RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O     X I V
LA BATALLA DEL RÍO AMARILLO
 


 

Taypeck agitó suavemente el hombro de Andrew. Se despertó sobresaltado, incorporándose con agilidad. Al ver el sonriente rostro del monje se calmó.

—¡Qué susto me has dado, maldito monje! —exclamó jovialmente mientras se restregaba los ojos con las manos.

—Está rompiendo el día y tenemos muchas cosas que hacer.

—¿Por qué tenéis la insana costumbre de levantaros antes del alba? —preguntó, tratando de aparentar una seriedad que no sentía.

Taypeck sonrió abiertamente colocando su mano sobre la cabeza de Andrew removiéndole su rubia cabellera.

—Es algo a lo que te acostumbras desde muy niño, como el respirar.

—¿Me tomas el pelo acaso, Taypeck? A eso no puede acostumbrarse nadie que esté en sus perfectos cabales.

—No sé que quieres decir.

Andrew comprendió que en los impenetrables países del Tíbet y China no habían sufrido las influencias occidentales.

—En unas horas tendremos que reunirnos con el Emperador y algunos de sus fieles generales. Hsuan Shing Tsu se encuentra ya muy cerca y debemos definir nuestra estrategia.

A la hora del desayuno dialogaron ampliamente sobre la realidad de la situación y las posibles acciones a realizar.

—La debilidad del Emperador es manifiesta, Andrew y creo que no nos será de gran ayuda. Pienso que nuestra presencia aquí supone un verdadero problema para él.

—Estás en lo cierto, pero tampoco desea que el general Shing llegue a desposar a su hija tal como pretende. Esto le conduciría a un poder casi absoluto y el Emperador teme por su propia vida y por las vejaciones a las que sometería a la princesa.

El monje se quedó pensativo. Realmente, el Emperador se encontraba en una encrucijada. Lo que no sabía era que el general Shing obedecía órdenes de varios nobles con un fin común, adueñarse del imperio chino y posteriormente iniciar la campaña jamás imaginada; dominar el mundo. Sus privilegios como “elegidos” del Agarthi le proporcionaban unos conocimientos fuera del alcance del resto de los mortales. Dilgo sabía de la intriga y contaba con Andrew para desbaratarla.

Más tarde, y con todo el ceremonial que le correspondía al Emperador, consiguieron poder dialogar ampliamente con él sobre las actuaciones a seguir y los riesgos que se podrían producir como consecuencia.

En un rincón de la amplia estancia, oculta detrás de unos biombos, la Princesa, su hija, escuchaba atentamente. Conocía todo lo que estaba aconteciendo a pesar de su juventud. Sabía que estos, giraban a su alrededor y a pesar de los deseos de servir a su padre, la idea del matrimonio con el general la hacía estremecer de horror. Gran estratega, formidable guerrero, de familia noble, pero era un animal sediento de sangre y sus víctimas nunca alcanzaron el perdón. Sus castigos producían verdaderas ansias de muerte en quienes lo padecían.

Su rostro, alargado, con una profunda cicatriz producida por arma blanca que le cruzaba la mejilla izquierda y parte de la frente, ojos oscuros girando hacia un negro profundo, labios muy finos casi siempre ocultos bajo un enorme mostacho y unas enormes orejas que sobresalían entre la larga cabellera, le confería un aspecto repugnante, que él mismo se encargaba de resaltar con su sarcástica sonrisa.

La princesa no tenía duda alguna, antes se daría muerte que desposarse con semejante bestia. Algunos altos mandos militares del ejército imperial deseaban terminar con el poder del general Shing, personaje demasiado déspota y peligroso por lo que no dudaron en aconsejar al Emperador la conveniencia de llevar a cabo el plan de los tibetanos.

Jeshe Norbu, en el documento que le fue entregado por Taypeck al Emperador, le advertía de las consecuencias futuras para China si los afanes expansionistas de algunos nobles no eran reprimidos y el camino para conseguirlo pasaba por el derrocamiento del general, el cual, ya tenía comprometidos grandes refuerzos de algunas formaciones fronterizas con Mongolia. Finalmente el Emperador se rindió ante tanta evidencia y ordenó a sus generales que se dispusiesen para la lucha, dejando entrever que la dirección y el desarrollo de la contienda partirían de ellos ante las tropas y el país.

Esa misma tarde regresaron al campamento para preparar las tropas. Les acompañó Shuen, quizá el más joven de todos sus generales, para coordinar la situación de cada uno en el campo de batalla y la estrategia para llevarla a cabo. A su lado, sin despegarse de él, su ayudante, un joven oficial vestido con una ligera armadura y yelmo que se ajustaba plenamente a su cabeza, apenas dejaba vislumbrar unos ojos inquietos que no perdían detalle. Siempre atento a las órdenes del superior que cumplía con diligencia.

Un soldado pidió permiso para entrar en la amplia tienda, precediéndole uno de los muchos observadores enviados para vigilar el ejército de Shing.

