RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


CUENTO  DE  NAVIDAD
DOS  MONEDAS






Desde el punto más alto de la cordillera, el paisaje se manifestaba con un esplendor muy difícil de describir. La mirada podía recorrer kilómetros de agreste naturaleza, alternando bosques y claros salpicados por las laderas de las montañas. Poseía una belleza fantasmal y a la vez encantadora que hacía vibrar al corazón más duro.

El cielo presentaba una tonalidad muy oscura, con enormes nubarrones de caprichosas formas que se movían lentamente con dirección al sur, impidiendo el paso de los rayos solares. A veces, cuando encontraban un pequeño hueco, se filtraban a través de las nubes produciendo claroscuros ofreciendo a la vista un paisaje espectacular.

Hacía frío, mucho frío. En el ambiente se presagiaban fuertes tormentas en forma de nieve, que pronto cambiarían el aspecto del entorno.

Desde su atalaya, un diminuto personaje observaba con verdadero interés el movimiento de unos diminutos puntos negros y blancos que se movían sobre la alfombra verde que cubría la montaña. Se sentía inquieto y hablaba sólo y en voz alta.

—¿Qué será? —se dijo—, quizás algún pastorcillo perdido por estos parajes —se mantuvo en silencio durante unos instantes a la vez que trataba de fijar su vista en ellos, luego añadió—, no, no puede ser. ¡Es imposible! Son demasiados años recorriendo la montaña para saber que por estos parajes no se acerca nadie. A un duende de los altos bosques no se le puede pasar por alto algo como esto.

El duendecillo no perdía detalle de lo que allá abajo estaba ocurriendo, era un hecho inédito para él y lo tenía exaltado.

—¡Qué alegría si se tratara de un pastorcillo ! Podría guiarle por los senderos más asequibles y conducirle a lugar seguro —recapacitó unos instantes para añadir algo apesadumbrado—, pero no podrá verme ni oírme. De todas las formas, me hará feliz el poder ayudarle.

El pequeño duende se acercó con rapidez a las proximidades de un pequeño rebaño de ovejas guiado por un anciano y cansado pastor, acompañado de un robusto mozalbete y completando el trío, un vivaracho perro de color marrón y raza indefinida, de diminutas dimensiones pero con potentes ladridos capaces de dominar con facilidad el rebaño.

Seguían una especie de senda en muy mal estado que bordeaba la montaña, obligándoles a moverse con lentitud y cuidado. El muchacho caminaba abriendo la marcha, mientras que el anciano pastor vigilaba desde el final del rebaño para no perder alguna de las ovejas. El pequeño perro danzaba de un lado a otro consiguiendo mantener a los animales en un compacto grupo.

—¡Quico! —gritó el abuelo.

El muchacho giró la cabeza con rapidez, observando que el anciano le hacía señales para que detuviese la marcha. Inmediatamente, el perro se colocó a la cabeza del rebaño consiguiendo que éste se detuviera. Sentándose sobre sus patas traseras permaneció vigilante y a la espera de la voz que le indicara la continuación de la marcha. Quico se acercó al anciano, que ya se encontraba sentado sobre una pequeña roca al lado de la estrecha vereda.

—Quico —le dijo al muchacho con voz entrecortada por el esfuerzo que estaba realizando al caminar hacia la cima de la montaña—, vamos a pasar aquí la noche. Va a oscurecer muy pronto y además, no tardará mucho en comenzar a nevar.

El muchacho, a pesar de su corta edad ya poseía una excelente experiencia en el oficio, y sabía que era muy peligroso detener la marcha en el lugar en que se encontraban. El viento soplaba con fuerza directamente hacia ellos, sin lugar alguno de protección, pero también sabía que el anciano se encontraba muy cansado.

—¡Vamos señor Centella! —le dijo con ironía el muchacho por la escasa ligereza de piernas del anciano—, aun podemos continuar, al menos, durante una hora y media. Debemos cruzar la montaña, allí nos encontraremos resguardados del viento, que dentro de muy poco será irresistible. Quedarnos sería muy peligroso para el rebaño y para nosotros mismos.

El anciano permaneció silencioso, quizá solamente preocupado en introducir aire en sus deteriorados pulmones. Sabía que el muchacho tenía razón pero, se encontraba tan cansado...

El joven no desperdiciaba cualquier ocasión para zaherirle y burlarse de él, quizás como compensación a la rigidez con que había sido tratado años atrás, cuando sus energías todavía se lo permitían. El anciano sentía una gran pena por la poca humanidad del muchacho. Cada día que pasaba, Quico parecía enfurecerse más y él tenía pocas fuerzas ya para hacerle frente. Además, era consciente de su gran parte de culpabilidad en el trato con el muchacho.

—Si no le hubiera hecho caso —le dijo enfadado en muchacho—, no estaríamos ahora aquí. Está ya demasiado viejo y difícilmente puede orientarse— ¿Cuánto tiempo llevamos ya perdidos? —hizo una pausa esperando una respuesta del anciano, pero éste permaneció mudo, por lo que continuó—: al menos, diez días. Sabe Dios cuando saldremos de estas malditas montañas. ¡Vamos, arriba! Debemos caminar o se quedará aquí solo.

El muchacho dio media vuelta para dirigirse a la cabeza del rebaño. Hablando consigo mismo se dijo; “¡Para lo que sirve! Mira que tener que pasar la Navidad perdido entre estas montañas, sin saber donde estamos y hacia donde nos dirigimos. ¡Y todo por su culpa...!”

El duendecillo se dio cuenta de los sentimientos que albergaban cada uno de los pastores y decidió ayudar al anciano en todo lo que pudiese.

Quico observaba al perro consciente de que el instinto del animal les conduciría por el camino más llevadero. Después de un buen rato de lento caminar, cruzaron entre unos enormes peñascos y alcanzaron la ladera opuesta de la montaña. Ante sus ojos se presentó un precioso paraje. Un diminuto valle, encerrado entre las enormes montañas, cuyo color verde resaltaba fuertemente delimitando de una forma muy clara donde finalizaba éste y comenzaba la montaña

—Ha tenido suerte, señor Centella —le dijo el muchacho, con un tono de voz muy socarrón—, aquí sí podemos quedarnos a pasar la noche, bien resguardados del aire y de la nieve.

El anciano no contestó a las palabras de Quico. Sus ojos recorrían con detenimiento todo el valle, observando plácidamente la dispersión del rebaño que con prontitud se dedicó a satisfacer el hambre.

Señalaba un lugar pegado a un enorme peñasco, cuya forma les proporcionaba un excelente cobijo, a ellos y al rebaño. El anciano no respondió. Tomó asiento apoyando su espalda en la roca y observó como el muchacho hacía los preparativos para la acampada. Encendió un buen fuego que al poco rato les proporcionaría un agradable calor.

