RELATOS AL CAER LA TARDE ©

M A I T R E Y A


LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O    I
EL LEGENDARIO TIBET


Tumbado sobre el austero camastro, el Dalai Lama abrió los ojos y miró el rojo techo adornado de filigranas, iluminado tenuemente por la luz que despedían varias velas, permanentemente encendidas. No parpadeó y su respiración entrecortada se fue serenando poco a poco. Unas gotas de sudor perlaban su rostro.

Yeshe Norbu, la gema que concede todos los deseos, Su Santidad Rimpoché Drukpa, Dalai Lama del Tíbet, iniciaba un nuevo día tras una noche de agitados sueños donde creyó tener grandes revelaciones.

Se acercó al gran ventanal que daba al patio del retiro. Allí observó como los lamas más jóvenes repetían incesantes una serie de rítmicos movimientos sobre el suelo nevado. Las estrellas todavía brillaban con fuerza en la negrura de la noche, preludiando un soleado día de un intenso azul que, en aquellas latitudes, llegaba a dañar la vista.

Yeshe Norbu sintió la entrada en la habitación del monje que se encontraba a su servicio. Portaba una gran bandeja con una jarra de zumo y a su alrededor, una gran variedad de frutos, frescos y secos.

—Déjela sobre la mesa —le dijo. Su voz sonó como siempre, fuerte y enérgica pero armónica y agradable—. Id en busca del Lama Choelyng y decidle que deseo verle lo antes posible.

El monje, sin mediar palabra, abandonó la habitación para cumplir la orden de Su Santidad. Choelyng era uno de los lamas más ancianos del convento, al igual que Su Santidad, de espigada figura, rasgos enjutos y mirada penetrante. Era el único lama que en la intimidad se permitía un trato especial con Su Santidad. Desde muy pequeños lo compartieron todo. Fueron creciendo entre las paredes de los conventos a los que eran enviados, teniendo que enfrentarse a muchos años de intensa formación religiosa. Tan sólo permanecían separados cuando viajaban en solitario de un lugar sagrado a otro viviendo profundas experiencias espirituales.

Cuando  hizo acto de presencia, Su Santidad ya se encontraba vestido con su larga túnica de un fuerte color naranja y un amplio lazo amarillo rodeándole la cintura.

—Ven, siéntate conmigo a la mesa y almorcemos juntos —le dijo Su Santidad, tras realizar el saludo ritual.

Hablaron de cuestiones intrascendentes mientras comían las viandas contenidas en la bandeja. El Lama le puso al corriente de los grandes adelantos conseguidos en las obras que se estaban realizando en la parte posterior de uno de los cuerpos del edificio. Fue entonces cuando Yeshe Norbu se dispuso a explicarle sus deseos.

—Quiero que selecciones un grupo de monjes, no más de cuatro o cinco, de entre los que destaquen por sus aficiones y conocimientos literarios. Deberán trabajar directamente a nuestras órdenes en la escritura del más maravilloso libro jamás escrito.

—Eso no será muy complicado —le respondió con una amplia sonrisa en el rostro.

Yeshe Norbu miró fijamente a los entrecerrados ojos de su anfitrión. Siempre admiró la bondad y la calma de su amigo, pero sobre todo, la profunda espiritualidad que emanaba de su ser.

—Quizá en esta ocasión te equivoques, querido amigo —su gesto se mantuvo serio pero a la vez distendido, no había tensión alguna en él—. No será una tarea fácil de llevar a cabo, y mucho menos de comprender su significado. Creo que yo mismo todavía no lo tengo muy claro.

Pudo observar el gesto de sorpresa de  Choelyng,  pero lo pasó por alto.

—Me agrada saber que las dependencias anexas a las mías están prácticamente terminadas. Deseo que a lo largo de una semana ya puedan ser ocupadas, aunque antes, tendréis que llevar a cabo unas ligeras reformas.

El gesto de sorpresa en el rostro del Lama se hizo patente.

