RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O    X I I
S H A M B A L A
 


 

Sintió una mano zarandeándole por el hombro.

—Ya voy, mamá —expresó con los ojos cerrados—. Ahora me levanto, ¿qué hora es?

Unas risitas le obligaron a incorporarse con presteza. Frente a él, Maitreya y un muchacho le miraban con expresión divertida.

—¡Arriba dormilón! —Le dijo cariñosamente Maitreya—. Llevas más de treinta horas de tu tiempo durmiendo.

—¿De veras? Lo siento, nunca lo hubiera imaginado —respondió un tanto burlón.

Ella hizo caso omiso de su respuesta.

—Dhargleis te acompañará a lo largo del, ejem..., del día. Primero tomarás algunos alimentos, después recorrerás con él una serie de lugares en... Shambala que debes conocer. Puedes preguntarle lo que quieras. Él sabe perfectamente lo que tendrá que hacer en cada caso, o no responderte, dependerá de la información que desees conocer y si estás en disposición de recibirla. Más tarde volveré a estar contigo.

Andrew asintió con un movimiento de cabeza dirigido hacia el nuevo personaje, un joven alto, de complexión media, ojos claros y pelo muy rubio. Su expresión inspiraba confianza.

—Cuando hayas terminado de arreglarte sal de la estancia, él estará esperándote.

—Gracias “madre”, gracias Dhargleis —respondió, percatándose que se sentía muy contento y muy bien.

 Una vez vestido con los nuevos ropajes, tanteó lo que creía que era la puerta del habitáculo comprobando que su mano atravesaba la pared sin dificultad alguna. Tras vacilar unos segundos, optó por cruzarla directamente. La pared no ofreció resistencia alguna y la pasó limpiamente sin sentir nada sobre su cuerpo. Enfrente, Dhargleis le observaba divertido.

Andrew trató de justificar su actitud de sorpresa pero el joven no le dio importancia alguna.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Dhargleis con una expresión complaciente.

—¡Oh sí, desde luego! Bueno, tengo hambre.

—Eso lo solucionamos enseguida. ¡Sígueme! ¿Te sientes cómodo con esas ropas?

—Sí, son muy cómodas, apenas las noto sobre mi cuerpo.

Fueron caminando por lo que Andrew entendía que serían pasillos. Apenas se cruzaron con otras personas. Instantes después entraron en una sala que aparentaba ser un comedor. Sobre la mesa de una inmaculada blancura, había unas bandejas con alimentos que no pudo reconocer. Parecían gelatinas de diferentes colores pero con un aspecto realmente apetitoso. Con un gesto, Dhargleis le indicó que podía comer y él mismo inició la acción probando los alimentos de una de las bandejas. Andrew le imitó con prontitud, comprobando que su sabor era exquisito. Parecía como un niño pequeño comiendo golosinas mientras que su anfitrión le miraba complacido.

—Tienen un equilibrado valor energético. Aquí, no necesitamos comer mucho.

Hacía tiempo que no tomaba un alimento tan sabroso. Entre bocado y bocado preguntaba a su anfitrión sobre cuestiones intrascendentes y casi todas ellas basadas en la estructura de la extraña construcción. Las respuestas obtenidas, en ocasiones, no le decían nada, pero tampoco se preocupó demasiado.

Finalmente se levantaron dispuestos a abandonar la estancia.

Pudo comprobar que la tonalidad de las paredes del edificio había cambiado ligeramente y se lo hizo saber a su acompañante.

—Aunque aquí, en Shambala, no necesitamos reloj alguno —respondió éste—, es una manera de medir el tiempo. El color de las paredes en los pasillos y en una gran mayoría de salas varía a su paso. Una vez habituado a los colores, es muy sencillo conocer… la hora.

Entraron en diversas salas mientras Dhargleis le explicaba la función de cada una. En todas ellas pudo ver muchas personas desarrollando determinadas actividades que el joven ni llegó a intuir. En ocasiones preguntaba, pero no quedaba muy convencido de si realmente entendía las explicaciones del joven. Shambala continuaba siendo un misterio para él.

—Ven, esto te gustará…, seguramente.

Cruzaron una puerta, si así se le hubiera podido llamar, y se introdujeron en una sala de enormes proporciones que parecía no tener ni principio ni fin. Intuyó que se trataba de una inmensa semiesfera que contenía al universo en su interior. No salía de su asombro a medida que iba percibiendo la grandiosidad de la obra. Pudo observar el sistema solar como parte de ese inmenso globo celeste. Los cuerpos que representaba al sol y a los planetas parecían estar suspendidos en el aire sin sujeción alguna.

