RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O     X V
R E T O R N O   A   P O T A L A
 

 


Fue difícil, después de conocer los encantos de la ciudad imperial, pensar en el largo regreso que les conduciría hacia el Tíbet, mucho más encerrado en sí mismo que el imperio chino. Andrew, pensaba en las penurias diarias durante meses para alcanzar algo que, en su tiempo, podría ser cuestión de horas. También disfrutaba del encanto de la Princesa Shue Tsung, muy ágil de pensamiento, conversación fluida y amena, y capaz de hilvanar relatos encantadores surgidos de una simple idea o de una palabra.

Llegó, finalmente, el día de la partida. Andrew se sentíó muy triste. Las despedidas fueron cortas pero muy emotivas. La Princesa le hizo prometer que algún día regresaría a Xian, aunque sabía muy bien lo difícil que sería poder cumplir la promesa.

El general Shuen se ofreció a acompañarles con un nutrido grupo de soldados imperiales hasta la población más cercana.

—Mientras no alcancéis la frontera con el Tíbet, seréis acompañados por un pequeño destacamento que se turnará en cada ciudad por uno de refresco. El oficial al mando tiene órdenes concretas para cada gobernante de la ciudad donde se realice el relevo.

—Gracias, Shuen —contestó Andrew—, pero creo que no será necesario.

—Con nuestros soldados no tendréis por que ocultaros ni viajar fuera de las rutas normales. Si vais solos, la presencia de soldados tibetanos puede crear suspicacias y contratiempos.

Taypeck y Andrew comprendieron que Shuen tenía razón y accedieron muy agradecidos por la compañía de los soldados imperiales.

Poco antes de abandonar Xian, la Princesa quiso despedirse de la comitiva. Andrew esperaba la presencia de la joven. A su lado Bucéfalo y Tarsis, asidos ambos por las riendas piafaban suavemente, conscientes, quizá, de la inminente marcha.

—Princesa —le dijo Andrew emocionado—, llegó el momento, muy a pesar nuestro.

—Lo sé, Andrew. Lo sé —respondió ella, con su mirada clavada en la del joven—. A partir de ahora esperaré tu regreso.

Andrew acarició las crines de Tarsis en un movimiento instintivo y el noble animal frotó su cabeza en el cuerpo del joven. Parecía estar despidiéndose también.

—Deseo entonces que cuide de Tarsis mientras regreso —expresó el joven—. ¿Hará eso por mí?

—¿Serás capaz de desprenderte del noble animal? —exclamó la joven muy extrañada.

—Es mi regalo de despedida y en agradecimiento al coraje que habéis demostrado durante la batalla, además de vuestra vigilancia continua tratando de evitar que me sucediera algo malo. ¡Por favor, no lo rechace!

La Princesa sintió como su rostro enrojecía de satisfacción. 

—Lo acepto, joven occidental —dijo muy risueña—, así tratarás de regresar antes.

Andrew se inclinó ligeramente.

—¡Princesa! —quiso aparentar seguridad una seguridad que no sentía— ¡Os recordaré siempre!

Ella tomó las riendas del animal, que obedeció sin dudar. Se acercó ligeramente hacia Andrew y le rozo la mejilla con sus labios, después se apartó de la comitiva para permitirles el paso.

—Deseo que alcances tu imperio con diligencia, Recuerda que hay un camino de regreso. ¡No lo olvides!

Y de un impecable salto, montó sobre Tarsis, que salió disparado hacia los jardines de palacio. Andrew vio como se perdía entre los árboles. Creyó intuir que sus ojos se humedecían.

Instantes después se encontraban en marcha.

 

Horas antes del anochecer y en medio de una fuerte ventisca, la comitiva alcanzó los alrededores de Lhasa. El aspecto de los jinetes era deplorable. Estaban sucios, sin afeitar y muy cansados, pero habían alcanzado el final del viaje y esto era suficiente para que en sus rostros de dibujara una sonrisa de satisfacción.

Las noticias habían volado a palacio y allí esperaban impacientes la llegada. Dilgo  se sentía pletórico. El regreso suponía que la expedición había tenido éxito, y eso, liberó la gran carga emocional que soportó durante muchos meses. 

