RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A



REGRESO  DEL  PASADO - I I


        

La Venerable Skirheidg, sentada sobre un enorme sillón, presidía la sala de medianas dimensiones, austera y tenuemente iluminada, donde solían reunirse para tratar asuntos de relevada importancia. A su alrededor se situaban varias filas de sillones componiendo un perfecto semicírculo, estando situada ella en el centro geométrico del mismo.

Allí se encontraban reunidos en sesión plenaria los Venerables dirigentes de la raza que, hacía ya muchos millones de años se asentaron en el planeta, hoy conocido como planeta Tierra.

Salieron de su espacio con la importante misión de explorar el universo hasta encontrar algún lugar al que poder desplazar a toda su raza. Su planeta había entrado en proceso de extinción motivado por la transformación de su único sol en una supernova.

Al alcanzar este extremo de la Galaxia, todos los equipos de situación y análisis determinaron la presencia de un pequeño planeta con características similares al  suyo de origen. Con una masa superior y una concentración de aire muy rica en oxigeno que favoreció la presencia de una frondosa vegetación y una exuberante explosión de vida animal muy variada, cumplía todas las exigencias previstas. Carecía de vida inteligente, condición imprescindible para considerar su posible colonización.

Los Shirheidg elegidos para esta contingencia, fueron despertados del largo letargo al que estuvieron sometidos para poder recorrer enormes distancias en busca de vida. Los equipos de la enorme nave se pusieron en funcionamiento para tal fin cuando el ordenador central lo ordenó.

Una vez alcanzado el estado normal de sus constantes vitales se dedicaron a realizar las comprobaciones que determinaban los protocolos sin tratar de eludir paso alguno ni actuar por su cuenta. Pertenecían a una raza muy desarrollada y equilibrada, y eran conscientes de la necesidad de actuar bajo las directrices estudiadas y analizadas durante un largo periodo de tiempo.

Comprobaron fehacientemente la idoneidad del planeta y obraron en consecuencia, despertando al resto de seres que componían la dotación interplanetaria. Finalmente, se asentaron en dos bases concienzudamente estudiadas. Las situaron en las cercanías de los polos terrestres. Desde ambas, se dedicaron a estudiar el planeta y la forma más sencilla de colonizarlo. No podían perder demasiado tiempo ya que la situación en su planeta de origen así lo exigía.

Fueron conscientes de los cambios sistemáticos y continuos que se estaban produciendo en toda la superficie, motivados por movimientos telúricos y corrimientos de placas tectónicas como solía ocurrir en los planetas jóvenes, provocando fuertes alteraciones, tanto físicas como geológicas, indicativo de que no se encontraba consolidado del todo y bien pronto comenzaron a sufrir sus consecuencias.

 

 Los Shirheidg constituían una raza muy longeva que había alcanzado un grado de evolución muy desarrollado con un nivel de esperanza de vida muy alto. Se comunicaban entre ellos mentalmente y podían conseguirlo a grandes distancias, logrando a la vez visualizar la imagen del ser con el que establecían contacto.

—Esta asamblea está ansiosa por escuchar vuestras conclusiones acerca de la tarea que se os ha encomendado —le demanda la Venerable  Shirheidg, empleando su voz como medio de comunicación, algo que solían hacer cuando la trascendencia de la situación lo recomendaba—. Así pues, cuando gustéis general Vrock Trungstinein.

El Shirheidg aludido ostentaba el cargo de jefe de la seguridad de la expedición. Recorrió con su agudizada vista a todos los presentes en la asamblea conocedor de la profunda preocupación que les embargaba. Nunca se habían encontrado en una situación similar y a pesar de su extraordinario grado de desarrollo, comprendieron que todavía podían ocurrir circunstancias que quedaran fuera de su control y a las que no sabían muy bien como responder ni que actitud tomar.

Su mente se abrió completamente dirigiéndose a toda la concurrencia que esperaba impaciente, sin embargo, decidió, al igual que lo hizo la Venerable, hacer uso de la voz. Las minúsculas y aceradas placas que conformaban la piel de su rostro adquirieron tonalidades cambiantes expresando la seriedad e importancia del momento. Se permitió la licencia de hacer un pequeño resumen de los hechos acaecidos  desde la salida de la expedición de su planeta de origen hasta el instante actual.

