RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O    X I I I
L A  C H I N A   I M P E R I A L
 


 

Taypeck escuchó silbidos procedentes de la parte alta de la montaña. Al principio eran muy tenues, tanto, que dudaba de su percepción, creyendo que la brisa le estaba jugando una mala pasada. Pero poco a poco fue comprobando como estos, aumentaban en sonoridad. Más tarde, pudieron ver la figura de una persona que se movía por el estrecho sendero cantando y silbando alegremente.

El corazón de Taypeck dio un vuelco de alegría. Los soldados también la expresaron moviéndose con rapidez, dando grandes saltos y agitando enérgicamente los brazos.

—¡Andrew! —gritó entusiasmado cuando todavía el muchacho aún se encontraba lejos.

Salieron corriendo a su encuentro. El regreso del joven occidental suponía la partida hacia las inmediaciones de la frontera China. Cuando llegaron a su altura le rodearon dando gritos de alegría. Taypeck, rompiendo todas las normas de su cultura, se abrazó con fuerza a Andrew y emocionado le dijo:

—¡Qué feliz me haces con tu vuelta!

—¿Lo dudabas acaso? —respondió Andrew jocosamente.

Taypeck escrutó el rostro del joven tratando de encontrar algún gesto que delatara su estado, bien de frustración o de alegría. No dudó en aceptar que el joven había sufrido un cambio, quizá no perceptible a los ojos de los demás, pero para él, dejaba muy claro que había conseguido alcanzar su objetivo y esto le confirmaba que Shambala no podía ser algo producido por su imaginación y que sin duda alguna, tenía una existencia real. Ya en interior de la tienda Taypeck se interesó por su estado físico y si había tenido algún contratiempo en las agrestes cumbres.

—El ascenso fue terrible —contestó el joven recordando las penurias sufridas—, el regreso fue mucho más ligero y agradable. La belleza de tu tierra desde la perspectiva que se disfruta allí arriba es muy difícil de describir, pero cala muy hondo en el espíritu.

Andrew recordó que Maitreya no le hizo sugerencia alguna para poder hablar sobre la existencia de Shambala, quizá pensando que en el Tíbet no se dudaba de ella, pero con Taypeck sería diferente. Deseaba poder relatarle todo lo acontecido pero no sabía que hacer.

El monje pareció darse cuenta de ello.

—Con esto me basta, Andrew —le dijo Taypeck, adelantándose a las posibles explicaciones del joven—. Sé que estás bien y no dudo de que tu viaje ha tenido el fin deseado, en caso contrario, casi cinco días deambulando por estas montañas hubieran acabado con el más avezado de los aventureros.

—¿Cinco días? —se preguntó Andrew perplejo y en voz queda que pasó desapercibida para el monje o hizo como que no le escuchó.

Trató de recordar el tiempo transcurrido en Shambala pero se sintió incapaz. A veces tuvo la sensación de pasar varios días enteros seguidos recibiendo información. Sin embargo, cinco días le parecieron poquísimos.

Abandonaron el campamento rompiendo el alba. El firmamento plagado de estrellas presagiaba un día excelente y luminoso pero no exento de frío.

—Nos dirigimos a Shigatse —expresó Taypeck, buen conocedor de la orografía tibetana—. Cruzaremos el río Yarlungtsanpo a su altura y entraremos en la ciudad para comprar alimentos.

Andrew asintió satisfecho. Deseaba conocer el caudaloso río y el gran complejo monástico de Trashilhunpo, residencia de los Panchem Lama que contenía unas gigantescas y ricas estupas funerarias donde se conservaban sus cuerpos embalsamados.

—Después, nos esperan muchas jornadas de viaje antes de llegar a las montañas Tanggula y una vez atravesadas, nos encontraremos en la China Imperial.

