RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O     X X I
L A   C E L E B R A C I Ó N
 

 


 

Desde una de las esquinas del enorme salón, Andrew dejaba deambular su mirada recorriendo con atención cada una de las numerosas mesas dispuestas para la celebración y a sus ocupantes, en su mayoría civiles, representando las más altas esferas de la economía del país.

A su lado, su madre sonreía ante la mirada seria de su hijo. Sabía muy bien que todas estas reuniones fastuosas le disgustaban enormemente, pero en esta ocasión bien valía la pena. De una forma oficiosa, era una distinción para él como agradecimiento a los logros obtenidos. De una forma oficial, se exaltaban los éxitos conseguidos por la NASA en el desarrollo de los minivehículos espaciales propulsados por un sofisticado acelerador de ondas.

Las palabras del Presidente lo expresaban claramente y en muchas ocasiones a lo largo de su discurso, paralizaba su mirada en el rostro del joven como si él, fuera el único invitado del salón. Tuvo gran acierto en confiar en Andrew y darle su apoyo en aquella operación que parecía haber salido de una extravagante mente próxima a la locura, aunque mantuvo unas serias dudas hasta la culminación y éxito de la misma. En muchas ocasiones se preguntó como una persona tan joven podía tener sus conocimientos y llegar a desentrañar una de las redes más peligrosas con las que ha tenido que enfrentarse la humanidad, pero algo en su fuero interno le obligó a aceptar lo que Andrew le proponía, prácticamente, sin resistencia alguna. Si su gabinete hubiera tenido conocimiento de aquella trama, con toda probabilidad le tacharían de loco.

Ahora todo eran parabienes hacia él, su gobierno y la NASA. Andrew renunció a cualquier distinción oficial rogándole que su persona permaneciese en el anonimato. Fue difícil convencerle, pero finalmente no tuvo más remedio que acceder, sin embargo, puso sus condiciones. Hizo prometer a Andrew que aceptaría un puesto como su asesor personal en temas espaciales, extensible para cualquier aspecto en el que el Presidente dispusiese su colaboración.

En una de las mesas cercanas al Presidente, Goeffrey y O’Brian no podían ocultar su satisfacción y de cuando en cuando, buscaban la mirada de Andrew, que les había regalado toda la gloria del invento.

Hombres poderosos, mujeres vestidas con sus mejores galas y gran despliegue de piezas de joyería de alto valor, llenaban totalmente la enorme sala. También pudo apreciar jóvenes y encantadoras muchachas que se divertían alegremente.

Tras los brindis al final del discurso del Presidente, la sala se convirtió en un alegre bullicio de gente que conversaba y se movía de unas mesas a otras.

Una orquesta hizo su aparición en el palco y comenzó a desgranar una serie de melodías que amenizaban el ambiente. Poco después, en el centro del salón, los más jóvenes iniciaron el baile para unírseles una gran mayoría de los invitados.

Andrew bailó con su madre. Estaba radiante. Los malos tiempos pasados habían dado su recompensa y ahora tenía a su hijo en casa para disfrutar de él sin la angustia y el temor de que no regresaría jamás del pasado.

Uno de los ayudantes del Presidente le dio unos golpecitos en la espalda y al oído le dijo que le esperaban en la mesa presidencial. Acompañó a su madre hasta la mesa donde se encontraba su padre. Sabía que su hijo era un excepcional piloto, pero algo más tuvo que ocurrir en el vuelo de pruebas para que el Presidente de los Estados Unidos sintiera un extraordinario aprecio por él.

Andrew se acercó discretamente y el Presidente al verle sonrió complacido. Saludó a la primera dama que se encontraba radiante al sentir la gran satisfacción que su marido desbordaba por todos los poros de su piel.

—¡Muchacho, eres genial! —le dijo tras un fuerte apretón de manos.

—¡Señor, va a provocar mi sonrojo! —dijo Andrew con un gesto picaresco.

—Tienes muchas cosas que contarme. Son demasiadas las incógnitas que rondan por mi mente y no deseo de forma alguna que lleguen a perturbarme.

—Cuando usted lo desee, señor —respondió Andrew plenamente convencido de que tales incógnitas permanecerían para siempre en él.

