RELATOS AL CAER LA TARDE ©
M A I T R E Y A
LA LEYENDA DEL AGARTHI ©
C A P Í T U L O    V I I
E L   A G A R T H I
 


 

El gélido viento azotaba con fuerza los extraños vericuetos formados entre las agrestes rocas de las montañas. Gran parte del año, una capa de nieve los cubría, siendo prácticamente imposible seguir su curso. El inmenso azul del cielo y el blanco resplandor de la nieve bajo los rayos del sol creaban en el iris unas imágenes distorsionadas que, por la peligrosidad del terreno, representaba una locura acceder a ellos.

Esto era algo muy bien conocido por todos los nómadas de la región que rehuían el lugar como si del infierno se tratara. A lo largo de la primavera y verano, la belleza del lugar era inenarrable, pero continuaba creando inquietud entre los viajeros que se acercaban por las cercanías. Decían los más ancianos de las poblaciones próximas que esa zona del Himalaya estaba protegida por el divino Buda y muy poca gente se atrevía a pisarla.

Algunos curiosos trataron de comprobar si eran ciertas antiguas leyendas sobre lo que allí ocurría. Poco pudieron descubrir. En las paredes orientadas al sol naciente consiguieron encontrar lo que suponían las entradas de las cuevas que daban origen a ellas. Excavadas en las rocas, nadie de los que hasta allí llegaron, pudieron determinar si eran naturales o artificiales, pero quedaba claro que su antigüedad era muy grande.

Los que osaron introducirse en estos pasajes, se encontraron con que cada uno de ellos estaba dividido progresivamente en varios más, lo que les conducía a perderse en caminos tortuosos que finalmente no tenían salida o continuaban ramificándose. No era necesario ser un buen observador para comprobar que muchos de los osados habían perdido la vida en el intrincado laberinto.

Las leyendas narraban la existencia de este lugar desde el principio del tiempo. Algunas de ellas afirmaban que en el centro de todas las ramificaciones, a mucha distancia de la entrada, existía una sala enorme albergando un fabuloso tesoro custodiado por una legión de ángeles. La codicia había atraído a lo largo del tiempo a ladrones audaces y a no pocos curiosos inconscientes enardecidos por poseer el mítico tesoro. Una vez en el interior, bien pronto comprendían que se encontraban inmersos en una maquiavélica trampa de la que difícilmente se podía escapar una vez alcanzado determinado punto del laberinto. El retorno era casi imposible y solamente el azar y la buena suerte podían hacerles volver sobre sus pasos y alcanzar la salida en un periodo de tiempo razonable, antes de caer exhaustos en el camino y morir de inanición.

El Dalai Lama sabía  de la existencia de esa intrincada red de pasadizos. Sabía que en su interior se guardaba un inmenso tesoro cuya riqueza era muy difícil de imaginar. Pero, si alguien hubiera conseguido llegar hasta ella, su sorpresa sería tan grande como el infinito. Su naturaleza era bien diferente de lo que su imaginación les indicaba. Unos personajes determinados conocían la existencia y el contenido del tesoro allí encerrado. Jeshe Norbu entre ellos, pero no por su posición; por sus conocimientos. Ellos, y tan sólo ellos, conocían la forma de acceder a su situación exacta.

Según leyendas tibetanas, antes de la última desviación del eje polar, donde se encontraba el Polo Norte terrestre, sobre el Himalaya, una maravillosa ciudad surgida entre los hielos, rodeada de inimaginables bosques y plena de flores silvestres de encantadores aromas, conocida como Shambala, se hundió en lo más profundo de la tierra y hoy, su situación era totalmente desconocida para el profano. Enormes salas contenían todo lo concerniente al saber, al arte, a las costumbres, a los instrumentos, agricultura, metalurgia y toda la historia de la humanidad. En el Templo del Conocimiento se encerraban miles de libros conteniendo los diseños simbólicos de las mutaciones que han marcado el progreso terrestre. En el centro geométrico, una discreta sala con un pequeño pedestal sobre el que reposaba el “libro del futuro”.

