RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
S H A H L A A

Sobre la amplia mesa rectangular se alineaban doce carpetas azules con un extraño logo rojo sobre la portada, enfrentándose con las correspondientes sillas que la rodeaban. Al lado de cada una de ellas, una botella de plástico conteniendo agua, un vaso vacío, un grueso cenicero de cristal y un lapicero.

Las paredes de la sala eran de un color plomizo, produciendo la sensación de encontrarse en un profundo bunker. El techo aparecía iluminado sin aparentes puntos de luz pero producía una correcta visión en el interior.

La pared contigua a la derecha de la puerta de entrada estaba encristalada, al menos, en un tercio de su superficie, pero su color la hacía impenetrable causando una extraña sensación de ser vigilados en todas las personas que accedían al lugar.

En el exterior era media tarde y la lluvia arreciaba con especial virulencia, algo extraño para la época y para un lugar situado en el Oriente Próximo, lo que creaba un ambiente cargado de electricidad y tensión en aquella zona del planeta desacostumbrada a este tipo de meteorología.

Se abrió la única puerta de la sala para dar paso a doce personajes, casi todos jóvenes, vestidos totalmente de negro. Los varones, ocho en total, con polos de cuello alto. Las cuatro mujeres, igualmente de negro y cabeza cubierta, mostraban un generoso escote.

Fueron sentándose sin premura, conocedores del lugar exacto que les correspondían, reflejando en sus rostros una seriedad inusitada e impropia de sus edades. Una vez ocupados sus asientos y bajo un simple movimiento de mano, el personaje que presidía la sesión dio la orden de inicio y todos ellos, al unísono, como si fuera algo repetido hasta la saciedad, abrieron sus carpetas y fijaron su atención en ellas. Ni el más ligero sonido alteraba la quietud de la sala y la concentración era absoluta.

Shahlaa, la mujer más joven del grupo y también la más hermosa, inició la lectura de los documentos, estudiando la primera página con avidez. Formaba parte del grupo de elite de espionaje más importante de su país, puesto al que difícilmente se llegaba a su edad, pero sus meritos fueron, sin duda alguna, merecedores de tal honor.

En muy poco tiempo consiguió alcanzar el liderazgo natural del grupo y nadie se atrevía a contradecir sus indicaciones a pesar de no ser la persona al mando. Desde muy pequeña fue educada para ejercitar esta actividad, llegando a alcanzar la perfección en su desarrollo. Su mirada era gélida, penetrante, temida a pesar de la dulzura natural que irradiaban unos maravillosos ojos verdes destacando sobre su tez oscura. Su pelo largo, de un impoluto color negro, siempre lo mantenía fuertemente recogido para evitar situaciones peligrosas, y sus rasgos faciales eran de una belleza extraordinaria. Por la calle la miraban sin recato alguno, ignorantes totalmente de la gran peligrosidad que podría suponer un enfrentamiento con ella.

Su estatura era alta y bien formada, con todos los músculos de su cuerpo perfectamente formados y adiestrados aunque aparentemente pudiera parecer una dulce modelo de pasarela. Sus compañeros eran muy conscientes de ello, pero nadie, nadie se atrevía a provocar el más mínimo comentario sobre su condición femenina ni sobre los extraordinarios atributos distribuidos por su cuerpo.

Había sesgado muchas vidas, todas las que sus superiores le habían ordenado o las circunstancias lo había requerido, sin la menor vacilación, sin la menor duda, sin odio ni temor. Nunca humilló a sus victimas ni sintió satisfacción alguna por lo que hacía. Se limitaba a cumplir las órdenes recibidas  y una vez realizadas, simplemente pasaba página.

Sus compañeros sentían una profunda admiración por ella, aunque no exenta de temor. Eran conscientes de que si recibía una orden de exterminación para algún componente del grupo, la realizaría sin temor ni arrepentimiento alguno. Decían entre ellos que era la más hermosa máquina de matar que jamás haya existido.

