RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O   I I I
LAS VISIONES DE JESHE NORBU



Como era habitual en esa época del año, el viento azotaba la región con violencia, obligando a la mayoría de los habitantes del lugar a permanecer en sus casas realizando trabajos domésticos. Sin embargo, en el convento, la actividad era igual que cualquier otro día. Tan sólo Jeshe Norbu parecía estar ajeno a todo lo que pudiera ser cotidiano. Sentado sobre una gruesa alfombra de vivos colores al lado de una de las chimeneas que calentaban sus aposentos, mantenía entre sus manos los escritos que Taypeck y los monjes le habían entregado la noche anterior. La lectura le mantenía emocionado y en un estado alto de excitación que era incapaz de dominar.

Unos golpes en la puerta le distrajeron momentáneamente. Pensó en despedir de inmediato a quien trataba de alterar el placer que estaba sintiendo. Sin esperar contestación, la puerta se abrió y dio paso a un  Choelyng eufórico.

—¿Qué puedes decirme, Dilgo? —le preguntó de inmediato, mientras que con su mano trazaba unas figuras en el aire.

—¡Fascinante! —contestó pletórico—. Nunca hubiera podido imaginar una historia tan bella.

—Pues espera a que sea redactada como se merece.

—Pero..., ¡si no hace falta! —se movió nervioso—. La descripción es perfecta.

—Falta mucho diálogo todavía —le miró sonriente, mantuvo un pequeño silencio, suspiró profundamente y replicó—: sería una obra inacabada. Al final, será perfecta.

—¿Cómo conoces que es una gran obra ? —le miró con un gesto de seriedad que no sentía.

—Muchas horas hablando con los monjes me han hecho vivir sus tribulaciones. Taypeck es un conversador nato. Uno percibe como se detiene el tiempo en su compañía.

—Sí. Tienes razón, querido amigo, como siempre. Tu elección es tan buena como la obra misma. Es algo que no podré pagarte jamás y sentiré el dolor de estar eternamente en deuda contigo.

 Choelyng le miró con gran afecto y sonrió benévolamente, pero se abstuvo de contestar. “En ocasiones, un perfecto silencio vale mucho más que toda una conferencia”, se decía muchas veces.

Jeshe Norbu se levantó de la alfombra con una agilidad impropia de sus años. Mucha gente se habría sorprendido si hubieran podido contemplarlo.

—¿Te parece entonces que demos el visto bueno y que añadan lo poco que ya creo que se puede añadir? —dijo Jeshe Norbu dirigiéndose hacia la entrada del confinamiento de los monjes.

—Todavía te asombrarás Dilgo. Ya verás —le respondió con un gesto burlón.

El cuarteto redactor se encontraba trabajando en la amplia mesa, en completo silencio y totalmente abstraídos en la tarea que estaban realizando. Al percatarse de la presencia de Kundum se levantaron con extremada rapidez y realizaron los saludos de rigor. Con devoción inclinaron sus cuerpos uniendo sus manos a la altura del pecho. Jeshe Norbu les dejó hacer. Sería una falta de cortesía no permitirles realizar tales actos, por muchas veces que se repitieran a lo largo del día.

Ambos se acercaron prestos a la mesa y dialogaron con ellos. Taypeck trató de ocultar algo a la mirada del Dalai Lama, pegando su cuerpo a la mesa, pero éste, se dio cuenta. Les expresó su satisfacción por el excelente trabajo realizado y les rogó que se mantuvieran en la misma línea.

Trató de girar alrededor de la mesa para poder observar lo que Taypeck quería ocultarle. Le hizo gracia su actitud pero continuó sin decirle nada sobre ello.

—¿Habéis leído todo el texto, Jeshe Norbu? —preguntó Taypeck respetuoso.

—No, Taypeck. Todavía no, pero sí lo suficiente como para dar mi aprobación.

—Desearía —añadió el joven monje—, que leyerais la escena en la cual se casan los príncipes. Tenemos varias ideas sobre ello y quisiéramos vuestra colaboración. Es, quizá —se detuvo y respiró con fuerza—, sin duda alguna, la parte clave de la obra.

—¿Puedes explicarte?

Y sin que el joven monje lo apercibiera, Jeshe Norbu ya estaba mirando lo que trataba de ocultarle. Se quedó fascinado al contemplar el dibujo realizado sobre una amplia lámina. Trató de decir algo, pero de su garganta apenas salió un suspiro. Choelyng se acercó también y pudo contemplarlo. Su fascinación sólo fue superada por la del Dalai Lama.

—¡Perdonad, Jeshe Norbu, por la pérdida de tiempo realizando unos cuantos dibujos! —exclamó el monje de edad más avanzada.

Exactamente eran cuatro dibujos espléndidamente realizados. No podían dar crédito a lo que veían sus ojos. Por los de Jeshe Norbu asomaron unas tímidas lágrimas que no pudo retener ante la belleza de los que estaba contemplando. Ya repuesto, no dudó en pedirles que incorporaran al texto todo lo necesario para realzar la belleza de la obra. Los monjes se miraban entre sí, sonrientes de placer. Los dos lamas continuaban extasiados con la visión de los dibujos.

