RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O     X X
B A J O   L A S   E S T R E L L A S
 

 


 

Sobre la mesa del pequeño despacho habilitado para Andrew en una edificación cercana a la Casa Blanca, se acumulaban numerosos documentos encargados por él, para tratar de obtener el máximo de información sobre el problemático personaje que podría mantenerles en jaque en días no muy lejanos.

La seguridad del joven rayaba ahora la certeza. Había sufrido varios atentados más en el corto espacio de tiempo que mediaba entre su estancia en el rancho de Harry y su traslado a Washington. Gracias a su habilidad y a la constante vigilancia de los dos orientales, pudo librarse de salir mal parado e incluso perder la vida. La mano de Lao Tiang estaba detrás de todo aquello, no tenía la menor duda. Pero ahora ya sabía muy bien quien era; un personaje que confiaba en su poder, siendo inimaginable para él, que el planeta pudiera oponerse a sus deseos. Al igual que en el pasado el general Shing, no entraba en sus cálculos la posibilidad de un ataque y se encontraba confiado.

Andrew tuvo que convencer al Presidente, tras largas conversaciones, para que se tomara en serio la peligrosidad de la organización y no dudara en prepararse para cualquier eventualidad. Comenzó a intuir cierta veracidad cuando a través de todos los medios de información disponibles, había sido imposible localizar al problemático personaje. Parecía que se lo había tragado la tierra. Descubrieron, sin embargo, que la organización era propietaria de algunas pequeñas islas situadas en el Índico, sobre la línea del Ecuador y probablemente en las cercanías de Borneo o Sumatra. Casi con seguridad, en alguna de ellas tendrían ubicados los equipos de control de los satélites artificiales, y muy razonablemente, serían el escondite perfecto para Lao Tiang.

Mediante fotografías de alta definición, barrieron la zona sin encontrar evidencia alguna, pero las fuentes consultadas parecían dar crédito a las confidencias obtenidas por una serie de medios diferentes. Andrew apoyaba esta tesis basándose en las órbitas geoestacionarias más estables para cualquier satélite artificial, a las que prácticamente no era necesario realizar corrección alguna para mantenerlas inalterables. Sin embargo, era consciente de la necesidad de otras órbitas para cubrir el máximo territorio posible sin tener que hacer cambios sustanciales en ellas. Los meridianos 0 y el 80 presentaban grandes probabilidades de albergar alguno de ellos.

Una tarde, reunido a solas con el Presidente, éste volvió a interesarse por todo lo referente a la organización y la posibilidad de llevar a cabo acciones que representaran un peligro para la nación.

—Imagino, señor —le dijo Andrew tras haber pensado mucho sus palabras—, que en cuestión de días, Lao Tiang tratará de ponerse en contacto con usted para obligarle a una rendición incondicional.

Esta idea de Andrew no era muy asumida por el Presidente pero le dejó continuar.

—Pensará que, en un principio, recibirá una negativa total para poder hablar con usted, a la vez que lo intentará con otros jefes de gobierno. A partir de ese momento, tendrá que adoptar algunas medidas de fuerza para demostrar que no es un vulgar loco.

—¿Cómo por ejemplo?

—Atacar una zona próxima a cualquier centro militar del país, tratando de no provocar víctimas humanas, aunque esto, no creo que le importe demasiado.

El Presidente movió la cabeza iracundo.

—¡Sería una locura!

—Debe pensar que es un personaje con un alto grado de paranoia y con un gran poder en sus manos.

Tras unos segundos de silencio, Andrew continuó su explicación.

—En este punto, no dudará de que usted ya estará dispuesto a dialogar con él. Comprenderá también, que no va a conseguir una rendición tan fácilmente y además, deberá sentar un precedente para todas las naciones del mundo, con lo cual, es muy probable que realice otro ataque pero a gran escala y con resultados terroríficos para que no quede la menor sombra de duda sobre su capacidad armamentística.

—No sé si creerte, muchacho. Todo esto parece pura fantasía.

—Ojalá no estuviera en lo cierto, señor —respondió Andrew con pesadumbre.

Se levantó del sillón con violencia. Después comenzó a dar vueltas por el despacho como una fiera enjaulada. Andrew le observaba impasible. En un momento dado, se detuvo delante de Andrew, quien tuvo que elevar su cabeza para mirarle directamente a los ojos.

—¡Bien, Andrew, ¿cuál es, entonces, tu propuesta de actuación?!

—Como ya le dije hace unas semanas, ¡esperar!

—Ya, pero, imaginemos que lo que dices es cierto y ese loco actúa de la forma que piensas, ¿qué podemos hacer?

—Destruir los satélites artificiales.

—¿Así…? ¿Sencillamente…? —el Presidente se exasperó un tanto al pensar en la imposibilidad de llevar a cabo la propuesta del joven.

—Señor, puede tener la total seguridad; estamos capacitados para hacerlo.

—¿Cómo? —pareció irritarse más por momentos— Los satélites se encontrarán en unas órbitas entre los treinta y seis y cuarenta mil kilómetros de distancia. Una vez alcanzado el primero, habrá que recorrer mucho más de un cuarto de millón de kilómetros para llegar a los cuatro restantes, si realmente son cinco unidades con las que cuenta. ¿No te parecen distancias insalvables con la premura necesaria?

