Andrew
inició una alocada carrera nada más
cruzar la enorme entrada del alto edificio. El portero le
miró como siempre, moviendo
la cabeza de un lado a otro y mentalizándose de que la
vitalidad del muchacho
era irrefrenable.
Se
detuvo en varias ocasiones frente a los
escaparates de tiendas con material informático, una de sus
grandes pasiones.
Entró en una de ellas y se dedicó a curiosear a
lo largo de las estanterías. La
tienda, de gran superficie, hacía chaflán con una
calle mucho más pequeña. La
abandonó por una de las salidas situada al fondo.
Ya
en la calle comenzó a caminar absorto sin
darse cuenta de que se iba alejando de la gran avenida. A partir de un
determinado
punto, las edificaciones eran de poca altura y prácticamente
desaparecieron los
comercios espectaculares de la avenida para dar paso a
pequeñas tiendas de
escasa decoración.
Pensó
en regresar cuando se encontró en la
puerta de una pequeña librería en estado ruinoso.
Miró con rapidez el desvencijado
escaparate pensando que, quizá, en años no se
había producido ningún cambio en
él, y sin dudar, abrió la destartalada puerta de
acceso a la tienda. En el
interior, la escasa luz no le impidió ver con claridad todo
el mobiliario y
contenido de la librería. Le produjo la sensación
de permanecer siglos sin
alteración alguna. Por todos los lados se amontonaban libros
aparentemente de
forma desordenada. Pronto
pudo darse
cuenta de que la limpieza en todo el local era absoluta. Ni una brizna
de polvo
depositada sobre los libros, a pesar de que éstos
parecían estar a punto de
deshacerse.
Recorrió
con la mirada todo el establecimiento
en el que, a simple vista, no había nadie. Sin embargo, al
fondo y sentado en
un enorme sillón, un oriental de mediana edad le observaba
impasible. Sus ojos
entrecerrados producían la sensación de que
dormitaba.
Andrew
sintió una extraña desazón aunque de
inmediato dictaminó que no era miedo. El oriental, de
grandes y rasgados ojos,
muy oscuros y cabellera casi rapada al cero, se levantó con
movimientos lentos
y en el rostro una amplia sonrisa. Miraba a Andrew directamente a los
ojos. A
pesar de la poca luz reinante, se asombró del limpio color
verde de los ojos
del muchacho y de la larga cabellera de color dorado que
parecía emitir luz
propia.
La
apariencia del librero le gustó a Andrew.
Un largo y holgado kimono de color rojo con preciosos bordados de
míticos y
sinuosos animales le confería una apariencia de
ensueño. Su sonrisa era
atractiva.
—¿En
qué puedo serviros, señor? —le
preguntó
en un perfecto inglés pero con un característico
y agradable deje oriental.
—Bueno,
ejem... No sé —respondió Andrew no muy
seguro de la razón de su entrada en la tienda—.
Curiosear un poco tal vez. Me
gustan los libros antiguos —agregó aunque no muy
convencido.
—Todo
lo que aquí podéis ver está a vuestra
disposición.
Andrew
comenzó a tocar los libros, primero sin
interés alguno pero, poco a poco, a medida que los iba
abriendo, sintió que se
emocionaba. Algunos de ellos eran preciosos, escritos a mano sin duda
alguna y
con unos grabados de excepcional belleza. Había tenido
ocasión de ver en
diferentes museos, obras muy parecidas a las que ahora estaba ojeando.
El
oriental le observaba atentamente desde un
extremo de la tienda al que se había retirado sin el que
muchacho apenas tuviera
conciencia de ello. Su rostro expresaba una clara
satisfacción. Andrew no fue
capaz de determinar cuanto tiempo había transcurrido desde
su entrada, pero
tuvo la sensación de que fue mucho.
—¿No
encontráis nada que os agrade señor?
–le dijo
en un susurro el oriental, que se había acercado
sigilosamente.
—Al
contrario, me gustan todos —le respondió
el muchacho sin mostrar extrañeza alguna ante su
presencia—. No comprendo muy
bien como puede tener todas estas maravillosas obras en un lugar como
éste. Son
dignas de los mejores museos.
