COLABORACIONES
 FUENSI - BRISA

 
 
 

 

MIRANDO HACIA EL PASADO

 

Todavía sentía un extraño  nerviosismo mientras dirigía mis pasos hacia la estación de autobuses. Miraba mi atuendo maldiciendo las bajas temperaturas por no poder vestirme con ropa que reflejaran los sentimientos que mi cuerpo y mi alma deseaban transmitir. Unas horas antes, había recibido un mensaje en el móvil, era de él y me decía que tenía grandes deseos de verme y charlar unos instantes alrededor de unas tazas de café.

 

Fue nuestro primer café junto a la estación de autobuses, impregnado de un gran bullicio, fuertes conversaciones, pasajeros con sus maletas y miradas perdidas, gentes de diversas nacionalidades que se esforzaban en hacerse entender.

 

En medio de esta algarabía estaba él, impecable. Vestía un traje azul oscuro de buen corte, una camisa a rayas de un suave violeta y una corbata de color rojo. Un abrigo negro completaba su vestimenta, proporcionándole, junto a su estatura, una aureola no acorde con el lugar.

 

Me acerqué con una tímida sonrisa en mi rostro, temblorosa porque podía notar el rubor de mis mejillas. Siempre había conseguido con su sola presencia, alterar el ritmo de los latidos de mi corazón. Cuando se dio cuenta de mi presencia, se adelantó con los brazos abiertos y besó mis mejillas mientras oprimía mis hombros. Tuvo que inclinarse, ya que su altura no me permitía alcanzar las suyas.

 

Cogió mi brazo con delicadeza para dirigirme hacia la cafetería. Sorteamos algunas mesas mientras me preguntaba donde me apetecía sentarme, aunque no teníamos demasiadas opciones, ya que casi estaba al completo.

 

Nuestro café tenía que ser rápido, mi tiempo estaba limitado por mi trabajo y se acercaba la hora de la apertura. Su mensaje apenas me dio tiempo para reaccionar y no pude preparar mi entrada para un poco más tarde.

 

Sentados frente a frente, el hablaba y sonreía, me miraba directamente a los ojos produciéndome la sensación de que me estaba atravesando y penetrando en mi cuerpo. Le escuchaba mientras un extraño y cálido hormigueo se apoderaba de todo mi ser haciéndome sentir infantil. Recordamos nuestras conversaciones de antaño, con ternura, con cariño, sintiendo esa amistad que nos unía en el tiempo y en la distancia y que según sus palabras, le fueron muy útiles a pesar de que yo nunca fui consciente de ello.

 

No dejó de repetir lo mucho que le gustaba verme sonreír y que los matices de voz siempre le acompañaban como un grato recuerdo. Comentó que en más de una ocasión en plena calle se había girado al escuchar una voz similar a la mía y que su corazón se había desbocado ilusionado pensando que me iba a encontrar a su lado. La calidez de sus palabras me tenía arrobada, penetraban en mí haciéndome sentir en el séptimo cielo.

 

El tiempo volaba a su lado y debía marcharme. Así se lo hice saber con pesadumbre. Me hubiera gustado quedarme allí horas y horas tan sólo con el placer de nuestras miradas. ¡Dios mío, cuánto pueden decir a veces!

 

Sorteamos los asientos de la cafetería mientras hablábamos de su fugaz visita a esta encantadora ciudad que él, apenas conocía. Ya en la puerta de la calle, sus ojos negros se clavaron en los míos y pude observar un ligero fulgor que me produjo un vuelvo en el corazón. No fui capaz de interpretar su mirada, pero, indudablemente, mostraba cariño y…, quizá una pizca de deseo.

 

Volvió a inclinarse de nuevo y sus labios rozaron mis mejillas, esta vez, muy cerca de mis labios que encendieron mis deseos de besarlo, pero tan sólo pude decirle que me alegraba mucho de verle nuevamente. Sintiendo como un tibio calor ascendía por todo mi cuerpo, me di la vuelta, alcé la mano en señal de despedida y comencé a caminar con paso rápido, aunque no seguro, mis piernas parecían no querer obedecerme, sin embargo, sabía que el permanecía inmóvil mirándome. El recorrido hasta mi lugar de trabajo transcurrió sobre una blanca y cálida nube de la que no hubiera querido bajar.

 

Casi sin darme tiempo a quitarme la ropa de abrigo sonó mi móvil. Era un mensaje suyo, escueto pero enternecedor; “no miraste hacia atrás, privándome de volver a ver tu dulce sonrisa”. Las lágrimas afloraron en mis ojos y tuve que hacer esfuerzos para impedirles salir.

 

Durante muchos días estuve sintiendo su mirada sobre mí y la caricia de su voz en mis oídos. No comprendía como en tan escaso tiempo había logrado que sintiera todo este cúmulo de sensaciones, pero me gustaban y me satisfacían.

 

Imaginaba que tardaría mucho tiempo en saber algo de él y añoraba esa voz encantadora, su mirada seductora y penetrante, su elegante forma de caminar, su sonrisa de ensueño. No fue así. Hace aproximadamente dos meses que le vi por última vez y hoy recibí su llamada a primera hora de la mañana. Regresaba nuevamente a la ciudad por motivos de trabajo y tenía grandes deseos de volver a verme. Nuestras citas siempre eran rápidas, fugaces como un sueño en el que entras y cuando te despiertas, casi no recuerdas lo soñado, pero que deja un recuerdo imborrable. Deseé que esta vez no fuese tan efímera como las anteriores.