—Disponemos del medio adecuado. Mediante una lanzadera espacial se pueden enviar dos pequeñas aeronaves al espacio. Una de ellas, pilotada por el capitán O’Brian, se dirigirá a la plataforma espacial. Si nos vigilan en el lanzamiento, él será el señuelo. La otra, pilotada por mí, se dirigirá directamente hacia los satélites. Si desde alguno de ellos envían un rayo láser como medio de coacción, estaremos rastreando el cielo para localizarlo. El resto y una vez allí, no será difícil.

—¡Dios mío! ¿Sabes lo qué dices? —exclamó el Presidente un tanto nervioso, luego pensó en la demostración de sus poderes allá en el rancho, y eso le calmó un poco.

—No le queda más remedio que confiar en mí, señor, y disponemos de poco tiempo. Además, todo esto tiene que permanecer en secreto, no podemos arriesgarnos a demostrar nuestras intenciones al enemigo. La sorpresa será un factor fundamental y decisivo

—Debo de estar loco por escucharte, ¿qué sería, si además te hago caso?

Andrew sonrió ligeramente.

—No lo creo, señor. Además, si algo sale mal, la culpabilidad será únicamente mía. El lanzamiento es algo que está previsto para dentro de algunos días. El capitán O´Brian no sabe ni sabrá nada de lo que ocurre. Se dirigirá directamente a la estación espacial y permanecerá allí por un tiempo. Mi misión será llevar a cabo un reconocimiento de satélites de órbitas bajas.

—¿Quieres decir que esta misión se puede realizar, y con éxito, sin más preparativos?

—Sí, señor. Sólo debemos esperar la localización de uno de los satélites.

—¿Y el resto?

—Una vez allí arriba, el resto será relativamente fácil. Unas pequeñas cargas explosivas los convertirán en pequeños trozos de chatarra espacial.

El Presidente no compartía la imaginación de Andrew ni su confianza en la culminación de forma positiva de la misión, ¡si realmente existía una misión! Sin embargo, algo le decía que el joven estaba en lo cierto. Desde que le conoció, sintieron ambos una fuerte corriente de simpatía y confianza mutua. Su instinto ahora le estaba induciendo a confiar en él. Que podría perder, ¿la presidencia de los Estados Unidos de América…?

—¡Sea! —exclamó finalmente—. Si los hechos se producen tal como tú has anunciado, llevarás a cabo la misión, una misión que nunca existirá a los ojos del mundo.

Días más tarde, se comenzaron a recibir en la Casa Blanca insistentes llamadas telefónicas cuyo autor trataba de hablar con el Presidente. Al principio, el responsable de seguridad hizo caso omiso a las mismas, algo con lo que contaba la organización de Lao Tiang. En una de ellas, los interlocutores advirtieron que, si no podían hablar con el Presidente en el plazo de unas horas, en un lugar no determinado del desierto de Arizona se produciría una terrible explosión. El punto elegido en principio, se debía al deseo de no causar daños entre la población de cualquier núcleo urbano. Ante la duda, Seguridad optó por advertir de lo que estaba ocurriendo al ayudante del Presidente.

—Parece que Andrew está en lo cierto —murmuró quedamente, cuando le advirtieron de la amenaza recibida.

Le avisó de inmediato. Andrew lamentó decirle que sería muy conveniente que llevaran a cabo esa demostración de fuerza. Si llegara a ser muy aparatosa, siempre se podría decir que el Ejército probaba nuevas armas en la zona.

Con gran puntualidad volvió a repetirse la llamada de la organización. En esta ocasión y tras una espera relativamente larga, el Presidente decidió hablar con ellos. Cuando se dejó oír su voz, al otro lado del equipo comunicador sonó la de Lao Tiang con marcado acento oriental pero en un inglés perfecto. Hablaba despacio y en un tono muy relajado. Produjo la sensación de estar charlando distendidamente con un amigo. El Presidente, al escucharle, sintió deseos de enviarle a paseo, pero, optó por actuar de la misma forma que él.

Después de unas cortas frases protocolarias que el Presidente escuchó en silencio. Lao Tiang inició una pequeña disertación tratando de explicar a su interlocutor que era la Organización y cuales eran sus pretensiones. A pesar del tono coloquial de Lao Tiang, el Presidente estuvo tentado en varias ocasiones de desplegar toda la irritación que sus palabras le estaban produciendo, pero se contuvo, obligándose a escucharle hasta el final.

Lao Tiang le explicó las premisas de sus actuaciones sobre la base de las insalvables diferencias entre las naciones del mundo, las constantes guerras y las hambrunas, debido a la incompetencia de sus gobernantes y a sus ánimos de lucro y nacionalismos mal entendidos y exacerbados. La Organización deseaba establecer un digno equilibrio en el planeta creando la igualdad entre sus habitantes de una única nación que sería gobernada por él, donde no tendría cabida la desigualdad ni la debilidad humana.

El Presidente no pudo contenerse y exclamó:

—¡Usted está loco de remate!

—Eso es lo que podrían pensar los mediocres que, como usted, gobiernan naciones.

Se produjo un tenso silencio. El Presidente, haciendo caso de los comentarios de Andrew, trató de calmarse.

—En un plazo no superior a diez días —se dejó oír de nuevo la tranquila voz de Lao Tiang—, reunirá el Consejo de Naciones Unidas y en él, propondrá, junto con otros jefes de Estado, la rendición total y sin condiciones de todas las naciones del planeta.

