RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O    X I
E L   LARGO  VIAJE
 


 

Durante la noche anterior habían conversado mucho. Venían haciéndolo casi todas, pero la última fue especial. Tuvo la sensación de que Dilgo, además de abrir su mente y hacerle partícipe de los conocimientos que realmente le interesaban, también le había abierto su alma. Andrew comprendió entonces que el monje era realmente un ser excepcional y que, con todo el merecimiento, ocupaba el puesto de “elegido” en el Agarthi.

Esto le hizo recordar algo que ya casi había olvidado. Con anterioridad al regreso a su tiempo, Dilgo le había anunciado que él, también era un “elegido”. No comprendía muy bien los motivos, pero tampoco pidió explicación alguna en aquel instante.

En la explanada exterior todo estaba preparado para el largo viaje. Las monturas se movían inquietas, quizá por el fuerte frío del alba. Los soldados charlaban animadamente, para ellos supondría una paga extra y sustanciosa mientras permanecieran viajando.

Pocos minutos antes de romper el día llegó Andrew en compañía de Taypeck. Con anterioridad se habían despedidos de los dos Lamas. No hubiera estado bien visto que salieran al patio exterior a esas horas de la madrugada para despedir a una comitiva que, en teoría, no tenía relevancia alguna.

Sin dilación, montaron sobre sus cabalgaduras. A una indicación de Taypeck, la comitiva se puso en movimiento. Los dos abrieron la marcha con sus cabalgaduras al paso. Detrás, el resto.

La suavidad de la brisa matutina no impidió que Andrew se estremeciese, rodeando su rostro con un grueso tejido para protegerse de la gélida temperatura de esas horas. Se llevó la mano a la cintura y percibió, a través de las ropas, la preciosa daga colgada de su cinturón. Eso le infundió gran confianza y su pensamiento se dirigió hacia Jeshe Norbu rogándole su protección.

Bordearon Lhasa, tomando dirección hacia el Este siguiendo el paralelo 30. Andrew recordó que sobre ese mismo paralelo se encontraba Florida, un verdadero paraíso de eterna primavera y eso le hizo encogerse sobre sí mismo para sentir menor sensación de frío.

Su camino les llevaría hasta más allá de las propias fronteras, a un lugar ignoto de la China imperial. Cabalgaron durante varios días. Taypeck parecía tener una extraña prisa recorriendo las laderas de las enormes montañas nevadas que configuraban la región del Himalaya.

La gélida brisa azotaba constantemente sus rostros casi ocultos entre las pieles de sus gorros. Andrew sentía como si miles de agujas se fueran clavando en su piel a pesar de que la tenía muy curtida. En más de una ocasión estuvo tentado de indicarle al monje que no veía el sentido de llevar a cabo una cabalgada tan extenuante. Los caballos daban muestra de fatiga, los soldados estaban inquietos y los portadores al borde del colapso, luchando para mantener la carga sobre los lomos de los animales. Sin embargo, pensó que tendría razones suficientes para adoptar tal decisión.

En una de las zonas más abruptas del largo recorrido, Taypeck ordenó que la caravana se detuviera. Los soldados gesticularon alborozados pensando en disfrutar de un merecido descanso y de raciones extras de Qingke para calentar sus cuerpos zaheridos por las bajas temperaturas, cercanas a los veinte grados bajo cero a esas horas de la tarde.

—¡Montar las tiendas en dos filas! —gritó para hacerse oír en medio de un fuerte ulular del viento.

 Antes de iniciar los trabajos para instalar el campamento, Andrew sintió curiosidad y no dudó en preguntarle:

—¿Por qué viajamos por las zonas más inhóspitas de tu país? El Tíbet es una gigantesca meseta entre el Kuelun y el Himalaya, pero tenía la impresión de que nuestro destino era la ciudad China de Lanchow y continuar posteriormente a Ningsia. Tengo la sensación de que vamos en dirección opuesta, directamente al Everest, ¿no es así?

En el rostro de Taypeck se dibujó un gesto de sorpresa que no pasó por alto a la atenta mirada de Andrew.

—¿Puedes esperar a que se finalicen las tareas de instalación del campamento? —respondió el monje—. En el interior de la tienda podremos hablar sin temor alguno de que nuestras palabras puedan ser arrastradas por el viento hasta los agudizados oídos de los soldados.

El joven asintió comprensivo y se dispuso a colaborar en las tareas a realizar en el asentamiento.

En la hora siguiente, la labor de todos los componentes de la expedición se volvió desenfrenada. Andrew se preguntaba de qué madera estarían hechos aquellos seres capaces de vivir en la región más inhóspita del mundo y desarrollar una actividad, que en muchos casos llegaba a parecer sobrehumana.

Elevó la vista hacia el cielo. El sol no tardaría mucho en ocultarse tras la enorme montaña que protegía al Tíbet por el Oeste. El aire soplaba a ráfagas. A veces parecía detenerse y la calma era total, para redoblar su energía pocos instantes después. La gente, según pudo oír Andrew, creía que los espíritus de la región oscura del mal vivían en el viento y por eso, desde muy niños recibían un amuleto protector, generalmente de plata, bendecido por un chamán o por un vidente. Cuando el viento arreciaba con fuerza, los tibetanos solían asir con su mano el amuleto de forma inconsciente, para que les librara del poder del espíritu del mal que en ese momento se movía en su interior.

A Andrew no le afectaban estas supersticiones, pero no le impedía sentir una especie de fuerte desasosiego cuando de forma instantánea percibía sobre su cuerpo violentas ráfagas de gélido aire que le producían la sensación de ser arrastrado hacia lo más profundo del espacio.

Cuando finalizaron el montaje del campamento el sol había desaparecido ya detrás del risco más alto de la montaña. Tras las instrucciones oportunas a los soldados, Taypeck se internó en su tienda donde le esperaba Andrew impaciente por conversar con él sobre una serie de aspectos que no veía muy claros.

