RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A



ENTREVISTA  INFORMAL



ENTREVISTA INFORMAL

Los últimos aplausos de la mañana se dejaban oír en la amplia sala de conferencias en un céntrico hotel de la luminosa ciudad de Sevilla. El conferenciante, un afamado especialista en el genoma humano, había desarrollado una brillante exposición sobre los últimos adelantos realizados sobre el mapa genético haciendo una teórica distinción entre el del hombre y el de la mujer. Muchos rostros denotaban un determinado escepticismo pero se dejaron llevar por la elocuencia del experto y su coloquial forma de expresarse.

Los participantes en este simposio internacional sobre el desarrollo y evolución del género humano es su aspecto científico y médico, eran verdaderas personalidades en los diferentes campos a tratar a lo largo de las cuatro jornadas de duración del evento.

Poco a poco fueron abandonando la sala para concentrarse en un enorme comedor salón en el que se les iba a ofrecer un variado ágape anterior a la comida. Muchos de los presentes formaron corros donde charlaban animadamente. Algunos se dirigieron hacia la amplia terraza donde el sol invernal acariciaba cálidamente sus cuerpos.

Antonio Ruidrejo era un joven y experto periodista especializado en temas de ciencia actual. Colaborador de muchos periódicos y revistas especializadas en el mundo, su reputación era de sobra conocida. En esta ocasión, además de ejercer su profesión, había sido invitado a celebrar una conferencia como colofón del simposio y que sería un resumen final de los planteamientos de los diversos conferenciantes. No tenía muy claro realmente porqué fue invitado para cerrar el ciclo de conferencias, pero estaba habituado a ello a lo largo de su carrera.

Tomó asiento en una de las mesas cercanas a la piscina y mirando directamente al sol. Los asistentes a su alrededor apenas producían ruido por lo que comenzó a sentir una especie de somnolencia que le obligaba a cerrar los ojos de cuando en cuando.

—¿Señor Ruidrejo? —escuchó una voz a su derecha que le obligó a girar un poco la cabeza.

—¿Sí? —contestó, lacónico.

—Soy el Doctor Álvarez-Rosales —respondió el personaje.

Antonio se levantó con rapidez, despejando su mente en escasos segundos.

—Le conozco, Doctor. Encantado de saludarle personalmente.

Los dos sonrieron mientras se estrechaban las manos. Antonio le invitó a sentarse y el Doctor accedió complacido.


—Se preguntará el motivo de abordarle así, casi a saco —Antonio movió las manos tratando de aclarar que no tenía importancia alguna—. Le conocía, ¿y quién no a través de sus estupendos artículos?, pero esta mañana hablando por teléfono con un sobrino lejano mío y también médico, me dijo que ustedes eran muy amigos, que habían estudiado juntos algunos cursos y que seguían manteniendo una excelente relación.

—Pues no caigo, la verdad. Lo siento —respondió Antonio tratando de recordar algún amigo con los apellidos del doctor.

—Le estoy hablando de Jesús Quintero.

—¡Pues claro, cierto, seguimos manteniendo muy buena amistad! ¡Qué alegría me ha dado Doctor! —respondió complacido.

Un camarero se les acercó con una serie de bebidas. Ambos tomaron sendas copas de vermouth. Otro camarero dejó sobre la mesa una bandeja conteniendo picaditas variadas. Los dos las probaron de inmediato.

—Nunca me había comentado que usted fuera su tío, aunque pensándolo bien, en su familia hay abundancia de médicos y muy conocidos, por lo que no es de extrañar que no me comentara nada sobre el eminente neurólogo de la familia.

—La rama femenina de la familia —matizó el doctor, con determinada carga de orgullo familiar—, es más prolífica en titulaciones de medicina que la masculina y se encuentran desarrollando investigaciones en importantes universidades de Europa y América con resultados asombrosos.

Estuvieron charlando un rato sobre banalidades, mientras que en la mente de Antonio se estaba formando la idea de hacerle una buena entrevista aprovechando la magnífica ocasión que se le presentaba. Sabía que era un hombre poco dado a concederlas y quizá no volviera a tener la misma oportunidad.