El tiempo pareció detenerse, la ventisca se transformó en una suave brisa que mecía suavemente la larga cabellera de Andrew, el sol quiso paralizar su descenso hacia el ocaso y las gargantas de los monjes enmudecieron. En medio del enorme patio nada se movía, tan sólo un amortiguado ruido de cascos les llegaba como avanzadilla de la expedición.

Andrew y Taypeck al frente, miraban emocionados el recibimiento de los monjes. En medio de todos ellos, el Dalai Lama contemplaba la escena con la sonrisa reflejada en su rostro, demostrando sin lugar a dudas la complacencia que sentía. Desmontó y sin pensarlo dos veces, caminó hacia Jeshe Norbu y se abrazó a él. En ese mismo instante, centenas de gargantas profirieron gritos de entusiasmo.

—¡Gracias a Buda ya estás de nuevo entre nosotros! —exclamó Jeshe Norbu.

—No puedes imaginar cuan grande es mi alegría, Dilgo —manifestó el joven, todavía abrazado al monje.

Segundos después, repitió la misma acción con Choelyng. La tensión sufrida por Dilgo le había afectado mucho, ahora, era el instante de la recuperación.

—¡Gracias Taypeck! —Le dijo Dilgo al monje—. Estoy orgulloso de ti y te felicito por el buen resultado de la misión encomendada.  Choelyng ha elegido perfectamente en ti a la persona que necesitábamos.

Poco a poco fueron retirándose del patio. Los monjes para continuar con sus quehaceres y la expedición hacia los aposentos.

—Dilgo, desearía antes que nada poder tener el libro entre mis manos —le pidió Andrew.

—Desde luego, muchacho —respondió el monje—. Sé muy bien cuan grandes son tus deseos de partir hacia tu hogar, pero antes quisiera poder disfrutar de tu presencia unos días. ¡Tienes tantas cosas que contarme!

Andrew sonrió ampliamente. Nunca pudo pensar que podría tener esta excepcional relación con una persona que, posiblemente su edad cuadruplicaría la suya.

—¡Y tú también, Dilgo! —expresó como un reproche cariñoso—. Tendremos tiempo suficiente para todo eso. Mi interés en ver el “libro” es bien distinto.

—¿Vamos entonces?

—¿Puede venir Taypeck?

—Por supuesto, Andrew —respondió Dilgo—. Él es su autor.

Finalmente, los cuatro se dirigieron hacia los aposentos del Dalai Lama. Una vez allí, se acercaron hasta el lugar donde se encontraba el libro, exactamente en la misma posición que cuando había partido hacía ya muchos meses.

Andrew deslizó las yemas de los dedos sobre la tapas, con suavidad, sintiendo como la energía acudía a él a través de ellos. Los tres monjes le observaron atentamente. Luego, con lentitud lo fue abriendo para recorrer sus páginas. Taypeck sabía muy bien lo que el joven buscaba. Se detuvo en una de ellas y la miró absorto. Después le hizo una indicación a Taypeck, quien se acercó sabiendo muy bien lo que iba a ver; la escena en la que la princesa se desposaba con un joven príncipe. Andrew pensó que una fotografía en su tiempo no reflejaría mejor la belleza de la princesa. Taypeck asintió con un ligero movimiento de cabeza.

 Conversaron durante varias horas. Jeshe Norbu parecía un pozo vacío sediento por absorberlo todo. Escuchaba con atención el relato que Andrew y Taypeck, iban desarrollando. Ninguno de los dos hizo mención alguna a la visita previa a un lugar perdido en la cima del mundo, ni tampoco a la sorprendente caída de Andrew, herido de muerte y que, antes de rozar el suelo, ya se encontraba recuperado totalmente.

Cuando finalmente Jeshe Norbu y Andrew se quedaron solos, el monje le preguntó inquieto por el resultado final del viaje.

—Dime, Andrew, ¿habéis conseguido hacer prisioneros a los inductores?

En su rostro apareció una expresión de duda que Andrew no deseó prolongar.

—Sí, Dilgo —respondió con premura—. Sabes que no hubiéramos regresado sin llegar al final.

Un profundo suspiro relajó la expresión del monje. A Andrew le pareció ahora más humano, reflejando temores y angustias a la vez que alegrías. Se mostró profundamente satisfecho.

