RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O    I I
EL PODER DEL LIBRO


 

Andrew inició una alocada carrera nada más cruzar la enorme entrada del alto edificio. El portero le miró como siempre, moviendo la cabeza de un lado a otro y mentalizándose de que la vitalidad del muchacho era irrefrenable.

Se detuvo en varias ocasiones frente a los escaparates de tiendas con material informático, una de sus grandes pasiones. Entró en una de ellas y se dedicó a curiosear a lo largo de las estanterías. La tienda, de gran superficie, hacía chaflán con una calle mucho más pequeña. La abandonó por una de las salidas situada al fondo.

Ya en la calle comenzó a caminar absorto sin darse cuenta de que se iba alejando de la gran avenida. A partir de un determinado punto, las edificaciones eran de poca altura y prácticamente desaparecieron los comercios espectaculares de la avenida para dar paso a pequeñas tiendas de escasa decoración.

Pensó en regresar cuando se encontró en la puerta de una pequeña librería en estado ruinoso. Miró con rapidez el desvencijado escaparate pensando que, quizá, en años no se había producido ningún cambio en él, y sin dudar, abrió la destartalada puerta de acceso a la tienda. En el interior, la escasa luz no le impidió ver con claridad todo el mobiliario y contenido de la librería. Le produjo la sensación de permanecer siglos sin alteración alguna. Por todos los lados se amontonaban libros, aparentemente, de forma desordenada.  Pronto pudo darse cuenta de que la limpieza en todo el local era absoluta. Ni una brizna de polvo depositada sobre los libros, a pesar de que éstos parecían estar a punto de deshacerse.

Recorrió con la mirada todo el establecimiento en el que, a simple vista, no había nadie. Sin embargo, al fondo y sentado en un enorme sillón, un oriental de mediana edad le observaba impasible. Sus ojos entrecerrados producían la sensación de que dormitaba.

Andrew sintió una extraña desazón aunque de inmediato dictaminó que no era miedo. El oriental, de grandes y rasgados ojos, muy oscuros y cabellera casi rapada al cero, se levantó con movimientos lentos y en el rostro una amplia sonrisa. Miraba a Andrew directamente a los ojos. A pesar de la poca luz reinante, se asombró del limpio color verde de los ojos del muchacho y de la larga cabellera de color dorado que parecía emitir luz propia.

La apariencia del librero le gustó a Andrew. Un largo y holgado kimono de color rojo con preciosos bordados de míticos y sinuosos animales le confería una apariencia de ensueño. Su sonrisa era atractiva.

—¿En qué puedo serviros, señor? —le preguntó en un perfecto inglés pero con un característico y agradable deje oriental.

—Bueno, ejem... No sé —respondió Andrew, no muy seguro de la razón de su entrada en la tienda—. Curiosear un poco tal vez. Me gustan los libros antiguos —agregó, aunque no muy convencido.

—Todo lo que aquí podéis ver, está a vuestra disposición.

Andrew comenzó a tocar los libros, primero sin interés alguno pero, poco a poco, a medida que los iba abriendo, sintió que se emocionaba. Algunos de ellos eran preciosos, manuscritos sin duda alguna y con unos grabados de excepcional belleza. Había tenido ocasión de ver en diferentes museos, obras muy parecidas a las que ahora estaba ojeando.

El oriental le observaba, atentamente, desde un extremo de la tienda al que se había retirado, sin el que muchacho apenas tuviera conciencia de ello. Su rostro expresaba una clara satisfacción. Andrew no fue capaz de determinar cuanto tiempo había transcurrido desde su entrada, pero tuvo la sensación de que fue mucho.

—¿No encontráis nada que os agrade señor? –le dijo en un susurro el oriental, que se había acercado sigilosamente.

—Al contrario, me gustan todos —le respondió el muchacho, sin mostrar extrañeza alguna ante su presencia—. No comprendo muy bien como puede tener todas estas maravillosas obras en un lugar como éste. Son dignas de los mejores museos.

El oriental agradeció las palabras de Andrew con una ligera inclinación de cabeza.

—¿Deseáis comprar alguno, señor? —le preguntó con un agradable tono de voz.

—¡Los compraría todos! De verdad, pero me imagino que cada uno de ellos, debe de costar una fortuna.

Andrew se ruborizó intensamente al recordar que apenas llevaba unas monedas en el bolsillo de sus pantalones vaqueros, cantidad que le pareció ridícula para poder pagar la más económica de las obras. Trató de pedir disculpas al librero por su infantil actitud pero éste se le adelantó.