Realizaron un largo viaje, a lo largo del cual, tan sólo fueron despertados de su letargo en tres ocasiones. Las dos primeras, tuvieron resultados negativos al explorar los respectivos planetas. En la tercera ocasión, alcanzaron el planeta actual, cuya configuración se adaptaba completamente a sus necesidades.

Además de unos extraordinarios equipos científicos, los Shirheidg deseaban modificar el planeta a imagen y semejanza del suyo y transportaron una buena selección de semillas de sus especies más características y animales creados en su planeta de forma artificial, que los proporcionarían el aporte proteínico necesario para su subsistencia.

—Durante un periodo aproximado de cien giros de este planeta alrededor de su estrella —continuó el Shirheidg—, hemos verificado las características de la vida existente aquí y a pesar de las enormes diferencias entre la gran diversidad, no existía ningún ser con inteligencia, por pequeña que esta fuera y con capacidad para evolucionar, al menos, en los plazos naturales.

Los Shirheidg desarrollaron las dos colonias con la lentitud que les caracterizaba, el tiempo para ellos carecía de importancia y esto les permitía actuar con gran minuciosidad. Se limitaron a estudiar todo el planeta en profundidad, descubrir sus recursos y planificar el futuro asentamiento de la raza. A pesar de que en algunas épocas del año desparecían un determinado número de sus animales, no lo consideraban representativo para sus necesidades y sabían que fallecerían en muy poco tiempo al encontrarse en libertad y sin medios para sustentarse. En este periodo, se vieron sorprendidos por una repentina glaciación y a duras penas pudieron prepararse para una supervivencia, quizá a muy largo plazo. Recogieron con premura todas las instalaciones técnicas que tenían diseminadas a lo largo del planeta y se prepararon para un periodo de hibernación no determinado.

Cuando, finalmente se produjeron las circunstancias propicias, los equipos de la base iniciaron el proceso contrario y fueron despertados. Esto ocurrió muchos cientos de miles de años más tarde, y comenzaron de nuevo la rehabilitación de la base. Sin embargo, se encontraron con innumerables sorpresas.

—Aunque parezca inconcebible —continuó el Shirheidg con voz apenas audible, pero mentalmente se dejaba escuchar con precisión—, nuestros animales, que nos proporcionaron el perfecto sustento desde tiempos inmemoriales —se detuvo unos segundos y volvió a recorrer con la mirada a toda la asamblea—, parece que han evolucionado a lo largo de todos estos siglos en los cuales hemos permanecido hibernados, y han adquirido y desarrollado una elemental y primaria inteligencia. Quizá nuestra visión de la libertad les ha permitido abandonar la isla para extenderse poco a poco por todo el planeta. Indudablemente, han evolucionado para poder resistir la adversidad climatológica y adaptarse a una nueva forma de vida, fundamentalmente, en cuanto a tener que encontrar el sustento diario para sobrevivir. Sin embargo, el estado de su conciencia parece ser muy primitivo.

El responsable de la seguridad se tomó un ligero respiro, lo que fue aprovechado por la Venerable Shirheidg para contestar en un tono ligeramente ácido, algo inusual entre ellos.

—¡Sí. Por supuesto! Pero actualmente forman una población de más de cinco mil millones de animales, y está claro que se han constituido en la especie dominante de este planeta. Además, han conseguido comunicarse entre sí emitiendo unos sonidos guturales muy precarios y bien diferentes según su ubicación. Parece ser que a veces no son capaces de comunicarse y entenderse entre ellos mismos.

El jefe de seguridad unió sus manos y doblando ligeramente el cuerpo se las llevó a la altura de los ojos en señal de acatamiento hacia su superiora y volvió a tomar la palabra.

—Se han transformado en seres agresivos y dominantes. Son tribales y extremadamente xenófobos con clara preponderancia hacia la posesión territorial. No podíamos prever esta evolución ni que pudieran sobrevivir al periodo frío, pero lo consiguieron, aunque no de una forma previsible. Parece ser que dentro de la raza, el ser predominante es el macho y con gran tendencia hacia la agresividad. Han podido alcanzar rústicos sistemas de transportes y navegación por sus mares y atmósfera, pero con incapacidad total para salir de ella. No tienen la conciencia suficiente del gran daño que están provocando en el planeta con la utilización de combustibles fósiles o radiactivos. Sus consecuencias negativas podría provocar la destrucción del planeta incapacitándolo para sostener vida en él.