Cuando se dispuso a preparar una ligera cena, la oscuridad se había apoderado totalmente del paraje, difuminando lentamente primero, la silueta salvaje de las montañas. Poco después tan sólo se oía balar alguna oveja y el tenue murmullo del viento meciendo las ramas de los árboles y matorrales.­

—¡No se quede ahí mirando y prepárese una buena cama! El suelo está duro y frío y su cuerpo está demasiado cansado. Un poco de hierba será suficiente debajo de la manta.

El anciano pastor no contaba con su ayuda para estos menesteres. Hubo un tiempo en que el muchacho era más dócil y de mejor carácter, pero ahora parecía darse cuenta del contraste de vitalidades y trataba de sacar buen provecho de ello.

Se levantó lentamente y comenzó a cortar unos manojos de hierba que allí, crecía en abundancia. Después se preparó el lecho cerca de la hoguera y al lado del muchacho. Éste se burlaba continuamente de él pero se encontraba demasiado cansado como para hacer caso de sus pullas.

Quico, mientras tanto, preparaba unos trozos de tocino y un par de grandes chorizos en el fuego que al instante despidieron un agradable aroma lo que agudizó su sensación de apetito. El anciano se tumbó sobre el ligero lecho de hierbas cubriéndose con una raída manta de indefinido color, que le había acompañado durante tantos años, que ya ni los recordaba. A veces tenía la sensación de que había nacido con ella.

Poco después, dormía profundamente sin haber probado bocado. El muchacho le dirigió una mirada burlona y por su mente cruzó la idea de despertarle, pero consideró que el nuevo día sería tan penoso o más que el anterior y era preferible que descansará lo máximo posible.

El duendecillo les observaba a escasa distancia encaramado en lo alto de una enorme roca. La tenue luz que desprendía la diminuta hoguera apenas permitía ver dos bultos envueltos en sendas mantas constituyendo la única nota discordante en la oscuridad reinante.

—Pobre anciano —se dijo el duendecillo—, está agotado. Mañana les dirigiré rápidamente a la salida del valle y puedan alcanzar rápidamente los poblados de más allá de las montañas.

Estuvo observando la escena durante un buen rato con la seriedad reflejada en su rostro, algo inhabitual en él. De pronto, emitió un pequeño grito de alegría. Acabada de recordar algo y sintió satisfacción por la suerte del anciano. Consideró que su presencia ya no era necesaria allí y regreso hacia la cumbre más elevada de la más agreste de las montañas, lugar donde transcurría plácidamente su longeva vida.

 

 

 

Con las primeras luces del alba se despertó el pastor. Su cuerpo estaba tembloroso a causa del intenso frío vespertino. Sus ojos apenas podían distinguir nada a causa de la espesa niebla que les rodeaba. Sus ropas estaban húmedas y duras penas podía mover sus manos.

A su lado se encontraba Quico profundamente dormido, aunque su sueño no tenía nada de reposado. Debajo de la manta que le abrigaban se observaban las convulsiones del muchacho en un intento de combatir el frío. El anciano se levantó con ánimo de encender de nuevo la fogata, pero las ramas que encontró a su alrededor estaban demasiado impregnadas de humedad.

La niebla comenzaba a disiparse aunque de una forma muy lenta. El escaso viento reinante carecía de fuerza para arrastrarla fuera del valle. El pastor dirigió su mirada hacia el rebaño y comprobó que las ovejas estaban apretujadas unas contra otras en un compacto grupo. El pequeño perro, tumbado sobre el suelo controlaba el rebaño, lo que produjo la natural satisfacción en el pastor.

—¡Quico! —le dijo al muchacho, a la vez que le zarandea sujetándole el hombro— ¡Despierta Quico!

El zagal se levantó un poco sobresaltado maldiciendo al viejo por interrumpir su sueño. Bostezó intensamente, después se llevó ambas manos a la boca para calentarlas a la vez que daba unos ligeros saltos tratando de reanimarse. Con los ojos aún semicerrados trató de distinguir a través de la niebla pero todavía era lo suficientemente intensa para impedirle la visión.

Los dos se dispusieron a encender el fuego, lo que finalmente consiguieron no sin serias dificultades. Cuando las llamas habían tomado intensidad se dispusieron a preparar el desayuno. Fue entonces cuando el muchacho pudo comprobar que la niebla se iba despejando.

—¡Señor Centella! —gritó nervioso el muchacho—, mire allá, al fondo —le dijo señalándole el lugar con el brazo extendido—. !Allá!

—¿Qué ocurre Quico? —contestó el anciano—, no veo nada.

—¡Allá, al fondo! —exclamó exaltado— ¡Parecen casas! 

—¡Despierta muchacho! No puede haber casas —y con acento burlón añade—, si no había casas ayer, no hay casas hoy. ¡Serás tonto!

Pronto se convenció de su error. Escasamente a medio kilómetro podían distinguirse entre la niebla un grupo de uniformes y pequeñas casitas en medio del valle. Entre ellas, sobresalía un hermoso campanario.

—¿Las ve señor Centella? —insistía el muchacho todavía muy excitado.

—¡Santo cielo, es verdad! —contestó el pastor a la vez que hacía la señal de la cruz reiteradamente—, pero, ¡si ayer no estaban! ¡No había nada en el valle! ¡Señor, debemos de estar soñando todavía!

—¡Nada de sueños, señor Centella. Es un pueblo! —dijo el muchacho con energía pero sintiendo en su estómago el hormigueo del miedo—, ¡vamos allá!

A su lado, Tizón movía con rapidez su corta cola y emitía entrecortados ladridos como presagiando algo anormal.

Con presteza movieron el rebaño con dirección al pueblo, alcanzándolo cuando ya era totalmente de día. El rebaño permaneció pastando en las proximidades de las primeras casas, mientras ambos, pastor y zagal miraban un tanto temblorosos, puertas y ventanas tratando de observar cualquier vestigio que denotase la presencia de las gentes.

Poco después escucharon el suave tañido de la campana de la iglesia y el pueblo pareció entonces cobrar vida. Se abrieron puertas y ventanas y algunos chiquillos salieron corriendo alborozados para encontrase en el gran patio alrededor de la iglesia.

El señor Centella y Quico les miraban sin dar crédito a sus ojos. Los chiquillos saltaban y reían alborozados, pero cuando repararon en ellos, detuvieron de inmediato sus juegos. Transcurrieron unos instantes de silencio y observación mutua. Del grupo salió corriendo un muchacho, se introdujo en una de las casas para salir enseguida arrastrando materialmente a un hombre de mediana edad. Poco después, la plaza albergaba a casi todos los habitantes del pueblo formando un grupo de unas cuarenta o cincuenta personas entre hombre, mujeres y niños.

El hombre que había sido llamado por el pequeño se adelantó al resto acercándose a los pastores. Les miraba fijamente, reflejando en su rostro la seriedad que sentía.

—¿Quienes sois? —les preguntó con un tono de voz amistoso—, ¿De dónde venís?