—¿Me disculpáis unos instantes, señor? Regreso enseguida.

Y diciendo esto, el oriental se dirigió con pasos cortos, pero rápidos, hacia el final de la tienda. Abrió una pequeña puerta que Andrew no había percibido y se perdió en su interior. Permaneció unos instantes dudando entre la conveniencia de salir rápidamente o esperar al regreso del librero. No le gustó la primera opción.

Poco después volvió a abrirse la puerta dando paso al oriental portando una caja de madera entre sus manos. Se acercó nuevamente hacia Andrew y la depositó a su lado, sobre la mesa y se llevó las manos hacia el cuello para quitarse una cadena de oro que sujetaba una llavecita también dorada. Sin retirarla de la cadena, se la tendió a Andrew que la miró sin saber muy bien que hacer. Tras unos segundos de indecisión la cogió y la introdujo en la ranura del cierre.

Miró de nuevo al oriental que le contemplaba con una amplia sonrisa en su rostro. Esto le dio ánimos. Con un pequeño giro de muñeca abrió la caja.

Andrew pensó que podría ser abierta sin necesidad de llave alguna, una pequeña presión y seguramente saltaría la cerradura. No hizo comentario alguno. En su interior contenía un libro que se ajustaba perfectamente a las dimensiones de la caja.

Con reverencia y suaves ademanes, el oriental lo sacó, mostrándoselo. Su mirada reflejó todo el asombro que le produjo. En sus manos se encontró con un libro maravillosamente encuadernado en un material que, no dudó, de delicadísima piel con incrustaciones de piedras preciosas, todas ellas del mismo tamaño y talla pero de diferentes colores; diamantes, topacios, zafiros, turquesas..., que despedían un extraño fulgor a pesar de la semioscuridad del ambiente.

Andrew no pudo articular palabra. Estaba asombrado y nunca pudo imaginar tanta perfección y belleza en un libro, ¡y sólo había visto el exterior...! Fue recorriendo su superficie con la yema de los dedos, suavemente, con temor a alterar su perfección. A medida que éstos avanzaban, sentía una extraña y agradable sensación en su cuerpo. El oriental sonreía satisfecho, un ligero fulgor se desprendía el cuerpo del joven en armonía con el libro y comprendió que el momento había llegado.

—¿Os gusta, señor?

Andrew no pudo articular palabras y asintió con la cabeza.

El oriental guardó un respetuoso silencio mientras Andrew abría el libro por una página cualquiera y observaba el gesto de satisfacción que expresaba el muchacho.

—A pesar de la aparente fragilidad de la cerradura, sólo vos podríais abrirla.

El muchacho le miró incrédulo pero no dijo nada. Continuó observando con deleite lo que tenía entre sus manos.

—Podéis llevároslo —le dijo el oriental, tras un lapsus de tiempo que el muchacho no pudo determinar. Permanecía de pie, estático y con las manos juntas—. ¡Es vuestro, “mi señor”!

—Pero... ¿cuánto dinero vale? —pudo articular Andrew entrecortadamente.

—No tenéis que pagar nada por algo que os pertenece, “mi señor” —le respondió el oriental, manteniendo la misma postura de respeto—. El libro lleva esperándoos muchos siglos. Ahora ha alcanzado su destino, “mi señor”. Fue escrito y confeccionado para vos.

Andrew no entendía nada, no salía de su asombro, pero sí sintió como si el libro le hubiera pertenecido toda la vida.

—¿Cómo decís...? —tan sólo pudo articular, a sabiendas de que el librero poco más iba a aclararle.

Por la misma puerta que antes había utilizado el librero, accedieron a la estancia dos jóvenes, orientales también, de rasgos aniñados y de fuerte complexión. Con ademanes reverentes, tomaron el libro de las manos de Andrew y lo introdujeron en la caja de madera. Dieron un giro a la llave y se la entregaron sujeta en la cadena de oro. Después envolvieron la caja con un papel basto y resistente. Difícilmente nadie podría hacerse idea del valor del contenido del paquete.

Andrew parecía encontrarse flotando. Todavía no estaba recuperado de su asombro y se limitaba a mirar en silencio, ora al oriental, ora al paquete.

—Ellos os acompañarán, “mi señor” —y al comprender el gesto de duda del muchacho, añadió—. No tenéis nada que temer. Al contrario. Lo harán a prudente distancia. Velarán para que nada os ocurra.

