RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O    X
EL  SÍMBOLO  DE  LA  FUERZA
 


 


Habían transcurrido un par de horas desde que Andrew partiera hacia su tiempo y su ciudad y Dilgo ya comenzaba a desear su vuelta. Su tiempo físico se estaba agotando y todavía tenía muchas cosas que realizar, y el joven occidental era una pieza fundamental en todo ello.

En su aposento, todo permanecía igual. El libro abierto por la misma página, las velas alumbrando la estancia impregnada de su fuerte aroma y en su cintura, la daga gemela de la que poseía Andrew.

Se dirigió hacia su camastro, pero en el camino sintió deseos de acariciar otra vez el libro. De pie delante de él, extendió la mano y colocó la yema de sus dedos sobre el rostro del príncipe moviéndolos lentamente de forma circular. Sin ser consciente de ello, su mano izquierda se posó sobre la empuñadura de la daga y sus ojos físicos se cerraron para poder abrir los de la mente.

Permaneció en la misma posición unos instantes, pero aseguraría que fue una eternidad. Una cálida brisa rozó suavemente su mano para ascender por su brazo y percibirla en su rostro. Los ojos de su mente vieron la luz, aquella luz azul portadora de la energía necesaria para poder cruzar la puerta en ambos sentidos.

Intuyó la densa niebla transformándose, una vez atravesado el libro, en la figura de Andrew. Quiso pensar que sus sentidos estaban jugando con él y abrió los ojos. Todavía pudo apreciar parte de la niebla saliendo del libro y concentrase toda ella sobre el suelo de la habitación. Andrew estaba recuperando su forma corpórea de nuevo.

—¡Por el sagrado Buda! —exclamó horrorizado— ¡Andrew!

Al igual que en la ocasión anterior, Andrew permanecía totalmente inmóvil, pero su expresión era relajada.

Dilgo Rimpoché Drupa se sintió desolado. El joven no había conseguido traspasar la puerta y regresaba, aunque no podía intuir de donde. Se acercó a él, comprobando que se encontraba en perfectas condiciones. Lo asió por el cuello y las piernas y lo izó con facilidad para depositarlo sobre el camastro. Estuvo mirándolo fijamente durante un buen rato. No sabía si entristecerse o alegrarse, pero ambos sentimientos se estaban produciendo a la vez.

 Se sintió algo cansado por todas las emociones sufridas a lo largo del día. Se sentó en un amplio sillón y al instante se quedó profundamente dormido. La presión de una mano sobre su hombro le hizo salir de inmediato de su estado. Todavía muy confuso se volvió y contempló el rostro radiante de Andrew. Su amplia sonrisa le descargó de la tensión a la que se vio sometido y tuvo la sensación que un torrente de energía recorría su cuerpo.

—¡Andrew! —gritó eufórico y se dio cuenta de ello, por lo que sintió un poco de remordimiento reprochándose a sí mismo su egoísmo.

—¡Hola, Dilgo! —respondió Andrew sin perder su amplia sonrisa —. He cumplido mi palabra y estoy aquí de nuevo.

El rostro de Jeshe Norbu reflejó el asombro que sentía.

—¿Ocurre algo? —le preguntó inquieto al percibir ese gesto.

—¡Si hace apenas unas horas todavía estábamos intentando conseguir que la puerta se abriera y pudieras iniciar el viaje!

—¿Me dices que se inició hace tan sólo unas horas y ya estoy de vuelta? —preguntó Andrew interesado.

—Exactamente —respondió compungido el monje—. Por eso nos sentimos muy apenados Andrew. ¡Deseábamos tanto que regresaras con tu familia!

—Dilgo —le dijo el joven, muy tranquilo, sonriente y además, muy contento—, acabo de dejar a mi familia, en mi ciudad y en mi siglo. He estado con ellos más de dos meses.

—¡Dos meses! —exclamó sorprendido Jeshe Norbu — ¡Por Buda! —Se sujetó el mentón con la mano y movió la cabeza de un lado a otro— Claro, por qué no. ¿Qué sabemos nosotros sobre el tiempo y el espacio? ¡Qué gran peso me quitas de encima muchacho, es la mejor noticia que he escuchado en mucho tiempo! —y en un gesto impropio de su status, le abrazó con fuerza.

Andrew se dejó hacer, complacido. Se sintió embargado por la fuerza que le transmitía el monje.

—¡Bienvenido seas, joven occidental!

—Gracias Dilgo, es para mí un gran placer estar de nuevo aquí, y ya estoy pensando que también es una obligación. Por cierto, nunca me has llamado “joven occidental”, ¿por qué ahora? —añadió recordando la forma con que la venerable anciana se dirigía a él.

—No tengo idea, Andrew, es una forma coloquial, ¿te disgusta?

—En absoluto. Simplemente me recuerda una expresión de aquella anciana que me encontré con Taypeck, en Lhasa.