Yeshe Norbu se levantó de la mesa y caminó alrededor de ella. De pie se sentía mejor, parecía que sus ideas eran más lúcidas y claras. El Lama trató de levantarse también, pero se lo impidió con un ligero ademán sobre su hombro. Sus manos a la espalda y la cabeza erguida, Yeshe Norbu tomó la apariencia de un ser irreal, místico, produciendo la sensación de que su cuerpo se diluía en el espacio. Con su característico tono de voz parecía llenar toda la estancia, sus palabras fluían con perfecta cohesión con sus pensamientos y planes.

—Va a ser difícil  —respondió Choelyng, y bajó ligeramente la cabeza tratando de ocultar el rostro pensando que podría notar serias dudas sobre sus palabras—, pero si esa es tú intención, trataremos de conseguirlo.

—No es cuestión de vida o muerte —añadió con premura Yeshe Norbu—, pero todo va unido entre sí.

Tras unos instantes de silencio, Yeshe Norbu se situó delante del Lama. Ambos se miraron fijamente y no dudó en expresarle sus deseos. Comenzó explicándole que, en cuanto hubiera seleccionado a los mejores monjes por su calidad literaria, éstos serían recluidos en los aposentos anexos al suyo, sin contacto alguno con el exterior. 

Comprobó el gesto de asentimiento de Choelyng y continuó:

—Quiero que nadie, nadie, pueda llegar a darse cuenta de nuestras intenciones. En cuanto tengas los nombres de los monjes seleccionados me lo haces saber. Serán conducidos a sus nuevos aposentos sin que puedan intuir nada de lo que les estará ocurriendo. Una vez dentro, aceptarán gustosos el trabajo que les voy a encomendar, incluso se considerarán privilegiados por ello.

—Trataré de poner en tú conocimiento los nombres de los mejores lo antes posible, al igual que aceleraré los trabajos de rehabilitación de los aposentos para darlos por finalizados al mismo tiempo.

Se despidieron con palabras cordiales y en la puerta iniciaron el rito de despedida.

Fueron pasando los días y  Choelyng parecía carecer de la información suficiente para satisfacer a Su Santidad, por lo que se hacía el huidizo. Todavía recordaba sus palabras y sentía profundas dudas sobre los nombres a aportar y sin saber muy bien que clase de obra tendrían que realizar. No dudaba de su carácter religioso, y esperaba que el Gran Buda de la Compasión le iluminara.

Cuando ya había transcurrido una semana y media después de su conversación con Yeshe Norbu, se presentó a media mañana en la gran sala de meditación, donde pudo encontrarle sumido en trance espiritual, al igual que los demás lamas que le acompañaban.

Tomó asiento y esperó. Sus ojos se fueron cerrando lentamente, trasladándose a su mundo interior. Una presión sobre el hombro le liberó de la abstracción. Era la mano de Yeshe Norbu.

—¿Tienes algo que decirme? —le preguntó en un tono de voz apenas audible.

 Choelyng asintió con la cabeza e hizo ademán de levantarse.

—No, espera —y se sentó a su lado—. Hablemos aquí

—Pueden oírnos.

—¿Quién va a estar pendiente de nosotros, Choelyng? —Observó un gesto de desconfianza en el Lama y añadió—: Está bien, vamos a mis aposentos.

—Mejor será un paseo por el patio, además, así podemos contemplar las obras desde el exterior.

Caminaron lentamente a lo largo de los amplios pasillos. Ya en el exterior, dirigieron sus pasos hacia la parte posterior del palacio. Allí pudieron observar como unos monjes jóvenes trabajan con grandes energías. Se movían con diligencia a pesar de que a veces transportan pesadas piezas de la obra.

—¡Los nombres Choelyng! —le preguntó apremiante Yeshe Norbu.

Choelyng introdujo la mano derecha en el interior de la túnica y extrajo un pequeño documento en el que se encontraban escritos ocho nombres de otros tantos monjes. Lo miró dubitativo antes de entregárselo.

—Sobran tres o cuatro nombres —le dijo Su Santidad, tras una fugaz mirada.

—Pero...