—¡Eso es ridículo! —volvió a exclamar.

—La nación que no esté dispuesta a rendirse —continuó Lao Tiang haciendo caso omiso de sus palabras—, será barrida de la faz de la Tierra.

—Los Estados Unidos de América no se rendirán nunca y no creo que su organización disponga del poder que dice.

—Ja… ja… —se rió sin estridencias el oriental—. Vamos a realizar una demostración para que no le quede la menor duda sobre la veracidad de mis palabras. Podría hacer desaparecer cualquier ciudad de su país en escasos minutos, pero no es esa mi intención…, de momento. Dentro de quince minutos volveremos a conectar con ustedes. Ordene a su Estado Mayor que presten la debida atención a lo que va a ocurrir en algún punto del desierto de Arizona.

Tras unos segundos de silencio que al Presidente le parecieron una eternidad, se dejó oír nuevamente la voz del oriental, aunque ahora se podía percibir una cierta excitación en sus palabras.

—Otra condición, señor Presidente, sencilla pero no menos importante. En el mismo plazo nos deberá ser entregado el joven capitán Andrew Catherwood. Ya le indicaremos dónde y cuándo! —enfatizó.

Esas palabras restallaron como un latigazo en la mente del Presidente. No podía entender sus intenciones a menos que estuviera muy bien informado de sus conversaciones con Andrew y aún así, no tendría sentido su petición.

—Pero… ¿qué estupidez es esa? —exclamó iracundo— ¿Qué tiene que ver el muchacho con todo esto?

—Mucho más de lo que usted puede imaginar —contestó Lao Tiang con gran nerviosismo—. No es un joven corriente, es el único que ha logrado montar con soltura su caballo khwarezm y eso, está escrito desde hace ya muchos siglos, pero son cuestiones que ustedes, los occidentales, muy difícilmente podrían comprender. Es un ser muy especial, procedente del pasado, con toda seguridad, y el único que podría alterar mis planes en el futuro y eso, es algo que no estoy ni estaré dispuesto a consentir.

Y diciendo esto, se cortó la comunicación.

—¿Desde qué punto del planeta se ha realizado la llamada? —requirió de inmediato— ¡Vamos, quiero una respuesta!

Contactó con Andrew para ponerle al corriente de lo que ocurría. El joven se encontraba en la pequeña aeronave espacial que iniciaba la cuenta atrás para ser lanzada al espacio.

—Necesito la localización del satélite, señor —fueron sus últimas palabras antes del despegue.

Cumplido el plazo establecido por Lao Tiang, se volvió a producir la comunicación. El Presidente observó a través de una gran pantalla de televisión las primeras imágenes recibidas desde un punto determinado del desierto y conseguidas a través de satélites. Una formidable explosión había arrasado una superficie todavía no cuantificada, modificando ostensiblemente su orografía. Una enorme y densa nube de polvo se elevaba al cielo pareciendo que lo inundaba en su totalidad.

—Diez días, señor Presidente —se escuchó la jocosa voz de Lao Tiang—. ¡Diez días! Encárguese de difundir al mundo entero esas imágenes, que de todas formas, tendrán a su disposición dentro de unas horas. Ya les avisaremos del medio, al igual que con la entrega de Andrew Catherwood. ¡Suerte señor Presidente en su misión pacificadora! —añadió burlón.

Instantes después, el Presidente fue informado del lugar de procedencia del rayo causante de la deflagración. Estaba situado en un punto del espacio, probablemente en un satélite artificial en órbita geoestacionaria, le dijeron.

—¡Las coordenadas. Quiero las coordenadas del maldito satélite! —exclamó con rabia.

Necesitaron algún tiempo para recabar la información que había solicitado.

—¿Se conoce ya el lugar desde el cual se han efectuado las llamadas? —quiso saber con urgencia.

—Provienen desde varios lugares del espacio, señor —contestó uno de sus ayudantes—. Probablemente estarán empleando una serie de satélites de comunicaciones a la vez para que sea difícil su localización. Es casi seguro que también habrán utilizado el mismo desde el cual lanzaron el rayo.

El Presidente pensaba frenéticamente cuales deberían ser sus inmediatos pasos. Llamó a su secretario y ordenó que les dejaran solos.

—Quiero que se ponga en contacto con el director de la estación de lanzamiento. Necesito hablar con él, confidencialmente.

El secretario asintió, abandonando el despacho. Trató de relajarse antes de iniciar la conversación prevista. Pensó en Andrew y se preguntó quién diablos sería para que el demoníaco oriental se preocupara tanto por él, hasta el punto de hacerle su prisionero, quizá con intenciones de quitarle la vida. Ensimismado con sus pensamientos se sobresaltó al oír el timbre del teléfono. Al otro lado, la voz nerviosa del director del centro interesado en conocer sus peticiones. Después de unos instantes de conversación coloquial, el Presidente fue directo al grano.

—¡Quiero hablar con el piloto Andrew! ¿Es posible ahora mismo?

Un corto silencio.

—Señor, el piloto se encuentra en el espacio desde hace unas horas.

—Lo sé —atajó con prontitud—, pero necesito hablar con él y en conversación totalmente privada. Nadie estará autorizado para escucharnos ni habrá grabación alguna. ¿Lo entiende?