—Ya.

—He vuelto a verla en mi ciudad y en mi tiempo, Dilgo. ¿No te sorprende?

Dilgo se quedó muy pensativo, pero no supo que contestarle.

—Pensaremos sobre ello, Andrew. Tiene que existir alguna explicación. Quizá Shambala no sea solamente una ciudad mítica y realmente exista algo que va más allá de nuestros conocimientos.

Andrew le escuchaba muy interesado. El mito de Shambala le atraía, aunque consideraba que no eran precisamente los monjes los mejores interlocutores para poder obtener una información fidedigna.

Dilgo se interesó por su familia y le rogó que le contara con profusión de detalles, su estancia en Nueva York en el año dos mil veinte. Le preguntó sobre la ciudad, el país, el medio de vida de sus habitantes. En esta ocasión, el monje parecía un pozo muy profundo absorbiendo información. Sus preguntas eran escuetas y muy concisas. A veces, Andrew se sorprendía de su capacidad de asimilación, la forma de entrelazar comentarios y de su extraño conocimiento de algunos hechos muy posteriores a su existencia real.

A su modo, el monje trató de explicarle algunas de las visiones ocurridas al encontrarse en un estado de meditación profunda. Mezclaba guerras con catástrofes naturales sin poder discernir con claridad los acontecimientos. Enormes máquinas voladoras provocaban la destrucción y muerte a su paso. Potentes rayos de luz provenientes del cielo arrasaban ciudades enteras no dejando en pie edificio alguno. Andrew le explicó que en su época, algunas naciones del mundo poseían un armamento tan terrorífico que, con armas de un tamaño muy pequeño, tenían la capacidad suficiente para destruir el mundo entero y no dejar rastro de la raza humana.

El monje pensó que fantaseaba, pero no dudó del poder destructor del ser humano en cualquier siglo. Continuaron hablando sobre el futuro para el monje y sobre el presente para Andrew. Su curiosidad era grande y sus ansias de conocimiento, muy profundas.

El joven le confesó que mientras permaneció en su tiempo, estuvo indagando sobre la historia del Tíbet, China y otras naciones limítrofes. Después se arrepintió de sus comentarios.

—Sabes entonces cuanto tiempo me queda de existencia real, ¿verdad, Andrew? —le preguntó tímidamente Jeshe Norbu.

El corazón de Andrew se desbocó de forma instantánea tras la fuerte descarga de adrenalina emitida por sus glándulas suprarrenales. Era algo que debía haber previsto.

—No, no te preocupes —añadió plácidamente el monje y con una expresión relajada en su rostro que tranquilizó al joven—. Creo saberlo a través de mis visiones, pero es algo que no me produce temor alguno. Nos preparamos desde muy jóvenes para ese acontecimiento. Además, ese momento todavía está lejos en mi tiempo.

Andrew asintió con la cabeza pero se abstuvo de hacer comentario alguno.

Transcurrieron unos instantes de profundo silencio. El joven se sentía un tanto aturdido, ahora sabía muchas cosas sobre aquellas gentes, su historia y su futuro y tendría que actuar con mucho tacto.

—Andrew —le dijo el monje rompiendo el silencio. Su expresión denotaba seriedad—, creo que ha llegado el momento de iniciar la primera de las misiones. Pensaba que tu regreso, si realmente se producía, se realizaría unos meses más adelante y tendría tiempo suficiente para planear tu viaje a conciencia.

—¿Mi viaje? —pregunta el joven con interés— ¿A dónde tengo que viajar, Dilgo?

—A un lugar muy concreto de China —respondió el monje sin vacilación alguna—, y además, muy lejano. Te llevará mucho tiempo alcanzar tu destino.

Andrew le miró con seriedad y muy sorprendido.

—Dilgo —le respondió con rapidez—, yo no estoy acostumbrado a viajar con vuestros medios. No creo que sea capaz de conseguir alcanzar ni la zona más cercana de China.

—Sí lo serás, Andrew. Sabes montar a caballo excelentemente, ese será tu medio de transporte. Además, no irás sólo. Por supuesto, Taypeck no se separará de ti e iréis acompañados de una pequeña escolta formada por valerosos soldados e inmejorables arqueros y un nutrido grupo de porteadores —se detuvo unos instantes y respiró profundamente—. Sólo temo que el frío pueda mermar tus energías.

Se abrió la puerta del aposento dando paso a Choelyng. No pudo reprimir la emoción y se abrazaron bajo la mirada complacida del Jeshe Norbu. Andrew se había convertido en algo muy especial para los dos Lamas. Antes de que expresara comentario alguno, el Dalai Lama le puso al corriente de una forma muy somera y rápida, pero que eliminó todos los temores del monje.

