RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O     X V I
SU  LUGAR, SU  TIEMPO
 

 


Un pequeño grito lo despertó. Al abrir los ojos pudo ver a su madre, que se encontraba materialmente sobre él.

—¡Andrew, cariño! —expresó con enorme alegría— ¡Dios mío, ya estás de vuelta. Gracias, Señor!

El joven, sin poder articular palabra se abrazó a ella y la besó en las mejillas. Sobre su rostro sintió las húmedas lágrimas de alegría que no pudo reprimir. Cuando se separaron, Andrew se levantó de la cama. Su madre le miró perpleja.

—¿Ocurre algo, mamá?

—¡Hijo, cómo has crecido! —respondió incrédula— Y tu aspecto…, pareces mucho más formado. ¡Dios mío, estás hecho un hombre!

Andrew sonrió al escuchar sus palabras. Creyó que le estaba adulando.

—¿Cuánto tiempo he estado fuera, mamá?

—¿No lo sabes? —Recapacitó unos instantes y después añadió—: Es verdad, la evolución del tiempo es diferente para ti, ¿no es así?

—Más o menos.

—Han transcurrido exactamente veintitrés días desde tu partida.

Andrew la miró atónito.

—¡Veintitrés días…! —Se dijo perplejo en un ligero murmullo— ¡Increíble!

—¿Cómo dices, Andrew? —le preguntó ella al no comprender sus palabras.

—No. Nada. Tiempo habrá para contarnos cosas. Por cierto, ¿algo interesante que deba conocer a nivel nacional o mundial que pueda dejarme fuera de juego?

Bárbara elevó su mirada hacia el techo y pensó unos instantes.

—Nada relevante, hijo. Pero como bien dices, esta tarde te pondré al corriente, eso sí, después de que tú satisfagas mi enorme curiosidad.

—Y papá, ¿está bien?

—Disfrutando con su trabajo como siempre. Lo que no tiene muy claro es por qué no ha podido hablar contigo por teléfono en todo este tiempo. He tenido que ingeniármelas muy a menudo.

Andrew le propinó un sonoro beso en la mejilla.

—Eres un cielo. Te prometo que me he acordado mucho de ti durante todo este tiempo —le dijo cariñoso y pensando en el largo año y medio vivido en un pasado muy difícil.

—Eso deseaba, hijo.

—¿Y Elizabeth y Jonathan?

—Salieron pronto esta mañana. En tu hermano es algo normal, pero en tu hermana…, seguro que hay pantalones por medio cuando tiene tanta necesidad de estudiar en la biblioteca.

Los dos rieron distendidamente.

—Me tomaré el día libre, hijo. Deseo tanto poder charlar contigo… Ve arreglándote mientras llamo al despacho para avisarles. Desayunaremos juntos y después saldremos a pasear y tomar un excelente aperitivo.

Desde la puerta de la habitación le envió un cariñoso beso.

Andrew se sintió pletórico. Se reía de los temores que le habían atenazado horas antes de su partida. Comenzó a silbar una melodía mientras se arreglaba.

 

Poco más tarde se encontraban sentados en una cafetería. Bárbara acosó a su hijo con constantes preguntas. Sabía matizar muy bien, para eso era periodista y le conducía hábilmente para que el joven explicara de forma ordenada sus vivencias en el pasado.

Le escuchaba alucinada, despertándole todos los temores del mundo como madre, como periodista, a la que se le hacía muy difícil renunciar a dar luz pública a todos aquellos conocimientos.

—Andrew, todo eso que me estas contando no puede haber transcurrido en tan corto espacio de tiempo. ¿Dos meses? ¿Quizá tres como mucho?

El joven dudó, pero se sintió incapaz de mentir a su madre en una pregunta tan directa.

—Un poco más de año y medio —respondió, muy despacio, esperando ver la reacción de su madre.

Bárbara le miró incrédula, con los ojos muy abiertos y a punto de emitir un grito. Se llevó la mano a la boca y se sintió desfallecer.

