RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A



REGRESO  DEL  PASADO - I


REGRESO DEL PASADO - I


La grandiosa sala se encontraba totalmente llena. Ningún asiento vacío e incluso, en algunos lugares de la misma se apiñaban personas de pie. Tenía forma de hemiciclo y una enorme mesa rectangular ocupaba gran parte de su diámetro. Delante mismo, la tribuna de los oradores.

Una luz diáfana la iluminaba, y surgía desde todos los lugares del espacio, techos, paredes y suelo. La audición era perfecta desde cualquier punto de ella, produciendo la sensación de que el orador se encontraba allí mismo, al lado de cada participante, tan sólo con la excepción de los presentes que necesitaban hacer uso de la traducción simultánea.

La expectación era muy grande y antes de que el orador diera comienzo su disertación, el silencio era absoluto, tanto, que podría escucharse la caída de una simple hoja de papel sobre el impoluto suelo.

A pesar del número de participantes, la asamblea era secreta. Allí se reunían los principales mandatarios de algunos países, los más industrializados, acompañados de algunos asesores experimentados en las ciencias del Universo. La mesa presidencial estaba ocupada por los presidentes de Francia, Suecia y España acompañados por sus asesores. Estos presidentes fueron los que convocaron la asamblea pocos días antes y en base a unos descubrimientos en el Polo Sur en el que las tres potencias realizaban experimentos en estrecha colaboración.

Unos ligeros murmullos dejaron escucharse cuando hizo su aparición en la tribuna de oradores el jefe del equipo de investigación, constituido por reconocidos especialistas de cada uno de los países participantes. El doctor Devillard, de cincuenta y ocho años de edad pero aparentando muchos menos debido a su constitución espigada y no exenta de musculatura, a su aniñado rostro y cabellera totalmente negra y abundante. De fácil palabra y fácil sonrisa en momentos de distensión, pero sus gestos de seriedad no le restaban la apostura que le caracterizaba. Vestía un sobrio traje azul marino que complementaba con una corbata de franjas inclinadas de varios colores. Del bolsillo izquierdo superior de la chaqueta, asomaba la punta de un pañuelo azul muy claro, al igual que el color de su camisa. Era un personaje elegante pero no se le veía muy cómodo enfundado en tal vestimenta.

Dejó, sobre el atril, una carpeta de cuero marrón con el emblema representativo de la expedición. Extrajo una serie de folios y los ordenó en breves segundos. Después elevó la mirada hacia la concurrencia, que permanecía expectante, recorriendo detenidamente la amplia sala. Se giró con lentitud para dirigirse a los componentes de la mesa presidencial y los saludó con cortesía.

Vuelto de nuevo hacia la asamblea, comenzó su disertación explicando las características fundamentales de la expedición. Lo hizo de forma rápida y muy concreta, sin entrar en demasiados detalles, que realmente, no venían al caso.

La base de la expedición estaba constituida por cinco unidades de estudio separadas entre si un kilómetro, formando un pentágono casi perfecto. En su centro geométrico, una unidad de comunicaciones les mantenía en contacto con el resto del mundo. La temperatura media sobre la superficie helada de la Antártida en aquel lugar y a primeras horas de la mañana, rondaba los sesenta grados bajo cero. La estructura, de una fibra especial de carbono termoestable, ignífugo y de gran resistencia mecánica, les protegía convenientemente de tan bajas temperaturas.

Relató como a primeras horas de una de las mañanas, hacía, aproximadamente,  cuarenta días, se vieron sorprendidos por unos terribles ruidos y fuertes convulsiones en la superficie helada que les provocó pánico pensando que se produciría una destrucción masiva del campamento. Fueron unos segundos angustiosos, y éste, resultó muy afectado en todas las unidades. Algunos de los aparatos de gran precisión quedaron completamente destruidos, otros, probablemente, bastante afectados.

—¡Habíamos sufrido un terrible terremoto, quizá lejano a nuestra ubicación pero con resultados lamentables! —dijo, enfatizando sus palabras.

Los presentes se miraban entre sí sin comprender muy bien, todavía, la urgencia e importancia de tales sucesos.

