RELATOS AL CAER LA TARDE ©


M A I T R E Y A



LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O    V
E L   V I A J E R O
 


 

El día estaba llegando a su fin y las oscuras garras de la noche se iban apoderando del paisaje. Los elevados riscos de las montañas más viejas del mundo aún se vislumbraban al tenue contraluz que el astro rey propiciaba en su ocaso. La nieve depositada en ellos emitía unos extraños fulgores al reflejar los últimos rayos solares del día.

La mirada de Jeshe Norbu permanecía fija y perdida en el más agreste de los penachos a través del amplio ventanal de su retiro. Sentía una especial excitación que le obligaba a permanecer en solitario casi desde el alba. A lo largo del día trató, persistentemente, de alcanzar un nivel de concentración total que le permitiera abandonar su cuerpo y viajar en el espacio y en el tiempo para encontrarse con el ser que tantas veces intuyó. Quizá la misma ansiedad que sentía, le impidió conseguir sus deseos, pero, no por ello iba a cejar en su empeño.

El cielo fue cubriéndose de estrellas que la limpia atmósfera permitía observar en su total esplendor. Recorrió con la mirada, las diferentes constelaciones con la seguridad de que su personaje, si las estuviera observando, lo haría de diferente forma y posición. El cielo no es inmutable, casi nada lo es, y esto era algo muy arraigado en el corazón de Jeshe Norbu. Sus visiones se lo hicieron comprender, y nunca dudó de ellas.

En un momento dado, su mano izquierda asió con fuerza la daga que llevaba colgada a la altura de la cintura. Su cuerpo se estremeció al sentir una especie de vibración que casi le hizo desprenderse de ella. Sus ojos se cerraron con fuerza y en su rostro se formó un rictus de tensión. No sintió dolor pero la experiencia fue muy extraña, asustándole momentáneamente.

Sin dudarlo, se encaminó hacia el centro de la estancia donde se encontraba una mesa con libros abiertos. Su mano derecha se dirigió hacia uno de ellos, hacia su libro, abierto en el pasaje donde podía observar un maravilloso dibujo a color que representaba la fastuosa boda entre el príncipe y la princesa. ¡Cuantas veces se recreó en su lectura! “Indudablemente, es perfecto”, pensó.

Posó la palma de su mano totalmente abierta sobre el dibujo y cerró los ojos, tratando de concentrarse. Una extraña sensación volvió a recorrer su cuerpo. Su mente perdió la conciencia del tiempo.

Por fin Andrew se sintió aliviado. Sobre la mesa de trabajo, las dos cajas que contenían sus joyas, una abultada libreta de notas y un portalápices repleto.

Se movía con una tranquilidad y sosiego que no sentía. Se sabía deseoso de tomar el libro y continuar con la lectura, aplazada una serie de días por diferentes causas. Hizo varios viajes a la cocina portando cada vez cosas diferentes; bebidas, vasos, cacahuetes, empanadillas, etc.

Parecía estar retrasando deliberadamente el instante de iniciar la lectura. En algunos momentos creía que todavía no era la hora, pero enseguida movía enérgicamente la cabeza para retirar de ella tales pensamientos.

—Creo que una buena ducha me relajará —se dijo en voz alta y sonora.

Sin perder tiempo, se dirigió hacia el cuarto de baño y una vez allí, dejó que el agua caliente discurriera mansamente sobre su cuerpo. Con los ojos cerrados fue evocando diversos pasajes del libro, en los que el valeroso príncipe imponía orden en la alterada tierra que dominaba su anciano padre o conversaba plácidamente con la bella princesa a la que amaba tiernamente. A Andrew le parecía que su espíritu se trasladaba hacia el cuerpo del noble joven oriental, sintiendo sus aventuras como propias.

Cuando comenzó a sentir molestias en su piel por el prolongado contacto con el agua caliente, abandonó la ducha, secándose fuertemente. Después se vistió con uno de sus pijamas preferidos, de una suave seda, ligero y de color azul claro. Sobre el bolsillo superior de la chaqueta se encontraba su nombre bordado.

Regresó al estudio y le pareció percibir una ligera luminosidad sobre la mesa de trabajo procedente de ambas cajas. Se frotó los ojos pensando que algún resto de jabón estaría enturbiando la visión, pero de inmediato se dio cuenta que su vista no le engañaba. Se acercó lentamente y se quedó mirándolas unos instantes. Después abrió la que contenía el libro y con ademanes delicados, como si de un ritual se tratara, lo sacó de la caja y lo dejó sobre la mesa. A continuación hizo lo propio con la que contenía la daga y la dejó sobre el libro.

Desenvainó la daga llevándosela a la altura de los ojos. Se quedó impresionado, al igual que las veces anteriores. Volvió a sentir el calor que despedía toda ella, pero esta vez ya no le produjo sensación de miedo alguno. Su metal irisado parecía tener vida propia.

Permaneció con la mirada fija en ella durante un tiempo que no pudo precisar. Los destellos emitidos por las piedras preciosas que adornaban el mango ejercían una fuerte atracción sobre él, mientras que en su mente se formaban veladas imágenes que no podía comprender.

Abrió el libro buscando la última página leída. Un sorprendente grabado ecuestre mostraba al príncipe vestido con vistosos ropajes, sobre un corcel negro con sus patas delanteras levantadas, en plena batalla contra el invasor de su reino. Asida con su mano derecha, blandía una enorme y preciosa espada dispuesta a caer sobre el enemigo. La dureza de sus rasgos y la tensión de la escena no le restaban belleza.

“El autor de estos grabados tuvo que ser un genio”, pensó.

Dejó la hermosa daga al lado del libro y se dispuso a continuar con su lectura.

Unas veces sonreía y su rostro se dulcificaba, otras tomaba una expresión de rabia y dureza, en alguna ocasión, varias lágrimas rodaron por su rostro sin que llegara a percibirlas. Se encontraba tan inmerso en la lectura y su contenido que todo a su alrededor había desaparecido. Todo menos la daga, que la había tomado con su mano izquierda y la mantenía agarrada con fuerza.

Allí dentro, tan sólo existían el libro, la daga y él, envueltos en una brumosa luz azul de la que parecían emerger destellos de múltiples colores para desaparecer con la misma vertiginosidad con la que se habían producido.

Los ojos enfebrecidos de Andrew parecían volar sobre los caracteres escritos en las páginas y unas páginas se sucedían a otras con endiablada rapidez al igual que su mano derecha al hacer anotaciones en la libreta. Si se hubiera fijado, hubiera caído en la cuenta de la ilegibilidad de sus escritos. Pero su mente captaba con gran claridad el contenido de cada una de las páginas que leía.