El anciano pastor se sintió incapaz de pronunciar palabra alguna a pesar de los esfuerzos que hacía. Estaba muy impresionado. Quico, tembloroso le tiraba del zurrón instigándole a que hablara. Al ver que no lo hacía, decidió tomar la palabra.

—Somos pastores, señor —le contestó con voz algo entrecortada—, nos dirigíamos a nuestro pueblo y nos hemos perdido entre estas montañas desde hace ya varios días.

El hombre les miraba como si dudase de sus palabras, luego se reunió con sus vecinos hablando entre ellos en voz baja. El anciano y el muchacho les observaban ansiosos.

—¡Qué gentes más extrañas! —balbuceó el pastor.

—Parecen buena gente —añadió Quico—, aunque están tan sorprendidos como nosotros.

Poco después, los vecinos del pueblo se les acercaron. Sus rostros expresaban bondad y alegría, lo que infundió cierta confianza a los pastores.

—Supongo que habréis pasado mucho frío. Acompañadme a mi casa, allí podréis calentaros un poco —les dijo el hombre que había hablado anteriormente—, comeréis algo. Por vuestro aspecto pienso que debéis estar hambrientos.

—¡Gracias, gracias! —fueron las únicas palabras que pudo articular el señor Centella, reparando en el frío que sentía su cuerpo y la sensación de hambre en su estómago.

Los chiquillos continuaron con sus juegos. Quico los observaba mientras se acercaba a la casa de su anfitrión. Una vez dentro les ofrecieron ropas y comida. Tomaron asiento en una pequeña mesa situada al lado del hogar y fueron dando cuenta de los alimentos que les presentaban. Poco a poco fueron entrando en calor y a sentirse bien, por lo que el pastor se sintió más locuaz.

—Son ustedes muy amables. Muchísimas gracias por la amabilidad con que nos están atendiendo. Era ya demasiado el frío acumulado sobre mis viejos huesos para resistir en esas condiciones por más tiempo. Llegamos al anochecer al valle y... —su rostro volvió a adquirir el tono de seriedad y temor que le embargo al principio, se quedó paralizado durante unos instantes bajo la atenta mirada de su anfitrión, después continuó— ¡Dios mío!, si cuando llegamos no vimos nada, sólo un pequeño y hermoso valle entre enormes montañas. ¡Ni una casa, nada! ¿Cómo es posible? —su cara ahora reflejaba la angustia y temor que sentía.

Los habitantes de pueblo se miraban entre si. Sus rostros estaban tranquilos y serenos. De nuevo habló el propietario de la casa.

—Me llamo Juan. Estos son algunos de mis vecinos. Sería una larga historia por qué no vieron el pueblo a su llegada. Sencillamente no estaba tal como ahora lo ven.

Quico y el anciano pastor se miraron estupefactos. El muchacho pensó que o estaban locos o querían burlarse de ellos o incluso algo peor. El pastor quiso decir algo, pero no pudo articular sonido alguno por lo impresionado que estaba.

—No tienen nada de que asustarse —le dice Juan al ver sus gestos de preocupación—, nada más lejos de nuestras intenciones producirles temor alguno —y con una sonrisa en su rostro añadió —. No se extrañen, ayer el pueblo no estaba en este lugar, al menos no estaba visible. Como les dije, es una larga historia.

El señor Centella aún no salía de su asombro. Quico, a pesar de no creer una palabra, ya se encontraba algo más tranquilo al observar las actitudes amigables de aquellas gentes.

—El pueblo adquiere esta apariencia real tan sólo unos días al año, cuando se inicia la Navidad. Cuatro días con sus cuatro noches, en las que celebramos el Nacimiento del Señor.

Juan se detuvo unos instantes para ver el efecto que habían producido sus palabras, su gesto continuaba demostrando amabilidad para con los visitantes.

—Pero... ¿y el resto del tiempo? —preguntó tímidamente el pastor.

—No tenemos conciencia de él —contestó de nuevo Juan—, no sabemos ni como, ni por qué, tan sólo que una mañana como hoy abrimos las puertas y ventanas de nuestras casas y salimos a conmemorar el nacimiento de Nuestro Señor.

No podían dar crédito a lo que oían. El señor Centella era ya demasiado viejo como para pensar en una burla por parte de aquellas gentes, pero su conciencia le impedía creerlo. Pensó en que todos los habitantes del poblado debían de estar chiflados. Sin embargo, una vocecita interior le inclinaba a pensar que algo debía de estar ocurriendo y quizás se encontraran con un pequeño paraíso. Sintió como en sus venas la sangra fluía con más energía, incluso tuvo la sensación de que el cansancio había desaparecido de su cuerpo y sus huesos no se quejaban ya del intenso frío.

Quico sin embargo, por su carácter desconfiado, pensaba que eran objeto de una burda mentira, y quizás las intenciones de estas gentes fuera robarles el rebaño y sabe Dios lo que podrían hacer con ellos. No se le ocurrió que es lo que debería hacer, decidiendo que sería prudente esperar acontecimientos y mejor ocasión para salir rápidamente del maldito valle.

—¿Hay algún otro pueblo por las cercanías? —le preguntó al señor Juan.

—No lo sabemos muchacho —contestó éste—, nunca hemos salido del valle y ésta es la primera vez que alguien nos visita.

—Pero, ¿cómo se sale de este lugar? —insiste el anciano un tanto desesperanzado—. Pretendemos dirigirnos hacia el Norte.

—Ni los más viejos del lugar  —le responde Juan moviendo de un lado a otro su cabeza en señal de negativa—, Antón y Lucas, tienen conciencia de saberlo.

El pastor comenzaba a pensar que estas gentes estaban diciendo la verdad, su verdad, al menos no tenía la sensación de que le estuvieran mintiendo de una forma deliberada.

—¿Podemos permanecer en el pueblo hasta que nos repongamos un poco?—preguntó el anciano, temeroso de una negativa dada las circunstancias tan extrañas del lugar— Me siento cansado y algo de reposo me vendría bien. Además, el rebaño tiene una excelente comida y pronto se encontrará en condiciones de seguir.

—En el valle podrán permanecer todo el tiempo que deseen —le contesto Juan sonriendo—, en el pueblo tan sólo cuatro días. Después no habrá pueblo.

“Debe creer que somos tontos” pensó Quico que se mantenía en silencio y a la expectativa.

En la puerta de la casa se encontraban varios chiquillos observando el interior y pendientes del desarrollo de las conversaciones. Quico reparó en ellos y se les quedó mirando. Uno de ellos, el hijo de Juan, se les acercó.

—Papá, ¿puede venir a jugar con nosotros? —le preguntó el chico señalando a Quico, y añadió—; a lo mejor nos enseña juegos nuevos…

Juan mira primero a su hijo, después a Quico.

—¿Quieres ir muchacho? —le pregunta.