—¡Dios mío, un año y medio! —Balbuceó entrecortadamente— ¡Increíble!

El joven tuvo que esperar un rato a que se repusiera. La cogió fuertemente de la mano y la besó cariñosamente en la frente tratando de animarla. Le costó volver a la realidad, y reflejando todavía un ligero pánico en su rostro, continuó preguntando y escuchando respuestas. Cada vez se sentía más alucinada. Su sentido racional se negaba a creer lo que su hijo le estaba contando. Sus gestos de incredulidad se repetían con frecuencia y Andrew era consciente de las emociones encontradas por las que estaba pasando.

—No puedo entender por qué te ocurren estas cosas, hijo. Parece un relato extraído de una novela fantástica.

—Yo también me lo he preguntado muchas veces, pero no he tenido más remedio que aceptarlas tal como están sucediendo. Oponerme no hubiera resuelto nada, además, creo que nunca lo haría.

Regresaron a casa y el encuentro con sus hermanos fue caluroso y alegre, Se interesaron por sus vivencias en el viejo continente quedándose muy satisfechos con las respuestas, en la mayoría de las ocasiones, divertidas. La locuacidad de Andrew le sorprendió hasta a él mismo. Lo que no entendieron muy bien, fue el magnífico desarrollo físico adquirido, muy difícil de imaginar en el pequeño margen de tiempo que permaneció fuera de casa.

—¿Cómo lo has conseguido? —se interesó Jonathan al percibir su impresionante musculatura que sus ropas no podían disimular.

Una alegre sonrisa fue toda la respuesta que obtuvieron en este sentido. Bárbara observó en ese preciso instante una ligera línea recta en el rostro de su hijo, casi imperceptible. Quiso preguntarle a qué se debía, pero lo pensó mejor y optó por dejarlo para otra ocasión en la que estuvieran solos.

Su padre quiso aparentar una seriedad que no sentía. Le regañó cordialmente haciéndole saber que en los tiempos en que vivían, existían unos artefactos que servían para comunicarse las personas y a mucha distancia. El joven se defendió alegando su escasez monetaria y los elevados precios de las tarifas entre continentes.  Después de una corta sobremesa, sus hermanos regresaron a sus clases y su padre al despacho en el periódico. De nuevo se encontraban solos y continuaron conversando sobre las peripecias sufridas a lo largo del año y medio transcurrido en la edad media oriental.

Estaban sentados frente a frente en la mesa del comedor. Bárbara se encontraba ya muy distendida y deseaba conocer muchos detalles. Sus preguntas las planteaba con disciplina profesional, tratando de llevar a su hijo hacia un relato riguroso de sus experiencias. Andrew disfrutaba narrándole todo lo acontecido y las preguntas de su madre le conducían a hacerlo de una forma muy ordenada.

En un momento dado se levantó con violencia de su silla.

—¡Madre! —exclamó con fuerza.

Bárbara le miró entre sorprendida y asustada por su reacción.

—¿Qué ocurre, Andrew?

La mirada de Andrew se perdía por encima de su cabeza, fija en algún punto de detrás de ella.

—¡Madre! —volvió a exclamar, pero ahora con dulzura e hizo ademán de rodear la mesa.

Bárbara comprendió que su hijo no se refería a ella. Giró con rapidez la cabeza y miró asombrada a la persona que se encontraba situada a la altura de la puerta de entrada al comedor. En ese momento, Andrew ya se encontraba abrazado a ella.

Bárbara distinguió a una hermosa mujer de rasgos ligeramente orientales, pelo negro y unos grandes ojos que la miraban entre alegres y divertidos. Se cubría con una larga túnica blanca adornada con filigranas doradas, azules y rojas.

—Querido Andrew —le dijo Maitreya al joven mientras se fundían en el abrazo—, ¡deseaba tanto verte de nuevo!

—Yo también Maitreya. Yo también —agregó Andrew, muy contento.

