COLABORACIONES
 FUENSI - BRISA

 
 
 

 


I S A B E L


 

“Esta noche he vuelto a tener el sueño”, le dijo Isabel a su amiga mientras tomaban un café en la amplia y soleada Plaza Mayor. Su rostro expresaba el ensueño que tal pensamiento le producía, mientras que Ana la miraba fijamente con un gesto pícaro pero no exento de envidia. Siempre sostuvo que Isabel era una mujer encantadora capaz de tener vivencias inalcanzables para el resto de los mortales.

 

El sol había sobrepasado el cenit pero sus ardientes rayos todavía producían fuertes sensaciones de calor cuando ya el verano estaba prácticamente vencido. Debajo de un gran parasol, atraían las miradas de los hombres que pasaban por los alrededores. Las dos eran muy guapas y vestían de forma elegante, pero Isabel irradiaba belleza y simpatía y cautivaba con facilidad al sexo opuesto.

 

Hacía ya un tiempo que Isabel tenía una gran actividad onírica, tan fuertemente vivida que, cuando se despertaba, tenía la sensación de que acababa de salir de otra realidad.

 

Estos reiterativos sueños tenían dos personajes, “ella” y “él”. Quizá algún otro se moviera dentro de ellos, pero no era consciente. La realidad entre “ella” y “el” era tan fuerte, que todo lo demás se le escapaba.

 

No conocía su nombre, no sabía quien era, le resultaba familiar en su realidad diaria, pero era el compañero de sus sueños. A veces dudaba de cual de las dos “realidades” era la cierta.

 

Cada sueño era diferente pero en todos ellos había mucho de común. Isabel se deleitaba cuando las manos de su “amante imaginario” exploraban su cuerpo, centímetro a centímetro, con suavidad, con ternura, mientras sus labios se unían en un largo y ardiente beso. Lentamente pero con ademanes precisos y con una gran carga erótica, deslizaba los tirantes de su vestido y finalmente lo desprendía de su cuerpo para dejarlo caer a sus pies. A Isabel se le erizaba la piel con los suaves roces de las manos de “él” y el calor de su cuerpo ascendía mientras hacía lo mismo con las vestiduras de su tierno amante onírico.

 

Bajo la tenue y palpitante luz de unas velas o en un maravilloso atardecer primaveral, su cuerpo era recorrido por sus ondulantes curvas produciéndole voluptuosos estremecimientos. Poco a poco, sin prisas, con toda la vida por delante, se desnudaban mutuamente mientras sus bocas se buscaban con ansiedad de posesión, frenéticamente, deseando absorberse plenamente. Las manos de “el” delineaban con placer las suaves curvas de las preciosas caderas con las que la Madre Naturaleza había dotado a Isabel, continuaba hasta alcanzar sus muslos, sensualmente suaves, calidos, aterciopelados, hasta rozar su sexo. Isabel emitía un débil gemido placentero lanzando instintivamente la pelvis hacia delante y arqueando su cuerpo con tensión presionaba la mano de “el”.

 

Se movían con energía cuando unieron sus cuerpos totalmente deseando alcanzar un placer sin control, sin medida, inmenso, que contuviera al Universo con plenitud. Por instantes parecían incapaces de contenerse y alcanzar la deflagración total, sin embargo, conseguían prolongar aquellos instantes de orgasmo continuo tratando de unirse en toda una eternidad.

 

Y tras unos minutos, sintiéndose desmadejados el uno al lado del otro con toda la desnudez de sus cuerpos, volvían a empezar para convulsionarse una, dos, mil veces más sin poder contenerse en la explosión final que obnubilaba sus sentidos.

 

Con sus cuerpos muy unidos, su sentido de la realidad vivida iba desapareciendo hasta volver a encontrarse sola y mojada sobre su amplia cama, produciendo la sensación de que había pasado un huracán sobre ella. Su vivencia era tan fuerte que no comprendía que fuese irreal, fruto de su imaginación. ¡No!, ¡No lo creía!

 

Últimamente comenzó a observar su cuerpo con detenimiento, buscando alguna señal que le despejara sus dudas. Encontró algún resto de sangre en sus bien cuidadas uñas, recordando y parecía estar viéndolo, cuando con ellas arañaba la piel de la fuerte espalda de “él” tras las convulsiones de extraordinarios orgasmos. De cuando en cuando, encontraba pequeños moratones en la parte interior de sus muslos o ligeros mordiscos en el cuello o sobre sus bien formados pechos. Todo ello le parecía ridículo, pensando que había alguna explicación lógica para ello, aunque en su fuero interno no dejaba de creer que todos los vestigios eran producidos en sus sueños de amor.

 

La última noche había rozado su mejilla produciéndole un corte superficial en ella y que dejó sus huellas de sangre en su mano y sobre la almohada, además de ligeros vestigios sobre sus labios cuando le besó compungida por el daño ingerido.

 

Ana, su mejor amiga, le preguntaba incansablemente sobre el desarrollo de sus sueños, de lo que sentía. Isabel, al principio, le contaba cosas, pero poco a poco le parecía que se desnudaba ante ella y comenzó a sentir recelo de descubrir sus más íntimos acontecimientos. Creía que a “él” le importaría y fue limitando sus confidencias.

 

De repente se puso en pie con brusquedad, lanzando ruidosamente la silla al suelo. Su falda se abrió dejando ver sus hermosas y bien torneadas piernas pero no le prestó atención. Su rostro alcanzó la lividez total.

 

A escasos metros pudo distinguir con claridad total a un hombre que se acercaba, vestido impecablemente con traje azul marino y corbata de rayas rojas sobre una camisa malva. Su rostro, todavía aniñado pero de fuerte mentón que permitía adivinar su carácter fuerte, estaba serio, terriblemente serio, reflejando incredulidad ante lo que estaba contemplando. Su sorpresa era infinita, rayando el temor. Su mirada penetrante estaba clavada en los ojos de Isabel. En el lado izquierdo de su rostro, cruzándolo, un largo corte todavía enrojecido, atraía hipnóticamente la mirada de Isabel. Le reconoció. Reconoció sus ojos, su mirada, sus tiernos y sensuales labios. Reconoció el corte que hacía unas horas le había producido en sueños; ¿en sueños? Trató de avanzar hacia él pero su cuerpo no le obedecía. Quiso llorar, quiso gritar…, pero fue comprendiendo tan sólo, como su cuerpo se iba desplomando sintiéndose sin fuerzas para mantenerlo en pie. Pudo ver, intuir o adivinar como los brazos de “él” se alargaban para recogerla, como tantas y tantas veces había hecho para dejarla tiernamente sobre su cama, antes de que alcanzara en suelo.

 

Sus rostros se distendieron. “Él” la cogió amorosamente entre sus brazos sin entender nada pero con calor en su corazón., mientras que Isabel comenzaba a soñar.


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