RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O     X V I I I
LA FINALIZACIÓN DE LOS ESTUDIOS
 

 


Poco antes de terminar el curso, Harry Logan invitó a varios de sus compañeros, entre los que se encontraba Andrew, a pasar un fin de semana en el rancho que tenía su padre en sociedad con Norman Hart, gobernador del estado de Colorado. Se dedicaban a la cría de caballos de carreras.

El grupo era bullicioso y se dejaba notar por donde pasaban. Pasearon por los alrededores en espera de la prometida barbacoa.

Andrew no pudo resistir la tentación de visitar las caballerizas y así se lo hizo saber a Harry. El resto del grupo le abucheó, lo que realmente estaban esperando, eran los placenteros momentos de preparación de la deliciosa barbacoa y su degustación.

—De acuerdo —respondió—. Vosotros podéis dirigiros a los jardines traseros del edificio, allí tendrá lugar la orgía. Mientras, yo acompañaré a Andrew para mostrarle los maravillosos caballos que tenemos. ¡Ojo con las risas, puedo actuar como oficial de guardia!

—¡A la orden señor, señor! —respondieron todos al unísono, para gritar después— ¡Uuuuh….!

—Está bien, pandilla de cretinos —espectó el pequeño gigante del grupo—, ¿pretendéis cabrear a nuestro anfitrión?

—¡Nooo…, señor, señor! —volvieron a gritar entre risas.

—Pues a caminar, en silencio y marcando el paso.

Se dirigieron hacia los establos pero sólo entraron Andrew y Harry. Andrew fue admirando la belleza de los animales cuidadosamente tratados. Antes de alcanzar el final de las caballerizas Andrew se giró para dar por finalizada la visita e iniciar el regreso. En esos instantes se escucharon unos fuertes golpes procedentes del fondo. Los dos se giraron para ver quien los había producido. A excepción de los caballos y ellos mismos no había nadie más en el interior. No dieron importancia al hecho y continuaron caminando. De nuevo escucharon los golpes con mayor violencia y más persistentes que la vez anterior.

—Espera un momento—le dijo Harry dirigiéndose hacia el final del pasillo.

Andrew le siguió para satisfacer su curiosidad. A medida que se acercaban los golpes arreciaban con mayor contundencia. En el último cubículo, un impresionante caballo de color negro rotundo daba muestras de un extraño nerviosismo.

—¡Vaya, el insoportable Furia otra vez! —comentó Harry de mal humor.

Andrew observó al noble animal que también le miró directamente con un extraño brillo en sus ojos. Le parecía estar viendo a Tarsis, aunque Furia tenía una alzada algo superior.

—¡Es impresionante! —expresó Andrew con voz queda.

—¿Cómo dices?

—Hermoso animal —respondió sonriente.

—Sí. Tiene buena apariencia pero nada más. Es muy violento y no se deja montar fácilmente. Mi padre cree que puede ser un buen semental, pero los técnicos, ni yo —y sonrió satisfecho—, no opinamos lo mismo.

Andrew pareció no escucharle. Acarició el cuello y frente del animal con suaves movimientos, que éste no rehuyó. Harry se sorprendió ligeramente por la actitud del caballo, que pasaba de un estado de nerviosismo a otro de pasividad, cuando no le gustaba el contacto físico con sus cuidadores y lo rechazaba con violencia.

—Diría que es un caballo khwarezm.

—Sí, creo que esa es su raza pero, ¿cómo lo sabes? No es nada conocida.

—Son oriundos de Mongolia. En la antigüedad fueron muy valorados. ¿Puedo montarlo, Harry?

—¿Estás loco? —replicó enérgicamente— Podrías hacerlo con cualquiera, pero no con éste. No permanecerías más allá de dos segundos en su grupa.

—¿Probamos? —le dijo jocoso.

Harry se desesperaba. No sabía que hacer. Por una parte, no desea desairar a su buen amigo, pero, por otra, le daba pánico que el animal pudiera hacerle daño.