 El joven continuó desarrollando la misma actividad que en días anteriores, poniendo especial cuidado en reforzar su forma física y su capacidad mental mediante sesiones de meditación, que iba realizando conjuntamente con el propio Dalai Lama y Taypeck. Mientras tanto, prepararían el viaje de forma concienzuda para evitar posibles sorpresas en su transcurso.

—Choelyng, amigo —le dijo Jeshe Norbu—, desearía disponer de la máxima información posible sobre el mito de Shambala.

El monje le miró muy sorprendido pero asintió. Tiempo habría para las explicaciones.

—Taypeck se encuentra en el monasterio, ¿le hago venir?

—Sí —respondió Dilgo— ¿Sabe que Andrew está ya con nosotros?

—No. No sabe nada. Todavía no he hablado con él.

Andrew se sintió contento de estar de nuevo con su amigo. Una excelente corriente de simpatía mutua les envolvía.

—Deseo hacerte un regalo especial, Andrew —le dijo Jeshe Norbu mirándole con  especial ternura. El joven se mesó el cabello distraídamente, gesto que ya se estaba transformando en algo habitual en los últimos tiempos, y sonrió.

—Gracias Dilgo, pero no es necesario. Mi presencia aquí es el mejor regalo que has podido proporcionarme.

El monje movió la cabeza con un gesto complacido.

—Es algo que te será muy necesario de ahora en adelante. Quiero que dispongas de la mejor espada que pueda conseguirte, y si es necesario, haremos que forjen una especialmente para ti.

El joven comprendió que con el regalo trababa de proporcionarle un medio de protección necesario para la existencia de aquellos que se movían a lo largo y ancho del país. Muchas tribus se encontraban en pie de guerra contra todo aquel que osara traspasar sus pequeñas fronteras, pero los más temibles, los salteadores y bandidos, sin respeto alguno hacia la propiedad privada y sin caridad para el saqueado que, en la mayoría de las ocasiones, no llegaba a vivir lo suficiente para contarlo.

Nada más entrar Taypeck en la estancia, casi sin apenas rendir reverencia a su Dalai Lama, se abrazó con contundencia al cuerpo del joven, que sufrió un pequeño traspié tratando de no dar con sus huesos en el suelo. El rostro de Taypeck radiaba felicidad al encontrarse de nuevo con el joven occidental, al que consideraba como a alguien muy querido.

—¡Pero Taypeck, si apenas hace unas horas que no nos vemos! —le dijo jocoso Andrew.

—Quizá para mí, pero no para ti, joven occidental —respondió tratando de aparentar una situación de misterio—. Además, ¿cómo podíamos saber que regresarías en unas horas?

Jeshe Norbu, con un gesto simulado de seriedad les llamó al orden, aunque todos comprendieron que sin intención alguna.

—Taypeck, quiero que encuentres al mejor forjador de armas y lo traigas a palacio. Deseo que fabrique una hermosa espada para Andrew. ¿Quizá el mismo que realizó la daga?

—Con todos los respetos, Jeshe Norbu —contestó el monje, inclinando la cabeza al hablar con él—, Shian Lo, es un excelente orfebre capaz de realizar una obra de arte en pequeñas armas, pero una espada, capaz de resistir el filo de la del enemigo es otra cosa. Creo conocer al forjador competente para realizar lo que pretendéis.

—¡Traerlo! —respondió contundente el Lama.

—Quizá no sea fácil, Jeshe Norbu.

—¿Por qué, Taypeck?

—Es una persona ya mayor y vive aislado en un pequeño meandro del Bramaputra, escondido, aparentemente, de las miradas humanas. Es un ser muy especial, apenas forja armas, pero las que hace, son realmente únicas.

El Lama dudó unos instantes.

—Creo que sería una buena idea que Andrew y Taypeck —intervino Choelyng, que hasta ese momento permanecía silencioso y atento—, acompañados por una pequeña guardia le hicieran una visita y acamparan allí el tiempo necesario. Eso le serviría para adiestrarse convenientemente en las artes ecuestres. Además, Taypeck podría continuar impartiéndole las enseñanzas que le hemos encomendado.

—Como siempre Choelyng, tus palabras son dardos certeros y precisos —exclamó Dilgo mirando con amplia satisfacción a su compañero de inmemoriales años— No se hable más. Queda decidido. Debéis partir lo antes posible.

Taypeck se sintió muy satisfecho al pensar en el tiempo que iba a pasar junto al joven occidental y prácticamente, los dos solos.

Unos días después, abandonaron el palacio, atravesaron el “Lugar de los Dioses” y pasaron por delante del Templo Jokjhang, en pleno corazón de la vieja Lhasa, dejando admirado al joven Andrew, que no cejaba de recorrer con la mirada cualquier rincón de especial interés.

—Ahí dentro guardamos la estatua de oro del buda Shakyamuni, regalo de la admirada princesa china Wen Cheng cuando se casó con nuestro rey Songsten Gompo.

