la encantadora mujercita que tanto le atraía tiempo atrás y a la que en los últimos años apenas veía. Su atractiva y larga melena negra se había convertido en corta, con mechas y que según recordaba, le propiciaba un aspecto más juvenil. Su cuerpo, de manifiestas curvas, eran el habitual reclamo en la mirada lasciva de quienes la rodeaban, sí, incluso de más de una fémina que ya no escondía sus inclinaciones sexuales.

—¡Susana, qué enorme placer siento al escuchar tú voz!

—¡Joder! —contestó en tono ácido— Tú eres el de “sigue tan loca como siempre”. ¿Se puede saber quién coño eres, capullo?

—No me riñas, preciosa —trató de contestar zalamero—. Soy Alfredo José —y se quedó esperando nuevos improperios por parte de la muchacha.

—¿Alfredo José? —inquirió, dubitativa— ¿Alfredo José…, de la facultad de Biología?

Su rostro sufrió una transfiguración, casi podría decirse que había alcanzado el éxtasis. Susana le había reconocido.

Claro, preciosa. Tienes una excelente memoria.

Escuchó la sonrisa fresca y cristalina de Susana. Era encantadora, incluso cuando estaba de los nervios.

—¿Qué es de tu vida? —Le preguntó de forma coloquial, aunque se arrepintió al instante. La fama del joven le precedía.

—Bueno. Ya sabes., trabajando —contestó tratando de aparentar normalidad.

—Pero, ¿ahora trabajas, querido? —preguntó socarronamente aunque no exenta de curiosidad.

Sabía perfectamente que es lo que hacía el muchacho, todo el mundo de la alta sociedad de la capital estaba al tanto de su parasitismo desordenado.

—Claro. Estar sin hacer nada es muy aburrido. Asesoro a papá en sus empresas.

—¿Está ya arruinado tu padre? —le soltó sin complacencia alguna, aunque sabía perfectamente que los negocios, a su progenitor, le iban viento en popa, con crisis o sin crisis, nadaba en la abundancia y mantenía a su hijo alejado de él y de los negocios, costara lo que le costara.

La mente de Alfredo se quedó en blanco, algo habitual en los últimos tiempos.

—¿A qué se debe tu llamada, querido?

Dudó unos instantes, que le parecieron una eternidad.

—Deseaba verte y recordar los buenos tiempos de la facultad. Ya sabes que yo tenía una especial debilidad por ti.

—Claro, cariño. En aquella época y ahora mismo, hay mucha gente que tiene una especial debilidad por mí, aunque no acabo de comprenderlo —respondió irónicamente.

Alfredo trató de evocar su imagen y no tuvo grandes dificultades en lograrlo, aunque a grandes rasgos. Era muy difícil, incluso para él, olvidarse de su cuerpo de diosa.

—Bueno…, es que… —balbuceó—, nunca llegué a entender muy bien porque en la facultad te inclinabas por Ricardito Sanahuja. Era pesado, regordete, sin gracia, sin clase.

Una serie de palabras soeces trataban de hacerse camino entre los labios de Susana, que tuvo que mordérselos para impedirlo.

—Sí, corazón, pero era muy amable conmigo, incluso me invitaba muchas veces al cine.

—Yo también te invitaba pero terminabas yendo con él.

—¡Mira, capullo! —sintió que comenzaba a descontrolarse, pero no deseaba tener problemas con él. Podría ser un estúpido pero tenía suficiente dinero para poder hacer daño— Ricardo y yo nos íbamos al cine muy a menudo, nos sentábamos en el centro y veíamos la película, y no como pretendías hacer tú, llevándome a la última fila, tratando de que me sentara sobre tus rodillas y de espaldas a la pantalla, con lo cual, no podría ver la película y encima me exigías que llevara faldas amplias.

—Bueno…, yo…., yo…. —comenzó a tartamudear.

—Por cierto, supongo que sabes que Ricardo es hoy el director de un afamado centro de investigación. Se lo rifan en las universidades más famosas del mundo para dar conferencias. Por cierto y supongo que también sabes que desde hace unos años es mi queridísimo esposo.

La sangre pareció desaparecer de su cuerpo, se quedó lívido, quizá pensando que su segunda oportunidad se estaba esfumando.

Ante el silencio del joven, pensó que habría llamado a otras amigas obteniendo claras negativas. Se lo preguntó de forma directa, y él contestó afirmativamente. Ya no sabía ni mentir.