Cuando se lo propuso, el Doctor sonrió ampliamente.

—Ya me comentó Jesús que no iba usted a dejar escapar la ocasión —tomó de nuevo su copa y bebió ligeramente, luego se llevó un canapé a la boca. Antonio le imitó—. Pero, ¿por qué una entrevista? Dialoguemos, de lo que se nos ocurra, pero sin formalidades, y si decide publicarlo, que sea en clave de humor, de distensión y quizá mejor, de elucubración.

Antonio le miró sorprendido. No sabía muy bien que es lo que pretendía decir el doctor.

—¿Elucubración? —preguntó, un tanto perplejo.

—Hablemos de los contenidos del simposio. Está tratando del género humano, de su evolución y su proyección futura. ¿Interesante, no?

—¿Y de neurocirugía? —le interpeló— Es un tema de rabiosa actualidad. La gente está ansiosa por saber que puede ocurrir con muchas de las enfermedades que aquejan a la humanidad y que pueden ser de tipo neuronal. Hoy el cerebro está dejando de ser ese órgano desconocido e inquietante.

El Doctor le miró dubitativo, por lo que Antonio intuyó que no estaba muy de acuerdo, pero confió en su buen hacer para conseguir que la conversación tomara los derroteros que a él podían convenirle.

—Pues hablemos de la vida —añadió sin esperar la respuesta del Doctor—, y en clave de humor. En el origen de los tiempos, una serie de elementos fueron combinándose bajo unas condiciones especiales muy difíciles de determinar. Evolucionaron y se transformaron en compuestos complejos, tal como ha señalado nuestro último conferenciante.

—Sí. Probablemente así ocurrió —tomó la palabra el doctor—. Pero uno de ellos, recibió el golpe de gracia y fue capaz de duplicarse y crear otro compuesto igual. Fueron adquiriendo energía y potencialidad para volver a duplicarse cada uno de ellos creando más compuestos con iguales características. Pero, fundamentalmente, uno de estos compuestos fue el resultado maravilloso de la Naturaleza, tuvo la capacidad de reproducción por divisiones sucesivas. Así debió originarse la vida, en su forma femenina, como era previsible, ya que es la única que tiene la capacidad reproductiva.

Antonio le miraba fijamente, pendiente de sus palabras pero advirtiendo una cierta socarronería en su mirada.

—Probablemente, la evolución fue complicando esas estructuras iniciales para hacerlas más complejas y quizá, y digo quizá, la energía necesaria para duplicarse era demasiado elevada para ser realizada por un solo elemento y necesitó el aporte externo de, al menos, la mitad del material necesario para continuar el proceso evolutivo.

—División del trabajo procreativo —añadió Antonio, no muy convencido, pero comenzaba a sentir un especial interés.

—Esto —continuó el doctor, haciendo caso omiso al comentario—, pudo dar lugar a una diferenciación entre los elementos primigenios provocando la necesidad de la colaboración entre ellos, aportando cada uno, el cincuenta por ciento del material necesario para generar un nuevo elemento. Así debió nacer la parte masculina de los elementos con capacidad reproductiva. La continua evolución, las sucesivas mutaciones que fueron produciéndose dadas las especiales circunstancias de nuestro planeta, dieron lugar a la extraordinaria explosión de vida que hoy se da en su seno.

Se detuvo unos instantes para mirar detenidamente el rostro de Antonio y tratar de captar sus impresiones.

—¿Le aburro? —le preguntó sin contemplación alguna.

—¡No, No, en absoluto! —contestó raudo— Pero no acabo de entender todavía hacia donde quiere ir a parar.

—¿Prefiere cambiar de tema?

Movió la cabeza en sentido negativo. Volvieron a beber de sus respectivas copas. Esta vez, Antonio, la apuró de un solo trago. Antes de dejarla sobre la mesa, el camarero la retiraba solícito, al igual que la del doctor, dejando dos completamente llenas.