—El creador de Potala —respondió Andrew inconscientemente—. ¡Tengo tantas cosas que ver!

A esas horas ya comenzaba a intuirse el bullicio que un poco más tarde reinaría por los alrededores del templo, el mercado de Barkhor.

—¡Apresurémonos! No debemos llamar la atención —dijo Taypeck, girándose sobre la grupa de su caballo para indicar a la reducida guardia que debían de salir lo antes posible de la ciudad.

Cabalgaron durante un par de días, sin prisas, dando el adecuado descanso a sus monturas. La pequeña escolta estaba formada por jóvenes tibetanos muy locuaces y dicharacheros y pronto Andrew comenzó a relacionarse con ellos de forma muy amigable. Lo mismo ocurrió con Taypeck a pesar del respeto y temor que solían imponer los monjes.

Viajaron sin incidentes, los jóvenes soldados demostraron ser avezados guerreros en las tácticas de camuflaje y evasión del enemigo. En varias ocasiones pudieron comprobar como algunas bandas de facinerosos deambulaban por los alrededores en busca de presas fáciles. Taypeck les impidió entrar en liza y desde ese instante, desplegaron su imaginación para pasar completamente desapercibidos.

Andrew los estudiaba atentamente y mantenía largas conversaciones con el comandante. Pudo así conocer algunas artes de guerra, que a pesar de su simpleza, podrían ser vitales a la hora de desarrollar una batalla o una simple escaramuza.

—¿Por qué lleváis dos espadas? —preguntó Andrew con curiosidad en un momento determinado.

El todavía joven pero avezado comandante de la escolta no pudo evitar dirigir la mirada hacia el amplio cinturón que sostenía dos espadas, una de notables dimensiones, la utilizada con la diestra y la otra más corta y ligeramente curvada.

—Para nosotros, los tibetanos —comenzó a contestar con lentitud, tratando de que sus palabras fueran correctamente comprendidas—, las armas son la medida de nuestro poder individual, pero para los guerreros va más allá todavía y representan nuestra capacidad de servicio y supervivencia. La muerte está presente en todo momento y lugar, y la vida de la gente para otros muchos, carece de importancia. Las armas nos protegen en la medida de nuestras posibilidades.

Respiró profundamente, mientras Andrew le miraba atento.

—En las batallas, lo guerreros manejan la espada con su mano derecha —continuó hablando el soldado— y se parapetan detrás del escudo que sujetan con la mano izquierda. Eso le resta movilidad y capacidad agresiva. Cuando un soldado es capaz de manejar dos espadas a la vez, se mantiene en constante ataque, no permite que el contrario tome la iniciativa y tan sólo tiene capacidad de defensa y debilitada, ya que los golpes le alcanzan tanto sobre el escudo como sobre la espada, y ésta, no es un arma defensiva.

Andrew comprendía perfectamente las explicaciones del comandante. Las había intuido con anterioridad.

—¡Es muy difícil manejar dos espadas a la vez! —remató contundente el comandante— Yo mismo, llevo entrenándome mucho tiempo y todavía no confío plenamente en mis posibilidades. Hay que disponer de una gran capacidad de concentración y conseguir encontrar las armas adecuadas para que se adapten a las cualidades propias de cada uno.

Andrew le miró con un gesto de sorpresa.

—¿Qué quieres decir con eso de las armas deben de adaptarse a las cualidades del que las usa? —preguntó intrigado.

—La espada tiene que ser la continuación del propio ser, desde la potencia del brazo a la del cerebro. Pienso que todavía no he encontrado las armas que se adapten a mis posibilidades y quizá no las encuentre nunca.

Creyó que el guerrero tibetano exageraba en sus apreciaciones, pero asintió con la cabeza como si las explicaciones recibidas satisficieran plenamente su curiosidad.

Cuando llegaron al río, Andrew no ocultó la admiración que le producía la belleza del paisaje. Cabalgaron durante un buen rato por la orilla occidental hasta un lugar en el que se separaba una pequeña corriente, apenas perceptible a los ojos no avezados en las sorpresas que depara a veces la naturaleza. La siguieron durante un buen rato. El cauce se iba agrandando a medida que avanzaban pero sin alcanzar las ostentosas proporciones del principal. Atravesaba ligeros montículos que impedían seguir su curso por la misma orilla.

Una hora más tarde llegaron a un pequeño remanso, con una cala formando un semicírculo perfecto y una playa de doradas arenas centelleando al sol de media mañana. Casi en la misma orilla, semioculta entre los árboles, pudieron observar la pequeña columna de humo que se elevaba verticalmente sobre la chimenea de una rústica construcción.

—Hemos llegado a nuestro destino —comentó Taypeck con gesto complacido.