—Sí. Está usted en lo cierto, general —respondió la Venerable Shirheidg con voz y pensamientos muy firmes—. Son elementales y probablemente seguirán siéndolo por todos los siglos venideros, si son capaces de resistirlos. Quizá nuestro diseño ha impedido que se produjera una evolución superior. Su capacidad craneal es muy baja y difícilmente ampliable, lo que significa que, probablemente, hayan alcanzado los límites máximos de evolución. Sin embargo, las consecuencias de su desarrollo son nefastas para nuestra supervivencia. Han alterado la composición del aire haciéndola casi irrespirable para nuestros organismos y en un periodo de tiempo corto, acabaría induciendo serias alteraciones en nuestro sistema respiratorio por su elevado nivel de contaminación, llegando, quizá, a provocarnos la muerte.

Unos ligeros murmullos se dejaron escuchar en la asamblea. Los participantes se sentían inquietos, algo inusual en la longeva raza. Las placas faciales del general emitieron irisaciones anaranjadas desplazándose hacia el rojo, denotando el profundo malestar que sentía y que el desarrollo de su cargo pudiera quedar en entredicho.

 

La Venerable Shirheidg también se encontraba inquieta, sin embargo, estaba muy habituada a controlar cualquier emoción que pudiera sentir.

—Estáis en lo cierto, Venerable —contestó el general, volviendo a unir las manos a la altura de los ojos e inclinándose ligeramente—. Pero no sólo han contaminado el aire, también el suelo, los ríos, los mares. Probablemente no sean conscientes de que están dirigiendo al planeta hacia el caos total y a su propia destrucción, consecuencia lógica de su precaria inteligencia y su incapacidad para evolucionar. Desde que han descubierto nuestra presencia en el planeta no han dejado de disipar energía sobre nuestro asentamiento con el fin de provocar nuestra aniquilación.

—¿Podremos encontrarnos en alguna situación de peligro en algún momento? —preguntó el más longevo personaje de la asamblea, el patriarca, el que mayor conocimiento albergaba en su bien formado cerebro— Pienso que no, por supuesto. Sin embargo, consiguieron acceder al interior de nuestra morada mientras permanecíamos hibernados, ¿cómo se explicaría este hecho?

El general le miró directamente a los ojos. Sentía una gran simpatía y admiración por su maestro a lo largo de muchísimos años.

—Nunca hemos estado en peligro, Gran Shirheidg —contestó el general complacido—. Consiguieron entrar en la morada tal como lo habían hecho durante inconmensurables ciclos, y nuestros ordenadores de control no apreciaron diferencias mientras estuvieron moviéndose por los lugares permitidos. Cuando trataron de manipular algunos de los aparatos de visión y transmisión se estableció la alarma y ordenaron a los equipos automáticos que iniciasen el proceso de deshibernación con la premura que demandaba la situación y en cuanto estos seres salieron al exterior declararon la situación de emergencia y bloquearon nuestras instalaciones. Fue entonces cuando comenzaron a desatar su violencia contra nosotros.

El Gran Shirheidg asintió complacido, aunque estaba al corriente del desarrollo de todos los acontecimientos que habían tenido lugar.

—Tienen totalmente rodeada nuestras instalaciones —continuó Vrock Trungstinein, algo más relajado, aunque consciente de la grave tensión acumulada en cada uno de los presentes ante una situación de importancia vital para su subsistencia—, pero eso es algo que no nos afecta en absoluto. Desconocen nuestra capacidad tecnológica y creo que su desarrollo les impida entenderla nunca. Actúan por simple instinto de supervivencia y tratan de eliminar todo lo que presientan que es un peligro, viniendo incluso de ellos mismos, como lo demuestran sus encarnizadas luchas tribales. Desconocen también nuestras capacidades como raza desarrollada y nuestro potencial individual. La transmisión telepática como medio normal de comunicación o la teletransportación o incluso la posibilidad de mimetización en medios agresivos, son conceptos que van más allá de sus posibilidades mentales. Se aparean por contacto físico pero no perciben la unión psíquica y son incapaces de sentir y ver “los armónicos”, tan sólo escuchan ruidos, la mayoría de las veces de un estruendo irresistible. Escuchan y ven tan sólo en una pequeña franja de longitud de onda. Se podría decir que son ciegos y sordos.