—Me imagino que debes estar pasando una crisis de soledad y voy a hacerte un pequeño favor .Después olvidaré que esta llamada ha existido. ¿Te parece?

Alfredo escucho una risa apagada, que no dudó en pensar que Susana se estaba burlando de él.

—¿Qué tipo de favor? —preguntó, tratando de agarrarse a un clavo ardiendo.

—¿Te acuerdas de Lorena? —esperó unos segundos para escuchar su respuesta, pero en vista del silencio prolongado, continuó— Sí, hombre, la chica que tenía un precioso pelo trigueño, un cuerpo escultural y que levantaba pasiones a su alrededor. Estudiaba Relaciones Públicas. Hoy en día se dedica a montar fiestas, eventos, convenciones o cualquier acto social en el que se mueva mucho dinero. Supongo que para ti, el dinero no sería un problema, ¿verdad?

—¡No, claro que no! —contestó ufano. Estaba acostumbrado a dilapidar la tarjeta de crédito o firmar talones en los que apenas se daba cuanta de la cantidad plasmada en ellos.

—Como entiendo que estás pasando algún tipo de crisis —se sonrió burlona—, creo que nadie mejor que Lorena para solucionar tu problema. Es increíble su forma de levantar la moral de la gente, ¿por qué de eso se trata, no?

—¡Perfecto, es lo que necesito!

Susana dudó unos instantes. Se dio cuenta de que el Alfredo no había reconocido a Lorena, pero pensó que eso le importaba bien poco, la cuestión era desentenderse de él, y a ella, el resto le tenía sin cuidado. Que decidiese Lorena si la fiesta le podía reportar pingues beneficios, cuestión que ella no dudaba.

—Toma nota del número de teléfono —le dijo, y fue deletreándolo para convencerse de que lo hacía correctamente— Ciao, querido, hasta nunca —y colgó con brusquedad.

“Joder con el cabrón de Alfredito, tratando todavía de pasarse por la piedra a sus amigas de la época de estudiantes”, pensó indignada, “pero creo que esta vez, con Lorena, se va a encontrar con la horma de su zapato”, y sonrió tratando de imaginarlo. “Voy a llamarla”, se dijo con desenfado.

—¿Lorena? Soy…

—¡Susana! —contestó ella con rapidez— ¡Cariño, qué alegría!

Estuvieron hablando unos minutos de cosas intranscendentes, pero poniéndose al día, cuestión que las hizo sonreír alegremente. Pasado un tiempo, Lorena le preguntó:

—Bueno, encanto, se perfectamente que me llamas por algún motivo, además de departir un ratito conmigo. ¡Vamos, dispara!

Susana se quedó sin habla durante unos segundos mientras pensaba si sería buena idea lo que trataba de decirle. Finalmente se decidió.

—Hace un rato me llamó Alfredo José…

—¿Y qué quería, el muy cabrón…?

—Compañía. Dice que está en plena crisis de ansiedad.

—Ja, ja, ja… ¡No sabes cuánto me alegro!

Susana fue relatándole la conversación mantenida con él. Le comentó que buscaba compañía a cualquier precio, y como necio que era, no sabía donde encontrarla y no tuvo mejor ocurrencia que llamar a sus antiguas amistades femeninas.

—Creo que deberías organizarle una fiesta y obtener un buen beneficio. Por el dinero, ya sabes, no creo que tengas que preocuparte.

—¡Déjalo de mi cuenta! —exclamó Lorena, casi con euforia, pero Susana no pudo ver el extraño brillo de sus ojos— Le voy a preparar una fiesta que no olvidará nunca. Creo que es lo único que tiene en común con su padre. Menudos hijos de puta los dos, aunque el padre lo es más pero con mucha clase. Nunca regatea el precio de las fiestas que organiza para sus clientes. Sabe pagar muy bien la discreción y el silencio.

—¿Aún sientes algo por él? —preguntó tímidamente y sin esperar la respuesta, añadió—: estoy segura de que no te reconoció cuando le di tu nombre y el color de tu pelo.

—No te preocupes, cariño. No siento nada por él, excepto asco. Pero el negocio es el negocio y en las épocas que estamos y con esta crisis galopante, se organizan pocos eventos que valgan la pena y fiestas, mucho menos. La gente que colabora conmigo comienza a ponerse algo nerviosa en época de vacas flacas —y se rió jocosamente—. Organizaré una pequeña fiesta, con muy poca gente, sin gran boato, pero que le va a resultar exageradamente cara. Gracias, cielo. Ya te contaré.

