MITOS, LEYENDAS Y TRADICIONES
M A I T R E Y A
 
LEYENDAS GALLEGAS




 

EL CAMINO DE SANTIAGO

  

Santiago es un lugar en la memoria del mundo, en el que para siempre quedarán escritos los nombres y el alimento de los que aquí llegaron a través de su dilatada historia. No es ajeno a singulares leyendas como la que dice:
 

Un día, Paio, eremita que oficiaba misa en San Fiz de Solobio, acude a Teodomiro, Obispo de Iría Flavia, advirtiéndole que en el monte Libredón las estrellas alumbraban siempre en el mismo lugar sobre el bosque. Era el día 24 de julio del año 813. El día 25, acudió el obispo con un gran acompañamiento a una espesura de una carballeira y se encuentran una cueva labrada y dentro tres baúles. Abrió el situado en medio y se encontró un cuerpo decapitado con una inscripción: “Aquí yace Santiago, hijo de Zebedeo y Salomé...”.
 

Esto sería el principio de una historia que conseguiría hacer de Santiago, uno de los tres lugares de peregrinación del cristianismo, junto con Jerusalén y Roma.

Según la tradición, en Iria Flavia predicó por primera vez el Apóstol Santiago durante su estancia en España. Fue decapitado en Jerusalén por Herodes Agripa I, y poco tiempo después trajeron su cuerpo y su cabeza. El traslado a Hispania fue realizado por sus discípulos Teodoro y Atanasio, transportándolo en una barca de piedra. La amarraron  a un pedrón, y de ahí el topónimo actual de Padrón. Los dos discípulos (después de enterrar el cuerpo del apóstol) se quedaron a predicar en Iria Flavia.

Enterado por las noticias del obispo, el rey Alfonso II, ordenó construir una iglesia a la que concede un patrimonio. Alfonso III el Magno, decide edificar una iglesia más grande, pero Almanzor, el gran guerrero de Al-Andalus, en el año 997 destruye la ciudad y el templo, respetando solamente el sepulcro santo y el anciano obispo que rezaba delante de él. San Pedro de Mezonzo, se llamaba.
 

Es a partir del año 951, cuando comienzan a tenerse noticias fehacientes de que llegaban a Compostela peregrinos extranjeros. Fue Sancho III de Navarra quien fijó el camino actual de Santiago, proporcionando protección a los peregrinos, labor de la que se ocupaba la Orden Militar de Santiago. En el año 1095 se traslada la sede episcopal de Iria Flavia a Santiago y en el 1130, Américo Picaud, clérigo francés, relata por escrito su viaje “Códice Calixtino”, que será ya para siempre la referencia del camino. En el año 1147 diez mil cruzados procedentes de Dartmouth  y con destino a Jerusalén, entraron en la ciudad vestidos con sus armas para ganar el jubileo. Pocos días después ayudaban a Alfonso Enríquez, rey de Portugal a liberar Lisboa del dominio musulmán.

Es en la plaza del Obradoiro, espacio limpio y vital donde concurren todos los “caminos”, estando presidida por la impresionante fachada barroca del Obradoiro.

“Siento la sensación al mirarla, que unas manos divinas han realizado un encaje de bolillos en noble piedra gallega que se eleva majestuosa y humilde hacia el cielo”.

Pero, retrotrayéndonos a un pasado mucho más lejano, las tierras de Galicia (denominada Galoecia), fueron ocupadas por pueblos precélticos, que llegaron como invasores o, simplemente, como peregrinos. Una gran serpiente celeste, a la que rendían culto, surcaba el cielo nocturno invitándoles a seguirla hasta el fin del mundo. Es la Vía Láctea, la senda que siguieron para alcanzar el lugar donde la tierra terminaba hundiéndose en el mar.

Según la leyenda, eran adoradores de la serpiente a la que denominaban Seafes. Buscaban manifestaciones energéticas sobre la tierra para allí construir sus santuarios.

Esta senda fue seguida por otros seres mitológicos, senda que se dirige desde oriente a occidente hasta alcanzar el fin de la tierra, donde el sol se sacrifica cada noche hundiéndose en las aguas para renacer en oriente y continuar su ciclo. Era el camino que marcaba su muerte alegórica.

Los griegos denominaron a esta costa de la muerte como Dutika Mere (región de la muerte), lugar donde Helios (el sol) era engullido cada día por las aguas del fin del mundo para llevarle al Hades (país de los muertos), emergiendo cada mañana con todo su esplendor. Según la mitología griega, Caronte, con su barca de piedra ayudaba a Hermes a trasladar al infierno las almas de los muertos. Según la leyenda, Santiago Apóstol fue trasladado a Galicia en una barca de piedra.

