RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O     X I X
LA  ORGANIZACIÓN
 

 


El agradable aroma que desprendían las humeantes tazas conteniendo té verde, impregnaba toda la sala. Lao Tiang Sheng se lo hacía traer especialmente para él desde una región lejana de China. Era una de sus bebidas favoritas.

Le acompañaban dos orientales de mediana edad y de aspecto demacrado. Sus rostros reflejaban el cansancio de un prolongado viaje. Parecían un anacronismo en el interior del lujoso despacho.

—¿Estáis seguros de que es el joven al que hace referencia la profecía?

—Casi seguro, Honorable Lao —respondió el que aparentaba más edad—. Sólo él ha podido montar el caballo negro del gobernador.

Lao Tiang movió la cabeza dubitativamente.

—¡Eso no quiere decir nada! —gritó

El miedo se reflejó en el rostro de los dos visitantes.

—Todo parece concordar —aclaró el más joven—. Según los escritos que poseemos, casi podemos asegurar que el joven es el mismo que hace más de quinientos años derrotó al general Shing a medio camino entre Xian y Taiyüan.

—¡Pero eso es imposible! —exclamó Lao Tiang desconcertado.

—La profecía dice que, cinco siglos más tarde, el noble guerrero regresaría al mundo para imponer el orden y la paz en la tierra. En esta ocasión, por su gran poder, no necesitará de ejércitos para destruir el mal.

Un gesto de preocupación recorrió el rostro del Honorable Lao Tiang, poderoso magnate de las finanzas. La labor realizada a lo largo de muchos años para alcanzar el poder total en el mundo podría verse amenazada por la presencia del joven.

Sin pensarlo mucho, sentenció:

—¡Hay que eliminarlo cuanto antes! —bramó con el rostro totalmente congestionado.

No estaba acostumbrado a que se le presentaran contrariedades de ningún tipo, y cuando ocurría, lo solucionaba de la forma más segura posible por drástica que fuera. A sus manos había llegado el legado de un antepasado suyo, Zhen Tiang Cgu, reflejando sus ambiciones basadas en teorías expansionistas. Las había asumido y estaba dispuesto a llevarlas a la práctica en su totalidad aunque aplicando diferentes medios. Lo que no llegó a conocer fue el triste y terrible confinamiento sufrido como consecuencia de sus ansias de poder.

 

Andrew comenzó a sufrir una serie de pequeños accidentes de los que siempre salía indemne. Al principio no le dio demasiada importancia a pesar del sustancial riesgo. Solamente se prometió una mayor concentración. Poco a poco fue intuyendo que no eran fruto de la casualidad o de su relajamiento, y comenzó a pensar seriamente que alguien estaba atentando contra su vida. Todo pareció comenzar cuando entró a formar parte del equipo de pilotos de prueba adjuntos a la NASA. Las facultades demostradas en la Academia pilotando cualquier tipo de avión le llevaron a que dicho organismo se interesara por él, al igual que por su amigo O’Brian. Eran los dos mejores pilotos que habían salido de la Academia a lo largo de su historia. Recordó cuando aquella tarde, finalizadas las actividades en el gimnasio, él y varios compañeros más, los últimos en abandonarlo, se vieron sorprendidos por su presencia y acompañado de sus ínti­mos.

No presagió nada bueno, el cadete hacía tiempo que deseaba tener un encuentro con él, pero aparentó no dar importancia a los recién llegados.

—¡Andrew! —gritó con fuerza O’Brian— ¿Qué disculpa tienes ahora?

—¡Déjate de tonterías, O’Brian! —contestó Harry Logan rápidamente—. Si se acerca algún oficial por aquí, nos jugamos los bigotes.

O’Brian le miró frunciendo profundamente el ceño.

—¿Me amenazas, criatura? —le dijo despectivamente.

Andrew se adelantó unos pasos para colocarse en medio de los dos grupos.

—¿Qué pretendes, O’Brian? Sabes muy bien que no me gustan las peleas.

—¡Somos soldados! ¿o no? —respondió iracundo— ¿Acaso tienes miedo?

Andrew sonrió ampliamente, gesto que irritó más a O’Brian. Últimamente tenía que so­portar las pesadas bromas de sus compañeros con respecto a Andrew.

Se acercó peligrosamente a él. El rostro de Andrew se encontraba a la distancia adecuada de los puños de O’Brian. Los alzó amenazadoramente y gritó:

—¡Defiéndete, cobarde!

Y lanzó su puño derecho directamente hacia el rostro de Andrew, que apenas se movió, es­quivándolo limpiamente. Lanzó su puño izquierdo con igual resultado, pero en esta ocasión, perdiendo el equilibrio.

Andrew se apartó ligeramente hacia atrás y esperó la nueva acometida de O’Brian, quien volvió a intentar otros golpes tratando de sorprenderle, pero sin resultado alguno. Una serie de fintas minaban los reflejos de su contrincante. Comprendió, a pesar de la ira que sentía, que Andrew no trató de aprovecharse en ningún momento de la situación favorable y cuando podía ser facilmente vapuleado.