El
oriental agradeció las palabras de Andrew
con una ligera inclinación de cabeza.
—¿Deseáis
comprar alguno, señor? —le preguntó
con un agradable tono de voz.
—¡Los
compraría todos! De verdad, pero me
imagino que cada uno de ellos, debe de costar una fortuna.
Andrew
se ruborizó intensamente al recordar
que apenas llevaba unas monedas en el bolsillo de sus pantalones
vaqueros, cantidad
que le pareció ridícula para poder pagar la
más económica de las obras. Trató de
pedir disculpas al librero por su infantil actitud pero éste
se le adelantó.
—¿Me
disculpáis unos instantes, señor? Regreso
enseguida.
Y
diciendo esto, el oriental se dirigió con
pasos cortos, pero rápidos, hacia el final de la tienda.
Abrió una pequeña
puerta que Andrew no había percibido y se perdió
en su interior. Permaneció
unos instantes dudando entre la conveniencia de salir
rápidamente o esperar al
regreso del librero. No le gustó la primera
opción.
Poco
después volvió a abrirse la puerta dando
paso al oriental portando una caja de madera entre sus manos. Se
acercó nuevamente
hacia Andrew y la depositó a su lado, sobre la mesa y se
llevó las manos hacia
el cuello para quitarse una cadena de oro que sujetaba una llavecita
también
dorada. Sin retirarla de la cadena, se la tendió a Andrew
que la miró sin saber
muy bien que hacer. Tras unos segundos de indecisión la
cogió y la introdujo en
la ranura del cierre.
Miró
de nuevo al oriental que le contemplaba
con una amplia sonrisa en su rostro. Esto le dio ánimos. Con
un pequeño giro de
muñeca abrió la caja.
Andrew
pensó que podría ser abierta sin
necesidad de llave alguna, una pequeña presión y
seguramente saltaría la
cerradura. No hizo comentario alguno. En su interior
contenía un libro que se
ajustaba perfectamente a las dimensiones de la caja.
Con
reverencia y suaves ademanes, el oriental
lo sacó, mostrándoselo. Su mirada
reflejó todo el asombro que le produjo. En
sus manos se encontró con un libro maravillosamente
encuadernado en un material
que, no dudó, de delicadísima piel con
incrustaciones de piedras preciosas,
todas ellas del mismo tamaño y talla pero de diferentes
colores; diamantes,
topacios, zafiros, turquesas..., que despedían un
extraño fulgor a pesar de la
semioscuridad del ambiente.
Andrew
no pudo articular palabra. Estaba
asombrado y nunca pudo imaginar tanta perfección y belleza
en un libro, ¡y sólo
había visto el exterior...! Fue recorriendo su superficie
con la yema de los
dedos, suavemente, con temor a alterar su perfección. A
medida que éstos
avanzaban, sentía una extraña y agradable
sensación en su cuerpo. El oriental
sonreía satisfecho, un ligero fulgor se
desprendía el cuerpo del joven en
armonía con el libro y comprendió que el momento
había llegado.
—¿Os
gusta, señor?
Andrew
no pudo articular palabras y asintió
con la cabeza.
El
oriental guardó un respetuoso silencio
mientras Andrew abría el libro por una página
cualquiera y observaba el gesto
de satisfacción que expresaba el muchacho.
—A
pesar de la aparente fragilidad de la
cerradura, sólo vos podríais abrirla.
El
muchacho le mira incrédulo pero no dijo
nada. Continuó observando con deleite lo que
tenía entre sus manos.
—Podéis
llevároslo —le dijo el oriental tras
un lapsus de tiempo que el muchacho no pudo determinar.
Permanecía de pie, estático
y con las manos juntas a forma de plegaria—. ¡Es
vuestro, “mi señor”!
—Pero...
¿cuánto dinero vale? —pudo articular
Andrew entrecortadamente.