Continuó relatando las actividades que iniciaron a continuación; comprobación de daños personales, revisión de equipos, puesta en funcionamiento de los que todavía podían utilizarse y analizar en los sismógrafos, todos los datos que les pudieran proporcionar conocimiento sobre las dimensiones de la catástrofe en aquel helado e inhóspito infierno donde el hombre, difícilmente podría adaptarse jamás.

Poco a poco se fueron reanimando las actividades en la base, aunque de forma muy precaria. Se reiniciaron los sondeos con ondas electromagnéticas para determinar posibles alteraciones bajo la superficie helada. Se escucharon unos extraños ruidos, muy uniformes que hacían pensar que las ondas rebotaban sobre una superficie dura y regular. Preguntó al analista del equipo a que profundidad se originaban esos efectos y la respuesta les dejó alucinados. Los rebotes se producían casi a dos kilómetros bajo la superficie de hielo, probablemente, sobre la misma superficie de la Antártida en aquel lugar que ellos ocupaban. Se miraron entre si, perplejos y asustados.

—¡Necesitamos corroborar estos datos urgentemente! —le dijo al analista, casi gritando— ¡Ponte en contacto con el resto de las unidades y que lo comprueben ya!

La ansiedad se apoderó de todos los componentes que comenzaron a moverse nerviosos tocando y comprobando las pantallas de los aparatos que aún estaban en funcionamiento.

En ese preciso instante, volvieron a repetirse los ruidos y convulsiones sobre la superficie durante un tiempo que no podrían precisar. De golpe, el silencio más absoluto se adueñó del ambiente durante segundos y, tras un inconmensurable estruendo, la estructura de fibra de carbono comenzó a hundirse en el hielo. Se había formado una enorme grieta por la que comenzó a deslizarse, lentamente al principio para adquirir velocidad, pero no la suficiente como para destruirse. Se asieron rápidamente a cualquier soporte que les permitiera mantenerse seguros sin rodar a medida que la estructura descendía rebotando contra todo lo que encontraba a su paso. A veces se detenía, pero instantes después continuaba su descenso hacia…, probablemente, la nada.

Transcurrieron unos angustiosos minutos en esa terrible situación, con los gestos desencajados, los músculos cercanos a la ruptura por la tensión a la que estaban sometidos y entrecortados gritos de pánico. Sus cuerpos parecían danzar un baile grotesco sobre la superficie del suelo de la base. Por suerte, no se produjo ningún vuelco de la estructura.

Finalmente, el habitáculo se detuvo en seco al chocar contra algo, y tras unos ligeros ruidos, el silencio se hizo absoluto. Se miraron unos a otros sin atreverse a mover un solo músculo. Sin comprender lo que les había ocurrido, fueron levantándose lentamente, con exagerada precaución, pensando que cualquier movimiento brusco podría provocar de nuevo el movimiento de la estructura.

Abrieron las herméticas contraventanas para poder observar el exterior y hacerse una idea de lo ocurrido. Se encontraron en el fondo de una gruta y en su centro se levantaba una gran cúpula transparente que permitía ver el interior gracias a una iluminación tenue que no acertaron a comprender de donde provenía.

A pesar de su asombro y la tensión a la que estaban sometidos todos los componentes, no tardaron en reaccionar y todas las luces de emergencia se iluminaron en sus cerebros. Cada cual tenía una misión concreta y definida para todos los casos imprevistos, aunque éste, se salía fuera de cualquier previsión razonable. De inmediato trataron de ponerse en contacto con la base, y tras denodados esfuerzos con los equipos, finalmente lo lograron. Plantearon un plan de emergencia para poder iniciar el rescate de todos los miembros.

Sin dificultad pudieron salir al exterior del habitáculo y acercarse a la impresionante cúpula en cuyo interior albergaba una serie de estructuras que harían las delicias en cualquier joven arquitecto e impactarían en cualquier veterano.

No salían de su asombro. Tras deliberar durante un buen rato se plantearon la posibilidad de acceder al interior, diseñaron la estrategia para conseguirlo y se repartieron las tareas con la rapidez a la que estaban acostumbrados dado el gran peligro que corrían en casi todas sus misiones.