La expresión de Bárbara demostraba claramente la estupefacción que sentía. “¿Cómo habrá entrado?”, se preguntó inquieta.

—Preséntame a tu madre, ¡joven occidental! —Le pidió Maitreya, con una cierta sorna— Es a ella a quien he venido a visitar. Seguramente desconoce mi existencia, ¿no es así, querido?

Andrew hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

—Nadie sabe de tu existencia, “madre” —respondió seguro—. Pero dime, ¿qué haces aquí?

—Vamos, Andrew —respondió con un mohín represivo—, preséntame a tu madre.

Andrew enrojeció ligeramente, como un niño cogido en falta.

—¿Y cómo lo hago…?

—Bárbara —le dijo acercándose a ella—, me llamo Maitreya y provengo de Shambala. Me ocupo de proteger a tu hijo.

Bárbara no salía de su asombro.

—¿Cómo ha entrado aquí? —balbuceó, no muy segura de sí misma.

—De una forma parecida a como viajo yo hacia el pasado —contestó Andrew con presteza.

—Bueno, no exactamente —respondió Maitreya—, pero eso no tiene importancia ahora.

La sonrisa permanente de Maitreya y el comportamiento de su hijo comenzaron a infundirle un poco de confianza, aunque no se disiparon sus dudas.

Andrew trató de explicarle sus experiencias en Shambala.

—¿Por qué no lo has mencionado antes, Andrew —preguntó su madre, un tanto intrigada.

Maitreya la tomó del brazo y Bárbara notó una extraña y agradable sensación de calor que invadía su cuerpo. Quiso apartarse ante la sorpresa, pero no se movió un ápice.

—Querida Bárbara, mi visita a vuestro hogar tiene una importante finalidad; fundamentalmente, calmar todos vuestros temores. Tú sufres considerablemente cada vez que tu hijo se aleja hacia el pasado.

Bárbara la miró directamente a los ojos y percibió una agradable sensación. Sintió como su mente se abría uniéndose a la de Maitreya, incluso notó la presencia de su hijo en su interior. ¡Nunca había tenido una sensación tan sublime como aquella!

—… pero necesito hablar con los dos, contigo y con tu marido —continuó Maitreya sin desprenderse del brazo de Bárbara—. ¿Puedo cenar con vosotros esta noche? Sería el momento idóneo para lo que tengo que deciros.

—Por supuesto —respondió Andrew diligente.

—Sí. Nos agradará mucho —expresó Bárbara—. ¿Eres realmente la protectora de mi hijo? —preguntó al recordar las palabras de Maitreya.

—No lo dudes, por eso estoy aquí. Le protejo desde mucho antes de que naciera.

Bárbara no supo que decir

—¿Cenaremos los cuatro solos? —Andrew deseó cambiar el rumbo de la conversación.

Bárbara les miró con cierta suspicacia.

—¿Por qué le llamas madre, Andrew —le preguntó, quizá con un ligero sentimiento de celos.

—Esta noche tendrás todas las respuestas. Tu hijo es un ser excepcional y te adora. A mi me llama “madre”, porque yo se lo pedí hace ya cinco siglos de vuestra medida del tiempo. En cuanto a tu pregunta, Andrew, a tus hermanos también les gustará participar y yo deseo disfrutar de tu familia al completo.

Continuaron charlando, ahora más distendidamente. Para Bárbara suponía un tremendo esfuerzo reprimir las preguntas que de forma incesante acudían a su mente, pero cuando las hacía, se encontraba con la misma respuesta:

—¡Esta noche Bárbara! —le respondía Maitreya con una dulce sonrisa en su rostro.

Con la llegada de la doncella, Bárbara les dejó solos.

—¿Son convenientes las explicaciones “madre”? —le preguntó el joven no muy convencido de la discreción de sus hermanos.

—No te preocupes, querido Andrew. Tus hermanos, al igual que tu padre, no recordarán apenas nada sobre mis comentarios, los guardarán en lo más profundo de sus mentes comprendiendo tus acciones sin hacer preguntas. Tu madre olvidará muchas cosas, pero será consciente de otras.