Sintió su pequeñez allí dentro, pensando que se encontraba en ese universo como parte esencial del mismo. Su mirada recorría las galaxias, las nebulosas, las estrellas..., y detenía su vista en ellas, comprobaba que detrás todavía se observaba más universo, sin principio ni fin.

Dhargleis caminaba lentamente y en silencio, dejando que el joven pudiera disfrutar de la visión. Andrew estaba asombrado. Pudo comprobar, o al menos, así se lo pareció, que las galaxias y todos los elementos allí representados cambiaban a medida que ellos se iban desplazando.

—¡Cada paso que damos parece que recorremos años luz en este firmamento! —expresó Andrew pensando en la incoherencia de sus palabras.

—No vas muy desencaminado en tu apreciación —respondió sonriente su anfitrión.

—¿Y el otro hemisferio? —dudó unos instantes— Está debajo, por supuesto —se respondió con contundencia.

—En el universo los conceptos arriba y abajo no tienen significado alguno. A medida que nos movemos, vamos recorriendo una parte del mismo. Es como si la superficie que crees estar pisando girara en todos los sentidos. Con nuestros movimientos nos encaminamos hacia la parte del universo que deseamos contemplar. ¿Lo comprendes?

—¡Nooo...! —exclamó Andrew, rotunda y secamente.

Dhargleis sonrió beatíficamente, dando por sentado que al joven todavía le quedaban todo por asimilar.

—Llegará el momento en que tu visión será distinta y podrás comprender cuestiones que difícilmente la mente humana, en su estado evolutivo actual, puede alcanzar.

La respuesta le dejó un tanto mosqueado, pero también recordó todo lo que estaba sucediendo y que muy poca personas estarían dispuestas a admitir, y mucho menos asimilar

—Te sientes como si estuvieras hablando con un niño, ¿verdad? —inquirió Andrew con una amplia sonrisa en sus labios.

El joven Dhargleis también sonrió pero el silencio fue su única respuesta. Abandonaron la estancia.  Segundos después, sintió una ligera presión en su brazo que le obligó a girarse. A su lado Maitreya sonreía amablemente.

—¿Cómo te encuentras, joven occidental? —le preguntó.

—¡Maitreya...! —exclamó Andrew muy complacido por su presencia— ¡Me encuentro genial, tanto, que pienso que esto no puede formar parte de la realidad!

—Esto no forma parte de la realidad, querido Andrew, al menos de la realidad tal como tú la entiendes.

Andrew no pudo reprimir el impulso y la abrazó propinándole dos sonoros besos en las mejillas. Pensó que estaba abrazando a su madre y estaba muy necesitado de ello.

—Me gusta tu espontaneidad, chiquillo —respondió ella emocionada— Tienes mucho que aprender, pero quizá a nosotros no nos vendría mal contagiarnos algo de tu imaginación.

—Tengo hambre —le dijo con un gesto de complicidad, y con grandes deseos de calmarla.

—Lo solucionamos de inmediato. La comida aquí, es solo un pequeño complemento para nosotros. Ya te iras acostumbrando. Ven.

Dhargleis pidió permiso a Maitreya para retirarse, se despidió y abandonó la sala.

Ya los dos solos, tomaron asiento en una de las mesas más alejadas de la concurrencia. Maitreya pulsó una serie de teclas en una pequeña pantalla situada en el extremo de la mesa. Segundos después, en el centro se abrió un círculo por el que asomaban los alimentos solicitados. Andrew se quedó mirándolos con curiosidad. Nada conocido sobre los platos que iban apareciendo. Le pareció que todos tenían la misma textura pero con diferentes colores, generalmente fuertes y uniformes. Creyó que habían desparecido sus ansias de comida.

Maitreya se percató del sentimiento de joven.

—Primero pruébalos, luego opina, joven occidental —le dijo con ánimo reprobatorio—. Nunca juzgues por las apariencias.

El hambre que sentía no le hizo dudar mucho tiempo. Tomó una cuchara y arremetió contra uno de los platos, de un color verde subido y se lo llevó precipitadamente a la boca. Hizo ademán de morder pero se dio cuenta que la pasta se deshacía con facilidad. El sabor era exquisito, apreciando los diferentes matices de una serie de verduras de forma individual. La miró con un gesto de sorpresa. Ella sonrió amablemente.