 

Fueron transcurriendo los días y tanto Dilgo como Choelyng comprobaban los avances realizados con la obra. Se sentían satisfechos, plenamente satisfechos. Tan sólo les restaba alcanzar el día de su finalización y Jeshe Norbu estaba impaciente por ello.

Una tarde los Lamas hicieron pasar a Taypeck a la estancia privada de Jeshe Norbu. En un principio se sintió receloso pero el tono de voz y las palabras de los altos dignatarios le calmaron enseguida.

—Debo explicaros el porqué de este trabajo —le dijo el Dalai Lama—, aunque, a ciencia cierta, yo tampoco lo tengo muy claro.

Se sentaron al lado de la gran chimenea manteniéndose en silencio durante un corto periodo de tiempo. Después, Jeshe Norbu trató de explicarles sus sensaciones.

—Seguramente habrás oído hablar del Agarthi —se dirigió a Taypeck observando como hacía una ligera señal de asentimiento—. No es una ciudad perdida en una de las cimas espirituales que tanto existen en nuestra tierra.

Choelyng miró un tanto sorprendido a Dilgo pero se abstuvo de decir palabra alguna, que con voz taimada continuó con sus explicaciones.

—Desde el principio de los tiempos, la Asamblea de los Sabios o Instructores de la Humanidad se reúnen en sitios secretos y con una determinada periodicidad. Se murmura que lo hacían en el epicentro electro-magnético del globo. Es en el Agarthi donde se reúne el Conclave Supremo, o más bien, es cuando se reúne.

Les explicó que extrañas profecías comenzaban a circular entre un  grupo de sabios procedentes de varios países. Muchas de ellas, eran meras deformaciones de las que tiempo atrás había expuesto el mismo Buda. También se rumoreaba que pertenecían a la Asamblea del Agarthi.

Dilgo Rimpoché Drukpa era consciente de la peligrosidad que representaba este pequeño grupo si conseguía ir extendiendo sus garras en el mundo. También era consciente de que ese necesitaría muchos, muchísimos años para alcanzar un verdadero poder. Pero era algo que acabarían consiguiendo, de lo cual, no tenía la menor duda Jeshe Norbu. Era por eso, por lo que se estaba preparando. Sus visiones del futuro le habían perseguido a lo largo de los años de su dilatada vida.

Presentía unas fechas claves en la historia de la humanidad. En determinados momentos, cuando se encontraba en estado de trance, sentía como su espíritu se separaba de su cuerpo y volaba a lo largo del tiempo y del espacio y tenía espectaculares visiones. Casi siempre que alcanzaba este estado, intuía otra presencia a su lado y que juntos recorrían la historia de la humanidad.

Choelyng y Taypeck le miraban con asombro. El cuerpo de Jeshe Norbu parecía diluirse y fluctuar en el espacio. No comprendían muy bien lo que estaba tratando de comunicarles.

Las palabras iban fluyendo con lentitud de sus labios. Sus ojos, aunque aparentemente cerrados, veían con claridad el asombro reflejado en los rostros de los monjes. La expresión de Taypeck no ofrecía duda alguna de cuales eran sus sentimientos en ese instante.

—En mis visiones, observo a alguien, un muchacho, que vive en un futuro muy lejano y en un país muy joven todavía, pero muy poderoso, el más poderoso de la tierra. Existirá una determinada comunicación entre los dos. El nexo de unión tiene que ser el libro que estamos preparando.

—¿Cómo puedes saber todo eso, Jeshe Norbu? —preguntó Choelyng balbuceante.

—Lo intuyo, querido amigo —respondió sin apenas mover un músculo de su cuerpo—. Mis visiones son muy claras. En todas ellas, la presencia del libro es inequívoca. Por eso, tiene que ser un libro poderoso, ¡mágico!, y llevamos el camino de conseguirlo, no me cabe la menor duda.

Dilgo Rimpoché Drukpa continuó durante bastante tiempo expresando sus visiones y tratando de darles la mayor información posible para que se cumplieran.

—Hubo un tiempo en el que creí estar influenciado por la leyenda de Gisar de Ling, rey de la provincia de Ling. Incluso se dice que retornará viniendo de Shambala y que con su impresionante ejército, someterá a las fuerzas de la oscuridad en el mundo.

—¿Dónde se sitúa Shambala, Jeshe Norbu?

—Oculta, dicen, en algún valle remoto y perdido en la región de los Himalayas. Para mucha gente no es un país imaginario.

Tras un ligero silencio, Jeshe Norbu trató de organizar sus ideas. Eran muchos los conocimientos existentes en su mente que no podían salir a la luz y por ello, tenía que ser muy meticuloso, fundamentalmente, con el joven monje, cuya intuición, imaginación y sabiduría, a su corta edad, eran portentosas.

Se mostró muy satisfecho porque el libro fuera totalmente diferente de las leyendas del Rey Gisar que corrían de boca en boca o se encontraban en xilografías desperdigadas por el país.