—Parecen muy confiados, Señor —comunicó el observador—. Se mueven despacio, sin prisa alguna y casi sin tomar precauciones —lo cual era lógico, pensando que estaban en su país y a unas cuantas jornadas de Xian.

Partieron al alba de una mañana muy fría, algo habitual en el Imperio. La gélida brisa azotaba el rostro de Andrew como de agujas penetrando en su piel. En la cúpula celeste, las estrellas refulgían con claridad, espectáculo que le atraía y alborozaba su espíritu, siendo además, el prolegómeno de un día claro y diáfano en el que el sol iluminaría aquellas tierras cambiantes de color a medida que fuera avanzando hacia el ocaso.

Los soldados tibetanos desde horas muy tempranas ya se encontraban sobre sus cabalgaduras vistiendo sus mejores galas. Protegidos por una fina cota de malla y el clásico gorro de piel de lobo, se divertían por la amplia explanada haciendo caracolear sus monturas con habilidad. Se decía que estos hombres aprendían a montar a caballo antes que a caminar. La perfección de los nobles animales era algo a lo que aspiraba cualquiera de ellos, por eso, cuando aparecía Andrew montando a Tarsis, nombre con el que bautizó al impresionante caballo khwarezm, le miraban atentamente con gestos que evidenciaban la envidia que sentían por la posesión del bello animal. 

El improvisado ejército se puso en marcha lentamente. Ofrecían una bella estampa. Los tibetanos con sus largas capas de vistoso colorido flameando al viento y los imperiales con sus llamativos uniformes portando muchas banderas y estandartes. Sus armaduras parecían emanar luz propia y las espadas y lanzas, escudos y otras armas refulgían como la plata. Los yelmos coronados por vistosos penachos y sus hieráticas expresiones le conferían un aspecto fiero e impresionante.

Tomaron la dirección Norte, que les conduciría a medio camino entre Xian y Taiyüan, siguiendo el curso del río Amarillo por su orilla oeste. Andrew y Taypeck habían comentado con el general una serie de aspectos tácticos, poniendo un especial énfasis a las características del terreno donde debería tener lugar la contienda. Sugirieron algún paso estrecho entre las montañas y el río para poder situar a los soldados en una línea alargada que les permitiera realizar una acción envolvente mientras que los arqueros dispararían sus flechas desde posiciones protegidas.

El general Shuen comprendió la idea del joven y asintió favorablemente.

—Conozco el lugar idóneo en el que la emboscada puede ser perfecta pero, debemos viajar prestos para alcanzarlo antes que las tropas del general Shing lo crucen.

Las aguas del río Amarillo bajaban caudalosas a pesar de la baja pluviometría del año pero el deshielo en las altas montañas se encontraba en su punto álgido. Tratar de cruzarlo en esas condiciones era una temeridad, más bien, un suicidio. Cuando alcanzaron el lugar previsto por el General Shuen, Andrew y Taypeck dieron su aprobación.

Dispusieron a los soldados en una amplia franja siguiendo la línea que formaban las laderas y promontorios. Prácticamente quedaban ocultos a la vista de cualquiera que cabalgara por el lugar. Los alertaron para que no encendieran hogueras a lo largo de la noche. Podrían ser descubiertos por alguna avanzadilla del general Shing y desbaratar la estrategia a desarrollar.

Al anochecer se levantó una fuerte ventisca que alteró el ánimo de los soldados a pesar de estar muy habituados a condiciones meteorológicas extremas. La temperatura descendió con rapidez pero estaban bien pertrechados para poder soportarla. Los soldados tibetanos se encontraban algo más inquietos. El ulular de las ráfagas de viento entre los vericuetos les traían las voces de los dioses de las montañas según les habían enseñado de pequeños y que tenían que protegerse refugiándose en lugares seguros y tratar de paliar sus efectos con el contacto de los amuletos colgados de sus cuellos. El sueño de Andrew fue corto y agitado pero al despertar se sintió animado y seguro de conseguir la victoria. Era necesario y no podía fallar, había demasiadas cosas en juego.

Evocó la presencia de Dilgo y trató de concentrarse en él. Al cabo de unos instantes sintió que se establecía una comunión entre ambos percibiendo como una gran energía se materializaba en su cuerpo y espíritu. Añoró, como tantas veces, a su familia y fundamentalmente a su madre. Entonces sintió un ligero estremecimiento y una sensación de pánico recorrió su cuerpo al pensar que podía morir en el campo de batalla, perdido en un lugar extraño y en un tiempo que no le correspondía y que nunca más podría estrecharla entre sus brazos. Una profunda emoción le embargó y al mismo instante, la imagen de Maitreya se formó en su cerebro, limpia, nítida, como si la tuviera a escasos centímetros de sus ojos. Con expresión sonriente y dulce le transmitía sensaciones positivas, animándole a superarse y conseguir el resultado deseado.