Cabalgaron sin descanso durante muchos días hasta alcanzar las inmediaciones de Shigatse. Se situaron en la cara norte entre el río y la ciudad. Allí instalaron el campamento donde permanecerían los soldados y el personal de avituallamiento. Los dos se dirigieron hacia la ciudad. El monje caminaba sin vacilación alguna, lo que dio a entender al joven que conocía muy bien las estrechas calles por las que circulaban. Poco después alcanzaron la plaza en la que estaba situado el precioso monasterio de Trashilhunpo. Andrew sintió como la emoción le embargaba. Sabía que en su interior se conservaba la mayor estatua de Buda conocida con el nombre de Maitreya y deseó visitarla. Taypeck se dirigió directamente a una de las enormes puertas de entrada y sin dudarlo la traspasó. Detrás, un vacilante Andrew, se mantenía asombrado ante la belleza de la construcción.

—¡Vamos, muévete! —le espetó Taypeck divertido.

Se acercó presuroso a su lado. Comprobó como los monjes que se iban cruzando les saludaban cordialmente. El interior del monasterio le pareció mucho más majestuoso de lo que había pensado. Recorría nerviosamente con la mirada todo lo que se encontraba a su paso tratando de no perderse nada, pero la belleza de algunas piezas era demasiado grande para ser percibida en su totalidad bajo una breve visión.

Así se lo hizo saber a Taypeck.

—Tendremos tiempo para todo eso. No te preocupes —le contestó mientras hurgaba en el interior de su inseparable bolso. Varios documentos perfectamente enrollados cayeron al suelo y rodaron en distintas direcciones lo que le hizo exclamar unas palabras que Andrew no entendió. Diligente, se agachó y fue recogiéndolos a la vez que lo hacía el monje. Reunidos todos, separó uno y devolvió el resto al interior del bolso.

Delante y en medio de una gran puerta, un monje, de orondas formas, les miraba divertido.

—No es propio de ti, Taypeck-la —le dijo socarronamente.

Taypeck se sintió enrojecer, inclinó ligeramente el cuerpo y saludó al monje, haciéndole entrega del documento que tenía entre sus manos. El monje tomó el documento y se lo acercó a los ojos, a una distancia que indicaba claramente una dificultad de visión. Cuando contempló el sello del Dalai Lama se lo llevó hasta la frente inclinándola ligeramente.

—Seguidme —les dijo sin más contemplaciones—. De inmediato se lo haremos llegar a Panchem Lama.

Tras recorrer varias dependencias y consultar con otros tantos monjes, fueron recibidos por el Panchem Lama, que abrió el documento y lo leyó complacido. Sus relaciones con Jeshe Norbu siempre habían sido excelentes. En sus años de juventud compartieron muchos momentos y viajaron recorriendo todos los monasterios del Tíbet para conformar su educación.

Tomaron asiento en el balcón de una de las habitaciones privadas del Lama. Bajo sus pies, un amplio jardín esmeradamente cuidado recibía el cálido resplandor del sol al atardecer. Andrew lo contemplaba admirado y sorprendido. Le  produjo la sensación de estar inmerso en un agradable microclima totalmente diferente al resto del Tíbet.

Sobre una pequeña mesa de madera finamente ornamentada, una tetera desprendía un ligero vaho que impregnaba el ambiente del agradable olor de la infusión. A su alrededor había dispuestos cuatro servicios de exquisita porcelana. Andrew no dudó ni un solo instante del valor que podría alcanzar en su ciudad un juego como aquel.

—Parece que no es el momento de hacer preguntas —les dijo con cordialidad—. Jeshe Norbu me pide que os atienda en todo lo necesario rogándome el máximo de discreción con respecto al joven occidental, ¿Andrew dice que te llamas? —preguntó, dirigiendo una bondadosa mirada al joven.

Andrew contestó afirmativamente con un ligero movimiento de cabeza.

—Vuestra fama os precede —continuó aparentando un aire distraído—. Hasta nosotros han llegado los comentarios de la presencia de un joven occidental en Potala poseedor de unas extrañas cualidades que no tan sólo provienen de una esmerada preparación en el monasterio. Algunos incluso llegaron a decir que podría ser un brujo al estilo de nuestros antiguos chamanes, los shennyens.

Taypeck sonrío divertido pero de inmediato se dio cuenta que no era el modo correcto de actuar delante de tal superior, segundo escalón en la jerarquía de los lamas y volvió a mostrar el gesto serio.

