RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A



LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O     X V I I
LA  ASAMBLEA  DEL  AGARTHI
 

 


 

El penetrante olor de las grasas quemadas para iluminar las largas noches en Potala, impregnó sus sentidos cuando alcanzaba los aposentos de Jeshe Norbu. Andrew comprendió que ya se encontraba de nuevo en el legendario Tíbet. Antes de conseguir la materialización plena, pudo distinguir las familiares formas de la estancia y la estilizada figura del Dalai Lama, entonando aquella extraña letanía cuando se encontraba en estado de trance.

—¡Ya estás aquí de nuevo, joven occidental! —exclamó Jeshe Norbu, sin mover un solo músculo de su cuerpo.

Andrew, le observó en silencio unos instantes. La fluctuante luz de las velas originaba unas sombras dantescas. La misma figura del monje parecía mucho más alta y desgarbada.

—Ciertamente, amigo Dilgo —respondió Andrew con un tono de voz muy seguro—. No podía ser de otra forma.

El monje elevó las manos con las palmas juntas hacia el cielo. Su garganta volvió a emitir los sonoros sonidos por unos instantes, después se inclinó ligeramente y se giró hacia Andrew que le estaba mirando sonriente. Muchas veces se preguntó como era posible llegar a querer y admirar a una persona de indefinible edad, deseando permanecer a su lado para absorber todo su conocimiento.

Un fuerte abrazo los unió por unos instantes, después el monje se interesó por su familia.

—A veces —le dijo arrastrando las palabras—, creo estar viendo a través tuyo todo lo que te rodea en el futuro.

—No lo dudo Dilgo —respondió Andrew—. En más de una ocasión te he sentido dentro de mi cerebro y no tan sólo como un pensamiento. Estoy seguro, compartíamos percepciones.

—Es posible… —le miró fijamente y en su expresión se reflejó un ligero sentimiento de envidia—, y lo encuentro fascinante, pero tiempo tendremos de hablar de ello. Ahora debes descansar. Nos esperan unos días muy agitados y un largo y penoso viaje que realizar. Tus aposentos están listos.

—¿Taypeck se encuentra en Potala?

—Sí. Mañana tendrás ocasión de verle, pero antes, tendremos que hablar los dos largo y tendido.

Poco más tarde abandonó los aposentos de Dilgo para dirigirse al suyo. Los monjes que se encontraba por los corredores le saludaban como si no se hubiera marchado nunca del palacio. Se durmió enseguida pero a media noche, sueños cambiantes le despertaron agitadamente. Sólo pudo recordar que se encontraba en la Academia y tenía una serie de enfrentamientos con el cadete O’Brian. Se asomó al frío ventanal del aposento y miró embelesado el majestuoso firmamento. No podía determinar muy bien en que se diferenciaba del que contemplaba en su época, pero sabía que no era el mismo. Se mantuvo quieto al lado de la ventana hasta que sintió como su cuerpo se estremecía, aterido de frío. Sin dudarlo, regresó casi a la carrera al camastro y se tapó totalmente. Volvió a dormirse.

Por la mañana, cuando ya la luz del sol invadía la penumbra del aposento, Andrew sintió como unas manos le zarandeaban con ánimo de despertarle. Al abrir los ojos, el rostro afable de Choelyng le miraba sonriente.

—¡Cuánto lo siento! —exclamó el joven restregándose con fuerza los ojos— Es muy tarde, ¿verdad?

—Pregunta excesivamente subjetiva, pero sí, es hora de levantarse. Dilgo nos espera impaciente. ¡Me alegro muchísimo de que estés de vuelta, joven occidental y con grandes deseos de escuchar todo lo que tienes que contarnos —le miró con un gesto amable —. No tardes, por favor.

De un impresionante salto se puso de pie. Retiró sus ropas del arcón, oculto detrás del camastro, y sus manos encontraron enseguida dos objetos duros y embalados en fuertes telas. Sonrió con agrado; las espadas reposaban allí en su espera.

Se vistió con prontitud abandonando el aposento. A la salida se dio de bruces con Taypeck que iba a su encuentro. Sin mediar palabra se unieron en un fuerte abrazo, luego el monje miró dubitativo en todas las direcciones por si algún monje les había visto. Al comprobar que el largo pasillo se encontraba desierto estalló en una prolongada risa, pensando en lo pueril de su actitud.

—¡Cuánto deseaba tu regreso! —exclamó satisfecho— Potala sin tu presencia es muy aburrida.

—¿Incluso para ti, que eres monje?

—Contigo me he acostumbrado a una actividad más dinámica, frenética en muchas ocasiones y en el sosiego del convento, la echo de menos.

Le dio unas palmadas sobre el hombro.

—¡Vamos, Jeshe Norbu nos está esperando!