—¿Y bien...? —arrastró suavemente las palabras.

—Ya está todo organizado. Ahora podremos cenar un poco y descansar. Creo que hoy nos lo hemos merecido.

—Sí, por supuesto —respondió Andrew mecánicamente. Sus pensamientos se movían por otros derroteros que no eran precisamente los domésticos.

Las dimensiones de la tienda apenas sí les permitían moverse con facilidad.

Unos golpes en la lona atrajeron la atención del monje que se giró raudo en esa dirección. Se abrió un pequeño hueco en la entrada y asomó el regordete y sonrosado rostro de uno de los cocineros. Entre sus manos portaba las viandas para la cena; tsampo con unos trozos de cebollines picantes y una pequeña ración de carne de jac. Taypeck lo recogió dejándolo en el centro de la tienda, al lado de las dos velas que la iluminaban. El cocinero desapareció unos instantes para regresar con un recipiente metálico lleno de humeante cha: té verde con manteca.

Cenaron en silencio. Tan sólo algún comentario de cuando en cuando y sobre las inclemencias del tiempo o las bondades de los alimentos. Andrew sintió como su cuerpo se calentaba, adquiriendo una sensación de bienestar que le tranquilizó. El día fue muy duro, y mucho más para él, no acostumbrado a las condiciones tan hostiles de la región. Ahora, las preocupaciones se iban disipando, pronto sabría las razones por las cuales se encontraban en ese lugar perdido de la mano de Dios.

Tras la cena, prepararon los rústicos sacos de pieles para dormir. Los músculos de Andrew se fueron relajando y un agradable sopor recorrió su cuerpo. Sin apenas darse cuenta, cayó rendido sobre las pieles y su mente se trasladó a la zona onírica antes de que su cabeza se apoyara sobre la improvisada cama.

Taypeck le miró complacido. Apagó una de las dos velas y se dispuso a dormir. 

Ambos descansaron plácidamente. Andrew apenas varió su posición durante toda la noche. Su respiración fue sosegada.

Cuando se despertó, todavía flotaban los sueños a su alrededor. Su primera reacción fue asir la enorme espada que reposaba a su lado, pero de inmediato se dio cuenta de la puerilidad de tal acción.

Sus movimientos alertaron a Taypeck que se levantó con inusitada rapidez. Al comprobar que no existía peligro alguno se relajó.

—Siento haberte despertado bruscamente —le expresó Andrew, compungido—, no era esa mi intención.

—No te preocupes, Andrew —respondió el monje desperezándose, su cuerpo se encontraba en momentánea tensión—. Ya es hora de iniciar una nueva jornada.

—¿A qué hora levantaremos el campamento? —quiso saber Andrew.

El monje le miró fijamente. A pesar de la escasa luz que despedía la ya agotada vela, el joven se percató del profundo gesto de seriedad en el rostro del monje.

—¿Ocurre algo que yo no sepa, Taypeck? —inquirió Andrew un tanto preocupado. Las cosas no habían cambiado mucho desde el día anterior, por eso no entendía muy bien la actitud la actitud del monje.

—¡Oh, no! —respondió, tratando de aparentar un aspecto distraído, cosa que no consiguió.

—¿Y bien... ?

—Eres como un buen perro de presa. No sueltas fácilmente lo que persigues, pero eso es bueno.

—¡Al grano, Taypeck!

Andrew frunció el entrecejo hasta sentir la tensión en su frente.

—Espera un instante.

Asomó la cabeza a través del pequeño hueco de acceso comprobando que todavía era de noche cerrada. La oscuridad lo envolvía todo. Tan sólo el ligero murmullo de una suave brisa se dejaba oír en el exterior. Al lado de una de las tiendas y muy próxima a la de ellos, vislumbró la silueta del soldado que realizaba la guardia. La quietud era total. El soldado, de cuando en cuando movía la cabeza de un lado a otro tratando de traspasar la oscuridad unos metros más allá. Cerró cuidadosamente la entrada y después tomó un vaso de cha a pesar de estar muy frío, apurándolo de un largo trago.

—Me preguntabas sobre que hora levantaremos el campamento, ¿no es así?

Andrew asintió con la cabeza esperando que el monje continuara.

—Bien. De momento permaneceremos aquí, al menos por dos o tres días.

El joven le miró con sorpresa y frunció el ceño desorientado.

—¿En este paraje tan inhóspito? —exclamó Andrew. Tras un ligero y expectante silencio continuó preguntando, ya un poco más calmado— ¿Qué es lo que nos retiene en este maldito lugar alejado de cualquier indicio de civilización, a una considerable altitud que impide respirar con normalidad y con unas temperaturas que congelan hasta los pensamientos?

La rapidez con que preguntaba Andrew produjo una amplia sonrisa en Taypeck. Le hacía gracia la forma de expresión utilizada por el joven que, normalmente, era taimado en sus alocuciones. Antes de que el monje pudiera contestar, añadió:

—¡Estoy completamente seguro que Jeshe Norbu desconoce todo esto, me lo habría dicho!

Un extraño pensamiento cruzó por la mente de Andrew, “¿Me habrá preparado Taypeck una trampa por alguna razón que desconozco?”, se preguntó, pero de inmediato trató de rechazarlo. “No. Seguro que no. Tiene que haber otra explicación”, se dijo para tranquilizarse. De todas formas, una extraña sensación se apoderó de su cuerpo.

—¡Vamos, Andrew, cálmate! No hay nada extraño en todo esto. Tienes razón en una cosa, Jeshe Norbu no tiene conocimiento alguno de donde estamos ahora y cuales son las razones por las que nos encontramos aquí.

—¡Lo sabía! —expresó rotundo.

—Baja la voz, por favor. Pueden oírnos los soldados y eso no sería conveniente.

El joven bajó la mirada como un niño cogido en falta.