—No os reprimáis, querido Taypeck —le dijo él, que no dudó también en mostrar una amplia sonrisa.

Andrew no entendía a que se estaban refiriendo y se mantuvo en silencio. Tomaron el té y charlaron sobre cuestiones triviales. El Lama pudo comprobar la buena dicción del joven occidental y su facilidad de diálogo. Le gustó el joven y comprendió también la admiración de Dalai Lama según expresaba en su misiva.

—Prepararemos de inmediato el avituallamiento necesario una vez le digáis a nuestro intendente el número de gente que compone la expedición. Además, desde aquí os acompañarán algunos soldados y portadores, cruzaréis toda la meseta tibetana y los montes Tanggula antes de entrar en China y eso os llevará muchas jornadas de viaje y tendréis que afrontar serios peligros. Sabéis bien que a lo largo del camino os vais a encontrar con malhechores e incluso clanes cuyo medio de vida es la rapiña. Unos cuantos soldados os proporcionaran más seguridad.

Abandonaron la estancia y acompañados por un monje de avanzada edad y pasos cansinos, fueron conducidos a lo que serían sus apartamentos en los días venideros.

Mientras permanecieron en la ciudad Andrew quiso absorberlo todo. Visitó los rincones del monasterio a sabiendas de que había zonas ocultas que no podría ver y que probablemente serían lo más interesante, pero no deseaba poner en evidencia a Taypeck frente a los monjes y fundamentalmente con el Lama.

En ocasiones se sintió observado e incluso vigilado pero de una forma muy sutil por lo que no tenía evidencia alguna. Un sexto sentido le mantenía en guardia. Una tarde, hacia el mediodía, Andrew le dijo al monje que deseaba pasear y después cenar en algún lugar de la ciudad y conocer los hábitos nocturnos de la población. Taypeck trató de disuadirlo sin llegar a convencerlo.

—¡Está bien! —respondió un tanto enfadado— ¡Iremos juntos!

No le pareció una buena idea. El monje, con su característica vestimenta amarilla no pasaría desapercibido y eso evitaría que la gente se mostrase como era. Su sola presencia ya era llamativa. Muy pocos occidentales conseguían alcanzar el Tíbet que permanecía aislado por su especial orografía. Finalmente, dada la tozudez del monje no le quedó más remedio que acceder.

Después de la comida abandonaron el monasterio y se perdieron por las callejas de la ciudad. Caminaron distraídamente pero sin perder detalle de todo lo que se encontraban a su paso. Andrew se sentía satisfecho con el recorrido realizado. Al atardecer, cuando el hambre arreció en sus estómagos buscaron algún lugar donde poder apaciguarla fuera del convento. Encontraron algo que podría pasar por una posada, con unas pequeñas mesas destartaladas y unos bancos de madera ennegrecida a su alrededor.

En un rincón, varios comensales daban buena cuenta de los alimentos que les ofrecían sin dejar de beber abundantemente. Su catadura no gustó nada a Taypeck y se lo hizo saber a Andrew. Poco después entraron otras personas con características muy similares que se sentaron en una mesa próxima. Se mantenían silenciosos y observaban a los jóvenes con miradas huidizas. Andrew no dio importancia alguna y se dedicó a ingerir los alimentos, aunque no muy convencido de su bondad. Los ocupantes de la mesa del fondo se levantaron con gran ruido y abandonaron el local. Poco después lo hicieron ambos. No llegaron a apreciar que los últimos comensales también se dispusieron a salir.

Caminaron calle arriba, bien iluminada por la luz de la luna. Cuando se encontraron a media distancia de un cruce, observaron como un grupo de cinco hombres permanecían quietos abarcándola en su totalidad. De inmediato Taypeck se giró para comprobar que por detrás, otros cinco hombres venían siguiéndoles con sigilo.

—Nos estaban esperando —dijo Taypeck en voz baja—. Son ladrones de baja estofa, aunque es extraño que se reúnan tantos para asaltar a un monje y a un joven, y en plena ciudad.

—¿Te parece que demos media vuelta y ataquemos a los de abajo? —Respondió Andrew—. Quizá con el ruido de la lucha salgan de la posada a echarnos una mano.