Sus compañeros le jaleaban desde el principio, pero cada vez con menos energía.

Trató de golpearle en cualquier parte del cuerpo, pero con los mismo resultados, Andrew se movía con una celeridad y reflejos impresionantes. Entendió que el joven no quería luchar, pero no por sentir miedo, si no para no hacer daño.

Probó sorprenderle con golpes y patadas, de forma ya nada ortodoxa. Trató de llegar al cuerpo a cuerpo y aprovecharse de su mayor peso, pero no consiguió absolutamente nada.

En el interior del gimnasio tan sólo se escuchaba ya el jadeo de O’Brian, que acusaba el es­fuerzo realizado, mientras que Andrew estaba totalmente fresco. Pensó en lo estúpido de su acción al subestimar a un compañero con unas habilidades por­tentosas, en parte instigado por sus compañeros y por ego propio, que no soportaba que algún otro fuera superior a él. Su irá se fue menguando y sus ataques se reducían.

Finalmente, y ante la sorpresa de todos, se detuvo, dejó caer los brazos y dijo:

—¡Está bien, me rindo! Reconozco que eres muy superior a mí. Te pido disculpas.

Andrew le observaba con gesto serio pero sin dureza alguna.

—¿Perdonas mis estupideces? —le dijo acercándose a él con ánimo de abrazarlo.

—Por supuesto, O’Brian, no hay nada que perdonar. Esto, nunca ha existido.

Se fundieron en un fuerte y prolongado abrazo. Todos los compañeros de Andrew aplaudie­ron a rabiar. Los de O’Brian, les miraban en silencio, después iniciaron unos tímidos aplausos, para unirse al grupo liberados ya de la tensión del momento.

Se separaron ligeramente. O’Brian dobló su brazo y con el puño completamente cerrado, lo dirigió con brutal fuerza hacia el rostro de Andrew. Éste, elevó el suyo, deteniéndoselo con su mano abierta. En su rostro no se movió un solo músculo.

Se dejaron oír unos gritos de sorpresa y estupefacción. Después, O’Brian rompió a reír visi­blemente emocionado.

—¡Lo sabía, Andrew, lo sabía! —dijo satisfecho al comprobar que la acción que esperaba, se había producido.

—Yo también conocía tus intenciones, O’Brian —respondió alegremente—, quizá antes de que tú llegaras a pensarlo.

Y volvieron a fundirse en otro abrazo al que se unieron el resto del grupo. Todos compren­dieron sin duda alguna, que la rivalidad había llegado a su fin.

 

 Encontró ciertas similitudes con lo ocurrido cinco siglos atrás, cuando era el punto de mira del grupo seductor, y esto, le hizo ponerse en guardia. Durante su último viaje a Shambala, Maitreya le había dicho que el día de inicio de un nuevo cometido estaba cerca y tendría que prepararse. Se interesó por el tipo de misión a realizar pero ella le contestó que no podía informarle en que consistiría. Tendría que ser él quién alcanzara tal conocimiento.

—Durante tu preparación —le dijo—, has podido comprobar los grandes avances de la tecnología en el planeta. Con facilidad, en tu tiempo, el mundo podría ser destruido y hay mentes que no dudarían en hacerlo si los acontecimientos no se desarrollaran según sus planes. Disponen de los medios adecuados para poder realizarlo.

Pero estas palabras no aclararon mucho sus ideas.

Durante unas cortas vacaciones regresó a Nueva York con el deseo de disfrutarlas relajadamente. El trabajo que realizaba en la NASA estaba resultando agotador. Tanto él como Geoffrey y O’Brian, dedicaron un excesivo número de horas diarias en el desarrollo de un proyecto que llevaban a cabo al margen del trabajo normal y que lo mantenían totalmente en secreto. Si hubiera sido conocido, les habrían tachado de locos, incluso las mentes más privilegiadas no lo hubieran dudado.

Cuando apenas llevaba unas horas con su familia, comenzó a sentir el ligero nerviosismo, prolegómeno de la apertura de la “puerta” hacia el pasado. El “libro” le estaba atrayendo nuevamente.

Al día siguiente por la tarde preparó convenientemente la sala de estudio para iniciar el viaje a Potala. Sentía verdaderos deseos de reencontrarse con Dilgo y Taypeck. Habían transcurrido unos años en su época sin regresar al Tíbet y ahora se encontraba ansioso de hacerlo. Le estaban esperando. Su madre, que en esta ocasión no sentía miedo alguno, le despidió sonriendo y el joven inició el viaje que, según sus sensaciones, fue instantáneo.

La espigada y esbelta figura de Dilgo Rimpoché Drupa susurraba la característica letanía que tan bien conocía Andrew. A su lado, el rostro de Taypeck denotaba la sorpresa que sentía. Él, todavía no estaba acostumbrado.