—Pero...

—No os preocupéis. Darán la vida por vos si ello fuese necesario. Más de una vez los veréis vigilantes. Siempre con discreción. No hagáis comentario alguno sobre ellos. Son vuestra seguridad.

Andrew tomó la caja y abandonó la desvencijada librería envuelto en una extraña sensación que le hacía sentirse muy bien. Comenzó a correr. La gente se le quedaba mirando a su paso y más de uno pensaría que se trataba de un ladronzuelo con su preciado botín huyendo a saber de quien. De vez en cuando volvía presto la cabeza tratando de comprobar si le seguían los orientales.

En el luminoso cielo de Nueva York comenzaba a anochecer.

—Andrew, hijo, ¿dónde has estado toda la tarde? —le preguntó su madre nada más verle cruzar la puerta del piso.

Él la miró sin comprender qué quería decir. Su estado de excitación todavía era alto. Apretó fuertemente la caja que lleva entre sus manos. Su madre notó su actitud.

—Paseando, mamá —contestó tras pensárselo un poco—. Paseando y comprando unas cosas.

Ella miró el paquete pero se abstuvo de hacer comentario alguno.

—Tu padre ha llamado varias veces.

Él la miró con ojos interrogantes. No era algo muy habitual.

—Quiere que le confirmes si vas a acompañarle en su viaje a Europa —gesticuló con las manos y su rostro expresó indiferencia—. Ya sabes, Francia, Alemania y España. Todo eso y en una semana —sonrió—. Yo de ti, no iría. Perder clases a estas alturas de curso no creo que sea positivo.

Andrew se desplazó a lo largo del pasillo.

—Tienes razón mamá. En esta ocasión no le acompaño. Además..., es muy aburrido viajar con él.

Giró a la derecha al final del pasillo y desapareció de la vista de su madre que, con ligeros movimientos de cabeza, trataba de dialogar consigo misma.

—¡Qué juventud, Señor! —pero sus pensamientos estaban ocupados con su trabajo habitual al que se dedicaba en cuerpo y alma. Y lo hacía muy bien.

El padre de Andrew era uno de los principales editores del Estado, empresa familiar por tres generaciones consecutivas. Sus perspectivas de continuidad en el negocio se centraban en su hijo menor, el más interesado por las letras. Su madre dirigía una pequeña parte del negocio de gran relevancia pública. Era responsable de la edición de una de las revistas de prensa más leídas del país y con capacidad para crear o hundir mitos de actualidad. Los principales cantantes del mundo no le hacían ascos a sus portadas, al igual que las actrices de moda. Salir en ella significaba ser alguien.

Andrew había heredado la sensibilidad de su madre y la fortaleza de su padre, superándoles a ambos de forma significativa.

Ya en el interior de su territorio, su habitación y su sala de estudio, dejó la caja sobre la amplia mesa de trabajo repleta de libros y folios en permanente uso. La miró con atención y trató de reflexionar sobre lo que le había sucedido, sintiendo que quizá había actuado de forma precipitada e irreflexiva. Sabía que en el interior se encontraba el hermoso libro, como ningún otro sobre el que hubiera paseado su vista, y habían sido muchos.

En más de una catedral europea sintió el tacto de los enormes pergaminos, adornados de bellísimos dibujos y escrituras, que tardaron años en concluirse bajo las especializadas manos de los monjes recluidos entre frías piedras de enormes monasterios, en los que la suavidad de los cánticos gregorianos incitaban mucho antes del alba y parecían no tener fin. El tiempo para ellos no debía de existir.

Cogió con reverencia la pequeña llave que le había entregado el oriental y la introdujo en la cerradura. Estaba ansioso por ver de nuevo el libro y a la vez sentía un extraño temor, intuyendo que se estaba introduciendo en algo desconocido. Levantó la tapa y en su interior vislumbró el libro envuelto en un papel de celofán semitransparente. Con mimo lo extrajo.

Volvió a sentirse fascinado ante la belleza y perfección del repujado multicolor realizado sobre el cuero que formaba las tapas del libro. Los adornos y filigranas eran imposibles de captar en una sola mirada. Había que recorrer lentamente cada uno de los trazados que componían una bella armonía de formas y color. Formas sinuosas semejando enormes dragones, parecían adquirir vida a medida que sus ojos las iban recorriendo. Sus dedos se deslizaban con suavidad sobre los amplios y majestuosos trazados pretendiendo captar la vitalidad que emanaban. Sentía la sensación de que extrañas visiones se formaban en su mente con tan extraordinaria rapidez que le impedía determinar la naturaleza de las mismas. Sus ojos se humedecieron y en más de una ocasión tuvo que eliminar de ellos unas lágrimas que enturbiaban su visión. Se sentía profundamente emocionado sin llegar a comprender muy bien la razón.