 

Jeshe Norbu llevaba varias horas en la misma posición, de pie, con la mano derecha apoyada sobre el libro y comenzaba a sentir que sus piernas flaqueaban ligeramente. Sonrió, con tristeza, al recordar que en su juventud podía resistir esa misma posición durante días sin alterarse lo más mínimo. Sin embargo, no se dio respiro alguno y permaneció estático. Las llamas de la chimenea le conferían un aspecto rojizo y cambiante además de proporcionarle calor en uno de sus costados.

Tomó la daga por la hoja y la elevó. Los destellos rojizos se hicieron muy fuertes al incidir sobre el pulido metal, obligándole momentáneamente a cerrar los ojos. Cuando volvió a abrirlos creyó que la habitación estaba cambiando. Una luz azul comenzó a envolverle y que, a cada instante, se hacía más fuerte. Parecía emerger del interior del libro y producía la sensación de ser un remolino que iba en aumento.

Se sintió en el interior del remolino y creyó girar con él, pero hacia el exterior del libro. Mil imágenes se fueron formando en su mente, sucediéndose unas a otras con inusitada rapidez. Creyó verse en su infancia pero en lugares totalmente desconocidos para él. Visiones de terribles guerras le dejaron anonadado. Pueblos arrasados y numerosísimos muertos. Ciudades con monumentos que su mente se negaba a entender.

Se sintió desfallecer pero apoyó con fuerza su mano derecha sobre el libro y la izquierda apretó el filo de la daga hasta producirse un pequeño corte que no sintió. Las tonalidades de la luz cambiaban dentro del color azul que ahora abarcaba todo el espacio que le rodeaba. Las llamas del fuego de la chimenea parecían haber adquirido el mismo aspecto.

Sus oídos no percibían sonido alguno y creyó encontrarse en un espacio vacío. Tan solo el libro y la daga le parecían reales. Sus ojos se fueron cerrando lentamente a la vez que sentía diluirse en medio de la luz. La delgada figura de Jeshe Norbu parecería inmensa ante cualquier observador.

De su boca comenzaron a salir unos extraños sonidos guturales a modo de monótono cántico que eran arrastrados por la luz hasta el infinito. Jeshe Norbu creyó formar parte de ese infinito abarcándolo en su totalidad.


Y la luz continuaba emanando del interior del libro.

La belleza del grabado representando la boda entre el príncipe y la princesa le dejó fascinado. Su mirada recorría cada trazo con deleite. Las imágenes y colores entraban por su retina abarcando toda su visión. La atracción era total. Sentía que su cuerpo trataba de ser absorbido por la luz que le rodeaba y dirigirlo hacia el interior del libro. Parecía diluirse por momentos y la daga le arrastraba hacia el mismo lugar.

Tuvo miedo y se sintió impotente.

En su mente evocó la figura de su madre buscando protección. No sabía que estaba ocurriendo pero se daba cuenta de que cada vez sentía una mayor debilidad en su cuerpo y esto le hacía pensar que de un momento a otro podía desmayarse.

—¡Diablos! ¿Qué me está pasando? —gritó un tanto asustado.

Quiso desprenderse de la daga que, cada instante irradiaba más calor y, además, parecía arrastrarle pero su mano permaneció cerrada, oprimiéndola con más fuerza.

La luz azulada cambiaba constantemente de tonalidad y estaba formando un suave torbellino dirigido hacia el centro del libro. Creyó estar girando con ella. Pensó que su cuerpo se diluía y pronto se dio cuenta de la certeza de su pensamiento. Los contornos de su figura se estaban difuminando y adquiriendo la misma tonalidad que la luz que le envolvía. Tuvo la sensación de que podía ver a través de su cuerpo.

Quiso gritar, pero su boca no emitió sonido alguno. Sin embargo, no sintió pánico.

Andrew perdió la conciencia de lo que estaba ocurriendo. Le pareció que comenzaba a girar, muy lentamente al principio, para incorporarse a una vorágine aterradora. Su estómago sintió náuseas y un profundo vacío se apoderó de él.

La luz iba cambiando de color, azul, roja, blanca, amarilla, azul, roja...

Una explosión final.

Después, el infinito negro.

 

Los cánticos de Jeshe Norbu iban increscendo, al igual que la velocidad del torbellino de luz. Sentía como ésta arremetía contra su cuerpo con violencia, a pesar de lo cual, continuaba manteniéndose estático y en la misma posición; de pie, con su mano sobre el grabado y sujetando fuertemente el alma de la daga.

Con los ojos entrecerrados pudo comprobar como la luz iba tomando forma, se hacía densa hasta aparentar una fuerte niebla que continuaba emanando del libro. Pocos instantes después, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Entre la chimenea y él, la niebla se concentraba, tomando una determinada forma.

Le pareció ver la silueta de un ser humano, muy disforme al principio para luego ir delineando sus contornos y tomar la apariencia de un joven rubio de caracteres occidentales. Desmadejado en el suelo, permanecía inerme y en posición fetal. En la mano izquierda, la réplica de su daga fuertemente cogida.

Jeshe Norbu comprendió que había conseguido arrebatar al muchacho de un futuro muy lejano. Sus pretensiones eran mucho más sencillas; alcanzar la comunicación con él en el plano astral. Ahora, lo tenía en su presencia, quizá real.

La luz azul fue tornándose cada vez más tenue hasta que desapareció totalmente. La estancia retomó su aspecto normal. Parecía que nada había cambiado a excepción de la presencia del joven occidental en el suelo. Se sintió muy nervioso pero un estado de felicidad le estaba embargando. Su constancia había dado unos frutos muy superiores a los imaginados.

Pensó en reclamar la presencia de Choelyng, pero comprendió que sería mejor encontrarse solo ante el muchacho cuando éste se despertara.

Se acercó a él y pasando un brazo a la altura del cuello y el otro por sus rodillas, lo levantó sin esfuerzo aparente. Caminó con suavidad hacia el camastro y con delicadeza lo depositó sobre él. El muchacho permanecía totalmente inerte sin dar señales de vida. Sin embargo, el Dalai Lama comprobó que su respiración era lenta y acompasada, al igual que su ritmo cardíaco.

Permaneció sentado a su lado hasta que las primeras luces del alba hicieron acto de presencia sobre los altos riscos de las montañas. Se acercó al amplio ventanal y pudo observar como la actividad del convento se había iniciado con normalidad.

Abandonó la estancia muy a su pesar, temeroso de que el muchacho pudiera despertarse en el transcurso de su ausencia. Salió en busca de Choelyng antes de que éste se presentara en sus aposentos como era habitual cada día. Recorrió el largo pasillo que conducía a una de las principales salas de oración. Antes de alcanzar el final,  Choelyng se acercaba a buen paso. Como cada día, la expresión de su rostro desbordaba la humanidad contenida en su interior.