—Sí, señor —respondió con energía el director—. Voy a disponerlo todo y en cuanto el sistema esté operativo, se lo hago saber.

Transcurrió un tiempo que le pareció interminable. No consiguió fijar su atención en los numerosos documentos que reposan sobre la mesa. Los tomó y sin mirarlos los volvió a dejar. Inquieto, reclamó la presencia de su secretario.

—¿No hay noticia alguna del director del centro?

—Todavía no, señor, pero hay demasiadas llamadas pendientes, ¿podemos pasarle algunas?

—No, no quiero llamadas ni que me molesten.

El secretario abandonó diligente el despacho dispuesto a cumplir las órdenes del Presidente, aunque no comprendía su estado de ánimo ni sus reacciones. Instantes después, volvió a asomar la cabeza por una de las puertas de acceso al despacho presidencial.

—¡El director al habla, señor!

Descolgó el teléfono con un movimiento torpe y nervioso. La voz del director de la estación de lanzamiento se dejó oír al otro lado.

—Está todo dispuesto, señor —le dijo con gran seguridad en su voz—. En su pantalla de TV podrá observar la cabina del piloto y al capitán Andrew en su interior.

Conectó dicha pantalla y apareció su silueta. En esos instantes se desprendía del complicado casco y se colocaba unos auriculares.

—Cuando usted lo ordene, señor —escuchó la voz del director—, cerraremos todos los canales de transmisión a excepción del suyo. Podrán conversar con total confidencialidad, si ese es su deseo. Cuando finalice, bastará con que oprima el botón azul que se encuentra a la izquierda de la pantalla y reabriremos los canales de seguimiento.

En la pantalla se veía el rostro relajado de Andrew dialogando con los técnicos de la amplia sala de control del centro.

—Pueden cerrar todos los canales —le dijo el Presidente, mientras se colocaba unos auriculares para poder hablar con Andrew.

En la pantalla observó una ligera perturbación que desapareció al instante.

—¡Hola, Andrew! —exclamó el Presidente algo más relajado.

—¡Señor Presidente —respondió—, es un verdadero placer volver a escucharle! Seguramente tendrá buenas noticias.

—Sí. Hemos conseguido localizar uno de los satélites.

—¡Bien…! —exclamó jovial— ¿Nos están escuchando, señor?

—Espero que no, al menos, he dado las órdenes para que nuestra conversación no pueda ser escuchada por nadie.

—¿Puede darme las coordenadas?

El Presidente tomó el papel donde se encontraban anotadas y se las leyó. Andrew tecleó sobre un pequeño aparato la lectura de las coordenadas, con una sonrisa de satisfacción en su rostro.

—¿Y ahora que harás?

—Dirigir la nave en busca de esas terroríficas armas. No se preocupe, señor, será sencillo —respondió Andrew, jocoso para disimular las ligeras dudas que le embargan.

—Lao Tiang nos ha dado un plazo de diez días para la rendición total. ¡Está loco! —Se exasperó— Es el mismo plazo que tenemos para entregarte a su Organización.

—¿Cómo dice, señor? —se sorprendió el joven.

—Quieren tenerte bajo su control. Dice que, según no sé que extraña profecía oriental, tú provienes del pasado para destruir su Organización. Llegó a tal conocimiento al saber que tú, solamente tú, habías podido montar sin dificultad alguna a Furia y eso, también está escrito en la profecía.

Andrew sonrió ampliamente.

—No se preocupe, señor —respondió divertido—, a mi regreso hablaremos de eso.

El rostro del Presidente se relajó al momento. La mera presencia del Andrew le infundía gran confianza y hasta creía que sus energías se renovaban.

—Probablemente, dentro de escasos minutos —le dijo Andrew—, la nave desaparecerá de las pantallas de seguimiento y quizá mi voz no sea audible. Avise al responsable del lanzamiento de esta circunstancia para que no se produzca alarma alguna en el equipo de control. Si lo hiciese yo, me pedirían explicaciones y me prohibirían realizar cualquier acto ajeno a lo programado.

—Así lo haré, no te preocupes —y con voz emocionada, añadió—; ten mucho cuidado, hijo, nunca me perdonaría si te llegara a ocurrir algo irreparable.

—No se preocupe, señor. Cuando las cargas explosivas estén dispuestas en cada uno de los satélites de la Organización, se lo haré saber. Las detonaré y Lao Tiang habrá perdido todo su poder de destrucción. Desde ese mismo instante podrá dar la orden de busca y captura con la mayor diligencia. La isla en el Índico es un refugio perfecto, según piensa. Sin embargo, si dispone de tiempo y se ve acorralado, podría huir sin dejar rastro. Dirija allí efectivos convenientemente preparados y que le detengan.

Se despidieron deseándose un éxito total. El Presidente pulsó el botón azul y en segundos, la voz del director del centro le anunció que ya se habían restablecido las comunicaciones con el piloto.

—La nave va a desaparecer de las pantallas en unos minutos —le dijo el Presidente tratando de aparentar una serenidad que no sentía—. Explique a su equipo que no ocurre nada anormal, que todo estaba previsto con la antelación suficiente.

—Señor, si la nave desaparece de las pantallas implicaría un gran problema en su sistema de comunicación automático, lo que probablemente equivaldría a su total destrucción.