Alzó lentamente la tapa y observó que la primera página era igualmente bella. Una obra de arte. En medio, su título realizado con preciosas letras doradas con gran proliferación de formas y colores que parecían tener vida propia.

Un lugar en el paraíso

Leyó el título en un idioma extraño.

—¡Latín! —exclamó sin poder creérselo.

Andrew había pasado dos años de su corta vida académica estudiando en Roma y el latín había sido una de las lenguas obligadas y que más satisfacción le había producido. A través de ella, había conocido las grandes obras de los grandes maestros de la antigüedad, Cicerón, Séneca,..., en su lengua vernácula.

 Fue pasando las hojas de una en una, admirando y sorprendiéndose de la belleza de la escritura y de las composiciones dibujadas en los márgenes de las mismas. Su estado de excitación crecía y su corazón parecía querer escapar de su cuerpo y volar con libertad. Algunos de los dibujos le dejaron fascinado. Representaban a una joven oriental de extraordinaria belleza vestida con antiquísimos y hermosos trajes. En otros dibujos, un joven oriental ataviado de muy diferentes maneras, pero en casi todas ellas, representaban vestimentas guerreras. Sus ojos despedían un extraño fulgor a medida que recorría las páginas.

El tiempo transcurrió volando, al menos, así se lo pareció cuando la voz de su hermana le devolvió a la realidad.

—¡Andrew, la cena está en la mesa! —le gritó desde algún punto del pasillo.

Mentalmente dio las gracias al afable oriental por regalarle aquella joya. No comprendía muy bien las razones que tuvo para hacerlo, pero se sintió muy agradecido y no pretendió analizarlo más profundamente.

Cenó con rapidez y sin apenas hablar, sorprendiendo ligeramente a su familia, pero no le dieron más importancia.

—Buenas noches a todos —dijo, levantándose presuroso.

—¿Cómo te retiras tan pronto, hijo?

Andrew pasó la mano por el rostro de su madre mientras se mesaba su rubia cabellera.

—Pienso madrugar. Tengo muchas cosas atrasadas que hacer —respondió sin pensárselo mucho.

Jonathan le dio una sonora palmada en el trasero cuando pasó por su lado.

—Buenas noches, empollón —le dijo en tono sarcástico.

Andrew Catherwood era un joven divertido y a la vez muy estudioso. Siempre tenía tiempo para todo y además, hacerlo bien.

Alto, ligeramente musculoso, rubio y con unos ojos grandes y muy claros. Nunca conseguía pasar desapercibido. Sus amigos eran numerosos y le estimaban profundamente. Sabían muy bien que con Andrew siempre se podía contar. Travieso, con ingenio, pero en su justa medida. Nunca provocaba situaciones conflictivas y sabía salir airoso de ellas cuando se producían.

Le gustaba practicar cualquier tipo de deporte, para los que tenía una habilidad innata. Su sentido de la estrategia era amplio y bien desarrollado. Le gustaba jugar al ajedrez, y lo hacía como un avanzado especialista. Disfrutaba de la música y con las películas de acción siempre y cuando la cualidad imaginativa fuera preponderante. Siempre se sentía muy vivo y vital. A veces, a sus amigos les costaba mucho seguir su acelerado ritmo.

Cruzó la puerta de la habitación y de forma instintiva dio la vuelta a la llave, acción que no había realizado antes, a excepción de cuando, más pequeños, jugaban los tres hermanos.

Con paso rápido y nervioso se dirigió a la salita de estudio y con manos trémulas, volvió a introducir la llave en la cerradura de la caja para abrirla con rapidez. Retiró el libro del interior y cuando lo tuvo ante su vista pareció sentirse más calmado. Sus ademanes se transformaron y se tornaron cuidadosos y delicados a pesar de que sus ojos continuaban mostrando ese estado febril que le embargaba.

Encendió la lámpara de sobremesa apagando el resto de las luces de la sala y las del dormitorio. A su alrededor todo era penumbra. La lámpara iluminaba directamente el libro y parcialmente su rostro, en el que se formaron unas fuertes sombras confiriéndole un extraño aspecto. Su respiración era agitada. Volvió a pasar delicadamente sus dedos sobre la cubierta. A veces cerraba los ojos y sentía la sensación de que continuaba viéndola. Mil imágenes se formaron en su mente sin orden ni concierto.