 

Acudí a su hotel. Me esperaba en recepción, un espléndido salón que compartía espacio con unas ruinas históricas de una iglesia románica que nos sumergieron en un encanto especial que nos transportó a aquella época. Envueltos en un agradable y aromático olor del humo de las velas, nuestro saludo fue muy sugestivo, fascinante y seductor. Su pelo, todavía húmedo, era abundante y de color negro profundo, como sus ojos. Nos resistíamos a abandonar la estancia, pero sabíamos que no era el lugar apropiado para conversar.

 

Tomó su abrigo que había dejado sobre un sillón y se lo puso con ademán taimado. Vestía una chaqueta beige de angora y unos pantalones azules, camisa color crema y corbata a rayas marrones. El bronceado de su rostro resaltaba con el color de su chaqueta. Sabía vestir y de forma muy natural. Sus ademanes, con su estatura, parecían de actor sobre un escenario.

 

Salimos del hotel y comenzamos a caminar sin rumbo fijo por las callejuelas de los alrededores. Desde el río hacia el casco antiguo se respiraba una tranquilidad difícil de definir, quizá motivada por lo solitario del entorno, sin estudiantes, sin paseantes y apenas algún vehículo que se perdía de inmediato. Sentí que, al ser mitad de semana, la ciudad nos pertenecía. No salía de su asombro al recorrer cada una de las encantadoras callejuelas y contemplar tantas iglesias, tantas como bares.

 

El casco histórico de la ciudad está muy bien iluminado, lo que me permitía explicarle, emocionada, tengo que reconocerlo, cada uno de los bellos rincones por los que pasábamos. Manel, así se llama mi alto acompañante, me escuchaba con atención, parecía disfrutar con cada una de mis palabras. Si en algún momento guardaba silencio, rápidamente me decía “continúa por favor, me seduce escuchar tu voz sensual, cadenciosa y apasionada al relatarme todas estas maravillas”. Estaba segura de que conseguía sonrojarme, lo intuía pero no me importaba, me sentía bien, muy bien, incluso feliz.

 

Recorrimos la Gran Vía hasta el final. La noche era fría y comenzaba a bajar la niebla, y aunque su encanto nos atraía, se acercaba la hora de cenar algo. Entramos en un restaurante, de comida brasileña. Un camarero solícito nos acompañó hasta una de las mesas situada en un rincón y poco iluminada. Hubiera preferido otra más iluminada y poder contemplar mejor su rostro y sus gestos, pero opté por guardar silencio, quizá esta era algo más romántica.

 

Pedimos una cena ligera, procurando que no contuviese demasiadas especias picantes. Mientras la disfrutamos, hablamos de nuestros pasados, profundizando en algunas ocasiones, pero durante poco tiempo. Sentíamos la necesidad de hablar del presente, de nuestras ilusiones, de nuestros sueños, del momento que estábamos disfrutando, sin que nada nos alejara de ello.

 

Nos sirvieron un vino agradable que me proporcionó un calorcillo sensual en mi cuerpo. Brindamos varias veces, sólo por nosotros, siempre por nosotros. No tomamos la caipiriña que nos ofrecieron, preferimos terminar el agradable vino en medio de nuestra conversación y del humo de nuestros cigarrillos.

 

De regreso, volvimos a caminar por calles solitarias, atravesamos la plaza Mayor, donde tan sólo se oían nuestros pasos, los latidos de mi corazón y mi nombre… “¿Isabel, dónde tomaremos café?”. Comenzaba a entrar la madrugada sobre la ciudad, la hora del ensueño y del encanto, la hora de las brujas preparando las pócimas del amor para disfrute de los mortales, Las campanas del Ayuntamiento nos lo estaban recordando.

 

“Tomaremos café en mi rincón favorito, frente al Tormento, es un lugar muy especial, pequeño, acogedor, romántico…” El humo de las velas, el café con leche y las pastas adornaban nuestra minúscula mesa. Hablamos bajito, casi al oído, susurrándonos palabras cariñosas, bonitas, lisonjeras, incluso las gracias tuvieron un lugar para hacernos sonreír.

 

La última copa la degustamos en la Posada de las Ánimas. Manel tenía que madrugar, yo también, pero no queríamos romper el encanto y el embrujo de la noche, y volvimos a brindar, juntos, muy juntos, nuestras bocas casi se rozaban y yo sentía su cálido aliento sobre mi piel, y me sentía enervada y mi cuerpo me lo estaba diciendo. “Por ti, Isabel, por tu sonrisa, por tu voz, por tu alegría…, por ti”.

 

No recuerdo muy bien, pero de repente nos vimos de pie dispuestos a abandonar el local. El reloj nos sometía con toda su crueldad. Ya en su hotel, antes de cruzar la entrada nos despedimos mirándonos a los ojos. Fue una mirada muda en la que sentí congoja. Nos dimos dos besos, el primero, en la mejilla, en el segundo, de forma tímida pero cargado de mucha sensualidad, nuestros labios se unieron unos instantes, fugazmente, pero fueron unos inolvidables segundos en los que sentí como sus manos apretaban mi cintura denotando unos grandes deseos de continuar juntos.

 

Se acercó el taxi que había llamado unos minutos antes. Hizo sonar la bocina obligándonos a separarnos. Mi mano rozó su mejilla. “Manel, no sé cuando, pero sé que volveremos a vernos muy pronto”, y me dirigí rauda hacia el taxi sintiendo como unas lágrimas rebeldes salían ya de mis ojos. No quería mirar por la ventanilla para que no me traicionaran, pero mis ansias pudieron más, y allí estaba él, con su cara casi pegada al taxi mirándome a los ojos como si quisiera hipnotizarme…, y lo había conseguido.

 

Antes de cruzar la puerta de mi casa, tenía un mensaje en el móvil. “¡Isabel…. Vuelve!”. No pude dormir en toda la noche y pensé que no fue cuestión de volver hacia donde no debí de salir….



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