—El máximo responsable —continuó Andrew—, Zhen Tiang Cgu, consiguió atraer al general Shing con la promesa de desposarle con la princesa y posteriormente ser nombrado emperador. La codicia de ambos no tenía límites.

—Pero también colaboraban dos “elegidos” más —añadió el monje, con gran interés—. Tyaseng y Siang Thu. Dos personajes de gran inteligencia y sabiduría, sin la codicia de Zhen pero muy peligrosos por sus teorías evolucionistas.

—Fueron encontrados muertos en sus domicilios. Las apariencias inducían a un suicidio, pero en la realidad fueron ajusticiados por Zhen al comprobar que ambos pretendían separarse de él debido a su planteamiento para conseguir la llave del imperio y su expansión posterior, lo que le conduciría a una serie de asesinatos y guerras.

El Lama se sintió apenado por esas muertes aunque comprendió que era, quizá, la mejor de las soluciones posibles.

—Y Zhen, ¿está encarcelado?

—De por vida, Dilgo —contestó Andrew, con rotundidad en su afirmación—. Pasará los años que le queden de existencia en un lugar tan sólo conocido por el Emperador y escaso personal de su séquito. Su cárcel es el mausoleo de Qin Shi Huang que cuenta con cuatro niveles y un palacio subterráneo. Incluso burlando la vigilancia a la que se encuentra sometido, difícilmente podría salir al exterior.

—¿Qin Shi fue el creador de la dinastía Qin? —preguntó el monje con aire distraído. Sus pensamientos eran otros.

—Exactamente, pero se conoce muy poco de su existencia, que realmente no fue muy prolífica.

—¿Cómo habrá podido equivocarse el Agarthi? —exclamó compungido.

—La mente humana —trató de aclarar Andrew—, y tú lo sabes muy bien, puede alcanzar estadios muy difíciles de comprender. En muchas ocasiones se mezclan la realidad y la ficción produciendo efectos que, a pesar de ser terribles, parecen totalmente normales para su creador.

El monje asintió. Su rostro seguía expresando un gran sentimiento de pesar. Andrew distrajo su mirada por el gran ventanal del aposento y vislumbró un precioso atardecer.

—Debes saber —continuó el joven—, que otro de los “elegidos” también estaba confabulado con los tres chinos. De él partían todas las noticias que podían concernirles. Estaban muy bien informados de nuestros movimientos.

El monje se sorprendió ante las palabras del joven.

—¿Estás seguro? —Inquirió con presteza— ¿Sabes quién es?

—No. No lo sé —respondió Andrew—. Zhen no quiso decirlo. Tampoco aseguró que existiera tal personaje pero en el transcurso de nuestra conversación, una serie de detalles me indujeron a pensar que así es. No creo que tratara de confundirme.

El monje se paseó cabizbajo por la estancia que ya se encontraba en semipenumbra. Andrew le observaba algo indiferente. Pensó que sería tarea de Dilgo el desenmascararle.

—¡Asistiré al próximo Agarthi! —Exclamó con júbilo— ¡Y tú vendrás conmigo!

—¿Cómo…? —preguntó inquieto.

—Ya te anuncié que eras un “elegido” —le explicó el monje—, y que tarde o temprano tendrías que comparecer a una asamblea. Ocurrirá con más de cinco siglos de antelación, ese será el factor sorpresa.

 —Pero, ¿no lo saben? —preguntó irónicamente.

—No todos los “elegidos” lo saben. Tan sólo unos pocos. Se realiza la invitación de una asamblea a otra. Será un gran golpe de efecto que te presentes allí conmigo.

Andrew comenzó a preocuparse seriamente. Deseaba regresar a su tiempo sin dilación alguna y este contratiempo podría retrasarlo demasiado. No se consideraba con suficientes fuerzas para seguir viviendo tanto tiempo en aquel pasado con todas las connotaciones que ello suponía. Así se lo hizo saber al monje.

—No te preocupes por eso, Andrew, nunca me permitiría privarte del placer de volver a tu tiempo lo más rápidamente posible. Lo demás, puede esperar. Regresar a tu hogar es ahora lo primordial. En su momento volverás para culminar el proceso iniciado.