—Estamos probando —se atrevió a afirmar— unos sistemas antidetección diseñados bajo riguroso secreto. Cuando culmine la operación será informado convenientemente.

Silencio al otro lado de la línea. El director intuyó que pronto abandonaría su puesto.

—Quiero las líneas abiertas en todo momento. Si el capitán Andrew pide comunicarse conmigo, le ruego lo hagan con celeridad y de la misma forma que hace unos instantes, con total confidencialidad.

No muy convencido, el director no tuvo más remedio que aceptar las palabras del Presidente y se dispuso a prevenir al equipo de seguimiento. Poco después, la imagen de Andrew desaparecía de todas las pantallas y detectores de navegación, su voz dejó de oírse y su nave pareció volatilizarse en el espacio infinito.

 

Andrew se sentía pletórico por disponer de las coordenadas de situación de uno de los satélites. Con gran parsimonia fue colocándose el casco sobre su cabeza, pero en esta ocasión lo cambió por el que Geoffrey, O’Brian y él habían diseñado, mucho más ligero y cómodo. Lo conectó al ordenador principal de la nave disponiéndose a iniciar el viaje con dirección hacia el satélite artificial.

Arrancó el motor de propulsión y la nave superó ligeramente la velocidad orbital. Introdujo las coordenadas del satélite y la nave modificó lentamente el rumbo, separándose ostensiblemente de su órbita. De inmediato, desde el centro de control recibieron la información de lo que le estaba ocurriendo.

—¡Ok…! —respondió mostrando el puño cerrado y el dedo índice extendido.

Respiró profundamente tratando de visualizar en su mente la imagen de Maitreya y conectó el amplificador de ondas electromagnéticas. En unos segundos no ocurrió nada, después, un fuerte fogonazo de una intensísima luz blanca le obligó a cerrar los ojos de forma involuntaria, y creyó que sus átomos vibraban y se diluían, penetrando en un profundo y oscuro túnel, donde no veía, no sentía. Pensó que se encontraba en los prolegómenos de su muerte.

—¡Maitreya…! —gritó desesperado, pero no consiguió oír su propia voz.

Después, nada.

Otro intenso fogonazo le hizo volver a sentir su cuerpo y su mente, y sin abrir los ojos, vio de nuevo la intensa luz que parecía retornar al interior de su cuerpo. Un fuerte hormigueo en todo su ser le obligó a moverse inquieto, sus átomos parecían conexionarse para formar de nuevo su unidad. Cuando abrió los ojos, una enorme incredulidad embargó su mente.

“¿Será esto el cielo?”, pensó sobrecogido de temor. Se encontraba en un lugar indefinible, donde no se apreciaba ni el suelo ni las paredes, si es que realmente existían, pero se encontraba totalmente iluminado.

Estuvo mirado a su alrededor sin comprender nada.

—¡Shambala! —gritó con emoción contenida, apretando fuertemente los puños y deseando no equivocarse en su apreciación.

Con gran asombro, pudo observar como una persona vistiendo una túnica totalmente roja se iba acercando a la nave. La miraba alarmado.

—¡Maitreya! —exclamó en una explosión de alegría al comprobar que era ella quien se acercaba.

Los fuertes cinturones de seguridad, rodeando su cuerpo, impidieron que recibiese un fuerte golpe en el techo cuando su cuerpo se tensó emocionado. Con celeridad se desprendió del equipo y accionó los mandos de apertura de la puerta de la cabina, de la cual, asomó una pequeña escalera por la que bajó como perseguido por el diablo.

Se abrazó con fuerza a Maitreya que expresaba en su rostro una amplia sonrisa.

—¡Madre! —le dijo muy contento mirándola directamente a los ojos— ¿Cómo me has traído aquí?

—No te hemos traído, querido niño —y le acarició tiernamente la mejilla—, lo has hecho tú, por medio de las nuevas facultades que se van desarrollando en ti. Has conseguido superar la barrera del espacio y del tiempo, algo de lo que estábamos totalmente convencidos porque eres el futuro Guardián de Shambala. Pero dejemos eso, aún no ha llegado el momento.

—¿Cómo habré podido hacerlo, madre? —le preguntó con mucho interés— Pretendía dirigirme hacia uno de los satélites artificiales que debía destruir, y sin embargo, estoy aquí, en Shambala. No lo entiendo.

—Ya lo entenderás, joven occidental. No lo dudes. Tu regreso se producirá muy poco después del momento de tu partida pero llegarás a otro lugar, el de tu destino.

—¿Llevaré a cabo mi misión?

—Depende totalmente de ti, pero puedes estar seguro de que lo conseguirás.

—¿Para qué he venido aquí entonces? —preguntó con curiosidad.

Ella sonrió tiernamente.

—Por dos razones. La primera; ahora debes completar tu formación para dominar convenientemente los desplazamientos por el espacio y el tiempo.

Andrew movió la cabeza dubitativamente. Su mente pensaba con celeridad.

—¿Tiene algo que ver el acelerador de ondas?

—No, querido —respondió ella—. Es un excelente invento para tu época, mejorará mucho los viajes en el espacio, pero no tiene parangón con lo que tú eres capaz de hacer y sin la utilización de extraños artilugios.

—¿Y la segunda razón?

—Ven —le cogió del brazo y se alejaron de la nave.