—¿Sabrá que soy un “elegido”?

—No, Andrew. Olvidará lo que supone y supondrá tu actividad como “elegido”, tu relación con el Agarthi y con Shambala. Sería un riesgo muy grande, dado además, su condición de periodista afamada.

Andrew asintió satisfecho y se vio liberado de la preocupación que supondría tales conocimientos en su familia.

Pasaron al estudio. Allí, sobre la mesa, el “libro” abierto siempre por la misma página.

—¡Es hermosísima! —exclamó Maitreya, acariciando con la yema de los dedos el rostro de la princesa.

Andrew se sintió enrojecer y se mantuvo callado.

—Taypeck también es un ser excepcional, pero no está predestinado a ser un “elegido”.

—Antes de llegar a Shambala me dijo que unas voces interiores le obligaban a actuar de aquel modo. El me llevó hasta ti sin saberlo.

—Cierto, Andrew —respondió Maitreya dulcemente—. Cierto. No podía ser de otra forma.

Los dos miraron fijamente el grabado del libro que parecía emitir una tenue luz.

—¿Has terminado de leerlo?

Andrew la miró sorprendido. Nunca había sobrepasado la página en la que se representaba los esponsales de la princesa.

Maitreya se dio cuenta de ello.

—Ya veo que no. No lo hagas por ahora. Ya llegará el momento, entonces comprenderás muchas cosas.

El joven asintió. Intuyó que si su curiosidad no le había conducido a finalizar el “libro”, razones poderosas habría para ello.

—Y ahora debemos irnos —le dijo Maitreya con un suave tono de voz.

—¿Cómo dices…? —preguntó sorprendido Andrew.

—Nos vamos a Shambala. Debemos de completar tu preparación.

Andrew la miró sorprendido  y apesadumbrado.

—¿Ahora “madre”? Apenas hace un día que he regresado a mi tiempo y dentro de unas horas tenemos una cena con mi familia. Además, ¿cómo vamos a regresar al pasado? La puerta parece estar inactiva.

—Los “libros” son una puerta de salida y llegada. Actúan como catalizadores pero solamente para los iniciados. Para mí, no son necesarios.

—No te entiendo, “madre” —exclamó muy confuso ante las palabras de Maitreya.

—Ven a mi lado —Maitreya se situó detrás de Andrew y con sus brazos le rodeó por la cintura—. Agarra con fuerza mis manos y deja tu mente en blanco.

Andrew trató de protestar, pero cuando sus ojos se fijaron en los de Maitreya, su fortaleza pareció derrumbarse para entrar en un estado de levitación física y mental. Situó sus manos sobre las de ella presionándolas con fuerza, inclinó su cabeza hacia atrás y la reposó sobre su hombro. Con los ojos cerrados, comenzó a sentir sobre su cuerpo una especie de hormigueo. Pensó que se estabá desintegrando a medida que un agradable susurro se hacía dueño de su mente. Flotó en la nada ocupándola totalmente. La oscuridad percibida al cerrar sus párpados se estaba tornando en una blanca luz celestial. Creyó sentir una sensación de velocidad lumínica que le trasladaba a través del universo y que todo él, se transformaba  en una parte más del mismo.

Una suave presión a la altura del lóbulo derecho le hizo volver en sí.

—¡Final de viaje, Andrew! —percibió como Maitreya le susurra al oído.

Al abrir los ojos ya se encontraba de nuevo en la amplia sala de Shambala donde se había iniciado su preparación. Su gesto de sorpresa hizo sonreír a sus anteriores anfitriones, Airon-wan y Shueneiron, que le miraban entre expectantes y divertidos.

—¿Estamos en… Shambala? —preguntó incrédulo.

—Para completar tu aprendizaje, joven occidental —respondieron al unísono Airon-wan y Shueneiron.

—Pero…, no he viajado a través del libro.