—¡Está aquí! —gritó el Dalai Lama sin poder contenerse.

Choelyng le miró sin comprender, pero su rostro continuaba manteniendo su especial sonrisa.

—¿Quién está aquí, Dilgo? —le inquirió sin dar paso a los habituales rituales vespertinos.

—¡El muchacho, el occidental! —respondió Jeshe Norbu con una excitación impropia de él.

El Lama, temeroso de que pudieran ser observados le rogó tranquilidad, le tomó de un brazo, actitud impropia en el protocolo habitual y le condujo hacia los aposentos.

—¡Cálmate Dilgo, por favor!

—Estoy bien, de verdad. ¡Muy bien!

—Cualquiera lo diría por tu aspecto, Dilgo. Produces la impresión de no haber dormido en siglos.

Una ligera carcajada acompañó a sus últimas palabras.

Antes de entrar en los aposentos, el Dalai Lama se detuvo. Choelyng hizo lo mismo. Ya se encontraban fuera del alcance de cualquier mirada indiscreta.

—¿Qué te ocurre, Dilgo? —le preguntó antes de que éste emitiera palabra alguna.

Jeshe Norbu respiró profundamente y su rostro se relajó. Era muy grande su capacidad de concentración y el control de sus emociones. En segundos aparentó que no existía circunstancia alguna que alterara la normalidad de su existencia.

—Todo nuestro trabajo ha tenido éxito, Choelyng, un éxito que supera todas nuestras expectativas.

El Lama sonrió complacido. Nada le hacía más feliz que la satisfacción de su gran amigo.

—¿Has conseguido comunicación astral con el joven del futuro?

Choelyng nunca tuvo plena confianza en lo que trataba de conseguir su superior, sus dudas eran más que razonables, pero no las expresó de forma directa y en la mayoría de las ocasiones se comportaba como si su credulidad fuese total.

—No. No he tenido comunicación astral alguna.

El rostro de Choelyng denotó una sorpresa que en realidad no sentía, pero era algo habitual en los últimos tiempos.

—¿Pero...?

—¡El muchacho está aquí!

—¿Qué dices, Dilgo? — Gritó Choelyng sorprendido por la incoherencia de la expresión del Dalai Lama— No, decididamente, tú no te encuentras bien —añadió con inusitada rapidez.

El Dalai Lama comprendió que no estaba explicándose adecuadamente. Temía, además, la presencia de cualquier otro lama por los alrededores. Tampoco quiso entrar en sus aposentos antes de poder explicarle a su amigo los hechos acaecidos a lo largo de la noche. Sin dudarlo, abrió la puerta de acceso a la pequeña sala que habitualmente utilizaba para llevar a cabo pequeñas sesiones de meditación personal. Entró arrastrando consigo a un sorprendido Choelyng que comenzaba a preocuparse.

Un gran Buda presidía la estancia, pero en esta ocasión, ambos hicieron caso omiso de su presencia.

—Esta noche he tratado de comunicarme con el joven que tantas y tantas veces se me aparece en estado de meditación. Como bien sabes, siempre eran simples imágenes.

Choelyng asintió.

Dilgo se sentó en un banco situado a la derecha del Buda y Choelyng le imitó haciéndolo en el de la izquierda. En medio, la imponente presencia de la figura del Buda de orondas formas.

Con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos extendidas y juntas, postura que hubiera sorprendido a muchos de sus discípulos, fue explicando a su amigo todo lo ocurrido la noche anterior. Choelyng, aunque asombrado, dudaba de la realidad de las palabras de Dilgo y pensaba que su mente le había jugado y le seguía jugando una mala pasada. Con cruzar la puerta del aposento podrían comprobar que todo era fruto de un exaltado sueño.

Abandonaron la estancia ignorando por completo la presencia del Buda para dirigirse a los aposentos del Dalai Lama. Al abrir la puerta pudieron observar los últimos chisporroteos de las brasas en la chimenea próxima a apagarse por falta de leña. La penumbra del interior apenas les permitía vislumbrar el contenido de la estancia. El Dalai Lama se dirigió, con pasos lentos y sigilosos, hacia el lugar donde se encontraba su camastro. Detrás le seguía un Choelyng escéptico.

Al acercarse, ambos observaron un bulto sobre el camastro, aparentemente, un cuerpo humano totalmente encogido. Un joven, muy rubio, vestido con un extraño kimono azul pálido, dormía tranquilamente. Entre sus manos; una preciosa daga.

Choelyng le miró asombrado.

—¿Qué broma es ésta, Dilgo? —casi bramó el monje pensando que Jeshe Norbu había ido demasiado lejos en su locura.

—No es broma alguna —respondió Dilgo totalmente sosegado y haciendo un ademán con las manos para que se mantuviera en silencio—. No grites, vas a despertarlo.

—¿Quién es este joven?

—Sabes quién es este joven, Choelyng, acabo de explicártelo.

—¡No puede ser, eso es imposible!

—No hay nada imposible amigo. Deberías de saberlo, tus propias experiencias te lo han demostrado.

Choelyng no podía apartar sus ojos del rostro del muchacho. Si sus rasgos hubieran sido orientales, no hubiera tenido duda alguna de la broma de su amigo. Pero un muchacho como aquel..., no hubiera pasado desapercibido en Potala o en cualquier otro lugar del Tíbet.

—Y ahora, ¿qué podemos hacer? —preguntó el monje muy inquieto.

—Esperar a que se despierte —le respondió el Dalai Lama con tranquilidad absoluta.

—¿Y después? ¿Qué explicaciones podremos dar de este suceso?

—Tendremos que prepararlo convenientemente para que pueda llevar a cabo las misiones a las que está predestinado. Así, nos será mucho más fácil —le respondió señalando la presencia física del muchacho.

Se trasladaron al otro extremo del aposento y allí continuaron conversando. Quería que todo sucediera con precisión absoluta y garantizar una estancia del muchacho lo más segura posible.

 

Abrió los ojos lentamente tratando de levantarse, pero su estómago protestó enérgicamente, provocándole fuertes arcadas que le obligaron a desistir de su empeño. Todo pareció dar vueltas a su alrededor. Instintivamente volvió a cerrar los ojos y procuró permanecer los más estático posible.

Tanto Dilgo como Choelyng, al darse cuenta de que el joven parecía volver en sí, se acercaron presurosos.

—¡Loado sea Buda! —expresaron los dos a la vez y profundamente emocionados.

Andrew no percibía todavía el extraño entorno que le rodeaba. No sabía a ciencia cierta que estaba ocurriendo y su preocupación más inmediata fue la fuerte sensación de malestar a la que estaba sometido su cuerpo.