Enmudeció momentáneamente, conocedor de que los planteamientos a seguir iban a crear tensiones y quizá dividir a la asamblea, algo que resultaría inédito en su planeta.

La Venerable Shirheidg se removió inquieta sobre el amplio sillón presidencial. Su mente evaluaba todas las posibilidades que consideraba esenciales a un ritmo frenético, aunque las placas de su rostro apenas denotaban irisación alguna. Se acercaba la hora de realizar las posibles propuestas para resolver la situación en la que se encontraban.

—Tenemos que reconocer que nuestros animales han sufrido una determinada evolución al verse sometidos a un entorno agresivo y con unos medios muy precarios para su supervivencia  —comenzó a decir el general, aunque no de muy buena gana—, pero a través de todos estos periodos de tiempo, lo consiguieron, aunque la anarquía y la tribalidad son preponderantes en su forma de vida. Consiguieron algunos logros y fueron dominando su entorno, haciendo un uso desordenado de los recursos naturales, desarrollando un sistema alimenticio muy precario que en muchos casos les conduce a la obesidad. Hoy, nuestros animales no nos servirían como alimento. Están excesivamente contaminados y sólo el Superior puede saber que nefastas consecuencias nos ocasionarían.

—Y además, su número supera los cinco mil millones de unidades —comentó con sorna el Gran Shirheidg—, ¿qué podríamos hacer con todos ellos?

El general hizo caso omiso al comentario de su maestro. Sabía que en ocasiones hacía alardes jocosos, disculpables por su edad y conocimientos.

Continuó con su disertación tratando de informar lo más fielmente posible de cual era la situación real en el planeta y de que forma les atañía, pero pronto fue interrumpido por el gran Shirheidg.

—General, ¿cabría alguna posibilidad de tratar de entendernos con ellos? —preguntó, mientras miraba irónico a toda la asamblea.

Vrock Trungstinein lo visualizó con estupor, asombrado, incluso a la Venerable Shirheidg le pareció que la ira asomaba en su acerada mirada.

—¿Con los descendientes de nuestros animales, de nuestra comida? ¿Me preguntáis eso, Gran Shirheidg? Porque si es así, no voy a contestaros.

Un helado silencio recorrió la sala. Las actitudes de ambos no se correspondían con la ética desarrollada por la raza desde tiempos inmemoriales.

Tras unos interminables segundos, esperando quizá una respuesta, continuó con su explicación. Dejó bien claro que los smorkys pretendían aniquilarles, actitud normal en seres inferiores que se violentan ante cualquier peligro. Explicó la gran diferencia que existía en la forma de vida dependiendo de su ubicación. Enormes colonias que morían por falta de agua y alimentos y otras que vivían hacinadas en enormes estructuras. Tienen, en una gran mayoría, el hábito de aspirar el humo que queman con las hojas de una planta intoxicando gravemente sus pulmones, beben líquidos de elevado grado alcohólico que les producen graves alucinaciones. Su grado de contaminación corporal está alcanzando límites irreversibles. Han propiciado múltiples tipos de microorganismos que les provocan enfermedades muy dolorosas y generalmente mortales.

 El Gran Shirheidg se levantó de su asiento, con parsimonia, mirando directamente a los ojos de la Venerable. Pudo comprobar las irisaciones de su rostro denotando la clara ebullición de su cerebro.

Su voz sonó precisa y fuerte y de igual forma, transmitía telepáticamente lo que su cerebro pensaba.

—Venerable Shirheidg, tras la detallada exposición del general, creo haber llegado a dos conclusiones, aunque con muy diferentes grados de posibilidad.

Se detuvo y dirigió su mirada hacia la concurrencia que le acompañaba.

—Adelante, Gran Shirheidg —le animó la Venerable, conocedora de la capacidad deductiva del varón más longevo de la comunidad.

—La primera posibilidad —contestó arrastrando las palabras—, consistiría en retomar nuestras intenciones de colonización del planeta, lo que implicaría la necesidad de aniquilar prácticamente a los smorkys, dejando una pequeñísima colonia para realizar los estudios convenientes sobre la evolución que han alcanzado y tenerlo en cuenta en el futuro

La Venerable Shirheidg se levantó disparada de su asiento, sorprendiéndose a sí misma con tal actitud.