—Como te decía —continuó el monje en voz baja—, Jeshe Norbu no sabe que nos encontramos en las estribaciones del Himalaya. Piensa que en estos momentos estamos atravesando la gran meseta discurriendo paralelamente al sistema orográfico de Thanglha.

—¿Y las razones Taypeck?

—Eso ya es mucho más difícil de explicar.

—Tú eres un genio en ese arte, buena prueba de ello es el magnífico relato con el que me habéis obsequiado y responsable de mi estancia aquí, entre vosotros.

Taypeck unió las manos a la altura del pecho e inclinó la cabeza tratando de expresarle su sentimiento de culpabilidad, cuestión que Andrew no creyó.

—Espero que Jeshe Norbu, a lo largo de las muchas conversaciones que habéis mantenido en todo este tiempo, te habrá explicado muchas de las tradiciones y supersticiones existentes en nuestro país.

 Andrew le miró sin decir nada, pero en actitud expectante. El monje respiró profundamente e hizo un gesto tratando de demostrar un nerviosismo que realmente no sentía, pero tampoco deseaba realizar elocuentes explicaciones que pudieran satisfacer la curiosidad del joven, entre otras cosas, porque sus conocimientos también eran escasos.

—Una de ellas —continuó después de expeler el aire de sus pulmones con extremada lentitud, cosa que hizo tensar los músculos del cuerpo de Andrew—, es la existencia de una ciudad conocida bajo el nombre de Shambala. La tradición ubica esta ciudad sobre algún lugar inaccesible del Himalaya, hundida en su interior a la que se llega por interminables pasadizos subterráneos, a través de los cuales se accede a maravillosos valles donde se mantiene la eterna primavera. Allí, dice la tradición, viven los señores de la luz que pueden controlar la existencia planetaria.

—Dilgo me contó algo de esto, pero me parece increíble  que podáis pensar sobre la realidad de su existencia. Puedo decirte que en mi tiempo es totalmente desconocida y no hay un solo metro cuadrado en la tierra que no pueda ser escudriñado desde el espacio con precisos equipos de visión y fotografía.

El monje no entendió muy bien que quería decir el joven pero hizo caso omiso de su observación.

—Estamos aquí porque tú tienes que acceder a Shambala.

Ahora Andrew se rió abiertamente al escuchar lo que pensó que era un infantil comentario del monje.

—Sí —comentó con sorna—, y allí me encontraré a Blanca Nieves y a los siete enanitos —pero de pronto cayó en la cuenta de que su estancia en el Tíbet, la época y el medio de transporte eran más inverosímiles todavía—. Disculpa —añadió al observar el extraño gesto del monje—, ha sido una tontería. Continúa, por favor.

—Es así de sencillo. Tienes que encontrar la entrada de Shambala y penetrar en su interior. Allí te esperan.

Ahora sí le pareció que el monje trataba de tomarle el pelo.

—¿Y si no es así? —Inquirió Andrew un tanto burlón— ¿Y si no la encuentro?

Y pensó que esto sería lo más probable. No le cabía la menor duda sobre la inexistencia de tal idílica ciudad. El monje bajó la cabeza apesadumbrado.

—Eso querrá decir que no eres un “elegido”.

A Andrew no le preocupaba mucho el ser o no un “elegido”. El mero hecho de estar viviendo estos acontecimientos ya era más que suficiente para sentirse satisfecho. Su relación con Jeshe Norbu y los monjes era totalmente enriquecedora.

—Pero eso no puede ser —exclamó Taypeck con renacidos ánimos. Tal como ha ocurrido todo, tú tienes que ser un “elegido”, y yo he sido el mensajero para traerte a este lugar.

—¿Quieres decir que actúas independientemente de Jeshe Norbu?

—En parte sí. Los dos somos piezas de un mismo engranaje. Yo he sido enviado a Potala con una misión, para la cual, tenía que colaborar estrechamente con Jeshe Norbu a pesar de que él tenía que ignorarlo.

La curiosidad del joven iba en aumento a medida que transcurría el tiempo. Tenía la sensación de que a su alrededor se estaba tejiendo una extraña trama cuyo final podría ser imprevisible y eso, era algo que no le gustaba. En Potala aprendió muchas cosas y con inusitada rapidez adquirió poderes y conocimientos de las artes marciales y su mente se transformó, dejando muy atrás la pubertad para alcanzar un grado que, en su época le parecería inimaginable. Se acostumbró a controlar fríamente cualquier situación y ésta, se le escapaba de las manos.

—¿Quién te envía?

—Realmente, no lo sé. A veces he llegado a dudar de la realidad de los acontecimientos. A lo largo de unos años se han sucedido una serie de acontecimientos muy extraños. Me resulta muy difícil poder determinar con exactitud lo que es real y lo que es sueño. Pero tanto de una forma como de otra, sé que lo que estoy haciendo, es lo correcto. No me cabe la menor duda.

Andrew se rebeló ante las imprecisas palabras del monje. Tenía la sensación de estar dialogando con un niño.

—¿Insinúas que algún habitante de Shambala está en contacto contigo?

—Sí. Rotundamente, sí.

Andrew movió la cabeza dubitativamente.

—Sí eso fuera cierto, Jeshe Norbu lo sabría.

—Él no lo sabe todo. Pertenece al Consejo de Sabios que se reúne en Agarthi y regulan el equilibrio del planeta. Los Señores de la Luz son otro estadio superior —Andrew expresó en su rostro la sorpresa que le causaban las palabras de Taypeck, éste se dio cuenta pero continuó hablando—. Ellos vigilan todo lo que sucede en este mundo y quizá en otros, pero no interfieren, al menos de una forma directa, en nuestra evolución y desarrollo. El mismo Jeshe Norbu no está seguro de su existencia.

Andrew se sintió anonadado. Su capacidad de asombro parecía no alcanzar nunca el límite, siempre ocurría o descubría algo nuevo que hacía normal lo anterior. “¡Esto es una verdadera locura!”, pensó indignado.