Quico pensó en enviar al muchacho a los mismísimos infiernos. No estaba para juegos ni tonterías infantiles. Realmente nunca se había sentido niño, desde muy pequeño y siempre de la mano del pastor, había aprendido el oficio. Pero tampoco quiso desagradar a aquellas gentes y un rato de entretenimiento no le vendría mal, quizá eso le ayudara a pensar. Además, con el grupo de muchacho, tendría la oportunidad de enterarse de más cosas.

—Sí, jugaré un poco —miró al señor Centella y este asintió con la cabeza.

—Ve muchacho y diviértete. No te preocupes del rebaño, dentro de unos instantes me acercaré para ver como continua.

Levantándose de la silla, salió a la calle en compañía del chico.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Quico —contestó el zagal de mala gana.

—Yo me llamo Jesús —y sonriendo añadió—. Como el Niño.

Quico le mira con gesto de sorpresa.

—¿De qué niño hablas?

—¡El Niño Dios! —contestó Jesús asistido de toda la razón del mundo—. ¿Quién iba a ser, sino?

—¡Ah…! —exclamó Quico por toda respuesta, pero pensando que el chico debía de ser algo tonto.

Se acercaron al grupo de muchachos que continuaban jugando en el centro de la plaza al lado de la iglesia. Al observarles detuvieron los juegos, Quico les miró de forma retadora. Eran más pequeños que él y los consideró unos críos.

—¡Vamos a jugar todos! —les dijo Jesús.

Uno de los muchachos se acerco a Quico con algo entre sus manos, que depositó en las del muchacho.

—Toma, para que juegues —le dijo.

Quico recogió entre sus manos lo que el chico le había entregado, cuando bajo la vista observó que eran unas cuantas monedas, que por sus brillos le parecieron de oro y plata. Las miró con gesto sorprendido.

—¿No te gustan? —le preguntó Jesús al ver su gesto.

—¡Sí, sí, son preciosas! —contestó Quico muy rápidamente— Parecen de oro y plata.

—Sí, son de oro y plata —añade el chico preguntándole —, ¿por qué?

Quico no salía de su asombro. Las monedas debían de tener un valor muy alto tanto por el peso de los materiales como por la perfección de las mismas.

—Y... ¿os dejan jugar con ellas? —preguntó

—¡Claro que sí? No es nada malo —le respondió Jesús.

Miraba las monedas con un brillo de codicia en sus ojos.

—Pero, ¿y si las perdéis? Son muy valiosas. Seguro que han costado muchísimo dinero.

—¿Dinero...? —inquirió el chico— Sólo nos sirven para jugar. Tenemos muchas y no las perdemos. Aquí nunca se pierde nada.

Quico pensó que extraña gente podía ser aquella que permitía a sus hijos jugar con una verdadera fortuna. La codicia fue apoderándose de él y al poco rato ya había decidido apropiarse de todas las que pudiera. A ellos sólo les servían para jugar. ¡Podría ser rico!

—¡Juguemos! —dijo cambiando de actitud y mostrándose alegre.

Así fueron transcurriendo las horas de la mañana. El pueblo parecía feliz. Sus gentes se movían de un lado a otro hablando entre si en un ambiente muy distendido. Quico estaba divirtiéndose, aunque en su interior no lo reconocía. Sus bolsillos se iban llenando de las monedas ganadas en los diversos juegos que les muchachos le iban enseñando. Unas veces hacía trampas, otras se quedaba con las de los más pequeños y unas pocas, muy pocas, ganadas en buena lid.

Los demás muchachos no le daban importancia alguna, se las pasaban de unos a otros a medida que se quedaban sin ellas. Quico sin embargo, las guardaba celosamente y en su alma comenzaba a formarse un sentimiento de avaricia.

Por la noche y una vez acostados después de una agradable tertulia con aquellas gentes, el muchacho le mostró las monedas al viejo pastor, explicándole como las había obtenido.

—¡Quico, tienes que devolver esas monedas de inmediato! —le gritó el pastor muy enfadado— ¡No seas granuja muchacho!

—¡Son mías! —le contestó el muchacho, también en voz alta—, las he ganado en los juegos —recogió todas las monedas y las guardó en el zurrón—. Ellos no las quieren, desconocen su valor y solamente las emplean para jugar.

—¡Aún así, debes devolverlas! —le replicó el pastor pero con los ánimos más calmados, pensó que quizás les estuvieran escuchando—. Quico, hijo, piensa en lo bien que se están comportando con nosotros. Nos han ofrecido comida y cobijo, ¿qué más puedes pedir? Casi han salvado nuestras vidas.

—¡Calle, viejo estúpido! —contestó el muchacho muy malhumorado— Valen mucho dinero. Son de oro y plata pero ellos dicen que sólo sirven para jugar. A mí sí me servirán en cuanto llegue al pueblo. No diga nada y le daré algunas.

El viejo pastor no quiso proseguir. Su corazón sintió pena por los malos sentimientos del zagal, dándose cuenta de que la avaricia había hecho mella en él. Estuvo pensando durante muchas horas hasta que finalmente se durmió por lo cansado que estaba.

 

 

Amaneció un nuevo día. El cielo totalmente despejado de nubes se mostraba de un azul intenso y nítido, como tan sólo se puede observar en las cumbres de las altas montañas. Los rayos de sol acariciaban el verde valle despidiendo múltiples reflejos al incidir sobre las minúsculas gotitas de agua producidas por el rocío.

—Hoy es Nochebuena Quico —le dice el anciano nada más levantarse y observar que el muchacho ya se disponía a salir a la calle, seguramente con aviesas intenciones—, quizás sería mejor que emprendieras el regreso. A mi no me espera nadie, pero tus padres sí estarán preocupados.

—¡Ya se alegrarán cuando vuelva y además rico! —contestó el muchacho con una sonrisa en su rostro— Seré la envidia del pueblo. Se acabó la vida de pastor, eso se quedará para viejos estúpidos como usted.

Diciendo esto, abandonó la habitación cerrando la puerta con energía. Se dirigió hacia la plaza de la iglesia en la que ya había gente charlando animadamente y unos cuantos chiquillos tratando de divertirse con sus juegos favoritos.

El día fue transcurriendo con normalidad. El señor Centella pasaba las horas en compañía de Juan y de otros habitantes, haciendo mil preguntas, muchas de las cuales no encontraron respuesta. Era insaciable. Conocía ya íntegra la historia del pueblo así como la vida de cada uno de sus habitantes, pero sus deseos de conocer le llevaban más allá de lo que los mismos lugareños sabían.

Quico jugaba despreocupadamente, tan sólo su afán, había una nota discordante, su ambición.

Por la tarde, después de una agradable comida en casa de su anfitrión, volvieron a reanudar los juegos. Quico había acumulado demasiadas monedas como para que este hecho pasase desapercibido. Los muchachos sin embargo no dijeron nada a excepción de Jesús.

—¿Para qué quieres tantas monedas? —le preguntó el muchacho— Si las tienes tú casi todas, no podremos jugar —le sonrió de forma muy amistosa y continuó—, de verdad, no sirven para otra cosa que no sean los juegos.