Continuó comiendo y disfrutando de la gran variedad de sabores que degustaba, desde las verduras, pasando por los pescados, carnes para terminar en los postres. Una bebida de indefinible color resaltaba cada matiz de los alimentos consumidos. Creyó que contenía alcohol por la euforia que sintió, pero Maitreya  le sacó de su error.

Después, abandonaron la sala. Andrew creyó que había comido en exceso y así se lo hizo saber a su anfitriona.

—No te preocupes. En breve volverás a sentirte muy bien. La comida es de muy rápida asimilación y no produce alteraciones estomacales algunas. En tu caso y dados tus hábitos, hasta creo que no tardarás mucho en volver a sentir hambre.

Caminaron por una serie de pasillos y finalmente, entraron en una amplia estancia. Maitreya tomó asiento indicándole a Andrew que lo hiciera a su lado. El joven obedeció de forma mecánica. Su mirada recorrió la sala con aparente tranquilidad pero en su fuero interno no dejaba de admitir el fuerte temor al que se encontraba sometido. Creyó estar en un enorme anfiteatro aunque las dimensiones reales de la estancia eran relativamente pequeñas. Allí dentro, todo rozaba los límites de la realidad y era incapaz de discernir en que lado podía encontrarse.

Maitreya era consciente del estado de ánimo de su pupilo y le trataba con una delicadeza exquisita. Demasiado bien estaba soportando todas las situaciones que hubieran terminado en locura para la mayoría de los mortales.

—Madre, ¿esperamos a alguien? —preguntó removiéndose inquieto en el cómodo asiento.

—Sí, querido Andrew, pero antes de que lleguen, quiero ponerte al corriente de muchas cosas.

El joven la miró inquieto y sin comprender. Maitreya permaneció unos segundos en silencio observando atentamente su rostro. Una expresión beatífica recorrió el suyo. Le emocionaba la presencia de Andrew y el cariño que sentía por él era muy superior al que podría sentir por nadie, incluso por su propio hijo. Era un “elegido” especial.

Se dirigió al joven con un tono de voz muy pausado y armonioso. Andrew recordó su infancia cuando su madre le contaba agradables cuentos en su cama. Maitreya fue explicándole de forma esquemática una serie de cuestiones que condicionaban la existencia de Shambala. Él la escuchaba atentamente sintiendo que su mente se abría a sus palabras y que las comprendía y asimila sin la más mínima dificultad.

Fue pronunciándose sobre el inicio del universo, del universo del cual formaban parte sin descartar las posibles alternativas temporales que podrían discurrir de forma paralela. Los conceptos que fue desarrollando eran comprendidos por el joven con excepcional rapidez. Su mente parecía ahora un agujero negro que lo absorbía todo pero con la diafanidad propia de la energía. Se veía flotar en el espacio, su cuerpo no obedecía las leyes de la gravedad y sin moverse de su asiento, se creía capaz de cruzar ese universo que, con tanta realidad le estaba describiendo Maitreya.

—¡Madre, esto es alucinante! —exclamó en alguna ocasión.

Sin tener conciencia clara del tiempo que llevaban allí dentro, Andrew se encontraba deseoso de satisfacer la inmensa curiosidad que sentía. En ocasiones, Maitreya tuvo que reprimir esos deseos, indicándole que no era conveniente adelantar acontecimientos en su formación.

—¿Quieres conocer tu historia, Andrew? —le preguntó un tanto burlonamente.

El joven creyó ver a su madre reflejada en esa expresión y se sintió feliz.

—¿Qué quieres decir exactamente con mi historia?

—La historia de lo que te rodea, de tu sistema solar —contestó ella con diligencia— y muy concretamente, la de tu planeta.

El joven la miró dubitativo.

—¿Es realmente necesario? —preguntó con una gran carga de ansiedad en sus palabras, pensando que, quizá, lo que iba a conocer no fuera muy alentador y en boca de Maitreya podría llegar a ser de locura.

—Es muy conveniente, joven occidental.

