RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O    V I
E L   T Í B E T   D E L   S I G L O   X V
 


 

Antes del anochecer, Taypeck, tras hablar con Choelyng y estar de acuerdo con la propuesta recibida, fue presentado a Andrew. Una corriente de simpatía les unió desde el primer instante a pesar de la diferencia de edad.

Taypeck era poseedor de una curiosidad desmesurada, contenida en el monasterio por cuestión de reglas, pero ahora estaba deseoso de quedarse a solas con el joven para hacerle mil preguntas.

A propuesta de Choelyng, ambos bajarían a la ciudad y pasarían la noche en una discreta casa, para presentarse en el convento al día siguiente como si llegaran de un largo viaje. Esta medida sorprendió al joven, pero sus sorpresas se estaban prodigando demasiado en los últimos tiempos.

Le proporcionaron ropas adecuadas, de pieles y telas fuertes para poder soportar las bajas temperaturas del exterior y un enorme bolso de viaje. Le parecieron horribles, rústicas y desagradables al tacto con la piel, pero no tuvo otra alternativa. La vestimenta de los monjes no les pareció adecuada para una persona rubia y de ojos claros, indiscutiblemente extranjera frente a gentes de pómulos prominentes y cabello muy oscuro. Le harían pasar por el hijo de un noble procedente de tierras lejanas en las cercanías del gran océano donde se terminaba el mundo.

 Después de recibir las instrucciones pertinentes abandonaron con gran sigilo las murallas del palacio. La noche era muy fría, al menos, a Andrew así se lo pareció. El monje llevaba una gran capa sobre sus ropas monacales que trató de entregar al muchacho, pero éste denegó la oferta. La luna, en cuarto creciente, iluminaba tenuemente el camino cuando el espacio entre nubes lo permitía. Una ligera brisa les azotaba el rostro. A Andrew le pareció que unas finas cuchillas se iban clavando en su cara rasgando su piel.

Caminaron en silencio.

Andrew, de vez en cuando giraba su cabeza para observar la impresionante mole del palacio erigido en la falda de la montaña. Volvió a sorprenderle la carencia de luz eléctrica tanto en las edificaciones como en la iluminación de las calles. Se prometió preguntárselo a Taypeck nada más llegar a su destino.

Se introdujeron en unas calles muy estrechas con edificaciones de muy mala calidad. Le producía la apariencia de encontrarse en un lugar olvidado en el tiempo, realmente se sintió perdido en un lúgubre pueblo de la época feudal europea y eso le produjo miedo. Instintivamente recordó su Nueva York natal y a toda su familia congregada en su cómodo hogar. “¡Esto es una locura!”, pensó, preguntándose; “¿Qué hago yo aquí?”

En un cruce de dos callejuelas se encontraron con tres individuos que se acercaban de frente a ellos. Taypeck se puso en guardia de inmediato.

—¡Cuidado, Andrew —le dijo Taypeck asiéndole de la mano para situarlo detrás de él—, son ladrones y peligrosos. Ponte a mis espaldas!

Andrew hizo caso omiso a la advertencia y se mantuvo a su lado. Su curiosidad era muy fuerte. El que parecía el jefe, el más alto y musculoso les ordenó que se detuvieran y le entregaran todo lo que llevaban de valor. Taypeck dejó caer la capa al suelo descubriendo sus ropajes de monje. Los ladrones se miraron entre sí, balbucearon unas palabras, dieron media vuelta y se perdieron en la noche.

—Es increíble. Son ladrones y os han respetado por ser monje.

—La palabra no es exactamente respeto, más bien temor. Saben que los monjes no poseemos bienes propios y mucho menos llevarlos encima. Pero además, y quizá lo más importante, saben que practicamos artes de defensa personal y que somos verdaderos maestros en muchas de ellas.

Continuaron caminando un poco más y alcanzaron el lugar de destino. Una edificación de planta baja y una altura. Tras unos golpes en la puerta, ésta se abrió permitiendo ver a un hombre de gran altura, rasgos muy acusados, frente casi cubierta de pelo negro y los ojos muy rasgados. Aparentaba ser joven y una sonrisa bondadosa se formó en su rostro permitiendo ver una dentadura carente de muchas piezas.

Con un ademán de su brazo izquierdo dio paso a los dos viajeros. Taypeck le habló en su lengua mientras que el tibetano respondía con asentimientos de cabeza. Un susurro gutural fue el único sonido que escuchó Andrew. Les acompañó hacia una vetusta cocina, en cuyo centro había una gran mesa de gruesos maderos. Sobre ella, unas bandejas con frutas y otras viandas. Les indicó que se sentaran y desapareció sigilosamente de la estancia.