Deslizaba las hojas de la carpeta entre sus dedos con gran habilidad y en unos instantes comprendió perfectamente cual era la misión asignada. Como otras muchas, con sus riesgos normales pero sin alicientes añadidos. Pensó que se trataba de una misión sencilla y sin grandes problemas, aunque no por ello rebajaría la guardia ni un mínimo nivel. Sólo se permitía ser ella misma dentro de la seguridad que le transmitía su pequeño pero acorazado apartamento. Entonces se volvía sensible.

Disponían de dos días para preparar la estrategia y llevar a cabo la acción, que consistía en el secuestro de un agregado de alto nivel de una de las más importantes embajadas de un país europeo y situado en el país vecino, donde el grupo estaba asentado. Situada en la zona más amplia de la ciudad, fuertemente protegida tanto interiormente con su propio personal como exteriormente por las fuerzas de seguridad de su país. Pensó que el rehén sería utilizado para imponer determinadas condiciones, entre ellas, la liberación de un buen número de guerrilleros encarcelados por acciones de combate. Sin embargo, este asunto, a ella no le incumbía.

En un instante de ensimismamiento, por su mente se deslizaron rápidas visiones de sus últimos sueños, donde compartía tantas y tantas cosas con un desconocido que había anidado en su alma. Eran sus instantes de esparcimiento y se sentía feliz porque era algo intangible, que no alteraría nunca el ideario de su trabajo. Con un imperceptible movimiento de cabeza, disipa de inmediato tales pensamientos e impiden que sigan tomando forma en momentos en los que no puede permitírselo. Ella misma reconocía que era una máquina perfecta, que siempre había sido así y que seguiría siéndolo en el futuro.

El responsable táctico del grupo buscó sus ojos y sin mediar una palabra, ella asintió moviendo levemente la cabeza de forma afirmativa. Después sonrió complacido, sabía que la misión sería un éxito a pesar de la dificultad y peligrosidad que conllevaba. Tenía la seguridad total de que si algo salía mal, Shahlaa se encargaría de no dejar rastros, al menos con vida, fueran del bando que fueran. Su preparación había sido muy diferente a la de sus compañeros, formaba parte de una elite con escasas o nulas limitaciones en el desarrollo de sus misiones. En esta ocasión era conocedora de los posibles incidentes diplomáticos en los que el débil gobierno de su país podría verse envuelto y su organización no deseaba que se produjera esta situación. El golpe tendría que ser totalmente limpio y sin peligrosidad alguna para los rehenes.

Y tal como lo habían planeado, sucedió. Bloquearon una calle céntrica cuando el Mercedes blindado de la embajada entró en ella, impidiendo el paso a varios vehículos escolta que le precedían, mientras obligaban al chofer, a punta de pistola, subir la ligera rampa que les introduciría en la plataforma de un enorme camión. Fueron escasos segundos y la gente de la calle apenas tuvo conciencia de lo que estaba ocurriendo o ya estaban habituados a que estas cosas ocurrían.

Poco más tarde, el camión se ocultaba en un garaje en las afueras de la ciudad cuando ya comenzaban a detectar como los helicópteros del ejército rastreaban las calles. No se molestaron en extraer el vehículo del camión, hicieron bajar a los ocupantes que obedecieron sin resistencia alguna. El uniformado chofer fue esposado de inmediato y sentado en un rincón cercano a unas amplias escaleras que conducían a los pisos superiores. Después, con el agregado de la embajada, su secretaria, una mujer de aspecto discreto pero con el pánico reflejado en su rostro, y un joven, alto, de aspecto deportista, hicieron lo mismo. Esposados fueron obligados a caminar por la amplia escalera hacia el piso superior.

Shahlaa y todo el grupo, ahora constituido por cinco miembros, estaban cubiertos con pasamontañas. Observaron atentamente a sus rehenes y no dejaron de apuntarles con sus armas ni un solo instante. La lividez de sus rostros, a pesar de estar acostumbrados a situaciones peligrosas y críticas, era muy marcada. La secretaria del agregado estaba segura que se desmayaría de un momento a otro.