Se transformó, y a pesar del rostro juvenil, su expresión se tornó dura y sus ademanes precisos y seguros. Su voz, ahora más potente y sonora, ordenaba con firmeza el movimiento de las tropas. Taypeck y el general le observaban sorprendidos por el cambio producido en el joven. Vio con claridad cual sería el momento preciso y como tendría que desarrollarse la acción al paso de las tropas enemigas. Los oficiales del ejército imperial comprendieron sus órdenes y se dispusieron a cumplirlas bajo la aquiescencia de su general.

Se ordenó silencio y fue casi absoluto. Alguna montura piafaba de tanto en cuando pero sus cuidadores se encargaron de mantenerlas en silencio. La suave brisa procedente del Este amortiguaría cualquier ruido extraño que pudiera producirse. Una pequeña compañía situada entre un grupo de árboles al lado mismo del cauce del río pudo comprobar la idoneidad del lugar, ellos mismo se sentían incapaces de descubrir la situación de sus compañeros.

Hacia el mediodía, con el sol en su cenit, avistaron un pequeño destacamento que marchaba con tranquilidad y completamente confiados. El general dio la orden de permitirles el paso hasta las últimas posiciones donde serían reducidos sin ser vistos por el resto de la tropa. Fueron sometidos con facilidad sin apenas bajas por ningún bando. Interrogados, pudieron conocer el número de soldados a las órdenes de Shing y a que distancia se encontraban. La moral de la tropa se encontraba bajo mínimos. La campaña realizada contra las tribus del norte había sido penosa y con muchas bajas.

Una densa nube de polvo les anunció su llegada. En media hora les tendrían al alcance de sus flechas. El ejército de Shing comenzó a introducirse en el espacio controlado por las tropas de Andrew. Seguían confiados al no detectar su avanzadilla elementos extraños en el camino. Una vez sobrepasadas las últimas posiciones, las tropas imperiales se dispondrían a realizar una acción envolvente por la retaguardia para impedirles la retirada. Los soldados apenas llevaban protección, ni los yelmos plateados cubrían sus cabezas ni las mallas sus cuerpos, algo impropio de un ejército organizado y tan férreamente mandado por el general Shing.

Taypeck y Andrew observaban atentamente el movimiento de los soldados tratando de descubrir la figura del general en la cabeza de la formación.

—Andrew —susurró Taypeck muy próximo a él, expresando una clara angustia—, esto puede ser una verdadera carnicería, ¿estás dispuesto a ello?

—No me gusta lo que tenemos que hacer, Taypeck. Es algo que odio, pero en mi tiempo ocurren cosas peores y terroríficas. Esto no va a asustarme ni me producirá problemas de conciencia si con ello conseguimos que el futuro sea mejor.

Sus palabras, pronunciadas con voz pausada, denotaron su total firmeza, pero no por ello dejó de sentir como por su columna vertebral recorría un fuerte temblor de preocupación. Con un gesto mecánico comprobó la situación de la malla protectora y el fuerte y ancho cinturón sosteniendo sus espadas y varias dagas. En el arnés de su caballo colgaban otras armas, ligeras pero mortíferas al usarlas.

Unos redobles de tambor marcaron el inicio de la contienda. Los soldados del general Shing, atónitos por la sorpresa, comprobaron como una nube de flechas se les venía encima impactando en sus cuerpos. Muchos soldados fallecieron en la primera andanada atravesados de parte a parte, cayendo fulminados de sus monturas, un gran número fueron heridos y muchos caballos dieron con sus cuerpos en el suelo. La confusión era tremenda y apenas podían distinguir al enemigo ni los efectivos que tenían. Se produjo un caos momentáneo que las fuerzas del Emperador aprovecharon para continuar lanzando flechas sobre el enemigo sin producirse reacción alguna por parte de éste.

Sobre una pequeña loma, Andrew montando a Tarsis, observaba las primeras acciones sin comprender muy bien la escasa capacidad del general. Por el frente comenzaban a llegar los soldados tibetanos para cerrar el paso natural de escape al enemigo. Pronto se dieron cuenta que estaban siendo atacados por unas tropas adiestradas aunque no comprendían muy bien que podían hacer soldados tibetanos en pleno corazón de China y hostigando a las huestes del Emperador. Se vieron cercados y el único lugar para poder retirarse y tomar posiciones más seguras sería cruzar el río, lo cual supondría una locura y una muerte segura para quien osara intentarlo.

Los oficiales trataron inútilmente de ordenar la defensa gritando a los soldados que formaran una barrera con sus escudos para evitar los mortíferos daños que estaban causando las flechas disparadas por el enemigo, pero continuaban siendo un blanco fácil para los adiestrados arqueros.

—¡Andrew —gritó Taypeck—, allá, en el centro de las tropas ondea el estandarte del general!

Siguió con la mirada la dirección que le indicaba el monje.