—¿Tienes hambre, Andrew? —Le preguntó Taypeck— Puedes tomar lo que más te guste, si te gusta algo —añadió con un guiño de complicidad.

—¿Qué es eso? —preguntó el joven señalando un buen trozo de carne sobre la bandeja.

—Carne de Yak, es buena y nutritiva.

Andrew tomó un trozo muy pequeño y se lo llevó a la boca. Después de masticarlo concienzudamente y comprobar su sabor, se sirvió una buena ración en el plato y continuó comiendo.

—No está mal. ¿Tú no comes de esto? —le preguntó al observar que el monje tomaba solamente un poco de fruta.

—Estamos acostumbrados a comer tan sólo lo que nuestro cuerpo necesita. Es la mejor forma de mantener un estado físico y mental adecuado.

Hacia el final de la cena, Andrew pudo comprobar que un profundo cansancio se había apoderado de su cuerpo y sintió enormes deseos de dormir. Se lo hizo saber al monje.

—Sí. Vamos a descansar, mañana nos espera un apretado día. Ya verás.

Se levantaron para dirigirse a una habitación contigua en la que había dos camastros. Andrew sin pensarlo dos veces, se dirigió a uno de ellos y se dejó caer. Antes de apoyar la cabeza en la cama ya se encontraba dormido. Taypeck sonrió complacido. El muchacho había sufrido demasiadas vivencias en muy corto espacio de tiempo. Dejó la vela sobre un arcón situado debajo de una pequeña ventana y se dispuso a dormir.

A la mañana siguiente, unos ligeros golpes en la puerta sobresaltaron a Taypeck que se puso en pie de un salto. Se abrió lentamente asomando la cabeza del enorme tibetano iluminada por la tenue luz de una vela que le propiciaba un aspecto fantasmagórico. Al comprobar que el monje estaba despierto, volvió a salir de la estancia sin mediar palabra.

Los rayos de sol fueron penetrando por la mal cerrada ventana consiguiendo despertar al joven. A pesar de la incómoda cama, se levantó relajado y no le sorprendió encontrarse en aquel lugar.

Tomaron un frugal almuerzo compuesto de algunas frutas y té con mantequilla de yak, algo totalmente desconocido para Andrew. “Pö Cha” le dijo Taypeck que se llamaba y que era una bebida muy común entre los tibetanos, que a veces mezclaban con licor de Quingke, obtenido por la fermentación de un cereal.

Andrew se interesó por la actividad diaria del monasterio. El monje le explicó que en el año 747 un monje budista llamado Padmasambhava, procedente del norte de la India, viajó hasta el Tíbet fundando la primera orden de monjes y lamas budistas.

—Sabes que nuestra religión es la budista —trató de aclarar el monje.

Andrew asintió con la cabeza,

Continuó explicándole que la actividad religiosa de los lamas consistía fundamentalmente en la recitación de textos sagrados y oraciones. Lo llevaban a cabo entonando cánticos al compás de determinados instrumentos musicales tales como los tambores y trompetas.

Estos ritos se realizaban tres veces al día. Cada vez que sonaba la campana de aviso, los monjes se sentaban en los lugares asignados y en función de su rango monacal.

—Y los más altos lo ostentan Dilgo y Choelyng —expresó el joven Andrew.

—No deberías llamarles así, es una falta de respeto.

Andrew se sorprendió un poco.

—¿Por qué?

—Son los más altos dignatarios del país.

—¿Cómo debería llamarles entonces?

Jeshe Norbu o Kundum es el Dalai Lama, y al segundo Lama; Lama Panchem.

Andrew se quedó dudando. Pensó que era lógico lo que le indicaba Taypeck, y al menos, en presencia de otras personas, debería tratarles tal como su dignidad se merecía , pero a fin de cuentas la última palabra la tenían ellos. La relación, al menos con Dilgo, era muy especial y fuera de todo protocolo.

—Taypeck, tengo una curiosidad —le dijo de improviso.

—Adelante —respondió el monje.

—¿Por qué en ninguna de las estancias que conozco, y en la calle, no hay luz eléctrica?

Taypeck le miró sin entender su pregunta.

—¿Qué es luz eléctrica?

Ahora fue Andrew quien compuso un gesto de sorpresa.

—¿No sabes lo que es la luz eléctrica?