—¡Loado sea Buda! —exclamó con voz sonora ante la presencia de Andrew— ¡Has vuelto!

—¿Lo dudabas, querido amigo? —le dijo con una amplia sonrisa de satisfacción en su rostro.

Se abrazaron. Dilgo dejó la daga sobre el libro, que aún resplandecía en la semioscuridad de la habitación, y se giró en dirección a Andrew.

—¡Gracias, joven occidental, por retornar! —le dijo tras fundirse en un prolongado abrazo con él.

—Sabes que siempre acudo a tus llamadas —respondió Andrew jovialmente—. Es, ahora para mí, un verdadero placer.

—No, Andrew —respondió el monje—. No son mis llamadas las que te traen a Potala. Tú eres el responsable, yo sólo soy una pequeña pieza que encaja en éste enrevesado puzzle.

Continuaron hablando sobre los hechos acaecidos en ambas épocas. Taypeck se sentía enormemente feliz de tenerle allí de nuevo. Parecía rejuvenecer. A veces le miraba con incredulidad cuando Andrew le narraba su actividad en el futuro, sobre todo, no podía creer que el joven occidental pudiera volar como un pájaro montado sobre una pesada máquina. Era algo que sobrepasaba su imaginación, y no cabía duda alguna, era grande.

Andrew observó con detenimiento los rasgos y la fortaleza de Dilgo sin que éste se diera cuenta, aparentemente. Le encontró ligeramente más envejecido pero su cuerpo y espíritu gozaban de una salud envidiable. Según pudo comprobar, el tiempo había transcurrido de igual forma para ambos.

—Hablemos de Shambala, Andrew —le dijo Dilgo en un momento dado, cogiéndole por sorpresa.

Le miró directamente a los ojos, luego a Taypeck y los encontró distendidos.

—Taypeck y yo hemos hablado mucho a lo largo de estos años —continuó el monje—. Apenas se separa de mí desde que Choelyng abandonó Potala. Siento la pérdida del gran amigo pero mi recompensa ha sido muy grande al proporcionarme la colaboración de alguien como Taypeck. Merece alcanzar los mayores grados de la congregación y sería un digno representante en el Agarthi, pero es algo que no está en nuestras manos.

El rostro de Andrew expresó la expectación que sentía. No comprendía muy bien las palabras de Dilgo al hablar así delante de Taypeck.

—No tengo secretos para él —le aclaró como si hubiera leído sus pensamientos—. A ganado mi plena confianza al igual que yo la suya —se detuvo unos segundos para aspirar profundamente, que a los dos les pareció una eternidad.

—¿Qué quieres saber de Shambala, Dilgo? —le preguntó Andrew no muy deseoso de dar explicaciones.

—¿Existe?

—Sí —contestó rotundo.

—¿Es realmente una ciudad perdida en el Himalaya?

—No. Shambala está en todas partes y en ninguna. Se encuentra en otra dimensión… —quiso concretar algo más, pero Dilgo ya estaba preguntando de nuevo.

—… Y sus gentes, ¿cómo son?

—Aparentemente, como nosotros pero su evolución tecnológica y mental es alucinante, imposible de comprender muy bien con nuestra mentalidad.

—¿Quiénes son? ¿De dónde vienen?

—A esas preguntas no puedo responder. No lo sé. En más de una ocasión lo he preguntado y siempre he tenido la misma respuesta; “en su momento, Andrew”.

—¿Podemos confiar en ellos?

—Totalmente, Dilgo. Forman un estadio superior al Agarthi y mucho más evolucionado.

El Dalai Lama sonrió ahora satisfecho.

—Bien. Hablemos de tu misión.

—¿Cómo lo sabes?

Taypeck, que había permanecido en silencio, respondió ahora con presteza.

—¡Ha cometido la locura de viajar al lugar donde se celebra el Agarthi, y lo ha hecho solo!

Andrew no se sorprendió en absoluto. La impresionante figura del Dalai Lama le miró como si hubiera sido cogido en falta.

—Tenía que revisar los libros prohibidos —respondió Dilgo, un tanto socarronamente.

 —Sabes que no es conveniente, Dilgo. Conocer cuestiones de un futuro lejano puede conducir a la locura…

—… Y a intuir cual será tú nueva misión, que ya está muy cercana en tu tiempo.

—Lo sé, aunque no en que consiste exactamente.

—Quizá yo pueda darte alguna idea. En los escritos he creído descifrar unos determinados pasajes que ya había presenciado en mi mente hace tiempo y están muy relacionados con los viajes de máquinas por el cielo.

Andrew siempre intuyó que su decisión por hacerse piloto de aviación tendría alguna relación con los hechos del futuro.

—En mi época, hace mucho tiempo que las máquinas surcan los cielos —sonrió jovialmente, mirando a Taypeck—. Hace años que el hombre ha pisado el suelo de la Luna y ya se están enviando pequeñas naves de observación al espacio. No soy capaz de intuir donde puede estar el peligro.