—¡Cuatro, a lo sumo, cinco. Ni uno más! —le espetó con un tono de voz seco—. Yo no voy a decidir quienes se quedan. No conozco muy bien las características de cada uno y no podemos probarlos y luego hacer la selección. Los rechazados podrían hacer cábalas y esto dejaría de tener el secreto requerido.

—Dime al menos cual sería el trabajo que tendrán que realizar.

Yeshe Norbu le miró, permaneciendo callado durante unos instantes. Ni él mismo sabía muy bien cuales eran sus deseos al respecto. Durante sueños tuvo unas extrañas visiones que le conducían realizar estas acciones, pero no con la suficiente claridad.

Se quedó pensativo tratando de encontrar las palabras que pudieran expresar sus deseos.

—¡Ay mi querido Choelyng, compañero en éste largo peregrinar terreno, sigo buscando la luz y se me presenta de forma muy confusa!

El Dalai Lama se detuvo unos instantes y elevó la mirada hacia los riscos mas agrestes e inaccesibles de la montaña, que se perfilaban majestuosos sobre el limpio azul del cielo. Una suave brisa azotó sus rostros provocándoles un ligero estremecimiento.

—A veces me siento tan impotente como si tuviera que escalarlos en pleno invierno.

—Lo hemos hecho en más de una ocasión, Dilgo —respondió Choelyng con una amplia sonrisa de satisfacción.

—Si, en el pasado, en plena juventud —añadió entristecido—. Ahora, pocas aventuras podemos permitirnos.

—Deseo saber que es lo que realmente te preocupa Yeshe Norbu.

El Dalai Lama se dio cuenta del tratamiento que le otorgaba su amigo estando como estaban, en privado, más no dijo nada al respecto.

—Mis preocupaciones son muchas. Lo sabes bien.

—Me refiero a todo esto. Sobre los monjes literatos, su confinamiento, el secreto...

Continuaron caminando, lentamente, produciendo la sensación de que estaban flotando y sus pies no rozaban el suelo.

—En cuanto tengas seleccionados a los monjes, tal como te he dicho, entrarán en esos aposentos y permanecerán confinados por un tiempo, el necesario para que escriban un hermoso libro. Primero les pediré que cada uno de ellos esboce una historia digna de ser escrita y leída, a su libre albedrío. Dispondrán de tiempo, pero no de todo el que quieran. Cuando, al menos, tres de ellos hayan finalizado su obra, los demás dejarán también de escribir y será el momento de exponerlas.

 Choelyng permaneció silencioso escuchando a Yeshe Norbu con devoción.

Éste, continuó su exposición tratando de no desvelar demasiadas cosas. No por desconfianza hacia su querido amigo, sino porque no tenía muy claro el sentido de todo lo que estaba iniciando.

—Tan sólo tú y yo escucharemos sus ideas sobre la redacción. Después tendremos que decidir. Si realmente alguna de las propuestas nos parece válida, todos ellos trabajarán sobre la misma y redactarán la historia elegida. Si no nos satisfacen, tendremos que aportar nuestro grano de arena y tratar de guiarles en ese sentido.

Yeshe Norbu tenía muy claro que es lo que quería, aunque no intuía bien su finalidad. Necesitaba que se escribiera un libro con una historia enternecedora jamás contada. Su lectura emocionaría a su lector de tal forma que nunca podría olvidarla. A partir de ese momento ya no sería el mismo. Su espiritualidad sufriría un maravilloso cambio que le condicionaría para el resto de su vida. Entonces él y Yeshe Norbu serían uno.

Varios días más tarde y mientras paseaba al caer la tarde por el amplio pasillo de enormes ventanales, vio a Choelyng que se acercaba de frente y con una amplia sonrisa en el rostro. Su carácter bondadoso siempre le había impresionado. Tenía una extraña facilidad para conectar de inmediato con los monjes más jóvenes al comienzo de sus periodos de iniciación.

—Veo por tu expresión que me traes buenas nuevas —le constató Yeshe Norbu tras realizar el gesto de saludo.

Le entregó un documento con cuatro nombres impresos.