Las palabras del monje sonaron con una seguridad total, propias del acostumbrado a ordenar. Andrew se inquietó momentáneamente, pero se había habituado a confiar plenamente en él. Le produjo la sensación de que se encontraba pletórico con sus palabras y la ocurrencia que había tenido.

—¡Allí le descubrirás y le pondrás en evidencia —añadió jovialmente el monje.

Andrew volvió a sorprenderse.

—¿Qué yo qué…?

—Sí, será un golpe perfecto —continuó Dilgo dando la sensación de hablar consigo mismo.

El joven se rindió ante la evidencia. El monje trataba de trasladar sus pensamientos hacia el futuro y él se encontraba muy cansado para continuar con el juego. Le costó atraer la atención del monje, quien poco después le pedía disculpas por su falta de consideración hacia el agotamiento que sentía Andrew. Abandonó la estancia del monje y casi juraría que se quedó dormido antes de alcanzar el camastro de su aposento.

 

Extraños pensamientos rondaban su mente desde hacía ya algunas horas. Por la ventana de su aposento en lo alto de Potala, contemplaba las evoluciones de los monjes en el enorme patio exterior. Al fondo, la ciudad de Lhasa absorbía los últimos rayos solares del día configurándole un aspecto irreal. Los fuertes vientos, que no cesaron a lo largo de toda la jornada, parecieron calmarse ante la inminente llegada de la noche.

Andrew intuía que horas más tarde se produciría el regreso a su tiempo. Deseaba con fervor volver a encontrarse con los suyos y era consciente de que su permanencia en el pasado había sido excesivamente larga en esta ocasión. Casi le separaba un año y medio desde su llegada y temía lo que hubiera podido suceder en su tiempo. Probablemente, su familia le daría por muerto y no quería pensar como se las habría arreglado su madre para explicarles su desaparición. A ellos mismos podría haberles ocurrido alguna desgracia.

“Quizá fuera mejor quedarme aquí para siempre”, pensó desanimado, pero de inmediato abandonó tal idea. Sería absurdo tomar esa decisión.

Recordaba la comida durante la cual se despidió de Taypeck. Fue muy emotiva. En su rostro creyó adivinar una serie de interrogantes que nunca se atrevería a preguntar. Andrew tampoco tuvo el valor de explicarle muchos puntos oscuros, temiendo que con ello, alteraría alguna norma no escrita entre los “elegidos” del Agarthi o los seres de Shambala. El monje intuía que era utilizado por fuerzas superiores que no comprendía, pero que le conducían en la dirección adecuada. No dudaba que el mismo Jeshe Norbu se encontraba en la misma situación.

Un fuerte abrazo y un mudo adiós les separó, sin saber muy bien si volverían a verse. Respiró profundamente una vez, dos, varias…, tal como Jeshe Norbu le había enseñado, sintiendo como su cuerpo renovaba energías y una sensación de calor se introducía en él, desde los pies hasta la cabeza.

Tomó sus espadas, empaquetándolas con especial mimo para guardarlas en un arcón situado en una pequeña cámara secreta oculta detrás de la cama. Encima fue colocando las prendas de vestir que había utilizado a lo largo de su estancia en aquellas tierras, cerrando cuidadosamente la abertura, que pasaría totalmente desapercibida si no se conocía su ubicación exacta.

Vestía su pijama y en la mano izquierda sostenía la preciosa daga que le unía al pasado y a su presente. Comprendió que había llegado la hora. Una fugaz mirada a la estancia y una sensación de vacío en el estómago le dejaban claro que sus emociones estaban encontradas. Deseaba regresar, deseaba quedarse. “Dios mío, ¿cuál es ahora mi verdadera época?”, se dijo con tristeza, y abandonó el recinto. Cuando llegó a los aposentos de Jeshe Norbu, la noche se había apoderado de Potala y las numerosas lámparas estaban siendo encendidas con diligencia y precisión. Los olores emanados por la quema de aceites y grasas iban impregnando las estancias, algo a lo que Andrew no se habituaba lo suficiente.

El Dalai Lama le esperaba de pie, en medio de la habitación, con las manos unidas a la altura de pecho y los ojos entrecerrados. De su garganta salían unos tenues sonidos susurrando su rara letanía. A Andrew le pareció percibir que el monje levitaba, elevándose ligeramente del suelo y envuelto en una especial y ligera aura. Le miró atentamente sintiendo como su mente se abría hacia la de Jeshe Norbu y entraban en contacto. Las palabras fluyeron sin sonido formando imágenes nítidas en sus ojos cerrados.