—Muchas gracias, Andrew —expresó la Primera Dama—. Tengo una ligera idea de lo ocurrido, pero este marido mío, a veces, es demasiado parco en palabras y no hay quien le arranque una explicación. Ahora le encuentro mucho más relajado, incluso, parece que su vida está dando un pequeño giro, ya no se toma las cosas con la seriedad que le era habitual. Tu relación con él, le ha cambiado. No tengo la menor duda.

—Creo que exagera, señora —respondió Andrew—. De todas formas, muchas gracias por sus apreciaciones.

—Quizá tenga algo de razón mi esposa —intervino el Presidente—. Ahora ya no me parece tan importante el cargo. Estoy pensando en la conveniencia de no presentarme a la reelección y dedicarme a realizar cosas que tengo muy abandonadas.

Su esposa le miró con un gesto de ligera sorpresa.

—¿Qué cosas son esas, querido? —quiso saber.

—Nuestros caballos, por ejemplo. Echo de menos el aire libre, las placenteras sensaciones escalando montañas nevadas y sentirte en la cumbre, el amo del mundo…

—Pero, Norman —exclamó su esposa—, ¡si tú no has escalado nunca una montaña! —y añadió con guasa—; ni un montículo, diría yo.

—¡Ah!… ¿no? —compuso un gesto burlón—, pues juraría que sí. También desearía volver a practicar la meditación y relajación —cogió el brazo de Andrew, lo presionó ligeramente y sonrió— Hace siglos que no lo intento.

Ella volvió a mirarle como si estuviera desvariando, pero pensó que su estado de ánimo le inducía a bromear. Andrew los miró divertido pero las palabras del presidente le traían determinados recuerdos a la mente, algo vago y sin sentido, pero que se aferraron poderosamente y le inquietaron. “Ciertamente, creo que tenemos mucho de que hablar los dos”, pensó.

Tras unos minutos de conversación se despidieron no sin antes besar cortésmente la mano de la primera dama, que también le sonreía en señal de agradecimiento.

—Queremos verte pronto por el rancho, muchacho —dijo el Presidente cuando ya Andrew iniciaba el regreso a su mesa—, quizá puedas enseñarme a montar a Furia.

Andrew asintió con un gesto y abandonó la mesa presidencial bajo la atenta mirada de muchos comensales para dirigirse de nuevo a la que ocupaba con sus padres. Los invitados se movían de un lado a otro en aparente caos. A veces tenía que esquivarlos para que no derramaran las copas que transportaban. Dirigió sus pasos hacia uno de los laterales del salón, por donde podría caminar más libremente.

Una fuerte descarga de adrenalina recorrió su cuerpo. Se quedó paralizado de asombro. Hacia él caminaba una elegante jovencita de ligeros rasgos orientales con una amplia sonrisa en su rostro. Cuando percibió la presencia de Andrew le miró fijamente a los ojos.

—¡Princesa! —exclamó sorprendido el joven, sorprendido y asustado.

La joven se detuvo a su altura.

—¿Princesa? —le dijo con unas palabras y un gesto no exento de coquetería— ¡Gracias por el piropo, Andrew! Porque te llamas Andrew ¿verdad?

La miró perplejo. Tenía ante sí a la dulce princesa Shue Tsung sonriéndole, como la última vez que la vio en su palacio de Xian en los prolegómenos de su partida hacia el Tíbet quinientos años atrás.

—¡Princesa Shue, ¿cómo es posible qué estéis aquí? —preguntó sin comprender nada.

La joven se dio cuenta de la perplejidad de su expresión y se sintió algo cohibida. No había duda alguna, el joven la estaba confundiendo con alguien que no era ella.

—Perdona, Andrew, no comprendo porque me llamas princesa... ¿Shue? —dijo con una expresión de seriedad en su hermoso rostro— ¿Te burlas quizá?

Andrew trató de pensar muy rápidamente. Quizá su mente le estaba jugando una mala pasada o simplemente era una coincidencia de parecidos. Sin embargo, los rasgos de la princesa los tenía muy grabados en su mente y cada día contemplaba el genial dibujo de Taypeck. Eran como dos gotas de agua separadas por más de cinco siglos.