El monje negó reiteradamente con la cabeza. Le molestaba tener que reconocer su ignorancia ante el joven occidental.

Andrew pensó que realmente Taypeck no le había entendido por la dificultad de la lengua. Fue por ello, por lo que trató de explicarse mejor, incluso con una serie de gestos.

Taypeck seguía sin entenderle, cuestión que comenzaba a preocupar a Andrew. Le pidió papel y lápiz para hacer algunos dibujos que pudiera comprender, pero el monje cada vez estaba más desconcertado. Finalmente creyó entender lo que le pedía el joven.

—Aquí no hay. En el monasterio si puedo proporcionártelo. Es valioso y escaso.

Andrew no podía dar crédito a lo que escuchaba. Llegó a dudar de la capacidad de entendimiento de su nuevo amigo.

—Tenemos que regresar al monasterio. Jeshe Norbu puede estar preocupado por nuestra tardanza.

Le miró fijamente a los ojos, cosa que puso nervioso al monje.

—¿Ocurre algo? —preguntó inquieto.

—¿Cuál es la fecha actual Taypeck?

—Primavera del dos mil diez, según el calendario budista.

Recordó las palabras de Dilgo y Choelyng y a las que no prestó demasiada atención. “¡Santo cielo, no puede ser!”, pensó tras un ligero cálculo mental.

Andrew se llevó las manos a la cabeza que parecía darle vueltas a un ritmo vertiginoso. El monje se dio cuenta.

—¿Te encuentras mal, Andrew? —preguntó solícito y algo preocupado— ¿No te ha sentado bien el desayuno —insistió.

El joven parecía balbucear palabras incoherentes y en su propia lengua.

—¡Me encuentro en el año mil cuatrocientos sesenta y seis de mi calendario! —exclamó levantándose de un brinco. El taburete saltó por los aires debido a la violencia con que fue empujado— ¡Señor, si América aún no había sido descubierta!

Taypeck también se levantó tratando de conciliarlo a pesar de no entender sus palabras.

—¡Estoy en el pasado! —volvió a gritar, paseando por la cocina como una fiera enjaulada.

Imaginó volverse loco y su razón se negaba a aceptar los hechos.

—¿Cómo es posible? —gritaba compungido— ¡Estoy en plena Edad Media! —y comenzó a comprender las extrañas carencias de elementos tan primordiales como la luz eléctrica, la ausencia de neveras, televisiones, coches..., pura  locura— Taypeck, ¡dime que no es cierto! —pero el mismo hecho de dirigirse al monje de la edad media daba fe de lo que estaba ocurriendo.

El monje le miraba ansioso, tratando de comprender lo que le estaba ocurriendo al muchacho, aunque lo intuía. Creía que Jeshe Norbu le había puesto al corriente de todos los acontecimientos, uno de ellos, era su regresión a un pasado lejano, algo que nunca habían imaginado pero que con la fuerza espiritual del Dalai Lama habían conseguido, y él mismo, se consideraba partícipe de ello. El cerebro de Andrew parecía un volcán en plena ebullición. Sus pensamientos e ideas se producían y cambiaban a la velocidad del rayo.

Creyó explotar.

Taypeck no sabía que hacer. Se encontraba desbordado por la reacción del joven y no se atrevía a salir a la calle para dirigirse al monasterio. En un momento determinado, observó como Andrew se puso de pie. Se acercó hacia el ventanal y miró a través de él con la mirada perdida en el exterior.

—Tendré que aceptarlo, que remedio —se dijo con palabras entrecortadas.

 Sus rasgos parecieron más fuertes y duros.

—Buscaré el lado positivo de esta situación —dijo Andrew acercándose al monje—. Quizá me esperan grandes emociones imposibles de imaginar en mi propia época.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó el monje un tanto inquieto.

—Sí. Creo que sí —le miró, apoyó su mano en el hombro de Taypeck añadiendo con un tono de voz fuerte y potente—. ¡Seguro que sí!

Taypeck se inclinó varias veces ante él para demostrarle su satisfacción.

—Podemos marcharnos cuando quieras. Ahora estoy ansioso por conocer todo lo que me rodea y hasta pienso que puedo ser un verdadero privilegiado por encontrarme en esta situación —hinchó fuertemente los pulmones expulsando el aire con violencia—. ¡Dios mío, estoy en el pasado. Es increíble! ¿Nos vamos, Taypeck? —añadió animoso.

El monje sonrió, aunque un poco desconcertado todavía. 

—Ya podemos regresar al monasterio.