—¿Cómo sabes que Jeshe Norbu pertenece al Consejo de Sabios? Esto es algo muy secreto, prácticamente lo conocen sólo los propios miembros. A mí me lo confesó un día...

—Cuando te comunicó que tú también pertenecerías al Consejo. Lo sé.

Andrew se dio por vencido y gesticulando infantilmente dijo:

—¡Está bien. Está bien, me lo creo todo...!

De esta forma, rompió la tensión del momento e hizo que una sonrisa asomara en el rostro de Taypeck.

El joven permaneció durante un tiempo pensando en las palabras pronunciadas por Taypeck. Dudaba de la veracidad de las mismas, su racionalidad no le permitía aceptarlas. Sin embargo, su racionalidad tampoco le hubiera permitido la realidad en la que se encontraba inmerso, y allí estaba, en lo más alto de un pico del Himalaya y en plena edad media, siglos antes de su propio nacimiento y transportándose a través de un medio que hubiera dejado estupefactos a los sabios de la NASA.

“¿Cuántas cosas podrán sorprenderme todavía?”, se preguntó, pero sin temor alguno y su estado de ánimo se hacía cada vez más fuerte e invulnerable.

—Debes de partir hacia Shambala —comprendió que el joven volvía a sentirse escéptico—. Déjame que te lo explique. ¡No me interrumpas! Para mí, esto no es fácil, yo tampoco comprendo casi nada, pero las cosas tienen que suceder tal como te las cuento.

Andrew juntó sus manos e inclinó la cabeza.

—Lo siento, Taypeck, continúa.

—Creo que este lugar es el punto hasta el cual debemos de acompañarte. A partir de aquí, tienes que viajar en solitario —le miró fijamente—, y no puedo decirte por cuanto tiempo ni el recorrido que debes realizar. Cuando abandones el campamento te encontrarás sólo, dependiendo única y exclusivamente de tu voluntad y tus deseos de hacer. Podrás regresar cuando quieras, encuentres o no Shambala. Repito, ¡tan sólo tú decides!

—Pero Taypeck, ¿no comprendes que yo no creo en la existencia de Shambala?

—¿Creías acaso en tu siglo XXI que podrías viajar en el tiempo y situarte en plena Edad Media y en el remoto y legendario Tíbet, que aún en tu época, más de las tres cuartas partes del planeta desconocen su existencia?

Andrew movió la cabeza dubitativamente. Las palabras del monje le parecían dardos dirigidos con exquisita puntería hacia su inteligencia, y no exentos de razones.

Unas fracciones de segundo le bastaron para comprender que emprendería el viaje tal como le indicaba Taypeck.

—¿Cuándo debo partir? —preguntó componiendo en su rostro una amplia sonrisa.

Taypeck le miró en silencio. Una razonable duda cruzó su mente dejando traslucirla en su rostro. Sentía verdadero terror pensando en la suerte del joven. Su fortuna había sido inmensa al traerlo a su lado y una fuerte angustia le atenazaba cada vez que tenía que separarse de él y dejarle sin protección.

—Cuando tú lo desees —respondió con un tono de voz casi inaudible—. Nosotros permaneceremos aquí hasta que regreses. No nos moveremos sin ti.

—Creo que cuanto antes será lo más oportuno. Si ordenas a los cocineros que me preparen algunas viandas, no me demoraré demasiado.

—Todo está preparado, Andrew. Tan sólo resta colocarlo en tu saco de viaje. Cuando tú digas, aviso para que lo traigan.

Andrew se mesó el pelo descuidadamente y su mirada pareció perderse en el infinito, sin embargo, su cerebro se encontraba en plena ebullición.

—¡Ahora mismo! —gritó, sin apenas darse cuenta— ¡Quiero estar de regreso antes de que anochezca!

—Andrew, no creo que puedas regresar antes de tres o cuatro días. El camino es duro y muy peligroso. Sé, y no me cabe la menor duda, que estarás protegido, pero para cualquier otro mortal, la aventura podría ser fatídica y perecer en el empeño.

Las palabras del monje no mermaron en absoluto los ánimos del joven. Había momentos en los que se creía realmente toda la historia y su vitalidad era inmensa.

—¿Cómo es Shambala, Taypeck?

El monje se sorprendió ante la pregunta de Andrew.

—Hay muchas versiones dependiendo de los clanes que las cuenten. A pesar de todo, creo que nadie sabe realmente como es a excepción de los que como tú, habrán podido acceder a ella.

—Yo todavía no la he encontrado, y tengo serias dudas de que lo consiga, pero, ¿existen personas que sí la conocen?

El monje tardó unos segundos en contestar y en sus palabras dejaron traslucir la impotencia que sentía.

—¡Qué más quisiera yo que saberlo!

Andrew deseó burlarse un poco de él.

—¡No te preocupes Taypeck, en unos días lo sabrás!

 

Una fuerte ventisca había arrastrado la densa niebla permitiendo que los rayos solares iluminaran la agreste ladera de la montaña. Delante de las tiendas, Andrew se despedía de todos los miembros de la expedición, que no comprendían muy bien a dónde iba el joven extranjero solo y en medio de la peligrosísima montaña. Taypeck le acompañó durante, al menos, quince minutos por un camino que, cada vez, se hacía más estrecho y peligroso.

—¡Qué el espíritu del Gran Buda te acompañe, Andrew! —le dijo el monje deteniéndose en un determinado punto— A partir de ahora debes de continuar sólo. ¡Por favor, muchacho, ten muchísimo cuidado!

—¿No dices que estoy protegido, mentiroso monje?

—No te burles —respondió, bajando la cabeza compungido percibiendo que el color de sus mejillas adquiría una tonalidad anaranjada—. Siento gran dolor de corazón al dejarte que vayas solo, pero nada puedo hacer para remediarlo.

—Lo sé, Taypeck, no te preocupes por mí —le miró con expresión burlona—, además; todavía no he nacido.