Sin hacer más comentarios, colocó las riendas en la cabeza del animal que apenas hizo movimiento alguno. Después, abrió la puerta del cubículo y el caballo salió dócilmente ante la mirada expectante y nerviosa de su dueño.

—Creo que estás majareta —le increpó Harry, pero sin irascibilidad alguna, aunque no comprendía que es lo que estaba ocurriendo entre el animal y su amigo.

—Voy a montarlo —dijo Andrew sonriente mientras acariciaba las crines del caballo.

—¿Sin silla? —Se desesperó Harry— ¿A pelo? ¡Estas loco, y yo más por permitirlo!

El resto del grupo les miraban atentos sin comprender que es lo que estaba ocurriendo, pero se reían divertidos ante las tribulaciones de Harry, pensando que Andrew estaba gastándole una broma.

—¡No debe hacerlo, señor! —Se escuchó la voz sonora y seca de uno de los cuidadores de la cuadra que se había dado cuenta de la situación—. Es un caballo excesivamente peligroso.

De un impresionante salto que sorprendió a todos, montó sobre el animal que apenas sí se movió y no mostró síntomas de nerviosismo ni irritabilidad. Harry y el vaquero le miraron asombrados. Se inclinó sobre el cuello del animal susurrándole unas palabras en un tono de voz bajo y suave. Inició el movimiento con paso lento y tranquilo, casi podría decirse que de espectáculo.

—¡Corre Tarsis! —le gritó cuando salieron de las cuadras.

El animal levantó sus patas delanteras de forma inverosímil y salió lanzado al galope. Escasos segundos después entraban en la amplia pista de entrenamiento. El noble bruto obedecía las órdenes de Andrew al instante. Le hizo trotar y galopar alternativamente para que sus músculos alcanzaran el grado de calentamiento adecuado. Pensó que ya podía lanzarlo a galope tendido y así lo hizo. El caballo pareció volar produciendo la impresión de que sus patas apenas rozaban el suelo.

El aire golpeaba con fuerza el rostro del joven trayéndole a la memoria las largas caminatas montando a Tarsis a través de la China Imperial. El sudor del animal le envolvía y le enervaba, deseando que alcanzara la velocidad límite.

Tanto Harry como el vaquero le miraban alucinados, no dando crédito a los que sus sentidos captaban. El vaquero extrajo un cronómetro del bolsillo y con movimientos nerviosos trató de tomar tiempos a la veloz carrera que estaba contemplando. Después de unas cuantas vueltas, Andrew obligó a la montura a reducir la velocidad. Recordando sus entrenamientos de la mano de Taypeck, no pudo resistir la tentación de ejecutar una serie de saltos a derecha e izquierda descolgándose del caballo, que soportaba, sin alterarse, todo tipo de movimientos del jinete. Finalmente, regresó a las caballerizas con un ligero trote. Todos le aplaudieron a rabiar. Harry se sentía maravillado.

—¡Cuándo se lo cuente a mi padre no se lo va a creer! —le dijo emocionado.

—Hacía siglos que no montaba así —sonrió jocoso—. ¿Me permites que lo lleve a la cuadra y lo seque?

—No te preocupes, Andrew, ya lo hará el vaquero.

—Deseo hacerlo yo. Es un caballo fuera de serie, fabuloso —le dijo mientras acariciaba el lomo de Furia—, sin lugar a dudas, el mejor de la cuadra.

Harry ya no pensaba igual ahora que había visto lo que su amigo fue capaz de hacer con él. Andrew pasó unos momentos muy agradables con el animal por los muchos recuerdos que afloraron a su mente. Parecía una réplica casi exacta de Tarsis y se imaginaba lo que habría disfrutado la Princesa con él recorriendo el valle de Xian, ¡quinientos años atrás!

La barbacoa fue un éxito y todos disfrutaron ampliamente. En un pequeño aparte, Harry le pidió que volviera a montar a Furia por la tarde, estaría presente su padre.