—No
tenéis que pagar nada por algo que os
pertenece, “mi señor” —le
respondió el oriental, manteniendo la misma postura
de respeto—. El libro lleva esperándoos muchos
siglos. Ahora ha alcanzado su
destino, “mi señor”. Fue escrito y
confeccionado para vos.
Andrew
no entendía nada, no salía de su
asombro, pero sí sintió como si el libro le
hubiera pertenecido toda la vida.
—¿Cómo
decís...? —tan sólo pudo articular a
sabiendas de que el librero poco más iba a aclararle.
Por
la misma puerta que antes había utilizado
el librero, accedieron a la estancia dos jóvenes, orientales
también, de rasgos
aniñados y de fuerte complexión. Con ademanes
reverentes, tomaron el libro de
las manos de Andrew y lo introdujeron en la caja de madera. Dieron un
giro a la
llave y se la entregaron sujeta en la cadena de oro. Después
envolvieron la
caja con un papel basto y resistente. Difícilmente nadie
podría hacerse idea
del valor del contenido del paquete.
Andrew
parecía encontrarse flotando. Todavía
no estaba recuperado de su asombro y se limitaba a mirar en silencio,
ora al
oriental, ora al paquete.
—Ellos
os acompañarán, “mi
señor” —y al
comprender el gesto de duda del muchacho, añade—.
No tenéis nada que temer. Al
contrario. Lo harán a prudente distancia. Velarán
para que nada os ocurra.
—Pero...
—No
os preocupéis. Darán la vida por vos si
ello fuese necesario. Más de una vez los veréis
vigilantes. Siempre con discreción.
No hagáis comentario alguno sobre ellos. Son vuestra
seguridad.
Andrew
tomó la caja y abandonó la desvencijada
librería envuelto en una extraña
sensación que le hacía sentirse muy bien.
Comenzó a correr. La gente se le quedaba mirando a su paso y
más de uno
pensaría que se trataba de un ladronzuelo con su preciado
botín huyendo a saber
de quien. De vez en cuando volvía presto la cabeza tratando
de comprobar si le
seguían los orientales.
En
el luminoso cielo de Nueva York comenzaba a
anochecer.
—Andrew,
hijo, ¿dónde has estado toda la
tarde? —le preguntó su madre nada más
verle cruzar la puerta del piso.
Él
la miró sin comprender qué quería
decir. Su
estado de excitación todavía era alto.
Apretó fuertemente la caja que lleva
entre sus manos. Su madre notó su actitud.
—Paseando
mamá —contestó tras
pensárselo un
poco—. Paseando y comprando unas cosas.
Ella
miró el paquete pero se abstuvo de hacer
comentario alguno.
—Tu
padre ha llamado varias veces.
Él
la miró con ojos interrogantes. No era algo
muy habitual.
—Quiere
que le confirmes si vas a acompañarle
en su viaje a Europa —gesticuló con las manos y su
rostro expresó indiferencia—.
Ya sabes, Francia, Alemania y España. Todo eso y en una
semana —sonrió—. Yo de
ti, no iría. Perder clases a estas alturas de curso no creo
que sea positivo.
Andrew
se desplazó a lo largo del pasillo.
—Tienes
razón mamá. En esta ocasión no le
acompaño. Además..., es muy aburrido viajar con
él.
Giró
a la derecha al final del pasillo y desapareció
de la vista de su madre, que con ligeros movimientos de cabeza trataba
de dialogar
consigo misma.
—¡Qué
juventud Señor! —pero sus pensamientos
estaban ocupados con su trabajo habitual al que se dedicaba en cuerpo y
alma. Y
lo hacía muy bien.
El
padre de Andrew era uno de los principales
editores del Estado, empresa familiar por tres generaciones
consecutivas. Sus
perspectivas de continuidad en el negocio se centraban en su hijo
menor, el más
interesado por las letras. Su madre dirigía una
pequeña parte del negocio de
gran relevancia pública. Era responsable de la
edición de una de las revistas
de prensa más leídas del país y con
capacidad para crear o hundir mitos de actualidad.
Los principales cantantes del mundo no le hacían ascos a sus
portadas, al igual
que las actrices de moda. Salir en ella significaba ser alguien.