—No. Continúa caminando hacia arriba. Por ahí saldremos con rapidez a la plaza del monasterio.

El grupo que les seguía, al percibir que ya se habían dado cuenta de su presencia, comenzaron a caminar con más rapidez y a balbucear unos gritos que el monje y el joven no entendieron.

—¡Corre hacia ellos y ataca Andrew!

Andrew sintió una descarga de adrenalina recorriendo su cuerpo. Y los dos, al unísono, iniciaron la carrera hacia los bandoleros.

—¡Cuidado, llevan puñales! —exclamó Andrew.

Con un movimiento rapidísimo extrajo su daga. El monje no portaba arma alguna. Cuando llegaron a su altura, Taypeck atacó a los dos forajidos situados a su izquierda, golpeándolos a la altura del pecho con sendos pies tras un formidable salto. Los otros tres trataron de sujetar a Andrew pero les pareció que desaparecía de sus miradas hasta que se dieron cuanta que se encontraba situado a sus espaldas y eran golpeados en sus nucas con la dura empuñadura de la daga.

Dos de ellos dieron con sus huesos en el suelo perdiendo el sentido antes de alcanzarlo. El tercero se revolvía lastimeramente gritando de dolor. Los otros cinco facinerosos les alcanzaron cuando esto ocurría. Puñales en alto trataron de ensartar los cuerpos del monje y de Andrew. Ambos fintaron con maestría propinando a continuación severos golpes en los cuerpos de dos de ellos. Los tres restantes quedaron paralizados unos instantes denotando un claro temor en sus rostros. Habían contemplado los ágiles movimientos de lo que creían fáciles víctimas y tomaron precauciones. Esperando su iniciativa dando tiempo así a que sus compañeros fueran recuperándose.

Hacían grotescos gestos en medio de soeces gritos pero sin decidirse a atacar. En el suelo, algunos de ellos se revolvían haciendo ademanes de levantarse. Ni Andrew ni Taypeck trataron de aprovecharse de su ventaja. Uno de los bandidos intuyendo que Andrew se había distraído al mirar a los que se encontraban tendidos, se lanzó con furia hacia él con el puñal por delante. Al llegar a su altura, el joven lo asió por la muñeca y girándose lo elevó por encima suya para lanzarlo al suelo a unos metros de distancia. El bandido se golpeó contra el duro suelo perdiendo de inmediato el conocimiento.

Los que quedaban de pie gritaron con fuerza pero dieron media vuelta y salieron corriendo. En el suelo, dos de ellos se quejaban lastimeramente. Taypeck asió a uno por la ropa y trató de apoyarlo en la pared. Éste, no opuso resistencia alguna.

—¿Qué pretendíais? —le preguntó el monje enfadado.

El ladrón parecía estar recuperándose. Le miró con ojos desorbitados y el temor reflejado en su rostro. Por una de las cejas manaba sangre de forma ostentosa. Con ambas manos se apretaba el pecho, respirando con dificultad. Andrew lo zarandeó vigorosamente ante la actitud callada del hombre. Volvió a repetir la pregunta.

—Alguien nos encomendó la misión de matar al occidental —contestó entre balbuceos—. Creo que un personaje importante, pero lo hizo a través de un intermediario ofreciéndonos una buena recompensa. Nos pareció algo sencillo y accedimos. ¡Nunca podríamos imaginarnos esto!

—¿De quién se trata? —volvió a zarandearlo, pero convencido de que el bandido no tenía la menor idea.

Finalmente desistieron y abandonaron el lugar.

—Volvamos rápidamente al monasterio. Puede ser muy peligroso continuar por estas callejas.

Andrew asintió y se marcharon.

—Estoy sorprendido de tus habilidades.

—¿Cómo dices?

—Has entendido perfectamente, Andrew —respondió Taypeck— Esos movimientos a lo largo de la lucha no están al alcance de cualquier mortal, casi me atrevería a decir que eres único —el gesto del monje expresó claramente su admiración hacia el joven.