Y diciendo esto, abandonaron la edificación.

Fueron abriéndose paso a través de la multitud que en aquellos momentos atestaba la plaza principal. Una serie de olores fueron penetrando por las desacostumbradas pituitarias de Andrew. Unos, muy fuertes y casi repugnantes, otros más agradables, incluso le pareció percibir aromas de perfumes. Pudo observar los artículos que se vendían sobre destartaladas mesas, desde ropas de cuero, frutas, comida, objetos de cocina, animales de granja... Todo ello mezclado sin orden ni concierto. A pesar de la baja temperatura, el sudor de los hombres se le hacía insoportable.

A medida que se acercaban al palacio, Andrew se maravillaba contemplando la monumental obra. Accedieron a él, por el lado del río, cuyo nombre ya no recordaba a pesar de oírselo mencionar varias veces a Taypeck. Tan sólo captó que era un afluente del caudaloso Brahmaputra.

—¿Cuándo se realizó su construcción? —preguntó Andrew alargando la mano en dirección de la montaña.

—En el siglo... VII —contestó tras dudar unos segundos—, por supuesto, de tu era.

—¿Podré visitarlo todo?

—Supongo que sí, pero el permiso tendrá que concederlo el Lama Panchem o Jeshe Norbu. Como te he dicho, fue construido en el siglo VII por uno de nuestros reyes, Song Tsant Gambo. Se desposó con dos princesas, una procedente de Nepal y la segunda de la dinastía Tang, gobernantes en China durante ese periodo. Quiso celebrar su matrimonio llevando a cabo esta construcción que ahora contemplamos. Aunque no lo aparenta, ha sido realizada totalmente con madera y adobe y consta de novecientas noventa y nueve habitaciones distribuidas en sus trece alturas, todas ellas con claraboyas para permitir la iluminación diurna y la ventilación adecuada.

 Taypeck le preguntó por primera vez como era su mundo. Andrew no supo como empezar. Era tal el abismo que les separaba que difícilmente podría comprender cualquier aspecto de la vida cotidiana en su ciudad, agravado considerablemente por la dificultad de expresión por medio de una lengua que ya hacía muchos años no se utilizaba como tal y que, en consecuencia, carecía de los vocablos que definían los grandes avances tecnológicos conseguidos.

No lo dudó, y con mucha paciencia, trató de hacerle comprender como era la forma de vida en su siglo. El asombro de Taypeck no tuvo límites cuando Andrew le dijo el número de habitantes de la ciudad de Nueva York, un número sorprendentemente mayor que toda la población tibetana.

Tan ensimismados estaban en su charla que no se apercibieron de la presencia de Choelyng en la estancia. Durante un rato estuvo observándolos complacido, felicitándose por la buena idea de hacer a Taypeck su guía y compañero.

—¡Lama Panchem! —Se levantó presuroso Taypeck del asiento al percatarse de su presencia— Lo lamento, estaba muy distraído —y se inclinó en señal de sumisión.

El joven sonrió.

—Veo que estabais disfrutando de una conversación muy amena —les dijo el Lama—. Siento la interrupción pero Jeshe Norbu nos espera. Vamos.

Se dirigieron presurosos hacia el ala del edificio reservado al Dalai Lama. Lo encontraron ensimismado en la lectura del “libro mágico”, como ya lo denominaba Andrew.

Los contempló sonriente y les dio la bienvenida. Después se interesó por la actividad desarrollada durante el día, cosa que Taypeck describió con diligencia utilizando su lengua. Andrew se sorprendió al darse cuenta de que entendía algunas palabras y frases cortas, por ello, puso una atención especial en la conversación.

Cuando el monje terminó de relatar los acontecimientos del día, Jeshe Norbu preguntó a Andrew sus impresiones dirigiéndose a él en latín.

—Anoche fuimos atacados por unos ladrones—respondió el joven, seguro de que Taypeck no lo había mencionado—. La ciudad carece de vigilancia alguna.

Jeshe Norbu miró con un gesto de gran seriedad al monje. Éste asintió, pero restando importancia a lo sucedido.

—No me habíais dicho nada sobre mi viaje al pasado —volvió a tomar la palabra el joven—. Eso sí representa un verdadero problema, para mí, por supuesto. Según vuestro calendario estamos en el año mil seiscientos tres, en el mío sería el mil cuatrocientos setenta y seis. El continente donde vivo todavía no es conocido por el resto del mundo, cosa que se produjo en el año mil cuatrocientos noventa y dos por un navegante, de origen español, al mando de tres carabelas, tras un largo viaje de tres meses por el océano Atlántico.