Andrew
había heredado la sensibilidad de su
madre y la fortaleza de su padre, superándoles a ambos de
forma significativa.
Ya
en el interior de su territorio, su
habitación y su sala de estudio, dejó la caja
sobre la amplia mesa de trabajo
repleta de libros y folios en permanente uso. La miró con
atención y trató de reflexionar
sobre lo que le había sucedido, sintiendo que
quizá había actuado de forma
precipitada e irreflexiva. Sabía que en el interior se
encontraba el hermoso
libro como ningún otro sobre el que hubiera paseado su
vista, y habían sido muchos.
En
más de una catedral europea sintió el tacto
de los enormes pergaminos, adornados de bellísimos dibujos y
escrituras, que tardaron
años en concluirse bajo las especializadas manos de los
monjes recluidos entre
frías piedras de enormes monasterios, en los que la suavidad
de los cánticos
gregorianos incitaban mucho antes del alba y parecían no
tener fin. El tiempo
para ellos no debía de existir.
Cogió
con reverencia la pequeña llave que le
había entregado el oriental y la introdujo en la cerradura.
Estaba ansioso por
ver de nuevo el libro y a la vez sentía un
extraño temor, intuyendo que se
estaba introduciendo en algo desconocido. Levantó la tapa y
en su interior
vislumbró el libro envuelto en un papel de
celofán semitransparente. Con mimo
lo extrajo.
Volvió
a sentirse fascinado ante la belleza y
perfección del repujado multicolor realizado sobre el cuero
que formaba las
tapas del libro. Los adornos y filigranas eran imposibles de captar en
una sola
mirada. Había que recorrer lentamente cada uno de los
trazados que componían
una bella armonía de formas y color. Formas sinuosas
semejando enormes dragones
parecían adquirir vida a medida que sus ojos las iban
recorriendo. Sus dedos se
deslizaban con suavidad sobre los amplios y majestuosos trazados
pretendiendo
captar la vitalidad que emanaban. Sentía la
sensación de que extrañas visiones
se formaban en su mente con tan extraordinaria rapidez que le
impedía
determinar la naturaleza de las mismas. Sus ojos se humedecieron y en
más de
una ocasión tuvo que eliminar de ellos unas
lágrimas que enturbiaban su visión.
Se sentía profundamente emocionado sin llegar a comprender
muy bien la razón.
Alzó
lentamente la tapa y observó que la
primera página era igualmente bella. Una obra de arte. En
medio, su título realizado
con preciosas letras doradas con gran proliferación de
formas y colores que
parecían tener vida propia.
“Un
lugar en el paraíso”
leyó
el título en un idioma extraño.
—¡Latín!
—exclamó sin poder creérselo.
Andrew
había pasado dos años de su corta vida
académica estudiando en Roma y el latín
había sido una de las lenguas obligadas
y que más satisfacción le había
producido. A través de ella, había conocido las
grandes obras de los grandes maestros de la antigüedad,
Cicerón, Séneca,..., en
su lengua vernácula.
Fue
pasando las hojas de una en una, admirando y sorprendiéndose
de la belleza de
la escritura y de las composiciones dibujadas en los
márgenes de las mismas. Su
estado de excitación crecía y su
corazón parecía querer escapar de su cuerpo y
volar con libertad. Algunos de los dibujos le dejaron fascinado.
Representaban
a una joven oriental de extraordinaria belleza vestida con
antiquísimos y
hermosos trajes. En otros dibujos, un joven oriental ataviado de muy
diferentes
maneras, pero en casi todas ellas, representaban vestimentas guerreras.
Sus
ojos despedían un extraño fulgor a medida que
recorría las páginas.
El
tiempo transcurrió volando, al menos, así
se lo pareció cuando la voz de su hermana le
devolvió a la realidad.
—¡Andrew,
la cena está en la mesa! —le gritó
desde algún punto del pasillo.
Mentalmente
dio las gracias al afable oriental
por regalarle aquella joya. No comprendía muy bien las
razones que tuvo para
hacerlo, pero se sintió muy agradecido y no
pretendió analizarlo más
profundamente.