—Fue una chiquillada, Harry, pero el animal es soberbio. No me gustaría que hicieses comentario alguno sobre ello.

Asintió, pero no dejó de insistir. Deseó que sus padres comprobaran el verdadero valor de Furia. Llegarían por la tarde acompañados del Gobernador y su esposa y sería el momento adecuado.

—En otra ocasión quizá, Harry.

Hacia media tarde se reunieron todos en el amplio salón del edificio principal. Departieron con los jóvenes cadetes, riéndose con los comentarios de éstos sobre la vida en la Academia. El Gobernador sintió una fuerte corriente de simpatía hacia Andrew y sin apenas darse cuenta, se encontraban enfrascados en una conversación, ajenos al resto. Muchas de las apreciaciones de Andrew le sorprendieron profundamente.

Pero Harry no estaba dispuesto a que le robaran protagonismo y acaparó la atención de sus padres y de su socio para contarles la asombrosa monta de Furia y el dominio de Andrew sobre el animal. Escépticos al principio, creyendo que sería una broma más de su hijo, hizo llamar al vaquero que presenció la escena. Las escuetas palabras de éste no dejaron duda alguna sobre la veracidad de las palabras de Harry. También preguntaron a Andrew, limitándose a decir que Furia era un caballo excepcional y que con el jinete adecuado podría ser invencible en cualquier hipódromo.

—¿Podrías montarlo mañana por la mañana? —le preguntó el Gobernador deseoso de una respuesta afirmativa. El caballo siempre le había gustado a pesar de su extraño genio y aparentemente, de sus escasas cualidades.

El joven no pudo negarse y asintió complacido. Realmente deseaba volver a montarlo y sentir de nuevo aquellas maravillosas sensaciones al igual que siglos atrás.

Amaneció algo nublado y con una temperatura más baja de lo normal, lo que satisfizo a Andrew. Furia podría desarrollar sus facultades más fácilmente. Y así fue. Sorprendió gratamente a los padres de Harry y al Gobernador. No salían de su asombro al contemplar la bella estampa que formaban en la pista de entrenamiento. El noble animal parecía estar en plena forma, a pesar de los pocos ejercicios que le hacían desarrollar los vaqueros.  El Gobernador emocionado se abrazó al joven rogándole que les ayudara a encontrar un jinete adecuado para Furia.

 

 Transcurrieron varios años agotadores a pesar de la extraordinaria vitalidad de Andrew. Compaginar los estudios en la Academia con los de Ingeniería le supuso un gran esfuerzo que apenas le dejaba tiempo libre para cualquier otra labor.

De cuando en cuando, Maitreya le rescataba de su frenética actividad llevándole a Shambala para continuar allí con su formación. Esto suponía un bálsamo para él y cuando regresaba a su tiempo, lo hacía con todas las energías renovadas.

Un verano, tal como había programado con su madre, viajaron al Tíbet y a la República Popular China, deseosos de conocer los lugares por donde se había movido Andrew medio milenio atrás. Los dos sintieron un cierto nerviosismo cuando aterrizaron en el aeropuerto de Lhasa, situado a treinta kilómetros de la ciudad. A partir de allí, Bárbara vivió días extraordinarios que la hicieron inmensamente feliz. Andrew era su cicerón.

Se emocionó profundamente cuando su hijo pudo conducirla por los aposentos de Dilgo y posteriormente por el suyo, mostrándole las dos espadas escondidas en la ya desvencijada habitación. Ella misma pudo comprobar su peso y el suave calor que desprendían al tacto.

—Tengo que recuperarlas —se dijo en voz muy queda.

Su madre le escuchó.

—Ahora no es el momento oportuno. Tendríamos que planearlo muy bien o encargar ese cometido a profesionales. Creo que desde Nueva York podré organizarlo. Tanto tu padre como yo tenemos excelentes contactos en casi todo el mundo.