—Sabes que siempre habrá gente como Zhen Tiang dispuesta a conseguir el poder.

Andrew asintió afirmativamente.

—En tu tiempo parece ser que una organización dirigida por un oriental, inmensamente rico, desea llevar a la práctica las teorías de Zhen Tiang. Puede ser algún sucesor suyo que de alguna manera ha conseguido sus manuscritos.

De forma instantánea, el joven recordó las amenazas de Zhen momentos antes de finalizar su conversación y no dudó que la egolatría de aquel personaje le condujera a transmitir a sus descendientes toda su demencial filosofía.

Su mente se encontraba en ebullición pensando de que manera, una potente organización podría ser capaz de amenazar al mundo entero y con mínimas posibilidades de cumplirla. Con bombas atómicas sería impensable. Tendrían que lanzarlas por algún medio y éste, siempre sería detectable a los sofisticados medios de control desde los muchos satélites artificiales que circunvalan constantemente la Tierra. Además, convertirían la Tierra en un lugar inhabitable por la densa radiación.

Se quedó mirando a Dilgo como si estuviese hipnotizado.

—¿Te ocurre algo? —preguntó inquieto Dilgo tras unos segundos de silencio.

Andrew no contestó y se mantuvo en la misma actitud.

—¡Andrew! —le gritó.

Cuando Taypeck se disponía a zarandearlo por los hombros, se dio un manotazo en la frente.

—¡Satélites artificiales! ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? —exclamó sorprendido de la conclusión.

—¿Cómo dices? —preguntaron los dos monjes a la vez.

—Recuerdo que una vez me hablaste de tus visones sobre el futuro al encontrarte en estado de trance o mediante ensoñaciones.

—Así es —respondió Dilgo sin comprender muy bien a donde quiere conducirle el joven.

—Hablaste de máquinas voladoras que sembraban la destrucción, muerte y el caos a su paso al lanzar unos pequeños artefactos que deflagraban sobre el suelo.

Dilgo asintió con la cabeza recordando tales escenas.

—También dijiste que unos rayos de luz procedentes del cielo causaban terroríficos efectos sobre las naciones y que no eran producidos por máquinas. Parecía el Apocalipsis.

—Tengo muy buena memoria, joven occidental. Me estas relatando visiones que se me producen con frecuencia.

Andrew sonrió tristemente. El anciano monje le había proporcionado una idea bastante clara de cómo podría surgir la amenaza y que tuviera visos de ser realidad. Una red de satélites artificiales podría ser el punto de partida.

“A mi regreso tendré que indagar sobre la potencialidad de los rayos láser y su carácter destructivo”, pensó fugazmente, “Geoffrey me pondrá al corriente”.

Intentó explicarles la idea que surgió en su mente. Pudieron comprender el peligro real al que se encontraba sometido el mundo, pero eran incapaces de imaginar como podría llevarse a cabo sin grandes ejércitos devastadores que lo redujeran a cenizas.

Durante unos días, Andrew se estuvo haciendo infinidad de preguntas y trasladándoselas a Dilgo y Taypeck para tener la oportunidad de aclarar más el crucial problema.

También aprovechó el tiempo libre para montar a Bucéfalo, recreándose de nuevo con las habilidades del caballo. Recordó a Tarsis y sintió nostalgia. Le preguntó a Taypeck si tenían noticias de Xian, del Emperador y de la Princesa.

—Sabes que a estas lejanas tierras apenas si llegan noticias. Solamente sabemos que, en la actualidad, corren tiempos de paz alrededor de nuestras fronteras y eso, para nosotros, es más que suficiente.

Añoró Xian, su palacio y a la Princesa Shue. Daba por sentado que ya nunca más volvería a verla personalmente y eso, le producía un sentimiento de profunda tristeza.

Llegó el momento de la partida.

Se reunieron los tres en las habitaciones de Dilgo. Sobre la mesa, el libro y la daga comenzaban a emitir una tenue luz que Taypeck miraba subyugado.

—Siento que en esta ocasión tengas que enfrentarte tú solo a los peligros que te acechan —expresó Dilgo compungido—. Bien sabe Buda que prescindiría de Taypeck si pudiera acompañarte, pero eso no es posible para él.

El joven le escuchó emocionado.

—Presiento que culminarás tu misión con éxito —continuó con voz muy queda— y que retornarás a Potala para hacérnoslo saber. Entonces yo ya seré muy anciano.

Unas finas lágrimas resbalaron por la mejilla del emocionado monje.

—¡Por supuesto que volveré, querido Dilgo —respondió enfático—, no lo dudes!

El rostro de Dilgo expresó la felicidad que, a la vez, sentía en esos momentos.

—El libro permanecerá siempre abierto para ti, incluso después de mi muerte, Taypeck se encargará de ello. Cuando llegue el final de mi existencia los depositará en mi tumba. Allí permanecerán por los siglos, y tú lo sabrás, ya que en tu tiempo ya me están acompañando y lo harán por toda la eternidad. Así lo deseo querido amigo.