Andrew seguía absorto las explicaciones del Dalai Lama sin apenas pestañear.

Otras leyendas hablan de Gesar de Ling, rey de la provincia de Ling, situada al Este del Tíbet, que reinó en el siglo XI. Gran guerrero y gobernante y protagonista de muchos relatos épicos de la literatura tibetana. Dicen estas leyendas que Gesar retornará al Tíbet, procediendo de Shambala y al frente de un gran ejército para someter a las fuerzas de la oscuridad en el mundo.

Dilgo Rimpoché Drupa aún recordaba la última vez que había asistido a la reunión del gran consejo. Hacía ya muchos años desde entonces. Su cuerpo y su mente se encontraban en plenitud y armonía, reuniendo las cuatro condiciones del axioma hermético; saber, querer, osar y callar.

Abandonó el monasterio con tiempo suficiente para alcanzar el lugar deseado. Se hizo acompañar por un reducido número de monjes, potadores de todos lo elementos necesarios para el viaje. Al alcanzar la ciudad de Tingri y después de pasar unos días en su monasterio, continuó solo y cargado con un escueto bolso de cuero conteniendo algunos alimentos. Sus acompañantes permanecieron a la espera en el monasterio, sin comprender la actitud del Dalai Lama.

A medida que se acercaba al lugar su cuerpo parecía renovar energías y su mente se hacía más clara y fuerte a pesar de la altitud a la que se encontraba. Una vez alcanzada una de las entradas del laberinto, volvió la vista atrás y suspiró fuertemente. Abajo, una extensa meseta se extendía a sus pies. Se introdujo en el laberinto, no sin antes arrodillarse a la entrada y elevar sus preces al gran Buda, y fue recorriendo los pasillos con lentitud. Cualquier otra persona hubiera sentido un pánico atroz pero Dilgo era uno de los “elegidos”.

Al alejarse de la entrada sentía como el aire se enrarecía aun más, pero también era consciente de la suficiencia del mismo para continuar desarrollando sus constantes vitales. Cuando había recorrido una buena distancia, comenzó a observar sobre el suelo restos de esqueletos humanos. En uno de los muchos giros que tuvo que realizar, encontró varios cadáveres recientes a los que las ratas y algún otro animal carroñero habían consumido prácticamente su carne.

La sorpresa del monje fue grande y desagradable. No podía imaginar que las leyendas sobre Shambala todavía pudieran atraer a los ladronzuelos cazatesoros. Casi nadie recordaba ya la existencia del lugar y mucho menos, su ubicación, que nunca fue precisada en los relatos que corrían de boca en boca. Los temerarios que osaron entrar en el laberinto y consiguieron salir, daban fe de que allí dentro no había tesoro alguno, excepto los innumerables pasillos con múltiples ramificaciones donde, perderse era lo más probable para no encontrar jamás la salida. Un intrincado laberinto que la madre naturaleza se había encargado de realizar a lo largo de todo el tiempo y había servido de tumba a muchos osados, dando buena fe de ello, los numerosos esqueletos desperdigados por doquier a lo largo de su recorrido.

El monje fue caminando con paso tranquilo y firme hasta que alcanzó una estancia circular que rodeaba a una gran mole granítica en su centro. De forma radial partían múltiples ramificaciones. Probablemente, ningún ladrón habría alcanzado ese punto. Había que tener mucho valor para llevar a cabo ese recorrido tan extenso y no ser presa del pánico. En los últimos metros no encontró resto alguno de ser humano.

El monje sonrió placenteramente, casi había alcanzado su meta. Se acercó a la masa rocosa central y apoyó su mano izquierda totalmente extendida sobre ella. A continuación inició un lento recorrido muy atento a la sensación de sus dedos sobre el granito. Después de dos vueltas completas, localizó una pequeña hendidura practicada en la roca.  Su corazón elevó el ritmo cardíaco motivado por la emoción. Se mantuvo estático unos instantes, tras lo cual, presionó sus dedos sobre la hendidura con fuerza. Escuchó el suave sonido del mecanismo de apertura de una puerta excavada en la roca, imposible de detectar a simple vista aun a sabiendas de su lugar exacto y con la escasa luz que proporcionaba la antorcha. El pesado bloque de granito fue dejando al descubierto la entrada secreta que buscaba. Una pequeña plataforma daba paso a unos escalones que descendían hacia el interior de la tierra.