—Dada la agresiva actividad geológica —volvió a retomar el hilo de la conversación—, la necesidad de alimentación y el cuidado de los recién nacidos en todas las especies, era obligado que el elemento masculino dedicara su actividad a obtener el sustento para su prole, así como la vigilancia y cuidado ante la agresividad del medio. En consecuencia, fue consiguiendo un claro predominio sobre el elemento femenino, dedicado a la procreación y sustentación de su descendencia. El elemento masculino fue evolucionando en fortaleza física agudizando sus sentidos para la caza de otras especies que le servían de sustento. Desarrolló el sentido de la orientación necesario para poder regresar a sus asentamientos tras alejarse de ellos para cazar.

“Sin embargo, no ha transcurrido el tiempo suficiente como para que este predominio se establezca como ley hereditaria. La anatomía del elemento femenino y su cerebro muestran claras diferencias con respecto al elemento masculino que les condicionan a una mejor adaptación al sistema cuando éste deja de ser agresivo. Hoy, por ejemplo, la mujer, como elemento procreador, comienza a retomar los estados primigenios. Su bien dotado cerebro, con claras diferencias con respecto al hombre y libre de las presiones ambientales de los primeros tiempos, inician una tendencia hacia la individualidad y su posible independencia en todos los aspectos, alcanzando, probablemente, el estado de reproducción inicial sin la necesidad de colaboración para el aporte del cincuenta por ciento del material genético en los nuevos seres. Visto desde nuestra perspectiva temporal, eso nos parece inimaginable, pero la naturaleza, aunque lenta, es segura.”

Difícilmente podía imaginarse Antonio las palabras que estaba escuchando y de la boca que estaban siendo pronunciadas.

—¿Lenta? ¿Segura? —preguntó intrigado, Antonio.

—Entendemos por lentitud todo aquello que necesita periodos de miles o cientos de miles, cuando no millones de años para que se produzcan determinados cambios y se mantengan en el devenir de los tiempos —se detuvo unos instantes, mirando a su interlocutor de forma divertida a pesar de la seriedad que le imponía su barba ya blanquecina y bien recortada—. Es decir, las mutaciones con capacidad de sobrevivir en mejores condiciones de las que procede.

Antonio pensó de inmediato en los millones de años que han sido necesarios para que los seres que pululaban por el planeta alcanzaran la condición actual y en los que tendrían que ocurrir para que sucediese algo parecido a lo que estaba insinuando el doctor. Así se lo hizo saber.

—Tienes razón, en parte —matizó el doctor—. Nunca podremos determinar ni conocer el momento en el cual se produce, o se ha producido una mutación y que ésta sea, además, viable. Cabe la posibilidad que en los momentos actuales existan formas de vida en los que ya se está generando el cambio, de forma imperceptible, lentamente, pero dirigido hacia una evolución, que casi con seguridad será positiva aunque éste, si lo pudiéramos conocer, no nos gustara.

—¿Está tratando de decirme que actualmente pueden existir seres, humanos, por ejemplo, que han sufrido una mutación y están evolucionando? —quiso saber, aunque no muy convencido de la respuesta.

El doctor pasea la vista por la amplia terraza antes de contestar. Después toma su copa y bebe, con parsimonia. Sonriente, fija su mirada en la de Antonio.

—Usted mismo puede ser un eslabón intermedio de una mutación que se esté llevando a cabo, partiendo de sus ancestros para continuar con su descendencia, y que sus sistemas vitales se vayan modificando imperceptiblemente pero sin pausa hasta alcanzar el final previsto en dicha mutación. Puede que la mujer lleve siglos evolucionando y todavía le queden muchos más para completar un proceso que la puede diferenciar totalmente y hacerla autosuficiente. Como he dicho, la naturaleza es lenta, también segura, es decir, siempre alcanza el fin previsto.

—¿Estaríamos hablando de las Amazonas del futuro? —le inquirió burlón.

El doctor no pudo contener una pequeña risa, pero se sintió complacido al comprobar que su interlocutor preparaba una discreta defensa.

—¿Amazonas, dice? —preguntó socarrón— Eso sería anacronismo puro y duro. Las míticas amazonas no tienen nada que ver con la evolución. Habrán sido mujeres quizá resentidas, quizá avanzadas en su tiempo o simplemente un grupo estúpido que caminaba ciegamente hacia ningún lugar.

—Pero pretendían ser autosuficientes —recalcó, Antonio.