Cenó
con rapidez y sin apenas hablar,
sorprendiendo ligeramente a su familia, pero no le dieron
más importancia.
—Buenas
noches a todos —dijo levantándose
presuroso.
—¿Cómo
te retiras tan pronto, hijo?
Andrew
pasó la mano por el rostro de su madre
mientras se mesaba su rubia cabellera.
—Pienso
madrugar. Tengo muchas cosas atrasadas
que hacer —respondió sin pensárselo
mucho.
Jonathan
le dio una sonora palmada en el
trasero cuando pasó por su lado.
—Buenas
noches, empollón —le dijo en tono
sarcástico.
Andrew
Catherwood era un joven divertido y a
la vez muy estudioso. Siempre tenía tiempo para todo y
además, hacerlo bien.
Alto,
ligeramente musculoso, rubio y con unos
ojos grandes y muy claros. Nunca conseguía pasar
desapercibido. Sus amigos eran
numerosos y le estimaban profundamente. Sabían muy bien que
con Andrew siempre
se podía contar. Travieso, con ingenio, pero en su justa
medida. Nunca provocaba
situaciones conflictivas y sabía salir airoso de ellas
cuando se producían.
Le
gustaba practicar cualquier tipo de
deporte, para los que tenía una habilidad innata. Su sentido
de la estrategia
era amplio y bien desarrollado. Le gustaba jugar al ajedrez, y lo
hacía como un
avanzado especialista. Disfrutaba de la música y con las
películas de acción
siempre y cuando la cualidad imaginativa fuera preponderante. Siempre
se sentía
muy vivo y vital. A veces, a sus amigos les costaba mucho seguir su
acelerado
ritmo.
Cruzó
la puerta de la habitación y de forma
instintiva dio la vuelta a la llave, acción que no
había realizado antes, a
excepción de cuando, más pequeños,
jugaban los tres hermanos.
Con
paso rápido y nervioso se dirigió a la
salita de estudio y con manos trémulas, volvió a
introducir la llave en la
cerradura de la caja para abrirla con rapidez. Retiró el
libro del interior y
cuando lo tuvo ante su vista pareció sentirse más
calmado. Sus ademanes se
transformaron y se tornaron cuidadosos y delicados a pesar de que sus
ojos
continuaban mostrando ese estado febril que le embargaba.
Encendió
la lámpara de sobremesa apagando el
resto de las luces de la sala y las del dormitorio. A su alrededor todo
era
penumbra. La lámpara iluminaba directamente el libro y
parcialmente su rostro,
en el que se formaron unas fuertes sombras confiriéndole un
extraño aspecto. Su
respiración era agitada. Volvió a pasar
delicadamente sus dedos sobre la
cubierta. A veces cerraba los ojos y sentía la
sensación de que continuaba
viéndola. Mil imágenes se formaron en su mente
sin orden ni concierto.
Tomó
una de sus libretas, todavía intacta y la
colocó al lado del libro, abierta por la primera
página. Con un rotulador rojo
escribió en el encabezado “Notas de
traducción: Un lugar en el paraíso”.
Después
inició la lectura del libro. Al principio leía
muy despacio y en voz alta.
A
medida que avanzaba, lo hacía con más
fluidez. A veces escribía en la libreta sin apenas mirarla.
Su mano derecha
parecía volar sobre ella. Si hubiese prestado
atención a lo que estaba haciendo,
habría reparado en la casi ilegibilidad del texto, pero se
centraba en la
lectura. Sentía una gran energía en todo su
cuerpo, incapaz de controlarla se
movía con gestos erráticos y sin apenas darse
cuenta, arrancaba las hojas del
cuaderno a medida que las llenaba con anotaciones y las
esparcía por la mesa,
algunas de ellas terminaron en el suelo.
Sintió
deseos de tomar café, dirigiéndose a la
cocina para prepararlo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el
espacio que
se veía bajo la tenue luz de la lámpara
parecía haber sido arrasado por un
huracán. Trató de serenarse y con ademanes
taimados pero muy tensos,
obligándose a actuar así, fue recogiendo los
papeles escritos y ordenándolos.