—Ya te hemos dicho en varias ocasiones que para nosotros no es necesario ese modo. Para ti tampoco lo será cuando alcances la preparación suficiente.

Andrew se sintió gratamente sorprendido. Tan sólo un ligero mareo alteraba su estabilidad, pero fue momentáneo y enseguida se encontró en perfectas condiciones. Tomaron asiento alrededor de la mesa, de la misma forma que en su anterior estancia en Shambala. A una señal de Shueneiron, la enorme pantalla situada en la pared comenzó a emitir imágenes a la vez que Airon-wan hacía uso de la palabra. Hizo muchas preguntas a Andrew, al igual que Maitreya y Shueneiron. Todos se sintieron satisfechos con las respuestas.

—Continuemos con tu preparación —indicó Maitreya—. Airon-wan se ocupará de presentarte diversas alternativas temporales que podrían suceder en el futuro. Será tu intuición en el momento adecuado quien incline la balanza hacia la posibilidad más positiva.

Andrew levantó ligeramente su mano en un gesto un tanto infantil, dirigiéndose con una cierta sorna a Maitreya:

—Dos cosas, “madre”…

—Adelante —respondió ella—. ¿La primera?

—Esta noche en mi tiempo teníamos prevista una cena familiar con tu asistencia. Recuerda que mi regreso se produjo exactamente ayer.

—¡Cómo podría olvidarlo, Andrew! —respondió Maitreya afablemente—. No lo dudes, esta … noche, cenaremos en tú casa. ¿La segunda?

—¿Para qué tanta preparación si apenas recuerdo nada de lo tratado en mi anterior estancia aquí?

Los tres moradores de Shambala rieron abiertamente.

—Estás muy equivocado, Andrew –respondió con voz gruesa Shueneiron—. Todo cuanto has aprendido aquí, continúa en tu memoria. Puede que pienses que lo has olvidado sencillamente porque no lo tienes al alcance inmediato en tu mente, pero no lo dudes, esos conocimientos se harán presentes en el momento justo en que los precises. Nada escapará de tu memoria, incluso todo aquello que te pareció incomprensible, se presentará con claridad diáfana ante ti.

—¡Prosigamos! —puntualizó Maitreya.

Al igual que en la ocasión anterior, Andrew se vio invadido por una serie de explicaciones y visiones a través de la enorme pantalla que provocaban muy diversas reacciones en su ser. Cuando sentía sensaciones desagradables, maldecía la falta de cordura de la humanidad entera, su falta de imaginación, su avaricia y sus ansias de destrucción. Volvió a repasar toda la historia de la humanidad alcanzando su presente. Después se produjeron incursiones en el futuro con todas las posibilidades temporales que podían tener lugar.

“Es alucinante”, se decía con frecuencia ante las visiones que le presentaban. En algunas ocasiones se quedaba dormido, quizá como efecto liberador de la gran carga emotiva que estaba soportando.

—Madre, ¿cuánto tiempo llevamos aquí dentro? —le preguntó en un momento de abatimiento y añadió — ¿Nos encontramos en el Himalaya?

—Mi querido joven occidental —comenzó a responder en un tono de voz muy agradable—, deberías de saber que aquí, en Shambala, el tiempo y el espacio no cuentan. No, al menos, en la forma normal en el que tú y el resto de la humanidad lo entienden. No estamos en el pasado, presente o futuro, al igual que no nos encontramos en ninguna parte determinada del espacio. En estos instantes somos parte de la energía que configura el universo. Extrapolando el tiempo a tu medida, estarías demasiado fuera de tu casa.

Andrew la miró expresando toda la sorpresa que sentía.

—¿Podemos ahora continuar, Andrew?

Asintió cabizbajo.

 

—¿Fue un sueño, Maitreya? —preguntó Andrew que todavía se encontraba agarrado por los brazos de ella, y él, con la cabeza apoyada en su hombro.

—No, Andrew. Fue muy real. Ya estamos de nuevo en tu casa dispuestos para cenar.