Quico se vio descubierto pero no le importó gran cosa. Pensaba que en sus casas tendrían más e irían a por ellas.

—¡Qué sabrás tú para que sirven! —le contestó el muchacho agriamente—, las he ganado y son mías.

—Sí, pero nosotros las repartimos siempre de nuevo —insistió Jesús—, así podemos ir cambiando de juegos.

—¡Y a mí qué...!¡Éstas son mías! —insiste el zagal secamente— ¡Déjame ya tranquilo!

Jesús le dejó sin añadir nada más. Continuaron con los juegos pero él se dirigió hacia la pequeña iglesia situada en el centro de la plaza entrando por una de las puertas laterales. El interior era alegre y con mucha luz. En el centro de la nave, colgada del techo había una preciosa lámpara con velas constantemente encendidas.

El muchacho se dirigió directamente al Belén situado al lado del altar mayor. Allí se encontraba la imagen del Niño Dios en la cuna. El muchacho se quedó mirándolo guardando un respetuoso silencio.

—¿Por qué no estás jugando Jesús? —le preguntó una suave voz procedente de la cuna—, todavía faltan unas horas para que anochezca.

—Quiero estar Contigo un ratito —le contesta Jesús en voz muy baja—, ¿Me dejas?

—Claro muchacho. Siempre estás conmigo —afirma la cálida voz—, ¿por qué tienes ese gesto de tristeza en tú rostro? ¿No te alegra saber que dentro de un rato volverás a conmemorar Mi nacimiento?

—¡Oh, sí! —respondió el muchacho con unas expresión llena de alegría— Tú sabes muy bien que sí.

—Nunca ha habido tristeza en tu rostro —afirmó la voz— por qué ahora, Jesús?

El muchacho permaneció silencioso con la cabeza gacha. Su rostro volvió a adquirir otra vez la expresión de tristeza.

—¿Es... por el muchacho que ha venido? —le preguntó el Niño Dios,

Jesús dio un respingo alarmado levantándose raudo de la silla en la que se había sentado al lado mismo del Belén.

—¿Cómo lo sabes?, ¿quién te lo ha dicho?

—¡Jesús!, Yo lo sé todo, por algo soy el Niño Dios.

—¡Es verdad! —exclamó el chico—, ¡qué tonto soy! —bajó de nuevo la cabeza, esta vez con un gesto de disculpa, pero vuelve a levantarla enérgicamente para decirle al Niño—, ¡entonces, ¿por qué me lo preguntas?!

—Para que tú me lo cuentes. A eso has venido.

—¡Así no vale! —responde Jesús algo disgustado.

—¡Sí vale, Jesús, sí vale! Siempre tienes que contármelo todo. Lo sabes bien.

Jesús se quedó pensativo. Movía la cabeza de derecha a izquierda y viceversa. No se decidía, ya que le producía la sensación de estar acusando a un compañero de juegos, caso que nunca se había producido.

—¿Para qué quiere tantas monedas? —pregunta con mucha celeridad, sin dejar casi pausa entre las palabras, y antes de escuchar las respuestas, continúa—, las guarda y así, ya nos quedan muy pocas para continuar jugando.

—Y, ¿eso te preocupa? —le contesta la voz procedente de la cuna.

—¡Claro! Bueno, no..., no mucho. Pero me da rabia que quiera quedarse con todas ellas —le dice alterado— Nosotros le dimos primero a él para iniciar los juegos. Ahora debe de hacer lo mismo. ¿Le dices Tú que reparta las monedas con todos los niños?

—¡No Jesús! —obtiene como respuesta— Se lo dirás tú.

—Si ya se lo he dicho —responde enfadado— pero no me hace caso y se burla de nosotros.

La voz permaneció silenciosa. Jesús no sabía que decir. Pensaba. Poco después su cara se iluminó y dijo.

—¡Ya está! —hizo una breve pausa esperando las palabras del Niño, pero permaneció silencioso—, podemos quitárselas entre todos nosotros.

—¡Jesús...!

El muchacho inclinó la cabeza al oír la exclamación. Sintió que su idea no era buena y una oleada de calor se le subió a la cara.

—Dime —respondió tímidamente y en voz muy baja, casi inaudible.

El Niño Dios permaneció silencioso.

—¡Está bien, lo haré yo sólo!

—¿Qué harás tú sólo chiquillo?

—Me pegaré con él —y como hablando consigo mismo, añadió—, claro que... es mucho más grande y fuerte que yo.

—¡Jesús! —volvió a oírse la voz desde la cuna.

—¿Otra vez? No acierto una —respondió enfadado—, pero eso es lo que pienso hacer.

El muchacho giró sobre sus talones para dirigirse hacia la salida de la iglesia. Cuando se encontraba es su mitad volvió a escuchar la voz.

—Jesús —el muchacho se detuvo, pero no llegó a girarse, la agradable y suave voz continuó—, claro que es más fuerte que tú. La montaña y el trabajo como pastor endurecen mucho y en muy poco tiempo. Sus puños pueden golpear con mucha rabia y no sería agradable sentirlos sobre tu cuerpo. Los golpes suelen doler mucho, ¿sabes eso lo que es?

El muchacho permaneció silencioso y de espaldas a la cuna. Se mantenía en su propósito.

—En estos momentos se encuentra escondiendo parte de las monedas —le dice la voz procedente de la cuna.

—¿Lo ves? —dice Jesús girándose con rapidez— ¡Quiere llevárselas todas!

—Obra con astucia. Si le pegas a él, me estarás pegando a Mí también. Si es él el que te pega, también lo hará conmigo —Su tono de voz se vuelve una chispa irónico—.Si actúas con sagacidad evitarás recibir algunos golpes.

El muchacho salió caminado despacio y dejó la puerta entornada, quizás buscando la protección del Niño. Una vez en la plaza pudo observar la ausencia de Quico, el resto de los muchachos continuaban con sus diversiones ajenos a todo.

El sol se iba ocultando detrás de los enormes picos de las montañas y la oscuridad se iba adueñando del valle. En lo alto, comenzaban a observarse la débil luz de las estrellas y el frío se iba acentuando a medida que iba transcurriendo el tiempo.

Las gentes del pueblo se disponían a celebrar la Nochebuena. El anciano y el zagal compartieron mesa con su anfitrión y su familia. Quico y Jesús se sentaron el uno frente al otro y su forma de mirarse reflejaba la tirantez existente entre ambos. El señor Centella se sentía encantado, tenía la sensación de haber rejuvenecido muchos años. Se sentía locuaz y dicharachero y no dejaba de hablar con Juan y Lucía, su mujer.

Finalizada la sabrosa cena, las gentes del pueblo se fueron reuniendo en la plaza de la iglesia donde estuvieron departiendo amigablemente. Después pasaron al interior de la capilla y entonaron hermosos villancicos. El anciano se sintió profundamente emocionado y unas lágrimas rebeldes asomaron por sus ojos a la vez que se sentía radiante de felicidad.