Los dos monjes le observaban detenidamente y en silencio. Esperaron a que el muchacho tomara conciencia de su nuevo estado.

—¡Maldita sea, ¿qué me pasa?! —exclamó con un tono de voz que denotaba claramente su malhumor.

Comenzó a recordar, a pesar del embotamiento mental que sentía, que leyendo el libro sintió unas extrañas y fuertes sensaciones que provocaron su desmayo. “Entonces, ¿cómo llegué hasta la cama?”, pensó y trató de abrir los ojos de nuevo. Lo primero que apreció fue la penumbra reinante en la habitación, que llegó a parecerle enorme y en constante movimiento. No fue capaz de reconocer nada de su entorno. “Esto no parece mi habitación”, volvió a pensar, y dentro de su mareo creyó percibir dos enormes y estilizadas figuras vestidas con ropajes de un color parecido al naranja fuerte.

Abrió desmesuradamente los ojos imaginando encontrarse inmerso en una extraña pesadilla. Delante de él, dos personajes que le produjeron la impresión de haber sido extraídos de una novela de terror oriental o algo parecido.

Dilgo, con gestos, palabras y suaves ademanes, trató de apaciguarlo, cosa que no consiguió de momento. A su lado, Choelyng reforzaba la postura de su amigo pero su nerviosismo era parecido al del joven.

Andrew se puso en pie de un salto. El mareo que sintió le hizo dar un par de pasos en falso, cayéndose sobre el camastro. Se percató de que su mano izquierda mantenía fuertemente asida su daga, que enarboló tratando de intimidar a las dos extrañas figuras. El Dalai Lama apartó hacia atrás a Choelyng a la vez que el mismo se retiró unos pasos procurando no asustar más al joven, que no conseguía salir de su asombro. Su expresión era una mezcla de miedo y rabia. Su cabeza giraba insistentemente de un lado a otro tratando de reconocer la estancia donde se encontraba.

—¿Quiénes son ustedes? —les gritó un tanto angustiado.

Ninguno de los dos lamas pudo entender las palabras del joven. Jeshe Norbu fue consciente de este hecho.

—No le pierdas de vista ni un solo instante —le dijo Dilgo a su amigo.

Y sin dudarlo, cerró los ojos, relajó los músculos y concentró su mente en el joven.

Andrew pensó que los dos personajes, aparentemente, no eran peligrosos, al menos, no se comportaban como tales. “Además”, se dijo con celeridad, “puedo controlarlos sin gran esfuerzo. Son altos pero delgadísimos, sin musculatura y muy ancianos”. No llegó a comprobar lo erróneas que eran sus apreciaciones. Algo más sosegado, pero blandiendo la daga a la altura de su cabeza, esperaba alguna reacción de los personajes. “¡Con cuántos orientales me estoy encontrando últimamente!” se dijo con ira contenida. No comprendía nada de lo que estaba ocurriendo y siguió pensando que de un momento a otro se despertaría de la pesadilla en su salón de estudio.

Del amplio ventanal se filtraban, a través de los resquicios entre las cortinas, unos tímidos rayos solares que apenas proporcionaban la suficiente luz para distinguir cómodamente el contenido de la estancia.

Andrew percibió que las desagradables sensaciones iban desapareciendo de su cuerpo, sus músculos se relajaban y su mente parecía pensar con claridad. Mantuvo la mirada fija en Dilgo, no dudando que era el personaje importante, ¿de su sueño...? En su mente se estaban produciendo unos extraños efectos. Imágenes a modo de flash se iban sucediendo, lentamente al principio para luego hacerse más nítidas y sostenidas. Su miedo y tensión iniciales se fueron disipando y una paz interior fue inundándole, permitiéndole cerrar los ojos sin temor alguno para poder concentrarse en lo que estaba sintiendo.

Se sentó en el borde del camastro. Los dedos de sus manos acariciaban lentamente la daga recorriendo con suavidad las filigranas de la empuñadura. Tuvo la sensación de que una densa niebla le rodeaba infiltrándose por todos los poros de su piel.

En el interior de su mente sintió la presencia del oriental que trataba de comunicarse con él. Las imágenes fueron sucediéndose de forma escalonada en las que pudo apreciar a Jeshe Norbu en sus años jóvenes y su dedicación a la vida monacal. Tuvo el presentimiento de que todo ello transcurría en el legendario Tíbet.

Con una rapidez que no podría determinar, creyó haber presenciado prácticamente toda la vida del personaje que se estaba comunicando con él mentalmente. Ya no pudo dudar de que se tratara de un personaje muy importante, quizá el más importante de su país. Y él, se encontraba allí, sin saber porqué ni como había llegado. Sin embargo, no se le ocurrió pensar que podría estar fuera de su ciudad ni en otro tiempo diferente del suyo.

Dilgo se mantenía en la misma postura y mentalmente trataba de hablar con el muchacho en diferentes lenguas. Andrew tan sólo era capaz de interpretar medianamente las imágenes y todavía no muy convencido de no continuar inmerso en un profundo sueño.

“¡Es imposible que no me encuentre en mi cama durmiendo placenteramente!”, pensó, aunque no le faltaron ganas de gritarlo.

El Dalai Lama, que había conseguido conectar plenamente con el muchacho en el plano mental, se esforzaba hacerle comprender su situación por medio de imágenes, sin conseguirlo.

—¡Muchacho, ¿de dónde vienes?! —exclamó Choelyng en un latín casi perfecto.

Tanto Dilgo como Andrew abrieron repentinamente los ojos para mirar sorprendidos a Choelyng.

—¡Estamos en Nueva York! —contestó Andrew en su lengua materna, pero de inmediato se dio cuenta de que no era entendido y respondió lo mismo pero en latín— ¡Eso espero!

Los rostros de Dilgo y Choelyng expresaron la satisfacción que sentían. Irradiaban una alegría inconmensurable.

—No, no te encuentras en ese lugar que mencionas —respondió Dilgo afablemente.

—¿Entonces..., dónde diablos estoy? —Inquirió un tanto socarronamente pero con mucha carga de duda en su pensamiento— ¿En el infierno acaso?

Los dos Lamas le miraron sorprendidos, nuevamente Andrew hacía uso de su lengua materna. Mediante gestos le indicaron que repitiera sus palabras en latín.

Andrew trató nuevamente de hacerse comprender. Dilgo quiso explicarle su nueva situación, sabiendo lo difícil que iba a ser, y como problema añadido, la dificultad de ambos para expresarse en una lengua muerta desde hacía muchos años, y que prácticamente la utilizaban los estudiosos como medio de lectura de los antiguos manuscritos.