Andrew se volvió, viendo la expresión radiante de ella.

—¡Ya están aquí todos! —se escuchó la voz de Bárbara entrando en la sala de estudio. Andrew se sobresaltó, pero todo estaba dentro de la normalidad.

Asistió a las clases finales de curso. Después fueron sucediéndose los exámenes con resultados excelentes y finalmente llegaron las vacaciones. Durante ese periodo de tiempo dedicó sus esfuerzos al estudio. Al principio le costaba un poco adaptarse, sus pensamientos se distraían con demasiada frecuencia rememorando los acontecimientos sucedidos, pero con el paso de los días su concentración fue incrementándose en el trabajo a realizar haciéndole olvidar sus aventuras.

Presentó los documentos necesarios para acceder a los estudios en la Academia del Ejército del Aire, que a la vista de su historial académico fue aceptado para realizar las pruebas previas al ingreso. Esta decisión sorprendió a su familia. En ningún momento había expresado tal opción y todos daban por hecho que deseaba estudiar una carrera de ingeniería. Andrew estuvo a punto de reconocer que eso formaba parte de un complicado plan del que, él mismo, todavía no tenía demasiados conocimientos, pero sabía que no iban a poner objeción alguna y cuantas menos explicaciones mejor.

Uno de sus mejores amigos, Geoffrey Broderick, trató de disuadirle en muchas ocasiones, pensando que ambos estudiarían Ciencias Físicas, pero Andrew se mantuvo firme en su decisión. En su cabeza rondaba la idea de compaginar la formación militar con los estudios de ingeniería aeronáutica. Esta cuestión debería dejarla en suspenso hasta verse dentro de la Academia Militar y comprobar si existía alguna incompatibilidad que lo impidiese.

Se acercaba el mes de agosto y deseó viajar.  Habló con su amigo Geoffrey y prepararon unas cortas vacaciones para visitar Búffalo y las cataratas del Niagara, recorrer la región de los grandes lagos y alcanzar Montreal y Quebec para iniciar el regreso por la costa, pasando por Boston y regresar a Nueva York. Andrew siempre recordaría con agrado aquel viaje. Tuvo la ocasión de conocer mucho más profundamente a su amigo, personaje afable y cordial y con una entrega fuera de lo común para resolver cualquier cuestión que le afectase o pudiese afectar a su entorno. Para Geoffrey, también supuso reconocer la gran amistad que les unía y difícilmente algo se interpondría en su camino capaz de romperla.

Una mañana, ya finalizadas las vacaciones, Andrew llegó a su casa exultante de satisfacción. El motivo; había sido admitido en la Air Force Academy y el curso comenzaría quince días después.

Su familia le felicitó.

—¡Estarás guapísimo con el uniforme! —exclamó risueña su hermana—. Mis amigas harán cola para venir a visitarme.

Bárbara le besó en ambas mejillas con una expresión radiante. No estaba muy satisfecha con la decisión de su hijo pero comprendió que, sin lugar a dudas, tendría razones suficientes para tomar tal decisión y ella le apoyaría totalmente. Su padre sintió un profundo orgullo al comprobar la satisfacción de su hijo. Tampoco comprendía muy bien su decisión. Con anterioridad, esta opción no la hubiera ni imaginado. Nunca se había interesado por temas bélicos, incluso siendo niño, sus preferencias discurrían por otros derroteros, pero al igual que su esposa, algo le decía que tenía que suceder así y con toda la naturalidad lo había aceptado.

Los días siguientes transcurrieron con una febril actividad. Creía que no tendría tiempo suficiente para ordenar sus cosas y adquirir lo necesario para la nueva vida en la Academia.

Cada noche, antes de acostarse, se deleitaba con los grabados tan excepcionales que había creado su buen amigo el monje tibetano. “¡Ay Taypeck, cuántas cosas nos unen ya!”, pensó al pasar delicadamente sus dedos por una de las páginas. En ocasiones meditaba tal como le habían enseñado, alcanzando en determinadas circunstancias una profunda relajación que le hacía sentirse ligero como el pensamiento. Intuía que la esencia de Jeshe Norbu flotaba a su alrededor y le protegía.