Jesús, situado al lado de la cuna del Belén observaba la imagen del Niño. Miraba embobado su rostro angelical constantemente sonriente. Tuvo la sensación de que se estaba burlando de sus sentimientos.

“Ya sé que Te ríes de mí —dijo el chico en sus pensamientos—, no me engañas”. Si mirada recorrió la capilla descubriendo a Quico sentado en el suelo apoyando su espalda sobre la pared de la capilla, con aire ausente y medio dormido. “¡Míralo!”, volvió ha decir mentalmente, “seguro que ni piensa en Ti, ¿cómo has permitido que llegara al valle?”

Jesús pareció notar en su mente infantil la risa alegre del Niño y esto le provocó un sentimiento de rabia.

Las doce de la noche fueron recibidas con verdadero júbilo.

—¡Ha nacido el Niño Dios! —exclamó la voz del oficiante— ¡Aleluya, Aleluya! —contestaron los participantes.

Los cánticos se fueron sucediendo por espacio de una hora. Después fueron abandonando la hermosa capilla para dirigirse a sus hogares. Fuera, el frío era fuerte lo que les obligaba a moverse con rapidez.

Con el nuevo día, Quico se levantó temprano para dirigirse hacia el rebaño, que pastaba plácidamente en las cercanías del pueblo. El pequeño perro, nada más verle se le acercó raudo a su lado y comenzó a dar saltos de alegría. Se sintió satisfecho al ver el excelente estado en que se encontraba el rebaño. Tuvo la sensación de que habían engordado más en un sólo día allí, que en el resto del pastoreo.

Dirigió varias miradas hacia el pueblo comprobando que aún no había movimiento alguno de gentes. Detrás de la casa de Juan se alzaba un enorme árbol y se acercó a él. Con sumo cuidado para no ser visto, desenterró su tesoro, una bolsa de tela repleta con las monedas de los muchachos. Sus ojos resplandecían de avaricia. A través de una rendija de la ventana trasera de su casa, Jesús le observaba atentamente. Se sintió contento al descubrir el escondite tan celosamente guardado por el pastorcillo.

El señor Centella estaba realmente admirado. Su cuerpo y su espíritu se habían revitalizado considerablemente. Sentía verdaderos deseos de permanecer el resto de sus días en aquel paraíso. Así se lo expuso a Juan, que parecía ser el responsable de toda aquella gente.

—No sé si eso será posible —le contestó con gesto amable pero algo serio—, cuando el pueblo desaparece, cada habitante debe tener su conciencia completamente limpia, sintiendo verdadero amor a Dios y a sus hermanos. Si así no fuere, no realizará el transito con el resto del pueblo. Suponemos que se quedará en el valle y al salir de él, ya nunca más encontrará el camino de vuelta.

Permaneció unos instantes en silencio para observar el efecto de sus palabras en el anciano pastor. Éste, también se mantuvo callado.

—Con estos sentimientos quizás pueda quedarse con nosotros, pero es algo que no depende de nuestras gentes, tan sólo de Dios. En caso contrario, se encontraran de nuevo en un pequeño valle de hermosa belleza rodeado de altas montañas.

El señor Centella sintió gran alegría en su espíritu y su decisión muy clara.

—Espero ser merecedor de esa gracia Divina —le dijo—. Voy a la capilla a rogárselo al Señor. Mi cuerpo está ya muy cansado y no me siento con fuerzas para continuar atravesando montañas. Además, allá no me espera nadie.

El día de Navidad proporcionó inmensa felicidad a las gentes del pequeño pueblo, en especial al señor Centellas, que se encontraba mejor que en sus años mozos. Su corazón y su alma rebosaban de alegría. Incluso Quico era feliz pero por una mezcla de sentimientos. Llegada la noche escuchó las palabras del señor Centella sin llegar a comprenderlas muy bien.

—¿Dice que quiere quedarse aquí ? ¡Esta loco de remate! —le dice el muchacho hoscamente—, ¿y el rebaño?, además... ¿no dicen que el pueblo no existe? Según ellos, desaparecerá, ¡no existe!

—Sí Quico, sí existe —le contesta el anciano con voz cálida y pausada tratando de convencer al muchacho—, está en nuestros corazones, en nuestra fe, en nuestro amor hacia el Señor. Con todo eso, sí es una realidad.

El muchacho pensó que el anciano desvariaba, que su avanzada edad le producía una desvirtualización de la realidad, pero no le preocupó demasiado.

—¿Y el rebaño? —volvió a preguntar—, parte de él pertenece a mi familia.

—No Quico, parte de él no —respondió el viejo pastor—, ahora todo el rebaño es tuyo. Es mi regalo de Navidad.

—No cabe duda, ¡está loco! —pero sus palabras no sonaron convincentes y su avaricia le hizo sentirse alegre por el bien recibido, ahora, con el rebaño y las monedas tendría su vida resuelta—, claro que si esa es su voluntad, la acepto de buena gana.

Se sentía enormemente satisfecho y contento. Sin embargo, no podía sospechar que a poca distancia de allí, Jesús estaba desenterrando su preciado tesoro.

Cuando sacó la bolsa con las monedas del agujero, volvió a cubrirlo de tal forma que no se notara nada, después se dirigió con ligereza hacia la capilla, entró y directamente se acercó a la cuna del Belén con la bolsa y las monedas escondidas tras su espalda.

Delante de ella se detuvo mirando al Niño Dios con fijeza. Su rostro se mostraba sonriente, pero el Niño permanecía silencioso. Jesús se mantuvo en la misma actitud unos instantes más, pero finalmente y sin poder contenerse le dijo:

—¿Ves?, ¡ya está!

Persistió el silencio en la capilla.

—¿No me escuchas? —le preguntó el muchacho algo indignado—, ¡Te he dicho que ya está?

—¿Ya está qué...? —le respondió la voz procedente de la cuna.

—¡Las monedas! —contestó ahora con un gesto de euforia—, ¡ya he recuperado las monedas!

—¿Hubo pelea Jesús? —preguntó de nuevo la voz de forma inocente.

—¡Qué va! —Jesús hincha el pecho lleno de satisfacción—, como decías que si peleaba con él también lo hacía Contigo, recurrí a la astucia. ¿Lo ves?, mis ojos no están hinchados ni mi cara maltrecha. No hubo pelea, ¿sabes por qué? —y sin esperar la respuesta del Niño, añade—, porque soy muy listo, claro.

Su expresión rebosaba alegría.

—Pero aún puede haberla Jesús —le dice la voz con ternura—, ¿qué ocurrirá cuando se de cuenta de que su tesoro ha desaparecido?

El pecho del muchacho se desinfló rápidamente. No había contado con eso. Recordó las palabras dichas anteriormente por el Niño y casi sintió en sus carnes los golpes de Quico. Intentó pensar con rapidez y una idea cruzó por su mente.