Se despidieron prometiéndose que tenían que verse de cuando en cuando. Lorena se había separado un tanto de aquel grupo de estudiantes con grandes ilusiones y que todavía mantenían una estrecha relación entre ellos. Hacía ya un tiempo que deseaba ese reencuentro. Quizá nunca debió alejarse, pero la culpa había sido de Alfredo.

Estuvo pendiente durante un buen rato por si se producía la llamada, pero finalmente se cansó de esperar y decidió salir a tomar una copa al pub de siempre, donde solía reunirse la gente que colaboraba con ella. Era una gente muy especial, alegre, divertida y dispuestos para cualquier circunstancia siempre y cuando estuviera muy bien remunerada. Ganaban dinero, mucho dinero y no regateaban a la hora de gastarlo. Lorena era un caso aparte, ella organizaba y dirigía y su sistema de vida era algo diferente al de los demás. Casi nunca le pedían explicaciones, aceptaban o denegaban el trabajo, cosa que ocurría en poquísimas ocasiones.

Alfredo José comenzó a sentir una especie de sopor que le obligó a tumbarse en la cama, donde se quedó completamente dormido. Cuando se despertó eran las doce del mediodía. Escuchó como la doncella se movía por el apartamento. Unos golpecillos en la puerta indicaron su presencia. Le recordó que era viernes y que se marcharía un poco antes de lo habitual, por lo que necesitaba arreglar la habitación.

Un larga ducha pareció retornarle la vitalidad a su cuerpo, incluso sintió hambre. Trató de arreglarse y bajar a comer al restaurante de la plaza, donde lo hacía con bastante habitualidad. Era un buen restaurante y caro, por lo que se sentía a gusto con el exquisito trato que recibía, todo ello, gracias a las generosas propinas que les dispensaba.

Finalizada la comida, le sirvieron una copa de excelente whisky de malta, que saboreó con agrado, más por la sensación que le producía su grado alcohólico que por la calidad de la bebida. Dejó vagar la mirada por el salón sin fijarse concretamente en nada. Volvió a sentir la necesidad de compañía y recordó las conversaciones mantenidas el día anterior con dos de sus amigas. Entonces recordó que Susana le había dado un teléfono de alguien que le podría proporcionar lo que necesitaba.

Comenzó a sentirse inquieto y con deseos de regresar a su apartamento. Se levantó, dejando la copa a medio apurar y abandonó el restaurante sin molestarse en pedir la cuenta, algo a lo que estaban acostumbrados, pero sabían que no suponía problema alguno para realizar el cobro. El joven nunca protestó ante ninguna de las facturas que le presentaban, incluso, sin recordarlas.

Cuando llegó al apartamento fue directo al teléfono. Allí estaba el número que tenía que marcar. Lorena se llamaba la joven. No recordaba muy bien si la conocía, aunque el nombre le pareció familiar.

Tras varios intentos, una voz femenina y muy agradable le respondió.

—¿Lorena? —preguntó inquieto.

—¿Cómo estás, querido Alfredo? —respondió la muchacha que reconoció de inmediato la voz, además, esperaba su llamada.

—Muy bien, sí, muy bien… ¿y tú?

—Dime, querido, ¿qué deseas? Porque supongo que deseas algo para haberme llamado ¿no?

—Sí, claro… —contestó nervioso, tenía la sensación de que la voz de Lorena le era muy familiar— Me dijo Susana que organizas fiestas o algo parecido…

—Sí, fiestas y algo parecido. ¿Quieres que te organice una fiesta? Cuestan mucho dinero.

—No me preocupa el dinero —respondió con orgullo.

—¿Y qué tipo de fiesta te gustaría? ¿Cuánta gente? ¿Sólo femenina?...

El joven se quedó pensativo. No, estaba seguro, no pretendía una fiesta con gente, tan sólo la compañía de una mujer agradable que le hiciera soportar sus crisis de ansiedad.


Trató de explicárselo a la muchacha. Con otro hombre hubiera dicho que no de inmediato, pero tratándose de Alfredo, la cuestión cambiaba.  

—Eso que pretendes te puede costar mucho dinero…

—No te preocupes, no me importa

—Y en efectivo.

