COLABORACIONES
 FUENSI - BRISA

 
 
 

 

¿DESPEDIDA?
 

 


 

Cada mañana al despertar, vuelve a mi mente aquella entrañable noche. A veces tengo la sensación de encontrarme en medio de una nebulosa, incapaz de discernir entre el ensueño y la realidad. Pero algo era cierto, continuaba añorándolo.

 

Fueron pasando los días sin noticia alguna de él, y eso hería mi sensibilidad y mis sentimientos. No acertaba a comprender sus silencios, pero me estaba haciendo a la idea de que eso, sería la realidad. En ocasiones, me descubría a mi misma mirando la acera de enfrente a través del ventanal, tratando de vislumbrar su figura.

 

Un día, antes de finalizar la jornada de trabajo, sonó mi teléfono móvil. Estaba totalmente absorta revisando unos documentos y contesté sin fijarme en quien llamaba. El corazón me dio un vuelco al escuchar su voz. Sonó suave, tierna, sosegada y susurrante. Volvía nuevamente a mi querida y encantadora ciudad y me preguntaba si podíamos vernos. ¡Cuánto lo deseaba! Sentí como la emoción cabalgaba sobre mis palabras mientras mi rostro enrojecía pensando en que podría estar dándose cuenta. Era un martes y me dijo que llegaría el miércoles pero a una hora muy tardía, y que el jueves esperaba verme una vez termináramos nuestros trabajos.

 

Me sentí nerviosa y cuando llegué a mi casa, no sabría decir muy bien que había sucedido en el trayecto, aunque me imagino que sería el habitual. De lo que sí estaba segura, es que tardaría algunas horas en conciliar el sueño y que recordaría cada instante de su visita anterior.

 

El jueves por la mañana recibí un escueto mensaje suyo; “Ya estoy aquí, esta tarde nos vemos” A cada segundo que transcurría me sentía más azarada mientras mis mariposas revoloteaban dentro de mi estómago.

 

El trabajo matutino transcurría con relativa calma y a pesar de no estar muy concentrada en él, fui desarrollándolo con normalidad hasta que miré hacia la calle, ¡y allí estaba él! Sonriente, apoyado displicentemente sobre su coche, elegantemente vestido con un traje gris marengo que estilizaba más aún su figura, una camisa azul pálido, corbata roja y unas gafas de sol ocultando sus ojos, intuía que tenía la mirada fija en el ventanal.

 

Sentí la misma sensación otra vez, el rubor se apoderó de mis mejillas, pero sin dudarlo, atravesé la calle y me acerqué a él. Retiró las gafas de sus ojos y me miró con su expresión sonriente, cautivadora y a la vez divertida. Tenía un encanto especial. Nos besamos en las mejillas antes de pronunciar palabra, sentí sus manos en mi cintura y posó sus labios calientes y húmedos sobre los míos. Fue un beso fugaz pero que me hizo desfallecer. Volví a sentir con todo mi cuerpo, con todo mi ser, sus delicadas caricias. Me dijo que no había podido resistir hasta la tarde sin verme, por eso, estaba allí, para tomar, al menos, un café rápido.

 

Tuve que regresar rápidamente a mi trabajo y ya desde el interior, pude comprobar que aún continuaba allí, apoyado en su potente coche de color negro, con actitud indolente, pero sin quitar su mirada del ventanal. Poco después, beso sus dedos e hizo ademán de enviármelos. Sentía un poco de vergüenza por si mis compañeras de trabajo se estaban dando cuenta. De inmediato, se introdujo en el vehículo y partió.

 

Estaba transportada sobre una gran nube blanca y no daba crédito a las sensaciones que se estaban despertando en mí. Me pareció ser una colegiala viéndose a escondidas con su primer amor.

 

Hacia media tarde tuve que salir del despacho para hacer unas gestiones. Me había arreglado para gustarle y cambié los cómodos vaqueros por una falda de color azul, por encima de las rodillas, una blusa de seda semitransparente que permitía adivinar el color de mi ropa interior y una chaqueta de color rojo, ajustada, completando mi atuendo con unos zapatos rojos de tacón alto. Al salir, mi compañera me azotó ligeramente el trasero mientras en su rostro se formaba una amplia sonrisa de complicidad. Ya en la calle, y al doblar la esquina, siento que me agarran el brazo. Me vuelvo con premura y allí estaba Manel, con su sonrisa en el rostro mirándome con picardía. Me dijo que sus deseos de estar conmigo le habían llevado a realizar su trabajo con diligencia. Mi corazón sentía necesidad de desbocarse, sentí deseos de colgarme de su cuello y besarlo con locura, allí, en plena calle.

 

Cuando llegamos al amplio portal del edificio  hacia el que me dirigía, me miró con sus ojos negros, profundos, que pretendían atravesarme, inclinó ligeramente su cabeza y me besó en los labios, apenas rozándolos pero transmitiéndome toda la sensualidad en ellos encerrada. Volvió a mirarme acariciándome el rostro con las dos manos y volvió a besarme, con esos besos que me transportaron al cielo. Nuestro alrededor ya no existía para mí, hasta que me devolvió a la realidad al decirme que me esperaba allí, que no tardara en volver.