Se abrazaron con fuerza y sin volver la vista atrás, continuó la ascensión por el estrecho sendero, pero ahora, en solitario.

La belleza del lugar era inenarrable. Pensó que el mundo se rendía a sus pies. Los ojos se humedecieron de emoción al contemplar lo que se presentaba ante su mirada acelerando los latidos de su corazón. Era algo que nunca olvidaría. Los rayos solares arrancaban miríadas de resplandores sobre la superficie del inmenso lago y producían sombras muy estiradas ante cualquier protuberancia del terreno. Se asemejaban a fantasmas cuyos cuerpos pretendían alcanzar el infinito. El color producido en el entorno a esas horas de la mañana parecía de ensueño.

Haciendo un gesto enérgico con la cabeza, retomó la marcha tratando de avanzar con largos pasos. Pronto se dio cuenta de lo insensato de tal actitud. El sendero era muy peligroso, con fuertes cortantes que descendían verticalmente a muchos metros más abajo. La nieve tampoco facilitaba el ascenso, lo que le obligó a caminar con exagerada prudencia. En alguna ocasión sufrió fuertes descargas de adrenalina al sentir que sus pies perdían el contacto con el terreno y que de caminar despreocupado, hubiera terminado con sus huesos totalmente quebrados en el fondo del precipicio.

Comenzó a sentir el esfuerzo realizado. Unas gotitas de sudor emanaban de su piel, que en el rostro se congelaban con rapidez. Pasó por su mente tomarse una prolongado descanso, pero comprendió lo insensato que resultaba su pensamiento. Tendría que continuar mientras el sol permaneciera en el firmamento e iluminara su camino. Sólo se permitiría un pequeño respiro para tomar un frugal almuerzo y ello sería posible si encontraba algún lugar adecuado para ello.

Al caer la tarde se encontraba mucho más entero de lo que en un principio creyó. Podría haber continuado si la escasa luz se lo hubiera permitido. Encontró entre dos enormes peñascos un hueco perfecto que le permitiría pasar la noche a cubierto de las inclemencias del tiempo. Además, la situación de la entrada quedaba fuera de la mirada de alguien que hubiera tenido el atrevimiento de seguir sus pasos o, sencillamente, estuviera tan loco como él para encontrarse en aquel inhóspito lugar donde ni las fieras se atrevían visitar.

Tomó una buena cantidad de alimentos, se sentía con un apetito voraz. Una vez hubo terminado, se introdujo en el saco y se durmió de inmediato con la cálida sonrisa de su madre en la mente.

Una fuerte ventisca le despertó poco antes del alba. Los prolongados silbidos del aire podrían sobrecoger de pánico, incluso a los más avezados en esas situaciones. Andrew se sintió impotente, a través del hueco entre las rocas era incapaz de percibir nada.

Permaneció tumbado y al abrigo del fuerte frío de la mañana. El sonido del viento le producía la sensación de que los espíritus de la montaña se lamentaban en lastimeros gemidos desde el principio de los tiempos. Siempre fue así y continuaría siéndolo en el futuro.

El día comenzó a despuntar con timidez. La noche todavía se mantenía aferrada en el espacio como deseando no desaparecer nunca, pero los rayos solares fueran atravesándola hasta dejarla en nada. Un profundo cielo azul elevó la moral del joven, sintiéndose de nuevo en posesión de las fuerzas de la naturaleza. El viento dejó de sentirse.

Sin dudarlo, se levantó, recogió los pocos enseres que había desplegado y con un buen trozo de queso y carne de yack entre sus manos, abandonó el refugio tratando de recordar su situación para el camino de regreso. Continuó sendero arriba. Unas veces, su anchura le permitía caminar a buen paso, en otras, el agreste trazado le obligaban a seguir con el máximo de cautela. De cuando en cuando se detenía unos instantes para volver la vista atrás y contemplar el paisaje, cuya belleza  seguía fascinándole.

Hacia media mañana arreció de nuevo el viento obligándole a caminar encogido sobre sí mismo. Fuertes ráfagas lo enderezaban tratando de arrastrarlo hacia el vacío. La piel de su rostro le dolía aterida de frío. Buscó un lugar donde poder resguardarse mientras persistiese la ventisca, lo que le permitiría darse un pequeño respiro y aprovechar esos instantes para comer. Al rodear un enorme peñasco se percató que a su falda se encontraría bien guarecido del terrible viento que le estaba azotando.

Se acurrucó en un rincón y se dispuso a comer. El fuerte ulular del viento le tenía sobrecogido. Sintió deseos de desaparecer, huir y encontrarse protegido en la tranquila vida de su tiempo.

Invocó la sonrisa de su madre con toda la potencia de su ser.

El silbido del viento era intermitente y penetrante, unas veces tenue, otras veces desgarrador. Parecía transportar una maraña de voces que trataban de asustarle. Después fue sintiendo esas voces en el interior de su mente produciéndole la sensación de que los eternos espíritus de las montañas se comunicaban con él, tratando de amedrentarle para que abandonase el lugar.

Cerró con fuerza los ojos para conjurar la presencia de Jeshe Norbu, que al igual que había ocurrido en anteriores ocasiones, le proporcionaba la fuerza y energía para resolver cualquier delicada situación. Pero continuaba escuchando las voces que le acosaban tratando de volverle loco y acabar con él. El corazón bombeaba la sangre a presión límite. Por las venas de su cuello circulaba a raudales y a velocidad inusitada. Creyó que iban a reventar. Sus músculos se tensaron obligándole a ponerse de pie con un salto inverosímil. La tensión le atenazaba las ideas y como un potrillo rebelde, se revolvió sin saber exactamente lo que hacía. Comenzó a gritar y a moverse en círculos. Dirigía su voz hacia lo más alto de la montaña.

—¡Venid, malditos espíritus del mal y acabar conmigo si podéis! —exclamó con tanta fuerza que creyó que el alma se le iba en el esfuerzo.