Se sorprendió, e incluso se sintió un poco molesto por la desconfianza. Ella se dio cuenta, por supuesto, pero sus minutas siempre las cobraba en efectivo y al inicio mismo de la fiesta. Y así se lo hizo saber. No quería documentos de ningún tipo en los que pudieran quedar reflejados sus clientes, tales como cheques, transferencias o tarjetas de crédito. Alfredo accedió, y aunque la cantidad era importante, sabía que no tendría problema alguno en obtenerla.

Una vez matizadas las cuestiones que le interesaban a Lorena, fijaron las siete de la tarde del sábado para acudir a su apartamento. Alfredo se sintió como un niño con juguete nuevo. Para celebrarlo, se escanció una soberbia copa de whisky que no tardó mucho tiempo en apurarla.

A las siete en punto de la tarde del sábado, sonó el timbre del portero automático. Alfredo comprobó que llamaba una mujer joven y hermosa. Abrió al instante indicándole el piso y la puerta. Al poco rato la abría para dar paso a Lorena. Ambos se quedaron mirando unos instantes sin decir nada.

Pudo comprobar como la huella de los excesos cometidos estaban marcadas en su rostro haciéndole aparentar más edad y reflejando el abatimiento al que se encontraba sometido en demasiadas ocasiones.

—¿Puedo pasar, querido? —le dijo a la vez que acercaba su mejilla a la de él, en un acto reflejo.

Se apartó ligeramente dejándola pasar y cerró la puerta a continuación.

—¿Tú…? —balbució entrecortadamente.

Su rostro mostró la tremenda sorpresa que le supuso ver a aquella mujer en su puerta. Ya ni recordaba su nombre. Su padre se había encargado de lavar su cerebro conveniente con respecto a lo que ella era y representaba para él. Casi no recordaba nada, pero su rostro y su cuerpo, ni su padre, ni el alcohol, la droga y otras mujeres, fueron capaces de borrar de su mente. Estaban perennes en su cerebro aunque la mayoría de las veces lo mantenía en blanco.

—¡Yo, querido, Lorena! —respondió ella en tono sarcástico y burlón— ¿No me recordabas, acaso?

Alfredo se derrumbó sobre el sofá, pero no conseguía separar su mirada de la joven. Sintió como en su cerebro se agolpaban sensaciones tratando de emerger. ¿Qué había ocurrido con ella? No lo sabía a ciencia cierta, pero no le cabía duda, tuvo que ser alguien muy importante en su vida.

La sala era amplia. El mueble biblioteca ocupaba dos paredes del recinto y su diseño era magnífico. Numerosos libros y otros objetos ocupaban la totalidad de las estanterías. Muy pocas fotografías en toda la estancia. Sobre las otras dos paredes colgaban varios cuadros  de excelentes firmas y cuyo valor debía de ser muy alto. Un enorme tresillo de cuero color rojo vino y un precioso centro de cristal grabado, amén de varios elementos auxiliares, componían todo el mobiliario.

Lorena sabía que era una cuestión de diseño y no por el gusto de su dueño. Se sentó sobre el centrito de cristal, frente a frente, con su penetrante mirada fija en los ojos de Alfredo.

“Dios mío”, pensó, “¡en qué estado se encuentra!”, pero no dudó en reconocer que su rostro no había perdido la belleza de juventud, aquella belleza que la había subyugado y enamorado hasta la locura. Creyó, durante muchos años, que aquel hijo de puta, no significaba absolutamente nada para ella, que sus sentimientos habían sido borrados con cruel esfuerzo de su mente y si había accedido a aquella pantomima, había sido por el morbo especial de recrearse en su derrota como ser humano.

Ambos se mantuvieron en silencio, pero continuaron mirándose fijamente. Alfredo presentía que comenzaba a ver algo de luz pero seguía sin comprender nada. Lorena sintió una amalgama de sensaciones; asco, repulsión, rabia, furor, ira, pena, tristeza, dolor, congoja y angustia que la estaban desarmando. Con un nudo en la garganta, trató de mantenerse hierática, distante y firme, presta a resolver un negocio.

—Y bien, querido —dijo después de un buen rato, al comprobar el silencio absoluto de Alfredo—, ¿deseas continuar con la idea de la fiesta? —él afirmó con movimientos de cabeza— Bueno, ya sabes las condiciones.