Jeshe Norbu miró compungido al joven. Por primera vez en su vida le faltaron palabras para explicarse con la conveniencia debida.

—Era algo totalmente imprevisible, Andrew —le respondió hablando con un acogedor tono de voz, alargando las palabras y con su mirada fija en la del muchacho—. En ninguno de...—dudó unos segundos— mis trances, ocurría nada de esto. No podía imaginar que pudiera tener un contacto telepático contigo, pero de alguna forma, sí teníamos que relacionarnos.

Respiró profundamente.

—Sabía que eso ocurriría por medio del libro y la daga, pero nunca sospeché la forma. Puedes comprender la gran alegría que supuso para nosotros tu presencia aquí, a pesar del remordimiento de conciencia que nos produjo el arrancarte de tu tiempo y trasladarte al pasado.

Andrew le hizo ver que comprendía la situación y que pretendía sacar el máximo provecho de ella. Le pidió que le permitiera moverse libremente, tanto por el monasterio como por la cuidad y alrededores. Deseaba conocer lo más ampliamente posible todo lo que le rodeaba. El Dalai Lama asintió complacido.

Ordenó a Taypeck la vigilancia del muchacho durante las veinticuatro horas del día. Debería formarle en las artes de defensa personal, lo que incluiría el uso de las armas, el adiestramiento como jinete y las diversas estrategias sobre lucha militar. El monje le miró un tanto sorprendido pero se abstuvo de mediar palabra, ellos nunca empleaban armas, pero conocía muy bien su manejo.

—Dispondrás de todos los elementos necesarios y la colaboración de las personas y maestros que consideres oportuno, pero Andrew debe fortalecerse física y mentalmente para afrontar su nueva situación, que como habéis podido comprobar, en ocasiones, puede llegar a ser muy peligrosa. Choelyng lo dispondrá todo de la forma más conveniente.

Andrew sonrió complacido. Siempre le habían gustado las artes marciales, algo con lo que disfrutaba cuando las veía ejecutar en muchas películas. En su ciudad había numerosas escuelas y gimnasios donde se impartían estas especialidades.

—Al anochecer de cada día, cuando las actividades del convento disminuyan, quiero que os encontréis en vuestros aposentos. Será nuestro momento de conversación Andrew, tenemos mucho de que hablar y mucha información que transmitirte.

—¿Cuándo podré intentar llevar a cabo mi regreso, Dilgo? —preguntó el joven, y antes de que el Dalai Lama llegara a contestarle, añadió:—¿Puedo llamaros Dilgo en privado?

Sonrió ampliamente.

—Puedes llamarme como gustes, Andrew. Eres una persona muy importante para nosotros, te estamos muy agradecidos por el hecho de estar aquí, y esperamos poder estarlo mucho más a medida que se vayan cumpliendo tus misiones. En cuanto a tu regreso, puedes intentarlo tantas veces como quieras. Sé muy positivamente que si consigues regresar a tu tiempo, volverías de nuevo aquí. El libro está a tu disposición en mis aposentos, puedes utilizarlo siempre que lo desees. No necesitas permiso alguno. Puedes entrar y salir libremente, nadie te impedirá el paso.

—¡Mi daga!, ¿Dónde está mi daga? —recordó que había prometido no separarse de ella.

—Continúa en el mismo lugar en el que la dejaste.

Andrew se acercó a la mesa sobre la cual estaba el libro abierto y la daga. Apreció un bello cinturón que la sostenía. Sin dudarlo, se lo ajustó a la cintura y trató de contemplarse. Jeshe Norbu le expresó la conveniencia de llevar el arma oculta. Era una excelente joya como para atraer las miradas de mucha gente y los deseos de posesión de personas sin escrúpulo alguno. Andrew ajustó el cinturón debajo de la amplia camisa que lo ocultaba totalmente. Los monjes dieron su aprobación.

 

No le costó mucho acostumbrase al horario desarrollado en la vida del monasterio. La actividad se iniciaba antes de despuntar el alba. El frío era siempre intenso a esas horas, pero el joven se adaptó con rapidez. Las vestimentas utilizadas por los tibetanos eran, además de vistosas, las adecuadas para protegerse de las bajas temperaturas. No utilizó las ropas habituales de los monjes como indicación de Choelyng, que pretendía que toda la población, tanto la perteneciente al monasterio, como la de la ciudad, fueran conscientes de que se trataba de un personaje muy importante y que se encontraba bajo su tutela directa y la del propio Jeshe Norbu.