—Son muy buenos —le respondió antes de que el Dalai Lama lo tomara entre sus manos—, y el habitáculo está dispuesto para cuando gustes.

Sonrió ampliamente y con satisfacción ante la diligencia de su buen amigo.

—Mañana, a la hora del último retiro, les conducirás tu mismo a sus nuevos aposentos.

La entrada se situaba en la pequeña habitación anexa a las habitaciones privadas de Yeshe Norbu. No había ninguna otra. De esa forma, tan sólo él tendría acceso a las mismas.

Espero —añadió—, que todo estará dispuesto para que nadie tenga que entrar allí. Deberán llevar lo imprescindible para su aseo personal y vestimenta.

—Así se hará, Dilgo —respondió complaciente—. Tal como ordenaste, ellos desconocen totalmente lo que les espera a partir de mañana, pero ten la completa seguridad de que lo harán muy complacidos.

Al día siguiente y a la hora prevista, los monjes elegidos fueron acudiendo a las habitaciones privadas del Dalai Lama. De mediana edad todos ellos, a excepción del más alto y más joven del grupo, que no sobrepasaría los treinta años. De mirada vivaracha y de ademanes inquietos parecía ser la nota discordante.

Se miraban unos a otros con gestos de incredulidad, pero sin mediar palabra alguna. Se sentaron en la amplia mesa central manteniéndose en actitud de meditación. Las horas fueron pasando desde que se cerró la puerta y su inquietud iba en aumento en un ambiente de silencio total.

 Al caer la tarde, cuando los últimos rayos del sol se perdían tras los enormes y agrestes picachos, se abrió la pequeña puerta de acceso a la sala dando paso a Su Santidad Dilgo Rimpoché Drukpa seguido muy de cerca por el Lama  Choelyng Shakya Ripa. La altura y esbeltez de los dos personajes eran impresionantes a los ojos de los monjes que, nada más sentir la apertura de la puerta, se levantaron para después postrarse sobre la desnuda madera del suelo.

Un seco golpe de manos de Yeshe Norbu permitió que los monjes adoptaran la postura vertical, aunque sus cabezas se encontraban pegadas al pecho para no mirar directamente a Kundum, nombre con el que se refería al Dalai Lama en muchas ocasiones y cuyo significado era la Presencia. Choelyng se mantuvo a la altura de la puerta en actitud expectante.

—Tomad asiento —les dijo Yeshe Norbu.

Los monjes le miraron inquietos, se miraron unos a otros y no entendían como Kundum les ordenaba sentarse estando él de pie.

—Vamos —les apremió—. Tenemos todavía mucho que hacer.

Obedecieron y tomaron asiento esperando sus palabras. Yeshe Norbu comenzó a pasear alrededor de la mesa, con pasos tranquilos. Su cuerpo espigado sobresalía enormemente del conjunto que todavía no se encontraban repuestos de la sorpresa que esos hechos les estaban produciendo.

—Vais a pasar una larga temporada entre estas paredes —comenzó con un tono de voz enérgico y seco que penetró en los oídos de los monjes como afiladas dagas—. Tendréis lo necesario para manteneros aquí sin necesidad alguna de salir al exterior. Ni en caso de enfermedad podréis abandonar estos aposentos.

Los monjes se miraban a hurtadillas, temerosos, pensando que pecado habrían cometido para merecer tal castigo. Yeshe Norbu se dio cuenta de ello y sonrió complacido y de forma sonora, tratando de quitar tensión al momento.

—No temáis. No se trata de castigo alguno.

Y pudo comprobar como los rostros de los cuatro monjes se relajaban, excepto el del más joven, que en momento alguno expresó temor. Choelyng también sonrió ampliamente desde su lugar al lado de la puerta.

—Se os ha elegido a los cuatro por vuestra condición de escritores —ahora los monjes se cruzaron miradas complacidas—. Tenéis una misión que llevar a cabo.

Yeshe Norbu les explicó lo que esperaba de ellos.