Y recorrieron el pasillo con presteza. Poco después se encontraban en los aposentos de Jeshe Norbu.

La estilizada figura del Dalai Lama recibía los reflejos del sol a través del amplio ventanal confiriéndole un aspecto casi fantasmagórico. Su mirada se encontraba perdida más allá de la existencia real y la seriedad de su rostro expresaba una profunda preocupación, pero al sentir la presencia de Andrew en la habitación se relajó de forma instantánea y se tornó afable.

—Subamos a las habitaciones altas del palacio. Allí estaremos tranquilos y aislados—les dijo Jeshe Norbu —, no nos molestará nadie.

Ninguno de los dos comprendieron los motivos de Dilgo, pero no hicieron comentario alguno y se limitaron a seguirle, después de cruzar sendas miradas de extrañeza. Sus aposentos eran la parte más segura de todo el Palacio y en los que nadie osaba entrar sin una indicación suya. Se encerraron en una amplia sala, totalmente desprovista de muebles o cualquier otro elemento decorativo. Unas alfombras cubrían una pequeña parte del suelo cercano a los ventanales.

Con Andrew a su derecha y Taypeck a su izquierda, recorrieron la estancia a lo largo de las paredes. Se mantuvieron durante un buen rato en silencio, después, Jeshe Norbu fue explicándoles, con palabras sencillas, cuales eran sus pretensiones.

—Debes prepararte mentalmente para que tu receptividad alcance el mayor grado posible —le dijo Jeshe Norbu con voz profunda, resaltando la importancia de sus palabras— Tienes que conseguir agilizar tu visión interior al máximo. No sólo intuir, ¡tienes que ver!

Andrew creyó que Dilgo trataba de introducirle en la esencia de sus creencias religiosas, o “en su forma de vida”, como solía decir él, pero pronto se dio cuenta de su error.

—A lo largo del tiempo que has permanecido aquí, con nosotros, has aprendido muchas cosas; dominar tu cuerpo y tu mente. Incluso eres capaz de hacer algunas que ahora mismo ni intuyes, pero que están en tu interior dispuestas para cuando llegue el momento preciso — Jeshe Norbu contuvo unos instantes la respiración y su profunda mirada pareció traspasar todo el cuerpo de Andrew como una oleada de calor—. Durante los próximos días aprenderás a ver con los ojos de la mente. No es sencillo ni fácil ni sé muy bien como prepararte, es por eso, por lo que requiero la presencia de Taypeck para que me refuerce.

Tanto Andrew como el monje se miraron sorprendidos, aunque Taypeck no dudó de la capacidad de su superior. Ensayaron nuevas formas de meditación consiguiendo comunicarse mentalmente entre sí con relativa facilidad, pero Jeshe Norbu quería ir más lejos todavía, que el joven alcanzara a ver la realidad con los ojos de la mente. Con los ojos tapados y las manos atadas, Andrew iba consiguiendo, poco a poco, moverse a través de la habitación sorteando obstáculos que eran colocados sin que él los percibiese. Al principio, de una forma muy tímida, pero a medida que lo intentaban, la comunicación mental con los dos monjes se hacía más clara y contundente.

Sin embargo, todavía continuaba moviéndose en la oscuridad. Una tarde, tras sentir el agotamiento de Taypeck y fundamentalmente de Dilgo, en su mente se hizo la luz y vio con claridad meridiana todo lo que le rodeaba, delante, detrás, a ambos lados, pero no de una forma discontinua, todo formaba una unidad real como si fuera un observador situado en el exterior. Sintió como la adrenalina recorría todo su cuerpo. No pudo evitar la tentación y comenzó a moverse con celeridad entre los diversos obstáculos distribuidos sobre el suelo de la habitación. Trató de transmitir sus sensaciones a los dos monjes que permanecían juntos y sentados sobre el suelo en una esquina de la habitación.

Los dos se sobresaltaron al unísono al sentir en su interior una intensa luz que les envolvía. Abrieron los ojos de inmediato, abandonando el estado de meditación, para observar, con sorpresa, los movimientos del joven en la estancia a pesar de mantener la venda sobre sus ojos y la suave penumbra que iba en aumento para adueñarse del ambiente. Se mantuvieron estáticos y en silencio. El asombro que sentían se dejaba traslucir en la expresión de sus rostros. Dilgo nunca estuvo muy convencido de esta posibilidad. Ni él mismo, tras incontables años de practicar la meditación, alcanzando en muchas ocasiones estados muy profundos, se veía con posibilidades de lograr lo que ahora estaba haciendo el joven occidental.

—¿Por qué habéis dejado vuestro estado de meditación? —les dijo Andrew, acercándose a ellos con los ojos todavía vendados y las manos atadas.

—¿Puedes vernos? —preguntó Dilgo, con voz entrecortada.