—Realmente no me doy cuenta, pero tampoco creo que sea nada del otro mundo. Eres un excelente maestro al igual que Dilgo. Me habéis preparado a conciencia.

Ninguno de los dos hizo referencia a su estancia en Shambala y las consecuencias que de ello se podían derivar.

 —Debemos partir cuanto antes —expresó Taypeck con aire de preocupación. Su cabeza daba vueltas y vueltas tratando de adivinar quién podría encontrarse detrás moviendo unos hilos que, sin dudarlo, tenían como fin la eliminación de Andrew.

Al día siguiente y después de despedirse del Lama, abandonaron el monasterio para dirigirse al campamento que ya estaba siendo levantado.

Las jornadas se sucedieron de forma monótona. Por las noches, la vigilancia del campamento era extremada. Los soldados demostraron sus buenas condiciones como tales, manteniendo a raya cualquier tentativa de ataque tanto de posibles ladrones como de animales que merodeaban insistentemente por las cercanías en busca de alimentos.

Tras varios días de fuertes tormentas y vientos huracanados alcanzaron las inmediaciones del Lago Namco. Andrew se sorprendió agradablemente por la agreste belleza del paisaje. Las aguas, muy encrespadas y de un intenso color azul le subyugaron. Al fondo, las enormes montañas totalmente nevadas eran el contraste de color, y en medio, una tierra de fuerte color ocre, exenta de vegetación que en las orillas del lago parecía tornarse negra.

—¿Podría ser el infierno algo parecido a esto? —comentó Andrew con especial sorna— Perece inimaginable que alguien se atreva a cruzar estos parajes y esté perfectamente cuerdo.

Descansaron durante dos días completos, que Andrew aprovechó para ejercitarse con su caballo. Los soldados del campamento le observaron admirados cuando se lanzaba a galope tendido o hacía cabriolas con el animal, que obedecía las indicaciones del jinete con facilidad. Algunos trataron de competir con él, pero pronto comprendían la inutilidad de sus esfuerzos. Taypeck se sentía feliz.

—¡Bucéfalo, le llamaré Bucéfalo! —exclamó Andrew jovialmente.

—¿A quién llamarás Bucéfalo? —interrogó con curiosidad el monje.

Andrew acarició con dulzura las crines del noble animal.

—Al caballo, ¿a quién si no? Así se llamaba la montura de Alejandro Magno y éste no creo que sea inferior a la del emperador.

El monje sonrió divertido. Poco después, todo el campamento conocía el nuevo nombre del espléndido animal.

Alcanzaron las tierras de la China Imperial sin mayores contratiempos. Gobernaba la dinastía Ming y el emperador, el señor absoluto de la nación era Hsien Tsung. Andrew tenía algunas referencias sobre la China Imperial. Sabía que la dinastía destacó en el arte de la porcelana y en el de la pintura pero que como gobernantes, en general, dejaron mucho que desear. De todas formas, se encontraba ansioso por conocer las maravillas que el país encerraba dentro de sus fronteras.

En una de las pesadas jornadas llegaron a las cercanías de un pequeño río de aguas cristalinas. En las proximidades de la ribera del Este había un amplio bosque, y en el espacio intermedio, dos pequeñas edificaciones aparentemente abandonadas. Andrew le propuso a Taypeck acampar en ese lugar y descansar, al menos, un día completo. Al monje no le pareció mala idea y dio órdenes a los soldados para que cruzaran el río y comprobaran si había gentes por los alrededores. Poco después regresaron indicándole que el lugar era muy adecuado para hacer una alto en el camino. Utilizaron las construcciones como dormitorios y antes de que la oscuridad inundara el lugar, Andrew estaba totalmente dormido.

El día siguiente amaneció radiante, sin embargo, Andrew se sentía algo inquieto sin poder determinar la causa. Aprovechó las primeras horas de la mañana para continuar ejercitándose con Bucéfalo y eso le mantuvo distraído. Cuando dejó al noble animal con una buena ración de comida y, tras limpiarle con mucho cuidado, se dirigió a la orilla del río sintiendo deseos de pescar alguna buena pieza, algo a lo que no estaba habituado. Un poco más de una hora fue suficiente para hacerle comprender que sus habilidades para ese deporte eran más bien escasas.