—Quiero que cada uno de vosotros piense y escriba un resumen de la más bella historia que pueda imaginar —se detuvo y los fue mirando de uno en uno, directamente a los ojos. Ellos bajaban la mirada en señal de sumisión—. Podéis decidir libremente el tema sobre el que escribir con la excepción de tratar sobre mi persona y sobre este monasterio.

La tensión había desaparecido de los afables rostros de los monjes. El más joven sonreía muy satisfecho. Choelyng se acercó sin que ninguno de los monjes se percatara de ello, por eso, cuando comenzó a hablar se sobresaltaron un tanto.

—Al fondo de la sala, tras esas cortinas, disponéis de una pequeña estancia que será vuestro lugar íntimo mientras permanezcáis aquí. La puerta que veis al fondo —les dijo, señalando con su mano derecha una puerta apenas perceptible—, conduce a otra sala para el aseo personal. Éste es todo el espacio del que dispondréis.

Fue en ese momento cuando los monjes tomaron conciencia de la superficie y de los elementos que encontrarían a su disposición.

—El tiempo para redactar vuestra historia será el suficiente. Éste finalizará cuando tres de los cuatro hayan presentado las suyas. Tal como ha dicho Yeshe Norbu, tenéis libertad total para desarrollar cualquier historia —miró a su amigo Dilgo como esperando su aprobación—, incluso, podéis comentarla entre vosotros si así lo deseáis.

Se produjo un corto silencio esperando algún comentario, cosa que sabía muy bien que no ocurriría. Las figuras del Dalai Lama y del Lama Choelyng les impresionaban demasiado. Tan sólo el monje más joven parecía sentirse divertido con esta nueva situación.

—No es necesario que detengáis, si lo estimáis oportuno, el trabajo para realizar vuestras oraciones en común o mantener de forma estricta los momentos de retiro—continuó, después de dirigir una mirada a Jeshe Norbu—. Podréis llevarlos a cabo a vuestra conveniencia, conjuntamente o por separado. Nadie —los miró fijamente, de uno en uno—, nadie, repito, debe interferir o alterar la labor de los demás.

Otro silencio, esta vez más prolongado. Choelyng volvió a mirar a Jeshe Norbu. Éste, con un ligero parpadeo le dio a entender que las aclaraciones ya eran suficientes.

—Para el resto de la congregación —aclaró Jeshe Norbu—, habéis emprendido un largo viaje, más allá de nuestras fronteras y en misiones especiales.

Poco a poco, los monjes fueron adaptándose a la nueva situación. Al principio ocupaban prácticamente su tiempo dedicados a la meditación. Apenas hablaban entre ellos a pesar de ser habitualmente locuaces. El más joven e inquieto, Taypeck Nagade, inició la escritura de lo que sería su relato con prontitud. No dudó desde el primer momento en explicarles sus pretensiones, e incluso les propuso participar todos bajo un mismo concepto desarrollando cada uno de ellos, los aspectos que mejor se sintieran capaces de llevar a cabo.

Taypeck Nagade, de carácter alegre e inquieto, se transformó pronto en el líder natural del grupo. Pocos días después del encierro, les esbozó una bella historia que les dejó maravillados. No tuvieron duda alguna. Era una hermosísima historia para plasmar en letras de oro. En una de sus visitas, Taypeck dio un paso hacia Jeshe Norbu manteniendo una actitud respetuosa. 

—¿Deseas algo, Taypeck? —le preguntó con curiosidad Jeshe Norbu.

—Si me permitís, Kundum, quisiera saber si deseáis leer lo que hemos escrito —se produjo un ligero silencio—. Pensamos que, quizá, ya es el momento de presentaros algo y así podréis conocer los rumbos de nuestros trabajos.

El Dalai Lama sintió como si el joven Taypeck hubiera leído sus pensamientos. Casi se atrevería a asegurar que sus mejillas habían enrojecido. ¡No sabía bien el joven monje cuánto deseaba encontrar la bella historia que le permitiría llevar a cabo su gran deseo! Comprendió en ese momento que la obra saldría de la mente de Taypeck y sería bella. El brillo de sus ojos se lo dio a entender.

“No le falta descaro”, se dijo Jeshe Norbu.

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