Taypeck esperó ansioso su respuesta.

—¡Os veo, a los dos con un gesto de incredulidad en vuestros rostros!

Los dos monjes demostraron su alegría levantándose a la vez para acercarse al joven y quitarle las ataduras de las manos.

—¡La venda todavía no! —exclamó el joven dirigiéndose hacia alguno de los obstáculos para denominarlos por su nombre.

Después se la quitó, asombrándose al comprobar que casi era de noche y la habitación se encontraba sumida en sombras.

—Había más luz en mi mente que ahora, en la realidad —trató de explicarles—. Quizá haya sido algo momentáneo y que no volverá a repetirse —añadió con pesar.

—Compruébalo de nuevo —le dijo Taypeck a renglón seguido.

Andrew miró a Dilgo esperando su aprobación.

—¡No! —Contestó con rotundidad— Días habrá para repetirlo, además, mi concentración ha disminuido demasiado y comienzo a sentir algo de cansancio.

Asintieron y abandonaron la estancia.

Continuó ejercitando durante varios días seguidos, hasta que Dilgo comprendió que Andrew dominaba a la perfección esa técnica. Fue entonces cuando hicieron los preparativos para salir de viaje.

 

 El camino fue excesivamente duro, sobre todo para Dilgo, pero en ningún momento brotó de sus labios palabra alguna de queja. Andrew le miraba incrédulo, pensando en la gran fortaleza física que todavía existía en él. Próximos a la cumbre fueron encontrando numerosas cuevas, muchas de ellas casi ocultas por la nieve. Dilgo se detenía de cuando en cuando, cerraba los ojos y segundos después continuaba la marcha, caminando con paso firme.

—Ve dibujando en tu mente la orografía de la montaña y la situación exacta de las cuevas. Introducirte en la equivocada podría suponer la muerte.

Andrew asintió con un ligero movimiento de cabeza. Tenía serias dudas sobre la capacidad de orientación del monje por aquellos parajes cubiertos de nieve, pero se sintió incapaz de decirle nada. Durante los breves instantes en los que se detenían, dejaba vagar la mirada por el horizonte. La belleza salvaje de la panorámica que se presentaba ante su vista le sobrecogía. Aquel infierno nevado era un lugar al que tan sólo los locos, o los inconscientes, podían tener intenciones de acceder, los locos y ellos dos, y ya comenzaba a considerar si realmente no lo estaban.

—Ya hemos llegado —exclamó eufórico el monje, deteniéndose en medio de dos enormes riscos.

Andrew examinó el lugar con detenimiento, luego miró a Dilgo pensando que la mente cansada del monje debía de estar jugándole una mala pasada. Allí, tan sólo se apreciaba una pequeña senda entre rocas de agudas aristas. Dilgo se sintió radiante y contento. La energía afluía de nuevo a su cuerpo cansado reflejándose en su rostro, que adquirió una expresión de serena alegría.

—¿Estás seguro? —Preguntó Andrew con una buena dosis de incredulidad en su mente— Creo que este sendero no conduce a ninguna parte que no sea la cumbre de la montaña.

—¡Ven! —Dilgo se acercó asiéndole del brazo— Graba el lugar en tu mente, de esa forma, no lo olvidarás nunca.

Andrew pensó que realmente no lo olvidaría nunca muy a pesar suyo.

El monje le obligó a caminar, despacio, tratando de rodear una de las enormes rocas, que con forma circular, parecía empotrarse en la ladera de la montaña. Había que fijarse muy bien para darse cuenta de que no era así y se podía pasar entre ambas. Casi oculto a la vista se abría un hueco no más alto de dos metros por uno de ancho.

—¡Entremos!

Dilgo agachó la cabeza de forma instintiva. Andrew le seguía a escasos pasos. Se adentraron unos metros y la oscuridad fue haciéndose cada vez mayor a medida que las dimensiones aumentaban. Al girar la vista atrás, apenas se vislumbró ya la entrada. Encendieron dos teas. Andrew miraba con gran curiosidad las paredes de la cueva, pensando que sería obra del hombre pero llegó a la conclusión de que la cueva era de origen natural, al menos, en la entrada.

—Continuaremos despacio. Existen demasiadas galerías que se van ramificando a medida que penetran en el interior.

Andrew no las tenía todas consigo y su confianza en Dilgo parecía ir mermando a medida que la situación parecía complicarse. El monje pareció darse cuenta del estado de ánimo del joven y trató de infundirle tranquilidad.

—Descansemos unos instantes —le dijo, tomando asiento sobre una pequeña roca.

—¿Estás seguro de que hacemos lo correcto?

El monje le miró con una apacible sonrisa en su rostro.

—No lo dudes, muchacho. Nunca lo he estado tanto.