—Me encargaré de que así sea Dilgo. Visitaré tu tumba para comprobarlo y hacerte además, un buen regalo. Quiero que mis espadas reposen contigo en esa eternidad.

—Esas espadas están ahora en tu tiempo contigo Andrew.

—¿Cómo lo sabes? —le dijo sorprendido.

—Lo sé, es suficiente. Quiero que las mantengas siempre contigo, al igual que tu libro y tu daga. Cuando se acerque el momento de tu hora, haz que reposen contigo.

Se despidieron efusivamente los tres, fundiéndose en un prolongado abrazo.

Andrew se dispuso a iniciar el regreso llevándose en su mente las imágenes de sus rostros emocionados.

 

De vuelta al trabajo, se reunió con Geoffrey para recabarle toda la información sobre los rayos láser que pudiera facilitarle. Su amigo, acostumbrado a la poca locuacidad de Andrew en algunos temas concretos, optó por no preguntar disponiéndose a prepararle un adecuado informe.

Se puso en contacto con Harry Logan y a última hora de la tarde se encontraban reunidos en una discreta cafetería. Tras unas palabras intrascendentes sobre sus actividades, Andrew fue directamente al grano.

—¿Sabes cuando irá el Presidente a pasar unos días al rancho? —preguntó Andrew, haciendo referencia a Norman Hart, antiguo gobernador de Colorado y actual ocupante de la Casa Blanca.

El gesto de Harry indicó que estaba buscando en su memoria.

—Si no recuerdo mal, hacia finales de noviembre. Es cuando se celebran las mejores carreras de caballos del año. Ya conoces su afición… —se rió divertido—, y la nuestra.

—¿Podrías invitarme para esas fechas?

Harry expresó la sorpresa que le produjeron sus palabras y se movió nervioso.

—¡No sabes lo que me pides! —contestó—. El rancho ahora, parece una fortaleza inexpugnable. Está vigilado día y noche.

—Lo sé —respondió Andrew con premura—. Lo sé y lo comprendo, pero me gustaría que lo intentaras. Necesito hablar con el Presidente de algo de suma importancia y de un riesgo que puede ser inmediato.

Harry pensó que su buen amigo se había vuelto loco bajo la tensión que suponía pilotar nuevos prototipos de aviones y naves espaciales.

—Lo intentaré —respondió de todos modos, tratando de no molestar a su amigo—, ¡pero no te prometo nada! Haremos una invitación formal por parte de mi familia y la pasaremos a protocolo. Ahora nos controlan hasta la niña de los ojos.

Se despidieron, sin gran convencimiento por las dos partes.

Transcurrieron los días sin tener noticia alguna. Pensó que difícilmente se le presentaría la oportunidad de ser recibido por el Presidente, y quizá, el tiempo se estaba agotando y la organización pudiera comenzar a mover sus fichas.

Una llamada de Harry le liberó de la tensión en la que se hallaba inmerso. Estaba invitado a pasar unos días en el rancho coincidiendo con la estancia de Presidente.  Durante las siguientes semanas trabajó a un ritmo frenético. Los ensayos que realizaba juntamente con Geoffrey y O´Brian sobre el desarrollo de un acelerador de ondas electromagnéticas y la preparación de un complicado informe para presentárselo al Presidente, además de su labor como piloto, le dejaban exhausto al final de la jornada, pero unas pocas horas de descanso le devolvían la energía necesaria para continuar al día siguiente con el mismo ritmo.

Gran parte de la preparación recibida en Shambala afluía a su mente y era capaz de resolver los problemas que se le presentaban con rapidez inaudita. En muchas ocasiones dejaba perplejo a Geoffrey, que no entendía como su amigo podía tener unos conocimientos tan altos sobre temas que, incluso él, siendo un especialista, se encontraba con serias dificultades para seguir la línea de sus planteamientos. Lo mismo le ocurría a O’Brian con las cuestiones de vuelo.

A través de sus padres obtuvo una interesante y completa información sobre las organizaciones existentes a nivel mundial, con capacidad económica suficiente como para elaborar el maquiavélico plan de apoderarse del planeta y someterlo a sus deseos. Su sorpresa fue grande al comprobar la existencia de varias de ellas con estas características. La que atrajo de inmediato su atención fue la multinacional “Lao Tiang Organizations”, cuya dedicación principal eran las finanzas y la banca, además de poseer un grupo de empresas de alta capacidad tecnológica en ingeniería aeroespacial.

Al frente, el megalómano Lao Tiang, posible descendiente de Zhen Tiang, era conocido por su insaciable ansia de poder, dirigiendo sus empresas con mano de hierro. Su imperio, manejado directamente por él desde uno de los edificios más emblemáticos de Hong Kong, extendía sus redes por todo el planeta. Incluso la NASA dependía de la organización, comprando componentes de alta tecnología para los ordenadores de las naves espaciales.

