RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A


LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O   I V
EL SÍMBOLO DEL PODER, LA DAGA



 

Andrew caminaba con paso ligero tratando de aclarar sus ideas. Se sentía muy inquieto, situación un tanto extraña para él, aunque estaba completamente seguro que su estado de ánimo se debía a la insólita adquisición y posesión del libro.

 Se detuvo unos instantes y finalmente tomó una decisión.

—“Ahora mismo voy a la librería y trataré de preguntarle el precio del libro al dichoso oriental. ¡No me importa lo que cueste! Ya encontraré algún recurso adecuado” —se dijo en un hilo de voz, a pesar de lo cual, algún joven con los que se cruzaba se llevaba el índice a la sien con una indicación bien clara a todo aquel que hablaba solo en plena calle.

Poco más tarde se encontraba al inicio de la calle en la que estaba situada la librería. De nuevo le asaltaron serias dudas sobre la actitud que debería demostrar. Inquieto, cambio de acera para poder situarse enfrente de la tienda y observarla antes de entrar. Su sorpresa fue grande al comprobar que había desaparecido. En su lugar se exponían unos vestidos infantiles de escasa vistosidad y de dudosa calidad. Aparentemente llevaban mucho tiempo allí, como si nunca hubiese existido la librería.

Miró a su alrededor con detenimiento pensando en un posible error pero pudo convencerse de que no se equivocaba. La tienda había sido desmantelada. Se sintió defraudado y comenzó a dudar sobre la realidad de lo sucedido. “Quizá vuelva otro día con más tranquilidad para indagar un poco".

Y siguió su camino.

Sin darse cuenta se encontró delante de una pequeña armería con numerosas armas blancas expuestas sin orden ni concierto. Distrajo unos instantes su mirada, pasandola de un arma a otra con rapidez.

A sus espaldas escuchó una voz que le preguntaba, en un defectuoso pero inteligible inglés, si buscaba algo en especial.  Andrew ladeó la cabeza y miró a un joven oriental, con el cráneo totalmente rapado, las manos perdidas entre las mangas de un espacioso kimono de color naranja oscuro y una amplia sonrisa en el rostro.

—No. Muchas gracias —contestó deprisa y algo nervioso todavía—. Me ha llamado la atención ver tantos cuchillos, navajas y puñales juntos —“y tan revueltos”, pensó irónico.

—Apreciarás que no son buenos. Pero tengo armas muy hermosas. Ven y lo comprobaras.

Andrew se negó reiteradamente a pasar al interior de la pequeña armería, sin embargo no había adoptado la actitud de retirase. Se mantenía delante del escaparate. Miraba las armas, miraba al oriental que no paraba de hablar con un tono cálido tratando de ser convincente. En un momento dado se sintió divertido con la situación. Realmente, el oriental parecía una persona encantadora, de elegantes modales y deseoso de satisfacer al visitante. Pensó si llevaba algo de dinero para hacer una pequeña compra. No quería desairar al afable oriental de grandes y negros ojos que no cejaba de moverse con celeridad aparentando un nerviosismo que no sentía.

—De acuerdo, entraré —le dijo, pensando que la escasez de clientela le obligaba a actuar con aquella persistencia.

—¡Gracias, gracias! —Le respondió el joven oriental de cabeza rapada, inclinando insistentemente su cabeza—. No os arrepentiréis. Tengo cosas muy bonitas dentro de la tienda.

Andrew pensó lo contrario, pero le pareció inadecuado rechazar la oferta.

Una vez en el interior, de reducidas dimensiones, se amontonaban multitud de armas blancas sobre unas estanterías que producían la impresión de venirse abajo de un momento a otro. Fue curioseando de un lado a otro sin fijarse en nada concreto. Tomaba alguna navaja, la observaba sin interés y volvía a dejarla. Los puñales y demás armas allí expuestas le decían bien poco.

Iba a preguntarle el precio de una pequeña daga de escaso valor cuando el oriental le dijo:

—Me parece que realmente no le agrada nada de lo que ve. ¿No le gustan las armas blancas? ¿Desearía que le mostrara unas buenas espadas? Tengo algunas en la trastienda.

—No. Gracias —rechazó Andrew, que ya comenzaba a cansarse un poco y deseaba marcharse—. Son grandes y aparatosas.

El oriental se acercó al pequeño mostrador e introdujo la mano en uno de los cajones. Sacó varios puñales que dejó sobre el mismo. Andrew se dio cuenta de inmediato que la calidad era muy superior a lo que había visto por las estanterías. Estuvo observándolos un rato.