Tomó una de sus libretas, todavía intacta y la colocó al lado del libro, abierta por la primera página. Con un rotulador rojo escribió en el encabezado “Notas de traducción: Un lugar en el paraíso”. Después inició la lectura del libro. Al principio leía muy despacio y en voz alta. 

A medida que avanzaba, lo hacía con más fluidez. A veces escribía en la libreta sin apenas mirarla. Su mano derecha parecía volar sobre ella. Si hubiese prestado atención a lo que estaba haciendo, habría reparado en la casi ilegibilidad del texto, pero se centraba en la lectura. Sentía una gran energía en todo su cuerpo, incapaz de controlarla se movía con gestos erráticos y sin apenas darse cuenta, arrancaba las hojas del cuaderno a medida que las llenaba con anotaciones y las esparcía por la mesa, algunas de ellas terminaron en el suelo.

Sintió deseos de tomar café, dirigiéndose a la cocina para prepararlo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el espacio que se veía bajo la tenue luz de la lámpara parecía haber sido arrasado por un huracán. Trató de serenarse y con ademanes sosegados pero muy tensos, obligándose a actuar así, fue recogiendo los papeles escritos y ordenándolos.

“¿Cómo es posible que escriba de esta forma?”, pensó cuando deslizó su mirada sobre ellos. Su letra solía ser muy legible, incluso cuando lo hacía con rapidez.

Se mesó el pelo reiteradamente. Trataba de ganar tiempo aunque sin saber muy bien a qué.

—¿Qué me está pasando? —se preguntó y en un tono de voz que a él mismo le sorprendió.

Caminó alrededor de la mesa con un exacerbado nerviosismo. Sus palabras se desvanecieron con un extraño eco. Volvió a tomar asiento delante del libro zambulléndose en él con avidez. Trató de poner en orden sus ideas. Quiso continuar con la lectura, pero no deseaba alertar a su familia con una actividad inusual en él. Decidió dejarla.

Al día siguiente fue a clase como era habitual. Miró su reloj de pulsera y pudo comprobar que se estaba haciendo tarde, y la primera la dio por perdida. Con algo de premura, podría asistir a todas las demás.

La mañana transcurrió casi exactamente igual que la tarde y los días siguientes, sólo los diferenciaba la inquietud que le embarga, incluso, de forma inconsciente. Sus compañeros no apreciaron nada extraño en él, que a pesar de encontrarse algo más silencioso que de costumbre, su comportamiento se alejaba bien poco de lo que era habitual.

A medida que se acercaba la hora de retirada, esa inquietud fue en aumento. Pensaba, cada vez con más fuerza, en el libro y en su contenido. En el recorrido de vuelta hacia casa trató de serenarse, cosa que iba consiguiendo con lentitud. La proximidad del libro parecía infundirle un nuevo estado de ánimo. A pesar de todo, nada más bajarse del autobús caminó con paso rápido para entrar en el amplio hall de su edificio como una bala.

El conserje le miró extrañado moviendo la cabeza de un lado a otro pensando en lo extravagante que era la juventud de hoy en día. Cruzó la puerta de su casa respirando entrecortadamente, no tanto por el ejercicio realizado como por la tensión a la que se encontraba sometido. En medio del pasillo se detuvo.

—¿Qué me está pasando? —se preguntó en voz alta por enésima vez.

Trató de razonar, pero las ansias de tocar de nuevo las tapas y leer sus escritos fueron superiores a cualquier otro tipo de raciocinio. Parecía sentirse como un pequeño con juguetes nuevos el día de Papá Noel.

—¡Ya estoy en casa! —gritó, y sin detenerse se dirigió directamente a su habitación.

Sin dudar un solo instante entró en la salita de estudio para comprobar que la caja conteniendo el libro se encontraba a buen recaudo en uno de los cajones del armario biblioteca y protegido con llave. Poco después se tomó una reconfortante ducha de agua caliente que relajó sus músculos, calmando su nerviosismo.

Transcurrieron varios días sin que pudiera continuar con la lectura del libro. Parecía que los hados, si hubiera creído en ellos, se hubieran vuelto en su contra y apenas le dejaban tiempo para nada. Tenía por delante un largo fin de semana, y en esta ocasión, pensaba dedicar todos los minutos posibles a su “joya”, como ya mentalmente la denominaba.