El muchacho entendió que debía utilizar la paciencia como mejor arma para conocer lo que le estaba ocurriendo y si los hechos eran reales o producto de su imaginación. Llegó a pensar que había sido raptado por una pandilla de orientales que querían obtener dinero mediante un fuerte rescate. Últimamente había tenido contacto con muchos de ellos y en extrañas circunstancias. Todavía acariciaba la daga con sus manos y dispuesto a no desprenderse de ella bajo ninguna circunstancia.

—Por favor, Choelyng, ¿quieres acercarnos el libro? —le dijo a su amigo y en su propia lengua, por lo que Andrew no entendió nada.

Choelyng fue en busca del libro regresando en breves segundos con él entre sus manos y abierto en la página que representaba la ceremonia entre el príncipe y la princesa. Jeshe Norbu desenvainó su daga lo que provocó un movimiento de defensa en Andrew, tranquilizándose al observar como su anfitrión la dejaba sobre el libro y ambos se lo acercaban con los brazos extendidos.

Andrew casi se desvaneció.

—¡Mi libro, ¿cómo es posible...? —exclamó asustado, pero de inmediato comprendió que es parte del juego y al igual que a él, se lo habían robado de su habitación, “... pero, ¿y la daga?”, pensó, “son idénticas”.

“Dios mío, este sueño está durando demasiado”, se dijo no muy convencido.

—¿Qué es lo que está ocurriendo aquí? — se preguntó más a sí mismo que a los dos Lamas.

Dilgo comprendió la angustia del muchacho y trató de ser lo más amable posible y poder explicarle su nueva situación.

—¿Cómo te llamas muchacho? —le preguntó el Lama.

—Andrew —contestó en un halito de voz.

—Yo me llamo Dilgo Rimpoché Drupa y soy el Dalai Lama del Tíbet. Mi amigo Choelyng y segundo Lama del monasterio.

Andrew les miró con cara de estupefacción.

—¿De qué monasterio está hablando? —inquirió enfadado.

—Nos encontramos en Potala, en el monasterio más grande del Tíbet.

—¿Qué yo me encuentro en el Tíbet? —gritó asustado Andrew.

Los dos Lamas se miraron pensando que quizá no estaban llevando la conversación del modo más adecuado, asustando profundamente al joven. Le miraron asintiendo con la cabeza. Andrew se levantó con rapidez para dirigirse hacia al amplio ventanal. De un manotazo corrió las cortinas y se quedó estupefacto al contemplar una inmensa explanada repleta de monjes realizando ejercicios. Al fondo y hacia abajo pudo apreciar una serie de edificaciones que conforman un pueblo o una ciudad. No pudo determinar la amplitud de la misma. Apoyó la frente contra el frío cristal y dejó la mirada perdida en el horizonte. Su mente se negaba a pensar. Por sus mejillas corrieron unas lágrimas producto de la impotencia a la que se encontraba sometido.

A sus espaldas escuchó de nuevo la voz de Dilgo, tratando de llamar su atención. Le cogió del brazo y le condujo hacia la enorme mesa situada en el centro de la estancia. Le hizo ademanes para que se sentara en la misma cabecera. Ellos hicieron lo propio, dejando al muchacho en medio.

Andrew comenzó a sentir un gran cansancio. Su mente estaba demasiado confusa y deseaba quedarse dormido. Cruzó los brazos sobre la mesa y dejó caer su cabeza sobre ellos.

—Necesita descansar Dilgo. Creo que debemos dejarle dormir hasta que se recupere.

—Sí, creo que es lo más conveniente. Vamos muchacho —se dirigió a Andrew, que no se molestó en realizar movimiento alguno—, ven hacia la cama y acuéstate.

Andrew continuó sin hacer caso. Dilgo se levantó y lo asió de un brazo para ayudarle. No ofreció resistencia y se dejó hacer. Caminó conducido por el Lama hasta el borde de la cama, dejándose caer sobre ella. Los dos Lamas pensaron que antes de que la cabeza del muchacho rozara la cama ya se encontraba dormido.

—¿Qué haremos ahora, Dilgo?

—Esperar a que se reponga. No puedo saber cuanto tiempo habrá transcurrido desde que inició el viaje, pero no lo dudo, ha tenido que ser agotador. Se retiraron hacia el fondo de la estancia para poder hablar con tranquilidad.

Una expresión de angustia se reflejó en el rostro de Choelyng. Dilgo se dio cuenta y le preguntó:

—¿Sucede algo, querido amigo?

—Dilgo, ¿puede ocurrir que el muchacho no regrese nunca a su época y a su país?

Se produjo un nuevo silencio que a ninguno de los dos le hubiera gustado romper.

—Cabe dentro de lo posible, Choelyng —respondió Jeshe Norbu apesadumbrado—. Indudablemente, la puerta en su época continúa abierta. Mantendremos la esperanza.

—¡Por Buda, cuantos interrogantes en tan poco tiempo! —añadió Choelyng llevándose las manos a las sienes y apretándolas fuertemente como si quisiera espantar todas las dudas que le embargan.

Durante dos días, Andrew permaneció durmiendo y, aparentemente, de forma sosegada, con la respiración tranquila y sin apenas moverse sobre el camastro. Después se levantó de improviso, quedándose sentado sobre él. Su rostro estaba perlado de gotitas de sudor y su pelo empapado, al igual que su pijama. Fue producto de los últimos instantes de su sueño.

—¿Continúo soñando, Dios mío? —murmuró con palabras casi inaudibles.

Jeshe Norbu había pasado muchas horas frente al muchacho planificando el futuro más inmediato. Se obligó a sí mismo a pensar en latín para poder dialogar y expresar con claridad todo lo acaecido y que el joven no mantuviera recelo alguno.

—No, Andrew, no estás soñando —respondió Dilgo a la pregunta que se hizo el muchacho—, pero puedes estar tranquilo. Estás en un lugar muy seguro donde no va a ocurrirte nada malo.

—Pero, ¿dónde estoy realmente? —le preguntó ahora directamente y en un tono de voz elevado, pero en latín, al igual que Dilgo.

Tomó la sábana del camastro y sin pensarlo se la pasó por el rostro para eliminar las gotas de sudor que discurrían por ella. Dilgo al observar su gesto le acercó un paño multicolor parecido a una toalla. Andrew lo aceptó tratando de secarse rostro y pelo con fuertes movimientos.

—Tal como te hemos dicho hace un par de días...

—¿Un par de días...? —exclamó Andrew sorprendido, pero esta vez en su lengua materna. Al darse cuenta de que el monje no le había entendido, repitió la pregunta en latín pero ya más sosegado.

Jeshe Norbu le confirmó el periodo de sueño al que se vio sometido tras su llegada. Fue entonces cuando Andrew se dio cuenta del hambre que sentía por la forma en que su estómago protestaba.