Alfredo, sin dejar de mirarla, alargó la mano para abrir una caja situada sobre el centro. Tomó un sobre y se lo tendió. Ella lo cogió, abrió la solapa y pudo comprobar que en su interior había un buen número de billetes de quinientos euros. Volvió a cerrarlo y lo introdujo en su bolso.

—¿No vas a contarlos? —preguntó, tratando de parecer burlón.

Ella sonrió, pero no hizo comentarios.

—Creo que deberías darte una prolongada ducha y relajarte un poco —le dijo con una media sonrisa en su rostro para animarle.

—¿Nos duchamos juntos? —se atrevió a decir.

—No pretenderás que con el tiempo que he necesitado para ponerme guapa para ti —respondió riéndose de sus propias palabras—, ahora lo estropee con una simple ducha.

—No, no, claro. Puedes servirte lo que quieras. No tardaré mucho.

Lorena se quedó sola. Tomó asiento en el amplio sillón y trató de meditar. Sentía como estaban aflorando sensaciones contradictorias que apenas hacía unas horas le hubieran parecido ridículas. Estuvo pensando que podría regalarle a aquella piltrafa humana, que a pesar de ello, parecía avivar unos pequeñísimos rescoldos perdidos en el fondo de su ser. Su odio había sido muy fuerte, pero comenzaba a sentir una profunda pena pensando que aquel hijo de puta estaba pagando muy caro todas las aberraciones cometidas a lo largo de su existencia, consentidas y propiciadas por su padre que le manejaba como a una marioneta. Se dijo que la vida había sido mucho más generosa con ella que con él, a pesar de todo.

No deseaba reflexionar sobre sensaciones que hacía mucho tiempo decidió olvidar. Se levantó inquieta y se paseó por la amplia sala fijándose en cada detalle de la decoración, en la majestuosa librería que no dudó en pensar que Alfredo trataba de sorprender a sus amistades con una intelectualidad de la que carecía. La cerámica esparcida por los diferentes estantes, daban buena nota del refinado gusto, por supuesto, del decorador. Los cuadros le parecieron soberbios. Sí, allí dentro atesoraba una pequeña fortuna.

Comenzó a ponerse nerviosa ante la tardanza del joven en regresar de la ducha, temiendo que pudiera haberle ocurrido algo. Tras dudarlo unas cuantas veces, finalmente optó por atravesar la puerta por la que había salido Alfredo de la sala, llamándolo en voz alta. A la tercera llamada escuchó la voz del joven que le decía que en unos instantes estaba con ella. Ya más tranquila, regresó al salón y volvió a sentarse, con la mirada fija en dicha puerta.

Al rato, apareció Alfredo. Vestía un smoking que se acoplaba perfectamente a su cuerpo. Lorena, asombrada, tuvo que reconocer que estaba elegantísimo, aunque no dejó de pensar que se trataba de una patochada, impropia de una persona de su edad, por el único afán de deslumbrarla. Ella, vistiendo un traje de chaqueta blanco sobre una blusa roja, con falda ajustada modelando sus caderas y unos zapatos, rojos también y de altísimo tacón, producía la sensación de ser una pareja lista para salir a una fiesta de etiqueta.

Alfredo se acercó a ella y tomando su mano, la besó delicadamente. Lorena pudo apreciar un brillo especial en sus ojos, incluso, su rostro aparecía más relajado, más juvenil, en el que las huellas de su hastío apenas asomaban en él.

Después salió por otra puerta para regresar con una botella de champagne y dos copas entre sus manos. Escanció el dorado líquido en cada copa y le entregó una a la muchacha.

—¡Por ti, querida Lorena! —brindó sin afectación alguna, algo que la sorprendió y le pareció imposible su transformación en tan breve espacio de tiempo.

Bebieron ambos, aunque apenas se mojaron los labios. Lorena sintió deseos de hacerle mil preguntas, de acorralarle, de insultarle, dejar que toda la visceralidad reprimida durante años aflorara como un volcán en su punto álgido, para después, coger el sobre que le había entregado y tirárselo a la cara. Recapacitó y no tuvo duda alguna, era lo peor que podría hacer. Probablemente, no iba a enterarse de nada dado su grado de estupidez bien reconocida entre sus habituales.

 

 

—¡Hola, Lorena! —exlamó Susana al comprobar quien la llamaba por teléfono, expresando su innata alegría a través de su voz.