—Está muy arropado por sus soldados, pero, indudablemente, tenemos que ir a por él. Si conseguimos derribarlo, la victoria será nuestra.

El general Shuen y su joven ayudante se situaron de inmediato al lado de ambos. Shing se revolvía en medio del desorden que mostraban sus tropas tratando de reorganizarlos, pero los gritos de los atacantes acallaban las voces del enemigo. Andrew desenvainó sus dos espadas sintiendo como la energía se concentraba en sus brazos.

—¡Al ataque! —gritó lanzando su potente caballo sendero abajo en busca del general Shing.

El joven ayudante del general espoleó a la vez a su montura lanzándose tras Andrew. En su mano derecha blandía una espada de considerables dimensiones y el escudo en el brazo izquierdo. Tras ellos y a corta distancia, Taypeck y el general trataron de alcanzarles.

Andrew conducía a Tarsis con ligeras presiones de sus rodillas sobre el animal mientras que con sus dos espadas arrasaba cuanto encontraba a su paso. El noble animal actuaba por iniciativa propia y caracoleaba entre las monturas del enemigo y en muchas ocasiones embestía directamente contra ellas, derribándolas. A sus espaldas, un nutrido grupo de soldados tibetanos le daban cobertura. Los avezados jinetes parecían estar realizando ejercicios malabares que sembraban el pánico entre el enemigo.

La tropa de Shing estaba soportando un feroz castigo sin apenas producir bajas entre sus atacantes. Pronto comprendieron que, además de los soldados tibetanos, también se encontraban en el campo de batalla las fuerzas del Emperador y ello les supuso un desconcierto manifiesto. Algunos soldados de cabeza y de cola comenzaron a deponer sus armas a pesar de las arengas de sus oficiales.

El general Shing comprendió bien pronto que, a pesar del mayor número de soldados, se encontraba en inferioridad de condiciones, pero era entonces cuando su coraje no conocía límites y el enfrentarse a la muerte le proporcionaba una energía desbordante y una fiereza desmesurada. Descubrió la rubia cabellera de Andrew mecida por el viento. Supo de inmediato que se trataba del joven occidental al que sus superiores le habían ordenado eliminar a toda costa, pero que había salido indemne de todas las emboscadas a las que fue sometido desde su entrada en China.

Sintió un especial morbo por poder ser él mismo el que llevara a cabo tal misión. Comprobó la belleza del caballo khwarezm que montaba el joven y sintió unas ansias irreprimibles de poseerlo. Su rostro sonrió de tal forma, que la cicatriz que lo recorría  tomó un aspecto violáceo confiriéndole un aspecto aterrador.

El campo de batalla se iba cubriendo de soldados muertos y malheridos. Las monturas sin jinete que las guiase, corrían desbocadas en medio de la contienda, chocando entre sí provocando el caos. Pasaba el tiempo y la lucha era cada vez más encarnizada.

Andrew trató de alcanzar al general y dar fin a la contienda. El grupo de arqueros había causado estragos entre las filas enemigas y los muertos ocultaban el árido suelo de la ribera. Ya se había iniciado la lucha cuerpo a cuerpo. Arremetió contra los soldados que le estaban impidiendo el avance hacia el general. A su lado y con una destreza increíble, galopaba el ayudante de Shuen, descargando unos potentes mandobles contra los que le impedían seguir a Andrew. Taypeck y el general, al frente de un considerable número de soldados tibetanos se afanaban por seguir los pasos del joven.

Los soldados de Shing cercanos a Andrew comprendieron que la gran capacidad de lucha del joven estaba siendo decisiva y trataban de apartarse a su paso. Apreciaban como muchos de ellos eran derribados por el simple contacto de los aceros sin comprender muy bien por qué, hasta que no lo sentían en sus carnes.

La batalla parecía interminable dándose cuenta de la dificultad que suponía avanzar y abrir un espacio que le condujera directamente a Shing. El cansancio se adueñaba de ellos. En un momento dado vislumbró un pasillo y lanzó a Tarsis  en esa dirección. Al llegar a su altura, su montura hizo un ligero quiebro permitiéndole iniciar el ataque con una ligera ventaja. El caballo del general se encabritó ante la acción de Tarsis y casi provocó la caída del jinete. Gracias a su notable habilidad pudo evitar  ser lanzado al suelo pero no el recibir el golpe de la espada de Andrew sobre su hombro izquierdo, produciéndole un corte a pesar de la protección de su armadura.

El joven obligó a su montura a dar un giro completo para situarse de nuevo frente a su enemigo. Shing emitió un terrorífico grito y se lanzó sobre Andrew. Tarsis intuyó el movimiento de la montura y la esquivó limpiamente. Andrew sonrió complacido. Las dos espadas chocaron sin excesiva violencia pero el general sintió una extraña vibración que entraba por su brazo y recorría todo su cuerpo. Fue muy desagradable y lo hizo notar con otra terrorífica exclamación.