—¿Le gusta alguno?

—Sí. Ya son más vistosos. ¿Cuánto cuesta éste? —le preguntó con escaso interés tomando uno de los puñales entre sus manos.

—Es barato. Pero antes de hablar de precio, permítame que le enseñe algunos más.

Andrew asintió por pura cortesía.

El oriental despareció tras una cortina para reaparecer segundos después con una tela negra enrollada. La esparció sobre el mostrador dejando al descubierto unos cuantos puñales y dagas más. El gesto de Andrew expresó claramente que lo que le presentaba el oriental era de su satisfacción. Éste, se dio perfecta cuenta y le dejó mirar, permaneciendo expectante pero en silencio. Observaba muy atentamente las expresiones del rostro de Andrew.

Tomó alguna de las dagas entre sus manos. Piedras preciosas engarzadas sobre la empuñadura, le indicaban que, si realmente eran autenticas, valdrían una fortuna. Pasó el dedo índice por el filo de la daga verificando su perfecto estado.

El oriental le observaba silencioso pero muy sonriente.

Miró con interés una a una todas las armas. No salía de su asombro al comprobar la belleza y calidad de las mismas. Tampoco pudo entender como en una tienda como aquella, podían tener obras tan perfectas y caras. Un sentimiento de duda se fue arraigando en él. Seguramente las armas eran unas buenas imitaciones, pero nada más.

—¿Son auténticas? —se atrevió a preguntar.

—La pedrería lo es, señor, y las hojas están realizadas con acero de la mejor calidad y forjadas a mano. Todas ellas son muy antiguas.

—Pues valdrán una fortuna.

—Sí. Son muy caras, señor. Son verdaderas joyas. Tengo otras mucho más baratas.

Andrew sonrió al comprobar ahora el giro del oriental, que se percataba de la imposibilidad de que una persona joven como Andrew pudiera comprar un arma como cualquiera de aquellas.

—No. Gracias. Las que me gustan no puedo comprarlas, mi padre me mataría —le comentó con un gesto picaresco—. Las baratas no me interesan y además, no necesito un arma.

—Permítame que le enseñe otra más, la última.

Y diciendo esto, volvió a interior de la trastienda. Regresó con una cajita de madera, alargada y con unos extraños dibujos en la tapa. La abrió con ademanes pausados y sin dejar de mirar a Andrew. En el interior, una tela de terciopelo rojo cubría el objeto que trataba de enseñarle. Cuando lo hubo desenvuelto totalmente, dejó encima del mostrador una daga. Andrew la observó asombrado. Sintió unos deseos irreprimibles de tomarla entre sus manos, cosa que hizo con ademanes lentos, casi con reverencia. Cuando sus dedos rozaron el acero, le pareció que quemaba, produciéndole una extraña sensación. Dio un respingo y miró con sorpresa al oriental.

—¡Está caliente! —gritó sorprendido y algo asustado.

—No, señor. Quizá os lo parezca, pero su metal está tan frío como el de las demás armas.

Volvió a tomar la daga, tímidamente al principio pero, a pesar de notar la misma sensación, la agarró con fuerza por la empuñadura y la elevó a la altura de sus ojos. El metal despidió mil destellos. Tuvo una extraña sensación. Le pareció que en su mente se formaban insólitas y absurdas imágenes que discurrían con celeridad. Su cuerpo fue recorrido por un ligero estremecimiento al igual que cuando se sufre una descarga de electricidad estática. Quiso soltarla, pero su mano continuó aferrada a la empuñadura.

A pesar de su estado de excitación, la observó con detenimiento y se dijo mentalmente que aquella maravilla tenía que ser suya. Ni se le ocurrió pensar en el precio. El joven oriental se sentía complacido observando a Andrew. Comprobó que el momento que había esperado durante mucho tiempo había llegado y que la profecía iba a cumplirse. ¡El dueño del arma había tomado posesión de ella y eso, le hacía feliz! Era la misión que se le había encomendado desde muy pequeño.

Para Andrew parecía no existir otro mundo. La daga y él se atraían mutuamente como si quisieran constituir una sola unidad.

Escuchó la voz del oriental que le pareció que surgía del pasado. Al principio ni se dio cuenta que le hablaba a él. Con un tono cálido de voz, el oriental se estaba interesando por las intenciones de Andrew.

—¿Os gusta, señor?