—¡Buenos días, corazón! —respondió, aunque su voz denotaba algo de tristeza, que enseguida pudo captar su amiga— ¿Podíamos vernos hoy? Si te viene mal, dímelo.

Susana intuyó que su amiga deseaba hablar con ella sobre la fiesta con Alfredo y se sintió intrigada.

—No. En absoluto. Podemos vernos cuando quieras. ¿Nos tomamos un sabroso aperitivo en César?

—Prefiero que nos veamos en otro sitio. Si puedes venir a mi casa, muchísimo mejor.

—Claro, claro. Por supuesto. ¿Alfredo, quizá?

—Sí. Ven, por favor.

—Dame media hora.

—Gracias, Susana. Te espero.

Ya no tenía dudas, algo extraño tuvo que ocurrir en la dichosa fiesta y comenzó a sentir un determinado grado de culpabilidad, que por quitarse al muchacho de encima, pasó la patata caliente a una de sus mejores amigas. Se puso uno vaqueros muy ajustados y un sweter color crema, que delineaba a la perfección sus espléndidos pechos. Tomó el bolso y salió disparada hacia el garaje. Poco después, aparcaba delante de la puerta del edificio en el que vivía Lorena.

Al abrir la puerta, las dos mujeres se fundieron en un fuerte abrazo, en silencio, queriendo transmitirse todo el cariño que sentía la una por la otra. Unas suaves sonrisas  iluminaron sus rostros. Después, se acomodaron en la pequeña salita en la que Lorena solía trabajar, leer o sencillamente, relajarse. Los colores cálidos eran propicios para ello.

—¡Cuéntame! —dijo Susana— ¡Estoy intrigadísima!

Lorena aspiró con fuerza. No sabía como empezar, no sabía que decirle, quizá al igual que Alfredo, tan sólo necesitaba el calor de una presencia humana que reconfortara su espíritu. Unas lágrimas pretendieron asomar en sus preciosos ojos, pero su tenacidad y fuerza de voluntad, consiguieron ahogarlas. Decidió relatarle de forma cronológica lo que había sucedido.

—Querida Susana, ¡de qué forma tan extraña suceden a veces los acontecimientos! —volvió a respirar con fuerza— Lo que voy a contarte, ¡no ha ocurrido nunca! Tienes que prometerlo.

—Sabes que puedes confiar totalmente en mi, cariño —le dijo a la vez que con su mano le rozaba la mejilla cariñosamente—. Lo que tú me digas, será ley para mí.


—Al día siguiente de llamarme tu para decirme que le habías dado mi teléfono a Alfredo, llamó él —comenzó Lorena relatando con lentitud, como midiendo cada palabra pronunciada—. Hablamos y concretamos la cantidad de dinero que le iba suponer el dedicarle unas horas, dejando bien claro que dicha cantidad no le proporcionaba el derecho a nada concreto y que yo no estuviera dispuesta a aceptar.  

Continuó relatando lo acontecido sin reflejar en su rostro emoción alguna. Llegó a parecer ausente. Al comentar la apariencia de Alfredo vestido con su elegante smoking, sus ojos brillaron evocando aquel instante.

—Después de tomar un poco de champagne —continuó—, le pregunté cuales eran sus ideas y que era lo que pretendía. Me contestó con simpleza que no tenía idea premeditada alguna. Solamente con mi presencia, tenía suficiente. Quise saber si me había reconocido. “Me parece que te recuerdo”, me dijo, “tu rostro y tu voz me son muy familiares. ¿Tuvimos algún romance, Lorena?” ¡Qué hijo de puta!, pensé en aquellos instantes. “Claro que sí, querido”, le dije con una tierna sonrisa en mi rostro. En ese momento lo hubiese estrangulado. “Tuvimos un largo romance”, le dije, “incluso pretendiste llevarme al altar, claro que no contaste con el permiso de otro hijo de puta; tu padre”.

Susana creyó que su amiga estaba contando algo que era totalmente ajena a ella. Sin énfasis, sin matizaciones estridentes, le producía la sensación de que estaba leyendo un libro.