Después de comer se apartó del grupo. Le indicó a Taypeck que deseaba caminar un rato. Sentía enormes deseos de perderse en medio del bosque y pensar con tranquilidad arropado por los frondosos árboles.

—No tardes, por favor —le pidió seriamente el monje—. Pronto se hará de noche y no es un buen lugar para encontrarse solo.

—De acuerdo, Taypeck, regresaré antes de oscurecer.

—Puede acompañarte uno de los soldados —agregó Taypeck.

El joven negó con la cabeza y tras este gesto, dio media vuelta y se introdujo con presteza en el bosque. Taypeck le perdió de vista instantes después. Se quedó preocupado por la marcha del joven, el lugar no era recomendable para estar solo. Deseó que no se alejara demasiado.

Los árboles, de mediana altura, casi se unían en sus copas impidiendo que los rayos del sol alcanzaran el suelo, pero la visibilidad era buena y Andrew fue caminando con la mirada pendiente del terreno, en el que no vislumbraba senda o vereda alguna. Los matorrales le impedían moverse con facilidad. Su mente fue relajándose a medida que su cuerpo se impregnaba con el aura del bosque. Pensó cuan apartados se encontraban de la naturaleza en su tiempo y en su ciudad. No tardó en llegar a un pequeño claro pedregoso con formaciones rocosas dispersas en él. Se dirigió hacia ellas sentándose en el lado oeste para recibir en su rostro los últimos rayos solares del día. Cerró los ojos y dejó vagar su mente.

Su respiración se tornó lenta y los latidos de su corazón fueron descendiendo paulatinamente. Creyó flotar en medio del universo. Unos extraños crujidos le apartaron de su ensimismamiento. Sus párpados comenzaron a abrirse lentamente sin realizar ningún otro movimiento y observó la primera línea del bosque. Le pareció ver unos ligeros movimientos que no pudo discernir si se trataba de alguno de los animales que vivían en medio de la espesura. Se mantuvo en guardia unos instantes para comprobar que el silencio era casi absoluto, tan solo la ligera brisa mecía de cuando en cuando las copas de los árboles, produciéndole la sensación de que hablaban entre ellos por la presencia de un intruso en su seno.

Trató de retornar al estado anterior pero una sombra de duda se mantenía en su mente, lo que le obligó a mantenerse vigilante. Volvieron de nuevo los crujidos producidos por algo en movimiento, pero esta vez procedían de la zona del bosque situada a sus espaldas. Ya no le cupo la menor duda. Había personas en las proximidades y con toda seguridad no pertenecían al campamento. Asió la empuñadura de la espada situada en su costado y la fue desenvainando lentamente. Después se irguió con presteza a la vez que giraba su cuerpo para quedar situado frente a la inesperada visita.

Tres soldados imperiales caminaban lentamente e inclinados hacia delante tratando de pasar desapercibidos. Entre sus manos portaban la característica espada del ejército chino y una pequeña daga. Cuando vieron la figura del joven de pie, con la espada en su mano y las piernas ligeramente abiertas, arremetieron contra él con especial virulencia.

Andrew les esperó impertérrito. La suave brisa mecía su cabello y la luz del sol le proporcionaba un color dorado muy intenso confiriéndole un aspecto de leyenda. Cuando los soldados llegaron a su altura con las espadas en alto, Andrew ladeó su cuerpo hacia la derecha y describió un amplio círculo con la suya. El primer golpe propiciado sobre el arma de uno de los soldados hizo que ésta volara por los aires dejándole desarmado de su principal defensa y con el brazo dolorido, hincó sus pies en tierra profiriendo gritos de dolor.

Los otros dos soldados descargaron sus armas sobre la de Andrew que adoptó una postura de defensa. Pronto percibieron que la espada del joven apenas se movía por los efectos de los implacables golpes que propinaban pero sus fornidos brazos si acusaban dolorosamente cada uno de los impactos. Cuando decidió pasar al ataque, sólo fueron necesarios un par de golpes para dejarlos completamente desarmados. Sin dudarlo, salieron huyendo como perseguidos por el diablo.