 

Jamás había hablado tanto con la mirada, jamás había leído tanto en los ojos de nadie. Deseábamos ser dos mudos que sólo entendían el lenguaje del cariño, la compañía, la mirada, la pasión, el encanto, la ternura…, y sentir como el amor se iba liberando de nuestros seres para unirse en una comunión perfecta.

 

Un poco antes de las ocho de la tarde ya se encontraba esperándome apoyado en su coche. Se había cambiado y vestía un suéter de color azul claro, una camisa azul marino con amplias rayas blancas y pantalón negro. Su complexión atlética queda espléndidamente definida con el atuendo.

 

Una vez en el coche, me preguntó por el restaurante donde iríamos a cenar. Le indiqué un asador situado en las afueras, muy agradable y con facilidad para aparcar. Fue haciéndome preguntas sobre mi persona. Me sentía increíblemente atraída hacia él como un imán…, eran sus ojos, su tierna mirada, su generosa y a menudo pícara sonrisa, que le conferían un aspecto aniñado y encantador. ¡Me parecía un hombre increíble! Su facilidad de palabra, la perfecta construcción de las frases denotaban una excelente formación, acompañada de una elegancia innata.

 

Cuando llegamos al parking y amparados en la semipenumbra comenzó a besarme, tiernamente, con delicadeza, pero con besos profundos en los que se me escapaba el alma. Me cuerpo se excitó con facilidad y creo que él, lo captó de inmediato. Tuve que decirle que la cena nos esperaba y que me sentía hambrienta… ¡aunque de él! Pero necesitaba un respiro para ordenar mis sensaciones, mis vibraciones y mi mente. Quise decirle “¿Cómo no perder la razón mientras manda el corazón? Hablemos en silencio, amor, que el sentir no tiene voz”, pero a la vez, quería huir.

 

Seguramente comimos la especialidad del restaurante, no podría asegurarlo, pero brindamos muchas veces con un excelente cava mientras nuestras miradas seguían convirtiéndose en deseo. Antes de brindar por última vez, me propuso que le acompañara por esa noche en el hotel. No pude aceptar, pero tampoco negarme. Fue algo que quedó en el aire, aunque tenía pocas dudas, terminaríamos dormidos muy juntos. Los vapores del cava me estaban ayudando a tomar la decisión.

 

De nuevo en el aparcamiento y antes de poner el coche en marcha, volvió a besarme. Esta vez me abandoné totalmente en sus brazos sintiendo como mi piel se erizaba de placer. Continuó besándome con pasión mientras sus manos iniciaban un recorrido por todo mi cuerpo. Cuando sus dedos rozaron mis pechos, una oleada de placer me inundó sintiendo como mis pezones entraban en erección. Apreté mi cuerpo contra el suyo con verdadero frenesí. Cada milímetro recorrido por las yemas de sus dedos sobre mi piel enervaban mis sentidos acercándome a la proximidad de sentir un orgasmo, deseando abandonarme totalmente en sus manos y conseguirlo. ¡Dios mío!, gritó mi mente, dándose cuenta que sintiendo lo que sentía, hacer el amor con él sería sublime, pero ya no sabría vivir sin él, no podría soportar la separación y todo lo que pudiera venir después. Y comencé a llorar, en medio de un estado placentero, mis ojos se cubrieron de lágrimas y mi corazón comenzó a encogerse.

 

Manel se dio cuenta y detuvo sus avances. Volvió a sonreír tiernamente y me preguntó el motivo de mi llanto. Me dijo que no teníamos que hacer lo que no deseáramos hacer, aunque yo sabía muy bien que él lo estaba deseando ardientemente, al igual que yo. Lo leía en sus ojos, en su rostro, en todo su cuerpo. Pero una tremenda congoja se apoderó de mí. Tuve pánico de sentir el amor con plenitud y después tener que prescindir de él.

 

Estuvimos un buen rato en silencio. Luego, puso el coche en marcha y abandonamos el lugar, mientras que mi llanto entrecortado no cesaba. Me sentía ridícula a su lado, pero convencida de mi decisión. En las proximidades del hotel volvió a preguntarme lo mismo, aunque su voz estaba cargada de seriedad y quizá de malhumor. Sus deseos de pasar la noche juntos en el hotel eran muy grandes. ¡Yo negaba con la cabeza mientras que con el corazón decía sí! Sólo pude pedirle que me acercara a mi casa.

 

Se hizo un profundo silencio y con gesto serio, puso el coche en marcha. Bordeamos la margen izquierda del río, que me pareció inquieto, triste, oscuro e incluso, tétrico, al igual que sentía mi alma. ¡Mi querido Tormes, parecía identificarse conmigo! Ya en los alrededores de mi edificio le indiqué que se detuviese. Así lo hizo. Volvió a tomar mi rostro entre sus manos y lo cubrió de besos. Me preguntaba insistentemente que me ocurría y si me había ofendido en algo. Tan sólo pude responder que, si en otra ocasión volvíamos a vernos, se lo contaría todo. Le contaría ese terrible pánico a sentir locura por él y no poder tenerlo, a sentir el amor fugazmente y perderlo, le contaría…, cosas que quizá nunca llegue a contarle. Con una terrible congoja en mi pecho, abandoné el coche, le abandoné a él y me perdí en la oscuridad de la calle sin volver la vista atrás.



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