—Su rostro dio la sensación de palidecer un poco —continuó—, mientras que sus ojos adquirían una tonalidad y un brillo especial. Sabes de uno de sus mayores encantos residía en la expresividad de sus fulgurantes ojos. “Imaginé algo nada más verte”, me dijo en un susurro, “pero puedo decir en mi descargo, que apenas recuerdo nada. Mi vida no ha sido fácil, creo que debes saberlo”, y continuó contándome cosas de forma deshilvanada, a veces incoherentes, pero a medida que pasaba el tiempo, le encontraba más lúcido y más seguro de si mismo.

Alfredo le propuso cenar en el restaurante de la plaza. Ella declinó la invitación. No deseaba tener que soportar alguna de sus estridencias en público, y se ofreció a prepararle algo de cena si tenía algo para ello. Él, sin dudarlo, tomó el teléfono para llamar al restaurante. Pidió que le subieran una cena fría para dos y eligió el menú con muy buen gusto, que de inmediato contó con la aprobación de Lorena.

—Estuvo encantador —le dijo a su amiga—. Parecía que me estaba cortejando con una gran sutileza, y durante la cena habló sin cesar. No parecía el mismo, ni comprendía de donde pudo sacar tanta vitalidad para comportarse del modo en que lo estaba haciendo. Comencé a sentir ira hacia mi misma pensando que podría estar reviviendo escenas anteriores en las que me había visto envuelta con tan nefastos resultados.

Las dos cogieron sus copas a la vez, lo que les hizo sonreír unos instantes y bebieron el sabroso líquido con verdadero deleite. Lorena pareció recuperar fuerzas, aunque se encontraba muy serena y su aspecto era relajado.

—La cena se prolongó durante mucho rato. Resultó exquisita y bebimos, al menos, dos botellas de champagne. Después, nos sentamos en el sofá con dos copas de un whisky de malta delicioso. Mantuvimos unos instantes de silencio y pude escuchar una suave melodía desconocida para mi, pero que me transportaba hacia el ensueño. Mis sentimientos, en aquellos momentos, eran un tanto contradictorios. Quería marcharme, deseaba quedarme. Parecía que había olvidado el objetivo inicial de aquel encuentro. Tomó mi mano y la apretó con fuerza. “¡Dios mío, cuánto daño he debido hacerte!”, me dijo casi en un susurro. Trató de explicarme como su padre pretendió para él un matrimonio de conveniencia, a lo que se negó con rotundidad, pero no tenía la fortaleza ni el dinero suficiente como para desobedecerle del todo, y en ello entraba la ruptura conmigo, consciente quizá de que ese debía de ser el primer paso. Ya sabes como era antes, despreocupado, vago, juerguista y cualquier otro apelativo descalificativo que se quiera emplear, pero conmigo fue encantador, hasta que dejo de serlo, claro.

Su rostro se entristeció un poco y su mirada se tornó nostálgica, pero estaba muy habituada a dominar sus debilidades y en segundos retorno a su estado normal.

—Has tenido mucho valor —le dijo Susana, comprendiendo que había metido a su amigo en un probable lío—, mucho valor para soportar de nuevo una situación de ese tipo.

—No, querida, no creas —contestó, sonriendo ligeramente—. Ayer conseguí la liberación total, el fin de la novela. Déjame continuar y podrás comprobarlo. Como te decía, su locuacidad iba en aumento, sus razonamientos fueron serios, algo que nunca podría imaginar en él, en estado normal, imagínatelo convertido en una basura humana. No podría decirte cómo, pero nuestras manos comenzaron a buscarse, nuestros cuerpos también lo desearon y poco más tarde, estábamos el uno en los brazos del otro, besándonos con avaricia. ¡Dios mío, Lorena, nunca pude imaginármelo! No podría decir cuanto tiempo transcurrió inmersos en aquel juego de caricias. Mi mente racional me estaba empujando hacia la calle, la emocional pedía más a gritos. ¡Qué locura!

Susana se iba asustando por momentos. ¡Nunca hubiera imaginado esa reacción de su amiga! Pensó que aquello era algo pasado por fuego del que no había quedado rescoldo alguno, y que quizá, le hubiera servido como especial venganza.