Sintió sobre su cuerpo una bocanada de aire fresco proporcionada por un perfecto sistema de aireación de todo el recinto al que estaba accediendo. Antes de iniciar el descenso, accionó el sistema de cierre de la puerta y permaneció esperando su lento y silencioso movimiento hasta quedar perfectamente encajada sobre la masa rocosa. Fue descendiendo con calma los cuarenta y dos peldaños de la escalera, construida en forma helicoidal y de amplia hélice. Unas lámparas de aceite situadas en unos nichos excavados sobre la roca iluminaban su camino llenando la estancia con su aroma característico. La escalera daba acceso a una amplia sala de recepción, desde la cual se accedía a otras estancias y pasillos. Reinaba el silencio más absoluto a pesar de lo cual, el monje sabía que no era el único visitante presente en el lugar.

Dirigió sus pasos hacia una de las puertas y la abrió sin dudar. Se encontraba en la sala del Conclave, una sala espaciosa y circular, con un gran número de estanterías sobre sus paredes conteniendo rollos de papel, libros y muchos objetos que hubieran sorprendido a los más doctos del planeta. Allí se guardaba la sabiduría y conocimientos del mundo fuera del alcance de las malas intenciones humanas. ¡Cuánta gente habría aniquilado, asesinado, masacrado para poseer todo aquel conocimiento!

Alrededor de una gran mesa central aguardaban una veintena de personas la presencia de Dilgo Rimpoché Drukpa. Cerrando la puerta tras de sí, se acercó al grupo con una amplia sonrisa en su rostro.

—Hermano Dilgo Rimpoché, bienvenido seas a la gloria del Agarthi —le dijo el líder del grupo, Chiang Tei, un sabio príncipe procedente del Este de China y emparentado con la familia del Emperador—. Que tu dios te proteja y que su sabiduría guíe tus actos y tus palabras.

—Siento gran regocijo en mi corazón al encontrarnos nuevamente y comprobar que nos mantenemos firmes al frente de la misión encomendada. Mi espíritu  agradece la nueva oportunidad de volver a este privilegiado lugar. Sus efluvios regeneran y rejuvenecen nuestros cuerpos y nuestras mentes reforzándonos en el plano existencial.

Se saludaron entre sí y fueron sentándose en el lugar que les correspondían. Cada miembro del consejo, empezando por el de menor antigüedad, fueron interviniendo, expresando libremente sus comentarios, apreciaciones o deseos sobre la forma de evolución que estaba acaeciendo en el mundo, matizando, en general, las graves diferencias existentes entre las comunidades.

A lo largo de cada una de las actuaciones, Dilgo fue comprendiendo que alguno de sus compañeros no se conformaba con ser solamente garante del conocimiento humano. Le causó honda preocupación el honorable Zhen Tiang Cgu, personaje con gran capacidad intelectual pero que en los últimos tiempos dejaba entrever unas ansias de poder un tanto extrañas. Varios “elegidos” más, parecían estar muy acordes con su forma de pensar. Apreciaba unos velados deseos de participar más directamente en la evolución de los acontecimientos, dejando entrever ansias de poder real, lo que implicaba una serie duda sobre los métodos a utilizar para conseguir el fin deseado. Durante varios días permanecieron reunidos y fueron muchos los asuntos abordados y soluciones aportadas. A cada uno y en su parte de mundo, le correspondía llevar a feliz termino las conclusiones a las que habían llegado.

Abandonaron el lugar en solitario, tal como habían accedido a él, utilizando distintas salidas en función de cada uno de los destinos. Las leyendas decían que la ciudad subterránea se comunicaba con todo el planeta a través de larguísimos túneles. Las leyendas siempre tienen una gran carga de veracidad, aunque no toda y la mayoría de las veces, muy distorsionada.