Andrew esbozó una ligera sonrisa.

Cuando se perdieron entre los primeros árboles, decidió regresar al campamento. Pensó que podría tratarse de algún destacamento de vigilancia y que por lo tanto, el número de soldados podría ser mucho mayor. Dirigió sus pasos por donde había llegado y antes de alcanzar la primera línea de árboles hicieron acto de presencia otro grupo de soldados. Delante, un oficial de figura enorme, imponente, de mediana edad, pequeños ojos almendranados que le confería un aspecto violento, con la espada desenvainada y montado sobre un hermoso caballo de color negro carbón.

Se detuvo e hizo un movimiento con la espada indicando a los soldados que iniciaran el ataque. Caminaron lentamente hacia Andrew pero realizando un movimiento envolvente. Poco después, era el centro de un amplio círculo de soldados que se iba cerrando a medida que se acercaban.

Andrew efectuó un giro completo sobre su cuerpo analizando la situación. Desenvainó la espada situada en su costado izquierdo y elevó las dos formando dos líneas paralelas a la altura de su rostro. Concentró su mente tal como le había enseñado Dilgo y perfeccionado Taypeck. Podía sentir con claridad los movimientos de sus enemigos que esperaban la orden del comandante para el ataque final.

—¡”Madre”, ayúdame! —musitó.

Una oleada de calor atravesó su cuerpo y creyó que todos los poderes del universo confluían en él, haciéndole sentirse pletórico.

Un claro y seco grito ordenó a los soldados que se lanzaran sobre el joven. Andrew aguantó impasible el acercamiento y cuando las espadas se dirigían sobre su cuerpo, ¡desapareció! Las armas de los soldados se incrustaron entre ellos mismos sin tiempo alguno para reaccionar.

El comandante sonreía seguro a la grupa de su caballo y antes de darse cuenta de la situación, percibió que montado detrás de él había otra persona. Sintió como un objeto contundente golpeaba su oreja haciendo saltar el casco de su cabeza. Profirió un terrible alarido producido por el inmenso dolor y se desplomó del caballo. Andrew tomó las riendas del animal que se había encabritado y relinchaba elevando sus patas delanteras hasta límites increíbles. Cualquier otro jinete hubiera dado con sus huesos en tierra. Unas suaves caricias sobre las crines y unas palabras en sus oídos calmaron al noble animal.

Los soldados que se mantenían en pie, sin comprender nada y al ver a su superior caído y retorciéndose de dolor, trataron de sorprenderle de forma alocada. Varios golpes de espada fueron suficientes para hacerles huir en desbandada. Una parte de ellos permanecieron totalmente inmóviles sobre el suelo y otros quejándose lastimeramente.

Descabalgó para acercarse al comandante y tratar de interrogarle. Apoyó una de las espadas sobre la roca y  giró el cuerpo del herido. Uno de los soldados tendido en el suelo y próximo a ellos, alargó lentamente su brazo para tomar la espada de Andrew y descargar un golpe sobre él. Cuando logró asirla, en su cara ensangrentada se produjo un horroroso rictus de venganza. Consiguió ponerse de rodillas elevándola por encima de su cabeza para descargarla con violencia sobre él.

Antes de alcanzar el cuerpo de Andrew, éste ya se había girado y protegido con la otra espada que recibió el golpe seco sobre su filo. Un terrible alarido recorrió todo el bosque. El soldado desprendió con violencia el arma y rodó por el suelo en medio de grandes convulsiones. Los ojos parecían salirse de sus órbitas y por su boca emanaba una extraña espuma. La vibración a la que se vio sometido acabó con su vida de forma fulgurante.

Andrew comprobó la herida del inconsciente comandante, apreciando un corte de considerables dimensiones aunque de escasa profundidad en la base del cráneo y algo más apreciable sobre el cuello.

Volvió a escuchar ruidos de movimientos, esta vez más fuertes y sin ánimo alguno de pasar desapercibidos. Se puso de pie dispuesto de nuevo a defenderse de otro ataque, pero enseguida comprobó que Taypeck salía corriendo de entre los árboles y acompañado de unos cuantos soldados.