Andrew los conocía bien. Dedicaba muchas horas al día en el desarrollo de una miniaeronave espacial con alta capacidad de autonomía. Precisamente, era en este proyecto en el cual, Geoffrey, O’Brian y él, trataban de desarrollar el equipo acelerador de ondas. Los tres se sentían muy satisfechos con los logros conseguidos. Geoffrey era un genio en el campo de la física teórica.

A medida que se acercaba el día de viajar al rancho para poder hablar con el Presidente, Andrew se veía inmerso en un estado de tensión que difícilmente superaba. Tenía que recurrir a los ejercicios de concentración aprendidos en el pasado.

Su mayor preocupación estaba fundada en la irracionalidad de la historia que tendría que contar y que era imposible que el Presidente pudiera llegar a creerse.

Cuando llegó al rancho acompañado de Harry, comprobó la veracidad de las palabras de su amigo. Férreos controles les mantuvieron ocupados bastante tiempo antes de poder acceder al edificio principal.

Sus padres, encantados con la visita del joven, de inmediato le contaron todo lo referente a Furia. Estaban complacidos con el animal a pesar de no encontrar el jockey adecuado. Andrew les pidió permiso para volver a montarlo, a lo que accedieron muy gustosos. El Presidente hizo su aparición a primeras horas de la mañana del día siguiente, con el tiempo justo para poder asistir a la carrera principal de la jornada. Uno de sus mejores caballos participaba en ella.

Pasaron un día muy distendido a pesar de que Andrew tuvo que esforzarse para contener el nerviosismo que le embargaba. Se retiró unos instantes a su habitación para realizar unos ejercicios de concentración y relajación. Invocó a Dilgo y a Maitreya visionándolos en su mente. Instantes después, se encontraba en el salón departiendo con otros invitados y con los nervios muy templados.

Hacia el atardecer pudo charlar unos breves segundos con el Presidente que de inmediato fue abordado por uno de sus colaboradores, desapareciendo de la estancia. Andrew pensó en la oportunidad perdida y si volvería a repetirse. Una media hora más tarde se le acercó un ayudante del Presidente rogándole que le acompañara. El cuerpo de Andrew sufrió una descarga de adrenalina que recorrió todo su cuerpo en milésimas de segundo, pero tan sólo exteriorizó tranquilidad y dominio de sí mismo. Se dirigieron hacia la biblioteca y entraron. Allí se encontraba el Presidente y varias personas más. Esperaron en uno de los laterales de la espaciosa sala hasta que los interlocutores salieron. Segundos después se encontraban los dos solos.

Se sentaron en el amplio y cómodo sofá.

—Adelante, joven —le dijo el Presidente, acompañándose con un movimiento de sus brazos—. Supongo que tendrás algo interesante que contarme después de todas las molestias que has sufrido para llegar hasta mí, y que no será, precisamente, de caballos de carreras.

—Siento, señor Presidente, hacerle perder su valioso tiempo, pero era imprescindible para mí hablar con usted.

Una amplia sonrisa se reflejó en el rostro del Presidente. 

—Me imagino que algo tendrá que ver con tu actividad en la NASA, ¿me equivoco? —y sin esperar respuestas añadió— Soy todo oídos, además, no disponemos de mucho tiempo. Mis colaboradores extienden sus garras y cuando las clavan, es muy difícil desprenderse de ellas. ¡Adelante, Andrew! —le animó con un gesto coloquial.

—Es complicado expresar con palabras cuestiones que, desde el mismo inicio, parecen totalmente inverosímiles. Le ruego señor Presidente que sea paciente conmigo, que lo escuche todo y emita su juicio al final.

Se miraron fijamente, serio Andrew, algo más distendido el Presidente, que creía intuir la importancia de lo que el joven desea transmitirle sin conocer el hecho en sí.

—A lo largo de la historia de la Humanidad, ésta, se ha visto amenazada en algunas ocasiones con un alto riesgo de supervivencia, al menos de una supervivencia tal cual la entendemos en la actualidad.

Inspiró fuertemente y evocó la imagen de Maitreya sabiendo que de una forma u otra, estaría presenciando el desarrollo de la conversación.

—Ahora se encuentra nuevamente amenazada, pero esta vez con un alto riesgo de ser aniquilada, al menos, en un porcentaje muy elevado.

El presidente le miró, reflejando en su rostro el escepticismo que sentía. Sin embargo, se abstuvo de hacer comentario alguno. Tal como dijo el joven al principio, la inverosimilitud de sus palabras no tenían parangón, pero decidió continuar escuchándole, cosa que Andrew le agradeció mentalmente.

“¿Dónde querrá ir a parar este chico?”, pensó tratando de no trasmitir un gesto de duda.

Andrew continuó relatando la existencia de una organización dirigida por un oriental con demasiadas ramificaciones a lo largo de todos los continentes y con una capacidad para generar riqueza fuera de lo común. Su propietario, un genio de las finanzas, no se conformaba con el poder adquirido, deseaba y quería el poder total. Para conseguir sus fines tendría que emplear la fuerza como medio de disuasión y en la actualidad, ya disponía de esa fuerza.