Andrew expresó su conformidad aunque su gesto pareció indicar lo contrario. La pared semicircular que tenía al frente comenzó a cambiar de tonalidad y en ella se fueron formando unas imágenes. Maitreya le explicaba cada una de ellas mientras él las contemplaba alucinado. Ante sus ojos, secuencias que correspondían a los momentos iniciales de la formación del sistema solar, los planetas y la Tierra y su evolución a lo largo del tiempo. La aparición de la vida y su desarrollo hasta la aparición del hombre tal como hoy domina la tierra.

Pudo comprobar cuantos errores existían en los planteamientos evolutivos por parte de las ciencias oficiales en exagerados sentimientos de protección hacia el ser humano o hacia sus propias debilidades. Las historias de los pueblos fueron sucediéndose, los magnicidios alcanzando cotas inverosímiles y la posibilidad de destrucción masiva del planeta en manos de extravagantes personajes cuya capacidad de discernimiento se limitaba a una pequeñísima fracción de su capacidad craneal.

Vio con horror las múltiples calamidades sufridas por la raza humana, incapaz de luchar con seguridad contra ese enemigo invisible que reventaba todas las capacidades inmunológicas que fueron capaces de crear. Las guerras, producidas y creadas por mentes degeneradas que colaboraron con las plagas que azotaban a los humanos para conseguir destrucciones masivas.

—¡Alguien dijo que eso era la selección natural!

—¿Cómo dices, Andrew? —preguntó ella sin comprender al joven.

—Nada madre, pensaba en voz alta.

Las guerras, las hambrunas, las plagas, las ansias de poder, las ansias de destruir, todo ello desfilaba ante los incrédulos ojos del joven que, en un instante determinado pensó “¿Dios mío por qué me merezco esto?”, y se encontró escuchando la delicada voz de Maitreya susurrándole al oído.

—Para que en tu futuro no vuelva a ocurrir, mi querido niño.

Andrew la miró directamente a los ojos comprobando como unas diminutas lágrimas resbalaban lentamente por su mejilla. Fue entonces cuando comprendió que para Maitreya también era muy doloroso revivir todos aquellos acontecimientos.

Continuó mirando las imágenes y fue intuyendo que la pantalla podía seguir la línea de sus pensamientos y presentar los acontecimientos que tenía en mente. Casi sin pretenderlo, recordó la guerra de los Balcanes, los ataques terroristas a las Torres Gemelas, la invasión posterior a Afganistán o la destrucción de Irak, Libia, Irán, Corea del Norte y las terribles hambrunas de la mayoría de los países africanos. En la pantalla se iban sucediendo terroríficas imágenes que sobrecogían su corazón.

—¡Dios mío, qué aberración! —exclamó con rabia.

Maitreya tuvo que calmarle durante un buen rato. El joven trató de explicarle la gran diferencia entre la verdad real, la verdad oficial y la manifiesta manipulación de la gente. No entendía como en su época todavía podían ocurrir esas flagrantes tergiversaciones de la realidad.

—Madre, vuestro poder parece ser muy grande —le dijo con voz entrecortada—, ¿por qué no lo habéis impedido?

Ella le tomó las dos manos y las acarició entre las suyas. Su mirada era muy tierna.

—Nosotros no podemos intervenir en nada que altere el desarrollo de la humanidad. No debemos interferir... al menos, de una forma directa. Cuando percibimos que pueden suceder alteraciones en el orden mundial, tratamos de aplicar las correcciones necesarias para evitar un desastre que pudiera poner en peligro la existencia de la raza humana en el planeta. Somos más bien meros espectadores de su desarrollo y vigilantes para que nada irreversible ocurra.

Suspiró con fuerza bajo la atenta mirada de Andrew.

—La humanidad —continuó—, está alcanzando, en tu época, niveles que pone en verdadero peligro el futuro del planeta. Esto lo sabemos desde hace mucho tiempo y en parte, tú mismo eres uno de los eslabones primordiales para remediarlo.

—¿Cómo...? —exclamó Andrew, totalmente desbordado por los conocimientos que estaba adquiriendo.

—En breves instantes conocerás lo necesario. Tenemos visita.

Los dos miraron en determinada dirección de la sala al comprobar la presencia de dos nuevos personajes. Unas blancas y largas túnicas cubrían sus cuerpos de elevadas estaturas. Rostros delgados representando una edad indefinida que Andrew no dudó en pensar, podrían ser de algunos siglos.

Mostrando amplias sonrisas se acercaron a la mesa ocupada por Maitreya y Andrew. Tras los saludos y presentaciones, todos se sentaron. 