Al mismo pie de la cabaña, un hombre de considerable altura y gran corpulencia, piernas separadas y brazos cruzados a la altura del pecho, les observaba expectante. Ningún arma sobre su cuerpo y sin embargo, su compostura no dejaba de ser altanera.

Taypeck descendió de su cabalgadura unos metros antes de alcanzarle, juntó las manos a la altura de su pecho e inclinó la cabeza. El hombre mantuvo su posición sin variarla un ápice. Su mirada era fría pero tranquila.

—Honorable Dawa Gar —comenzó a decir Taypeck mirando directamente a los ojos del forjador—, venimos en nombre de Jeshe Norbu Dilgo Rimpoché Drupa, nuestro Dalai Lama.

—Que el sagrado Buda sea con él..., y con todos vosotros —respondió con voz potente y gruesa pero sosegada.

—Os encomienda un trabajo. Quiere que realicéis la forja de la mejor espada, hasta ahora nunca fabricada.

Se mantuvo en silencio un tiempo que les pareció eterno a todos los visitantes.

—Eso no es posible. Yo ya no forjo espadas.

—Os lo pide encarecidamente —insistió Taypeck—. Necesita algo especial que tan sólo vos podéis llevar a cabo.

—Cuando he forjado un arma especial, su dueño ha tenido que estar presente y colaborar en las operaciones.

—Lo tenéis aquí delante —se giró lentamente y señaló a Andrew que todavía permanecía a la grupa de su montura.

El herrero le miró con curiosidad. Después de un rato dijo:

—Pero si es casi un niño.

Andrew no pudo evitar sonrojarse ligeramente. Le imponía la humanidad del herrero.

—¡Desmontad!

Andrew descabalgó de inmediato y con pasos firmes se acercó al herrero. Cuando llegó a su altura se dio cuenta de sus verdaderas dimensiones y pensó lo terrible que debería ser tenerlo como enemigo. Dawa Gar con movimientos solemnes giró alrededor de Andrew. A la segunda vuelta se detuvo a sus espaldas y con sus enormes manos agarró los hombros del joven que permaneció inmutable. Presionó ligeramente al principio para ir aumentando poco a poco y sentir los tensos músculos del joven.

Los cuerpos de ambos se vieron sometidos a una especie de descarga eléctrica que pretendieron ignorar.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó después de separar sus manos de los hombros del joven. Su voz pareció llenar todo el espacio que les circundaba.

—Andrew, honorable Dawa Gar.

El herrero rió sonoramente.

—¡Déjate de banalidades muchacho! —gritó propinándole un fuerte manotazo en la espalda. Andrew no hizo movimiento alguno.

—¡Tendrás tu espada, por Buda! —exclamó con gran potencia de voz que el eco parecía multiplicar a lo largo del tiempo.

—¡Dos! —exclamó Andrew, tratando de incorporar a su voz la misma sonoridad.

—¿Dos? —inquirió el viejo herrero, cerrando los ojos hasta convertirlos en una tenue línea— ¡Una y basta!

—Dos —respondió Andrew en un tono más taimado.

El herrero movió la boca convulsivamente. Andrew sintió que había despertado su ira y que contestaría con una negativa.

—¡Sea! —le limitó a responder el herrero finalmente.

Taypeck se sintió contento y feliz. Su misión estaba llegando a buen término.

—Cobrarás tu trabajo de forma satisfactoria, no lo dudes —le dijo el monje, pensando que este asunto alegraría al anciano herrero.

—¡Ni por todo el oro del mundo me habrías obligado a forjar una espada! —contestó éste con gran rudeza en sus palabras—. Mi recompensa la tengo por duplicado al fabricar dos para este joven, sin duda alguna occidental, que me hará el honor de llevarlas en su cinto y usarlas en los campos de batalla. ¡Comencemos cuanto antes!

“¿Cómo es posible un cambio tan rápido en la mente de este hombre?”, se preguntaron al mismo tiempo Taypeck y Andrew, pero no hicieron comentario alguno. No alcanzaron a comprender que el enorme herrero había intuido algo especial en su contacto físico con Andrew.

Indicó a los soldados donde debían de alojar sus monturas y cual sería el lugar del edificio destinado para ellos. Después hizo lo mismo con Andrew y Taypeck. Les acompañó con pasos rápidos por las estancias de la vetusta construcción.

—Cuando terminéis de instalaros acudid a las fraguas, allí os espero —les dijo, aunque los dos apreciaron que solamente se dirigía a Andrew. Parecía que una extraña prisa se había adueñado del rudo herrero.

Poco después llegaba a sus oídos un cántico producido por una recia voz. Cuando se acercaron pudieron ver como el herrero manejaba diestramente el soplador y actuaba sobre el carbón que se estaba volviendo incandescente.