—¿Con los sementales en estabulación?

Antonio comprendió que había dicho una tontería y bajó la mirada un tanto avergonzado.

—La toma del poder, la usurpación, el totalitarismo, la dictadura o incluso la democracia, no son síntomas de evolución de la especie. Es algo que se excluye por sí sólo.

Volvieron a apurar sus copas y la bandeja que contenía las picaditas estaba ya totalmente vacía. Antonio elevó su mano tratando de llamar la atención de un camarero, cosa que consiguió casi al instante. Nuevamente estuvieron degustando las exquisiteces que la organización del evento les ofrecía.

Tanto uno como otro se encontraban deliciosamente bien, sintiendo el calorcillo propiciado por los cálidos rayos solares y el que se desprendía de la amabilidad del vermouth.

—Volviendo hacia la autosuficiencia de la mujer —quiso saber Antonio, que ya comenzaba a intuir los derroteros que presentía que iba a seguir el doctor—, ¿qué implicaría esa situación en un futuro?

—Espero que no le preocupe la defenestración de un machismo incongruente.

—Me preocuparía más un feminismo a ultranza —disparó sin poder contenerse.

La sonrisa del doctor fue abierta, casi el inicio de una carcajada contenida. Sus ojos se tornaron burlones, asomando en ellos unas chispas divertidas.

—Tanto machismo como feminismo, son cuestiones propiciadas por mentes disconformes con el rol que les ha tocado vivir y se niegan a que la sociedad se dirija hacia situaciones con las que no están de acuerdo. Pero son conceptos mentales, nacidos de cerebros con mejores o peores cualidades. No tienen sentido alguno dentro de la evolución de las especies, en este caso, la humana.

—Repito la pregunta, doctor, ¿qué implicaría la autosuficiencia de la condición femenina en el futuro? Quizá intuyo que pensáis en un hermafroditismo, cuestión que me parece totalmente descartable en esta naturaleza que nos ha tocado vivir.

—Sí. Probablemente es lo correcto —respondió diligente—. Pero debemos de tener en cuenta que la ciencia ha avanzado lo suficiente como para poder prescindir de ese cincuenta por ciento de material paterno y obtenerlo de células maternas.

—Ya. Pero eso sería, o es, evolución tecnológica, no dependiente de la condición masculina o femenina, tan sólo de las posibilidades técnicas. Y en cualquier caso, sólo se procrearían seres de condición femenina.

—Exacto, exacto. Lo que implicaría, si ello tuviera visos reales, de alcanzar en no mucho tiempo, una civilización de seres femeninos exclusivamente. Y, de cualquier forma. ¿quién puede afirmar o negar que la naturaleza esté siguiendo ese mismo camino?

Antonio le miro dubitativo. Sentía una extraña desazón por los derroteros que iba tomando la conversación. No sabía muy bien a donde pretendía llevarle el doctor, si realmente pretendía llevarle hacia algún lugar de la ciencia. No comprendía sus intenciones.

—Según tengo entendido —trató de razonar, más consigo mismo que con el doctor—, en la evolución de las especies, perduran las mejor formadas, las más adaptadas al medio en el que se desenvuelven —miró al doctor, entrecerrando los ojos, como si quisiera penetrarlo con la mirada—. En el caso de los seres humanos, el mejor dotado es el masculino. Nuestro cerebro es más grande que el de las mujeres, signo claro de mejor adaptación.

—Sí. Más grande en capacidad, pero no en contenido —matizó el doctor.

—No entiendo.

—Está claro, querido amigo. El tamaño del cerebro del hombre es aproximadamente, un nueve por ciento mayor que el de la mujer, y esto hizo pensar, al varón por supuesto, que su capacidad intelectual era menor. Sin embargo, el número de neuronas es similar en los dos, aunque en la hembra están más compactadas, lo que le proporciona una determinada preponderancia para determinadas acciones. En consecuencia, el mismo número de células ubicadas en un volumen menor supone una mayor densidad neuronal. Su capacidad para hablar se encuentra situada en los des hemisferios del cerebro, mientras que en el hombre tan solo se sitúa en uno, que en el caso de ser dañado, perdería su capacidad para hablar. En la mujer no. Pero no creo que sea en el cerebro donde resida esa potencialidad de evolución como la que estamos comentando. Según estudios recientes, un varón tiene dos veces y media más espacio en el cerebro dedicado al sexo que las mujeres y otro porcentaje, no desdeñable, para la agresividad. ¿Consecuencia evolutiva necesaria para cumplir su función?