—¡No ocurrirá nada! —le contesto aunque no muy convencido—, ya no las tengo. Las tienes Tú. Mira, las dejo aquí, a tu lado, así se las entenderá Contigo. Yo te las entrego.

—¡Jesús..., eso es cobardía! —le increpa el Niño Dios.

—¡Qué va! —le responde el muchacho en tono burlón—, eso es estrategia. Tú no quieres que me pelee, ¿verdad?

La voz no responde.

—Eso estaría muy feo —añadió en tono socarrón—, tampoco quieres que se lleve las monedas, ¿verdad?

La voz continúa sin responder.

—Pues, no se las des. Ahora son tuyas, es mi regalo, ¡defiéndelo!

Diciendo esto, el muchacho volvió sobre sus pasos y abandonó la capilla con rapidez.

 

 

Tan sólo faltaba un día. Quico comenzó muy de mañana los preparativos para la marcha. Condujo el rebaño hacia el lugar donde habían acampado la primera vez. Estaba muy satisfecho al comprobar el buen estado de las ovejas y el tintineo de varias monedas en sus bolsillos. Una vez acomodado el rebaño y Tizón a su cuidado, regresó al pueblo.

El anciano, acompañado por Juan estaba terminando de preparar una bolsa conteniendo comida para el muchacho y el perro. Sentía pena por dejarle. Todavía era muy joven y con mucho que aprender, pero no dudaba de su buena cualidad de pastor para conducir el rebaño felizmente hasta su pueblo.

Las horas transcurrían dentro de la mayor jovialidad para estas gentes. Una vez terminados sus juegos, los accidentales compañeros de Quico se le fueron acercando, de uno en uno. Entre sus manos llevaban las monedas que les quedaban y otros objetos que también utilizaban en sus diversiones. Al acercarse a él le decían:

—¡Adiós Quico, buen viaje! Toma, sólo tengo estas monedas. Son para ti. Recuérdanos siempre!

Quico observaba silencioso como cada uno de los muchachos se desprendía de los objetos que más querían para ofrecérselos a él, que apenas le conocían. Sintió que una extraña emoción se apoderaba de él, pero su sentido racional le decía “¡tómalas, serás rico!”.

Cuando pasó el último de los muchachos, Quico tenía ya en su poder todas sus monedas y otros pequeños objetos de los que desconocía su valor. Jesús le observaba desde muy cerca.

—¿Te ayudo a llevarlas a tú escondite? —le preguntó simulando una ingenuidad que no tenía.

—¿Cómo sabes tú...? —interrogó sorprendido.

—Vamos, te acompaño —contestó Jesús sin concederle importancia alguna.

Caminaron juntos hasta el árbol situado detrás de la casa de Jesús. Quico removió la tierra pero sólo encontró unas piedras en lugar de la bolsa con las monedas.

—¡Me las has robado! —gritó lleno de furia.

—Sí, es verdad, soy un ladrón —le respondió el muchacho en tono muy sosegado—. Pero esas monedas no te pertenecían, ¿verdad? Las que tienes en tú zurrón sí son tuyas, te las han dado —y asiéndole del brazo añade—. Ven, te daré también las otras. Son nuestro regalo.

Quico permanecía silencioso y abrumado. Se dejó conducir y al instante, entraron en la capilla y al acercarse al Belén, Jesús le dijo:

—Mira, aquí están. Tómalas.

—¿De verdad puedo llevármelas? —le pregunta el pastor.

—Claro —responde Jesús—. Ahora sí son tuyas. Él también te las da.

—¿Quién? —le interrogó Quico.

—¡Quién va a ser, el Niño! —contestó el muchacho como si fuera la cosa más natural del mundo.

Quico le miró fijamente sin comprender. Pensaba que podría estar siendo objeto de una tremenda burla.

—El Niño Dios, hombre —continuó Jesús al comprobar el gesto del pastor—, míralo, te sonríe.

Quico miró por primera vez el Belén deteniendo la vista en aquellos ojos de la imagen del Niño en la cuna que parecían tener vida. Tuvo la sensación de que aquellos ojos le miraban con ternura. Intentando sobreponerse, tomó la bolsa con las monedas.

—¡Qué tonterías dices! —le responde tenuemente—, entonces ¿puedo llevármelas?

—Sí Quico, puedes llevártelas —le responde una voz muy dulce a su lado—, ahora son tuyas.

—¿Quién habla? —preguntó rápidamente el muchacho con una expresión de temor en sus palabras. Fijó su mirada en Jesús esperando respuesta.

—Él te habla Quico. El Niño Dios que está sonriéndote desde la cuna.

Quico bajó la mirada para dirigirla directamente a los ojos de la imagen. Su gesto expresaba estupor.

—¡No es verdad! Os estáis burlando de mí por las monedas.

—Sí es verdad —continuó hablando el Niño—, ¿no me oyes? He nacido ayer y tú estabas aquí, ¿no recuerdas?

—Sí, claro —contesto el zagal dubitativamente.

Pero no las tenía todas consigo, seguía pensando en una broma de los lugareños, pero su coraza comenzaba a derrumbarse.

—¿De verdad eres el Niño Dios?

—Contéstate tú mismo Quico —le responde la voz desde la cuna.

Jesús se estaba divirtiendo enormemente observando el profundo desconcierto del zagal. Veía como sus rasgos iban perdiendo dureza tomando un aspecto más bondadoso. Quico se quedó callado y su corazón comenzaba a creer en lo que estaba ocurriendo.

—Quico, eso también es orar —prosiguió el Niño—, basta tener fe y amor. Con eso, todo lo que hagas es oración. Cuando estas gentes comiencen a cantar sus oraciones tu voz unirá a ellas, después te marcharas sólo. Toma las monedas. Tu anciano amigo eligió quedarse a mi lado. Pronto estarás con los tuyos.

Quico sintió como unas lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas y una agradable sensación de paz brotó en su interior.

—¿Puedo... puedo hacerte un regalo? —balbuceó.

—Todo lo que tú corazón me dé, me hará feliz.

El muchacho fue sacando todas las monedas de sus bolsillos y las fue depositando al pie de la cuna.

—No tengo otra cosa que darte. Son para Ti... y para los niños —el Niño Dios permaneció silencioso y Quico le observaba con el corazón encogido—. Nada me queda ya —miró a Jesús, después al Niño—. ¡Mi rebaño!, mi rebaño también es tuyo.

—No Quico, ya es suficiente —le contesta la voz—, ese rebaño llegará a tú pueblo.

Bajó la mirada hacia la punta de los pies, se quedó unos instantes pensativo, después miró a la cuna, luego a Jesús.

—¿Crees que ya soy bueno? —le preguntó tímidamente.

—¡Claro que sí Quico —le contestó Jesús con un aire de superioridad mientras le golpeaba con cariño la espalda—, nunca fuiste malo. Bueno..., un poco nada más. ¡Uhmm, dejémoslo así!

