COLABORACIONES





ROSA JAÉN - ROSMAR
 




Nacida en Madrid, bajo el signo de Aries (26 de marzo). Hija de conquenses.



Breve Currículum Literario

Actividad profesional:

- Colaboradora en revistas literarias internacionales y periódicos.

- Narradora, poetisa, ensayista, autora y profesora de teatro infantil.

- Investigadora y conferenciante.

Ensayo:

   - Mujeres en el umbral de la Historia. (Epístolas a Mujeres Españolas de los siglos X al XVI) Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 2005 Prólogo: Luis Alberto de Cuenca.

Poesía:

       - Sortilegios.  (Madrid, 1984) Prólogo: Ramón Hernández.

      - La Huella de los dioses.  (Ediciones Torremozas, Madrid, 1987).

Prólogo: Manuel Alonso Alcalde.

     Teatro:

     - La Paz de Saturio  Cuadernos de Talía – Agrupación Hispana de Escritores (Madrid, 1995). Premio Nacional de Teatro Infantil y Juvenil.

Amigos de la Cultura, de Lorca (Murcia)

Incluida en el Diccionario de Escritores en Lengua Castellana (2004) Publicado por C.E.D.R.O. y Ministerio de Cultura y en la Cátedra de Miguel Delibes. (2007).






    
LA HABITACIÓN AZUL


Giró el pomo de la puerta y quedó indecisa sin atreverse a trasponer el umbral, una luz difusa penetraba en la estancia a través de las rendijas de las persianas; finalmente se decidió y pulsó el interruptor. Las transparentes arañas sembraron de iridiscencias la habitación dispuesta con lujo y refinamiento. La tapicería de las butacas, la moqueta del suelo, paredes y objetos conjugaban variados tonos de azul, sólo el techo y las cortinas de encaje destacaban con su blancura. Un dormitorio todo azul, como se suponen que son los sueños.

   Ella soñó muchas veces en aquella habitación, soñó que estaba a su lado, y al despertar palpaba la cama, desierta como las aguas de un océano. Extinguido el sueño, por el coletazo de un cachalote que la hacía sentirse náufraga en el amplio lecho. Entonces el terror se apoderaba furiosamente de su carne. Volvía a cerrar los ojos para ignorar el rayo que penetraba, dejando su luz intersticial sobre la almohada. Se sumía en la niebla de no saber qué rumbo había tomado su barco.

   Cerró con estrépito la habitación y se dirigió a la biblioteca, donde los vitrales del amplio ventanal representaban un pasaje del sueño de Don Quijote por la sin par Dulcinea. Fue hacia uno de los ángulos del salón, donde se hallaban expuestos los volúmenes más apreciados, rozó con los dedos los lomos de piel. Correctamente dispuestos, imperturbables, sabedores de verdades y mentiras. Miles de historias narradas sobre los sentimientos. ¿Había alguno cuya historia tuviera similitud con la de ella? No había tenido tiempo para comprobarlo. Demasiado ocupada en comprobar la ausencia de polvo en los anaqueles, apenas había vislumbrado los títulos.

   Recordó que él le había cautivado en su primer encuentro, merced a sus conocimientos literarios. Autores, cuyo solo nombre eran un enigma para ella, le habían sido revelados por él.

   ¡Cuántas veces había oído hablar de la libertad expresada en las páginas! Ella que tanto la había ansiado, se había convertido en esclava de aquella mansión. Todo había sucedido de una forma sutil.

Ella recuerda la alegría que experimentó cuando él le anunció que construiría una casa en el campo y, su estupefacción al ver los planos. Aquello era enorme, un hotel para albergar un mínimo de doce personas y ellos tan sólo eran dos.

   ¡Qué ingenua había sido al pensar que, al fin tendría un hogar! Creyó que aquella mansión había sido edificada por y para ella, tardó varios años en percatarse de su error. Era una joya lúdica para admirar sin amar, un juguete que se alza ante los ojos y se muestra a los demás; se había levantado para que acogiera la vanidad y el orgullo de él.

-Miradla, he aquí este pequeño imperio hecho por un joven que no ha esperado a ser viejo para tener una fortuna -la sinfonía perfecta la había constituido ella misma-. Mi casa, mi esposa.

    A veces, una tromba indefinida arrasa la mente y se mezclan algas, hipocampos y luciérnagas sobre la hierba, sin saber exponer con precisión el elemento que lo ha provocado. ¿Sonrisa de arcángel o diablo sardónico? Era invierno y la luz temblaba sobre la pirueta de una bailarina de Degás, los leños crepitaban y sus lenguas posaban las llamaradas sobre los candelabros de plata, la música de Verdi ponía su acuarela de notas en las copas de Bohemia. Pensó que era un buen momento para hacer la pregunta y romper el monólogo sobre la política y las alzas de la bolsa.

- ¿No te gustaría que tuviésemos un hijo? Alguien que disfrutara del jardín y la casa.

   ¡Horror! Su rostro se transfiguró como si las llamas hubiesen depositado en él tintes violáceos. ¡Un pequeño ser!, un tirano en sus costumbres, desenraizando el edificio. ¡Éste que yo levanté para ti! Era necesario ser grandilocuente, persuasivo, firme, como un torreón medieval, para no dejar al descubierto que se podía poner en entredicho su hombría.

-No es necesario en este planeta superpoblado, otro ser dispuesto a sufrir, morir, y en algún caso a amar. No, estamos mejor así.

   Una vez más, quedó a salvo, su egoísmo y el orgullo. Si no existen ataduras, no tienes responsabilidades. ¿Por qué sentirse traumatizado?, cuando se sabe que el río es incapaz de proporcionar plancton para hacer vibrar nuevos pececillos, pero los demás lo ignoran. Quizá por esto, se sentía impulsado a atracar en puertos que le fueran desconocidos. La vida siempre le fue a favor del viento, cogiendo de ella cuanto le ofrecía, podía pagarlo.