Los soldados de ambos bandos observaban la lucha con incertidumbre. Algunos de ellos habían depuesto las armas y esperaban el desenlace de la pelea. Andrew se sentía tranquilo, confiado en sus fuerzas y en su habilidad a pesar del esfuerzo realizado, aunque no menospreciaba la del general y le consideraba capaz de atacar con malas artes.

Cruzaron sus espadas.

El general, tras las sensaciones que sentía después de cada choque, comenzaba a rehuir el cruce de los aceros. No cejaba de bramar tratando de intimidar al joven, buscando la ocasión propicia para descargar el golpe definitivo. No cabía la menor duda, era un excelente luchador y su coraje no le nublaba la vista.

Andrew le alcanzaba con su espada con bastante facilidad- La fuerza de las estocadas era leve pero le producían molestas heridas de las que manaban sangre, aunque no de forma ostensible. Sabía que Shing tenía todas sus facultades intactas.

A su alrededor, Taypeck y el general trataban de reducir a los soldados. Su joven ayudante luchaba pero sin perder de vista a Andrew. En una ocasión pudo atacar a Shing por la retaguardia pero un grito de Andrew paralizó su acción. Esto distrajo momentáneamente a Shing, que el joven aprovecho para lanzarle una tremenda estocada que impactó en su costado izquierdo haciéndole rugir de dolor. Gracias a su armadura evitó ser ensartado, pero no el daño que sufrió con el impacto.

Dio un fuerte tirón a las riendas de su caballo que se alzó sobre las patas delanteras para después lanzarse con furia al frente. Andrew esquivó el impacto, propinando otro golpe en el cuerpo del general arrojándolo de su montura para caer deslavazado en el suelo. Varios soldados de Shing atacaron al joven tratando de cercarle y conseguir derribarlo. Sendos golpes certeros con las dos potentes espadas acabaron con sus vidas.

 Shing se levantó con increíble rapidez, elevó la espada sobre la cabeza y en el momento en que Andrew iniciaba un giro para situarse frente a él, le descargó un impresionante golpe, alcanzándole en la frente y la mejilla, produciéndole una herida muy similar a la que él lucía en su rostro. Un espeluznante bramido de victoria emergió de su garganta a pesar de sufrir un encontronazo con Tarsis, que lo envió a tierra. Se levantó raudo y pudo comprobar como Andrew se desplomaba de su montura por el otro costado. Su rostro estaba bañado en sangre. Esa visión aumentó la alegría del general que comenzó a gritar enardecido. Su voz pareció escucharse hasta en el mismo infierno.

 Los gritos del joven ayudante de Shuen tratando de advertirle, no llegaron a tiempo. Taypeck también pudo observar el derribo sintiendo como se le desgarraba el corazón.

—¡No. Andrew no! —exclamó con furia.

—¡Ya tienes tu merecido, perro occidental ¡ —bramó Shing complacido.

Andrew sintió como se le nublaba la vista tras el tremendo golpe recibido y como la sangre manaba de la herida. Su sabor salobre alcanzó su boca y fue entonces cuando creyó morir. Las fuerzas le abandonaban pero trataba de mantenerse sobre el caballo. Fue deslizándose de la grupa, percibiendo como el joven ayudante de Shuen acudía en su socorro. Creyó escuchar la voz de Taypeck en la lejanía y cerró los ojos. Dejó de ver, de oír, de sentir. Imaginó que se hundía en una densa masa de luz blanca cegadora que le acogía en su seno.

 

—Andrew, abre los ojos, muchacho—escuchó una agradable voz femenina susurrándole al oído—. Vamos, no seas perezoso.

Lentamente los fue abriendo para encontrarse con el sonriente rostro de Maitreya observándole.

—¡Madre! —gritó incorporándose— ¿Qué ocurre?

No comprendió lo que estaba sucediendo, todavía sentía su cerebro muy embotado. Con temor y muy lentamente fue pasando la mano por la frente y la mejilla. Ni rastro de la herida. “¡Lo habré soñado, Dios mío!” pensó, y de inmediato, un sentimiento de pánico se apoderó de él.

—¿Estoy muerto, madre? —exclamó expresando toda la angustia que sintió.

—¡Claro que no, Andrew! —respondió ella con dulzura pero con determinado énfasis.

—¿Entonces...?

Maitreya le acarició el rostro con ternura.

—En primer lugar, joven occidental, ¿cómo te encuentras?

Volvió a pasar la mano por el rostro.

—Bien, al menos, eso creo —respondió no muy convencido.

—¿Recuerdas lo sucedido, Andrew?

El joven se tomó un respiro antes de contestar.

—¿Te refieres al desarrollo de la batalla? —suspiró fuertemente—. No. Creo que no sé muy bien que ha ocurrido y que hago aquí. El general Shing consiguió descargar su espada sobre mi rostro alcanzándome de lleno, después, comencé a caer...