Las voces seguían altivas haciéndose oír cada vez con más fuerza. Era incapaz de discernir de donde procedían y cómo las escuchaba pero comenzó a darse cuenta de la racionalidad de los temores populares, desenvainó su gran espada y la elevó al cielo. Separó las piernas y arqueó ligeramente el cuerpo balanceándolo suavemente.

—¡Dilgo, ayúdame! —gritó, totalmente desesperanzado.

El sol se reflejó en sus ojos verdes en un instante en el que giró su cabeza, despidiendo un extraño fulgor. Las voces parecieron arreciar, ora en forma de espeluznantes gritos, ora en forma de lastimeros lamentos, que hubieran fulminado de terror a cualquier mente no lo suficiente preparada. Su túnica flameaba al viento y parecía cambiar de color en cada movimiento. Andrew sintió que era atravesado por una corriente excesivamente perturbadora; pánico. No dudó de la realidad de lo que le estaba ocurriendo. Nunca más dudaría por muy extraño y sin sentido que le pareciese.

Ráfagas de viento trataban de arrastrarle hacia el precipicio. Se detenían en seco para arreciar poco después con mayor violencia si fuera posible. Elevó la mirada hacia el cielo profundamente azul y vio la iridiscente punta de la espada cuyos reflejos se hacían cada vez más fuertes recorriendo toda la hoja. Una densa luz blanca se iba formando sobre el arma, envolviéndola y descendiendo hasta la empuñadura. Sintió en su cuerpo el contacto de la densa luz y dio un pequeño respingo. Las voces alcanzaban terribles cotas de vibración en su cerebro.

Agarró la espada con todas sus fuerzas y deseo con vehemencia que se acallaran los tenebrosos lamentos y los desgarradores gritos. La densa luz le envolvió totalmente. Percibió una regeneración de su cuerpo y espíritu y la tensión acumulada se diluyó como por arte de magia. Las voces desaparecieron instantáneamente y la ventisca se tornó en una suave brisa que gemía por su comportamiento.

La pesada espada entre sus manos tenía la ligereza de una pluma. Comprendió que todo aquello había terminado y podía continuar su camino sin dilación alguna. Fue bajando lentamente el arma que todavía resplandecía con luz propia. La enfundó y recogiendo el saco, se dispuso a continuar su viaje.

Se sintió pletórico y le pareció pueril el sentimiento de miedo que anteriormente se había apoderado de él. Avanzó con pasos rápidos y seguros. Si alguien le hubiera visto en aquellas condiciones, indudablemente hubiera pensado que no estaba en sus sanas facultades mentales y que de un momento a otro se despeñaría terminando con los  huesos destrozados en cualquier peñasco.

En las cúspides de Sikkin, faldas de los Himalayas entre rododendros en flor y aspirando el aroma del fragante balu, la planta salutífera, se sintió invadido por una fuerza interior inconmensurable. Se detuvo ante la visión tan maravillosa que se presenta ante sus incrédulos ojos a pesar de no comprender como podía existir tal paraje en aquel lugar. Le pareció que se estaba introduciendo en un cuento de hadas.

Todavía faltaban, al menos, una o dos horas para que comenzara a anochecer.

Se dio un respiro sentándose sobre un pequeño saliente formado por una roca al borde del camino. Sus pies quedaron colgando en el vacío. Los balanceaba rítmicamente y en su rostro se formó una amplia sonrisa. El panorama que tenía ante su vista era majestuoso y fascinante. La senda que descendía era algo más amplia y con menor pendiente, por lo que sería más fácil bajar. Quedaba a su derecha. A la izquierda, la montaña formaba una amplia llanura dividida en dos partes por una zona de rocas que discurría oblicua a la línea de la cumbre.

Tuvo la sensación que detrás de esas rocas comenzaba a concentrarse una densa niebla. Se sintió intrigado, la brisa ya no era tan suave y tenía la fuerza suficiente como para dispersarla. Pensó en acercarse al lugar pero comprendió que eso retrasaría mucho la marcha. Sin embargo, instantes después se preguntaba qué importancia tendría un retraso si no sabía hacia donde iba y quién pudiera estar esperándole. Permaneció sentado y en silencio, disfrutando del paisaje pero atento a las evoluciones de la masa de niebla, que ya superaba la altura de las rocas en muchos lugares. Evocó su tiempo y le pareció un anacronismo.

El sol ya estaba alcanzando su ocaso cuando decidió acampar allí. Caminó un poco por los alrededores buscando un refugio seguro. La noche podría ser terrible en aquel lugar sin protección de ningún tipo. No tardó mucho en encontrar un pequeño rincón entre rocas que le satisfizo y se acomodó lo mejor que pudo. Tras tomar un bocado, se quedó completamente dormido.

Cuando se despertó por la mañana, ya había despuntado el día y la claridad era total. Un fuerte viento se dejaba oír fuera de su refugio y la temperatura era muy baja. Salió al exterior dirigiendo la mirada hacia el lugar donde se había concentrado la niebla. Continuaba allí, de mayores dimensiones todavía. Percibió que se iba desvaneciendo sin ser arrastrada por la fuerza del viento. Incrédulo, observó como tomaba forma en su interior un palacio de notables proporciones que, aparentemente, estaba construido de cristal. Los rayos del sol no lo atravesaba y eran reflejados formando a su alrededor un maravilloso espectáculo de luz y color.

No salía de su asombro pensando que todavía se encontraba dormido.

—¡Shambala! —exclamó con voz muy potente— ¡Dios mío, era cierto!

Se sintió profundamente nervioso, pero sin ningún atisbo de temor.

—¡Pero..., ayer no había nada aquí! 

Se frotó los ojos con fuerza y hasta cometió la puerilidad de pellizcarse la barbilla. Frente a él continuaba la presencia de unas altas cúpulas y grandes espacios semiesféricos. Las formas se tornaban a cada instante más nítidas.