—¿Eliminar a más de cinco mil millones de smorkys? —exclamó un tanto indignada— ¿Es eso una solución? ¡No, eso es una masacre!

El general, también sorprendido ante las palabras del gran Shirheidg, aclaró de una forma tímida.

—Es posible realizar esa eliminación y en muy poco tiempo. Lo sabéis muy bien, sin embargo, opino que no sería lo adecuado, pero sí una solución al grave problema que tenemos planteado, un problema de supervivencia, quizá.

—Como la posibilidad de entendernos con ellos, según el general es algo impensable, por lo tanto imposible, la segunda solución sería… —inclinó levemente su cabeza mientras sus placas faciales adquirían tonalidades con tendencia al rojo—, la segunda solución sería… —repitió con extremada lentitud—, abandonar el planeta e intentar el regreso a Shirheidg.

Y dichas estas palabras, tomó asiento de nuevo ante la actitud de expectación de sus compañeros de asamblea. Los murmullos atronaron la sala. Las reacciones eran muy contradictorias entre los presentes. Las dos soluciones enunciadas por el gran Shirheidg les parecían terroríficas y casi imposible de llevar a la práctica.

—¡Eso sería el holocausto de los Shirheidg! —exclamó el componente más joven de la asamblea.

Un impresionante silencio se cernió sobre la sala. Los rostros de los componentes se mostraron amorfos, un oscuro aspecto metálico recubría sus facciones. Definían el temor, la duda, la impotencia.

La Venerable Shirheidg pensó que había llegado el momento definitivo, había que optar por alguna solución, aunque nada era apremiante, tendrían que dejar definido cual iba a ser la actuación de la raza Shirheidg en un futuro muy próximo, y no medido precisamente con sus parámetros temporales.

—Queridos hermanos Shirheidg — expresó la Venerable con una tonalidad y matiz de voz propia de una madre, la madre que se sentía de todos los componentes de la raza perdidos en un lejanísimo planeta, que se había presentado como ideal para la prolongación de la misma y que ahora se revolvía en su contra—, espero que mis palabras lleguen a conseguir el efecto perseguido. Quiero, en primer lugar, que vuestros corazones, como componentes de la raza Shirheidg, estén a la altura deseada. Espero ansiosamente que penséis que estamos todos juntos, en nuestro planeta y que la decisión a adoptar es la de toda una raza, raza con millones de ciclos de existencia, desarrollada en toda su potencialidad y tan sólo acosada por las vicisitudes físicas del desarrollo planetario en un Universo cambiante en todos los sentidos y en el que difícilmente podemos influir.

La expresión de la Venerable reflejaba el relajamiento que comenzaba a sentir. Una sensación de paz la estaba inundando y las irisaciones de su rostro contagiaban a los componentes de la asamblea que empezaba a unirse en comunión total.

—No tenemos posibilidad alguna de saber cual es el estado de nuestro planeta y de nuestra raza —continuó la Venerable con voz firme, deseosa de convencer—. Considerando el tiempo transcurrido desde nuestra partida y teniendo en cuenta el periodo transcurrido en este planeta en estado de hibernación, nuestras generaciones hace tiempo que han desparecido. ¿Qué habrá sido de nuestro planeta?

El general Vrock Trungstinein se removió inquieto en su asiento.

—Venerable Shirheidg —tomó la palabra el general—. Puedo decir que nuestra Regencia Shirheidg no ha enviado una sola expedición para buscar planetas con posibilidades de colonización. Han salido de forma escalonada y muy discretamente para no crear una alarma en la población. Las expediciones, en principio, se les dieron la categoría de seguridad como normales.

La Venerable miró al general condescendientemente.

—Admirado Vrock —le dijo—, sois consciente de las probabilidades de encontrar planetas con posibilidades de albergar vida. Teóricamente son escasas frente a la inmensidad del universo, aunque el número posible parezca elevadísimo. Es como encontrar un determinado grano de arena en la inmensidad del océano y pienso que me quedo muy corta en la apreciación. En consecuencia, creer que nuestra raza todavía persiste en nuestro planeta de origen o que se han trasladado a otro planeta descubierto por cualquiera de las expediciones enviadas es una verdadera utopía.