—¿Cómo te llamas entonces...? —le dijo tratando de recomponer su compostura y sus ideas.

—Tai Su —contestó ella—, pero no respondes a mi pregunta.

—¿Qué pregunta?

—¿Por qué me has llamado princesa Shu?

Andrew no supo que contestar. Su mente semejaba una caldera a presión.

—En uno de mis viajes por Europa —trató de inventarse algo coherente—, conocí a una joven procedente de China que decía llamarse así, aunque yo, por sus corteses ademanes, opté por hacerlo como “princesa”.

—¿Nos parecemos tanto que me has confundido? —Inquirió ella— Quizá solamente sean deseos de ligar.

—¡Por favor, no imagines eso! Es verdad, os parecéis como dos gotas de agua —“separadas en el tiempo”, pensó, como lo hizo con anterioridad—. Aún tengo mis dudas.

Ella sonrió distendida. Le gustaba el joven.

—Mucho te habrá interesado la princesita para recordar tan claramente su rostro.

—Ejem... Bueno, sí, ejem...—tartamudeó sin saber muy bien que responder.

—De todas maneras, pienso que tu memoria puede estar fallándote. ¿Hace mucho tiempo que no la ves?

“Siglos”, pensó Andrew, y recordó las palabras del Presidente.

—Sí, hace tiempo. Fue en Roma durante mis vacaciones, hace un par de años.

Continuaron hablando y una confianza mutua se fue apoderando de ellos. Cada gesto, cada palabra, cada movimiento le hacía recordar a la princesa.

—Antes, me has llamado por mi nombre, ¿me conoces acaso? —le preguntó al recordarlo.

—Claro. El capitán Andrew, un excelente piloto de la NASA. Bueno, eso es lo que dice mi padre —sonrió—, ya sabes, a veces se exagera.

—Ja…, ja… —no pudo contener la risa ante el tono burlón, pero delicioso de sus palabras.

Tai Su le contó que había nacido en China, pero que sus padres ya vivían en Nueva York. Su madre decidió dar a luz en su ciudad natal, Xian —otra descarga de adrenalina recorrió el cuerpo de Andrew, “Dios mío, cuántas coincidencias”, pensó—, y allí transcurrieron prácticamente los primeros años de su vida. Después ya se quedó definitivamente en América, adaptándose plenamente a la forma de vida del país. De vez en cuando regresaban a Xian, sus abuelos vivían allí, ya eran demasiado mayores para adaptarse a la vida americana. Antes viajaban a menudo a Nueva York para pasar largas temporadas. Ahora no, y debían de hacerlo ellos. Su padre era propietario de una empresa colaboradora con la NASA y siempre estaba muy ocupado, por eso, los últimos viajes a Xian los había realizado ella sola.

—Xian es una ciudad maravillosa, te gustaría —le dijo con emoción.

—Ya lo creo —respondió evocadoramente—. Visitar el mausoleo de Qin Shi Huang y sus figuras y caballos de terracota.

—Son impresionantes.

—Y el palacio de la dinastía Ming con sus preciosos jardines, antesala del salón del emperador.

La joven le miró sorprendida.

—¿Conoces Xian, Andrew?

Andrew casi responde “por supuesto”, pero se dio cuenta a tiempo.

—No. Claro que no —dijo con voz insegura—. Me gusta el arte y la China Imperial ha sido pródiga y exquisita al producirlo.

—Sí, es cierto —respondió ella, no muy convencida.

—¿Te apetece bailar? —preguntó tratando de romper el ritmo de la conversación—. La música es muy agradable.

Ella asintió. Andrew la asió del desnudo brazo, sintiendo como su cuerpo se estremecía al contacto con su piel. Se dirigieron hacia el centro de salón y comenzaron a girar al son de la música.

Bailaron durante mucho tiempo. Querían perpetuar el momento. Andrew la miraba directamente a los ojos con una perenne sonrisa en su rostro. Ella, a veces, bajaba la mirada teniendo la sensación de que el joven buceaba en lo más hondo de su ser. Cerraba los ojos y creía sentirlo en su mente. Al principio se encontraba un poco asustada tratando de resistirse, pero poco a poco comenzó a percibir confianza en él y se abandonó. Parecía experimentar la unión de las dos mentes produciéndoles una sensación muy agradable.