“¿Cómo
es posible que escriba de esta forma?”,
pensó cuando deslizó su mirada sobre ellos. Su
letra solía ser muy legible,
incluso cuando lo hacía con rapidez.
Se
mesó el pelo reiteradamente. Trataba de
ganar tiempo aunque sin saber muy bien a qué.
—¿Qué
me está pasando? —se preguntó en un
tono
de voz que a él mismo le sorprendió.
Caminó
alrededor de la mesa con un exacerbado
nerviosismo. Sus palabras se desvanecieron con un extraño
eco. Volvió a tomar
asiento delante del libro zambulléndose en él con
avidez. Trató de poner en
orden sus ideas. Quiso continuar con la lectura, pero no deseaba
alertar a su
familia con una actividad inusual en él. Decidió
dejarla.
Al
día siguiente fue a clase como era
habitual. Miró su reloj de pulsera y pudo comprobar que se
estaba haciendo
tarde, y la primera la dio por perdida. Con algo de premura,
podría asistir a
todas las demás.
La
mañana transcurrió casi exactamente igual
que la tarde y los días siguientes, sólo los
diferenciaba la inquietud que le embarga,
incluso, de forma inconsciente. Sus compañeros no apreciaron
nada extraño en
él, que a pesar de encontrarse algo más
silencioso que de costumbre, su
comportamiento se alejaba bien poco de lo que era habitual.
A
medida que se acercaba la hora de retirada,
esa inquietud fue en aumento. Pensaba, cada vez con más
fuerza, en el libro y
en su contenido. En el recorrido de vuelta hacia casa trató
de serenarse, cosa
que iba consiguiendo con lentitud. La proximidad del libro
parecía infundirle
un nuevo estado de ánimo. A pesar de todo, nada
más bajarse del autobús caminó
con paso rápido para entrar en el amplio hall de su edificio
como una bala.
El
conserje le miró extrañado moviendo la
cabeza de un lado a otro pensando en lo extravagante que era la
juventud de hoy
en día. Cruzó la puerta de su casa respirando
entrecortadamente, no tanto por
el ejercicio realizado como por la tensión a la que se
encontraba sometido. En
medio del pasillo se detuvo.
—¿Qué
me está pasando? —se preguntó en voz
alta por enésima vez.
Trató
de razonar, pero las ansias de tocar de
nuevo las tapas y leer sus escritos fueron superiores a cualquier otro
tipo de
raciocinio. Parecía sentirse como un pequeño con
juguetes nuevos el día de Papá
Noel.
—¡Ya
estoy en casa! —gritó, y sin detenerse,
se dirigió directamente a su habitación.
Sin
dudar un solo instante entró en la salita
de estudio para comprobar que la caja conteniendo el libro se
encontraba a buen
recaudo en uno de los cajones del armario biblioteca y protegido con
llave.
Poco después se tomó una reconfortante ducha de
agua caliente que relajó sus
músculos, calmando su nerviosismo.
Transcurrieron
varios días sin que pudiera
continuar con la lectura del libro. Parecía que los hados,
si hubiera creído en
ellos, se hubieran vuelto en su contra y apenas le dejaban tiempo para
nada.
Tenía por delante un largo fin de semana, y en esta
ocasión, pensaba dedicar
todos los minutos posibles a su “joya”, como ya
mentalmente la denominaba.
Trató
de actuar con normalidad, cuestión que
no le fue nada difícil de conseguir. Su carácter,
abierto por naturaleza, le
impedía mantenerse mucho rato en silencio. Nadie se
percató de que en su
interior existía una especie de huracán que
necesitaba calmar y sólo existía
una forma.
El
viernes anunció durante la cena que pensaba
pasar la noche y el fin de semana estudiando. No quería que
nadie le molestara
mientras dormía. Sus palabras se dirigían
fundamentalmente a su hermana, que
aprovechaba cualquier ocasión para estar con él y
poder contarle sus extrañas andanzas
por las tiendas de moda de la calle noventa y cinco.