El joven se encontraba muy contento y animado haciéndole innumerables preguntas a Maitreya, que ella respondía con gran ternura en sus palabras y expresiones. Recorrieron varias salas, prácticamente vacías. Las escasas personas con las que se encontraban, les saludaban con gran cordialidad.  Se extrañó un poco y ella pareció darse cuenta.

—Cada cierto tiempo celebramos una pequeña fiesta. Ahora, la mayoría de los habitantes de Shambala se encuentran reunidos en la sala principal donde tienen lugar una serie de actos. Más tarde nos reuniremos con ellos —se detuvo—. Ya hemos llegado.

Como en otras ocasiones, atravesaron la pared sin que ésta ofreciera resistencia alguna. En el interior del pequeño habitáculo iluminado con una luz tenue y de colores cambiantes, se encontraba una persona tumbada sobre una cama semitransparente. Estaba cubierto con una túnica anaranjada y reposaba plácidamente. Andrew le miro, reconociendo la figura dormida de Dilgo. Se asustó momentáneamente, pero la mano de Maitreya le oprimió ligeramente el brazo, reconfortándole.

—Se encuentra bien, querido Andrew —le dijo con voz sosegada—. Le hemos traído aquí para revisar sus constantes vitales y revitalizar alguno de sus órganos.

—¿Puedo hablar con él?

—Sí, claro. Deseamos que hables con él para infundirle ánimos. Desde tu última estancia en Potala parece haber perdido vitalidad. Presiente su fin y desea volver a verte. Pero tiempo habrá para eso. De momento, tenemos que ocuparnos de ti.

Le hubiera gustado hablar con él en ese preciso instante. Frunció el ceño expresando su disgusto.

—¿Nos avisarán si se despierta?

Ella sonrió divertida.

—Andrew, él no sabe que está aquí, ni lo sabrá nunca. Regresará segundos después del instante de su partida y algo más rejuvenecido y dinámico. El mismo Taypeck no saldrá de su asombro.

—Pero, ¿eso no es intromisión? —sonrió pícaramente.

—¡Claro que no! —respondió reflejando la sorpresa que suponían sus palabras—. Esto, no tendrá incidencia alguna en el devenir de los tiempos, tan sólo mejoraremos su calidad de vida. Es un hombre excepcional y lucha por conseguir el bien de la humanidad. Se merece mucho más de lo que está recibiendo.

Abandonaron la estancia. A partir de ese momento, a Andrew le pareció que su formación se desarrollaba a un ritmo frenético. Como en ocasiones anteriores, su cerebro acumulaba información sin que él se percatara de ello. Cuestiones que tiempo atrás le parecían muy complicadas, ahora las veía con una claridad y sencillez aplastantes. Percibía como su cuerpo captaba energía solamente con desearlo. Se encontraba muy bien en Shambala y deseó permanecer allí para siempre.

Maitreya pareció leer sus pensamientos.

—Andrew, querido niño —le dijo muy cariñosa—, ya tienes la capacidad suficiente para volver a Shambala cuando tú lo desees, y será cada vez con más frecuencia —rozó su mejilla con la mano y su gesto se tornó ligeramente triste—. Se está acercando el momento de tú regreso. ¡Prepárate!

—Madre, si el acelerador de ondas no tiene incidencia alguna en la forma de viajar, ¿debo destruirlo?

—Ni mucho menos, joven occidental —le reprochó divertida—. Será tú aportación al progreso. A partir de él, pueden desarrollar nuevas tecnologías, sobre todo en el campo del transporte espacial, pero en ningún caso, con poder destructivo.

El joven se alegró por Geoffrey y O’Brian, que supondría para los dos un notable éxito en sus carreras profesionales. Andrew era consciente de que la suya como piloto y como militar tenían los días contados. No sería de inmediato, pero pronto abandonaría el cuerpo.

—¿Puedo hablar con Dilgo?

—Claro que puedes, jovencito. Dispondrás de todo el tiempo que desees. Él pensará que todo fue un sueño cuando se encuentre de nuevo en Potala, pero habrá sido un sueño tan intenso que nunca dudará que fue real, y así se lo hará saber a Taypeck.

Pasaron horas hablando. Dilgo no salía de su asombro al contemplar la extraña vestimenta de Andrew, que ya se disponía a partir, ni podía imaginar en qué lugar se encontraban. A pesar de sus dudas, el monje parecía revitalizarse por momentos.

Cuando se despidieron, Andrew le explicó que iniciaba un viaje por el firmamento para culminar la misión encomendada por él en sus primeras estancias en Potala. Le prometió que volverían a verse en un corto espacio de tiempo.

Acompañado por Maitreya, se dirigieron a la nave. Antes de partir, le advirtió de algunas modificaciones realizadas en los equipos informáticos y que tan sólo afectarían a su seguridad.

Volvió a sentir las mismas sensaciones que al inicio. Súbitamente, emergió de la profunda oscuridad para encontrarse en el espacio con la Tierra sobre su cabeza, y en las cercanías, el satélite artificial en el que pudo observar una extraña bandera dibujada en un costado y debajo, las palabras “Lao Tiang Organizations”.

—¡Bien! —exclamó gratamente sorprendido.