Sus palabras no le convencieron demasiado pero, habiendo alcanzado aquel lugar, volver sobre sus pasos sería frustrante para ambos.

—Andrew —le dijo Dilgo, cambiando la expresión de su rostro por un gesto de profunda seriedad—, a partir de este punto debes caminar con los ojos de la mente, de esa forma, tu concentración será total, en caso contrario nunca llegarías a memorizar el recorrido que todavía nos falta y a través de innumerables galerías que, en la mayoría de los casos, no conducen a lugar alguno y sí a una muerte segura.

—¿Todavía nos falta mucho?

—No pienses en ello. Limítate a abrir los ojos de tu mente y ella se encargará del resto.

No pudo precisar cuanto tiempo permanecieron sentados y en profundo silencio. Su concentración fue total y en un momento dado y sin temor alguno, se levantó asiendo su bolso de viaje.

—Podemos continuar si estás dispuesto, Dilgo.

El joven permanecía delante del monje con los ojos completamente cerrados y la expresión de su rostro distendida. Sus preocupaciones se habían disipado.

—¡Adelante, joven occidental!

Dilgo inició la marcha sin preocuparse de Andrew. No tenía la menor duda sobre sus capacidades. La Luz de la antorcha iluminaba los pasadizos formando sombras grotescas y cambiantes, capaces de sobrecoger el espíritu de cualquiera. De vez en cuando intercambiaban algunas frases pero la mayor parte del recorrido lo hicieron en silencio. Andrew pudo comprobar lo intrincado del laberinto y comprendió lo fácil que sería perderse en él.

Al final de un estrecho túnel alcanzaron una amplia sala circular. En medio, una enorme masa granítica que parecía soportar el alto techo. Por toda la periferia partían múltiples ramificaciones, probablemente, jamás pisadas por el hombre, aunque la leyenda decía que al lugar se llegaba desde todos los rincones del planeta por intrincados pasadizos que tan sólo los “elegidos” eran conocedores.

—Acércate, Andrew.

El joven se situó a su lado y el monje le tomó la mano derecha y la colocó sobre la superficie fría del granito con la palma totalmente extendida. Le pareció que estaba esmeradamente pulida.

—Ve girando lentamente y deja que tu mano se deslice sobre el granito y tus dedos lo acaricien.

Andrew obedeció en silencio comenzando a girar lentamente sin preguntar la finalidad de tal acción. Ejecutó una vuelta completa y se detuvo, mientras sus dedos se movieron con suavidad sobre la superficie. Permaneció estático durante unos segundos siendo observado por el monje, después, ejerció una presión sobre la desnuda roca. Un clic seco dejó oírse con rotundidad en el silencioso recinto. Una parte del bloque fue separándose lentamente dejando al descubierto una entrada.

Dilgo sonrió satisfecho mientras que Andrew se mostró asombrado ante la evidente prueba de que el viaje realizado no ha sido en balde. Al igual que en otras ocasiones, inició el descenso sin mediar palabra. Andrew le siguió todavía un tanto confundido. Ambos escucharon como el bloque de granito recuperaba su posición inicial.

—Ya puedes abrir los ojos si lo deseas. Nos encontramos en el lugar donde se reúne el Agarthi.

El silencio era total, roto tan sólo por las suaves pisadas de los dos visitantes.

—¿Estamos solos, Dilgo?

—Probablemente no. Gran parte del Agarthi debe estar reunido ya. Nosotros nos incorporaremos a la Asamblea después de asearnos y descansar un poco.

Dirigieron sus pasos hacia una de las puertas que encontraron en el amplio pasillo. Dilgo la abrió y entró sin dudar. No fueron molestados por nadie, lo que le hizo pensar a Andrew  que su presencia todavía no había sido percibida en el interior del recinto.

Más tarde abandonaron la pequeña sala. Dilgo, con pasos seguros se dirigió hacia una enorme puerta y la abrió sin dificultad alguna. Era la gran sala circular de la Asamblea. Andrew la miró absorto desde la misma puerta. Sobre las paredes, enormes estanterías conteniendo diversidad de objetos; papiros, grandes rollos de papel, libros, obras de arte, etc. Allí estaba la sabiduría del planeta según le había expresado el monje en numerosas ocasiones. Dentro de la sala y alrededor de la mesa central se encontraban sentadas una treintena de personas de indefinible edad. Dilgo no aparentaba ser de los mayores.

—¡Hermano Dilgo Rimpoché Drupa! —expresó el personaje que presidía la Asamblea levantándose de su asiento y con un profundo gesto de sorpresa en su rostro —¡Habíamos pensado que tu abandono era definitivo!

Los componentes de la Asamblea se giraron para observar al personaje recién llegado.

—Un “elegido” no abandona nunca —respondió Dilgo a las palabras del dirigente.