Les obligaron a sentarse alrededor de una gran mesa redonda sin pronunciar palabra. Con la situación controlada, Shahlaa paseo su mirada por todos ellos. Cuando sus ojos se detuvieron ante la mirada aparentemente tranquila del muchacho, su corazón sufrió un vuelco y una enorme descarga de adrenalina recorrió su cuerpo a velocidad inusitada. Su cuerpo, totalmente oculto por su vestimenta, no dejó traslucir sensación alguna, pero seguramente, su rostro estaría alcanzando una lividez parecida a la de sus rehenes.

En frente de ella se encontraba la persona que compartía sus sueños. ¿Cómo podía ser posible? Estaba segura de que no le había visto en toda su vida, sin embargo sus facciones las recordaba muy intensamente. Su cerebro comenzó a funcionar convulsivamente. Se encontraba ante una situación que no sabía como afrontar.

Sintió deseos de hablar con él y no dudó de que fuera a hacerlo. Así lo decidió, pero quiso darse un ligero respiro y conseguir estabilizar sus constantes vitales, disparadas ante la sorpresa recibida.

Tomó del brazo a uno de los componentes del equipo y se alejaron unos pasos. Después le susurró unas palabras al oído.

—La espera puede ser larga y quizá complicada —le dijo Shahlaa con voz apenas audible—. Quiero interrogarles a todos y conocer el mayor número de detalles posibles sobre la seguridad que les rodeaba y cuales deberían ser sus actuaciones en situaciones de este tipo.

El otro asintió sin mediar palabra.

Shahlaa se giró y caminó decidida hacia el joven al que cogió de un brazo y sin miramiento alguno le hizo levantarse. Después, tras un fuerte empujón lo dirigió hacia una pequeña puerta situada al fondo de la estancia. Allí disponían de un pequeño zulo acorazado y con vía de escape prácticamente desconocida para la mayoría de los componentes.

Una vez dentro pasó varios cerrojos para no verse sorprendida. Su mente continuaba evaluando las posibles situaciones en función de cada decisión a tomar.

—Siéntate —le ordenó secamente—. El muchacho obedeció pero sin mucha premura. Sus gestos denotaban coraje y decisión.

Shahlaa se quitó el pasamontañas y dejó que su melena resbalara sobre sus espaldas. Andrew, que así se llamaba el joven americano y estrecho colaborador del agregado de la embajada, se quedó mirándola con un gesto de incredulidad sobre su rostro. Nunca había contemplado una cara tan bonita, con unos impresionantes ojos, perfectos labios y una tez que embriagaba.

—¿Me conoces? —Le preguntó Shahlaa casi en un hilo de voz.

—No. Claro que no —respondió lentamente pero sin dejar de mirarla atentamente. Le sojuzgaba aquel rostro—. ¿Tendría?

Ella no contestó. Comenzó a dar vueltas a su alrededor. Por primera vez en su vida se le planteaban dudas sobre las actuaciones a seguir. Sería muy sencillo dejar las cosas como estaban y finalizar la misión lo mejor posible. Pero le producía terror, un sentimiento hasta ahora desconocido, que al joven pudiera pasarle algo como solía ocurrir en la mayoría de estas situaciones, que por intransigencias de los negociadores, podrían terminar en una masacre total.

Sintió un imperioso deseo de besarlo. En esos momentos era Shahlaa, la mujer y no la perfecta máquina de matar. Deseaba con furia a aquel hombre, lo había sentidos durante muchos sueños como se apoderaba de su cuerpo y la hacía inmensamente feliz.

Se acercó a él, de frente, con lentitud mientras se miraban a los ojos. Después se colgó de su cuello y lo beso con frenética pasión, sintiendo por primera vez el calor de esa caricia. El, con las manos en la espalda y esposado, respondió plenamente a ese beso. Cuando se separaron, volvió a mirarla intensamente.