—Tampoco podría decirte como llegamos  a la habitación. Yo creía que mi mente estaba obnubilada, que había perdido la capacidad de pensar y que tan sólo obedecía las exigencias escondidas durante años en algún lugar de mi ser. Comenzó a desnudarme, con una sensibilidad fuera de lo común y yo me dejaba hacer extasiada. Tuve que hacer un esfuerzo y pensar que todo aquello podría ser una pantomima en su deseo de comportarse igual que antaño, y que probablemente sería incapaz de hacer el amor de una forma satisfactoria. Su estado físico dejaba mucho que desear en los últimos tiempos. Quise deshacerme de sus caricias, impedir que me desnudara, pero tengo la completa seguridad de que apenas lo intenté. Si lo hubiera hecho, el no hubiera continuado, también estoy segura. Finalmente, los dos tendidos sobre la cama, completamente desnudos, tan sólo nos preocupamos de gozar de aquellos instantes. ¡Nunca podré entender cómo lo consiguió, pero te juro que fue el acto de amor más puro y enternecedor de toda mi vida!

Se miraron las dos, casi al borde del llanto. Lorena al recordar aquellos instantes y Susana por la parte de culpa que le correspondía de aquella situación.

—¿Puede haber reconciliación, querida? —le preguntó su amiga de forma muy tímida, insegura de su pregunta, pero ansiosa de una respuesta.

Lorena la miró fijamente como si no hubiera entendido la pregunta. Después comenzó a llorar. Susana quiso abrazarla, pero ella se lo impidió.

—¡Déjame, por favor. Quiero llorar. No es de pena, ni de rabia, te lo aseguro! —le dijo con voz firme y tranquila— Quizá sea la última vez que lo haga por esta circunstancia.

Se produjo un profundo silencio, quizá roto solamente por la alterada respiración de las dos mujeres. Su estado de tensión era muy alto. Lorena se pasó un pañuelo por los ojos para limpiarse los restos de las lágrimas en su rostro.

—Todavía con nuestros cuerpos jadeantes —siguió Lorena con voz entrecortada, pero que recuperó de inmediato—, comenzó de nuevo a jugar conmigo, recorriendo cada milímetro de mi piel, instantes después me sentía totalmente enervada de nuevo y esa vez, si ya fue la locura. Completamente desmadejados, con nuestros cuerpos sudorosos, permanecimos unidos, no sabría decir cuanto tiempo. Mi cuerpo descansaba sobre el suyo y mi rostro se apoyaba sobre su cuello. Un rato después fue susurrándome palabras al oído. Al principio apenas le escuchaba, sus palabras me parecían muy lejanas, pero a poco fueron tomando forma e introduciéndose en mi cerebro. Me decía que tenía que irse, había desgastado tan inútilmente su vida que ahora tenía que pagar la deuda, ya estaba empezando a pagarla, lo presentía. Me estaba pidiendo que me marchase lo antes posible. Yo le miraba sin entenderle. Me aparté de él y comprobé que su rostro se estaba congestionando lentamente y sentí miedo. Acercó su rostro al mío, besó mis labios y sonrió tiernamente. Poco a poco fue cerrando los ojos mientras una sonrisa adornaba su rostro. Creí que se estaba durmiendo, y así era, pero de un sueño que no despertaría jamás.

Susana la miraba horrorizada. No podía creer lo que le estaba contando su amiga.

—¡Dios mío, ¿cómo pudo pasar?! —exclamó alterada.

—Ya lo sabes, su estado físico era desastroso. El alcohol, las drogas, mujeres, juergas continuas, y su cuerpo tuvo un límite. Pero te lo juro, estoy muy satisfecha con lo ocurrido. Ha sido mi liberación. Sabía que le mantenía dentro de alguna forma y siempre sentí terror a verme frente a frente con él, aunque pudiera aparentar lo contrario. Sé que mi vida, a partir de ahora, va a ser muy diferente.

Susana asintió con la cabeza de forma totalmente inconsciente.

—Por cierto, querida —dijo Lorena, tomándole las manos—, recuerda tu promesa. Esto no ha ocurrido. No he avisado a la policía, por supuesto. Sé que Alfredo tuvo que tomar algunas sustancias para poder comportarse como lo hizo. En varias ocasiones fue al cuarto de baño so pretesto de refrescarse un poco, quizá en eso momento tomara alguna potente droga. No lo sé, pero no quiero correr riesgo alguno. En mi trabajo, acostumbro a no dejar huellas, no sería bueno para nadie.

 

Dos días más tarde, la prensa nacional se hizo eco del luctuoso suceso, resaltando las excepcionales cualidades del joven que tuvo la mala fortuna de sufrir ataque cardíaco. Todas las honras fúnebres se celebraron en la más estricta intimidad.

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