Se acercaron a la cúpula y estuvieron observándola atentamente a medida que la recorrían longitudinalmente. En un momento dado, escucharon un ruido metálico, apenas perceptible, y una parte de la cúpula se abrió permitiéndoles el acceso al interior, cuestión en la que dudaron tan sólo unos segundos.

Entraron, con precaución y con los nervios a flor de piel.

—Lo primero que pensé fue —explicó Devillard, tras una ligera pausa—, ¿qué diablos podía ser aquello, indudablemente construido por seres inteligentes, situado en las profundidades del hielo antártico y con una antigüedad inimaginable?

Ahora, el interés de los presentes era evidente y el jefe de la expedición era consciente de ello.

Uno de los miembros, el simpático y dicharachero especialista en equipamientos de medición, los alertó sobre la posibilidad de que el aire en el interior pudiera ser peligroso.

—¡Sabíamos que ese aire podría tener una antigüedad superior al medio millón de años! Sin embargo, no dudamos en entrar, tomando las debidas precauciones. Entré en primer lugar y tras respirar continuamente ese aire durante un buen rato, pensé que no era peligroso. Poco después, nos encontrábamos en el interior.

Pasaron toda la mañana recorriendo los alrededores de las edificaciones sin atreverse a entrar en ninguna de ellas. Tampoco vislumbraron puertas que les permitieran el acceso, pero creyeron que si se acercaban lo suficiente, al igual que en la cúpula, alguna entrada se abriría.

Pasado el medio día decidieron regresar a la edificación de la base y reponer fuerzas. El cansancio había hecho mella en ellos tras las fuertes emociones soportadas. Allí, comprobaron que el resto de las bases en la superficie se encontraban bien aunque con muchos desperfectos y que estaban tratando de organizar el recate. Se enteraron que las comunicaciones con el resto del mundo estaban cortadas, pero trabajaban frenéticamente para restablecerlas. Deseaban salir corriendo del lugar ante el temor de nuevas convulsiones.

—Me van a permitir que abrevie mis comentarios para ir directamente al fondo de la cuestión por la que nos encontramos reunidos —Devillard mantenía el rostro aparentemente sereno aunque muy consciente de su agitación interior—. Una vez finalizada esta exposición, serán ampliamente informados de todos los pormenores de nuestra… aventura.

En el lateral derecho de la sala se desplegó una enorme pantalla en la que comenzaron a verse una serie de imágenes que corroboraban las palabras del Dr. Devillard. Pudieron ver la cúpula y el interior, así como la impresionante falla producida en el seno de la placa de hielo.

Se encontraban en una mini ciudad, si así podía definirse, construida, probablemente, entre medio millón y un millón de años atrás. La construcción era perfecta y tal como pudieron ir comprobando al acceder a la mayoría de las edificaciones, realizada por unos extraños seres que, indudablemente, no eran de procedencia terrestre. Pudieron hacerse una idea gracias a una serie de proyecciones holográficas que consiguieron poner en marcha. Vieron a esos seres, de una constitución muy diferente a la nuestra, pero en ningún modo terrorífica ni espeluznante.

La conclusión a la que se ha llegado, es que se trata de seres procedentes de alguna parte del universo, probablemente lejano, que alcanzaron este planeta y crearon una o varias bases con el fin, quizá, de colonizarlo. Su tecnología es sumamente avanzada si la comparamos con lo que actualmente se conoce. Posiblemente constituyen, o han constituido, una raza muy longeva y que el tiempo les afectaba de muy diferente manera que a los terrestres.

—Durante muchos días —continuó el Dr. Devillard, de forma sosegada, pero consciente de que en breves instantes explotaría con crudeza toda la realidad vivida— estuvimos visitando cada una de las edificaciones. Encontramos aeronaves difícilmente imaginables bajo nuestro concepto tecnológico. Visitamos sus laboratorios y analizamos en profundidad todo el material que nos permitiría hacernos una idea de quienes eran y de cómo había vivido.