—¡En toda mi vida sólo he visto unos ojos como los tuyos! —ella se sorprendió y los abrió mas todavía— Fue durante los estudios de nivel secundario, en Washington. Tenía una compañera con unos ojos como los tuyos, ¡inconfundibles! Todavía los recuerdo y éramos unos niños.

Se llevó la mano a la boca y tartamudeó ligeramente.

—¿An… Andrew? —Una vida que ya tenía olvidada en un rincón oculto de su cerebro se presentó con total claridad, como si estuviera viendo una película de cine— ¡Soy… soy Stela!

Andrew se quedó anonadado. Su más íntima amiga de la infancia, desaparecida de su vida mucho tiempo atrás, aparecía ahora, aquí, con armas en sus manos y dispuesta a darle muerte si fuera necesario. Su cerebro quería estallar por la presión a que estaba sometido.

 

Antes de que se recuperase, Stela volvió a besarle, volcando en ese beso todo el amor que sintió de niña por él y toda la pasión que le proporcionaba en sus sueños. Cuando terminó, volvió a ser Shahlaa, rápida y certera en reflejos, fría en analizar situaciones y con gran capacidad para tomar decisiones. Y las tomó.

—Andrew —le dijo con voz aterciopelada y sensual—, voy a salir de la habitación. En unos segundos regreso, prepara tu cuerpo para actuar con la celeridad de un rayo. Vamos a salir disparados de aquí. ¿Me has entendido? —terminó casi gritando mientras volvía a cubrirse con el pasamontañas.

El muchacho izo ademán de señalarle las esposas, acercando las manos para que se las quitase. Ella besó dos dedos de su mano y luego los pasó por los labios de él. Dio media vuelta y salió. Lo hizo vigilante, pensando que al otro lado podría encontrarse cualquier cosa desagradable para ella. El plano que vio era similar a cuando abandonó la sala. Su mano mantenía fuertemente asido el subfusil de asalto con el cargador repleto y varios más en la cintura. Paseo por la sala para ir al encuentro de su compañero y cuando entendió que tenía a todos en la línea de su arma, sin dudarlo en absoluto, comenzó a disparar sobre todos.

En cuestión de segundos no quedaba nadie con vida en la sala.

Les dirigió una mirada, sin temor, sin dolor, sin arrepentimiento y tras retirar el pasamontañas de su rostro abandonó la sala.

Al entrar, Andrew, que escuchó un ligero traqueteo sin imaginar lo ocurrido, le preguntó si sus compañeros estaban bien. Ella asintió con la cabeza, le quitó las esposas y ambos se dirigieron a una salida oculta detrás de un aparatoso mueble de madera. Bajaron unas escaleras y entraron en una pequeña estancia en la que había una potente moto. Sin dudarlo, Shahlaa la cabalgó, se puso el casco y le indicó que hiciera lo mismo. Pulsó el arranque y el motor comenzó a rodar, sin estrépito alguno. Tiró de una pequeña cuerda colgada del techo y accionó la apertura de la puerta que se cerró nada más la cruzó la potente motocicleta.

Circularon lentamente a través de las concurridas calles a esas horas. Pudieron observar gran movimiento policial y el ulular de muchas sirenas. Cruzaron el río y se mantuvieron por su margen derecha. Shahlaa conducía la motocicleta directamente hacia su apartamento. Antes de alcanzar uno de los puentes que permitían la salida de la ciudad se encontraron con un control policial.

—Agárrate fuerte a mi. Acaricia mis pechos. ¡Vamos a qué esperas! —le apremió, y el le hizo caso— ¡Por debajo del suéter, Andrew, vamos, rápido!

Andrew obedeció cuando ya uno de los policías estaba dándoles el alto para pedirles la documentación. Cuando se percató de lo que hacía Andrew sonrió ampliamente, le guiñó un ojo y les hizo señal de que continuaran.