Antonio se movía inquieto en su asiento. Se sentía desconcertado por las palabras del doctor y se debatía entre la duda de creerle o no. Por una parte, era un renombrado científico que no emitiría juicios vanos, pero por otra, dudaba del sentido socarrón de sus palabras.

—¿Entiendo qué trata de transmitirme una posible superioridad de la mujer frente al hombre cómo seres inteligentes?

El doctor entrecruzó los dedos de sus manos y los flexionó en un acto totalmente reflejo, que a él mismo le sorprendía cuando lo percibía. Se tomó un ligero respiro que al joven periodista le pareció que se encontraba en una situación de la que no sabía como salir.

—¿Y si así fuese? —le preguntó, desconcertándole— No, querido amigo, no. No es esa mi intención, tan sólo extiendo sobre el tapete una serie de hechos, que más o menos abiertamente, fueron viendo la luz a lo largo de estos días. Además, todo cerebro es femenino en sus inicios y tan sólo al cabo de ocho semanas de gestación puede transformarse en masculino, si dentro de sus genes se encuentra el cromosoma Y, y en función de los niveles de testosterona que recibe a partir de ese momento, se disminuye el centro de comunicación, se reduce el córtex de la audición y se hace dos veces y media mayor la parte que procesa el sexo.

—El hecho de existir algunas diferencias, no permite presuponer la posible superioridad del uno sobre el otro.

—Pues hasta ahora, parece que sí. El hombre ha conquistado su superioridad física durante muchos miles de años, quizá cientos de miles. La mujer ha sido la gran marginada. Aún hoy lo es en muchos de los lugares del planeta en los que tan sólo es una mera propiedad de su amo. Pero fíjese bien; tras tantos y tantos siglos de sometimiento, en apenas unos años, de una forma tímida todavía y blandiendo armas feministas, que no les reporta beneficio alguno, han alcanzado la casi igualdad con el hombre, y no en el sentido de inteligencia, por supuesto, que ya lo eran y lo son, sino en cuanto a derechos adquiridos. ¿Qué no podrá hacer en los próximos siglos? ¡Y no me diga que eso está muy lejos…!

Antonio comenzó a pensar en la sensatez de la exposición del doctor, pero sintió deseos de espolearle un poco a fin de cogerle en alguna incongruencia.

—Bajo su punto de vista —le dijo con un tono de voz pausado, como arrastrando las palabras para que quedaran bien definidas— ¿Cuál será realmente la tendencia evolutiva de la humanidad? Creo intuir, por sus palabras, que la mujer ha iniciado una senda que la conducirá a la posición más alta de la escala evolutiva. Es decir, ocupará, en el futuro, el papel preponderante que desarrolló el hombre. De ser así, esto no implicaría una evolución, quizá tan sólo, un cambio en el poder establecido por sus cualidades biológicas, y por el deseo de verse libre de un sometimiento mezquino, cruel y aberrante.

El doctor asentía de forma casi imperceptible con ligeros movimientos de su cabeza.

—Pero, probablemente —continuó—, sería un cambio en la escala del poder o un reparto equitativo del mismo. De cualquier forma, esto no las haría autosuficientes.

—Por supuesto que no. Pero, imagínese que de las muchas mutaciones que se producen a lo largo del tiempo, una de ellas las volviera al estado inicial.

—¿Hermafroditismo? Parece impensable.

— El hermafroditismo se da cuando un mismo ser vivo tiene los aparatos sexuales masculino y femenino o un aparato mixto, pero capaz de producir gametos masculinos y  femeninos a la vez. En algunas ocasiones, estos gametos están fecundados. No, eso sería un retroceso en la escala evolutiva.

—¿Estado inicial?