“Nos hicimos la idea de que aquellas instalaciones estuvieron funcionando durante muchísimos años, y por supuesto, antes de producirse la glaciación que cubrió las tierras del Polo Sur. Estudiaban y analizaban el planeta y la base era permanente. Su alimentación era análoga a la nuestra, ya que se nutrían de plantas y de animales. Su ciencia era tan avanzada que podían elaborarlos a nivel de laboratorio, tanto plantas como animales. Por lo que hemos podido comprobar, habían traído de su lugar de origen, dos variedades de animales que les servían de base alimenticia y que una vez se asentaron, criaban en granjas. Muchos de estos ejemplares pudieron abandonarlas guiados, quizá, por un instinto de supervivencia y se fueron desplazando a la largo de todo el territorio, ya que la naturaleza les aportaba comida en abundancia. Esto era algo que no preocupaba en absoluto a los extraños seres, cuya capacidad de dominio era total. En cuanto a los vegetales, las variedades que  encontraron en la tierra eran inmejorables para su sustento.”

También pudieron visionar la historia de estos seres en su planeta, comprobando el altísimo nivel tecnológico alcanzado y su desarrollo fisiológico que le confería el estatus de raza muy desarrollada.

El Dr. Devillard se tomó un ligero respiro y unos tenues rumores se hicieron eco en la sala, pero desaparecieron en el mismo instante en que continuó hablando.

—Cuando ya creíamos que habíamos explorado todo el complejo, de forma casual, pudimos descubrir unos accesos que conducían a varias plantas subterráneas, justo en las zonas de los laboratorios. Iniciamos su exploración al instante, quizá convencidos de que no existía el más mínimo peligro comprobado a lo largo de los días —aspiró aire con fuerza y se ajustó el nudo de la corbata en un gesto inconsciente—, y no tardamos en encontrar multitud de cápsulas semitransparentes que permitían ver el interior de las mismas. ¡¡Allí se encontraban los cuerpos de aquellos seres en perfecto estado de conservación!!

La expresión de incredulidad fue unánime en toda la sala, con la excepción de la mesa presidencial que ya tenía conocimiento de la situación.

—Mi primer pensamiento fue que nos encontrábamos ante los cuerpos momificados de una extraña raza que había llegado a nuestro planeta en el pasado. Tras reponernos de la sorpresa iniciamos la supervisión de todo aquel lugar. No tardamos en llegar a la conclusión de que aquellos seres estaban vivos, en estado latente, pero vivos.

De nuevo los murmullos arreciaron en la sala, lo que hizo que se detuviera unos instantes en su disertación.

—Seguramente se vieron sorprendidos por un instantáneo cambio climático —continuó el Dr. Devillard, recogiendo ya los folios situados sobre el atril—, y apenas tuvieron tiempo para ponerse a salvo, por lo que optaron por la solución de esperar en estado de hibernación a que las circunstancias climáticas volvieran a cambiar. En salas próximas y en la misma forma de conservación, se encontraban los cuerpos de los animales que les servían de sustento.

Dirigió su mirada, que parecía perdida, a toda la concurrencia. Después se volvió lentamente para dirigirse hacia la mesa presidencial.

—Señores presidentes —les dijo—, les traslado en este momento el enorme problema al que se encuentra sometido la humanidad y que requiere la adopción de medidas excepcionales, en el caso de que estas, puedan llegar a ser efectivas —permaneció unos segundos en silencio, como si tratara de encontrar las palabras para continuar—. Esta raza está muy próxima a despertar de nuevo. Son muy diferentes a los humanos y pueden suponer un enorme peligro para la continuación de nuestra especie.

La expectación producida estaba alcanzando límites insospechados entre la concurrencia, por lo que el Dr. Devillard no dudó en finalizar lo más rápido posible su intervención.

—Tienen la tecnología y desarrollo mental suficiente como para considerarnos basura a su lado, si en algún instante pudieran hacer esta interpretación. Son una raza enormemente avanzada y poseen el alimento necesario para perpetuarse en nuestro planeta.

Las voces de la concurrencia se estaba haciendo cada vez más fuertes.

—¡¡Nosotros somos los descendientes de esos animales que consiguieron adaptarse libremente en este planeta, que le han servido de comida, a saber desde que eternidad, y que podríamos seguir siéndolo en un futuro muy próximo!! —explotó el Dr. Devillard, y recogiendo el portafolios del atril, abandonó la sala con su rostro totalmente lívido.

 

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