—Te encuentras en el Tíbet, en el monasterio de Potala.

Andrew recordó las palabras del anciano monje.

—Dilgo Rimpoché Drupa —balbuceó incrédulo—. Sí, ahora recuerdo.

Su mente parecía un verdadero caos. “¡Maldita sea, ¿qué hago yo en el Tíbet?!”, pensó malhumorado, pero no dejó traslucir sus pensamientos.

Jeshe Norbu trató de explicarle todo lo ocurrido desde el principio. Sus visiones en estado de meditación, la preparación de los libros, la fabricación de las dagas y cuales eran las motivaciones que le habían llevado a realizar todo eso. A Andrew le parecieron convincentes las palabras del monje. Lo atribuyó a la magia oriental presentida cuando entró en posesión del libro y de la daga. Pero lo que no le entraba en la cabeza era como podía encontrase en el Tíbet.

Por su mente discurrieron muchas ideas, pero la más plausible era que le habían raptado tras drogarle de alguna forma y conducido a lo largo del mundo a este lugar perdido entre las montañas del Himalaya. “Inconcebible”, pensó, “eso es cosa de locos”.

—Creía —continuó Dilgo tomándose su tiempo—, que el libro y la daga serían nuestros medios de comunicación. Nunca hubiera imaginado esta posibilidad, tu aparición aquí, nos sorprende tanto o más que a ti mismo.

Andrew no comprendía demasiado bien las explicaciones del monje. Eso de tratar de comunicarse con él y de esa forma le parecía algo absurdo y más todavía, la teoría de esa relación mantenida con él en estado de meditación. Bien es cierto que tuvo muchos sueños que nunca llegó a comprender, en los que se encontraba en extrañas situaciones en diferentes lugares y en otras épocas, pero no les dio importancia alguna.

—¿Y cómo he aparecido en el monasterio? —preguntó preocupado.

Sucesivos retortijones en el estómago le produjeron náuseas. Una fuerte sensación de hambre le inundó por completo.

Dilgo se dio cuenta de ello indicándole que le acompañara a la mesa. Andrew accedió y cuando vio la enorme bandeja de frutos sobre ella, se acercó presuroso. Sus manos se dirigieron hacia unos higos que devoró con deleite.

—Despacio, Andrew —le dijo Jeshe Norbu—. Come despacio o te sentará mal. Llevas varios días sin alimento y debes de racionarlo, al menos, de momento.

El muchacho hizo caso omiso a las palabras del monje, y por unos instantes engulló con avaricia los deliciosos frutos.

—¿Respondéis a mi pregunta? —inquirió Andrew con la boca llena.

Dilgo le miró sin comprender.

—¿Cómo he llegado a este monasterio?

—¡Ah! —recordó Dilgo.

Mentalmente trató de confeccionar la respuesta de forma adecuada. Difícilmente el joven iba a creerle. Volvió a retomar el hilo de su explicación.

—Voy a tratar de explicarte los hechos —contestó hablando despacio—. Una vez finalizados los libros y las dagas, todas las noches y a una hora determinada, practicaba sesiones de meditación. Mi mano derecha apoyada sobre el grabado que representa la boda del príncipe y la princesa, en mi mano izquierda la daga. Así, liberaba mi mente que parecía vagar en el tiempo y en el espacio tratando de acercarse a ti.

—¿Por qué a mí? —le interrumpió Andrew.

—Porque eras la persona revelada en mis sueños y en mis estados de meditación.

Ambos permanecieron en silencio pensando en las palabras que acababan de pronunciar y escuchar. Andrew pretendía entender que estaba sucediendo, pero su mente racional se lo impedía. Tenía la sensación de encontrarse en un lugar de locura.

Silencioso, como una sombra, Choelyng accedió a la estancia sin apenas ser percibido hasta que se encontró frente a los dos personajes. Miró a Andrew con el rostro sonriente y complacido. Sintió gran alegría encontrar al muchacho despierto, desayunando y departiendo con Jeshe Norbu.

—¿Cómo se encuentra el joven occidental? —le preguntó a Andrew haciendo una ligera reverencia.

—Realmente no lo sé..., ¿Choelyng? —contestó el muchacho.

Asintió complacido al comprobar que Andrew recordaba su nombre. Tomó asiento al lado de ambos y se dispuso a escuchar.

—De acuerdo, soy la persona revelada en tus sueños —insistió tras el silencio de ambos monjes aunque no muy convencido de ello—. Ahora bien, ¿cómo he llegado y qué es lo que hago aquí? Si realmente estoy aquí, donde me decís que estoy, lo cual no me convence en absoluto —“!Dios mío, esto es absurdo!”, pensó creyendo que sus pensamientos sonaban como un estruendo en el interior del aposento.

Dilgo miró insistentemente a Choelyng tratando quizá, de encontrar una ayuda para contestar a las razonables dudas del joven occidental, pero éste pareció no darse cuenta de nada, su mirada continuaba fija en el joven tratando de llegar al convencimiento de que era real y no fruto de la poderosa mente de Jeshe Norbu al que creía capaz de mucho más todavía.

—Tal como te he dicho —respondió Dilgo un tanto nervioso, algo totalmente inhabitual en él—, durante muchas noches he permanecido frente al libro tratando de obtener alguna comunicación contigo. Muchas horas en vela que me hicieron pensar en la banalidad del intento. Sin embargo, hace un par de días llegó la respuesta.

—Y esa respuesta soy yo —se atrevió a decir Andrew.

—Exactamente. Esa respuesta eres tú.

Tras unos segundos de silencio, Dilgo trató de continuar, sabedor de que sus próximas palabras nunca serían creíbles.

—Podría describirte con total precisión lo que ocurrió en esos momentos. Están perfectamente grabados en mi cerebro a pesar de la inverisimilitud de los hechos. Una fuerte luz azul comenzó a emanar de las páginas del libro. Intensa y bella y su resplandor no me obligó a cerrar los ojos; no llegué a sentir molestia alguna. La daga en mi mano ejercía una fuerza descomunal pero no dirigida hacia lugar alguno. Tan sólo la sentía. La otra mano sobre el libro se había vuelto transparente e incluso pude contemplar los huesos y las venas al paso de la luz.

Andrew le miraba con los ojos inmensamente abiertos. Le estaban relatando lo mismo que le había ocurrido a él cuando estaba leyendo el libro y frente al dibujo representando los esponsales de los príncipes comenzó a sentir esas vibraciones que le llevaron a perder la conciencia.