—Usted sabe muy bien que todavía desconocemos casi el 90 por ciento de la gran variedad de vida que existe en nuestro planeta. La obcecación de muchas mentes, básicamente de la clase gobernante, religiosa y científica que han considerado aberraciones lo que luego se demostró con claridad meridiana y fuera de toda duda, fueron limitando y abortando muchos descubrimientos. Hoy en día se sabe que existen microorganismos que sobreviven a temperaturas cercanas a los 1000 grados centígrados y hace poco menos de diez años, creer eso sería herejía científica. Cuando la ciencia no es capaz de explicar algún fenómeno, generalmente dice que es una patraña o que no existe tal fenómeno. La evolución femenina, de momento, también será negada.

A través de la megafonía, una agradable voz femenina les invitaba a pasar al comedor donde se comenzaba a servir la comida.

—No les hagamos esperar —dijo el doctor con muy buen humor—, el aperitivo y la charla han despertado mi apetito. Como nos sientan en diferentes mesas, continuaremos “su entrevista” en otro momento.

—Desde luego, doctor, y gracias por estos relajantes minutos.

El joven recogió sus gafas de sol, el tabaco, el mechero y su carpeta de documentos mientras el doctor ya se perdía por la puerta de acceso al comedor. Sintió deseos de fumar un cigarrillo mientras los rayos solares calentaban agradablemente su rostro, cerró los ojos unos instantes para disfrutar del placentero instante, expeliendo el humo del cigarrillo con verdadero deleite.

El teléfono móvil sonó con insistencia en el bolsillo interior de su chaqueta produciéndole un pequeño sobresalto: Contestó sin comprobar quien le llamaba.

—¿Antonio? —escuchó la voz de su madre al otro lado del teléfono— ¿Cómo estás, hijo?

—¡Mamá, que alegría! —contestó con voz entrecortada— ¿Cómo te encuentras tú?

—¡Oye Antonio, ¿estabas durmiendo?! Tu voz suena somnolienta.

—No, querida mami, no. Hace un rato terminó la última conferencia de la mañana y ahora vamos a comer. Estaba tomando el sol un rato al lado de la piscina del hotel. Ya la conoces. Estaba conversando con… con… —se quedó perplejo unos instantes, después añadió—, con otro participante en el congreso.

—Pues produces la sensación de estar dormido —le dijo riéndose— ¡Una buena noticia! El genio de tu hermana ha ganado las oposiciones y con el número uno. Está que se sale…

Antonio recordó las palabras del doctor sobre las mujeres…, “¡diablos, cómo dijo que se llamaba!” pensó inquieto. Se despidió de su madre prometiéndole que iría a visitarla muy pronto. Tuvo que reconocer que nunca se prodigó de forma cariñosa con ella ni con su hermana, y que mantuvo mucha mejor relación con su padre. Sin embargo, en esos momentos deseó poder tenerlas entre sus brazos y recuperar el tiempo perdido.

Entró en el salón y se dirigió con pasos rápidos hacia la mesa que tenía asignada. Los camareros ya comenzaban a servir la comida. Se sentó pidiendo disculpas al resto de comensales. Después trató de localizar la mesa en la que se sentaba el doctor. Le pareció verle en una alejada de la suya, minutos más tarde comprobó su error y le pareció localizarle en otra, también alejada, finalmente, se despreocupó y fijó su atención en los ricos manjares que les estaban sirviendo.

Cuando terminó su pequeña conferencia, se escucharon tímidos aplausos que reflejaban la perplejidad de los presentes y supo con certeza que a muchos de ellos les pareció un disparate mientras que en otros consiguió que una amplia sonrisa aflorara en sus rostros. Se dio cuenta de que sus palabras podrían haber gustado más o menos, pero seguro que a nadie dejó indiferente. La división estaba clara y se atrevió a cifrarla en el cincuenta por ciento aproximadamente, quizá más, ya que la presencia de mujeres superaba ligeramente a la de los hombres.

“Acabo de sembrar la semilla de la futura evolución…”, pensó mientras recogía sus notas y abandonaba el atril. Una sonrisa socarrona asomó en su rostro y le hubiera gustado mirar de frente al doctor, pero no pudo localizarle entre los asistentes… ¡diablos, ¿cómo dijo que se llamaba…?!

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