Andrew se le quedó mirando como si no entendiera nada. Segundos después reaccionó, contestando:

—¡Oh, sí. Realmente es preciosa! —respondió muy emocionado todavía—. Es una excelente joya —y entonces pensó que le sería imposible comprarla. Unas gotitas de sudor hicieron acto de presencia en su frente. Sin saber muy bien por qué, comprendió que le sería muy difícil separarse de aquella daga.

—Quisiera haceros una pregunta señor —le dijo el oriental. Su agradable sonrisa no tranquilizaba demasiado a Andrew.

—Adelante.

—¿No hace mucho tiempo habéis adquirido un magnífico libro escrito en latín?

—No —contestó Andrew con prontitud.

El rostro del oriental se tornó profundamente serio en décimas de segundo.

—¿No...?

—No. No puede decirse que lo haya adquirido —respondió algo más relajado—. Me lo regaló un librero, por cierto, oriental y que hace un rato me encontré con la sorpresa de que su tienda ha sido cerrada y en su lugar hay otra, pero de moda infantil.

El oriental emitió un pequeño resoplido de alivio. Había pensado en la posibilidad de estar cometiendo un error que sería imperdonable.

—La daga —respondió, ya tranquilizado—, es parte inseparable del libro, señor. Al igual que éste, también os pertenece desde hace mucho, muchísimo tiempo. Lo sé desde muy niño.

Andrew trató de saber más cosas. Se sentía tranquilo al entender que la daga también se la regalaban, pero quería saber por qué. El oriental sólo pudo decirle que había sido preparado para ese momento, que el libro y la daga le habían sido entregados por diferentes conductos para eliminar el riesgo del error, y que él, no conocía a la persona de la librería.

Le dijo también que, desde que se hizo cargo del libro y ahora de la daga, estaría protegido por gente muy especializada en esa labor. No tendría que preocuparse, ellos estarían siempre vigilantes.

Andrew no salía de su asombro. Trató de obtener más información. Quería conocer el motivo por el cual se le había regalado el libro y la daga, que cada uno de ellos por separado, seguramente costarían una fortuna.

El joven oriental no pudo responder a ninguna de sus inquietudes. Le expresó su alegría por haber tenido el placer de entregarle la daga y cumplir la misión encomendada. Ahora podría realizar uno de sus sueños dorados, viajar al Tíbet y conocer la tierra de sus ancestros.

Le pidió la daga para guardarla en su caja. Andrew se la entregó a desgana, le hubiera gustado irse con ella entre sus manos. Sentía como irradiaba energía que se transmitía a todo su cuerpo.

Poco más tarde, cuando las sombras se cernían sobre la ciudad, abandonó la armería, convencido de que no volvería verla abierta de nuevo. Caminó sin volver la vista atrás, con la bolsa de los libros fuertemente agarrada. En su interior portaba una joya especial, su segunda joya.

No le cupo la menor duda. A una distancia prudencial, dos fornidos orientales seguían sus pasos con una misión muy específica.

Sentía verdaderos deseos de llegar a su casa y en la intimidad de su estudio poder contemplar y admirar sus dos joyas, “el libro y la daga”.

Sombras de incertidumbre acariciaron su mente. Le parecía una situación irreal, sin sentido, dudando de su capacidad para poder valorar con efectividad la verdadera razón de lo sucedido. A medida que transcurría el tiempo, se sentía más inseguro. Se hacía mil preguntas sobre lo que le estaba aconteciendo pero se veía incapacitado para responder ni a una sola de ellas. “Esto es lo que debe de ocurrirle a los que se drogan y se encuentran pirados por sobredosis”, pensando si alguien, en algún momento, pudo proporcionarle algo prohibido. Luego recordó con fuerza lo ocurrido con anterioridad, cuando otro oriental se comportó prácticamente como el de hoy.

Percibió el arma entre sus manos a pesar de estar guarecida en el interior de la caja. Una especie de extraña fuerza emanaba de ella propiciándole un estado anímico que nunca había sentido y que además, era incapaz de determinar. Dudaba si todo lo que le estaba ocurriendo podía ser positivo, o por el contrario, su mente estaba introduciéndose en una espiral negativa que podría alterar su cordura.

“¡Diablos, sea lo que sea y ocurra lo que ocurra, es indudable que poseo dos especiales joyas cuyo valor económico debe de ser altísimo, pero además, contienen una magia muy especial que soy incapaz de entender!”, se dijo murmurando entre dientes. 

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