—Deseamos que tu estancia aquí sea agradable, Andrew, agradable y beneficiosa —le dijo Airon-wan, el personaje que aparentaba menor edad.

El joven asintió con un ligero movimiento de cabeza.

—Como muy bien te habrá explicado nuestra querida Maitreya —continuó su anfitrión—, desde hace muchísimo tiempo, eres uno de los pocos “elegidos” de entre la raza humana. Esto no tiene nada que ver con el Agarthi, del cual también formarás parte, pero sí son hechos concatenados.

“En una gran mayoría de lugares del continente asiático —le había dicho Maitreya horas atrás—, creen en la existencia de una comunidad de sabios a los que denominan Mahatmas y que viven en el paraíso de la ciencia sagrada. Esa comunidad, de una antigüedad no conocida es, para estos creyentes, la custodia de la Humanidad. Se dice que una milagrosa piedra procedente de una lejana estrella se encuentra albergada en Shambala y también se da por seguro que fue poseída por el Rey Salomón como uno de sus principales tesoros. Antiguos textos tibetanos como el Kanjur y el Tanjur, describen la ciudad como un centro de vacío. Allí se concentran los átomos de los cinco elementos que componen el universo: tierra, agua, aire, fuego y éter. De forma circular y rodeada de cimas nevadas, en su interior adquiere la forma de loto abierto con ocho pétalos. El corazón de la flor es un gran pico blanco que surge de su centro geométrico. Los sabios viven aislados y están totalmente dedicados a la Kalachakra, la ciencia de la rueda de los tiempos. Allí se ubica la biblioteca más grande que uno pueda imaginar y vive el Rey del Mundo, que en su espejo mágico ve todos los acontecimientos de la tierra. La distancia y el tiempo no existen para él”. “¿Es esta Shambala la que me describes? —preguntó intrigado Andrew, respondiéndole Maitreya— Sí y no. No y sí. Shambala no es una leyenda, Andrew, es una realidad pero que satisface muchos aspectos de la leyenda, ya irás comprendiendo”.

Airon-wan, sin perder un solo instante una sonrisa cordial, fue explicando al joven las motivaciones de su estancia en Shambala, lo que realmente era y significaba Shambala y lo que se esperaba de él de una forma generalista.

De cuando en cuando, Shueneiron realizaba algunas matizaciones a las palabras de su compañero tratando de clarificar en todo lo posible, los conceptos que Andrew debía de comprender. Jugueteaba con una pequeña pieza, aparentemente metálica, que mantenía en constante movimiento entre los dedos de su mano izquierda. Al joven le producía la sensación de que variaba de color con gran suavidad, apenas perceptible y más, cuando su dueño trataba de comunicar algo.

Shueneiron pudo darse cuenta de su interés pero no hizo comentario alguno al respeto.

Andrew pensó cual de ellos sería el jefe. Aparentemente, todos se comportaban con gran seguridad y su estatus parecía ser el mismo, sin embargo, Andrew no albergaba la menor duda; alguno de ellos sería el superior.

A pesar de la gran concentración a la que se encontraba sometido, no cejaba de pensar en su familia, allá en un futuro distante, en la situación de Taypeck sometido a una espera, quizá demasiado prolongada, en Dilgo, desconocedor de lo que estaba ocurriendo y en él mismo, envuelto en una extraña vorágine de acontecimientos que a veces amenazaban con volverle loco. Maitreya le miraba dulcemente y parecía ser consciente del cúmulo de interrogantes que se formaban en la mente del joven.

—¿Te sientes cansado, querido Andrew? —le dijo con voz taimada— Podemos dejarlo momentáneamente si lo deseas.

El joven dudó.

—¿Cuánto tiempo hace que estoy aquí?

Maitreya iba a contestar cuando se le adelantó Airon-wan.

—El tiempo aquí dentro es muy subjetivo, muchacho —le dijo con un tono de voz firme—. No es fácil de comprender, pero puedes hacerte a la idea que aquí dentro no transcurre de la misma forma que fuera. Imagínate que viajas en una nave espacial a la velocidad de la luz, en el interior transcurre aparentemente normal para los viajeros, sin embargo, para un observador fuera de la nave habrán transcurrido años por cada día.

—Sí. Eso lo entiendo, pero esto no es una nave espacial.

Los tres sonríen agradablemente.