Su voz sonó entrecortada y su rostro expresó angustia.

—¿Qué ha pasado, madre? —volvió a preguntar con un nudo en la garganta.

—Comenzaste a caer de tu cabalgadura sumido en una semiinconsciencia y antes de rozar el suelo te sacamos del fragor de la batalla y te trajimos a Shambala. Ya estás curado y recuperado.

El joven dudaba de las palabras de Maitreya. Es más, dudaba de la existencia real del momento, y se encontraba en los prolegómenos de su muerte en medio de aquel horroroso y cruel campo de batalla.

—No dudes, Andrew. Esto es real y estás aquí y vivo. Tus heridas han sido curadas.

Andrew estaba hecho un mar de dudas.

—Madre —le dijo—, en mi anterior estancia aquí, en Shambala, me dijisteis que no podíais interferir directamente en los acontecimientos de los humanos. ¿Cómo es que lo hacéis conmigo?

—¿No recuerdas, joven occidental? —respondió cariñosa— Te dijimos que tú eras un “elegido”, ya que en caso contrario nunca hubieras podido acceder a este lugar. Es por eso por lo que velamos por ti como por todos los nuestros y no vamos a permitir que te ocurra algo malo.

 Le pareció todo tan irreal..., pero comenzó a sentirse algo más seguro.

—Todavía tienes por delante muchas cosas por realizar. En tu estancia aquí has comprendido lo difícil que es enderezar los destinos de la humanidad y evitar que se destruya, pero esa es nuestra labor.

El joven sintió como unas lágrimas trataban de aflorar en sus ojos. Estaba muy emocionado.

—¡Gracias madre por salvarme la vida —y sin poder contenerse, se levantó de la camilla y se abrazó a ella.

Maitreya correspondió al abrazo con fuerza.

—Tu vida es muy importante para nosotros, Andrew —respondió ella—. Importante y valiosa. Tú estás llamado a ser un día el Guardián de Shambala.

Andrew pasó por altos las últimas palabras de Maitreya. A su mente acudió nítidamente el campo de batalla y su gesto se tornó serio y preocupado.

—¿Cómo ha terminado la batalla? —le preguntó, pensando en la suerte corrida por Taypeck y por todo el ejército.

Ella sonrió tímidamente.

—Tienes que volver a ella —respondió—. Se encuentra en el mismo instante en que la dejaste.

—¿Cómo...? —exclamó sorprendido.

Maitreya tuvo unos instantes de duda. Decirle al joven que iba a incorporarse de nuevo al fragor de la batalla no le parecía justo. Su sufrimiento había sido duro, tener que volver a soportarlo podía acabar con la razón de cualquier mortal en esas condiciones.

—Sí, querido Andrew —le dijo en un susurro—, tienes que volver y terminar con esa maldita contienda. Ha sido necesaria, sólo para evitar males mayores.

—¿Qué males, madre? —titubeó Andrew.

—Dentro del Agarthi existen varias manzanas podridas —le explicó—, que por sus conocimientos y la información a su alcance, pueden alterar la paz mundial. Eso afectaría también a tu continente, cuyo rumbo sería muy diferente.

—No hace mucho —continuó Maitreya—, has visualizado grandes eventos, terroríficos la mayoría. En muchos casos no te hemos mostrado la posible alternativa temporal si el hecho hubiera acontecido de forma diferente. Si los miembros del Agarthi pudieran realizar sus ambiciones, el planeta se convertiría en un lugar de esclavos sin derechos y sus vidas no tendrían el más mínimo valor. La ambición sin límites de estos personajes les conduciría a ser los dueños absolutos del planeta.

—¡Pero, eso es imposible, madre! —exclamó Andrew.

—¡Hay muy pocas cosas imposibles! Ya lo irás comprobando a medida que tu aprendizaje vaya desarrollándose.

—No comprendo.

Ella volvió a mirarle con ternura no exenta de tristeza. Andrew tendría que partir a pesar de los deseos de retenerle a su lado.

—Querido Andrew —continuó ella—, en unos instantes te encontrarás cayendo de tu caballo y a punto de rozar el suelo. Tu herida habrá desaparecido para asombro de todos los guerreros que en esos momentos creen estar presenciando tu muerte. Tan sólo sufrirás un pequeño arañazo en el hombro izquierdo al rozar una espada y del que manará un poco de sangre. Cuando sientas que tu cuerpo se golpea contra el suelo, gira rápidamente sobre él, un soldado está a punto de rematarte.

Andrew sintió como su visión perdía nitidez y desde su estómago ascendió un ligero mareo. Temió desmayarse.

—¡Andrew! —creyó oír la voz de Maitreya perdida en el universo— ¡Tú serás el Guardián de Shambala!