—¿Qué ha ocurrido, Andrew —preguntó, mirando con sorpresa los cuerpos de los soldados chinos tendidos en el suelo.

El joven le explicó lo sucedido.

—Es muy extraño que soldados imperiales realicen ataques de este estilo, o sabían bien que es lo que tenían que hacer y eso puede ser muy peligroso.

—Vamos a curarles —expresó Andrew —. No sería lógico abandonarles en esta situación.

—¡Nada más incorrecto, Andrew! —gritó el monje sujetándole de un brazo para iniciar el regreso—. Habrá más por los alrededores, y los que huyeron volverán de nuevo. No te preocupes por ellos y abandonemos cuanto antes este lugar. No tenemos más remedio que levantar el campamento y alejarnos, al menos hasta que la oscuridad nos impida continuar.

El joven comprendió las razones del monje y asintió. Luego volvió la vista hacia el caballo del comandante y una amplia sonrisa afloró en su rostro. Se acercó a él y lo estuvo acariciando unos instantes mientras le decía palabras cariñosas. El caballo piafaba mansamente. Lo asió por las riendas y éste comenzó a caminar a su lado.

—Nos lo llevamos, Taypeck —dijo el joven muy satisfecho—. Es un soberbio animal. Creo que mejora las cualidades de Bucéfalo.

—De acuerdo, pero salgamos cuanto antes de aquí —exclamó el monje un tanto nervioso.

Abandonaron el claro del bosque con pasos rápidos introduciéndose en él sin detenerse hasta alcanzar el campamento. Una vez allí, todo fueron órdenes y movimientos nerviosos, pero en muy poco tiempo estaba desmontado y abandonaron con presteza el lugar.

Andrew cabalgaba alternativamente los dos caballos. Se sentía incapaz de discernir cual reunía mejores cualidades. El animal del comandante chino era muy hermoso, al decir de Taypeck, el más hermoso jamás visto, que más que galopar; volaba.

—Es un caballo khwarezm —comentó el monje cuando inspeccionó el animal—, deseado por todos los buenos jinetes. El comandante debe pertenecer a una noble y rica familia. Creo que su cólera no tendrá límites por la pérdida de este excepcional caballo, superior incluso a la vergüenza sufrida ante sus soldados al ser derribado con facilidad. ¡Sí, debió de ser muy humillante para él! Puedes tener la completa seguridad de haber ganado un enemigo para toda la vida.

Disfrutaba de la agreste belleza de los dispares paisajes que iban atravesando, de las animadas charlas con Taypeck en los atardeceres durante las acampadas, pero sobre todo, cabalgando con el excelente caballo que constantemente le sorprendía con sus habilidades. Poseía una inteligencia innata y cuando Andrew le permitía actuar por su cuenta, comprobaba sus excepcionales características. Según le decían, son animales de un solo dueño siendo necesario domarlos desde muy pequeños. Por eso se sentían impresionados por la facilidad con que lo montaba el joven. Algunos lo intentaron y dieron con sus huesos en tierra. Llegó a sentirse afortunado por el botín conseguido.

Después de muchas jornadas de viaje alcanzaron la ciudad de Xining. En un principio, Taypeck quería bordearla, decisión que no agradó a Andrew ya que estaba ansioso por conocer un poco la milenaria cultura china y con el privilegio de hacerlo en el periodo de la edad media. El monje esgrimió mil razones pero Andrew no dio su brazo a torcer. Ansiaba introducirse en la ciudad y comprobar con sus propios ojos la esencia de la mítica y hermética nación más grande del mundo. Finalmente el monje tuvo que acceder. Andrew disfrutó mucho recorriéndola. Pensó que era observado como un extraño, pero pronto comprendió su error, la Ruta de la Seda aportaba un gran movimiento de extranjeros por todo el país y pasaba totalmente desapercibido. Tras unos días de descanso partieron de nuevo con energías renovadas y con ánimo de llegar lo antes posible a Xian, punto final de su recorrido.

oooOOOooo


ÍNDICE

P. PRINCIPAL