Andrew sintió una inmensa paz y sus temores se disiparon. Ahora sabía que todo iría bien. Los dos juntos, sin pronunciar palabra alguna, se acercaron hasta la mesa sobre la cual se encontraba el libro. A Andrew le pareció verse rodeado de una extraña luminiscencia que otras veces no vio o le pasó desapercibida. Ahora era muy clara y el libro parecía tener vida propia. Jeshe Norbu se fundió con un fuerte abrazo al joven, mientras que su rostro irradiaba una entrañable sonrisa. En más de una ocasión llegó a pensar que era su propia reencarnación.

—Espero impaciente tu regreso, Andrew —le dijo con voz sonora—, y sé que se producirá en breve en mi espacio temporal al igual que ha ocurrido en las otras ocasiones.

El joven asintió convencido.

—Estaré dispuesto Dilgo, no lo dudes —respondió complacido—. Las fuerzas que me transportan me traerán de nuevo aquí.

—Me atrevo más a pensar que esas fuerzas las produces tú, aunque sea de una forma inconsciente.

La iridiscencia fue en aumento a través de las páginas del libro para ir rodeando el cuerpo de Andrew. Al contrario de otras veces, el efecto se fue produciendo muy lentamente, siendo percibido en su totalidad por ambos.

Jeshe Norbu tomó su daga de la mesa y la apretó con fuerza en su mano izquierda. Colocó la derecha sobre el libro abierto y cerró los ojos físicos para abrir los ojos de la mente. Andrew apoyó su mano derecha sobre la de él, esperando el momento crucial. La energía que procedía del libro se fue haciendo cada vez más fuerte. El joven la sintió adueñarse de su cuerpo y mente. Recordó las palabras de Maitreya cuando le preguntó como podían desplazarse por el espacio temporal; “todos somos energía, querido joven occidental y como tal, no tenemos limitaciones en el espacio-tiempo. Es un estadio difícil de alcanzar pero es la tendencia propia del universo. Para la humanidad, el camino que todavía tiene que recorrer es inmenso y siempre y cuando vaya adoptando las alternativas temporales más adecuadas, en caso contrario podría ser conducida a un verdadero caos”.

Sintió como su cuerpo se transformaba en pura energía diluyéndose en el espacio para ser atraído hacia la puerta y traspasarla. Jeshe Norbu fue quedándose atrás pero en su mente resonaron sus pensamientos deseándole un feliz retorno. Después, la oscuridad total. Creyó perder la consciencia pero un punto luminoso al frente le hizo reaccionar y fijó su atención en él.

A medida que se acercaba a la fuente de luz, sentía que el tiempo se ralentizaba y al poco, vislumbró las formas de su habitación. Entró en ella con pleno conocimiento, lo que le hizo intuir que ya se encontraba mucho más preparado que en los viajes anteriores. La habitación quedó intensamente iluminada. Sobre la mesa de su estudio, el libro continuaba emanando energía luminosa, que a cualquier ser normal le hubiera afectado la visión. Andrew se sintió desfallecer, pareció que las fuerzas abandonaban su cuerpo dejándole en un estado de debilidad y sopor que le impedían continuar de pie.

La intensa luz azulada que le había conducido hacia su tiempo comenzó a regresar al interior del libro y pocos segundos después, la habitación estaba totalmente a oscuras. Fue tanteando sobre la mesa hasta que encontró la lámpara de luz eléctrica. Pulso el conmutador y la habitación volvió a iluminarse. Las agujas del reloj marcaban las cuatro, que no dudó en pensar que serían de la madrugada. Hizo unos movimientos para desentumecer los músculos y se acercó a la ventana. Izó la persiana y, efectivamente, pudo comprobar que era de noche.

Pasaron unos instantes en los que no sabía que hacer. Sin pensarlo mucho, se dirigió al cuarto de baño y se metió en la ducha. El agua caliente relajó los músculos de su cuerpo proporcionándole una excelente sensación de bienestar. Después se acostó, dirigiendo su último pensamiento hacia su madre. Tenía enormes deseos de abrazarla.

 
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