—Creo que exageras, muchacho —le dijo el Presidente, paternalmente—. No dudo de tus palabras en cuanto a los deseos de muchos personajes con ánimos de conseguir poder, pero de ahí a amenazar al mundo entero, media un abismo.

—En la actualidad, los progresos oficiales discurren con lentitud y están cargados de enormes presupuestos que se pierden entre la maraña administrativa, pero no es así en determinados medios privados.

—¿Y…? —inquirió el Presidente.

—A grandes rasgos, señor —continuó Andrew, con gran confianza en sí mismo—, Lao Tiang, dueño y señor de la mencionada organización, dispone de un sofisticado equipo productor de rayos láser cuya capacidad de destrucción todavía es inimaginable, pero no lo dude, terrorífica.

Andrew creyó vislumbrar una chispa de interés en sus ojos y un principio de alerta. Tenía algunas noticias sobre esa posibilidad en la tecnología de los rayos láser pero que, como mucho, se encontraba en sus albores.

—Ahora bien —continuó Andrew—, poseer esta arma no sería un verdadero peligro si no se dispone de la infraestructura adecuada para su utilización. Como ya le he comentado, Lao Tiang controla una serie de empresas  con tecnología aeroespacial suficiente como para diseñar, construir y lanzar al espacio satélites artificiales. Pienso que en estos momentos deben de tener, al menos, cinco de ellos en órbitas geoestacionarias y provistos, cada uno, de un potente equipo generador de rayos láser.

El presidente se movió inquieto en su asiento y su rostro ya comenzó a expresar la seriedad que se estaba apoderando de él.

—Estás seguro de lo que dices, Andrew?

—Muy seguro, señor. Los equipos de rayos láser son capaces de barrer una gran superficie terrestre en muy poco tiempo. Su capacidad de destrucción es enorme. Las bombas disponibles por cualquier potencia mundial son una nadería comparado con sus efectos. En menos tiempo de un día podrían borrar de la faz de la tierra todo ser viviente.

—No puedo creer que nadie en sus cabales pueda llevar a cabo una aberración de ese tipo, y dudo mucho de la capacidad de destrucción que mencionas.

—La capacidad de concentración de energía en un solo punto es increíble —continuó el joven haciendo caso omiso al comentario del Presidente—. Su efecto podríamos compararlo a un pequeñísimo big-bang, pero muy efectivo. En décimas de segundo se desarrollaría una potencia destructiva fuera de toda imaginación. Y es limpia, no tiene contaminación residual alguna.

—¿Cuál crees que podría ser su sistemática de actuación? —preguntó con gran interés.

—De eso, ya no puedo estar seguro, pero me imagino que su megalomanía le llevará a ponerse en contacto con usted para obligarle a reunir el Consejo de las Naciones Unidas y conseguir una rendición incondicional de todos los países del mundo y ponerse a sus pies.

—¡Pero, eso es una locura!

—Lao Tiang está loco, señor.

Andrew le explicó que, en el pasado, más de quinientos años atrás, un ascendiente suyo también tuvo desorbitadas ansias de poder y transmitió su filosofía en unos escritos que ahora posee Lao Tiang y desea llevarlos a buen término. Algo similar habría que buscarlo en la demencia de Hitler y su afán de exterminio hacia todo ser que no perteneciera a la raza aria.

—¿Qué se podría hacer, en el caso de que estés en lo cierto?  —preguntó un tanto inquieto.

Las palabras de Andrew y su seguridad al transmitirlas le habían infundido sentimientos de duda. Quizá con cualquier otra persona, la conversación se hubiera terminado pocos minutos después de haberla iniciado.

—De momento tan sólo cabe esperar. Nuestro objetivo sería localizar los satélites y destruirlos.

—Pero eso es una operación muy difícil. No disponemos de medios para ello, al menos, de momento. Como bien has dicho anteriormente, nuestros avances en tecnología aeroespacial son muy lentos.

Andrew sonrió.

—Se equivoca, señor. Yo dispongo del medio, aunque necesito su autorización para utilizarlo.

El Presidente dudó de nuevo. Sus sentimientos estaban encontrados. Unas veces parecía confiar en el joven y en otras pensaba que estaba rematadamente loco. Él, tampoco debía de encontrarse muy cuerdo cuando estaba manteniendo una inverosímil conversación. Sin embargo, un sexto sentido le decía que debía de obrar con paciencia, y eso trató de hacer.

En dos ocasiones fueron interrumpidos por alguno de sus colaboradores, pero ni los escuchó. Fuera, en la sala, era un hervidero de rumores. No podían entender de qué podrían estar hablando durante tanto tiempo el Presidente y el joven piloto de pruebas. Harry sonreía para sus adentros, sabía que Andrew era un gran tipo, tanto, que era capaz de absorber al Presidente durante un tiempo que preocuparía hasta Wall Street si hubieran estado al tanto de lo que ocurría.