“Una energía desconocida fue rodeándome —continuó Dilgo con los ojos entrecerrados y evocando mentalmente el instante que estaba relatando—, parecía introducirse plenamente en mi cuerpo. Una luz de un inmenso color azul de variados matices, emergía con fuerza del libro y abarcaba plenamente el aposento. A veces, parecía que las tonalidades comprendían todo el arco iris, pero es difícil de precisar con los débiles sentidos de que estamos dotados. Por unos instantes pensé que se iba a producir la explosión final y que todo habría terminado definitivamente. No fue así, la luz continuó emanando del libro sin saber a ciencia cierta por cuanto tiempo”.

—Cada vez se hacía más densa —continuó su explicación— y parecía inundar toda la estancia. Sin embargo, se fue concentrado en ese lugar —y señaló un punto cercano al camastro—, haciéndose cada vez más opaca. De su interior surgían miríadas de chispas multicolores que iban configurando un determinado volumen.

La emoción embargó el espíritu del Dalai Lama del Tíbet, Jeshe Norbu y jefe político del estado, algo que todos los monjes de la comunidad y ciudadanos del país hubieran considerado muy improbable, más bien; imposible.

—Ese volumen continuó tomado forma —siguió comentando con palabras entrecortadas, que él hubiera dudado si las escuchara de otra persona—, muy lentamente al principio, para culminar con la apariencia de un ser humano. Poco después, repentinamente, la luz azul desapareció de la estancia y la daga dejó de ejercer esa descomunal fuerza en mi mano. Todo parecía volver a la normalidad, como si de un exaltado sueño se tratara. Pero en el suelo, desmadejado, un joven se mostraba inconsciente y surgido, aparentemente, de la nada.

Andrew sintió unos enormes deseos de llorar. Ahora comprendía que había sido arrancado de su sala de estudio por medio de la magia del oriental y se encontraba en una región del Tíbet que ellos denominaban Lhasa y que en su vida había tenido conocimiento de ella. “Magia o brujería”, se atrevió a pensar. Tuvo miedo, pero su racionalidad le llevó a razonar que eso no conducía a nada positivo.

—¡Y allí estabas tú, joven Andrew! No dudes que nuestra sorpresa fue infinitamente mayor que la tuya. Quizá en estos momentos no lo comprendas, pero en breve si te darás cuenta de ello.

Choelyng se sintió inquieto. Una pregunta rondaba constantemente en su cerebro pero temía hacerla. Sus dudas todavía eran profundas a pesar de las conversaciones mantenidas con su eterno amigo. Se armó de valor y preguntó.

—Andrew, ¿exactamente, cuál es tu ciudad de origen?

—Nueva York —respondió con rapidez.

—¿Y dónde se encuentra? —preguntó de nuevo.

—En los Estados Unidos de América.

Choelyng miró a Dilgo sin comprender nada en absoluto. Sus conocimientos sobre el mundo eran bastante amplios, a pesar de vivir en un lugar muy apartado, remoto e ignorado, pero del lugar mencionado por Andrew no tenían referencia alguna. Dilgo ya había comentado que el joven “elegido” procedería de una gran ciudad de un país todavía desconocido en esa época.

A Andrew le pareció un poco extraña la sorpresa intuida en los rostros de los monjes. Por alejados y recluidos que estuvieran, era muy improbable que no conocieran la existencia de su ciudad, y lo más raro, de su país.

—¿No sabéis acaso, dónde están los Estados Unidos de América? —preguntó un tanto intrigado y sorprendido.

—¿Qué edad tienes y cuál es el año de tu nacimiento, Andrew? —interpeló Jeshe Norbu haciendo caso omiso de la pregunta del joven.

—Dieciocho y en consecuencia, he nacido en el mil novecientos noventa y dos. ¿Deseáis conocer el mes, día y hora? —respondió en un tono algo burlón.

—No es necesario, Andrew —respondió Jeshe Norbu pensativo.

—Si mal no recuerdo, el calendario budista y me imagino que también el del Tíbet, es diferente del nuestro —guardó silencio unos instantes dando la impresión de estar realizando cálculos mentales—. El año uno de nuestra era se hizo coincidir con el nacimiento de Jesucristo —los miró dubitativo—. Supongo que sabéis quien fue Jesucristo.

Ambos monjes asintieron con la cabeza.

—Me parece que esa fecha coincide con el año quinientos cuarenta y cuatro de vuestra era —afirmó con palabras seguras—. Por consiguiente el año actual debe ser el dos mil quinientos cincuenta y cuatro, ¿no es así?

Tanto Dilgo como Choelyng movieron la cabeza expresando una negación a la respuesta.

—¿En que año vivís entonces? —preguntó simplemente por curiosidad.

—En el dos mil diez según el calendario budista al que eludes —contestó Dilgo, preocupado porque el muchacho está llegando a un punto de conocimiento todavía prematuro.

—Ya. Contáis igual que nosotros.

—No —respondió Choelyng con rapidez sin apreciar la mirada de reproche del Dalai Lama.

—Bueno, que más da —el joven no pareció muy entusiasmado por la conversación y además, comenzaba a sentirse inquieto de nuevo—. ¿Cuándo podré regresar a mi casa?

—No lo sabemos, Andrew —respondió Dilgo con una expresión de tristeza en su rostro al saberse impotente para calmar las múltiples dudas que le surgirían de un momento a otro.

—¿Cómo qué no lo sabéis? ¿Qué quiere decir eso? —preguntó un tanto irritado y en voz alta, sorprendiéndose a sí mismo — ¿Estoy prisionero?

—Ten en cuenta, joven —expresó Choelyng tratando de mediar—, que nosotros no te hemos traído aquí, al menos, en el concepto físico de traer.

—¡Con malas artes, brujería o algo parecido! Nunca hubiera podido imaginar que esas cosas pudieran existir. ¿Vais a pedir rescate por mí?

Se frotó los ojos insistentemente, con la esperanza de que al dejar de hacerlo se despertaría en su habitación tras un mal sueño.

Al abrirlos, las dudas se disiparon de su mente. ¡No era un mal sueño, era la pura realidad!. Se encontraba en algún lugar extraño, Lhasa según decían sus secuestradores, en el interior de un inmenso palacio denominado Potala pero su sensación ya no era de temor; era de enfado.

—Andrew —escuchó nuevamente la voz del oriental, una voz pausada, conciliadora—, deseo que comprendas lo más rápidamente posible la realidad de los hechos. No te encuentras en tu ciudad sino a muchísima distancia, en el Tíbet y nuestras intenciones son totalmente amistosas. No te hemos secuestrado y eres totalmente libre de actuar según tu conveniencia. Queremos aclarar todas tus dudas, dentro de nuestras posibilidades y te pedimos que no sientas recelo alguno hacia nosotros y todo lo que nos rodea.

—¿Puedo moverme libremente?