El joven occidental comprendía las ideas que Jeshe Norbu le transmitía aunque no entendía muy bien sus pretensiones. Así se lo hizo saber.

—Andrew, la gente, sobre todo la supersticiosa, piensa que nuestro consejo existe. Otra, la mayoría, cree que son cuentos infantiles tratando de impresionarles con ideas fantásticas. Pero a ciencia cierta, a excepción del Consejo y ahora, tu mismo, nadie conoce nuestra existencia.

—¿Ni Choelyng? —preguntó no dando crédito a las palabras del monje.

—¡Ni él, Andrew! —enfatizó el Dalai Lama, acompañando con un gesto manual su aseveración— Yo mismo sería tachado de traidor y expulsado del Consejo si se llegara a conocer nuestra conversación.

Andrew meditó sobre las palabras de su interlocutor. Le parecía fantástico.

—¿Qué poder tenéis? —preguntó al cabo de unos instantes.

—El que nos proporciona disponer de todo el conocimiento del mundo —contestó el monje—. Y es mucho, más de lo que nadie nunca podría imaginar. Desde oriente a occidente, todo el conocimiento humano se encuentra encerrado en esa sala inexpugnable.

Andrew sonrío ante la expresión de Dilgo. No podía imaginar la fuerza tan devastadora existente en su época, capaz de barrer del mapa naciones enteras. Una simple cueva sería un juego de niños para un ejército medianamente preparado. Los talibanes de Afganistán eran verdaderos expertos en horadar montañas e incluso vivir en su interior.

—¿Desde cuándo existe el Consejo?

—Desde el principio de los tiempos, quizá. Desde que el hombre tuvo conciencia de lo que era y comenzó a generarse el mal.

—No son muy convincentes tus palabras —se atrevió a decir el joven—. ¿Quiénes componen el Consejo?

—Un grupo de “elegidos” por sus conocimientos, sabiduría y nobleza de corazón, entregados a la noble misión de guardar el saber humano de todo el planeta. Ya sé que estas explicaciones te parecerán parcas y un tanto extrañas. No te preocupes, poco a poco y en días venideros irás comprendiendo la filosofía y entrega del Agarthi. En el mundo, todo es transición y cambio. Cambian los pueblos, las religiones, las costumbres, las leyes una y mil veces. A lo largo de la historia han desaparecido imperios brillantes y han surgido otros que sufrirán igual decadencia y desaparecerán a su vez. Lo que parece inmutable es el mal, desarrollado de mil formas por mentes codiciosas y perversas que no dudarían en destruir todo aquello que se ponga en contra de sus ambiciones.

La mente de Andrew trabajaba a una velocidad inaudita. Quería hacerle mil preguntas aprovechándose de sus conocimientos del futuro, pero no se atrevía. Tenía un poco de miedo si con ello desbordaba su capacidad.

—Según lo que sé de la historia, en esta época y en el mundo entero, la sabiduría de las gentes era muy parca, mas bien escasa. Se estaba saliendo de un periodo oscuro pero de forma muy lenta. Realmente, hasta el siglo XIX, los avances tecnológicos se podrían contar con los dedos de una mano.

—Si tratas de decirme —le interrumpió el monje—, que en el futuro el hombre se desplazará mediante enormes barcos de hierro, o surcará los aires con máquinas voladoras o que tiene capacidad para alcanzar la luna y todo ello a una velocidad inimaginable, todo eso lo sabemos. También conocemos la capacidad mortífera de sus armas, pueden arrasar inmensas ciudades en escasos segundos y eliminar todo signo de vida en ellas.

Le pareció que la sangre huía de su rostro y una especie de flaqueza se apoderó de él.

“¿Cómo es posible que en un lugar perdido en la Edad Media puedan tener nociones de lo que ocurrirá en el futuro?”, se preguntó un tanto angustiado. Tuvo la sensación de estar viviendo de nuevo una pesadilla. Trató de recordar cual era el nivel de vida en los países más adelantados en esa época y tan sólo alcanzó a recordar la invención de la imprenta por un tal Gutenberg de nacionalidad alemana, la genialidad de un Miguel Ángel o el descubrimiento de América por un español. Apenas dos siglos atrás, todavía Genghis Khan estaba invadiendo China, recuperando su independencia con la dinastía Ming un siglo y medio más tarde.