—¡Ya…! —le dice Shahlaa a Andrew, que piensa que le indicaba que se habían quitado un problema de encima— ¡Ya puedes quitar tus manos…!

Creyó ponerse colorado, aunque no sabía muy bien porqué. La muchacha no llevaba puesto el sujetador y sus manos pudieron acariciar unos pechos en todo su esplendor y turgencia. Sus dedos buscaron ávidamente sus pezones y jugueteó con ellos tiernamente. Había tenido una erección.

Poco más tarde alcanzaron una calle discreta, muy cercana al río y de escasa circulación. El apartamento de Shahlaa era un ático en un edificio de cinco plantas. Pequeño, pero según su criterio, perfectamente acorazado. Era totalmente desconocido para la organización lo que le transmitía cierta seguridad, o al menos, eso era lo que creía.

Pasaron toda la noche disfrutando de sus cuerpos, parecían querer recuperar un tiempo perdido. Shahlaa se sintió la mujer más feliz del mundo. Ahora ya nada tendría importancia. Y tiernamente abrazados se quedaron profundamente dormidos.

Andrew se despertó al escuchar unas voces y se levantó con precaución, el sitio de Shahlaa estaba vacío. Pudo comprobar que procedían de la televisión. Buscó a la muchacha con la mirada y la encontró en la cocina guardando unos elementos de limpieza. Se acercó a ella y la besó en la nuca. Ella se estremeció de placer.

—Tienes que irte, querido —le dijo con voz muy seria a la vez que apagaba la televisión. No quería que viese aún los noticiarios— Es probable que alguien pueda presentarse aquí en cualquier momento y eso podría resultar muy peligroso para ti.

Recordó todo lo sucedido el día anterior y un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo.

—¡Sí. Tengo que regresar a la Embajada lo más rápido posible! —dijo con poco convencimiento.

—Por favor, no toques nada. Lo he limpiado todo para que no exista ningún rastro tuyo aquí dentro. Vístete con cuidado, yo estaré contigo —y haciendo un mohín con los labios, le besó— vigilándote.

La mente de Shahlaa estaba serena, en paz consigo misma, sin tensión de ningún tipo. No se arrepentía de lo sucedido y no tenía temor alguno a lo que iba a suceder. ¡Lo había decido así!

Se besaron durante mucho rato, sus manos produjeron carias encantadoras, sensuales, que les transportaban hacia el cielo de los placeres. Shahlaa, poco a poco, le iba conduciendo hacia la puerta. Finalmente, la abrió y con suavidad le obligó a salir.

—¡Ve directamente a la embajada, en taxi, es más discreto! —le dijo como quien le da recomendaciones a su hijo, con amor, con ternura— ¡No hables con nadie, ni con la policía, sabrían hacerte “cantar”1 ¡Por favor, cuídate! ¡Te quiero!

No tenía miedo, no tenía temor, no se arrepentía, pero su decisión estaba tomada. ¡Nunca, nunca, soportaría que un compañero fuera su verdugo! No temía el dolor físico, su mente se había preparado para eliminarlo de su cuerpo y no había tortura alguna que fuera capaz de doblegarla, pero no le daría el placer a nadie de terminar con su vida, fuera de la forma que fuese.

Mentalmente volvió a acariciar el cuerpo de Andrew, disfrutándolo como ella sabía hacerlo, como tantas y tantas veces en sus sueños de alcoba, mientras que su mano asía con fuerza la pistola que le había acompañado como fiel compañera a lo largo de su vida. Unas lágrimas rebeldes asomaron por sus maravillosos ojos.

Afuera, Andrew esperaba un ascensor que tardaba demasiado en subir. Escuchó un sonido seco amortiguado por las gruesas paredes, pero no dudó a que se debía. Una descarga eléctrica le impidió realizar movimiento alguno, estaba anonadado. Cuando unas lágrimas inundaron sus ojos se sintió capaz de abandonar el edificio. ¡Sabía que iba a añorarla toda su vida!

—¡Shahlaa!..........!

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