Al verles llegar, le indicó a Andrew que le sustituyera mientras él se dedicaría a buscar concienzudamente las barras de hierro adecuadas. El joven miraba el crepitar de las llamas como si estuviera sometido a un trance hipnótico. Su mente divagó en el tiempo e intuyó la presencia de Jeshe Norbu alentándole. También sintió la cálida sonrisa de su madre y sobre la piel de su cara creyó notar la caricia de su mano. El enorme herrero no perdía detalle de las ligeras transformaciones que se producían en el rostro del muchacho.

“Tendrás las dos mejores espadas que nadie haya podido soñar jamás, joven occidental”, se dijo mentalmente, “careces de instinto asesino y sé que las emplearás en tu propia defensa o en la de los demás, pero no tengo duda alguna de que cuando sea necesario el ataque, lo desarrollarás con todas las consecuencias. ¡Tu energía es proverbial!”. Se sintió complacido.

 

Cuando Andrew se despertó al día siguiente antes del alba se sintió aterido de frío. La temperatura a esas horas era infernalmente fría.

—Te prepararé algo caliente.

Andrew no contestó. Se movía convulsivamente por la estancia. Poco después regresó el monje con una taza humeante conteniendo un líquido viscoso que Andrew apuró con presteza a pesar de que estaba ardiendo. Pronto comenzó a sentir como el calor regresaba a su cuerpo.

—El herrero ya se encuentra en la fragua. Parece tener prisa en terminar el encargo —comentó el monje—. Saldré a preguntarle si nos necesita para algo.

El herrero se mantuvo en las fraguas entonando permanentemente una extraña letanía con su potente voz, que Andrew no dudo, se escucharía en algunos kilómetros a la redonda. El lugar podría ser juzgado como paradisíaco a pesar de las bajas temperaturas. Andrew se sentía feliz allí y comprendió como el herrero se mantenía en aquel apartado paraje donde parecía confluir las energías del universo. A veces, el ulular del viento transportaba las voces de los dioses de las montañas, y ni aún así, se alteraba la armonía del lugar.

—Dawa Gar, ¿no os sentís cansado? —le preguntó Andrew, cuando ya las densas tinieblas de la noche lo iban envolviendo todo.

El herrero elevó la mirada hacia el cielo, contempló las escasas estrellas que comenzaban a vislumbrarse y sin dejar de mirarlas contestó:

—A mis años, joven occidental, creo que estoy cansado siempre, pero las energías del universo —y señaló las estrellas que estaba contemplando—, inundan mi cuerpo cuando mi mente se identifica con ellas. Están ahí, siempre presentes, tan sólo tenemos que aprender a hacer uso de ellas. Tú no tardarás mucho en hacerlo.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó intrigado el joven.

—Porque eres un ser especial. Uno entre muchísimos millones y estoy completamente seguro que el futuro te depara grandes eventos.

—Y... ¿cómo puedes saberlo?

—Cuando puedas unificarte con las energías del universo lo comprenderás, Andrew.

El joven percibió un profundo cambio en la voz del herrero, parecía otro ser que hablaba dulcemente, incluso su tono resultaba melodioso.

Esa noche, Andrew durmió placida y profundamente. Tuvo que despertarlo Taypeck zarandeándolo por los hombros hasta conseguir que abriera los ojos.

—¡Ya está bien, Andrew, arriba! —exclamó el monje tratando de aparentar una autoridad que no era real.

El joven se desperezó de inmediato sintiendo una marcada euforia que evidenció mediante una desmesurada locuacidad. Pronto causó la hilaridad de Taypeck y de los guardias de la escolta. Mientras tomaban el desayuno hizo acto de presencia el herrero. Su rostro se mostraba sereno, incluso alegre.

—Andrew, hoy tenemos mucho trabajo. Te necesito en las fraguas.

—Ahora mismo, Dawa Gar —contestó alegre.

— Tienes permiso para hacer un poco el vago —le dijo Taypeck, socarronamente.

—Sin prisas joven. Te espero en el cobertizo. Disfruta del desayuno. Después vienes.

Asintió disponiéndose a dar buena cuenta de los pocos alimentos que le quedaban por consumir. Al alcanzar el cobertizo vio al herrero con sus enormes brazos totalmente descubiertos e inclinado sobre el yunque situado al lado de una de las fraguas. Contemplaba el color de la barra de hierro recién salida de la fragua y movía ligeramente la cabeza expresando el agrado que sentía.

Tomó un martillo y la golpeó ligeramente por distintos lugares como si tratara de adivinar la calidad en cada uno de los golpes. Andrew le miraba absorto situado a sus espaldas. Sin dirigirle la mirada, el herrero le dijo que asiera las tenazas que sujetan la barra del hierro al rojo vivo y golpeara con suavidad, al igual que él. Andrew obedeció sin decir palabra. Cuando asestó el primer golpe a la barra sintió como una ligera vibración se transmitía a través de su cuerpo.

—¡Más fuerte! —exclamó el herrero.