Un murmullo, débil al principio, fue elevándose entre los asistentes que miraban con gesto de incredulidad la presencia del monje y fundamentalmente, la del joven que le acompañaba.

—¿Cómo os atrevéis a profanar de esta forma la Asamblea? —se escuchó una potente voz en medio de los asistentes.

—¡Esto es una traición!

—¿Quién diablos es el joven rubio que osa penetrar en el Agarthi? —inquirió otro.

Dilgo y Andrew se mantuvieron impertérritos de pie al inicio del amplio pasillo que conducía directamente a la presidencia de la Asamblea. Esperaron a que los ánimos se calmaran. Andrew recorrió con la mirada los rostros de los presentes. Pudo comprobar que estaban representadas todas las razas humanas pero con predominio claro de orientales.

Presidía la Asamblea un honorable anciano pariente cercano del Emperador de China, conocido por su bondad y sabiduría. Chiang Tei, se llamaba el “elegido”. Trató de imponer orden en aquel reciente caos producido por la súbdita entrada del monje y el joven occidental. Las voces se fueron apagando a medida que los “elegidos” volvían a tomar asiento.

—¡Acércate Dilgo! —exclamó Chiang Tei irritado— ¡El joven también!

Caminaron con lentitud hacia la mesa bajo la mirada expectante de los presentes. Algún que otro cuchicheo de dejaba oír en la sala.

—¡Te exigimos una explicación!

Dilgo pareció concentrarse unos instantes cerrando los ojos. En su mente, la cálida voz de Andrew reforzaba su ánimo. “Aprende con rapidez este diablillo”, pensó jovialmente. Paseó la mirada por el auditorio que esperaba impaciente sus explicaciones.

—Queridos hermanos, aprecio notables ausencias —comenzó diciendo con voz pausada—. Cuatro “elegidos” se han desviado de los fines del Agarthi y han pretendido dominar el mundo, traicionando de este modo el espíritu de la Asamblea. Es por lo que hoy no se encuentran aquí.

Un potente rumor fue tomando forma en toda la sala y de alguna garganta salieron gritos e improperios hacia el monje.

—El honorable Zhen Tiang Cgu — continuó el monje, sin hacer caso alguno a tales comentarios— se erigió como líder del grupo y planearon la estrategia que les llevaría a conseguir sus objetivos.

Chiang Tei tuvo que pedir en varias ocasiones que guardaran silencio. Andrew esbozaba un ligera sonrisa pensando que en su tiempo también ocurrían cosas parecidas.

—Consiguió la sumisión del General Shing para hacerse con el poder en el Imperio e ir sometiendo al resto de las naciones. Colaboraron con él los otros tres “elegidos” ausentes. Este joven occidental —apoyó su mano sobre el hombro de Andrew—, es el artífice de la derrota del general Shing y del confinamiento de Shuen, que antes de ser apresado pudo dar muerte a dos de sus colaboradores. El cuarto “elegido”, el apacible Lao Shi, llegó a descubrir a tiempo las verdaderas intenciones imperialistas de Shuen y hoy se encuentra en paradero desconocido.

 Se produjo un tenso silencio. Los “elegidos” se miraban entre sí, incrédulos.

—¿Cómo podemos saber que estás diciendo la verdad? —Expresó un “elegido” procedente de la India— ¿Qué tiene que ver en todo esto el joven occidental?

—Andrew. Se llama Andrew Catherwood y es también un “elegido”.

Fuertes murmullos llenaron toda la sala.

—¡Cierto! —respondió Chiang Tei con rotundidad— Pero su adhesión al Agarthi tendría que producirse en un futuro todavía lejano. ¿Cómo es que se encuentra aquí y ahora? Creo que nos estás mintiendo, Dilgo.

El estado de excitación creció entre los presentes.

—¡Jeshe Norbu! —Exclamó otro “elegido” perteneciente al Tíbet y Panchem Lama de uno de los santuarios más recónditos del Himalaya— ¿Es éste el joven que viaja en el tiempo y proviene del futuro?

Andrew sufrió una fuerte descarga de adrenalina. “¡Santo Cielo, Choelyng. No puede ser!” pensó perturbado y miró a Dilgo, pero éste se encontraba pendiente de las palabras del Panchem Lama. Antes de que Dilgo pudiera decir nada, Andrew tomó la palabra ante la sorpresa de los presentes.

—¡Cierto, me llamo Andrew y provengo del futuro y de un país que todavía no es conocido en vuestra época.

—Algunos sí sabemos de donde provienes —respondió Chiang Tei—. Nuestra sorpresa es que estás aquí procediendo del futuro.

—¡Es imposible viajar en el tiempo! —dijo enfebrecido uno de los “elegidos” más jóvenes, de origen turco y versado en las ciencias físicas y matemáticas.