Trató de actuar con normalidad, cuestión que no le fue nada difícil de conseguir. Su carácter, abierto por naturaleza, le impedía mantenerse mucho rato en silencio. Nadie se percató de que en su interior existía una especie de huracán que necesitaba calmar y sólo existía una forma.

El viernes anunció durante la cena que pensaba pasar la noche y el fin de semana estudiando. No quería que nadie le molestara mientras dormía. Sus palabras se dirigían fundamentalmente a su hermana, que aprovechaba cualquier ocasión para estar con él y poder contarle sus extrañas andanzas por las tiendas de moda de la calle noventa y cinco.

Esperó durante un tiempo hasta comprobar que todos dormían. Entonces cerró la puerta de su habitación y pasó a la sala de estudio. Fue apartando todo lo que estaba ocupando la mesa; libros, libretas, equipos de dibujo, revistas, etc. Por primera vez en mucho tiempo pudo contemplar la mesa totalmente vacía y comprobar lo amplia que era.

Comenzó a darse cuenta de la violencia con que palpitaba su corazón. Parecía desbocado. Trató de serenarse y su sentido crítico le decía que no había razón alguna para encontrarse en ese estado. Pero su sentido emocional sí estaba desbordado.

Tomó el libro con ademanes pausados, como si estuviera ejercitando un determinado ritual. Sus ojos brillaban extraordinariamente. Lo extrajo de la caja con un mimo reverencial para dejarlo posteriormente sobre la mesa. Sus dedos volvieron a recorrer las filigranas dibujadas en la portada, sintiendo mil sensaciones imposibles de describir. Creía ver imágenes sucediéndose a una velocidad de vértigo, sin poder definirlas y mucho menos, comprenderlas.

Lo abrió por la página en la que había dejado su lectura. Fijó su mirada en el párrafo inicial, pero lo pensó mejor y decidió volver al principio sintiendo la necesidad de comenzar a leerlo de nuevo. Acercó las notas que había realizado en la anterior lectura, dejó al lado el diccionario de latín y se dispuso a comenzar. La misma emoción que se apoderó de él la primera vez, hizo acto de presencia en su estado de ánimo. Inició la lectura pausadamente, recreándose en las frases escritas en la inigualable lengua de los romanos.

Tuvo la sensación de conocer el texto de memoria.

—¡Es una historia magnífica, proverbial! —exclamó frotándose los ojos, que ya se encontraban un tanto enrojecidos.

Su mirada, distraída momentáneamente, alcanzó a ver el reloj de pared tenuemente iluminado por la luz de la pequeña lamparita de sobremesa.

Las cinco de la madrugada.

—¡Santo Cielo, cómo vuela el tiempo! –exclamó sorprendido.

Si no fuera por el escozor que sentía en los ojos hubiera pensado que apenas había transcurrido una hora desde que se sentó.

Se levantó del asiento y comenzó a caminar alrededor de la mesa. Despacio, muy despacio, mientras trataba de organizar su mente.

—La historia que relata es muy bella. ¡Diablos, sí lo es! —exclamó sin poder controlarse.

Se detuvo.

—Pero, ¿por qué tiene que afectarme de este modo? —se dijo, gesticulando con las manos.

No podía entender el gran atractivo que el libro ejercía sobre él. Tenía la sensación de que le llamaba, le atraía y le hacía ver y pensar cosas que no entendía, muy desordenadas y que discurrían a gran velocidad. Su mente, a veces, parecía estar desbocada pasando de un estado de alegría a otro de temor con vertiginosa rapidez. Sentía que su estómago comenzaba a encogerse. Tuvo extraños presentimientos y pretendió entender que insólita locura se estaba apoderando de él.

—¿Será un libro de magia? —se preguntó en voz alta y sonora, tratando de descargar el temor que sentía.

Sin darse cuenta, se dirigió hacia el cuarto de baño. Una vez allí abrió el grifo de agua fría y colocó la cabeza debajo del fuerte chorro. Un estremecimiento recorrió su cuerpo pero mantuvo la posición durante unos instantes. Después alzó la cabeza con violencia. Su cabello, empapado de agua, describió un círculo salpicando de agua el enorme espejo, el techo y la pared opuesta. Pareció sentirse mejor con la pequeña chiquillada que había realizado. Sin apenas secarse, regresó a la sala de estudio para continuar la lectura.


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