 

Sintió el impacto contra el suelo y como la punta de una espada se clavaba ligeramente en su hombro izquierdo. Giró con violencia y pudo intuir como un soldado imperial elevaba su espada para descargarla sobre él. Sin dudarlo, giró la suya seccionando limpiamente el brazo armado del atacante que, con incredulidad y horror en sus ojos, fue desplomándose entre gritos de dolor.

El general Shing contempló la acción sin poder creer lo que sus ojos estaban viendo. El asombro que sintió quedó reflejado en su expresión al comprobar que el rostro del joven totalmente limpio y exento de herida alguna. Comenzó a sentir pánico.

—¡Maldito shennyen! —gritó sintiendo el miedo a la muerte en todo su cuerpo.

Andrew se volvió para situarse frente al general. Esta vez, su humanidad no le causó temor alguno. Le esperó con ambas piernas ligeramente separadas y su espada colgando del brazo apuntando hacia el suelo. Shing creyó que era la actitud del derrotado, sin fuerzas ya para defenderse esperando el golpe de gracia que terminara con sus sufrimientos. Arremetió con el coraje de los guerreros gritando como un animal salvaje. Pareció que el tiempo se detenía en el campo de batalla y los soldados estaban paralizados observando el choque final.

—¡Cuidado, Andrew —le gritó Taypeck todavía muy asustado y sin comprender lo que había ocurrido.

El rostro del joven ayudante del general se mostraba lívido y sus ojos expresaban el horror que sentía. Dispuso su arma para atacar al general Shing si Andrew fuese abatido. Nadie escuchaba ya el ruido de las espadas chocando con violencia, ni los gemidos de los soldados heridos, todos estaban pendientes del desenlace final. El general descargó un impresionante golpe con su espada dirigido a la cabeza de Andrew. Con inusitada rapidez, alzó la suya a la altura conveniente para detener el impacto.

Shing volvió a sentir la intensa vibración en su cuerpo que le dejó unos instantes semiinconsciente.

—¡Ahora, Andrew! —escuchó varios gritos a la vez— ¡Remátalo!

Esperó a que el general reaccionara. Unos segundos después, con lo ojos sanguinolentos y una furia descontrolada no exenta de pánico, volvió a enfrentarse al joven. Fintaron una serie de golpes. Shing comprendió que se encontraba en desventaja, creyó que el joven estaba protegido por algún conjuro o era un brujo y que la profecía escuchada en varias ocasiones en boca de sus superiores podría cumplirse. Lo maldijo y decidió jugarse la última oportunidad, matando o muriendo en el intento. Se lanzó violentamente contra su adversario con la espada por delante y totalmente extendida tratando de ensartarlo en un golpe afortunado.

Andrew lo esquivó ladeando su cuerpo. Comprendió que el momento final había llegado. Asió su espada con ambas manos y descargó un impresionante golpe sobre el cuello del general decapitándolo limpiamente. Muchas gargantas emitieron fuertes gritos de victoria.

Taypeck se arrodilló clavando su espada en tierra sintiendo como su cuerpo se liberaba de toda la angustia y temor que le embargaba. El joven ayudante de general también gritó de alegría, se despojó del yelmo que le protegía permitiendo que una gran melena de un intenso color negro se deslizara sobre sus hombros. Andrew miró asombrado el rostro de una jovencísima y hermosa mujer que corría a su encuentro y sin dudarlo ni un solo instante, saltó colgándose de su cuello.

—¡Oooh...! —se oyeron voces de sorpresa a su alrededor— ¡La princesa! —y se arrodillaron reverentemente.

Después de un prolongado abrazo, la Princesa se descolgó quedando frente a él y mirándole directamente a los ojos. Andrew se sintió impresionado como si no pudiera creer lo que sus ojos estaban viendo. Se acercó Taypeck y delante de la Princesa hizo una profunda reverencia.

—¡Taypeck! —gritó Andrew— ¿Estoy viendo lo que imagino ver?

—Cierto, Andrew —contestó el monje sin apartar la vista de la Princesa, a pesar de ser algo no muy bien visto y fuera de las normas protocolarias—. No puedo comprenderlo, pero es cierto.

La imagen dibujada por Taypeck en el libro reflejaba perfectamente a la Princesa.

—¿Ocurre algo que deba conocer? —preguntó al observar el comportamiento del joven occidental y del monje tibetano.

—No ocurre nada que pueda intranquilizaros —contestó con rapidez Andrew, y sin darle más importancia, comenzó a dar órdenes a los soldados más próximos que se agolpaban con curiosidad para ver la cuerpo sin vida del general Shing.

La muerte del general corrió de boca en boca hasta el último rincón del campo de batalla al igual que la presencia de la princesa. Los soldados depusieron las armas como si todos recibieran esa orden a la vez. Después, organizaron el regreso.

Entraron en Xian como si nada hubiera ocurrido. El Emperador conocía el resultado de la contienda y se sentía eufórico y deseoso de celebrar por todo lo alto tan magno acontecimiento. Mostró un ligero enfado al tener noticias sobre la participación de su hija en la batalla, pero pronto se olvidó de ello.