Esperó
durante un tiempo hasta comprobar que
todos dormían. Entonces cerró la puerta de su
habitación y pasó a la sala de
estudio. Fue apartando todo lo que estaba ocupando la mesa; libros,
libretas,
equipos de dibujo, revistas, etc. Por primera vez en mucho tiempo pudo
contemplar la mesa totalmente vacía y comprobar lo amplia
que era.
Comenzó
a darse cuenta de la violencia con que
palpitaba su corazón. Parecía desbocado.
Trató de serenarse y su sentido
crítico le decía que no había
razón alguna para encontrarse en ese estado. Pero
su sentido emocional sí estaba desbordado.
Tomó
el libro con ademanes pausados, como si
estuviera ejercitando un determinado ritual. Sus ojos brillaban
extraordinariamente. Lo extrajo de la caja con un mimo reverencial para
dejarlo
posteriormente sobre la mesa. Sus dedos volvieron a recorrer las
filigranas
dibujadas en la portada, sintiendo mil sensaciones imposibles de
describir.
Creía ver imágenes sucediéndose a una
velocidad de vértigo, sin poder
definirlas y mucho menos, comprenderlas.
Lo
abrió por la página en la que había
dejado
su lectura. Fijó su mirada en el párrafo inicial,
pero lo pensó mejor y decidió
volver al principio sintiendo la necesidad de comenzar a leerlo de
nuevo. Acercó
las notas que había realizado en la anterior lectura,
dejó al lado el
diccionario de latín y se dispuso a comenzar. La misma
emoción que se apoderó
de él la primera vez, hizo acto de presencia en su estado de
ánimo. Inició la
lectura pausadamente, recreándose en las frases escritas en
la inigualable
lengua de los romanos.
Tuvo
la sensación de conocer el texto de
memoria.
—¡Es
una historia magnífica, proverbial!
—exclamó frotándose los ojos, que ya se
encontraban un tanto enrojecidos.
Su
mirada, distraída momentáneamente,
alcanzó
a ver el reloj de pared tenuemente iluminado por la luz de la
pequeña lamparita
de sobremesa.
Las
cinco de la madrugada.
—¡Santo
Cielo, cómo vuela el tiempo! –exclamó
sorprendido.
Si
no fuera por el escozor que sentía en los
ojos hubiera pensado que apenas había transcurrido una hora
desde que se sentó,
cuando ya sobrepasaban las seis.
Se
levantó del asiento y comenzó a caminar
alrededor de la mesa. Despacio, muy despacio, mientras trataba de
organizar su
mente.
—La
historia que relata es muy bella.
¡Diablos, sí lo es! —exclamó
sin poder controlarse.
Se
detuvo.
—Pero,
¿por qué tiene que afectarme de este
modo? —se dijo, gesticulando con las manos.
No
podía entender el gran atractivo que el
libro ejercía sobre él. Tenía la
sensación de que le llamaba, le atraía y le
hacía ver y pensar cosas que no entendía, muy
desordenadas y que discurrían a
gran velocidad. Su mente, a veces, parecía estar desbocada
pasando de un estado
de alegría a otro de temor con vertiginosa rapidez.
Sentía que su estómago
comenzaba a encogerse. Tuvo extraños presentimientos y
pretendió entender que
insólita locura se estaba apoderando de él.
—¿Será
un libro de magia? —se preguntó en voz
alta y sonora, tratando de descargar el temor que sentía.
Sin
darse cuenta, se dirigió hacia el cuarto
de baño. Una vez allí abrió el grifo
de agua fría y colocó la cabeza debajo del
fuerte chorro. Un estremecimiento recorrió su cuerpo pero
mantuvo la posición
durante unos instantes. Después alzó la cabeza
con violencia. Su cabello,
empapado de agua, describió un círculo salpicando
de agua el enorme espejo, el
techo y la pared opuesta. Pareció sentirse mejor con la
pequeña chiquillada que
había realizado. Sin apenas secarse, regresó a la
sala de estudio para continuar
la lectura.
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