—¿Queréis decir que ya nos encontramos solos en el Universo como raza Shirheidg? —exclamó de nuevo el personaje más joven de la comunidad— ¿Qué va a ser de nosotros, entonces?

De nuevo el silencio se apoderó de la sala y los rostros de todos los presentes no mostraban irisación alguna, el pesimismo se había apoderado de ellos.

—Amadísimos hijos —se dejó oír con potencia la voz de la Venerable—, nuestra única solución es abandonar este planeta y dejar que los smorkys decidan su destino sin nuestra presencia intimidándoles constantemente. Sería impensable actuar sobre ellos de forma salvaje. Para nuestra desgracia, una de las premisas para colonizar un planeta es la ausencia total de vida inteligente en él, por pequeña que sea, y aunque la hemos introducido nosotros involuntariamente, esto no cambia las condiciones.

El general Vrock asentía con ligeros movimientos de cabeza aunque la congoja le estaba aprisionando su enorme corazón, produciéndole daño. Mientras, la Asamblea escuchaba silenciosa las palabras de la Venerable.

—Nos quedaría por decidir nuestro rumbo —añadió con voz entrecortada—, y la forma de realizar nuestro viaje hacia…, quizá la nada. Si optamos nuevamente por el estado de hibernación, probablemente no nos despertaremos nunca, Nuestros organismos sufren el paso del tiempo aunque sea en ese estado. Eso sería desperdiciar lo que nos queda de vida temporal. Pienso que debemos abandonar esta zona de la Galaxia totalmente despiertos, disfrutando como una Comunidad viva y con deseos de conocimiento, y en nuestro viaje tendremos múltiples ocasiones para conocer la evolución del Universo y llegar a comprenderlo. Podría ocurrir que en nuestro periplo, la diosa fortuna nos presentase nuevamente otra oportunidad.

Los Shirheidg se miraron unos a otros. En sus mentes tomaron conciencia de la propuesta de la Venerable y de inmediato comenzaron a aceptarla. Sus rostros mostraron agradables irisaciones mientras que sus mentes la alentaban y animaban. Sintieron que la esperanza empezaba a anidar de nuevo en sus corazones.

Sin palabras, la Asamblea aceptaba la decisión de la persona que siempre les había dirigido y por la que sentían adoración total.

 

 

 

—¡Señor Presidente! —exclamó el comandante en jefe de las fuerzas armadas que vigilaban las instalaciones extraterrestres a través de una sesión de videoconferencia— ¡Se están produciendo unas ligeras vibraciones en la estructura alienígena! —con exacerbado nerviosismo, trató de explicarle al presidente de los Estados Unidos y delegado de todas las naciones de la tierra ante la crisis abierta por estas circunstancias, lo que estaba ocurriendo— ¡Desconocemos las causas y que ocurrirá a continuación, pero lo que no cabe la menor duda, es que se van a poner en movimiento!

—¿En movimiento toda esa impresionante estructura? —chilló el presidente — ¿Está en sus cabales, comandante?

—Sí, señor —respondió con rapidez el comandante—. No sabemos lo que está ocurriendo en el interior, pero soy partidario de iniciar un ataque masivo convencional, y en caso necesario, recurrir al armamento nuclear.

La estructura comenzó a elevarse, lentamente, silenciosa, mayestática, sin percibir ni alterarse por toda la agresividad y violencia descargada sobre ella.

Y ante la mirada incrédula del mundo entero, que se encontraban pendientes del desarrollo de la operación a través de todos los medios de comunicación existentes en la Tierra, la estructura continuó ganando altura, impasible, sin dar muestras de iniciar represalia alguna.

 El movimiento de la estructura contravenía todas las leyes físicas conocidas hasta el momento, y las mentes más prepotentes se negaban a admitirlo.

El comandante en jefe ordenó a todos los aviones disponibles a su mando que iniciasen el ataque contra la nave y si sobrepasaban la capa de aire de la Tierra sin conseguir derribarla, que optasen por el empleo de la fuerza atómica de sus misiles.

La estructura desapareció finalmente de las pantallas de todos los sistemas de detección y localización distribuidos a lo largo de todo el planeta. En un instante fue absorbida en la nada, no sin antes mostrar una espectacular emisión de diferentes tonalidades de luz y color ante el asombro de los terrestres.

 

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