Unos golpecitos en su espalda le hicieron salir del ensimismamiento que le envolvía. Se giró, el rostro de su padre le miraba sonriente. Le dijo que su madre y él debían abandonar la fiesta y querían despedirse.

—Ahora vamos, papá —contestó resuelto.

Le pidió a Tai Su que le acompañara y así conocería a su madre. Ella aceptó encantada y abandonaron el centro del salón. A medida que se acercaban a la mesa que ocupaban sus padres se dio cuenta de la expresión de incredulidad de su madre. La palidez de su rostro se acentuaba a medida que se iban acercando.

Bárbara miró alternativamente a Tai y a su hijo sin dar crédito a sus ojos. Andrew cayó en la cuenta, su madre había reconocido a la princesa por el dibujo del libro.

—Mamá, papá —se adelantó con rapidez a cualquier comentario—, os presento a Tai Su, hija de un importante suministrador de la NASA.

Ambos se levantaron y besaron a la muchacha en la mejilla. A la joven no le pasó desapercibida la reacción de la madre de Andrew pero no hizo comentario alguno.

Bárbara estaba nerviosa, algo poco habitual en ella, pero la presencia de la joven allí, fiel retrato de una princesa de la edad media de la China Imperial era algo que no podía encajar muy bien.

Poco a poco fue distendiéndose y disfrutando de la locuacidad y frescura de la joven. Le hubiera gustado quedarse allí toda la noche.

Lamentando tener que abandonar la fiesta, comenzaron a despedirse. Andrew abrazó a su madre y le susurró al oído:

—Estoy tan sorprendido como tú, mamá. No puedo comprenderlo.

—Hijo, quizá al igual que tú has viajado al pasado, ella pudo haberlo hecho hacia el futuro.

Cuando la besó en la mejilla, Andrew pudo observar como a corta distancia, casi oculta entre los numerosos invitados, el rostro de Maitreya le miraba sonriente. Tai Su se dio cuenta y siguió la mirada de Andrew.

—¿La conoces? —le preguntó.

—¿A quién…?

—A la mujer que te ha sonreído al fondo.

Andrew dudó pero finalmente contestó:

—Sí. Un poco. ¿La conoces tú, acaso?

—Claro —respondió como si fuera lo más natural del mundo—. Es mi madrina.

—¿Cómo dices? —se sobresaltó.

—Si, mi madrina. ¡Es una persona genial! Bueno, si la conoces lo debes de saber. Tiene una extraña cualidad, aparece y desaparece como por arte de magia. Nunca sabes exactamente donde la puedes encontrar. Yo la adoro.

Bárbara no daba crédito a las palabras que escuchaba a pesar de estar ya muy habituada a todas las circunstancias que rodeaban a su hijo. Finalmente, Robert tuvo que arrastrarla del brazo, pero aún escuchó las tenues palabras de su hijo.

—Sí, mamá —respondió muy contento—, no hay duda, es la princesa Shu, aunque quizá ni ella misma lo sepa.

Los padres de Andrew abandonaron la fiesta. Bárbara lo hizo tremendamente emocionada y satisfecha.

Andrew volvió a tomar el brazo de la “princesa” para dirigirse al centro del salón y continuar bailando. Ahora comprendía por qué no sintió la necesidad de continuar con la lectura de su “libro” más allá del relato de la boda principesca. Ya no tenía necesidad de llegar al final, que, realmente, no existía.

Nuevamente sus ojos se encontraron con los de Maitreya y entonces comprendió con claridad cual sería su futuro y lo que éste le depararía.

Continuaron bailando, mientras en su mente se formaron las imágenes de Jeshe Norbu y Taypeck. Las de Maitreya y la “princesa” las tenía ante sí.

Continuaron bailando, quería hacerlo durante toda la noche, todas las noches, hasta la eternidad. Y allí danzaron y danzaron mirándose a los ojos sin mediar palabra alguna. Sus mentes se encontraban en comunión perfecta.

 

F I N

 

  

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