Andrew se mantuvo en silencio con la mirada fija en las espadas. Los recuerdos fluían con extraordinaria rapidez y una idea comenzó a gestionarse en su mente.

Xian le maravilló de nuevo. Recorrió el antiguo palacio imperial con la nostalgia prendida en su corazón. La imagen de la princesa se formaba con perfecta nitidez en su mente y deseó con vehemencia tenerla de nuevo a su lado. Bárbara comprendía la emoción de su hijo.

Finalmente llegó el día de la partida. Poco antes de salir hacia el aeropuerto Andrew le expresó su deseo de volver a Potala.

—Regresaré desde allí —le dijo a su madre que mostró su disgusto. No entendía las razones que motivaban ese cambio de plan. Quiso acompañarlo pero él se negó.

Tomaron dos aviones distintos, uno hacia Nueva York, el otro hacia Lhasa.

Andrew entró en el palacio de Potala mezclado entre los turistas. A la hora del cierre al público se encontraba oculto en un pequeño habitáculo situado en los aposentos que habían pertenecido a Dilgo Rimpoché Drupa. Mientras esperaba a que se hiciese de noche creyó sentirlo en el ambiente. Cerró los ojos físicos y volvió a ver con los de la mente. La figura extracorpórea de Jeshe Norbu flotaba en el ambiente. Sonrió emocionado.

Después y sin temor alguno, guiado por los ojos de su mente abandonó la estancia y se dirigió hacia lo que fue su habitación. Una vez allí, extrajo el arcón de su escondite, tomó las dos espadas y volvió a guardarlo en el mismo lugar. Regresó de nuevo a las habitaciones del Dalai Lama con las dos espadas en sus manos. Vio en el centro de la estancia la imagen de Dilgo apoyando su mano derecha sobre el grabado del libro despidiendo ambos una fuerte luz de una intensa tonalidad azul.

Levantó las dos espadas dirigiéndolas hacia el firmamento invocando los poderes que le habían sido conferidos. Las iridiscentes puntas fueron atrayendo las fuerzas del universo concentrando en ellas una energía en forma de brillante luz azul que inundó totalmente la estancia.

Instantes después Andrew se encontraba en su habitación de Nueva York.

No se sorprendió lo más mínimo. Miró las espadas que mantenía izadas hacia el infinito y aún vislumbró los últimos resplandores de luz que ya le abandonaban. Las bajó lentamente para depositarlas sobre la mesa del estudio. Las acarició con reverencia sintiéndose pletórico por su posesión.

—¡Gracias, Dilgo! —musitó.

 

El avión de regreso de Bárbara aterrizó de madrugada y a las seis y media de la mañana llegaba a su casa totalmente destrozada por la tensión del viaje y por las extrañas explicaciones que tuvo que dar a su marido ante la ausencia de Andrew.

Un irreprimible deseo la condujo hasta la habitación de su hijo y un potente grito de euforia salió de su garganta al comprobar, tal como su intuición le decía, que Andrew dormía beatíficamente en su cama. Se incorporó sobresaltado, pero de inmediato esbozó una sonrisa entre bostezo y bostezo.

—¿Cómo lo has conseguido? —y sin esperar respuesta se dirigió a la sala de estudio. Sobre la mesa contempló a placer las dos espadas.

Andrew la asió por los hombros, besándola cariñosamente en la frente.

—Creo que de la misma forma que Maitreya, pero no estoy muy seguro. Probablemente las espadas han actuado de catalizador al igual que la daga y el libro. ¡No lo sé…, todavía!

Su padre miró absorto las enormes espadas. Las tomó por la empuñadura y con dificultad consiguió levantarlas de una en una.

—¡Originales recuerdos! —exclamó— ¿Quién podría manejar estos trastos?

—Yo mismo, papá —y tomando las espadas entre sus manos, las volteó con facilidad.

—No juegues así con ellas, podrías hacerte daño.

Bárbara y Andrew se miraron divertidos y sonrientes. 

  

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