Dionísios, conocido como Baco, o el gran Hércules, peregrinaron hasta estas tierras. Este último, realizando los que se conoce como los doce trabajos de Hércules. Regresó a Hesperia siguiendo la senda marcada por la Vía Láctea (Camino de Heracles para los griegos), para matar al mítico rey Gerión y cubrir su sepultura con una enorme torre que lo mantuviera inaccesible (la torre de Hércules).

A lo largo de los tiempos se fueron descubriendo numerosos “caminos”, por los que, con anterioridad al cristianismo, lo siguieron los pobladores de Seafes para llegar a las orillas del Atlántico. Cuando se inician las peregrinaciones cristianas hacia la tumba del Apóstol, recorrieron estos caminos ya preestablecidos desde tiempos remotos para alcanzar, prácticamente, el mismo lugar.

Se podría decir que en primer lugar peregrinaron los pueblos precélticos, los celtas más tarde, a continuación los griegos y romanos y finalmente, los cristianos. Cada pueblo mantuvo en su propia cultura este recorrido peregrino hacia la tierra de la muerte. Es el cristianismo el que provoca un giro sobre la consecuencia final de la peregrinación, centrándolo en la persona de Santiago Apóstol a partir del momento del teórico descubrimiento de su tumba. En las culturas precedentes, no faltaba la presencia de una diosa como parte femenina. Primero fue Lusina, diosa del pueblo celta, que se transformó en la Afrodita griega y después en la Venus romana. El cristianismo oculta esta parte femenina en personajes paganos, como el de la reina Lupa o en otros símbolos como las vieiras (diosas del amor y de la muerte que surgen del mar), que son incorporadas, de forma inocente, a las vestiduras de todo peregrino. Son imprescindibles para crear el renacimiento de cada peregrino.

Al finalizar la edad media y los reyes cristianos fueron frenando el avance del Islam, el fuego del peregrino se fue apagando y “el camino” prácticamente olvidado, en parte, por la desaparición de las fuerzas militares que lo custodiaban y en parte, por el escaso interés político para resucitarla. A pesar de todo, siempre se mantuvo en la memoria de los pocos iniciados y de peregrinos penitentes que buscaban la ayuda del Santo Apóstol.

Es curioso que el mítico “camino” vuelva a resurgir con plenitud de la mano de otro mito viviente, Don Manuel Fraga Iribarne, que en la época en la que presidía el Gobierno Autónomo Gallego fue dando luz a muchos de los ancestrales valores de la cultura de la tierra. Otro personaje que actuó como catalizador sin pretenderlo, fue Paulo Coelho con su libro, mitad ficción, mitad realidad, “El peregrino de Santiago”, libro que le proporcionó gran popularidad y en el que pretende dar un sentido iniciático a la peregrinación.
 

Para aquellos con un vacío espiritual motivado por numerosas circunstancias de la ajetreada vida del XX, comenzaron a surgir asociaciones iniciáticas con nuevas creencias (sectas, charlatanes, publicaciones esotéricas… etc.) y deseos de descubrir los secretos esotéricos de antaño. Por ello, no dudan en practicar la soledad de la forma en que pueda presentarse, ya sea navegando en solitario, recorriendo rutas despobladas o cualquier otra alternativa que represente esa soledad.

Hoy, de nuevo, “el camino” vuelve a revitalizarse como meta de muchos cristianos, pero para otros muchos no deja de ser una práctica de un deporte, un snobismo, un trofeo, batir record o el reencuentro con uno mismo. Pero esto, no es espontáneo, sino muy bien orquestado, ofreciéndose variados recursos incentivados para viajar por mar, por aire y por tierra en cualquiera de los muchos caminos que surcan la península y conducen al corazón de la ancestral y mítica tierra gallega.

Antiguamente, los peregrinos realizaban el camino a pie, a caballo o en carretas. No había otros medios de transporte. Hoy en día, las múltiples asociaciones que se han creado para conceder las pertinentes acreditaciones con la que el peregrino demuestra que ha realizado “el camino”, dictan unas normas un tanto sorprendentes, ya que no permite el uso de carruajes, aunque sí las bicicletas, por supuesto, eliminando cualquier otro sistema de transporte. ¿Piensan quizá, que con el sacrificio del peregrino, el valor de su peregrinaje es superior o simplemente, es una forma de alargar su paso por unos lugares muy determinados y que fuera de ellos, no se otorgan tan magna acreditación? Muchos ayuntamientos quieren certificar que “el camino” atraviesa sus terrenos, lo que les reportaría buenos beneficios.

Indudablemente “los caminos” fueron recorridos por innumerables peregrinos cuya sacralidad del penoso viaje la aportaban ellos mismos dependiendo de su estado receptivo, despertando energías espirituales en función de esa receptividad interna. En esta senda se encuentran las huellas del pasado milenario, y en el caso de que el peregrino se encuentre preparado, puede descubrir una transformación en su ser y percibir las claves mágicas que nuestros antepasados fueron dejando inscritas sobre piedra en iglesias, posadas y en el mismo “camino”.

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