—¿Cómo que tú dispones del medio? —preguntó incrédulo— ¿Qué quieres decir exactamente?

—En la NASA se está trabajando en un prototipo de miniaeronave espacial.

—Sí, lo sé, pero apenas tiene autonomía suficiente para moverse por el espacio.

—Uno de los modelos sí la tendrá.

—¿Cómo puedes saber tú eso, si yo lo desconozco?

Andrew dudó unos instantes. Pensó que declarar su trabajo y el de Geoffrey sobre el acelerador podía suponerles serios problemas. Finalmente comprendió que no debía ocultarle nada.

—Es un experimento que estamos realizando tres personas. Mis conocimientos de aeronáutica y los de física y de navegación de mis compañeros, nos han permitido desarrollar un nuevo sistema de propulsión con resultados muy positivos.

—Volvamos al principio, por favor. ¿De qué forma has adquirido tales conocimientos? Me refiero a esa supuesta organización y a sus ansias de poder.

Se produjo un profundo silencio. Andrew no acertaba muy bien que responder. ¿Cómo podría decirle que quinientos años atrás, un personaje llamado Dilgo Rimpoché Drupa consiguió hacerle viajar en el tiempo, que una noble anciana era la guardiana de la “rueda del tiempo” y que él mismo, tenía unos poderes fuera de lo común? La verdad a secas sonaría lo suficientemente inverosímil como para que el Presidente le enviara ipso-facto a un hospital psiquiátrico de alta seguridad.

—Digamos que… —dudó—, ¿tengo facultades extrasensoriales fuera de lo común?

—Ja, ja… —no pudo reprimirse el Presidente.

—Señor, me gustaría hacerle una demostración.

El Presidente se sintió ahora divertido y su nivel de tensión pareció haber desaparecido.

—¿Y en qué consistirá? —preguntó en tono burlón

—¿Cree usted que alguien puede ver con los ojos de la mente?

—¿Quieres decir ver estando ciego? Vamos, Andrew, ¿cuál es el truco?

Fue Andrew quien esbozó una sonrisa de confianza.

—Si usted quiere, puede atarme las manos a la espalda, vendarme los ojos y decirme que tengo que hacer por difícil que le parezca.

Sin dudarlo, el Presidente se levantó para dirigirse a la puerta dejando un tanto paralizado al joven,  quien pensó que ya se había hartado y abandonaba la biblioteca. Entró su ayudante, le dijo algo en voz baja y poco después abandonó la sala un tanto desconcertado pero con la orden tajante de no decir palabra alguna.

—Ya estamos solos, señor, ¿puedo moverme por la estancia? —preguntó Andrew, después de que el Presidente le atara los brazos a la espalda y cubriera sus ojos con un paño muy grueso.

El Presidente asintió con la cabeza sin mediar palabra y Andrew le dio las gracias, sorprendiéndole. Comenzó a caminar entre el mobiliario de la habitación ante la incrédula mirada del Presidente. Poco después parecía volar. En varias ocasiones se situó en su trayectoria, que Andrew esquivó sin dudarlo un solo instante. En otra ocasión le cerró el paso. Andrew se detuvo delante de él.

—¿Me permite, señor?

El Presidente alzó la mano para indicarle que se mantuviese quieto.

—Como guste, señor —y permaneció estático.

Comenzó a sentir un ligero temor. Tomó un libro de la estantería y se lo acercó después de apagar la luz de la sala. Una semipenumbra les rodeó. Andrew leyó el título sin vacilación alguna, y cuando el Presidente lo abrió por una página cualquiera, inició la lectura con una rapidez superior a la normal, pero totalmente audible.

Tomó una moneda del bolsillo y extendió la mano.

—No puedo cogerla, señor —le dijo Andrew rotundo—, mis manos continúan atadas, pero es una moneda de cincuenta centavos.

—¿Cuál es el truco, Andrew? —exclamó por primera vez desde el inicio de la prueba.

—No hay truco alguno, tan sólo una profunda preparación. No tenemos tiempo para que pueda explicarle muchas cosas, pero no lo dude, la amenaza es real.

El Presidente estaba impresionado y quiso saber más. Finalmente comprendió las razones del joven.

—De acuerdo, Andrew, ¡dejémoslo en este punto! Quiero verte la próxima semana en mi despacho. Recibirás la invitación oficial en unos días. Ya sabes, la gente de seguridad… Prepárate para contármelo todo, si es cierto lo que me has dicho, nos esperan jornadas de tenso trabajo.

Andrew sintió una profunda relajación. Había ganado el primer round. “¡Gracias Maitreya!”, pensó sin darse cuenta. Antes de abandonar la estancia, Andrew le rogó que, de momento, no sería conveniente dar luz a sus comentarios.

—¿A quién podría contar todo esto, muchacho? ¡Me tacharían de loco al igual que a ti! —rió, algo más relajado— ¡Podría costarme la presidencia!

 

  

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