   No había sido así para ella, desde la cuna, siempre anduvo bordeando el amor, una y otra vez le fue negado. Fue azotada por múltiples huracanes y, llegó él. Se dejó seducir por sus palabras, bebió en su fuente como única agua capaz de calmar su sed de cariño. Él lo sabía, conocía sus íntimos deseos. Había sido colocado como un astro en su firmamento y cayó como un meteorito. Ella se hundió en las tinieblas, cuando despertó con la amargura de saber que no formaba parte de su galaxia. Él le había arrebatado todas las estrellas diciéndole que eran falsas, ya no hubo ningún sol en su horizonte.

   Le hubiese gustado deshacerse como una ola y arribar en alguna isla ignota, no era posible, dondequiera que fuese le perseguía el fragor de su recuerdo, el perfume y las sombras de esta casa. En ella había volcado todas sus ansias, sin apercibirse de que inexorablemente le había llevado a convertirse en su esclava. Había llegado a prescindir del servicio que le ayudaba a diario. Subió las persianas y se acodó en el alféizar, no pudo evitar la tristeza al contemplar el estado en que se hallaba el jardín, los excrementos de los animales se habían enseñoreado de la verde alfombra de césped. Lo que antes había sido un deleite para la vista, en el que rivalizaban los colores de las diversas plantas, hoy se había convertido en un erial. Sólo las rosas permanecían desafiantes, crecidas a su antojo, reflejando su efímera belleza en las aguas de la piscina.

   Ella lo consideró como un homenaje de fidelidad, un reto a su incapacidad de olvido, aunque había tratado de imponérselo a sí misma, durante aquel tiempo de huída, en el cual había naufragado entre la desesperación de haber perdido su asidero de amor y el señuelo a su total desaparición. Solo el reclamo de una amistad le había permitido no sucumbir a la destrucción total. No era lo peor morirse, sino rozar las alas del moscardón azul que te hunde con su runruneo en la constante desazón de sentir inútil tu vida. Vivir con los nervios como púas imantadas en las yemas de los dedos, fijos los sentidos en un punto preciso que nos transmite su pavor silencioso.

   Como aquella tarde, cuando se desató la tormenta y la soledad caía como una losa. Había cerrado los cristales de todas las ventanas para que no penetrara la lluvia y también algunas persianas. El teléfono era el único cordón umbilical que la unía al exterior, inútilmente esperaba que llegara su voz. Tal vez, estaba de camino, era fin de semana. Sintió la imperiosa necesidad de hablar con alguien y descolgó el auricular, escuchó el mensaje de una voz masculina indicando, que le esperaría en el lugar de siempre, sólo que esta vez le esperaba ese fin de semana. Después el zumbido de la comunicación al cortarse. El rayo había caído cerca y tras su detonación se hicieron las tinieblas. Sintió nauseas, sentada en el sillón, los músculos se negaban a obedecerla.

   No sabría decir cuánto tiempo permaneció allí sentada, de no haber sido por aquella mariposa. Nunca comprendería cómo pudo penetrar en la habitación, revoloteaba a su alrededor, entonces sonó el repiqueteo del teléfono, lo dejó descolgado sobre la mesita, excusas ya escuchadas, lo volvió a poner en su soporte. Haciendo un esfuerzo sobrehumano se levantó y fue a abrir la ventana, la tormenta había cesado y un tímido rayo de sol intentaba atravesar las nubes. Quedó extasiada viendo como la mariposa azul se alejaba, para posarse en un rosal, por un momento, pensó que se alejaría definitivamente, pero volvió a pararse en el alféizar, junto a ella. Hubiese querido retenerla, pero no, hubiese sido su destrucción. Aquel insecto tan frágil y diminuto, inició unos círculos, después alzó el vuelo, se lanzó al aire de la tarde.

   El teléfono volvió a sonar y fue a cogerlo totalmente airada, pero no contestó, sonó la voz de su amiga: “Sé que estás ahí, con una tormenta así, no has salido”. Rompió su silencio y, a borbotones habló, no de ella, ni siquiera de él; sino de la mariposa azul que había alzado su vuelo. Cuando acabó, su amiga volvió a hablar: “No seas como una maleta, dejándote transportar por la vida. Toma parte activa, levanta el vuelo de esa mansión que te ha atrapado. Ven a casa, recuerda a Nora”. Colgaron a un tiempo.

    Retornó al interior de la habitación azul y abrió las puertas del armario. Sintió marejadas por la piel, el perfume de la ropa inundó los poros, recordó otra tarde de lluvia; los dos guareciéndose bajo la misma chaqueta y el verano secando rápidamente los charcos, anunciando el brillo del arco iris. Cogió con decisión la maleta del estante superior, llevaba mucho tiempo, estática, con la boca cerrada: la depositó sobre una silla y la abrió. Fue metiendo la ropa que precisaría para una semana, después volvería.

   Pensó en cuanto duele la soledad y los recuerdos, cuando se sabe que uno es, tan sólo la sombra de una quimera. No puedes convertir de repente a la persona amada, en odio y olvido a la vez. Aunque siempre existe una mariposa que nos indique el norte de la esperanza con sus alas azules. Terminó de llenar la maleta y la cerró, echó una última mirada a la habitación azul, cogió la maleta y al salir dio un portazo, como Nora.

 

Publicado en la Revista SIGLO XX/20TH CENTURY Volume 3, NOS.1-2 (1985-86)

(Twentieth Century Spanish Association of America) University of Boulder (Colorado) U.S.A.


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