Andrew y Taypeck fueron recibidos de nuevo ante un Emperador exultante y al que les costó convencerle para que restara importancia a la muerte del general Shing. Ahora tendrían que detener a los inductores de aquel fratricidio y con la suficiente celeridad para evitar su huída.

La princesa se sentía feliz y muy contenta al lado de Andrew. Feliz porque su futuro no pasaba por las manos de horripilante general Shing y contenta porque le agradaba la compañía de Andrew. Tan sólo temía su partida.

—¿Dónde se encuentra tu imperio, Andrew —le preguntó con curiosidad en una ocasión.

Le hizo gracia su forma de preguntar, sin embargo dudó ante la respuesta que debería proporcionarle.

—Muy al oeste de tu país —le contestó con ambigüedad.

—¿Más allá de la ruta de la seda?

—Mucho más.

Pero la princesa no se daba por vencida y continuó indagando.

—¿Y del imperio de Marco Polo?

—Más allá todavía, Princesa.

Sonrío delicadamente llevándose las manos a la altura de la boca.

—Andrew, estás mintiendo —le replicó.

—¿Por qué estoy mintiendo, Princesa?

Volvió a sonreír, pero esta vez abiertamente.

—Andrew, poco más allá del imperio de Marco Polo se encuentran las Galias y después, el fin del mundo. No hay nada más allá.

El joven no podía hablarle de su continente cuando aún no había sido descubierto para la vieja Europa.

—Procedo de lugares muy remotos, en el confín del mundo, donde las Galias se introducen el océano, y dudo que en tu país tengan conocimiento sobre el mío.

La Princesa continuó interesándose por la vida en su imperio. Andrew le contaba cosas que se iba inventando a medida que conversaban pero ella hacía como que no se daba cuenta.

Así transcurrían algunos ratos en los que se encontraban casi en solitario.

El general Shuen había encomendado a un grupo de sus mejores hombres la búsqueda de los tres inductores. Varios días más tarde regresaron portando a uno de ellos, anunciando que los otros dos habían sido encontrados muertos y con aparentes muestras de haberse suicidado.

A Andrew no le convenció mucho la noticia y trató de interrogar al tercero, confinado en unas mazmorras del palacio de las que pronto saldría para ser conducido a un lugar seguro e ignorado, el mausoleo de Qin Shi Huang. El joven consiguió tras una serie de intentos que Zhen Tiang Cgu, uno de los “elegidos” con mayor prestigio en el Agarthi, confesara toda la trama que habían preparado.

Por sus manos había pasado la historia de la humanidad, el pasado, el presente y el futuro y quiso jugar a ser un dios con tales conocimientos. Creyó que podría variar el curso de la humanidad en su favor y que las posibles vías temporales podían ser manipuladas a su antojo. Andrew tuvo la seguridad plena del trastorno mental de aquel personaje que le producían ansias de grandeza ilimitadas.

Llegó a sentir pena por él. Descubrió que era el asesino de sus dos compañeros para impedirles que pudieran llegar a delatar la trama en la que estaban involucrados.

—Dilgo Rimpoché es un hombre excepcional —le dijo Zhen Tiang—. Siento que no se haya unido a nosotros porque entonces sí se hubieran convertido en realidad nuestros deseos.

—Os equivocáis, señor —respondió Andrew con voz potente y segura—. Ni aún con la participación de Dilgo vuestros sueños se habrían convertido en realidad.

—¡Qué puedes saber tú, joven occidental! —expresó con rabia— Desconoces nuestra sabiduría y los medios que están nuestro alcance.

—¿Que habéis sido uno de los “elegidos” del Agarthi...? —a Andrew casi se le escapa que existe un estamento superior, Shambala, pero se contuvo— Vuestra ambición os ha perdido. Sois la primera persona elegida que tiene este fin. Hasta ahora todos han trabajado por el bien de la humanidad y lo seguirán haciendo en los siglos venideros. Flaco honor habéis conseguido. La sangre de muchos inocentes pesará sobre vuestra conciencia. El tiempo se encargará de ello y vais a disponer de mucho para pensar.

—No creas que todo finaliza aquí, son numerosos los “elegidos” dispuestos a continuar nuestras ideas —en su mente se formó la imagen del cuarto elegido, “Lao Shi”, del cual probablemente, desconocían su existencia y aún podría actuar en su ayuda. Su rostro esbozó una sarcástica sonrisa que de inmediato reprimió—. El tiempo juega a nuestro favor y… dudo mucho que la profecía se refiera a ti.

El joven ya no deseó continuar conversando con Zhen. Su desequilibrio mental le pareció evidente. Pensó que había conseguido la información necesaria y podrían partir hacia el Tíbet. Deseaba fervientemente regresar cuanto antes a su ciudad y a su tiempo.

Quizá su juventud le impidió calibrar adecuadamente las palabras del “elegido”.

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