—Vosotros sois las mentes más sabias de la Tierra —continuó Andrew—, deberíais saber que nada es imposible. Aquí, entre estas paredes reposa toda la ciencia desde tiempos inmemoriales; la pasada, la presente y la futura. ¿Quién os asegura que la ciencia futura no es aportada por gente que, como yo, tiene la posibilidad de viajar a través del tiempo y en ambas direcciones?

Nuevos murmullos ahogaron las palabras de Andrew, pero no se amilanó.

—La ciencia en mi época ha alcanzado cotas inimaginables para vosotros, con un poder de destrucción terrorífico capaz de volar la Tierra en pedazos. En unos siglos más la evolución puede ser impensable para nuestros conocimientos. Pero tendrán que pasar milenios para que la raza humana alcance los inicios del estado de perfección.

—¡Tonterías! —volvió a responder el Lama con visibles muestras de irritación en su voz— Todo el conocimiento de la humanidad se encuentra aquí y custodiado por los “elegidos”.

—No todo el conocimiento humano se encuentra aquí —trató de aclarar el joven arrastrando enfáticamente sus palabras—, ni todos los “elegidos” sois custodios de tales conocimientos.

—¡Fuera, qué se vaya!

—¡No tenemos por qué soportar impertinencias en este cenáculo!

Andrew comprendió que el Agarthi se había equivocado en la elección de algunos “elegidos” o bien una mano negra movía con demasiada inteligencia sus hilos. Su mente evocó otra vez la imagen de Choelyng y sintió una fuerte punzada en el corazón, Tras esperar unos instantes a que los ánimos se calmaran, el joven trató de continuar con su exposición.

—Cuatro han sido los “elegidos” que han tratado de cambiar el sentido de la humanidad en base a unos conocimientos que no eran los suyos. Bebieron de fuentes prohibidas tratando de obtener un beneficio propio en detrimento de la humanidad. Quisieron cambiar el futuro manipulando el presente. ¡Jugaron a ser dioses!

Respiró con fuerza esperando nuevas interrupciones pero la Asamblea permaneció en completo silencio.

—Dos de ellos pagaron muy cara su avaricia —siguió Andrew—. Fueron ajusticiados por las manos del principal instigador, que hoy se encuentra confinado de por vida. El cuarto, el “elegido” procedente de Mongolia está en paradero desconocido y mi intuición me dice que nunca más volveréis a saber nada de él. Creo que ha aprendido correctamente la lección.

Los “elegidos” comenzaban a comprender la realidad de los acontecimientos. Permanecían cabizbajos y en silencio.

—¡Aún hay otra manzana podrida en el Agarthi— exclamó Andrew con potencia.

Las palabras sonaron como un trueno en la sala. Todos los asistentes tensaron sus cuerpos ante la noticia. Todos a excepción de Dilgo y del propio Andrew.

—¡Y está aquí presente! —matizó.

Dilgo sonreía ladinamente. Estaba encantado con la actuación de su pupilo. De nuevo pensó que su reencarnación la tenía delante de sus ojos.

—Esperamos que, si lo que afirmas es cierto —expresó Chiang Tei levantándose mecánicamente del asiento presidencial—, estarás en condiciones de decir su nombre.

Andrew le miró sonriente, mientras que el “elegido” esperaba desafiante su respuesta.

—Por supuesto Chiang Tei —respondió altivo—. El quinto “elegido” participante se encuentra en la tercera fila hacia mi derecha. Conocía muy bien todos mis movimientos y no tuvo reparo alguno en tratar de poner fin a mi vida o que otros lo hicieran. ¿Es verdad Panchem Lama?

—¡Oooh….! —se dejó oír un fuerte murmullo de sorpresa.

El aludido se levantó con brusquedad moviendo las manos con violencia. Produjo la sensación de que iba a gritar, tratando de defenderse de las acusaciones del joven occidental, pero de inmediato se dejó caer sobre el asiento, cogiéndose la cabeza con ambas manos. Todos comprendieron la veracidad de las afirmaciones de Andrew.

Tras un pequeño periodo de silencio en el que los “elegidos” dieron muestra de incredulidad y nerviosismo, Dilgo volvió a tomar la palabra y fue explicando, ahora con relajante calma, todos los acontecimientos acaecidos desde su participación en el último Agarthi. Dejó bien patente que Andrew era un “elegido” tal como se podía comprobar en los escritos prohibidos, al que tan sólo tenían acceso escasos componentes de la Asamblea. Él siempre pensó que su incorporación se produciría en su época y nunca llegó a imaginar sus facultades para viajar en el tiempo.