Pensó que la vibración sería mayor. Se equivocó.

—¡Mas fuerte, mucho más! —volvió a gritar el herrero.

Descargó un golpe que le pareció tremendo. En el punto de choque se produjeron unas ligeras chispitas sin conseguir deformación alguna en el material.

—¿Qué te parece muchacho?

—Me siento incapaz de forjarlo Dawa, es excesivamente duro.

—Es duro, mucho, pero podrás hacerlo —respondió amable—. Además, necesita mucho más fuego. Vamos, te ayudo.

Entre los dos introdujeron el hierro en la fragua y Andrew agitó con fuerza el fuelle.

—Suavemente muchacho, suavemente —arrastró la última palabra.

Cuando intuyó el hierro que ya había permanecido el tiempo suficiente en el fuego, entre los dos lo retiraron, depositándolo sobre el yunque. Andrew miraba fascinado la barra y su color rojo amarillento brillante que le producía la sensación de disolverse de un momento a otro. Comenzaron a golpearla alternativamente. Los estridentes golpes de martillo sobre el yunque penetraban en su cerebro como finos pinchazos. Poco después apenas los percibía. A cada golpe, el acero se iba maleando hasta alcanzar una forma aplanada. De cuando en cuando volvían a introducirlo en la fragua para continuar después su forja.

Unas finas gotitas de sudor perlaban la frente del joven que se sentía feliz en aquellos momentos. Su mente se encontraba totalmente concentrada en lo que estaba haciendo.

Fueron repitiendo las mismas acciones una y otra vez, incansables. El herrero contemplaba minuciosamente el acero después de cada serie de golpes, tratando de encontrar algún fallo en el metal. Mostraba su complacencia por el desarrollo del trabajo cada vez que el arma era devuelta a la fragua. El denso humo que se producía al accionar el fuelle irritaba los ojos de Andrew y le hacía toser. Ante la mirada atenta del herrero, el joven le decía que se encontraba perfectamente. Entonces éste, removía con las largas tenazas los carbones incandescentes para proporcionar el mismo calor a toda la barra. El brillo del metal era impresionante.

En una de las ocasiones en que retiraron la barra de la fragua, el herrero se acercó a la orilla del río y tomó entre sus manos un puñado de fina arena. Después la fue vertiendo uniformemente sobre el filo de la espada. Los granos comenzaron a burbujear fundiéndose con el acero.

—Deja que tu alma fluya y penetre en ella sintiendo como los dos formáis una sola unidad —le dijo el herrero con voz cavernosa—. Golpea suavemente el filo del acero  y a cada golpe disuélvete entre sus poros al igual que la arena del río. Tu corazón acompasará el ritmo.

Andrew trató de hacer caso al herrero. Fue golpeando el acero, tímidamente primero para ir incrementando la potencia de cada golpe. Cuando el herrero le hacía una señal, Andrew detenía su brazo pero continuaba mirando el acero como su estuviera hipnotizado. Podría describir con perfecta claridad cada cambio de color que se producía en él. El herrero observaba con minuciosidad el efecto producido por los golpes de martillo del joven, apreciando como el arma iba tomando su forma definitiva sin torcerse ni doblarse, con una alineación perfecta. La tomó, bien sujeta con las tenazas y la sumergió en el agua repetidas veces para que el cambio brusco de temperatura no dañara al acero y pudiera alcanzar el temple adecuado.

Poco a poco, repitiendo las mismas operaciones un sin fin de veces, el herrero pareció satisfecho.

—¡Ya sólo nos resta la forja final! —exclamó sonoramente.

Cuando el sol había desaparecido tras las montañas, Andrew pudo comprobar la perfección de su obra. El herrero le daba las explicaciones sobre las cualidades que requería una buena espada y el sintió verdadero placer por haber participado en su creación.

—Mañana comenzaremos con la otra, si todavía persistes en ello.

Andrew no lo dudó.

—Sí. Por supuesto.

Fue entonces cuando se dio cuenta del profundo cansancio que sentía sobre todo su cuerpo. Sus brazos le pesaban tanto que creyó que sería incapaz de levantarlos. El herrero lo envió directamente a su aposento al percibir su estado de agotamiento.

Taypeck, que departía con los miembros de la escolta, vio como el muchacho se acercaba y fue a su encuentro. Tuvo la sensación de que Andrew estaba caminando totalmente dormido. Lo condujo a su habitación y le ayudó a acostarse.

Durmió profundamente hasta el alba, despertándose por la sensación desagradable que sentía en su estómago. Devoró el copioso desayuno que le había preparado el monje y finalmente abandó la estancia para dirigirse hacia la herrería.

Al salir, observaron al herrero blandiendo una enorme espada a la que hacía voltear con su facilidad. Les vio llegar pero no se detuvo y continuó realizando una serie de movimientos de enorme dificultad. Andrew le miraba asombrado.