—¿Cómo podéis saber todo eso? —exclamó muy asustado.

—Todo eso y mucho más. Por algo somos los guardianes de la sabiduría del planeta.

—¿La futura también? —preguntó en un hilo de voz.

—Ya te lo dicho antes, disponemos de toda la sabiduría del mundo —y antes de que el muchacho preguntara nuevamente, añadió—, la antigua, la actual y la futura.

—¡Pero eso es imposible! —bramó Andrew.

—Acabarás por comprender muchas cosas que ahora te parecen inimaginables o imposibles. Ten paciencia.

Continuaron hablando durante varias horas más. El joven no se daba nunca por satisfecho. Sus ansias por conocer le sorprendían. No dudaba de que el monje fuera un perfecto mago con un dominio total sobre el conocimiento.

Finalmente, ya algo cansados, decidieron dar por finalizada la conversación. Tiempo habría en los días venideros. Cuando Andrew ya se aproximaba a la puerta de salida, se volvió con presteza y se dirigió de nuevo al monje.

—Y..., ¿qué tengo que ver yo en todo esto? —preguntó muy interesado.

El Dalai Lama se mantuvo indeciso y en silencio unos instantes. No creía oportuno dar una respuesta concreta, pero lo pensó bien y le contestó:

—¡Eres un “elegido”!

El joven no supo si reír o llorar. Una fuerte emoción le embargaba.

—Andrew, escucha —se acercó a él, y al joven le pareció que flotaba en el espacio—. Creo que han sido muchas emociones para un solo día, pero tu inteligencia te permitirá asimilarlas de forma adecuada. No creo que tengas duda alguna, pero te ruego que nuestras conversaciones, la de hoy y las futuras, las mantengas en el máximo secreto. Puede irte la vida en ello, nuestras vidas.

Bien pronto fueron conocidos por el resto de los monjes del monasterio todos los movimientos del joven occidental y a pesar de pertenecer al linaje principesco, no comprendían bien el gran interés que Jeshe Norbu mostraba por él. Algunos de los lamas de rango superior se sintieron, incluso, ofendidos por el trato dispensado a Andrew y la voz pareció recorrer todos los monasterios en los alrededores de Lhasa.

Cuando estos rumores llegaron a oídos del Dalai Lama, consiguieron preocuparle. Obligó a Choelyng y sobretodo a Taypeck a redoblar la vigilancia y no permitirse descuido alguno.

—Dilgo, parece que no conoces demasiado bien al joven occidental —le dijo Choelyng—. Está desarrollando unas facultades que muy pocos de nosotros hemos conseguido a través de muchos años de pacientes entrenamientos. A veces se mueve como una sombra imposible de seguir. Taypeck se desespera, sencillamente porque hay momentos en los que no tiene ni idea de donde se encuentra.

—Vamos, querido amigo —respondió Dilgo—, Andrew todavía es un joven novato.

—Joven sí, novato creo que no. Hace unos días y sin que Taypeck se apercibiese, salió muy de mañana del monasterio. ¿Sabes hacia dónde se dirigió?

Jeshe Norbu esperó en silencio la contestación de su amigo.

—¡Hacia los riscos malditos de la montaña! —casi gritó.

—Tu mismo los has escalado en más de una ocasión —le respondió bondadoso Jeshe Norbu.

—Por supuesto que sí, pero siempre en compañía. Conozco una sola persona que lo haya hecho en solitario. Esa persona es el Dalai Lama del Tíbet —agregó muy solemne—. Según le contó a Taypeck la forma de llevar a cabo la ascensión, comprendió que era algo imposible de realizar sin más ayuda que sus manos, piernas y una pequeña cuerda. Culminó el más agreste de los riscos de la misma forma que lo hiciste tú en tu juventud.

El Dalai Lama sonrió interiormente. Era indudable que Andrew había nacido para ser un “elegido”.

—Aprende rápidamente el joven —comentó de forma un tanto jocosa.


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