El honorable Chiang Tei, en su condición de presidente de la Asamblea, no dudó un solo instante en proferir las palabras de condena para el Panchem Lama, que sería confinado de por vida en una de las numerosas salas de aquel recóndito lugar. Podía tener acceso a toda la ciencia que allí se guardaba, pero sería desposeído de su condición de “elegido”. Muchos de los componentes de la Asamblea quisieron conocer las circunstancias por las cuales, Andrew había conseguido viajar en el tiempo. No tuvo inconveniente alguno y comenzó por el principio, el descubrimiento de las dos joyas más preciadas de su vida y todas las consecuencias que se derivaron de ellas.

Relató todas las emboscadas en las que se vio inmerso, sus idas y vueltas a través del tiempo y la batalla final contra las huestes del general Shing. No hizo comentario alguno sobre sus conocimientos y estancias en Shambala ni sobre su existencia.

Le escuchaban complacidos. Muchos de ellos se interesaron por la forma de vida en su tiempo. El joven les explicó de forma muy somera cual era la situación en el mundo de su época y el reparto de poderes. No dudó en decirles que el Tíbet sería ocupado por China cuya forma de gobierno sería muy diferente de la imperial. Les habló de los adelantos científicos y del bienestar de los habitantes en muchos países del mundo, en otros, padecían el rigor dictatorial que involucionaba el desarrollo social.

Las mentes preclaras allí reunidas no tenían dificultad alguna para seguir y comprender sus palabras. Cuando terminó la charla, tuvo la sensación de que habían transcurridos algunas decenas de horas. El Honorable Chiang Tei se acercó y sin mediar palabras lo abrazó efusivamente, bajo la mirada complacida del resto de la Asamblea.

—Daría parte de mi vida —le dijo dulcemente— por poder compartir tus experiencias. Deseo que llegue a producirse alguna otra ocasión en la cual, podamos hablar distendidamente. ¡Me gustaría tanto conocer tú época…!

Andrew se sintió complacido, al igual que Dilgo.

—Debes saber que tus palabras están contenidas casi en su totalidad en los escritos prohibidos a los que muy pocos tenemos acceso y además, nos produce temor su lectura y cuando accedemos a ellos, nuestros propios miedos nos impiden interpretarlos adecuadamente.

 

Caminaban sonrientes por las cercanías del monasterio.

—Ahora ya estoy tranquilo, muy tranquilo, Andrew —le dijo, durante un pequeño descanso—. Hemos conseguido finalizar con éxito las misiones planteadas. Es hora de descanso.

Andrew le miró con un gesto que expresaba la preocupación que sentía. No sabía muy bien como plantearle algunas cuestiones que, a buen seguro, no serían de su agrado. Finalmente comprendió que no debía demorarse más.

—Todavía no, Dilgo —contestó con seriedad—. Todavía no.

El monje le miró, observando el gesto de preocupación del joven occidental.

—¿Por qué lo dices?

—No toda la trama está al descubierto.

—Pero sí sus cabecillas. Los demás no importan. No tienen información ni sabiduría para continuar.

—En esta ocasión te equivocas. Todavía queda un gran personaje en la sombra, el más importante después de Shuen.

Dilgo expresó su incredulidad.

—¡Desvarías joven occidental!

—Que más quisiera yo.

—¿A quién te refieres entonces?

Andrew dudó unos instantes.

—¿Recuerdas las palabras del Panchem Lama?

Dilgo asintió sin comprender hacia donde quería conducirle el joven.

—Nuestros movimientos era bien conocidos por los instigadores, por ello, nos preparaban emboscadas con suma facilidad.

—Sigo sin comprender.

—¿Quién sabía de mi procedencia del futuro, Dilgo?

El monje dudó unos segundos.

—Choelyng, Taypeck e indudablemente, yo —se dio un golpe en la frente con la palma de la mano—. ¡… y el Panchem Lama! Pero… no es posible…

—Sí lo es —respondió Andrew, presuponiendo que Dilgo ya estaba muy cerca de conocer la verdad por deducción.

—¡Taypeck! ¡Por Buda, Taypeck un traidor! —exclamó descontrolado.

La preocupación de Andrew se hizo muy patente.

—Dilgo, lo siento muy profundamente, pero Taypeck no es un traidor. Tengo mil razones que lo corroboran.

—¿Insinúas que… Choelyng…? ¡Imposible! –exclamó rotundo.

Dilgo se llevó las manos a la cabeza y de sus ojos comenzaron a asomar unas lágrimas. Se sintió totalmente hundido y le costaba creer las palabras Andrew. Se produjo un silencio que, al joven, le pareció insoportable pero no quiso interrumpir los pensamientos de Jeshe Norbu. Finalmente, sin mediar palabra, el monje se levantó y comenzó a caminar muy lentamente, casi arrastrando los pies.