—Sí, Andrew —escuchó una voz femenina detrás de él, y antes de que pudiera darse la vuelta, continuó—: pero hoy es realidad para ti.

Cuando terminó de girarse, se encontró delante de sus ojos a la venerable anciana, vestida con una túnica blanca que parecía irradiar con luz propia.

—¡Usted, señora...! —exclamó asombrado— ¡Dios mío! ¿Qué hace en este lugar?

—Vivo en... Shambala, joven occidental —y sonrió alegremente.

Andrew la miró con atención. El rostro de la mujer ya no le pareció el de una anciana, apenas arruga alguna en su rostro, de estatura más elevada que en las anteriores ocasiones en las que se produjeron los encuentros y una larga cabellera que casi alcanzaba la cintura.

—Te estaba esperando. Vamos hacia la ciudad.

—¿Qué ciudad? —preguntó extrañado mirando a diestra y siniestra sin alcanzar vislumbrarla— No veo ninguna. Sólo el palacio.

—Esa es la entrada, que tampoco existe en el espacio real —respondió la mujer con gran dulzura en sus palabras que a Andrew, en ese instante, le recordó a su madre—. Se ha visualizado para recibirte.

Andrew no salía de su asombro. Quiso hacer mil preguntas, pero de su garganta no salió palabra alguna. No se había repuesto todavía.

“Si Taypeck viera esto”, pensó.

—No puede, mi joven occidental —Andrew dio un respingo y su mirada denotó una gran sorpresa.

—¡Cómo podéis...! —exclamó entrecortadamente.

—Ya comprenderás muchas cosas. A su momento —le asió del brazo, conduciéndolo en dirección hacia el palacio. Andrew percibió el contacto como una ola de calor que inundó su cuerpo—, no tenemos prisa alguna. El tiempo no es importante para nosotros. Lo irás intuyendo con relativa facilidad.

Se dejó arrastrar mirando fijamente en dirección al palacio. Tuvo la sensación de que más que caminar, flotaban.

—¿Ha sido con usted con quién me he encontrado en varias ocasiones y en distintos espacios físicos y temporales? —le preguntó tímidamente el joven, pensando que quizá la anciana no pudiera comprenderle.

—Claro. Andrew —su nombre en boca de ella le pareció de una gran musicalidad— ¿Quién podría haber sido si no? —añadió mirándole directamente a los ojos y con una sonrisa burlona en su rostro.

Andrew creyó enrojecer como un niño cogido en falta.

—Sí, claro —balbuceó torpemente.

Ante ellos se abría una de las enormes puertas del palacio. Se asemejaban a cualesquiera otras con la diferencia de que estas parecían estar hechas de cristal traslúcido que irradiaba luz propia.

—¿Cómo os llamáis señora?

—Maitreya

—¿Cómo? —inquirió Andrew que no había comprendido muy bien sus palabras.

—Maitreya —casi deletreó ella—, pero me gustaría que me llamaras “madre”.

Andrew se quedó pensativo unos instantes, le gustó su nombre.

—¿Qué significa Maitreya? —preguntó, pensando que en Asia, casi todos los nombres tenían un significado muy claro.

—En sánscrito significa “el que vela el discurrir del tiempo”. Es uno de los muchos nombres que se le atribuyen a Buda. Mi verdadero nombre, con una pronunciación mucho más difícil, se asemeja a éste, pero no existe ninguna otra connotación.

El joven sonrió ampliamente.

—“Madre”, me gusta tu nombre.

Cuando cruzaron el enorme portón de entrada, Andrew se giró para mirar hacia atrás. El paisaje de las montañas había desaparecido. Creyó encontrarse en otra dimensión rodeado de una intensa luz blanca que no podía discernir su procedencia y que no molestaba a la visión.

El brazo de Maitreya presionó ligeramente el de Andrew.

—Esto es la entrada de la mítica Shambala, nombre que las creencias populares nos han adjudicado. ¡Nunca dudes de las creencias populares, Andrew, siempre encierran una gran verdad en su interior!

El joven se encontraba absorto. Difícilmente podría imaginarse que algo así pudiera existir. Las formas del interior del palacio se apreciaban con nitidez dentro de la tonalidad blanca que lo envolvía.

Caminaron durante unos minutos sin encontrarse con ningún otro ser que pudiera morar en el palacio. Llegó a pensar que eran los únicos en él. Cuando alcanzaron el centro de una de las amplias estancias, Maitreya se detuvo y él la imitó. El suelo pareció ceder a sus pies y fueron descendiendo lentamente ante un intenso estupor reflejado en su rostro. Creyó encontrarse flotando en el aire a pesar de que sentía el peso de su cuerpo sobre alguna superficie que no alcanzaba ver.

Su mirada recorría vertiginosamente todo el campo de visión. Se sintió inmerso en una enorme sala en la que se desplazaba verticalmente. No fue capaz de determinar los verdaderos límites de la misma. La claridad blanquecina impedía interpretar las formas con exactitud. Cuando elevó su mirada, no pudo precisar si realmente existía un techo ni de donde procedía la luz.

Maitreya le miraba con una expresión beatífica en su rostro. Sabía perfectamente la lucha que se desataba entre la mente real y la imaginativa del joven occidental. Cuando se detuvieron en lo que él pensó que sería el suelo de la estancia, se volvió hacia Maitreya. La belleza de su expresión le desarmó totalmente. Intuyó entonces que nada malo podría ocurrirle.

—“Madre”, ¿qué hago yo aquí? —preguntó tímidamente.

—Lo sabrás en su momento, joven occidental. No es algo fácil de comprender y tendrás que pasar diferentes etapas hasta que veas la luz.

Sonrió ampliamente y elevó su mano derecha con la palma extendida para depositarla suavemente en la mejilla de Andrew. Éste, sintió en todo su cuerpo una especial vibración que le emocionó profundamente. Nunca podría imaginar que ese contacto fuera tan especial.