—Recuerda muchacho —le habla la voz desde la cuna— cada año en estas fechas vuelvo a nacer para estar contigo, y con todas las gentes de buena voluntad.

—¿Puedo quedarme yo también? —preguntó el pastorcillo.

—No —le responde la voz—. Te esperan en tu hogar. Tu familia está intranquila y tú felicidad no puede provenir de su desgracia. Tienes mucha vida por delante y demasiadas cosas por hacer.

—¡Pero yo prefiero quedarme con vosotros —respondió el muchacho—, se qué aquí seré bueno.

—Yo siempre estaré contigo Quico —le dice dulcemente la voz del Niño Dios—, nunca te he abandonado. Cada persona que pase a tú lado, Yo pasaré con ella. Cuando mires a la gente me estarás viendo a Mí. Si hablas con la gente, hablarás Conmigo, si les amas, me amarás a Mí también. Sólo necesitas fe y amor, así permanecerás siempre Conmigo. ¡Adiós Quico!

Quico se inclinó para besar los desnudos piececitos del Niño. Sus ojos estaban tan humedecidos que lo veía todo borroso. Jesús le tomó de la mano y le acompañó hacia la salida de la capilla. Ambos se sintieron unidos para el resto de sus vidas.

—¡Toma mi regalo Quico! —le dice Jesús haciéndole entrega de dos monedas, una de oro, la otra de plata. Quico tuvo la sensación que brillaban más que el propio sol—, espero que cuando las veas te acuerdes de todos nosotros.

—¡Siempre! —contestó el pastorcillo, que todavía se encontraba muy emocionado.

Fuera les esperaban todo el pueblo congregado en la plaza para despedirle. Quico lloró dulcemente en los brazos del señor Centella. Lentamente se fueron separando. Se dirigió hacia el rebaño no sin antes prometer al anciano que cada año le haría una visita y conmemorarían juntos la llegada del Niño Dios.

El pequeño perro también intuyó la despedida de su viejo amo y se acercó corriendo para saltar a sus brazos. El señor Centella lo besó dulcemente y luego lo dejó en el suelo a los pies de Quico. Tizón movía la cola nerviosamente pero de su boca no salió ladrido alguno. Ambos se giraron, y haciendo señales con la mano se fueron alejando hacia el límite del valle.

 

 

Poco antes de las doce de la noche, comenzó a hacer presencia una tenue niebla que al rato era tan densa, que impedía ver más allá de unos metros. El muchacho se quedó profundamente dormido bajo el árbol que le había cobijado a su llegada a pesar de que sus intenciones eran las de permanecer en vigilia toda la noche y poder ver que es lo que realmente ocurría allí en el valle.

Se despertó muy temprano y sobresaltado, sintiendo que su cabeza le pesaba enormemente. Creyó haber tenido un extraño sueño. El valle comenzaba a vislumbrarse a través de la niebla que ya comenzaba a disiparse. No mucho más tarde, la visibilidad era excelente. El color verde del prado parecía despedir un extraño resplandor.

El muchacho se restregó los ojos con fuerza a la vez que trataba de desperezarse.

—¡Qué sueño más extraño! —exclamó en voz alta—. ¡Vamos señor Centellas, despierte!

Al no oír respuesta, giró su cabeza mirando con estupefacción que no había rastro del anciano. Permaneció inmóvil y silencioso durante un buen rato. Tizón a su lado también permanecía silencioso mirándole fijamente con unos ojos que reflejaban una profunda tristeza. Fue abriendo lentamente su mano derecha y pudo observar el precioso brillo de dos monedas, una de oro, de plata la otra.

—¡Es cierto, Dios mío! —exclamó en una explosión de alegría, fijando su vista en el lugar donde estuvo situado el pueblo, y el resplandor del valle se hizo más intenso—, ¡ha desaparecido!

Pasados los primeros momentos de sorpresa, su mente fue recordando los instantes de su aventura. Su corazón estaba alegre y contento. En su mirada parecía danzar la imagen dulce y sonriente del Niño. Recordó con cariño a sus amigos y con nostalgia al anciano pastor.

Allá, en el pico más alto de la montaña, el duendecillo sonreía feliz, dispuesto a guiar al muchacho a través de los intrincados vericuetos entre los enormes ricos que salpicaban el agreste paisaje para llevarle hacia algún lugar seguro y conocido por el muchacho.

 

 

Quico trabajaba muchísimo a lo largo del año. Se hizo muy querido en todos los pueblos de la contornada por su carácter afable y sus constantes deseos de ayudar desinteresadamente a sus vecinos.

En las cercanías de la Navidad, formaba un nuevo rebaño y se dirigía hacia las montañas. Muchos eran los pastores deseosos de acompañarle. Sabían que a su regreso, las ovejas se encontraban en unas condiciones inmejorables y sus precios siempre eran los más altos de la contornada. Él sin embargo, siempre denegaba cualquier ofrecimiento de compañía, no así de las cabezas que quisieran dejarle para llevarlas de pastoreo.

Las gentes se extrañaban de sus deseos de salir sólo y además rumbo hacia los lugares más agrestes y de escasa comida para los animales, pero siempre era mayor la sorpresa cuando le veían regresar lleno de alegría, en excelentes condiciones, él y el rebaño. Se hacía acompañar por dos perros, su fiel y pequeño Tizón y un enorme pastor alemán que ejercía un perfecto control del rebaño.

Quico nunca se hizo rico. No le faltaba de nada, pero vivía de su trabajo. Compartió siempre lo que tenía con los más necesitados, incluso con aquellos que sabía a ciencia cierta que se aprovechaban de él, pero no le importaba, sabía complacer a todos en el punto justo. Su mayor riqueza consistía en su fe y en la esperanza de volver cada año a ese rincón maravilloso donde sus fuerzas se regeneraban, donde su corazón rebosaba alegría, e incluso, cuando tenía que partir, lo hacía con plena satisfacción.

Sí, un pueblo entero le recibía cada Navidad con regocijo. Allí le esperaban el señor Centella, Jesús, Juan, todo el pueblo y... el Niño Dios con su dulce voz y su maravillosa sonrisa allí tumbado en su pequeña cuna.

Sus dos monedas eran muy conocidas. Casi siempre las tenía entre sus manos y nunca se desprendió de ellas a pesar de que le ofrecieron mucho dinero. ¡Eran las llaves que le abrían la puerta del paraíso y de la felicidad! Cada año en las proximidades de la Navidad parecían cobrar vida en sus manos para dirigirlo a un lugar de ensueño.

Un día, muy anciano ya, desapareció del pueblo sin dejar rastro. Esa vez no conducía ningún rebaño. Con el paso de los días le dieron por muerto, aunque su memoria perduró en sus corazones por mucho tiempo. Sin embargo no sucedió así.

 Un pueblo feliz contaba con un habitante más.

oooOOOooo


ÍNDICE

P. PRINCIPAL