—Todo encaja —musitó tembloroso—. El rapto de Andrew, los ataques de vulgares ladrones, las emboscadas de militares chinos…

Alcanzaron el monasterio hacia el atardecer, cuando el sol iba perdiéndose entre los altos riscos de las montañas. El viaje de vuelta a Potala fue muy tenso y Andrew se sintió preocupado y angustiado. Temía que el monje pudiera sufrir un ataque al corazón después del pesado viaje y las terribles conclusiones a las que había llegado. Cuando ya se encontraban en los alrededores de Lhasa, el joven trató de averiguar el verdadero estado de ánimo del monje. Su sorpresa se produjo al comprobar el grado de recuperación.

—He analizado toda mi vida y mi relación con Choelyng, querido Andrew. En estos momentos y sin conocer sus razones, ya le he perdonado.

—Dilgo, creo que ya no volverás a verlo nunca más. Es muy inteligente y habrá reconocido que toda la trama sería descubierta y su implicación en ella. No tendrá valor para presentarse ante ti en la condición de traidor.

—Lo sé, Andrew. Creo lo mismo que tú. A pesar de todo, tiene mi perdón.

Dentro de la tristeza que sentía, se alegró al comprobar la bondad del Dalai Lama, que ahora y más que nunca, aparecía como un verdadero gigante ante él.

En el amplio patio de Potala, Taypeck les esperaba con aire de preocupación. Nada más llegar la comitiva a su altura, se acercó presuroso a Dilgo y le murmuró casi a la altura de la oreja.

Jeshe Norbu, Choelyng ha desaparecido del palacio. Hace ya unos días que no sabemos nada de él a pesar de buscarle por todos los rincones de Potala, Lhasa y los alrededores. ¡Nada!

Dilgo y Andrew se miraron sin mediar palabras. Después, continuaron hacia sus aposentos.

Unos días más tarde, Andrew comenzó a sentir el nerviosismo característico que antecedía a su partida. Sabía ahora, que ésta se produciría, a lo sumo, en dos días. Se lo hizo saber a Dilgo. Pasaron muchas horas juntos, analizaron los acontecimientos y extrajeron conclusiones. El Dalai Lama a pesar del profundo desengaño sufrido con Choelyng, se encontraba bien y en el monasterio pasaban desapercibidas sus preocupaciones.

—¡Andrew, deseo tanto que regreses! —Le dijo el monje—. Ahora mi soledad es profunda.

—No digas eso, Dilgo —respondió jovialmente—, tienes a tu lado a un hombre de envidiable potencialidad y pleno de virtudes. Taypeck es un ser excepcional. ¡No te defraudará, te lo aseguro!

—De todas las maneras, regresa alguna vez antes de que mi tiempo físico se acabe y tú sabes muy bien cuando se producirá.

Andrew se emocionó profundamente ante las palabras del monje. ¿Cómo podría pensar que un anciano perdido en la edad media en un recóndito lugar de Asia iba a cambiar totalmente el rumbo de su vida?

Se sintió un ser privilegiado.

Hacia el atardecer se reunieron en los aposentos de Dilgo. Esta vez se encontraba presente Taypeck, que ya nunca se separaría del Dalai Lama. Andrew, al igual que en otras ocasiones, había guardado sus ropas y armas en el arcón, escondiéndolo en la pequeña cámara oculta detrás su camastro. Vestía el pijama azul y su mano izquierda sujetaba la daga. Al situarse delante del libro pudo comprobar que no se encontraba abierto por la página del grabado de la boda real. Dilgo pasó las hojas con suavidad y lentitud. Cuando la alcanzó, pudo observar la presencia de un papel escrito con caracteres muy bien formados.

Era la carta de despedida de Choelyng. En ella, pedía disculpas a todos, especialmente a Dilgo, alegando que el motivo principal de su actuación fue tratar de conseguir el dominio del planeta y poder ofrecérselo a su Maestro. Comprendió su error, pero lo comprendió tarde y ya no era el momento de lamentaciones. Pidió perdón al joven occidental, al que nunca deseó ningún daño. Dilgo se sintió emocionado por la pérdida de su amigo e íntimo colaborador durante una eternidad.

Taypeck miró alucinado la luminiscencia procedente del libro que iba en aumento por momentos. Fue concentrándose sobre Andrew que poco a poco iba difuminándose a su asombrada vista.

—¡Regresa antes de que me vaya, Andrew! —exclamó Dilgo profundamente emocionado.

—¡Lo deseo tanto como tú! —le respondió.

—Tienes que hablarme de Shambala —le dijo en voz baja, casi al oído.

—¿Cómo…? —preguntó estupefacto, pero el flujo de luz hacia la puerta se estaba haciendo muy potente.

Instantes después, Andrew desaparecía ante la mirada estupefacta de Taypeck y la dulce expresión de Dilgo Rimpoché Drupa.

 
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