—Mamá —le dijo poco antes de partir hacia la academia—, quiero que guardes el libro en tu caja fuerte. Siento profundamente no llevármelo, pero no puedo permitirme que allí esté alcance de muchas manos y que llegaran a deteriorarlo, o lo que sería mucho peor, que desapareciese.

 

Ya en la academia, el ritmo diario, le pareció frenético; levantarse muy temprano, gimnasia y deportes, clases teóricas y prácticas, comida, ligero descanso, más actividades hasta bien entrada la tarde, momento en que finalizaban, pudiendo disponer del tiempo restante, hasta la hora de la cena, a su libre albedrío, bien entendido, dentro de las estrictas normas de la entidad militar. Su estancia en Potala fue dura pero disfrutando de una gran libertad, cosa que ahora le estaba vetada.

Muy pronto se rodeó de buenos amigos, muchachos con los que tenía muchas cosas en común, forjando amistades muy duraderas. Su carácter afable y desprendido fue muy valorado entre sus compañeros de su curso y de otros cursos superiores. Soportó con ánimo colaborador, las clásicas bromas con las que los principiantes eran acogidos. Algunas de ellas exageradas, dependiendo del grupo que las realizase. Eran conocidas las propiciadas por el grupo liderado por el cadete O’Brian, joven y musculoso atleta que se jactaba de ser invencible en cualquier tipo de lucha, lo que le inducía a ser un provocador nato. En más de una ocasión había sido apercibido por sus superiores, pero también se comentaba que tenía las espaldas firmemente cubiertas y era impensable que recibiese castigos duros o pudiera ser expulsado de la Academia.

Tuvo que sufrir, con determinada frecuencia, las provocaciones de O’Brian y de los suyos, al igual que muchos de sus compañeros. Con firmeza trató de no caer en ellas, lo que irritaba más todavía al irascible cadete, conocedor de las excelentes aptitudes del joven para las actividades deportivas.

Se estaba acercando la Navidad y podría disponer de un par de semanas de vacaciones. El día anterior a su partida pudo hablar con uno de los altos mandos de la academia. Le expuso sus deseos de estudiar ingeniería aeronáutica compaginándolo con su formación militar.

—Como idea, es excelente, cadete —le respondió el oficial—. Ahora bien, debe pensar que la dureza de los estudios en la academia no le van a dejar mucho tiempo para alternarlo con otros, incluso admitiendo que puedan tener muchas cosas en común.

—Sí, señor —admitió Andrew sin gran convencimiento por lo que volvió a la carga—. ¿Podré al menos intentarlo, señor?

El oficial asintió positivamente, aunque en su fuero interno sabía muy bien que la idea de Andrew era muy difícil de llevar a cabo y necesitaría de unas energías fuera de lo común. Casi todos los cadetes deseaban terminar sus clases para poder descansar de la durísima actividad diaria.

Andrew emprendió el regreso a Nueva York sumamente complacido. Tan solo le restaba hacerse con los programas de estudios y adecuarlos al trabajo diario. Disfrutó de unos días entrañables. Nada más llegar a su casa, tomó el libro de la caja fuerte de su madre y lo llevó a su estudio. Allí se deleitó nuevamente con aquella magnífica obra de arte. Cerraba los ojos y revivía determinados momentos de su estancia en el legendario Tíbet. Deseó con todas sus fuerzas la presencia de Maitreya y su imagen se formaba en su mente, clara y nítida, creyendo que podría tocarla si se lo proponía.

Una tarde, en compañía de Geoffrey, sintió una extraña desazón. El muchacho se dio cuenta del cambio tan radical de Andrew y se preocupó ostensiblemente. Deseó contarle a su amigo todo lo que le había ocurrido, pero su sentido común le obligó a mantenerse en silencio. Además, sin duda alguna le tacharía de loco o visionario, algo muy razonable en personas muy razonables.