—De momento, piensa que eres uno de los escasísimos “elegidos” que en la historia de la Humanidad se han dado. Data de tiempos inmemoriales y formas parte de la “rueda del tiempo”, con misiones muy específicas que cumplir.

—¿Qué es la rueda del tiempo, Maitreya? —y le gustó como sonaba el nombre en sus labios.

—En su momento, Andrew. No pretendas conocer de inmediato todo lo que acuda a tu cerebro, podría ser inconveniente. Hay muchos aspectos del universo que sería imposible asimilar sin una preparación previa, y tu preparación aún no ha comenzado.

—¿Será muy larga?

—¡Larguísima, Andrew, mucho más de lo que ahora puedas imaginar; toda tu vida!

—Nuestra vida es un pequeño soplo en medio del universo —respondió con seriedad.

—La tuya, no. La nuestra, que también es la tuya, tampoco. Es mucho más que un soplo. Pero no adelantemos conocimientos, querido joven occidental.

De cuando en cuando, observaba como algunas personas caminaban sobre la pulida superficie del suelo, otras, situadas más lejos, parecían flotar en el aire con las piernas juntas y alrededor de sus pies una luz densa que se los ocultaba, se movían como si estuvieran sobre bandas transportadoras. Sus formas de vestir eran variadas y ligeras, sencillas unas, sofisticadas otras, pero en su gran mayoría predominando los colores claros. Miró su atuendo y se avergonzó, era algo anacrónico en aquel lugar en la que probablemente se disfrutaba de una temperatura constante no más allá de los veinte o veintidós grados.

—Me siento ridículo con estas ropas.

—Son las que realmente necesitas teniendo en cuenta el lugar donde te mueves. Incluso la espada que portas en la cintura es algo primordial en tu existencia en el Tíbet.

El joven se llevó la mano a la cintura y apretó la espada con su mano.

—No es una espada normal —exclamó orgulloso de su posesión.

—Lo sé, Andrew —respondió ella—. Fue forjada exclusivamente para ti. Te puede hacer prácticamente invencible siempre y cuando las utilices en causa noble, cuestión de la que no tengo la menor duda.

Andrew sonrió agradecido.

Le sorprendió la ausencia de ruidos, la quietud y el silencio que percibía eran muy agradables. Pensó que, incluso, con la sala completamente llena de aquellas gentes, la sensación sería la misma.

—Te acompañaré a tus aposentos. Tendrás ganas de asearte un poco y descansar.

Andrew enrojeció de nuevo. En aquella época, en el Tíbet había escasas comodidades al igual que en el resto del planeta. La higiene diaria era casi un lujo, y las bajas temperaturas no incitaban a disfrutar de baños con la frecuencia debida. Deseó sentir el agua caliente sobre su cuerpo.

A su paso, los habitantes de la ciudad le sonreían con simpatía. Algunos juntaban las manos a la altura del pecho e inclinaban ligeramente la cabeza dándole la bienvenida.

Se acercaron a uno de los laterales de la sala y sin darse cuenta, se sintió arrastrado por una fuerza apenas perceptible que le hacía avanzar en una determinada dirección. Dirigió la mirada hacia sus pies y los vio envueltos por una pequeña y densa capa de luz al igual que los de Maitreya. Inconscientemente elevó el derecho tratando de desprenderse de aquello, lo que provocó una ligera carcajada en su acompañante. Volvió a sentirse ridículo.

—Lo siento, “madre”, tendré que ir acostumbrándome. A pesar de los adelantos de mi tiempo, ahora me encuentro con situaciones totalmente desconocidas para mí y cuya singularidad no acierto ni a imaginar.

Ella comprendió su situación y sonrió alegremente.

—¿A qué distancia nos encontramos de la superficie? —preguntó por simple curiosidad.

—No existe superficie, Andrew. Esto es otra dimensión diferente —contestó ella complaciente—. No hay encima o debajo. No estamos en ninguna parte y estamos en todo el Universo. Es muy difícil de entender con mentalidad humana sin la preparación de los “elegidos”.

—Creo que nunca lo conseguiré —balbuceó apesadumbrado.

—Claro que lo conseguirás, joven occidental —aclaró ella con rapidez—. Pero ahora no te preocupes por eso. Cada cosa a su tiempo y tenemos mucho para conseguirlo.

Seguía sin comprender nada, pero aceptó las palabras de la dama. Pensó que el rostro de ella cada vez que la miraba era más joven, quiso preguntar pero no dudó en cual sería la respuesta y permaneció en silencio.

En un determinado lugar de la sala, atravesaron literalmente la pared sin sentir resistencia alguna. Extendió la mano en ese instante pero no encontró nada sólido. Giró la cabeza hacia la enorme sala, pero ya había desaparecido de su vista. Poco después, Maitreya le señalaba el espacio que ocuparía mientras permaneciera allí. Entraron los dos y ella le explicó lo que él necesitaba saber. Después le dejó sólo.

Sobre la inmensa cama se encontraban las ropas que usaría durante su estancia en Shambala. Las miró con curiosidad y, decididamente, le gustaron.

“¿Realmente le llamarán Shambala?”, pensó para añadir en voz alta:

—¡Y qué más da! ¡Esto es fascinante! Siento que Dilgo y Taypeck..., y mi madre no puedan conocerlo.

Despreocupadamente recorrió toda la estancia tomando nota mental de todo lo que deseaba preguntar a Maitreya.

Se introdujo en una extraña ducha donde un líquido de color anaranjado recorrió todo su cuerpo. Tuvo la sensación de que era mucho más denso que el agua produciéndole una agradable relajación. No pudo ver desde que lugar salía pero tampoco le importó demasiado. Cuando detuvo los chorros, una corriente de aire cálido le envolvió, secando completamente su cuerpo. Tuvo el tiempo justo de alcanzar la cama y caer dormido.

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