Fue maniobrando la nave con sumo cuidado para evitar cualquier roce y situarla paralela al satélite y a muy corta distancia de él. Preparó una de las cargas explosivas y un largo cable que le permitiría transmitir datos desde el ordenador del satélite al suyo. Se tomó la tarea con mucha paciencia para que nada resultara fuera de lo previsto.

Colocar la carga explosiva le resultó muy sencillo, no tanto acceder al ordenador por la dificultad de manejar las herramientas necesarias para manipularlo enfundado en un traje espacial. Finalmente lo consiguió. Regresó de nuevo a la nave y conectó ambos ordenadores. Segundos después consiguió transferir la parte de la memoria que le interesaba. En ella, estaban contenidas el resto de las coordenadas de los satélites, así como la ubicación de la base en la superficie de la tierra.

Comprobó el tiempo empleado y sonrió satisfecho. Durante unos instantes se permitió el lujo de relajarse perezosamente, pero pensó en el clima de crispación en el que estaría inmerso el Presidente y decidió continuar realizando su trabajo.

Centró su concentración en el otro satélite, lo visualizó con claridad en su mente y apoyándose en los datos proporcionados por el ordenador, se dispuso a realizar el salto.

Volvieron a producirse las mismas sensaciones con igualdad de resultados. En esta ocasión y en las siguientes, el trabajo a efectuar fue mucho más simple, colocar las cargas explosivas en cada satélite. Repitió las mismas operaciones, localizando los cinco satélites artificiales que cubrían ampliamente toda la superficie terrestre, tanto en comunicaciones como en la posibilidad de utilización del rayo láser. En el último de ellos, volvió a chequear el ordenador de abordo para comprobar la similitud de datos. Descubrió que disponían de las coordenadas de la Estación Espacial, lo que le indujo a pensar que podría ser otro de sus objetivos.

Volvió a conectar los sistemas de transmisión de datos y de comunicaciones. Había llegado el momento de hablar con el Presidente para avisarle de que ya tenía dispuestas las cargas explosivas.

 

En el despacho del Presidente existía una calma tensa. Sus colaboradores más cercanos no podían intuir lo que estaba ocurriendo, pero no dudaron que algo importante estaba sucediendo en base a la actitud del mandatario. Trataron de molestarle lo imprescindible.

Le anunciaron una nueva comunicación desde el centro de lanzamiento.

—¿Alguna novedad? —preguntó inquieto.

—¡Señor! —exclamó el director dando señales inequívocas de estar sometido a una fuerte tensión— Me temo lo peor. Lo que está ocurriendo con la nave del Capitán Andrew es imposible de realizar.

—¡Explíquese! —le dijo con tono seco.

—La nave desapareció de la pantalla —continuó el director del centro—, y durante un tiempo hemos perdido todo contacto con ella. Después la hemos localizado en una órbita a cuarenta mil kilómetros de altura. Allí se mantuvo una hora aproximadamente, y a pesar de los intentos realizados, no hemos podido entrar en contacto con el capitán. Volvió a desaparecer otra vez y poco más tarde fue localizada en otra órbita a la misma altura, pero en un plano muy diferente. Esto ha ocurrido en cinco ocasiones. ¡Es imposible realizar tales movimientos en el espacio con la velocidad que podría alcanzar la nave y el combustible a su disposición! ¡Es imposible, señor! No tenemos idea de lo que pasa.

El Presidente le escuchó atento. Tampoco pudo imaginarse como Andrew había conseguido realizar tales desplazamientos, pero era indudable; lo había conseguido.

—Preste atención a lo que voy a decirle —su voz sonó autoritaria y no dejó lugar a duda alguna—. Estamos probando unos nuevos sistemas de localización y camuflaje. En estos momentos, la nave se encuentra en la órbita prevista en los planes de vuelo, pero envía una serie de datos falsos al centro de seguimiento para permanecer indetectable y provocar la apariencia de encontrarse en otro lugar. Sus noticias están indicando que los resultados del experimento son positivos.

—Eso lo explicaría todo, señor —le dijo el director del centro sin gran convencimiento.

—No se preocupe. El capitán regresará a la Tierra en el tiempo previsto. Ahora bien, este experimento es alto secreto. Debe informar de ello a todo el personal que tenga conocimiento de lo que está ocurriendo, y que cualquier filtración a cualquier medio será considerado un acto de espionaje. ¿Queda claro? —enfatizó convenientemente.

—Sí, señor —respondió escuetamente.

—Quizá en breves instantes se produzca una nueva comunicación del capitán. Quiero que sea transferida aquí y en las mismas condiciones que las anteriores.

—De acuerdo, señor. Daré las órdenes oportunas.

—Gracias por su labor, general —le dijo antes de cortar la comunicación en un tono de voz expresando cordialidad—. Le estoy muy agradecido.

“Este muchacho es un genio”, pensó, sintiéndose más relajado.

—Dios mío —se dijo en voz queda—, ¿cuántas normas habré vulnerado como para perder la presidencia e incluso verme sentado ante un tribunal militar? —sonrió abiertamente— ¡Pero no me arrepiento, diablos!

 

Andrew manipuló los complicados sistemas de abordo y abrió el de comunicaciones. Comenzó a escuchar las palabras del personal de seguimiento en la Tierra. Esta vez, el director del centro estaba muy pendiente y ordenó pasar la transmisión a la Casa Blanca.