—Por supuesto. En ningún momento pondremos traba alguna a tus decisiones. Ahora bien, antes de tomar iniciativa alguna, deseamos poder explicarte todo, al menos, todo lo que nosotros conocemos para que luego puedas actuar en consecuencia.

Se produjo un tenso silencio que ninguno de los personajes quiso romper.

—Si puedo moverme libremente —continuó Andrew aferrado a una idea muy clara, la de volver a su casa—, supongo que no será problema alguno que tome el primer ...—se detuvo unos instantes dándose cuenta que la palabra avión no existía en latín, por lo que optó por pronunciarla en su propio idioma pensando que probablemente la conocerían— avión disponible para regresar a mi ciudad.

—¿Avión? ¿Qué es un avión? —preguntó Choelyng con presteza.

Andrew trató de pensar de qué forma podría explicar a ambos monjes el significado de la palabra.

El silencio fue breve. Jeshe Norbu se dirigió a su amigo en su propio idioma. Le dijo que durante el transcurso de algunos de sus sueños, pudo observar como por el cielo volaban unos extraños y enormes aparatos que transportaban gentes a velocidades increíbles y que en muchas ocasiones, dejaban caer unos artefactos que al contacto con el suelo explosionaban causando destrucción y muerte.

Choelyng no se quedó muy convencido con las palabras de Dilgo, pero por las expresiones del muchacho, pensó que debería tener algo de razón en el comentario realizado. A veces Dilgo le asombraba contándole extraños sucesos que experimentaba por medio de visiones.

—Andrew —vaciló Dilgo—, es muy difícil para los tres llevar a cabo una comunicación oral con las suficientes garantías de ser comprendidos. Por ello, te ruego que tengas la suficiente paciencia hasta que este problema pueda ser solucionado.

El joven le miró apesadumbrado. No entendía nada. Por una parte, le decían que no está prisionero, pero por otra, tampoco le aseguraban una posible marcha.

—Eso puede llevar mucho tiempo Dilgo, un tiempo que no estoy dispuesto a perder aquí. Además, mi familia estará muy preocupada y habrá alertado a la policía pensando en un rapto. ¡Vosotros me habéis traído, vosotros tenéis que devolverme. Ya! —terminó el muchacho con brusquedad haciendo un movimiento con las manos como tratando de ahuyentar a un ser imaginario.

—Andrew —Dilgo trató de llamar la atención del joven que parecía haber caído en un profundo agujero—, creo que tan sólo existe una forma posible para llevar a cabo tu regreso.

—¿Cuál? —le interrumpió bruscamente.

—De la misma forma mediante la cual has llegado aquí.

—¡Claro! —Gritó dando un salto para ponerse inmediatamente de pie y acercarse al libro que permanecía abierto en la misma posición— ¡Cómo no se me habrá ocurrido antes!  ¡El libro!

—Sí —añadieron a la vez los dos monjes—, el libro y la daga.

—¡Tenemos que probarlo ahora mismo! —dijo Andrew excitadísimo.

Los rostros de los dos monjes expresaron ahora una moderada relajación. Quizá, el joven al comprender la posibilidad de regreso, se mostrase más sereno y colaborador. Jeshe Norbu trató de hacerle entender que para llevar a cabo la operación inversa, probablemente tendrían que producirse situaciones similares a las que tuvieron lugar. Le recordó que él mismo, estuvo durante mucho tiempo tratando de conseguir ponerse en contacto. Esto llevaría su tiempo.

Andrew ya parecía un poco más convencido, pero de todas las formas, asió su daga y se acercó al libro tratando de llevar a cabo las mismas operaciones que recordaba. Los monjes le dejaron hacer.

Durante un buen rato, Andrew permaneció al lado del libro componiendo una serie de gestos y movimientos raros sin llegar a resultado alguno. Un poco desmoralizado se volvió para mirar a los monjes.

—Creo que necesitaré vuestra ayuda —dijo en un tono de súplica.

—Tendrás toda la que podamos proporcionarte —le contestó Jeshe Norbu—. No lo dudes. Ahora bien, como no podemos saber cuanto tiempo transcurrirá hasta conseguir tu objetivo, debemos pensar la forma mediante la cual, tu estancia pase lo más desapercibida posible. No corren tiempos de normalidad y aquí, cualquier extraño siempre es motivo de incidentes.

Andrew fue recorriendo la estancia a grandes pasos y observando la vistosidad de su techo y paredes. Una serie de velas muy bien situadas proporcionaban luz suficiente en los momentos de oscuridad total. El olor característico de la cera inundaba el aposento. Se sorprendió al no observar lámparas de luz eléctrica pero abstuvo de hacer comentario alguno. Demasiadas dudas bullían en su mente como para dedicar sus preguntas a desvelar banalidades. Pidió un teléfono para avisar a su familia, sin saber muy bien que es lo que iba a contarles. Su gran sorpresa se produjo al comprobar que no disponían de tales aparatos. “¡Es alucinante!”, pensó malhumorado, “¡Dios mío, sin luz eléctrica, ni aviones, teléfonos, qué incongruencia!

Los dos monjes hablaban entre sí mientras el joven se detuvo delante de uno de los ventanales observando el exterior con curiosidad.

—Creo que sería una buena solución —comentó Choelyng animoso—. Comunicaremos a la congregación el regreso de Taypeck de su largo viaje por otros monasterios, y que en una de las ciudades se encontró con el muchacho, hijo de un noble de un país extranjero deseoso de conocer nuestras costumbres y visitar Lhasa.

Dilgo observó pensativo a su amigo.

—Piensa que Taypeck conoce bastante bien el latín, es joven como para mantener una buena relación amistosa con él, y además, podría mantenerle vigilado y protegido frente a cualquier intento de agresión de algunas gentes que no verían con buenos ojos la presencia de un extraño en sus tierras.

—Tienes razón. Es una buena idea —respondió satisfecho, le gustaba la propuesta de su amigo—. Tendremos que buscarle a alguien que le prepare físicamente. En su tiempo no creo que necesiten muchos conocimientos de defensa personal.

—Taypeck es la persona adecuada.

—No creo que tenga esas cualidades.

—No lo subestimes, Dilgo. Taypeck es un monje casi perfecto y con el tiempo alcanzará altos cargos en cualquier monasterio al que se le destine. Sus habilidades físicas son portentosas y sus reflejos extraordinarios.

—Cualquiera lo diría tras comprobar su delicadeza para la escritura.

El joven escuchaba la conversación de ambos monjes y podía saber que se estaban refiriendo a él porque mencionaban su nombre de vez en cuando. Le hacía gracia la forma que tenían de pronunciarlo. Cuando terminaron de dialogar, Choelyng se acercó a Andrew y se despidió de él, “asuntos del monasterio me reclaman”, le dijo.

 


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