Sus músculos fueron endureciéndose con rapidez, los ejercicios físicos realizados bajo la atenta mirada de Taypeck eran los responsables. Su agilidad se desarrollaba a la perfección, sus progresos eran espectaculares, sorprendiendo a una gran mayoría de monjes cuando discretamente observaban sus prácticas diarias en alguno de los patios interiores. Parecía incansable y disfrutaba plenamente practicando las artes marciales, que muy poco tenían que ver con las enseñanzas recibidas en el gimnasio de su centro de estudios en Nueva York.

Al principio, Taypeck trataba de dosificar los ejercicios impartidos pensando que el joven occidental se hartaría de ellos y el cansancio haría mella en él. Pronto comprendió lo equivocado que estaba. Andrew cada vez demandaba más actividad física, que el monje no dudó en proporcionársela. Andrew disfrutaba con la mayoría de los ejercicios, pero algunos en particular le producían la sensación de que era capaz de volar. Cuando esto ocurría, su mirada siempre se cruzaba con la de Jeshe Norbu que seguía atento sus evoluciones desde cualquier rincón del monasterio que tuviera acceso al lugar donde se encontraba practicando. Intuyó y apropiadamente, que el Dalai Lama se comunicaba mentalmente con él, proporcionándole una fuerza vital extraordinaria. Cuando esto ocurría, su mente y su cuerpo se compenetraban totalmente haciéndole sentirse muy bien.

Algunos días pasaban la mañana practicando equitación. El caballo que Taypeck puso a su disposición era impresionante. De gran alzada, grandes crines, enorme cola y de una blancura impoluta. Tenía un nombre casi imposible de pronunciar y decidió pensar en otro más agradable.

Llegó a compenetrarse con él con mucha rapidez a pesar del nerviosismo y fortaleza del noble animal. Cuando galopaban por los campos de las cercanías, Andrew parecía fundirse con él y se lanzaban a vertiginosas carreras que causaban el pavor del monje.

—¡Andrew, no tienes experiencia para montar así a un caballo que no tiene nada de pacífico! —le gritaba Taypeck preocupado por un posible accidente del joven.

Asentía, pero no le hacía caso. Las sensaciones experimentadas bien valían la pena el riego que representaban. El aire helado golpeando su rostro le proporcionaba momentos jamás vividos y no estaba dispuesto a renunciar a ellos.

Empezaba a creer que nunca podría regresar a su tiempo. La magia de Dilgo se había esforzado en traerle, pero quizá, ya no sería lo mismo para conseguir el regreso, aunque él se esforzara pensando lo contrario.

Imaginaba, en los momentos de recogimiento, la desesperación de sus padres y hermanos, las investigaciones policiales tratando de dilucidar si había desaparecido voluntariamente con deseos de vivir la vida por su cuenta, o bien si era un vulgar un rapto, o simplemente si se encontraba debajo de las aguas de la bahía. Muchas películas habían tratado asuntos parecidos y él lo intuía de una forma muy clara.

Pensaba también en “su libro”, abierto sobre la mesa de su sala de trabajo. Con toda seguridad, su madre habría reparado en él y lo tendría a buen recaudo. Indudablemente, reconocería de inmediato el gran valor de la obra, aunque no pudiera comprender cómo había llegado hasta allí.  Un ligero temblor recorrió su cuerpo al imaginárselo en manos de la policía como una pista a seguir en la solución del caso.

Durante las charlas diarias, el Dalai Lama le explicaba la historia del Tíbet y su religión. Así fue descubriendo un poco la filosofía de aquellas gentes. El joven, desde los primeros momentos de su estancia en el monasterio quiso dejar bien claro ante el Dalai Lama su forma de pensar.

—Dilgo, creo que sabes que practico la religión católica —le dijo en cuanto imaginó un pequeño atisbo en el monje tratando de convertirle al budismo. No era exactamente cierto—, y no estoy dispuesto a renunciar a mis creencias —expresó con un coraje un tanto ficticio, pero que le hizo pensar que de ese modo reafirmaría más su postura.

El monje sonrío con agrado.

—Nada más lejos de mis intenciones Andrew. Eres demasiado importante para nosotros. La generosidad de tu corazón no tiene nada que ver con tus creencias. Usamos diferentes medios que conducen al mismo fin. No pienses nunca que puedo tratar de coaccionarte, aunque, aparentemente, parezca lo contrario.

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