—Señor, ¿está usted ahí? —preguntó, sin saber muy bien si sería el Presidente.

—Sí, Andrew. Te escucho.

—Todo listo para iniciar la destrucción de los satélites.

—¿Estás seguro, muchacho?

—Totalmente, señor, en cuanto usted dé la orden. A partir de ese momento, deberán iniciar la operación de captura de Lao Tiang y de los miembros de su organización. No sé cuanto tiempo pasará hasta que se den cuenta de lo ocurrido, pero creo que será muy poco. Podrían tener otras armas dispuestas, aunque lo dudo, al menos, con esta capacidad de destrucción.

El Presidente le comunicó que la operación estaba en marcha y en espera de recibir las órdenes oportunas.

—¡Señor, señor! —exclamó Andrew alterado.

—¿Qué ocurre, Andrew?

—En mi pantalla detecto la presencia de una nave. El rumbo que lleva no es orbital y parece dirigirse hacia este satélite.

—¡Sal de ahí, Andrew!

—No, señor —respondió ya repuesto—. Sería una temeridad. Debemos de saber quienes son y que hacen aquí, aunque tengo la seguridad de que pertenecen a la Organización. Probablemente aún no habré sido detectado todavía. Voy a intentar comunicarme con ellos. Dejaré este canal abierto.

Andrew maniobró la nave para alejarse lentamente de los alrededores del satélite y en dirección opuesta a la de los visitantes.

—¡Atención, atención! —exclamó Andrew dirigiéndose a los posibles pilotos de la nave— ¡Identifíquense!

Silencio total. El Presidente escuchó las palabras de Andrew, sintiendo como una fuerte tensión se apoderaba de su cuerpo. Se acercó al amplio ventanal y miró hacia el cielo como si pudiera visualizar lo que estaba ocurriendo allá arriba. Andrew captó una conversación procedente de la nave. Debían de estar comunicándose con su base en la Tierra. Amplificó el sistema de visión directa al máximo y distinguió la extraña bandera y el anagrama de Lao Tiang sobre el fuselaje.

Se dirigió a ellos en el idioma chino, del que tenía conocimientos suficientes como para dialogar con ellos. Les invitó a descender a órbitas más bajas para alcanzar la plataforma espacial, donde serían inspeccionados.

—¡Perro occidental! —escuchó la voz agria de uno de los pilotos— ¡Vas a morir como te mereces!

—¡Andrew, sal de ahí inmediatamente! —le dijo el Presidente, atemorizado por lo que le pudiera ocurrir, a pesar de que no entendía nada de la conversación.

Hizo caso omiso y volvió a dirigirse a la tripulación de la otra nave insistiendo en su advertencia.

—¡Diablos…! —exclamó, recibiendo una fuerte descarga de adrenalina.

Desde la nave de la Organización estaban disparándole algún tipo de proyectil según detectaba su scanner de vigilancia.

—¡Ha desaparecido…! —escuchó la sorprendida voz del piloto comunicándose con la organización.

—¿Le habéis alcanzado? —se escuchó una voz procedente de la base.

—No lo sabemos —respondió el copiloto—. Estoy seguro de no haber fallado, pero no hay rastro alguno de la nave.

Andrew se había situado a sus espadas y a una distancia prudencial como para poder reaccionar a tiempo en el caso de que se repitiera el ataque. No quería emplear la fuerza, ya que sería mortal para los orientales.

—¡Está a nuestras espaldas! —advirtió el piloto que comenzó a maniobrar la nave para situarse frente a la de Andrew.

—¡Andrew, Andrew! ¿Qué diablos está ocurriendo? —gritó furioso el Presidente.

—No se preocupe, señor —respondió con voz tranquila—. Ya saben que estamos aquí y pueden activar los rayos. Creo que es el momento para iniciar su destrucción.

—¡Adelante, destrúyelos! —exclamó el Presidente sin poder contener su ira.

—Ya está, señor —respondió—. Este satélite se ha volatilizado, al igual que los otros cuatro. Se lo confirmarán desde el centro de seguimiento. Ahora voy a ocuparme de la nave de la Organización.

Volvió a dirigirse a los pilotos que no podían comprender que había ocurrido con el satélite, sintieron rabia y su respuesta fue el envío de nuevos proyectiles en dirección de la nave de Andrew con el ánimo de destruirla.

—¡Lo siento por vosotros!

Accionó el disparador del pequeño lanza proyectiles con el que estaba armado la nave, y el blanco se convirtió en miles de trozos de chatarra espacial. Andrew sintió la muerte de los tripulantes pero no le dejaron otra opción.

—Todo ha finalizado, señor Presidente —le dijo, dejando traslucir la emoción que le embargaba—. Retorno a la órbita prevista.

Y volvió a desaparecer de las pantallas.

Recordó la batalla contra el general Shing y lo cerca que estuvo de la muerte, al igual que en esta ocasión, pero ahora, sus extraordinarios reflejos le salvaron. Pensó que, en cualquier caso, Maitreya le hubiera sacado del apuro. Cerró los ojos y dejó vagar su mente por el legendario Tíbet y la hermética China, evocando con añoranza los seres que allá conoció, disfrutando de su amistad.

—¡Misión cumplida, querido Dilgo Rimpoché Drupa!

Maitreya y la Princesa fueron sus últimos pensamientos antes de iniciar el regreso.     

 

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