—La tensión del acero es la correcta y su peso y equilibrio los adecuados para su manejo —comentó el herrero que parecía no acusar cansancio alguno pese a la dificultad de los ejercicios que ejecutaba—. Tan sólo nos resta comprobar si es la adecuada para ti.

Andrew tomó la espada que le entregaba el herrero y la miró con reverencia. Estaba totalmente terminada, con una empuñadura que se adaptaba perfectamente a su mano, sin belleza alguna, pero de inmediato comprendió que le daría una sólida protección en el caso de lucha.

Comenzó a realizar algunos giros, con suavidad, pensando que su peso podría desequilibrarle. Pronto comprobó que era una prolongación de su brazo.

—¡Es perfecta, Dawa! –exclamó con gran admiración.

—Pues vamos a comprobar si realmente es tú espada.

—¿Cómo dices? —preguntó extrañado.

—Lo has oído perfectamente —dio media vuelta y se introdujo en la herrería, a los pocos segundos volvió empuñando una espada de considerables dimensiones, mayores que la que sostenía Andrew.

Se situó delante de él, abrió ligeramente las piernas elevando la espada a la altura de su rostro y paralela al suelo.

—¡Ataca! —le ordenó con un grito.

La sorpresa se marcó en el rostro de Andrew, pero sin dudarlo, elevó también su espada y se acercó al herrero mirándole directamente a los ojos.

—¡Descarga tu espada sobre la mía, con fuerza!

Andrew tampoco dudó, elevó más la espada y la descargó con violencia sobre la del herrero. Éste nunca esperó tal contundencia en el golpe propinado por el joven, que le hizo retroceder y a punto estuvo de hacerle morder la tierra. Clavó la suya en el suelo y se acercó al joven tomándole la espada. La estuvo revisando con complacencia. Finalmente respondió ante la gran expectación de todos.

—Realmente es tu espada, Andrew —y tomándola con las dos manos se la entregó—, creo que será imposible superarla con la segunda.

Los soldados se acercaron curiosos y admirados. Todos querían tocar el arma. El comandante le pidió a Andrew si le permitía probarla.

—Yo, de ti no lo haría —contestó con rapidez el herrero y añadió—, pero si lo haces, que sea muy suavemente.

Andrew se la entregó. Éste, la asió fuertemente por la empuñadura y finteó dirigiéndose a uno de sus soldados.

—¡Desenvaina! —le ordenó.

—¡Cuidado comandante! —se escuchó la voz gruesa del herrero.

Andrew sintió que la tensión crecía a su alrededor. Cuando el soldado desenvainó su espada, el comandante, tras unos movimientos circulares con la suya, descargó un golpe sin gran potencia que el soldado aguantó con firmeza. No así el comandante que tras un potente grito soltó el arma y acabó con sus huesos en el suelo.

El herrero sonreía socarronamente. “Verdaderamente es la espada del joven”, se dijo mentalmente.

—¿Qué ocurre? — inquirió Andrew.

El comandante, ya de rodillas, se frotaba la muñeca de su mano derecha con un gesto de dolor en su rostro.

—La vibración de la espada se ha transmitido por todo el cuerpo del comandante —aclaró el herrero—, le advertí que la usara con suavidad.

—Pues yo no he sentido nada —dijo Andrew.

—Vibráis en la misma frecuencia, por eso es, “tú espada” —y puso especial énfasis en las últimas palabras.

—Taypeck quiso comprobar la veracidad de las palabras del herrero, y aunque con mucha cautela, al golpear la espada contra otra, una extraña corriente se transmitió por todo el cuerpo. Su potencia, indudablemente, se correspondía con la del golpe.

Incrédulos, cada uno de los soldados hizo lo propio con igualdad de resultados. Finalmente, el arma retornó a manos de Andrew que al tomarla, una especie de calor fluyó por su sangre. La sintió muy ligera entre sus manos.

—¡Golpea el yunque, Andrew! —gritó el herrero.

El joven no lo dudó y descargó un potente golpe sobre el yunque del herrero levantando esquirlas de hierro ardiendo. Cualquier otra se hubiera partido en dos. Una amplia sonrisa apareció en su rostro. Observó con detenimiento el arma buscando el deterioro que pudo haber sufrido con el golpe, pero estaba intacta, ni un simple arañazo en su filo. El herrero no cabía en sí de gozo. Andrew le propinó un fuerte abrazo susurrándole al oído.

—¿A ti también te hubiera ocurrido lo mismo?

—No lo dudes, nadie podrá manejar esa espada sin sufrir las consecuencias a excepción de ti. Deseo tener la misma suerte con la otra, aunque ya no es tan importante.

Varios días después, Andrew disponía de las dos espadas. Se despidieron emocionados.

 

 
oooOOOooo


ÍNDICE

P. PRINCIPAL