—Siento profundamente que este libro no llegue a ver la luz —expresó con un gesto compungido.

 Se escribirían dos volúmenes, y el segundo sería traducido al latín. La lengua de la persona a la que irá dirigido les era desconocida, pero el latín era ampliamente utilizado en países europeos y fundamentalmente por la Iglesia Católica y seguramente en el nuevo mundo tendría un especial arraigo.

Transcurrió el tiempo en amena charla. Jeshe Norbu se sorprendió de la fluidez de expresión del joven Taypeck, sintiéndose maravillado por su genialidad como dibujante. El muchacho le pidió su parecer sobre algunos de los pasajes de la historia, pero Jeshe Norbu tuvo la habilidad para provocar que las alternativas y soluciones procedieran de él.

Choelyng les miraba encantado. Siempre fue consciente de los valores del joven monje y de su capacidad para llegar muy alto. No le cabía la menor duda. Tan sólo le entristecía la seguridad de que él ya no estaría allí para verlo y disfrutarlo. En aquel momento comprendió que el sabio destino les había unido y que Dilgo difícilmente se separaría de su compañía. Sin embargo, sus pensamientos no serían todo lo certeros que deseaba.

Una tarde, en pleno paseo por la amplia explanada, Choelyng tuvo un pensamiento que enseguida comentó con Dilgo.

 —Con el libro, deberíamos enviarle un objeto, como símbolo de poder.

Dilgo le miró con un gesto de sorpresa en su rostro, sin saber muy bien a que podía estar refiriéndose su compañero.

—Sobre la pared de tu habitación tienes colgados numerosos objetos, cualquiera de ellos es una verdadera joya por sí solos y simbolizan poder y riqueza.

—¿Una espada quizá? –inquirió Dilgo

—Demasiado grande y ostentosa.

 Dilgo se golpeó ligeramente en la frente con la mano abierta.

—¡Claro, ¿cómo no se me había ocurrido?! —respondió exaltado.

Choelyng le miró con un gesto de sorpresa.

—¡Qué haría yo sin ti, querido amigo, que haría!

Se miraron, complacido uno, con sorpresa el otro, pensando que había dicho alguna tontería.

—¡No será una daga, será “mi daga”!

—¿Vas a arriesgarte a enviar esa joya a través de los siglos y en manos de desconocidos? —exclamó Choelyng sorprendido, incrédulo y con un ligero gesto de ira en su rostro..

—Sí —respondió muy convencido Dilgo, convencido y eufórico—. Me has dado la clave. Mi “daga”, será enviada juntamente con el libro, que será la “puerta”, y ella será el “vehículo”. ¡Claro! —se dijo muy quedo—. Lo he visto en más de una ocasión.

Choelyng no entendió al momento que quería decir su compañero, pero estaba habituado a esperar, aunque el disgusto no había desparecido de su rostro.

—Desde ahora mismo te encargo su réplica exacta. Creo que sabes perfectamente quien puede realizarla. Al igual que con el libro, la discreción deberá ser absoluta.

Un profundo cambio se había producido en el ánimo de Dilgo Rimpoché Drukpa. Su gesto de seriedad había desaparecido. A Choelyng le pareció un chiquillo con un juguete nuevo. Se volvió locuaz.

Continuaron paseando por el patio ensimismados en su conversación. Apenas si percibían lo que ocurría a su alrededor. A pesar de lo frecuente de sus paseos, alguno de los Lamas superiores no veía con muy buenos ojos esa relación tan cotidiana, pensando que algo extraño debía de estar ocurriendo. Esto, unido a la brusca desaparición de varios monjes, les tenía intrigados. Corrían algunos rumores sobre su confinamiento, aunque nadie sabía nada de una forma concreta. Se corrió la voz de que un médico había atendido a un lama inferior aquejado de altas fiebres en una de las salas destinadas a los altos dignatarios del convento y que, aparentemente, era uno de los desaparecidos.

 Zhang Tsondu, quinto Lama en la escala del poder tibetano, intuyó los deseos del Dalai Lama a través de unas filtraciones atribuidas a dicho médico y que según las cuales, el monje, en sus momentos de delirio  provocados por la alta fiebre, había realizado sobre una misión secreta encomendada.

 Personaje ambicioso pero con gran carisma, había podido acceder a los niveles actuales gracias a sus nobles y poderosos ascendientes de una provincia china próxima al Tíbet. Tenía una misión muy específica; vigilar atentamente a Dilgo Rimpoché Drukpa y controlar cualquier acción contraria a los intereses del grupo dentro de la Asamblea. Deseaba fervientemente alcanzar el puesto de Dilgo Rimpoché Drupa y convertirse en el todopoderoso Dalai Lama del Tíbet.

Nunca dudaron de la gran capacidad de Jeshe Norbu pero tampoco perdonaron su abandono de la Asamblea en clara oposición al grupo.


oooOOOooo



ÍNDICE

P. PRINCIPAL