—Por supuesto que no, querido—respondió Maitreya alzando con gracia su mano derecha para acariciar la barbilla del joven.

—Entonces, eso no responde a mi pregunta.

—Shambala no es una nave espacial, pero tiene muchas similitudes en cuanto a sus efectos—trató de aclarar Airon-wan—. ¿Recuerdas cuando regresaste a tu siglo después de pasar un largo periodo de tiempo en Potala? No llegaste a estar una semana fuera, al igual que a tú regreso a Potala, varias horas después de haber partido y sin embargo estuviste muchos días con tu familia.

Andrew asintió con la cabeza.

—Ahora ocurrirá lo mismo —continuó Airon-wan—. Permanecerás aquí dentro el tiempo necesario para que tu formación sea la adecuada. Cuando regreses, apenas habrán transcurrido unos días para el grupo que te espera.

El joven movió distraídamente la cabeza. Se sentía incapaz de concentrarse y eso le provocó un determinado nerviosismo. Frunció el ceño, se mesó los cabellos con las dos manos y miró fijamente a Maitreya tratando de conseguir su ayuda. Ella mantuvo la mirada y en su rostro se formó una dulce sonrisa. A Andrew le produjo la sensación de que su cabeza irradia una tenue luz que se dirigía hacia la suya inundándola de un suave calor. Permanecían todos en silencio. El objeto entre las manos de Shueneiron se movía con más rapidez emitiendo una luz más consistente. Andrew tuvo miedo de que sus sentidos le estuvieran jugando una mala pasada.

Poco después, tanto Shueneiron como Airon-wan continuaron formándole. De cuando en cuando y para realzar sus comentarios, sobre la pantalla se producían las imágenes pertinentes. Los gestos de incredulidad eran muy frecuentes. Su asombro no tenía límites.

Escuchó atentamente pero interrumpiendo las explicaciones cuando no comprendía lo que sus anfitriones trataban de transmitirle o tenía razonables dudas sobre ellas. Hizo muchas, muchísimas preguntas, obteniendo siempre respuestas que trataban de responderlas. A veces, tenía que desistir comprendiendo que su mente todavía no se encontraba preparada. Las imágenes que contemplaba sobre la pared definían perfectamente muchos de los comentarios  de los tres personajes.

Fueron pasando los días, bajo la perspectiva de Andrew; periodo de tiempo comprendido entre cada despertar, pero estaba completamente seguro que no se correspondía con la realidad exterior. Su formación fue en aumento. Su capacidad de asimilación se incrementaba con rapidez y muchos de los conocimientos asimilados hacían más fáciles de comprender a los siguientes planteados.

En ocasiones se sentía muy deprimido al constatar la realidad humana y la maldad desarrollada por muchos seres a lo largo de la historia, que, a veces, se presentaba con una brutalidad difícil de imaginar y mucho menos comprender. Sin embargo, a medida que transcurría el tiempo se consideraba feliz y muy afortunado de vivir estos acontecimientos, a los que ahora, no renunciaría por nada del mundo. Sentía una nueva vitalidad que la gente normal ni se atrevería a soñar.

En una ocasión preguntó a Maitreya sobre esto.

—Sí. Es cierto —contestó afablemente—, posees unos poderes inusuales en el ser humano. Tan sólo te pido que los uses adecuadamente y no abuses de ellos, sobre todo, en tu propio beneficio. Podrías encontrarte con alguna sorpresa en caso contrario.

Una tarde, después de finalizar las prolongadas sesiones de adiestramiento, Maitreya le cogió del brazo y lo apretó con fuerza.

—Querido niño —le dijo dulcemente—, se acerca la hora de tu partida.

Andrew sufrió un pequeño sobresalto al oír sus palabras. Bajó la mirada hacia los pies sintiendo una profunda tristeza.

—¿Cuándo?

—Pasado mañana al alba, según tú forma de vida habitual.

—Es lógico, algún día tenía que ser —alzó la cabeza mirándola sonriente aunque con el corazón encogido—. Lo siento por perderme tu compañía.

—Nos veremos a menudo, no te quepa la menor duda.

—¿Tardaré mucho en regresar, madre? —preguntó un tanto inquieto.

—Ya sabes que para nosotros, el tiempo es algo muy relativo. Ya te acostumbrarás.

El joven escuchó las palabras de Maitreya no muy convencido.

oooOOOooo


ÍNDICE

P. PRINCIPAL