Geoffrey le acompañó a su casa mucho antes de lo habitual. Pretendía pasar con él el resto de la tarde, pero Andrew declinó su oferta alegando que deseaba tomar un analgésico y descansar un poco.

Ya en su habitación, una extraña fuerza le acercaba hacia el libro. El joven comprobó que volvía a estar activo desprendiendo una ligera luz azulada. Sintió que desde el otro lado le estaban reclamando. La imagen de Jeshe Norbu se formó en su mente. En su mano izquierda mantenía asida la daga y la derecha la deslizaba con suavidad por las páginas de libro.

Llamó a su madre.

—¿Ocurre algo, Andrew? —le preguntó un tanto inquieta.

Sintió una gran alegría al escuchar su voz.

—¡Hola, mamá! No te preocupes, no pasa nada… malo —contestó en un hilo de voz—. La puerta se abre de nuevo y creo que tengo que regresar al Tíbet otra vez. Me gustaría que estuvieras conmigo en el momento de la partida.

— Ahora mismo salgo hacia casa. ¡Espérame, por favor!

El rostro de Andrew se distendió, sintiendo como una agradable sensación de bienestar embargaba su cuerpo. Percibió a Dilgo Rimpoché Drupa flotando a su alrededor, transmitiéndole energía y pensamientos positivos. El aroma de los aceites y las ceras de los recintos de Potala impregnaron sus sentidos, creando el ambiente adecuado para que sus percepciones alcanzaran el grado máximo. Observó atentamente como el “libro” emitía mayor cantidad de luz a media que transcurría el tiempo, fluctuando en algunos instantes, poderosa en otros para alcanzar el punto álgido en el cual, la “puerta” sería efectiva. Y el tiempo seguía su transcurso.

—¡Andrew, cariño…! —escuchó la voz de su madre a sus espaldas.

Se giró con una expresión muy dulce en su rostro y se dirigió hacia ella para abrazarla.

—¿Por qué tienes que irte ahora, Andrew? —le preguntó con la tristeza que la invadía reflejada en su rostro.

Andrew la miró pensativo sin saber muy bien que responder.

—No depende de mí, mamá —dijo con un fuerte ensimismamiento y en un hilo de voz—. Creo que, si tratara de evitarlo, no podría. Esta fuerza es superior a mis posibilidades e incluso en contra de mi voluntad, me superaría, pero no es ese el caso, mamá. Deseo regresar de nuevo al Tíbet y además, intuyo cual será mi función allí, algo inimaginable para cualquier mortal con la excepción de los “elegidos”.

—No te comprendo, hijo —exclamó su madre un tanto preocupada. La expresión del rostro de Andrew le producía la sensación de encontrarse ido, en un trance provocado por algún alucinógeno.

El joven intuyó los pensamientos de su madre y cambió totalmente de actitud, mostrándose alegre y jovial y mucho más comunicativo. Recordaba las palabras de Maitreya y sabía que lo que pudiera contarles a sus padres, o lo olvidarían, o formarían parte de sus conocimientos sobre él que nunca compartirían con nadie. La luz se estaba haciendo cada vez más fuerte comenzando a girar como un leve tornado y expandiéndose fuera del libro.

Bárbara se agarró con fuerza a su cuello y él sintió que comenzaba a diluirse en el espacio. Por un instante, ambos pensaron que traspasarían la puerta juntos, pero décimas de segundos después, Bárbara se encontraba abrazando el aire. Andrew había sido absorbido por el torrente de luz, que de nuevo regresaba al interior del libro.

Rompió a llorar amargamente mientras que con sus dedos acariciaba delicadamente la superficie del libro, responsable de la desaparición de su hijo. Fue calmándose poco a poco y rogó a Dios que retornara sano y salvo.

A la hora de la cena comunicó al resto de la familia que Andrew estaría fuera unos días. Todos parecieron comprender sin hacer pregunta alguna.

 
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